El sexo, mis deseos y mi Dios

El sexo, mis deseos y mi Dios

by Michael John Cusick
     
 

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¿Podría ser que nuestra creciente lucha interna con la pornografía y las fantasías, en realidad nos está recordando el profundo deseo de nuestro corazón, algo superior y más satisfactorio que el placer sexual?

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¿Podría ser que nuestra creciente lucha interna con la pornografía y las fantasías, en realidad nos está recordando el profundo deseo de nuestro corazón, algo superior y más satisfactorio que el placer sexual?

Product Details

ISBN-13:
9781602558342
Publisher:
Grupo Nelson
Publication date:
04/02/2013
Pages:
224
Product dimensions:
5.40(w) x 8.20(h) x 0.80(d)

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El Sexo, Mis Deseos y Mi Dios

Cómo descubrir el deseo divino debajo de la lucha sexual


By Michael John Cusick, Graciela Lelli

Grupo Nelson

Copyright © 2013 Grupo Nelson
All rights reserved.
ISBN: 978-1-60255-834-2



CHAPTER 1

Cómo volver a conseguir tus plumas


A veces Dios trae a nuestras vidas regalos que nos hacen sangrar las manos cuando abrimos el paquete. Pero en el interior descubrimos lo que hemos estado buscando toda nuestra vida. —SHEILA WALSH


Redada del FBI en prostíbulos

Escalofríos me recorrieron la espalda mientras inhalaba profundamente. Nunca esperé ver este titular en la página principal del Cleveland Plain Dealer. Una importante operación encubierta hecha a un local de servicio de prostitución causó un gran revuelo noticioso porque estaban involucrados varios atletas profesionales conocidos. El FBI había confiscado el librito negro del propietario, completo con nombres y detalles íntimos de clientes. Mi nombre estaba oculto en ese pequeño libro negro.

Al instante mis peores temores se hicieron realidad. Con solo veinticuatro años de edad mi secreta vida inmoral, la cual me había esforzado mucho en encubrir, estaba a punto de quedar al descubierto: mi adicción a la pornografía y mis frecuentes viajes a cabinas de videos para adultos en librerías. Mi promiscuidad, incluyendo escapadas a clubes de las que ninguno de mis amigos o compañeros en el ministerio tenía idea. El abuso de alcohol que cada vez se volvía más necesario para acallar mi vergüenza, depresión y odio por mí mismo. Las salas de masaje. Los clubes de nudistas. Los interminables cruceros en busca de sexo por dinero en calles oscuras. Y finalmente, los servicios de acompañamiento, un inocente y atractivo eufemismo para favores de prostitución de precio elevado que yo no podía pagar pero que tampoco podía dejar de usar.

En pánico total mi imaginación se lanzó a toda marcha. Pensé en las consecuencias legales. Imaginé mi ficha policial en el periódico. Me vi con esposas y traje anaranjado de presidiario, parado delante de un juez. Me vislumbré encerrado entre rejas, acorralado por una banda de enfurecidos y tatuados compañeros de celda. Entonces imaginé a mis amigos y familiares y todas las preguntas que me dispararían. ¿Quién es este Michael que no conocíamos? ¿Cómo pudiste hacer cosas tan repugnantes? Vaya, ¿qué clase de persona eres? Me hacía todas estas preguntas mientras proyectaba mi vergüenza y ansiedad sobre mis seres amados.

De algún modo soporté descuidadamente ese calamitoso día, aunque supe que las ardientes náuseas en mi estómago nunca se irían. Me sentía totalmente aislado. No podía confiar en nadie con mi historia. Sin embargo, con la posibilidad de que esta noticia se hiciera pública, supe que debía hablar con alguien. Esa noche telefoneé a mi hermana y le pedí que se reuniera conmigo. Sentado en el auto de ella en un estacionamiento vacío solté mi historia mientras me fluían lágrimas y el rostro me ardía de vergüenza. Después de brindar inmensa gracia y bondad, mi hermana me dio el número telefónico de un consejero cristiano. La mañana siguiente llamé por teléfono e hice una cita.

Veinticuatro horas pasaron volando. Me senté en la sala de espera del consejero. Al cabo de una hora se abrió la puerta y salió Mike. Al evaluar al sujeto me di cuenta que no cumplía mis expectativas para un consejero. Por un lado, el tipo era alto y varonil, no como los psiquiatras de aspecto neurótico y modales suaves que aparecían en la televisión. El hombre me hizo un gesto hacia el santuario interior de su despacho, donde nerviosamente hice un chiste respecto a derrumbarme en el sofá, al estilo freudiano. Esperé al menos una risita, o alguna clase de reacción, pero Mike tan solo se sentó en la silla, impasible.

—¿En qué puedo servirle? —preguntó sin ningún preámbulo, mirándome directamente a los ojos.

Este tipo no pierde el tiempo, pensé. Un poco de cháchara sería agradable antes de divulgar toda la información. No obstante, yo tampoco estaba allí para perder tiempo. Así que me armé de valor y le dije cosas que nunca había dicho a otro ser humano. Durante más de cuarenta y cinco minutos hablé sin parar, con un aire de valentía y plática ingeniosa que hacía mucho tiempo había dominado ante situaciones como esta. Con una sonrisa en mi rostro, y en mi mejor imagen de narrador, le hablé del abuso sexual que recibí durante mi infancia. El hombre se enteró de mi temprana exposición a la pornografía y de mi adicción a revistas y videos pornográficos, galerías de videos para adultos, y salas de masajes. Le confesé mi historia con prostitutas y servicios de acompañamiento. A lo largo de toda la narración el hombre simplemente escuchaba como si nada de esto le sorprendiera.

Hablé como si Mike y yo fuéramos viejos amigos que nos tomábamos una cerveza, haciendo bromas y contando chistes que creí que lo harían reír. Pero no pude obtener ningún tipo de respuesta, aparte de su firme, amable e inconmovible presencia. Después de escuchar por casi una hora, levantó visiblemente la mano, miró su reloj, y pronunció sus primeras palabras desde que me preguntara cómo podía ayudarme.

—Casi no nos queda tiempo. Me gustaría ofrecer unas pocas ideas.

El asunto tiene que ver con tiempo, pensé. Es muy desconcertante hablar durante cincuenta minutos acerca de cosas que nunca he contado a nadie, sin oír ninguna respuesta. Escuché su veredicto.

—Tengo un comentario y una pregunta —comenzó diciendo—. Primero el comentario: usted me parece un hombre muy solitario.

Siete palabras, pero sacaron de mi interior el aire emocional. Mi lenguaje corporal y mi expresión facial no cambiaron, pero un remolino de emociones desagradables surgió dentro de mí. No estaba seguro de por qué, pero quise salir de ese salón. Entonces Mike continuó.

—Y ahora mi pregunta —manifestó con total gentileza—. ¿Se queda todo el tiempo sin saber qué decir?

Si su comentario me dejó sin aliento, su pregunta envolvió las manos alrededor de mi tráquea. De pronto yo no podía respirar. ¿No es eso total y socialmente inapropiado?, pensé de modo reflexivo. Pero en el fondo yo sabía que el hombre me había pillado. Después de menos de una hora juntos, este desconocido pronunció dos frases que pusieron al descubierto mi corazón herido y obstinado. Con precisión asombrosa resumió algo respecto a mí que yo sabía que era cierto, pero que no podía admitir. Oculto bajo la apariencia sutilmente elaborada de cristiano estaba un niño-hombre intensamente solo. Me sentí incómodo en mi propia piel como un impostor cualquiera y de cualquier época. Yo era un hombre vencido.

Mi vida demostraba la afirmación del escritor Gerald May de que el autoengaño es una de las principales características de la adicción. Te podría parecer extraño que en todos los años de mi lucha con el pecado sexual nunca me viera como un hombre derrotado. Pero la derrota era precisamente lo que yo no podía reconocer y lo que intentaba evitar, esforzándome despiadadamente más y más en ocultar las grietas del alma.

Es más, poco después de convertirme en cristiano escribí en la portada interior de mi Biblia una frase atribuida a Charles Spurgeon: «Una Biblia que se está cayendo a pedazos por lo general es propiedad de alguien a quien no le ocurre lo mismo». Allí mismo, en letras grandes y todas en mayúsculas, establecí la principal regla para mi fe en ciernes. No caer a pedazos. No mostrar debilidad. Ser sólido, cueste lo que cueste. El mensaje de Spurgeon era claro en mi mente. Una vida quebrantada (que se está cayendo a pedazos) y una vida de intimidad con Dios eran incompatibles. Por tanto me puse a leer mi Biblia hasta que esta estuvo muy manoseada y se caía a pedazos, con la esperanza oculta de que mi misma vida destrozada fuera sólida. Pero entonces perdí mis plumas y descubrí que ya no pude volar.

Nunca olvidaré la primera vez que hice un esfuerzo serio para volver a tener mis plumas y así poder volver a volar. Un día en mi tercer año de secundaria, con total sinceridad y un verdadero deseo de honrar a Dios, tomé una decisión: la pornografía y la masturbación ya no serían parte de mi vida. Como reciente seguidor de Jesús, tomé la decisión de limpiar la suciedad. Cuando no había nadie más en casa, saqué de debajo del colchón mi montón de revistas de pornografía cruda y las llevé al incinerador del sótano donde quemábamos nuestra basura.

Con una mezcla de ansiedad y orgullo abrí el incinerador, coloqué adentro las revistas, y me despedí de mis luchas con la lujuria, la masturbación y la pornografía. Prendí un fósforo y lo acerqué a la foto de una chica que ardía con la feroz intensidad que ella solía encender en mí. Cuando cerré la tapa del incinerador imaginaba que mi pecado compulsivo se esfumaba con el papel en que estaban impresas esas ilícitas imágenes. Poco después revisé para asegurarme que esas imágenes se habían quemado por completo, pues no quería que alguien descubriera mi vergonzoso secreto. Lo único que quedaba era un montón de cenizas grises. Sentimientos de alivio y esperanza surgieron dentro de mí en una manera que nunca había experimentado. Este fue el desenlace.

Es probable que imagines lo que aconteció después. Meses más tarde repetí el mismo patrón, pero con un nuevo alijo de pornografía. Yo esperaba volver a tener mis alas. En lugar de eso descubrí una vez más que no podía volar.


TODOS NOSOTROS COMPARTIMOS UNA BATALLA BIPOLAR

Al escuchar a miles de hombres (amigos, conocidos, estudiantes y clientes) he oído mil variaciones de cómo enviar nuestras luchas en medio del humo, solo para descubrir que después de que el humo se ha disipado, la lucha aún sigue escondida en las cenizas. En la época de mi vieja PC (pre-computadora), los hombres trataban de botar cintas de video o de quemar revistas. Hoy día borran sus discos duros saturados de pornografía o destruyen su alijo oculto de discos. Sus esfuerzos vienen de profundos e importantes compromisos de verdadera rendición, solo para volver a la masturbación y la pornografía. Luego viene la aparición de mayor vergüenza, sentimientos de culpa, alejamiento de Dios, y pérdida de confianza, intimidad y pasión. Finalmente sucumben.

Sus pasiones fluctúan como un péndulo. Primero oscilan hacia el patrón conocido de lujuria que lleva al pecado sexual. El poder de la belleza erótica se vuelve tan irresistible que arriesgan cualquier cosa y todo lo necesario para conseguirla. Después esas pasiones oscilan hacia un verdadero deseo de andar con Dios y seguir sus sendas, y de ser mejores esposos y padres, hombres dignos de respeto. El asunto va y viene.

Las Escrituras tratan esta lucha bipolar con asombrosa claridad. El apóstol Pablo nos entregó una descripción sincera de nuestra batalla con el pecado. Aunque él no se estaba refiriendo directamente al pecado sexual, su descripción del dolor, la vergüenza, la confusión y la impotencia resuena universalmente:

Lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? (Romanos 7.15–24)


Pablo bien podría haber estado leyendo nuestro correo electrónico. En realidad, al contar sus propias luchas captó brillantemente el funcionamiento interior del alma humana: la batalla entre la carne y el espíritu, el viejo y el nuevo hombre, lo bueno y lo malo, y la diferencia entre lo que deseamos y aquello con lo que nos conformamos. La batalla no era exclusiva en Pablo, y tampoco lo es para todo aquel que lucha con la pornografía y el pecado sexual. Pero la confesión auténtica y vulnerable del apóstol nos asegura que tal batalla no significa automáticamente que seamos incrédulos o inmaduros espirituales. La intensidad de nuestra lucha, que se siente abrumadora, no invalida nuestra fe.

A decir verdad, identificar esta lucha y reconocer nuestra incapacidad para manejarla nos ofrece los esperanzadores elementos fundamentales de una creencia creciente y de verdadera madurez. Por supuesto, no podemos permanecer estancados en esta posición que describe Pablo. Pero nadie desea permanecer atado a la cuerda elástica de la actuación y de esforzarse más en hacerlo mejor... terminará recibiendo un latigazo espiritual. No, según el apóstol estamos creados para más que este ciclo de redención y vuelta al problema; él solo estaba describiendo tres cuartos del mensaje en el pasaje que le acabo de dar. Su punto crítico brinda la esencia de las buenas nuevas: podemos ser libres por medio de «Jesucristo Señor nuestro» (v. 25).


FUISTE DISEÑADO PARA MÁS

¿Te has preguntado alguna vez qué hace que determinado acto sea pecaminoso y que otro acto no lo sea? ¿Por qué es malo mentir? ¿O matar? ¿O cometer adulterio? ¿Quién dice que ver pornografía es mala cuando nuestra cultura intenta reasegurarnos que es natural y normal? Es más, basados en el consumo popular y en la industria de diez mil millones de dólares que genera, ¡eres anormal si no ves pornografía!

Una manera de pensar en cuanto a por qué algo es pecaminoso es responder: «La Biblia dice que eso está mal». Aunque esto es cierto, Dios puso en su Palabra qué hacer y qué no hacer porque eso revela algo mucho más profundo respecto a nosotros. Cuando él nos ordena que no cometamos adulterio nos está diciendo que hacerlo va contra nuestro diseño. «No cometas adulterio» es la versión del Señor de «No te cepilles los dientes con una tostadora», o «No ases churrascos sobre un bloque de hielo». De este modo simplemente no se consigue el propósito buscado. Como navegar los siete mares en una camioneta Chevrolet ... no lograrías realizar el proyecto, y te pondrías en gran riesgo.

Considera la pornografía de este modo. ¿No sería más bien extraño que un piloto entrenado de combate no saliera del hangar por temor a no saber cómo volar el avión? O piensa en un dotado escultor que nunca levanta el martillo y el cincel porque no logra hallar el bloque perfecto de mármol. ¿Y si un beisbolista de las grandes ligas no se presentara al entrenamiento porque pasa todo su tiempo jugando béisbol en su Xbox? ¿O un maestro constructor de buques que nunca navega en mar abierto porque su fantasía de las condiciones perfectas de navegación lo mantiene en tierra firme?

Igual pasa con la pornografía. Nos seduce con la imagen o fantasía de estar con una mujer, mientras nos impide ser capaces de comprometernos con una mujer real. La pornografía nos impide hacer volar el avión, participar en el juego, o navegar en alta mar. Todo porque nos conformamos con algo que no existe y que nunca nos satisfará.

¿Cómo entonces la pornografía va contra nuestro diseño masculino y sabotea el sueño del Señor de que vivamos nuestras verdaderas identidades? C. S. Lewis enfocó la esencia de esta pregunta cuando escribió acerca del daño que la fantasía sexual causa al alma (sea a través de la masturbación o la pornografía) y lo que él llama «mujeres imaginarias». Lewis describió así a estas mujeres imaginarias: «Siempre accesibles, siempre serviles, no exigen sacrificios ni adaptaciones, y pueden estar dotadas de atractivos eróticos y psicológicos con los que ninguna mujer real puede competir. Entre todas esas novias en la sombra, el hombre siempre es adorado, siempre es el perfecto amante; no se le hace ninguna exigencia ni se le impone ninguna mortificación a su vanidad».

Lewis comenzó con la suposición de que el sexo es bueno, no malo, un obsequio para ser disfrutado dentro de los límites diseñados por el Creador. También se expresó contra la situación general de que «la principal labor en la vida es elevarnos y salir de nosotros mismos». Lewis supuso que el Señor nos diseñó para madurar y enfocarnos menos en nosotros mismos y más en amar a otros. Cuando nos fijamos en la pornografía optamos por permanecer egoístamente anclados a nuestro propio placer por sobre todo lo demás. Cuando nos preocupamos en satisfacer nuestras propias necesidades y hacemos caso omiso de las necesidades de otros (en este caso, de nuestras esposas, mujeres de carne y hueso, y no de alguna modelo de Photoshop) entonces sofocamos nuestro crecimiento espiritual. Lewis resumió de este modo el problema con la pornografía: «Al final [las mujeres imaginarias] se convierten en el medio a través del cual el individuo se adora cada vez más. Después de todo, la principal labor de la vida es salir de nosotros mismos, de la pequeña y oscura prisión en la que todos nacemos. [...] Es necesario evitar todo lo que retrase este proceso. El peligro está en llegar a amar la prisión».


(Continues...)

Excerpted from El Sexo, Mis Deseos y Mi Dios by Michael John Cusick, Graciela Lelli. Copyright © 2013 Grupo Nelson. Excerpted by permission of Grupo Nelson.
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Meet the Author

Michael John Cusick es un pastor ordenado, director espiritual y consejero profesional graduado, que ha experimentado directamente la mano restauradora de Dios en un matrimonio y una vida totalmente destruidos. Michael fundó Restoring the Soul, un ministerio cuya misión es ofrecer consuelo al alma de líderes cristianos y cambiar sus vidas.

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