El turno del escriba (Premio Alfaguara 2005)

El turno del escriba (Premio Alfaguara 2005)

by Graciela Montes, Ema Wolf
     
 

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En 1298, Rustichello de Pisa vive su decimocuarto año como rehén de guerra de los genoveses. Este escribano viejo y cansado alguna vez copió manuscritos para las casas reales más grandes de Europa, pero ningún monarca parece ahora interesado en pagar su rescate.


Su destino cambia cuando un nuevo prisionero viene a

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Overview


En 1298, Rustichello de Pisa vive su decimocuarto año como rehén de guerra de los genoveses. Este escribano viejo y cansado alguna vez copió manuscritos para las casas reales más grandes de Europa, pero ningún monarca parece ahora interesado en pagar su rescate.


Su destino cambia cuando un nuevo prisionero viene a compartir su celda. Es Marco Polo, el viajero veneciano que llegó a los confines del Oriente. Rustichello adivina enseguida el tesoro que tiene entre manos, y así da comienzo a una epopeya secreta y grandiosa: la redacción, a partir de los relatos de Marco Polo, de una obra que le atraerá de nuevo el favor de los príncipes cristianos, el Libro de las maravillas del mundo.


Esta novela es la recreación de una época fascinante de la humanidad, la de los descubrimientos y la atracción por lo desconocido, que trasciende el marco histórico para convertir su escritura deslumbrante en un acto de libertad, transformando el espacio cerrado del calabozo en un arca donde caben el mundo real y el de los sueños.


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Product Details

ISBN-13:
9788420493879
Publisher:
Penguin Random House Grupo Editorial España
Publication date:
11/25/2010
Sold by:
PENGUIN RANDOM HOUSE GRUPO EDITORIAL
Format:
NOOK Book
File size:
3 MB

Read an Excerpt

Los vencedores de Curzola

El d'a en que el pisano se cruz- con el veneciano estuvo marcado por la suerte. Hubo se-ales. Al menos una, que se present- bajo la forma de una bella pieza de mierda, sin duda humana, en la que el pisano, trepado al techo del Palazzo del Mare por determinaci-n propia y gracias al descuido de sus guardianes, hundi- generosamente el zapato. Y aunque la se-al no era de su gusto por pertenecer a una especie innoble, sin tradici-n ni prestigio, muy distinta de las que se le aparec'an, por caso, a un Tristin de Leonnoys en el cielo de Cornualles o las que preced'an las cabalgatas de Lancelote por el bosque de Broceliande, que serv'an de ingrediente en las novelas que hab'a copiado y ensamblado en sus a-os de residencia en las cortes, no pudo menos que tomarla en cuenta. Tal vez en un primer momento haya atribuido el accidente al gato que brinc- a su lado, rozindolo, cuando buscaba hacer pie en el techo de pizarra, empinado y resbaladizo, o quizis al temblor de las rodillas y a la agitaci-n general del inimo que le provocaba una escapada que a su edad y en su estado de cuerpo ten'a rasgos de haza-a, pero enseguida desech- esas razones por toscas y prefiri- pensar en un viraje de la Fortuna: haber pisado mierda de cristiano en una ocasi-n como esta y en un lugar donde era improbable que la hubiera, no pod'a menos que ser un indicio extraordinario.

El acontecimiento lo complace. Esti claro para el que la suerte acaba de tocarlo, le ha tendido una celada auspiciosa para enredarlo, con algoen prop-sito todav'a desconocido, en los sucesos que se desarrollan ante su vista. Y sentirse un predestinado le parece mejor que sentirse un pobre diablo, que es como se siente hace demasiado tiempo. Hab'a llegado a pensar que nada mis le deparar'a esa ciudad.

Hace catorce a-os que messer Rustichello, o Rusticien, como le gusta decir a el, ya que prefiere que su nombre vaya montado en los cornetes de la nariz y no en la punta de la lengua, esti preso en Genova, la Superba. Los primeros cinco repartidos entre un campamento loegubre junto al mar, que preferir'a suprimir de la memoria, un rinc-n en el atrio de la iglesia de San Matteo -los Doria, campeones de la batalla, hab'an concentrado all' su bot'n de prisioneros-, una jaula atestada en la circel de Malapaga, otra, peor aoen, en la mazmorra de la Porta di Santa Fede donde hab'a estado a punto de morir de hambre y una celda bastante confortable en el Palazzetto del Molo donde hab'a quedado mezclado con el contingente de los pisa-nos importantes. Los oeltimos nueve, en el Palatium Comunis Ianue Ripa, mis llamado Palazzo del Mare, cuyo techo y prodigios acaba de conocer. No es al sentido de justicia de los genoveses que debe sus traslados, sino a los avatares del hacinamiento, y, en alguna medida, piensa, a su labia y a su poder de persuasi-n. Desde un principio se hab'a negado a hablar de s' mismo como de un prisionero comoen e insist'a en proclamarse rehen, obses liberandus, y alud'a a menudo, aunque de manera general, al rescate que su ciudad, Pisa, la blanca, la bella, habr'a estado dispuesta a pagar por un ciudadano de su val'a, que si bien hab'a pasado casi toda la vida lejos de ella no por eso hab'a dejado de pertenecerle. A la hora de enumerar sus merecimientos, Rustichello comenzaba por su posici-n de bibliotecario, lector y cal'grafo excepcional en la corte del rey Manfredo en Palermo, y segu'a por la de traductor, adaptador, novelista, y hasta consejero real si lo apuraban, que, tras las batallas de Benevento y Tagliacozzo, hab'a ocupado en la de Charles d'Anjou, tanto en Palermo como en Nipoles. De esa manera, asido a la cuerda de su relato, Rustichello hab'a logrado dejar atris las prisiones mis l-bregas, de donde muchos hab'an salido s-lo para ser enterrados o, peor, canjeados a sus parientes por un saco de cebollas, y se hab'a abierto paso hasta la celda del Palazzetto, donde pareci- normal que se codeara con compatriotas ilustres como el Donorˆtico y el Bondi Testario. Cuando las negociaciones se estancaron y la esperanza de un armisticio o de un pronto rescate patrio comenz- a debilitarse, no s-lo para el sino tambien para aquellos cuya influencia en los asuntos de Pisa era innegable, se le hab'a hecho dif'cil sostener el prestigio. En Pisa nadie respond'a por el ni le enviaba unos m'seros florines para una camisa o un par de zapatos nuevos, antes bien usaba los que desechaban el Donorˆtico y el Testario. Tampoco los reyes, hijos de reyes, encumbrados y notables que, insist'a, estaban dispuestos a pagar por el si Pisa lo abandonaba, le hab'an enviado monedas o tan siquiera noticias. Por atender a ese estado de orfandad, justamente, y tambien por encontrarle alguna utilidad a su declamada condici-n de hombre de pluma, sus captores hab'an decidido su traslado al Palazzo, donde por las noches cumpl'a su papel de prisionero en una celda y, durante el d'a, el de amanuense en los variados despachos de la Aduana genovesa.

Ahora que ha llegado al techo de este, su oeltimo destino, sabe que le bastar'a girar la cabeza para volver a ver los estrechos caruggi por donde catorce a-os atris el y otros nueve mil hab'an sido arreados y sometidos a escarnio. Sucios, sangrantes, con grillos en los pies, los c-mitres los hab'an desembarcado en los muelles a empujones, haciendo chasquear los litigos, y los hab'an conducido a marcha viva, a la vista de todos, hasta hacinarlos en el play-n de la Rocca di Sarzano. Al d'a siguiente muchos ya estaban muertos y los enterradores hab'an tenido que hacer lugar all' mismo para cavar las fosas. El pisano podr'a rehacer con la mirada cada una de las estaciones de su v'a crucis. Pero no quiere, no esti aqu' para mirar hacia el pasado sino para mirar el mar, como hacen todos. S-lo que a el, hoy, la suerte lo distingue.

La se-al huele. Rustichello trastabilla al querer acercar la nariz al zapato. Se sienta y busca algo con que raspar la suela. En la canaleta de desagŸe que corre junto a las almenas hay arena rojiza, espinazos de pescado, plumas, piedrecillas, una rata muerta, tambien algunos trozos sueltos de pizarra. No hace mis de treinta a-os que Boccanegra, el capitano del popolo, mand- construir el edificio, pero las liminas de pizarra ya estin flojas y muchas se han quebrado. En esta ciudad los vientos castigan siempre, hacen volar todo, la arena, las tejas, tambien hab'an hecho volar al Boccanegra. Rustichello elige un trozo de buen tama-o y con el rasca la suela. La mierda se pega a la pizarra y acaba untando todo el cuero del zapato. Rustichello la arroja de nuevo a la canaleta. Ni el badurno ni el olor desaparecen. Eso significa que el augurio es firme, que no podri eludir con facilidad el llamado de lo que sea.

Olvida el zapato y vuelve a mirar el puerto. Los genoveses estin api-ados en la Ripa. Han venido bajando desde las colinas, serpenteando por las callejuelas entre albergues se-oriles y casuchas de madera, y se han volcado sobre la bah'a hasta el borde mismo del agua. La ciudad es un gran anfiteatro desde el que es posible presenciar la escena final de un drama....

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Meet the Author

<strong>Graciela Montes</strong> (Buenos Aires, 1947), ganadora del VIII Premio Alfaguara de Novela con <strong>Ema Wolf</strong>, es escritora, editora y traductora. Ha publicado libros para niños y jóvenes que circulan por todos los países de habla hispana, han sido traducidos al alemán, al catalán, al coreano, al griego, al hebreo, al italiano, al portugués y al tailandés, y han obtenido importantes distinciones. Es autora, además, de las novelas El umbral (1998) y Elísabet (1999) y de los ensayos La frontera indómita (1999) y El corral de la infancia (2001).

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