Encuentros con Jesus: El Senor, su caracter y las personas que lo conocieron cara a cara

Encuentros con Jesus: El Senor, su caracter y las personas que lo conocieron cara a cara

by Orville Swindoll
     
 

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Swindoll afirma que a lo largo de los años fue creciendo en él la convicción que para llegar a ser como Cristo tendría que prestar más atención a su manera de vivir, su trato con otros, su relación con su Padre y su integridad personal. En su prefacio dice que los meses de estudio le resultaron altamente provechosos,… See more details below

Overview

Swindoll afirma que a lo largo de los años fue creciendo en él la convicción que para llegar a ser como Cristo tendría que prestar más atención a su manera de vivir, su trato con otros, su relación con su Padre y su integridad personal. En su prefacio dice que los meses de estudio le resultaron altamente provechosos, una de las experiencias más iluminadoras y aleccionadoras de sus largos años en el ministerio. En esta obra comparte esas experiencias con los lectores.

Product Details

ISBN-13:
9780829760910
Publisher:
Vida
Publication date:
12/04/2012
Pages:
224
Sales rank:
640,343
Product dimensions:
4.10(w) x 6.70(h) x 0.90(d)
Age Range:
18 Years

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Encounters with Jesus


By Orville Swindoll

Zondervan

Copyright © 2012 Orville Swindoll
All right reserved.

ISBN: 978-0-8297-6091-0


Chapter One

¿QUIÉN ES ESTE HOMBRE?

Iniciaremos ahora un viaje en el tiempo a una tierra lejana. Te invito a subir conmigo, con cuidado, a la cápsula de la máquina del tiempo que me han prestado, pues vamos a regresar, unos dos mil años, a otra época en la tierra de Palestina para caminar por sus calles polvorientas en compañía de Jesús, nuestro gran Maestro. Tomaremos nota de muchas ocasiones cuando Jesús se encontraba con otras personas, y prestaremos atención a la conversación que allí se desarrolla.

En cada instancia consideraremos el marco histórico y cultural del encuentro. Observaremos las características del mismo Señor Jesús en su trato con las distintas personas, así como las de las personas con las cuales Jesús conversó. No dudo que cada encuentro será interesante y aleccionador.

Es propio del ser humano querer saber con quién se encuentra, a fin de determinar cómo reaccionar. Si estoy frente a una persona con rango jerárquico, obviamente me toca respetar cierto protocolo en mi comportamiento.

Todos adoptamos distintas actitudes conforme al marco social donde nos encontramos y a las personas con quienes entablamos una conversación o llevamos a cabo algún negocio.

No hace mucho, en el banco donde nuestra congregación tiene la cuenta corriente, la empleada detrás del mostrador observó mi apellido y me preguntó si tenía alguna relación con un autor y personaje de la radio. Cuando le respondí que se trataba de mi hermano, se mostró contenta y se inició una breve conversación en la cual se identificó como cristiana que le gusta escuchar a mi hermano por la radio. En otras ocasiones, desde entonces, me saluda por mi nombre y se expresa de una manera cordial.

Todos tenemos una identidad, y necesitamos conocer la de las personas con las cuales comulgamos o hacemos negocios. Esa identidad puede abrir puertas, o bien puede dificultar una relación cordial, según el caso.

UNA PREGUNTA INTRIGANTE

En el caso de Jesús, escogió el momento que consideró más apropiado para preguntar a sus discípulos de qué manera lo identificaban. No debe extrañarnos que el concepto de los mismos discípulos hubiera variado de tiempo en tiempo, según la acción de Jesús mismo o la reacción del público.

Aun el rey Herodes se preguntaba quién era Jesús. En su Evangelio, Lucas nos informa que:

7 Herodes el tetrarca se enteró de todo lo que estaba sucediendo. Estaba perplejo porque algunos decían que Juan había resucitado; 8 otros, que se había aparecido Elías; y otros, en fin, que había resucitado alguno de los antiguos profetas. 9 Pero Herodes dijo: «A Juan mandé que le cortaran la cabeza; ¿quién es, entonces, éste de quien oigo tales cosas?» Y procuraba verlo.

Lucas 9:7–9

La curiosidad le picó, quizá porque podría imaginar en Jesús una persona que representara cierta amenaza a su poder político. Herodes tenía fama de celoso y desalmado cuando se trataba de alguien que pudiera poner en peligro su poderío. Mató a varios miembros de su propia familia para evitar que lo sucedieran.

Veamos la conversación entre Jesús y sus discípulos sobre el tema de su identidad:

18 Un día cuando Jesús estaba orando para sí, estando allí sus discípulos, les preguntó:

—¿Quién dice la gente que soy yo?

19 —Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que uno de los antiguos profetas ha resucitado —respondieron.

20 —Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

—El Cristo de Dios —afirmó Pedro.

21 Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran esto a nadie.

Lucas 9:18–21

LA IDENTIDAD DE JESÚS

En este pasaje Jesús formula dos preguntas: una sobre los comentarios de «la gente», y otra sobre la opinión de sus discípulos. Hasta el momento Jesús no había formulado semejante pregunta, esperando que los discípulos tuvieran la oportunidad de evaluar los sucesos y llegaran a sus propias conclusiones.

No hay nada extraño en esto; todos vamos elaborando nuestras propias opiniones acerca de la identidad de Jesús. Durante cierto tiempo podemos vacilar entre una y otra opinión, o podemos adoptar alguna de las ideas corrientes en nuestro entorno.

Lo cierto es que no hay otra pregunta más importante en la vida que debemos responder con claridad y seguridad que esta: ¿Quién es Jesús? Nuestra respuesta determina nuestra conducta, nuestra esperanza y expectativa, nuestras relaciones y nuestro empeño en la vida. Si no descubrimos la respuesta correcta, no podemos actuar en fe ni podemos tener claridad con respecto al futuro.

Frente a la primera pregunta de Jesús, los discípulos respondieron:

Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que uno de los antiguos profetas ha resucitado.

Parece un reflejo de la opinión de Herodes. Quizá, igual que él, su respuesta evidencia que muchos vieron algo misterioso y sobrenatural en la persona de Jesús. Su conclusión indica que lo comparaban con algunos de los personajes relevantes en la historia de Israel.

Luego viene la segunda pregunta:

Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

En el texto original, la palabra ustedes se enfatiza: «Y ustedes, ¿quién dicen ustedes que soy yo?» Jesús espera una respuesta personal y directa.

Es evidente que la respuesta de Pedro representa el sentir de todo el grupo, pues nadie más ofrece ni objeción ni otro aporte.

El Cristo de Dios —afirmó Pedro.

Según el relato de Mateo, Jesús responde inmediata y afirmativamente a Pedro:

Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás—le dijo Jesús—, porque eso no te lo reveló ningún mortal, sino mi Padre que está en el cielo (Mt 16:17).

El propósito de esta afirmación es señalar a los discípulos que la respuesta verbalizada por Pedro proviene del cielo, a través del Espíritu Santo. Esta revelación y confesión viene a ser el fundamento de todo lo que Dios hará en la vida de estos hombres y en el mundo entero.

Precisamos entender que lo que Dios hace en este mundo y en nuestra vida depende de la soberana acción del Espíritu de Dios. La iglesia no es un club religioso ni un conjunto de pensadores ni una colectividad de personas que tienen intereses en común. Lo que da valor a la iglesia es que es la creación de Dios, no una institución humana. La gloria del pueblo de Dios es que Dios habita entre ellos. Cuando olvidamos este hecho, perdemos toda nuestra motivación, nuestra razón de ser.

Por supuesto, hay mucho de lo humano en la iglesia; de allí vienen sus muchos problemas. Pablo se refiere a esta realidad paradójica al decir que «tenemos este tesoro en vasijas de barro» (2 Cor 4:7). Luego, en otro pasaje afirma que Cristo es nuestra «esperanza de gloria» (Col 1:27).

SE IMPONE EL SILENCIO

Nos puede parecer extraña y enigmática la orden que Jesús dio a sus discípulos después de la afirmación de Pedro sobre su identidad:

Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran esto a nadie.

Jesús está muy consciente del tiempo que pasa, de la cronología de los sucesos en torno a su persona. No sería conveniente que comience a correr la noticia de su identidad como el ungido —el Cristo— de Dios.

Tal como dijo un erudito: «No sería apropiado que Jesús, durante los días de su humillación, animara la aclamación pública. Esto se tiene que postergar hasta después de su muerte y resurrección».

Jesús no tiene ningún interés en que el público se entusiasme con la idea de una liberación política, cuando su propósito inmediato es dar su vida en rescate por nosotros. Sin embargo, es absolutamente imprescindible que sus seguidores más cercanos perciban que él ha sido enviado por Dios para lograr nuestra redención.

EL COSTO DE SEGUIR A JESÚS

Prueba de su conciencia de esta realidad se halla en las próximas palabras de Jesús, según las registra Lucas:

22—El Hijo del hombre tiene que sufrir muchas cosas y ser rechazado por los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley. Es necesario que lo maten y que resucite al tercer día.

23 Dirigiéndose a todos, declaró:

—Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga. 24 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará. 25 ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se destruye a sí mismo? 26 Si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras, el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en su gloria y en la gloria del Padre y de los santos ángeles. Lucas 9:22–26

Jesús sabe muy bien de donde viene la oposición a su persona y obra; de «los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley». Los ancianos son las personas laicas que son miembros del Sanedrín, el cuerpo religioso gobernante de los israelitas. Estos representan las familias privilegiadas de la nación. Los jefes de los sacerdotes son los más encumbrados de la casta sacerdotal. Y los maestros de la Ley son los teólogos de su tiempo, los rabinos, versados en la Torá. Su tarea era estudiar, interpretar, transmitir, copiar y enseñar la ley de Moisés.

Jesús advierte a sus discípulos que «es necesario que lo maten y que resucite al tercer día». Sin duda, semejante aviso resultará poco menos que increíble para sus discípulos, imposible de procesar en ese momento. Pero el propósito de avisarles es para que cuando ocurra eso, sepan que Jesús ya lo sabía y que es parte del plan divino. Entonces, lo que es ahora enigma, será luego base y motivación para su fe.

Si Jesús enfrenta un costo personal extremadamente elevado, avisa a sus seguidores que ellos también enfrentarán un costo personal para seguir sus pisadas. Aquí Jesús define lo que se les exige a los que lo siguen.

Primero, debe negarse a sí mismo. Tiene que decir a sus propios intereses: ¡NO! El desafío es entregar todo y dejar de depender de sus propios recursos y habilidades.

Segundo, debe llevar su cruz cada día. La figura empleada es la de un hombre condenado que tiene que cargar su propia cruz hasta el sitio de su ejecución. Con voluntad y decisión acepta el dolor y la pena que le corresponderán por su lealtad a Cristo. Y esto es «cada día».

Tercero, tiene que determinar seguir a Jesús. Esto implica confiar en él, caminar en sus pisadas y obedecer sus mandamientos.

William Hendriksen sugiere la siguiente paráfrasis para el verso 23:

Si alguien quiere ser considerado adherente a mí, de una vez para siempre debe decir adiós a sí mismo, aceptar con decisión el dolor, la vergüenza y la persecución por amor a mí y a mi causa, día tras día, y luego debe continuar siguiéndome como mi discípulo.

Luego, al final viene la gran recompensa: «el que pierda su vida por mi causa, la salvará». Bien dice Hendriksen: El que pierda su vida por causa de Cristo ...

... la pierde en el tiempo presente por dedicarse completamente a Cristo, al servicio de los que sufren necesidad, al evangelio ... Observemos que Cristo reclama devoción absoluta. Esto indica que se reconoce como Señor de todo ... La persona que ofrece esta devoción salva su vida, su alma, o sea, a sí mismo ... El alma, con horizontes amplios, se expande y crece maravillosamente. Desborda paz, abundancia, alegría, etc. Al amar a otros, se ayuda a sí mismo. Al amar, experimenta el amor de otros, especialmente de parte de Dios.

CONCLUSIÓN

• ¿Qué piensas de Jesús? ¿Qué significa para ti? La forma en que vemos y estimamos a Jesús determina la clase de persona que somos. No podemos ser indiferentes.

• Al reconocer a Jesús como Señor, como rey de nuestra vida, entregamos todo a él: todo lo que somos y todo lo que tenemos; nuestro presente y nuestro futuro. A cambio, él asume el cargo de nuestra vida y nos encamina en su voluntad, su propósito. Eleva el valor de la vida al plano espiritual y eterno. Por eso afirma que nos da vida eterna.

• Luego llena la vida de sentido, de propósito. Con esto viene alegría, paz y confianza. Así habremos vuelto al que es Principio y Fin, Alfa y Omega, Autor y Consumador de la fe, el Rey de la vida.

PARA PENSAR Y CONVERSAR

• En este momento de tu vida, ¿quién es Jesús para ti?

• ¿De dónde te parece que habrá venido a Pedro la inspiración para responder de modo tan claro sobre su percepción de la identidad verdadera de Jesús? ¿Qué elementos de juicio le habrán llevado a esa conclusión?

• ¿Te extraña que inmediatamente después de este diálogo Jesús planteó ante sus discípulos el costo de seguirlo? ¿Qué relación hay entre la identidad de Jesús y el discipulado cristiano?

• ¿Cómo debemos entender las palabras de Lucas 9:24 sobre perder la vida y salvarla?

(Continues...)



Excerpted from Encounters with Jesus by Orville Swindoll Copyright © 2012 by Orville Swindoll. Excerpted by permission of Zondervan. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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