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Equilibrio: Una historia de fe, familia y vivencia en la cuerda floja [NOOK Book]

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Nik Wallenda, "King of the High Wire," doesn't know fear. As a seventh generation of the legendary Wallenda family, he grew up performing, entertaining, and pushing the boundaries of gravity and balance.

When Nik was four years old, he watched a video from 1978 of his great grandfather, Karl Wallenda, walking between the towers of the Condado Plaza Hotel in Puerto Rico, stumbling, and falling to his death because of improper rigging. When Nik heard his father quote his ...

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Equilibrio: Una historia de fe, familia y vivencia en la cuerda floja

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Overview

Nik Wallenda, "King of the High Wire," doesn't know fear. As a seventh generation of the legendary Wallenda family, he grew up performing, entertaining, and pushing the boundaries of gravity and balance.

When Nik was four years old, he watched a video from 1978 of his great grandfather, Karl Wallenda, walking between the towers of the Condado Plaza Hotel in Puerto Rico, stumbling, and falling to his death because of improper rigging. When Nik heard his father quote his great-grandfather-"Life is on the wire, everything else is just waiting"-the words resonated deep within his soul and he vowed to be a hero like Karl Wallenda.

Balance is the theme of Nik's life: between his work and family, his faith in God and artistry, his body and soul. It resonates from him when performing and when no one is looking. When walking across Niagara Falls, he prayed aloud the entire time, and to keep his lust for glory and fame in check, Nik returned to the site of his performance the next day and spent three hours cleaning up trash left by the crowd.

Nik Wallenda is an entertainer who wants to not only thrill hearts, but to change hearts for Christ. Christ is the balance pole that keeps him from falling.

Nik Wallenda is an entertainer who wants to not only thrill hearts, but to change hearts for Christ. Christ is the balance pole that keeps him from falling.

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Editorial Reviews

From Barnes & Noble

When you are a Wallenda, you grow up knowing that the end of life might be just a sudden strong breeze away. For seven generations, these high-climbing tightrope walkers have tested the limits of gravity and balance. Nik Wallenda, now known as "the King of the Wire," was born in 1979, less than a year after Karl Wallenda, the founder of the circus dynasty, fell to his death. In Balance, Nik describes not only his long performing career (he made his high wire debut at the age of thirteen); he also describes the role that faith plays for him both on and off the wire. A singular memoir in more ways than one.

Booklist Online
"This book makes an irrefutable case for relying on faith as a source of balance and strength."
From the Publisher
"This book makes an irrefutable case for relying on faith as a source of balance and strength."—Booklist Online
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Product Details

  • ISBN-13: 9781455547449
  • Publisher: FaithWords
  • Publication date: 6/4/2013
  • Language: Spanish
  • Sold by: Hachette Digital, Inc.
  • Format: eBook
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Sales rank: 1,116,367
  • File size: 659 KB

Meet the Author

Nik Wallenda
On June 15, 2012, high wire artist, Nik Wallenda joined the ranks of legendary daredevils when he became the first person ever to walk across the roaring Niagara Falls. The broadcast was aired on ABC to over thirteen million Americans. Nik is the 7th generation of the Great Wallendas. Every walk Nik does is in honor of his great-grandfather, Karl Wallenda, who died on the wire in 1978. Nik has been performing on a high wire since before he was born when his mother (who still performs with him today) walked while she was six months pregnant with Nik. The Niagara Falls walk marks Nik's 7th World Record. By his side on the wire is his wife, Erendira, circus royalty. Learn more at www.nikwallenda.com.
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Equilibrio


By Nik Wallenda, David Ritz

FaithWords

Copyright © 2013 Nik Wallenda David Ritz
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4555-4580-3



CHAPTER 1

Sueño


En lo primero que me fijo es en los perros. Son terriers escoceses, como Toto en El Mago de Oz, como los terriers que tienen mamá y papá de mascotas, los perros cariñosos y de pelo rizado que son parte de mi actuación de payaso. Soy un niño en este sueño, un niño pequeño que ha emprendido un viaje del cual no sabe el destino. Camino por un bosque, el cielo está despejado, el sol brilla y el aire está limpio. Los perros corren delante de mí, guiando el camino. El bosque se transforma en una jungla; hay chimpancés y pájaros exóticos posados en los árboles. Hay flores silvestres por todos lados. Oigo el sonido lejano del trompeteo de un elefante. Oigo el rugir de leones y tigres, pero no tengo miedo porque yo ya he estado alrededor de todo tipo de animales. Soy un niño de circo, con padres de circo, de los cuales he heredado una vida de circo. ¿Acaso los perros me llevan a un circo donde me pondré mi disfraz de payaso y actuaré?

Los perros corren por delante de mí, y yo corro más rápido para no quedarme atrás. La jungla se transforma en una verde pradera, y la pradera conduce a una montaña cubierta de flores silvestres azules y amarillas. Los sonidos cambian. Los gritos de las bestias se transforman en el rugido de furiosas aguas.

¿Cual es la fuente del sonido?

¿Dónde está el agua?

Corro, detrás de los perros, montaña arriba. Cuanto más rápido corro, más alta parece crecer la montaña, y el rugido de las aguas se hace más intenso. Sigo corriendo y corriendo, preguntándome si esto es una broma. ¿Es esto real? ¿Llegaré alguna vez a la cima?

Por fin llego. Me detengo para recobrar el aliento y contemplar la escena. Dispuesta delante de mí hay una maravilla natural, una espectacular catarata con forma de herradura que ocupa la anchura de todo el horizonte.

"Camina por encima de las cataratas".

Me doy la vuelta y observo al hombre que ha dicho estas palabras. Está vestido con la ancha camisa blanca y los pantalones de raso propios de un artista de circo, y su cara es amistosa. Su voz es no es severa, ni espantosa, simplemente es clara. Habla en tono realista, repitiendo las palabras una segunda vez: "Camina por encima de las cataratas".

Aunque la tarea parece imposible, la idea me emociona. Parece divertido, y quiero hacerlo. Quiero saber cómo hacerlo. Quiero saber dónde montar los postes y extender el cable de acero. Quiero que el hombre me dé instrucciones; pero precisamente en el momento en que me giro para pedir más instrucción, me despierto.

A través de los años, el sueño ha adquirido diferentes formas, pero el tema nunca cambia. No sólo se me reta a conseguir lo imposible, sino que las dimensiones de los retos crecen. Pronto me doy cuenta de que el hombre que suele aparecer en mi imaginación, despierto o dormido, es Karl Wallenda, el gran patriarca de la familia Wallenda. Él es el hombre que se precipitó hacia su muerte desde la cuerda floja en Puerto Rico, el 22 de mayo de 1978, diez meses antes de mi nacimiento el 24 de enero de 1979. Él es el hombre que entró en mis sueños desde muy temprana edad y ha permanecido ahí desde entonces. También es el hombre que es el abuelo de mi madre y el maestro de mi padre, el hombre que literalmente hizo que mis padres se conocieran, al contratarlos para que trabajaran en su compañía de artistas de circo.

Aunque puede parecer sorprendente, un día este sueño abstracto se convierte en realidad concreta cuando mis padres estaban actuando en el Circo Shrine en Buffalo. Es entonces cuando llevan a sus dos hijos a las Cataratas del Niágara. Yo tenía seis años y mi hermana Lijana ocho. Pasamos meses enteros viajando por carretera, y en días libres solemos visitar lugares de interés como el monumento a Washington o el campo donde se llevó a cabo la Batalla de Gettysburg. Me gustan estas excursiones turísticas. Las encuentro fascinantes, pero Niágara era algo totalmente distinto. No sólo me asombra por su inmenso tamaño, sino que también estoy emocionado al contemplar la escena que parece haber surgido de mi sueño.

"Yo he estado aquí antes", le digo a mi papá.

"Debes de haber visto fotos, hijo", me dice. "Nunca hemos estado aquí antes".

"Yo sí".

Mi padre se ríe de mis comentarios, pero yo me aferro a la memoria. Según viajamos desde Estados Unidos a Canadá para ver mejor el torrente de agua que cae desde veinte pisos de altura al río Niágara, revivo mi sueño. Mi corazón late como loco, pero yo no siento que esté loco. Me siento conectado y centrado. No sé qué nombre dar a estas emociones. No sé cómo describir la emoción que hay dentro de mí. Yo no conozco palabras como "destino" y "propósito". Mis padres nos han enseñado que todas las cosas buenas vienen de Dios, por eso sé que esta sensación de estar conectado con mis sueños tiene que ser buena. Sé que Dios tiene que estar en el centro de mi imaginación, la cual construye una cuerda floja sobre las Cataratas. En mi mente, me veo a mí mismo caminando de un país a otro por encima de las cataratas. Aun siendo niño, me doy cuenta de que la visión no procede de mí. Me viene en un sueño, en el que el protagonista es un pariente al que ni siquiera conocí. Pero ahora me encuentro de pie ante ello, con mi cara mojada por las salpicaduras. Mis ojos están llenos de lágrimas de gozo.

Sé lo que tengo que hacer.

Sé que lo haré.

Pero para hacerlo, no en un sueño o en la imaginación de un niño, sino en directo, delante de millones de espectadores televisivos del mundo entero, necesitaré dos décadas y media de entrenamiento. Esas lecciones cautivan mi mente, pero más que nada, cautivan mi espíritu. Las lecciones requieren firme determinación; sin embargo, la fuente de esa determinación es Dios.

Sin Él, no hay viaje, ni lección, ni sueño.

CHAPTER 2

A medio metro


Imagínese al pequeño niño en el jardín trasero de la casa de sus padres en Sarasota, Florida.

No le impresionarán los alrededores. Aunque sus padres son reconocidos artistas de circo, y parte del legendario clan Wallenda, viven humildemente. El desaliñado vecino de clase media tiene un aspecto rústico. Disperso por el terreno está el equipo de entrenamiento, los diversos postes, palos y barras que usan los acróbatas para perfeccionar su talento y para preparar nuevas actuaciones. El objeto que cautiva la atención del niño es un cable de acero, suspendido entre dos postes a medio metro del suelo. El niño está concentrado en el cable, aunque tiene sólo unos dos años. Yo soy ese niño.

Mi primer y más fuerte recuerdo es el de subirme encima del cable con la absoluta convicción de que lo cruzaría. Ya he visto a mis padres cruzar la cuerda floja, un espectáculo que parece tanto maravilloso como natural. Naturalmente, me siento movido a hacer lo mismo.

Doy unos cuantos pasos, y me caigo.

Me vuelvo a subir, tan sólo para volverme a caer.

Sigo subiéndome y cayéndome, subiéndome y cayéndome hasta que, en un corto periodo de tiempo, soy capaz de cruzar todo el largo del cable. El logro no me parece extraordinario. No siento que haya hecho nada del otro mundo. Simplemente provoca un buen sentimiento.

El largo del cable no es mucho, sólo unos cuantos metros. Desearía que fuera más largo. Durante toda la mañana y la mitad de la tarde continúo cruzando por encima del cable de un lado para el otro. Le he agarrado el ritmo. Soy un niño muy enérgico e inconformista, pero este corto tramo sobre un cable me ha calmado y ha hecho que entre en un estado de inexplicable concentración, poco común en alguien de mi edad. No hay duda; he encontrado una zona mágica de comodidad en la que el tiempo se detiene.

"¡Es hora de pasar!" grita mamá.

Pero yo no pienso pasar todavía. Grito: "¡Lo he hecho! ¿Has visto lo bien que lo he hecho?".

"¡Claro que lo has hecho! ¡Lo has hecho maravillosamente!".

"Quiero seguir haciéndolo".

"Tienes que comer, Nik".

"Necesito seguir haciéndolo".

"Lo harás. Tienes el resto de tu vida para hacerlo".

Pero, ¿lo haría?

Lo único que conocía entonces era el gozo de un niño que ha encontrado el mejor juguete del mundo. Lo que no sabía era que mis padres apenas podían mantenernos. No sabía que el circo tradicional estaba al borde de la ruina. A cambio de toda la satisfacción de ser artistas, continuamente se enfrentaban a la ruina financiera. Los circos estaban entrando en bancarrota. Aun siendo artistas de primera clase y con una reputación impecable, papá y mamá se veían forzados a buscar trabajos de los más sencillos, como limpiar ventanas o trabajar en un restaurante, para poder mantener la casa. Aún con los talentos prematuros que yo había mostrado desde una edad temprana, ellos no tenían esperanza para mi futuro en un campo que había sustentado a la familia Wallenda durante más de doscientos años. Se entiende que lo considerasen como el final de la línea. Es más, el título del libro sobre la vida de mi madre fue The Last of the Wallendas (El último de los Wallenda).

En las primeras dos décadas de mi vida, me fui dando cuenta de la oscura nube que se cernía sobre la vida del circo. Desde esa primera pisada sobre la cuerda floja cuando tenía tan sólo dos años, fue mi pasión, pero fue una pasión que nació en un tiempo de inminente muerte. Incluso cuando hubo una reinvención del circo (la explosión de Cirque du Soleil en los años noventa), ese fenómeno canadiense tuvo poco efecto sobre mis padres y los lugares, de la vieja escuela, que desaparecían rápidamente. El lobo permanecía delante de nuestra puerta.

No digo nada de esto a manera de queja. Nacer en tiempo de lucha es una bendición. Esta lucha me dio una medida extra de motivación, y por eso estoy agradecido. Esta lucha probó mi compromiso con el arte aéreo que tanto amo. Esta lucha también me hizo dependiente de Dios. No me tomó mucho tiempo darme cuenta de que no podría ganar la lucha sin apoyarme en una fuente de fuerza que ningún ser humano podía proporcionar.

Mis padres me ayudaron a entender esto desde una edad temprana. Al ser cristianos activos, se dedicaban plenamente a sus hijos. A través de su ejemplo, acepté a Cristo de niño. Pero también me encontré absorbiendo sus temores y ansiedades humanas. No me podían guiar para dejar atrás sus miedos y ansiedades. Sólo Dios podía hacerlo.

Del mismo modo, sólo Dios podía darme la percepción y la fuerza para convertir mi largo linaje familiar, marcado por tragedias mortales, en victoria. Hasta un grado alarmante, este linaje también está marcado por tradición, crítica y envidia maligna. Pero aun así, mi linaje es una bendición milagrosa, siempre y cuando lo mire a través de los ojos de un agradecido hijo de Dios.

Yo creo que es Dios quien nos da el poder para transformar cualquier historia oscura en algo brillante. Él me ha enseñado cómo la historia de mis antepasados, sin importar cuán dolorosa sea, puede beneficiar mi vida y las vidas de mis hijos. Él me ha enseñado cómo lo negativo se puede transformar en positivo; pero para contar esta historia, lo negativo no puede pasarse por alto. Para mostrar el milagro de transformación, el movimiento desde la desesperación hasta la esperanza, la desesperación debe ser revelada. Se debe contar la verdad.

De niño, me encantaban los cuentos de hadas. Veía la saga de la familia Wallenda como un cuento de hadas. Karl Wallenda, el hombre que emocionó mi imaginación, era un héroe, y sigue siéndolo hasta este día. Sigo sustentándome con su ejemplo de constante optimismo. Nunca me canso de repetir su mantra: "La vida está sobre la cuerda floja; todo lo demás está a la espera".

Veo a mi bisabuelo como un hombre de infinita valentía y fortaleza. Nunca le he visto como un competidor, sino como una inspiración. Nunca es mi intención ensombrecer sus hazañas, que continúan siendo impresionantes. Pero según he ido creciendo, he aprendido que, a diferencia de otros personajes míticos de un cuento de hadas, Karl Wallenda estaba hecho de carne y sangre. Como hombre de familia, sufrió una serie de espectaculares fracasos. Su vida privada era un confuso caos para aquellos que estaban cerca de él. Ese caos se infiltró hasta su hija Jenny, mi abuela, y la hija de Jenny, Delilah: mi madre. Estas mujeres fueron profundamente heridas. Tenían cicatrices emocionales. Esas cicatrices tuvieron un enorme impacto en mí. Son parte de mi historia.

Para contar cualquier historia con honestidad y candor, la cicatrices no pueden esconderse. Se deben enseñar. Si la cicatrices han de sanar, se las debe atender. No es posible, por ejemplo, entender la historia de Cristo sin ver sus cicatrices. Si sus cicatrices se omiten, nos perdemos el mensaje. Sus cicatrices son el medio por el cual comprendemos su amor infinito por nosotros. Sus cicatrices son el medio por el cual sentimos su amor inmortal por nosotros. Sus cicatrices son parte del plan de enseñanza de Dios, símbolos de cómo el dolor humano puede conducir a la gloria divina.

Para mí, la historia de Jesús es la más importante. Es la historia que dice que incluso el más brutal y torturador final no es un final, sino el principio de la eternidad. Es la que dice que las mentiras pueden convertirse en verdades, y la muerte puede convertirse en vida.

Así que, yo haré lo que pueda para revelar todas las cicatrices y deficiencias, especialmente las mías propias, sin asignar culpables o hundirme en la autocompasión. Haré lo mejor que pueda, a través de mi propio y limitado entendimiento, para contar brevemente la historia que el pequeño Nik, caminando sobre una cuerda floja a medio metro del suelo, nunca podría haber conocido. Este valiente niño, que era alegre, enérgico, activo y amante de la diversión, no tenía ni idea de la monumental saga que era, verdaderamente, su legado. Ocupándose de mantenerse en la cuerda floja, intentando encontrar el equilibrio, era dichosamente inconsciente del modo en que la historia del hombre en sus sueños llegaría a moldear su propia vida.

CHAPTER 3

La lucha


El bisabuelo de Karl Wallenda, Johannes, era acróbata. Lo mismo fue su tocayo, su abuelo Karl. Su padre, Englebert, fue domador y entrenador de animales y también un famoso equilibrista.

Karl Wallenda, nacido en Alemania en 1905, lo llevaba en la sangre. Era una sangre que hervía apasionada, incluso una sangre violenta. Su hermano mayor Herman y su hermano menor Willy temían el fuerte temperamento de su padre. A los cuatro años de edad, Karl experimentó la brutalidad de Englebert. Como castigo por una pequeña infracción, su padre le tiró al suelo y Karl se quedó medio sordo de su oído derecho para el resto de su vida.

El hermano mayor de Karl, Herman, dijo que Englebert "era más amable con los animales que con las personas". Pero sin embargo, Karl también admiraba la destreza de su padre. Englebert fue el primero en llevar a Europa una actuación de vuelo en trapecio, una innovación desarrollada en los Estados Unidos. La admiración estaba mezclada con el temor. Cuando Karl tenía seis años, Englebert abandonó a la familia. Karl y Willy fueron a parar a un internado católico mientras que Herman se quedó con Englebert para actuar en el circo itinerante de su padre.

Tras doce meses lejos de sus padres, Karl regresó con su madre Kunigunde, al igual que lo hizo su hermano Herman. Pero Englebert se llevó a Willy de repente para actuar como miembro de su compañía. Mamá Kunigunde, hija de una famosa bailarina del teatro Staats de Berlín, era una artista muy talentosa por derecho propio. Su salto a la fama se debía a su destreza para recoger un pañuelo con la boca sobre la cuerda floja, todo esto mientras delicadamente hacía girar un paraguas sobre su cabeza.

Dos años después de que Englebert dejara a mamá Kunigunde, ella se casó con un compañero de circo dieciséis años más joven, George Grotefant, con el que tendría dos hijos. Músico, payaso, contorsionista y acróbata, George mostraba talento para todos los aspectos del circo de entretenimiento salvo para administrar el dinero. George y mamá Kunigunde combinaban recursos para formar una troupe de artistas que buscaba trabajo en la Europa rural occidental.


(Continues...)

Excerpted from Equilibrio by Nik Wallenda, David Ritz. Copyright © 2013 Nik Wallenda David Ritz. Excerpted by permission of FaithWords.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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