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En este libro póstumo la sabiduría de Gibrán se expresa una vez más a través de parábolas y poemas.

El encuentro del filósofo y el zapatero discurre sobre la humildad. El tiempo –pasado, presente y futuro– se cuestiona. El cuerpo y el alma se analizan con lirismo y el dios único y los múltiples dioses muestran su cara espiritual.
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El vagabundo

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En este libro póstumo la sabiduría de Gibrán se expresa una vez más a través de parábolas y poemas.

El encuentro del filósofo y el zapatero discurre sobre la humildad. El tiempo –pasado, presente y futuro– se cuestiona. El cuerpo y el alma se analizan con lirismo y el dios único y los múltiples dioses muestran su cara espiritual.
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Product Details

  • ISBN-13: 9781480493179
  • Publisher: Open Road Español
  • Publication date: 4/15/2014
  • Language: Spanish
  • Sold by: Barnes & Noble
  • Format: eBook
  • Pages: 28
  • File size: 2 MB

Meet the Author


Poeta, pintor, ensayista y novelista. Hijo de un dependiente de botica y la hija de un sacerdote maronita, Gibran Jalil Gibran se interesó desde niño por el mundo de la religión, las artes y las lenguas. Con once años se trasladó a Boston, ciudad en la que su pasión por la lectura de los grandes estalló, sobre todo por Friedrich Nietzsche y Walt Whitman. 

Entre sus obras más destacadas se encuentran El loco, El hereje y El vagabundo. Su obra cumbre es El profeta (1923).

El misticismo de Gibran Jalil Gibran intenta descifrar un sentir existencial y las esencias clásicas del comportamiento, siempre desde la afabilidad, la sencillez, la bondad, la honradez y lo natural.
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El vagabundo


By Gibran Jalil Gibran

Barcelona Digital Editions, S.L.

Copyright © 2014 Gibran Jalil Gibran
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4804-9317-9



CHAPTER 1

Vestiduras


Cierto día Belleza y Fealdad se encontraron a orillas del mar. Y se dijeron:

—Bañémonos en el mar.

Entonces se desvistieron y nadaron en las aguas. Instantes más tarde, Fealdad regresó a la costa, se vistió con la ropa de Belleza y luego partió.

Belleza también salió del mar, pero no halló sus vestiduras, y como era demasiado tímida para quedarse desnuda se vistió con la ropa de Fealdad. Y Belleza también siguió su camino.

Desde ese momento, hombres y mujeres las confunden.

Sin embargo, algunos hay que contemplan el rostro de Belleza y saben que no lleva sus vestiduras. Y algunos otros que conocen el rostro de Fealdad, y su ropa, no lo ocultan a sus ojos.

CHAPTER 2

Canción de amor


Cierta vez, un poeta escribió una hermosa canción de amor. Hizo muchas copias y las envió a sus amigos y conocidos; hombres y mujeres y, también, a una joven que había visto tan solo una vez y que vivía más allá de las montañas. Cuando pasaron dos o tres días, llegó un mensajero que traía una carta de parte de la joven. La carta decía: «Déjame decirte que estoy profundamente conmovida por la canción de amor que escribiste para mí. Ven pronto y habla con mis padres para tratar los preparativos de la boda».

Y el poeta le respondió en su carta:

«Amiga mía, la canción que le envié no era sino una canción de amor brotada del corazón de un poeta, cantada por todo hombre a toda mujer».

Y ella le escribió a su vez, diciendo: «¡Hipócrita y mentiroso! ¡Desde hoy, hasta el día en que me entierren, odiaré a todos los poetas por su causa!».

CHAPTER 3

Lágrimas y risas


Una noche, a orillas del Nilo, una hiena se encontró con un cocodrilo. Ambos se detuvieron y se saludaron. La hiena dijo:

—¿Cómo vas pasando el día, señor?

—Muy mal —respondió el cocodrilo—. A veces, en mi dolor y tristeza, lloro. Y entonces las criaturas dicen: «Son lágrimas de cocodrilo». Y eso me hiere mucho más de lo que podría contar.

Entonces la hiena replicó:

—Hablas de tu dolor y de tu tristeza, pero piensa por un momento en mí. Contemplo la belleza del mundo, sus maravillas y sus milagros y, llena de alegría, río, como ríen los días. Y los pobladores de la selva dicen: «No es sino la risa de una hiena».

CHAPTER 4

En la feria


Desde la campiña llegó a la feria una chica muy bonita. En su rostro había un lirio y una rosa. Había ocaso en su cabello, y el amanecer sonreía en sus labios.

Cuando la hermosa extranjera apareció ante los jóvenes, estos la rodearon. Uno deseaba bailar con ella, y cortar una torta en su honor. Y todos deseaban besar su mejilla. Al fin y al cabo, ¿no se trataba acaso de una Bella Feria?

Mas la chica se sorprendió y molestó, y pensó mal de los jóvenes. Los reprendió y encima golpeó en la cara a uno o dos de ellos. Luego huyó.

Aquella tarde, en el camino a casa, decía en su corazón: «Estoy disgustada. ¡Qué groseros y maleducados son estos hombres! Sobrepasan toda paciencia».

Y pasó un año, durante el cual la hermosa chica pensó mucho en ferias y hombres. Entonces regresó a la feria con el lirio y la rosa en el rostro, el ocaso en su cabello y la sonrisa del amanecer en sus labios.

Pero ahora los jóvenes al verla, le dieron la espalda. Y permaneció todo el día ignorada y sola.

Y, al atardecer, mientras marchaba camino a su casa, lloraba en su corazón: «Estoy disgustada. ¡Qué groseros y maleducados son estos hombres! Sobrepasan toda paciencia».

CHAPTER 5

Las dos princesas


En la ciudad de Shawakis vivía un príncipe amado por todos, hombres, mujeres y niños; hasta los animales del campo se acercaban a él para saludarle.

Sin embargo, la gente decía que su esposa no lo amaba, y aún más, que lo odiaba. Cierto día, la princesa de una ciudad vecina llegó a visitar a la princesa de Shawakis. Y, sentadas, conversaron, y sus palabras derivaron hacia sus esposos. La princesa de Shawakis dijo con pasión:

—Envidio tu felicidad con el príncipe, tu esposo, a pesar de tantos años de matrimonio. Yo odio a mi esposo, no me pertenece a mí sola y soy la más infeliz de las mujeres.

La princesa invitada, mirándola, dijo:

—Amiga mía, la verdad es que tú amas a tu esposo. Sí, y aún sientes por él una ardiente pasión. Y eso es la vida para una mujer tanto como lo es la primavera para un jardín. En cambio, apiádate de mí y de mi esposo, pues nos soportamos en paciente silencio. Sin embargo, tú y los otros consideráis a eso felicidad.

CHAPTER 6

El relámpago


Un día de tormenta estaba un obispo cristiano en su catedral cuando se le acercó una mujer no cristiana que le dijo:

—Yo no soy cristiana. ¿Existe la salvación del fuego del infierno para mí?

El obispo la miró y respondió:

—No, solo se salvan los bautizados en el agua y en el espíritu.

Y mientras aún hablaba, un rayo cayó con estruendo sobre la catedral y esta fue invadida por el fuego.

Y los hombres de la ciudad llegaron corriendo y salvaron a la mujer, pero el obispo se consumió, alimento del fuego.

CHAPTER 7

El ermitaño


Cierta vez vivió un ermitaño en medio de las verdes colinas. Era puro de espíritu y blando de corazón, y todos los animales de la tierra y todas las aves del cielo se le acercaban en parejas, y él les hablaba. Lo escuchaban alegremente y no partían hasta la noche, momento en que el ermitaño los despedía, confiándolos al viento y al bosque con su bendición.

Una tarde, mientras hablaba acerca del amor, un leopardo levantó la cabeza y dijo al ermitaño:

—Nos hablas del amor. Dinos, señor, ¿dónde está tu compañera?

—No tengo compañera —contestó el ermitaño.

Entonces un gran grito de sorpresa se elevó del coro de bestias y aves mientras se decían unas a otras:

—¿Cómo puede él hablarnos sobre el amor y el compañerismo cuando él mismo no sabe nada acerca de ello?

Y, lentamente, con actitud desdeñosa lo abandonaron. Aquella noche el ermitaño se echó sobre su estera, el rostro hacia la tierra, y lloró amargamente y golpeó las manos contra su pecho.

CHAPTER 8

Dos seres iguales


Cierto día, el profeta Sharía encontró una niña en un jardín. Y la niña dijo:

—Buen día tenga, señor.

Y el profeta respondió:

—Buen día para ti, señora. —Y después de un instante agregó—: Veo que estás sola.

Entonces la criatura respondió alegremente:

—Me llevó mucho tiempo perder a mi aya. Ella piensa que estoy detrás de aquel cerco. Pero ¿no ves que estoy aquí? —Después, miró hacia el profeta y habló de nuevo—. Tú también estás solo. ¿Qué hiciste con tu aya?

—Mi caso es diferente —respondió el profeta—. En verdad, no puedo perderla con frecuencia. Pero hoy, cuando vine a este jardín, ella me estaba buscando detrás de aquel cerco.

La niña, batiendo palmas gritó:

—¡Entonces eres como yo! ¿No es bueno estar perdido? —Y después le pregunto—: ¿Quién eres tu?

—Me llaman el profeta Sharía. Y, dime, ¿quién eres tú? —respondió el hombre.

—Soy solamente yo —dijo la niña—, y mi aya me está buscando sin saber que estoy aquí.

Entonces el profeta miró hacia el espacio y dijo:

—Yo también huí de mi aya por un instante. Pero ella me encontrará.

—Sé que mi aya también me encontrará —repuso la niña.

Y en aquel momento se oyó la voz de una mujer llamando por su nombre a la niña.

—¿Ves? —dijo la criatura—, ya te dije que ella me encontraría.

Y en ese mismo instante, se oyó otra voz que preguntaba:

—¿Dónde estás, Sharía?

Y el profeta dijo:

—Ves, hija mía, me han encontrado también a mí. —Y mirando hacia lo alto, Sharía respondió—: Heme aquí.

CHAPTER 9

La perla


Dijo una ostra a otra ostra vecina:

—Siento un gran dolor dentro de mí. Es pesado y redondo y me lastima.

Y la otra ostra replicó con arrogante complacencia:

—Alabados sean los cielos y el mar. Yo no siento dolor dentro de mí. Me siento bien e intacta por dentro y por fuera.

En ese momento, un cangrejo que por allí pasaba escuchó a las dos ostras, y dijo a la que estaba bien por dentro y por fuera:

—Sí, te sientes bien e intacta; mas él dolor que soporta tu vecina es una perla de inigualable belleza.

CHAPTER 10

Cuerpo y alma


Un hombre y una mujer se sentaron uno al lado del otro junto a una ventana abierta a la primavera. Y la mujer dijo:

—Te amo. Eres bello y rico, y estás siempre bien ataviado.

Y el hombre, dijo:

—Te amo. Eres un bello pensamiento, algo demasiado etéreo para sostenerlo en la mano, y una canción en mis sueños.

Mas, la mujer se levantó con furia y replicó:

—Señor, por favor dejadme ya. No soy un pensamiento, ni un ente que pasa por tus sueños. Soy una mujer. Preferiría que me desearas como esposa y madre de niños no nacidos aún.

Y se separaron.

Y el hombre hablaba en su corazón: «He aquí otro sueño que se convierte en humo».

Y la mujer decía: «Bien, y ¿qué decir de un hombre que se convierte en humo y sueños?».

CHAPTER 11

El rey


La gente del reino de Sadik se rebeló contra su rey y gritando rodeó el palacio. El rey descendió la escalera del palacio portando su corona en una mano y su cetro en la otra. La majestuosidad de su presencia silenció a la multitud, y él, deteniéndose frente a ellos, dijo:

—Amigos míos, puesto que ya no sois mis súbditos he aquí que restituyo mi corona y mi cetro. A partir de este momento seré uno de vosotros, solamente un hombre más y como tal trabajaré al lado vuestro y nuestra tierra crecerá mejor. No existe necesidad de un rey. Vayamos, pues, a los campos y viñedos y trabajamos codo con codo. Solo debéis indicarme a qué prado o viñedo debo dirigirme pues ahora todos sois el rey.

Y el pueblo se maravilló y el silencio los cubrió; pues el rey, a quien juzgaran la causa de su descontento, les restituía la corona y el cetro, y se transformaba en uno de ellos.

Luego todos y cada uno siguieron su camino, y el rey se dirigió al prado acompañado por un hombre.

Mas, el reino de Sadik no marchaba bien sin un rey, y el velo de descontento se extendía sobre la tierra. La gente gritaba en el mercado diciendo que debían ser gobernados y que debían tener un rey que los dirigiera. Y los ancianos y los jóvenes decían al unísono:

—Tendremos nuestro rey.

Y buscaron al rey y lo encontraron afanándose en el campo, y lo llevaron hasta su trono, devolviéndole la corona y el cetro. Y así hablaron:

—Ahora gobiérnanos con grandeza y justicia.

Entonces llegaron hasta su presencia hombres y mujeres para hablarle sobre un barón que los maltrataba y de quien eran solo esclavos. De inmediato, el rey llamó al barón y le dijo:

—La vida de un hombre pesa como la vida de cualquier otro en la escala de Dios. Y como tú no sabes pesar la vida de quienes trabajan tus tierras y tus viñedos quedas desterrado y abandonarás este reino para siempre.

Al día siguiente llegó otro grupo hasta el rey y habló de la cruel condesa del otro lado de las colinas, y de cómo los había conducido a la miseria. De inmediato, la condesa fue traída hasta la corte y el rey también la sentenció al destierro diciendo:

—Aquellos que labran nuestros campos y cuidan nuestros viñedos son más nobles que nosotros, que comemos el pan preparado por ellos y bebemos el vino de sus lagares. Y como tú no lo sabes, dejarás esta tierra y vivirás lejos de este reino.

Luego vinieron hombres y mujeres diciendo que el obispo les hacía traer piedras y esculpirlas para la catedral, mas no les había pagado pese a que el cofre del obispo se hallaba repleto de oro y plata, mientras ellos se encontraban vacíos y hambrientos.

El rey requirió la presencia del obispo, y cuando lo tuvo frente a sí, dijo:

—Esa cruz que usas sobre tu pecho debería significar dar vida a la vida. Mas, tú has tomado la vida y no has devuelto nada, por lo que abandonarás este reino para no regresar nunca.

Y así cada día, hasta el tiempo de luna llena, hombres y mujeres llegaban hasta el rey para contarle sobre las cargas que pesaban sobre ellos. Y cada día, y todos los días de una luna entera, algún opresor era exiliado de esta tierra.

El pueblo de Sadik estaba maravillado, y había alegría en sus corazones.

Y cierto día los ancianos y los jóvenes rodearon la torre del rey y pidieron por él. Él descendió llevando la corona en una mano y el cetro en la otra.

—Y ahora —les dijo—, ¿qué queréis de mí? Tened, os devuelvo lo que vosotros deseasteis que yo tuviera

—¡No, no! —gritaron ellos—. Tú eres nuestro legítimo rey. Has limpiado la tierra de víboras y reducido los lobos a la nada. Hemos venido a cantarte nuestro agradecimiento. La corona es vuestra en majestad y el cetro es vuestro en gloria.

—¡Yo no! —respondió el rey—. ¡Yo no! Vosotros mismos sois el rey. Cuando me juzgaron incapaz y mal gobernante, vosotros mismos erais incapaces e ingobernables. Y ahora la tierra crece bien porque está en vuestra voluntad el hacerlo. Yo no existo sino en vuestras acciones. No existe una persona gobernante. Existen solo los que se gobiernan a sí mismos.

El rey retornó a la torre con su corona y su cetro, y los ancianos y los jóvenes tomaron su diferentes caminos sintiéndose felices.

Y cada uno de ellos se imaginó a sí mismo un rey con la corona en una mano y el cetro en la otra.

CHAPTER 12

Sobre la arena


Dijo un hombre a otro:

—Hace mucho tiempo, con la marea alta, escribí con mi cayado unas líneas en la arena; y la gente aún se detiene para leerlas y cuida mucho de que no se borren.

Y el otro hombre dijo:

—Yo también escribí unas líneas en la arena, pero lo hice durante la marea baja. Y las olas del inmenso mar las borraron y breve fue su vida. Pero dime: ¿qué fue lo que tú escribiste?

Y el primer hombre respondió:

—Escribí: «Soy lo que soy». ¿Y tú, qué escribiste?

Y el otro hombre dijo:

—Escribí esto: «Soy solo una gota de este mar inmenso».

CHAPTER 12

Tres regalos


Cierta vez, en la ciudad de Becharre, vivía un amable príncipe, querido y honrado por todos sus súbditos.

Pero había un hombre, excesivamente pobre, que se mostraba desagradable con el príncipe y continuamente lo censuraba mordazmente.

El príncipe lo sabía, pero era paciente.

Por fin decidió considerar el caso, y una noche de invierno un siervo del príncipe llamó a la puerta del hombre, cargando un saco de harina de trigo, un paquete de jabón y uno de azúcar.

—El príncipe te envía estos presentes como recuerdo —dijo el siervo.

El hombre se regocijó, pues creyó que las dádivas eran un homenaje del príncipe. Y, en su orgullo, fue en busca del obispo y le contó lo que el príncipe había hecho, agregando:

—¿No veis que el príncipe desea mi amistad?

Pero el obispo respondió:

—¡Oh! Qué príncipe sabio y qué poco comprendes. Él habla por símbolos: la harina es para tu estómago vacío; el jabón para tu sucia piel y el azúcar para endulzar tu amarga lengua.

Desde aquel día, el hombre sintió vergüenza hasta de sí mismo y su odio al príncipe se acrecentó. Pero a quien más odiaba era al obispo que interpretó la dádiva.

Sin embargo, desde entonces guardó silencio.

CHAPTER 13

Paz y guerra


Tres perros tomaban el sol y conversaban. El primer perro dijo entre sueños:

—Es realmente maravilloso vivir en estos días en que reinan los perros. Considerad la facilidad con que viajamos bajo el mar, sobre la tierra y aún en el cielo. Y meditad por un momento sobre las invenciones creadas para el confort de nuestros ojos, oídos y narices.

Y el segundo perro habló y dijo:

—Comprendemos más el arte. Ladramos a la luna más rítmicamente que nuestros antepasados. Y cuando nos contemplamos en el agua vemos que nuestros rostros son más claros que los de ayer.

Entonces el tercero dijo:

—Pero lo que a mí más me interesa y entretiene es la serena comprensión existente entre los distintos estados caninos.

En ese momento vieron que el cazador de perros se acercaba.

Los tres perros se desmandaron y se escabulleron calle abajo, y, mientras corrían, el tercer perro dijo:

—¡Por Dios! Corred por vuestras vidas, la civilización viene detrás nuestro.


(Continues...)

Excerpted from El vagabundo by Gibran Jalil Gibran. Copyright © 2014 Gibran Jalil Gibran. Excerpted by permission of Barcelona Digital Editions, S.L..
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Table of Contents

Contents

Portada,
Créditos,
Vestiduras,
Canción de amor,
Lágrimas y risas,
En la feria,
Las dos princesas,
El relámpago,
El ermitaño,
Dos seres iguales,
La perla,
Cuerpo y alma,
El rey,
Sobre la arena,
Tres regalos,
Paz y guerra,
La bailarina,
Los dos ángeles,
La estatua,
El trueque,
Amor y odio,
Sueños,
El loco,
Las ranas,
Las leyes,
Ayer, hoy y mañana,
El filósofo y el remendón,
Los constructores,
La tierra de Zaad,
El oro,
La tierra roja,
La luna llena,
El profeta ermitaño,
Aquel viejo, viejo vino,
Dos poemas,
Lady Ruth,
El gato y el ratón,
La maldición,
Las granadas,
Tres dioses y ninguno,
La que era sorda,
La búsqueda,
El cetro,
La senda,
La ballena y la mariposa,
Paz contagiosa,
La sombra,
Setenta,
Con dios,
El río,
Los dos cazadores,
El otro vagabundo,
Sobre el autor,

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