en un instante: El amor lo cambia todo [NOOK Book]

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De la mente de Ted Dekker, autor de gran éxito de ventassegún el New York Times, viene la pregunta: "Si usted supiera elresultado de sus decisiones, ¿determinaría eso lo que hiciera?"
Seth Borders tiene uno de los coeficientes intelectuales más altos delmundo. Ahora de pronto es atacado por un poder increíble, la habilidad de vermúltiples futuros posibles, y se encuentra con Miriam, una hermosa princesa deArabia Saudita que se ha escapado de un matrimonio forzado. Las ...
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en un instante: El amor lo cambia todo

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Overview

De la mente de Ted Dekker, autor de gran éxito de ventassegún el New York Times, viene la pregunta: "Si usted supiera elresultado de sus decisiones, ¿determinaría eso lo que hiciera?"
Seth Borders tiene uno de los coeficientes intelectuales más altos delmundo. Ahora de pronto es atacado por un poder increíble, la habilidad de vermúltiples futuros posibles, y se encuentra con Miriam, una hermosa princesa deArabia Saudita que se ha escapado de un matrimonio forzado. Las culturascolisionan cuando Seth y Miriam son lanzados juntos y obligados a huir defuerzas decididas a secuestrar o matar a Miriam. Una historia intoxicantedesarrollada en medio de las arenas movedizas del Medio Oriente y los caminosescondidos de Estados Unidos, En un instante toca temas tan antiguoscomo la tierra misma... y tan actuales como los titulares de primera plana dehoy en día.
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Product Details

  • ISBN-13: 9781418581190
  • Publisher: Grupo Nelson
  • Publication date: 5/30/2011
  • Language: Spanish
  • Sold by: THOMAS NELSON
  • Format: eBook
  • Pages: 400
  • File size: 720 KB

Meet the Author

Ted Dekker
Ted Dekker

TED DEKKER is the author of twenty-two novels, with more than 3 milllion copies of his books sold to date, 1 million of them sold in 2007 alone.

Known for adrenaline-laced stories packed with mind-bending plot twists, unforgettable characters and confrontations between good and evil, Dekker has earned his status as a New York Times bestselling author. 

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En un Instante

El Amor lo Cambia Todo


By Ted Dekker, Ricardo y Mirtha Acosta

Grupo Nelson

Copyright © 2008 Grupo Nelson
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4185-8119-0


CHAPTER 1

Miriam hizo a un lado las cortinas de terciopelo morado y miró por la ventana hacia el patio. Solo el año pasado habían terminado el palacio de mármol, y fácilmente era la más fabulosa de las residencias de su padre. Ella no las había visitado todas, pero no necesitaba hacerlo. El príncipe Salman bin Fahd tenía cuatro esposas, y había construido tres palacios a cada una, dos en Riad y uno en Jedda. Las cuatro esposas tenían idénticas viviendas en cada lugar, aunque era engañoso decir que sus esposas poseyeran los palacios. Padre era el dueño de los palacios, con esposa en cada uno.

Este, el decimotercer palacio de Salman, lo había construido exclusivamente para acontecimientos especiales como el de hoy, la boda de Sita, una de las mejores amigas de Miriam.

Afuera, el sol centellaba sobre una fuente de la que manaba agua a borbotones en el centro de una laguna. El agua estaba cubierta por brillantes pétalos rojos de doscientas docenas de rosas llegadas de Holanda. Era evidente que el novio, Hatam bin Hazat, se había enterado que a esta joven novia le gustaban las rosas rojas. Después de haber visto dos días atrás el excepcional arreglo floral, Sita juró que nunca volvería a mirar otra rosa roja en su vida.

Docenas de criados filipinos atravesaban el césped, portando bandejas de plata con elevados montones de toda comida imaginable, preparada por dieciocho jefes de cocina traídos de Egipto. Pato asado con almendras, carne de ternera al curry enrollada en falda de cordero, langosta rellena de hígado ... Miriam nunca había visto una exhibición tan extravagante. Y esto solo para las mujeres. Como muchas bodas sauditas, los invitados varones en realidad no veían a las mujeres. La costumbre exigía dos ceremonias separadas por el simple hecho de que las mujeres asistían sin velo a las bodas. La usanza tradicional del movimiento wahabí prohibía que un hombre viera el rostro de una mujer, a menos que fuera pariente o que estuviera ligada íntimamente a su familia.

Por la ventana entraban sonidos de música, tamboriles y jolgorio. Miriam pensaba a menudo que el mundo consideraba injustas para las mujeres las prácticas culturales imperantes en la Península Arábiga. Dos veranos antes ella había estudiado durante tres meses en la Universidad de Berkeley en California, y allí oyó la falsa idea de que una mujer saudita muere tres veces mientras está en la tierra.

Se decía que la mujer saudita muere el día de su primera menstruación, en que la obligan a ponerse el velo negro y a entrar a la oscuridad; muere el día de su boda, en que la dan como posesión a un extraño; y muere cuando finalmente fallece. Miriam había estado tentada a abofetear a la mujer que pronunció esas palabras.

Quizás los estadounidenses se callarían si conocieran mejor la historia saudita. Era bastante cierto que tradicionalmente a la mujer se le prohibían algunas de las actividades aceptadas por Occidente, como conducir vehículos, rendir testimonio en una disputa, o caminar libremente con el rostro descubierto, por ejemplo. Pero todas esas prácticas fomentaban la cultura saudí en formas no vistas en Occidente. Por ejemplo, los sauditas entendían el valor de las familias sólidas, de la lealtad a Dios y a su palabra, del respeto por un orden que defendía tanto a las familias como a Dios.

Miriam dejó vagar su mente por los acontecimientos que la situaron con su amiga Sita aquí, en este magnífico palacio, donde según ella sabía, esperaban la ceremonia que cambiaría la vida de Sita.

El primer monarca del reino, Abdul Aziz ibn Saud, conquistó Riad en 1902. En ese entonces apenas tenía poco más de veinte años. Todos los cuatro reyes que habían gobernado desde su muerte en 1953 eran hijos suyos. Pero al observar Miriam los confusos espacios de la historia, comprobó que fue la primera mujer del rey, y no sus hijos, quien desarrolló el país. El rey tuvo más de trescientas esposas, y fueron estas mujeres las que le dieron muchos hijos.

—Me cuesta creer que esto esté sucediendo de veras —manifestó Sita desde el sofá.

Miriam dejó caer la cortina en su sitio y se volvió. Sita estaba sentada como una pequeña muñeca vestida en encaje y rosa. En las bodas todas las mujeres, desde la novia hasta las criadas, se cambian sus velos y sus abayas negras por coloridos vestidos. Los ojos de Sita se veían redondeados y sombríos; por tanto, muy inseguros. Miriam y Sultana la habían rescatado de un tropel de tías que la agobiaban para la ceremonia final, y la trajeron aquí, a este salón que ellas apodaban la sala del piano por 9 el enorme piano blanco asentado a la derecha. La alfombra, un grueso tejido persa con un león bordado en el centro, les tragaba los pies. Evidentemente al diseñador que contrató Salman le gustaban los grandes felinos; los muros del salón formaban un zoológico virtual de pinturas de felinos.

—Estoy aterrorizada —pronunció Sita con temblor en los labios.

Sultana, la tercera en el inseparable trío, recorrió la mano por el cabello de la jovencita.

Ssh, ssh. No será el fin del mundo. Al menos él es rico. Mejor casarse en palacios que en alcantarillas.

—Tiene tanta edad que podría ser mi abuelo.

—Es más joven que el esposo de mi hermana —acotó Miriam—. El marido de Sara tenía sesenta y dos años cuando la tomó. Entiendo que Hatam no tiene más de cincuenta y cinco.

—¡Y yo tengo quince! —expresó Sita.

—Sara también tenía quince —contestó Miriam—. ¿Y qué de mi nueva madre, Haya?

Eso acalló a ambas. Un año antes el padre de Miriam había tomado a Haya como novia cuando murió la madre biológica de Miriam. Haya solo tenía trece años en ese entonces. Como se acostumbraba, la muchacha asumió los deberes de la esposa en la casa, aunque era más joven que quienes estaban bajo sus órdenes. Entonces Miriam tenía diecinueve.

Al principio a Miriam le molestaba la muchachita. Pero una mirada a los nerviosos ojos de Haya después de la boda la hizo cambiar de idea. Haya se metió en su papel de esposa sumisa con sorprendente gracia.

Pero Sita no era Haya.

Miriam miró el aterrado rostro de su amiga. También Sita aún una niña. Una pequeña parte de Miriam deseaba llorar. Pero no podía hacerlo, especialmente ahora, a solo minutos de la ceremonia.

Sultana miró por fuera de la ventana. De las tres, ella quizás era la 10 más audaz. Tenía veintitrés años y era estéril. Pero se había casado con un buen hombre que la trataba bien y se hacía el de la vista gorda cuando ella hablaba contra el matrimonio de niñas jóvenes. Los frecuentes viajes de Sultana a Europa le habían dado una perspectiva occidental sobre esa costumbre particular.

—Haya tenía dos años menos que tú —manifestó Miriam.

—Ya lo vi —confesó Sita en tono bajo.

Miriam levantó la mirada. Era raro que alguien viera a su prometido antes de la verdadera boda.

—¿Viste al novio? —preguntó Sultana—. ¿Viste a Hatam?

Sita asintió.

—¿Qué? —interrogó Miriam—. ¿Cómo es él?

—Hace dos semanas, en el bazar —contestó ella, levantó la mirada y le resplandecieron los ojos—. Es gordísimo. Me matará.

Miriam estaba consciente que debía decir algo, pero no le llegaron palabras. Aunque hizo indagaciones, solo había podido averiguar que Hatam era un acaudalado magnate petrolero de Dammam en el Golfo Pérsico.

Sita olfateó y se pasó la delicada y temblorosa mano por la nariz.

—Hago un juramento —articuló en voz baja—. Juro hoy que no aceptaré a mi esposo. Él no me tocará mientras yo esté viva.

—Por favor, Sita, él será amable —rogó Miriam estirando una mano—. Hoy encontrarás tu vida enriquecida más de lo que se puede expresar con palabras, lo verás.

—¡No estoy lista para casarme! —exclamó, poniéndose de pie, y con el rostro colorado.

Ella temblaba, una niñita a punto de tener un berrinche. Miriam sintió que el estómago se le revolvía.

—Lo juro —continuó Sita, y Miriam no dudó de ella—. Tú tienes casi veintiún años y aún no te has casado. Además tienes este amor secreto con Samir. ¡Te odio por eso!

Sita se apartó.

—No me odias, Sita. Mejor es que no me odies, porque eres como una hermana para mí, y te quiero de verdad.

De veinte años y soltera. Había rumores de que docenas de pretendientes se habían acercado al padre para pedir la mano de Miriam, y él no había aceptado a ninguno. Su negativa era un tema delicado para ella.

—No puedes saber cómo se siente ella —comentó Sultana poniendo una mano acallante en el hombro de Miriam—. Salman te protege.

Un calor atravesó las mejillas de Miriam.

—Tanto Haya como Sara se casaron ...

La puerta se abrió de par en par y las mujeres se volvieron al mismo tiempo.

—¡Sita! —gritó en el umbral la madre de la quinceañera, pálida como la arena del desierto—. ¿Dónde has estado? ¡Todos están listos!

Entonces vio las lágrimas de Sita y corrió hacia ella.

—No llores, niña, por favor —le suplicó, suavizando el rostro—. Sé que estás asustada, pero todos nos hacemos adultos, ¿no es así?

Le arregló el cabello a su hija y la miró amorosamente.

—Tengo miedo, madre —confesó Sita.

—Por supuesto. Pero debes pensar más allá de la incertidumbre que sientes, y considerar los maravillosos privilegios que te esperan como la esposa de un hombre poderoso —la tranquilizó su madre, y luego le besó la frente—. Él es un hombre rico, Sita. Te dará una buena vida, y tú le darás muchos hijos. ¿Qué más puede pedir una mujer?

—No quiero darle hijos.

—¡No seas tonta! Será un gran honor darle hijos. Lo verás —añadió la madre, luego hizo una pausa y analizó tiernamente a su hija—. Dios sabe cuánto te amo, Sita. Estoy muy orgullosa de ti. Solo ayer eras una niña que jugaba con muñecas. Mira ahora, te has convertido en una joven hermosísima.

Volvió a besar a su hija.

—Bueno, ven —concluyó—. Los tamborileros están esperando; luego hizo caer el velo sobre el rostro de Sita, y con eso quedaron ocultos los temores de la muchacha.

Miriam se unió a mil mujeres en el gran salón y observó cuando los tambores anunciaron la llegada del novio. Los únicos hombres presentes eran el padre de la novia, el novio (cuyo padre había muerto de viejo), y el religioso que celebraría la boda.

Hatam apareció solo, y Miriam casi suelta un grito. Se le asentaba grasa como un tubo hinchado alrededor del estómago, que se agitaba con cada paso bajo una tienda de túnica. La grasa debajo de la barbilla colgaba como una represa de agua. Decir que el hombre era gordísimo sería un horrible error de cálculo. Era una montaña obesa.

Sultana refunfuñó suavemente al lado de Miriam. Varias mujeres la miraron, pero ella no les hizo caso.

Los tambores volvieron a sonar. La madre de Sita y su tía condujeron a la novia. Hatam sonrió y le levantó el velo. Sita lo miró, y en su encubierto acto de rebeldía se veía más hermosa de lo que Miriam podía recordar.

La ceremonia duró solo unos pocos minutos. El verdadero matrimonio se había realizado horas antes, primero con la novia y luego con el novio, por separado, firmando documentos en que afirmaban estar de acuerdo con la dote y los términos del matrimonio.

Ahora el religioso miró al padre de Sita y pronunció las palabras simbólicas que confirmaban la unión. Después de un gesto de aprobación, el religioso miró al novio, quien contestó que aceptaba a Sita como esposa. Mil mujeres rompieron el silencio con alegres alaridos. Hoy el ruido le hizo bajar un frío por los brazos a Miriam. Hatam caminó delante de su nueva esposa, aventando monedas a las mujeres. Sita vaciló, luego lo siguió.

Hatam sacó a Sita del salón, y Miriam vio que su amiga caminaba como un cordero recién nacido, con piernas tambaleantes.

Las mujeres comenzaron a ir hacia la salida, donde esperaba comida, música y fiesta. Podrían celebrar por dos días más después de que el novio se fuera con su nueva esposa.

Pero Miriam no estaba segura de poder participar. No con el juramento de Sita resonándole en los oídos. En voz baja le rogó a su amiga que entrara en razón para que pudiera acoger con alegría su nueva vida.

CHAPTER 2

Eran las tres de la tarde y Seth Border estaba solo, aunque podría decirse que era el hombre más popular de la universidad. Popular, porque poseía tanto la mente más definida que había visto la universidad desde su inicio, como la clase de rostro de atleta de clase internacional que encantaba a los medios de comunicación. Solo, porque se sentía extrañamente desconectado de esa popularidad.

Si Seth había aprendido algo en Berkeley, era que cuando la academia te pone en un pedestal, espera que rindas como te han promocionado. Si quería que te saliera piel verde, mejor que te pintaras la piel de verde, porque les molestaría que aparecieras en escena con piel celeste. Irónico, considerando la libertad predicada por aquellos en esta parte del país.

Seth miró las pequeñas ventanas que había en las elevadas paredes del salón de conferencias, pensando que era una persona celeste en un mundo de gente verde. Celeste, como el cielo afuera: otro día californiano sin nubes. Se pasó una mano por el enmarañado pelambre rubio y soltó un suspiro apenas audible. Miró la compleja ecuación en la pizarra blanca detrás del profesor, la solucionó antes que él terminara de leerla, y dejó que su mente volviera a divagar.

Tenía veintiséis años, y había sentido toda su vida como una larga serie de abandonos. Sentarse aquí a escuchar conferencias de graduación sobre física cuántica por el Dr. Gregory Baaron con otros cuarenta estudiantes solo parecía reforzar el sentimiento. Debería estar haciendo algo por salirse de este valle. Algo como hacer surfing.

El surfing siempre fue su único escape de un mundo que había enloquecido, pero la última vez que había visto de verdad el lado bueno de una ola fue hace tres años, en Point Loma de San Diego, durante una inesperada tormenta que depositaba olas de cinco metros a lo largo de la costa desde Malibú hasta Tijuana. No había nada como encontrar la ola correcta y montar en su cresta hasta decidirse a bajar de ella.

Seth experimentó por primera vez la libertad del surfing a los seis años de edad, cuando su madre le regaló una tabla y lo llevó a la playa ... esa era la manera en que ella y su hijo escapaban de los maltratos del padre de Seth.

A Paul le gustaban tres cosas en la vida y, hasta donde Seth podía ver, solo tres: La cerveza Pabst Blue Ribbon, el béisbol, y él mismo. En ningún orden particular. Apenas le importaba el hecho de que se hubiera casado con una mujer llamada Rachel, y que tuviera un hijo al que llamaron Seth.

Por otra parte, su madre amaba a su hijo. En realidad se habían salvado mutuamente la vida en más de una ocasión, la más notable cuando su papá había confundido sus cuerpos con bolas de béisbol.

Fue durante el peor de esos tiempos en que Seth pidió a su madre que lo llevara a la biblioteca. Ella lo llevó al día siguiente en su Balde Oxidado, como llamaba a su Vega. De los seis años en adelante la vida de Seth constó de una extraña mezcla de surfing, lectura y patadas que su padre le daba en la casa.

—Eres especial, Seth —solía expresar su madre—. No permitas que nadie te diga alguna vez algo distinto, ¿me oyes? No hagas caso a lo que tu padre dice.

Las palabras de ella lo inundaban con más calidez que el sol de California.

—Te amo, mamá.

Cuando él decía eso, ella siempre tragaba saliva, lo abrazaba, y se limpiaba las lágrimas en los ojos.

Resultó que Seth era más que especial. Era un genio.

En cualquier otro lugar se habría descubierto y nutrido su don exclusivo desde la época en que tenía dos o tres años. Por desgracia —o por fortuna, dependiendo del punto de vista del lector— nadie entendió en realidad que Seth era un joven excepcional hasta que tuvo más edad.

Su madre era peluquera, no maestra, y aunque se aseguró que otras esteticistas se enteraran de la agudeza de su hijo, ella no estaba capacitada para reconocer genios. Y debido a que Rachel lo llevaría tan pronto a la playa o la biblioteca como a la escuela, se debilitó la reputación del muchacho como estudiante.

No fue sino hasta los nueve años que alguien en el mundo académico notó la brillantez de Seth. Un surfista llamado Mark Nobel que asistía a la pequeña universidad Nazarena en Point Loma observó a Seth haciendo surfing, e insistió en que le diera cierto giro a su tabla. Para cuando Seth regresó a la playa, el estudiante se había ido a clases. Seth deambuló por la universidad buscando a Mark.


(Continues...)

Excerpted from En un Instante by Ted Dekker, Ricardo y Mirtha Acosta. Copyright © 2008 Grupo Nelson. Excerpted by permission of Grupo Nelson.
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