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Exterminio: La verdadera historia de sangre y muerte que supuso la conquista [NOOK Book]

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Bartolomé de las Casas, tras ir al Nuevo Continente en la Expedición de Ovando 1502, se instala en la Isla de La Española (Santo Domingo). Al principio, como el resto de sus compatriotas, esclaviza a un grupo de indios por medio del sistema de Encomienda, pero tras el sermón de un fraile llamado Montesinos, aborrece la explotación y crueldad que se emplea con los indios y decide renunciar a sus esclavos públicamente el día de Pentecostés de 1514.  Esto le acarreará el ...

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Exterminio: La verdadera historia de sangre y muerte que supuso la conquista

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Bartolomé de las Casas, tras ir al Nuevo Continente en la Expedición de Ovando 1502, se instala en la Isla de La Española (Santo Domingo). Al principio, como el resto de sus compatriotas, esclaviza a un grupo de indios por medio del sistema de Encomienda, pero tras el sermón de un fraile llamado Montesinos, aborrece la explotación y crueldad que se emplea con los indios y decide renunciar a sus esclavos públicamente el día de Pentecostés de 1514.  Esto le acarreará el desprecio de sus compatriotas.

En uno de sus paseos matutinos encuentra a una india llamada María que está a punto de ser devorada por una jauría de perros, tras huir al ser acusada de brujería. Aunque la verdadera razón de su huida es que no ha permitido que su amo la violara. Bartolomé la salva y la convierte en su criada.  María está enamorada del hijo de un noble llamado Diego Pedrosa, pero su amor es imposible, pertenecen a diferentes razas y religiones. ¿Podrá Bartolomé parar la matanza de indios? ¿Conseguirán María y Diego convertir su amor en la unión de dos pueblos tan distintos?

 

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Product Details

  • ISBN-13: 9781602557451
  • Publisher: Grupo Nelson
  • Publication date: 1/31/2012
  • Language: Spanish
  • Sold by: THOMAS NELSON
  • Format: eBook
  • Pages: 320
  • File size: 1,001 KB

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EXTERMINIO

La verdadera historia de sangre y muerte que supuso la conquista
By MARIO ESCOBAR

Thomas Nelson

Copyright © 2012 Mario Escobar Golderos
All right reserved.

ISBN: 978-1-60255-745-1


Chapter One

EL NUEVO HOMBRE

Santo Domingo, Isla de la Española, 21 de diciembre de 1511

El dominico subió al púlpito y comenzó la lectura del Evangelio de San Juan, capítulo uno, verso veintitrés. Después hizo una larga pausa y observó a las autoridades de la isla. En la primera fila estaba Diego Colón con sus hombres de confianza y capitanes; después los distintos oficiales, soldados, marineros, colonos y comerciantes; en las últimas filas, de pie, algunos indios convertidos que no dejaban de ir a misa todos los domingos.

Montesinos volvió a bajar la mirada y respiró hondo. Su voz fuerte y ronca retumbó en la iglesia de piedra a medio construir:

—Para dároslo a conocer me he subido aquí, yo que soy voz de Cristo en el desierto de esta isla; y, por tanto, conviene que con atención, no cualquiera sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás no pensasteis oír. Esta voz os dice que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas; donde tan infinitas de ellas, con muerte y estragos nunca oídos habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades en que, de los excesivos trabajos que les dais, incurren y se os mueren y, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine y conozcan a su Dios y criador, sean batizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? Estos, ¿no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto que en el estado en que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo.

El templo se quedó en silencio. El monje observó a la congregación. La mayoría eran poco más que mendigos cuando llegaron a La Española y ahora vestían los mejores trajes de Flandes y estaban cubiertos de oro. Aquellos hombres valientes e intrépidos se habían convertido en avariciosos explotadores.

Bartolomé sintió como si aquellas palabras le arrancaran dos duras costras de los ojos. Tras su regreso de España se había ordenado sacerdote, en un viaje a Roma con su amigo Hernando Colón. Lo cierto era que apenas había ejercido su oficio, más preocupado como estaba de alcanzar fama y fortuna, pero las palabras de Montesinos dejaban su alma desnuda frente a la cruel realidad.

El monje abandonó el púlpito y se dirigió hacia la salida. En esta ocasión no esperó en la entrada para saludar a los asistentes, se dirigió a la selva y subió a la montaña. Se sentía como San Juan Bautista, alejado del pueblo y condenado a vivir en soledad. Sabía que sus palabras no habían dejado indiferente a nadie, pero que sus compatriotas eran tercos y estaban endurecidos por sus muchas riquezas.

La congregación salió en silencio y se dirigió a la plaza principal. Allí surgieron los primeros corrillos, el más nutrido era el de Diego Colón.

—Ese monje se ha salido de madre —comentó el procurador Pérez.

Diego Colón parecía meditabundo. Había heredado la piedad de su padre Cristóbal, pero también su avaricia.

—Tendremos que hablar con el metropolitano. Hoy mismo redactaremos la carta —comentó el secretario Domingo.

Bartolomé se acercó al grupo y escuchó en silencio hasta que el gobernador le dijo:

—¿Qué pensáis vos?

Bartolomé se quedó en silencio unos segundos. Intentó ocultar sus pensamientos, pero no pudo evitar decir la verdad:

—Creo que fray Montesinos tiene razón. En estos años he visto todas las atrocidades que se han hecho contra los indios. Algunas estaban justificadas en parte por la guerra, pero la mayoría provenían de la oscura alma de los hombres. Hemos esclavizado a esa gente y apenas les hemos evangelizado.

Todos miraron sorprendidos a Bartolomé. Si alguien era ambicioso, codicioso e implacable era él ... ¿por qué hablaba ahora así?

—Veo que os han impactado las palabras de Montesinos. Los dominicos viven de los indios igual que el resto de nosotros. Debemos mandar las riquezas al rey y atraer a nuevos colonos, ¿Cómo lo haríamos si no les prometiéramos el oro y la encomienda? —preguntó Diego Colón.

—No lo sé, pero Montesinos tiene razón y alguna cosa habrá de hacerse —comentó Bartolomé disgustado. Todos le miraban con ojos inquisidores, pero él, desafiante, no les apartó la mirada.

Bartolomé se despidió y con uno de sus sirvientes se dirigió hacia su casa. Intentó olvidar las palabras del dominico. Al fin y al cabo, aquellos no eran hombres como ellos. Eran poco más que bestias que Dios les había dejado a su cargo para protegerlas y sacarles provecho, él lo haría lo mejor posible. En unos años, regresaría rico a España y podría descansar de todos sus trabajos.

Chapter Two

LA HIJA DEL CACIQUE

Sancti Spíritus, Isla de Cuba, 10 de agosto de 1514

Los pasos de Fernando de Pedrosa y los alguaciles se pararon frente a la puerta de Bartolomé de Las Casas. Vivía en una residencia de dos plantas a imitación de las castellanas, situada cerca de la Plaza Mayor. La comitiva tocó con fuerza la puerta y uno de los siervos de Bartolomé salió a abrir.

—¿Dónde está tu señor? —preguntó el alguacil.

—Es tarde y duerme ...

—¡Maldición! ¡Pues despiértalo! En nombre del Rey, tiene que venir con nosotros de inmediato —gritó el alguacil.

El joven indio Marcos corrió hasta el patio central, subió los escalones de dos en dos y entró en el aposento de su señor.

—Amo ...

—Ya he oído las voces —dijo Bartolomé tranquilizándole.

Marcos se sintió más sosegado al ver la serenidad del sacerdote. Aquel hombre había sido su mejor encomendero. Trataba bien a todos, era generoso y justo.

Bartolomé bajó las escaleras lentamente y se dirigió a la puerta vestido aún con su ropa de cama. Miró a los hombres, cuyos rostros parecían más sombríos a la luz de las antorchas, e hizo un gesto para que hablasen. El semblante de Fernando de Pedrosa destacaba entre los hombres de la guardia.

—¿Qué se os ofrece a estas horas? —preguntó Bartolomé.

—Fernando de Pedrosa le acusa de robo y de haber matado a uno de sus mejores perros —dijo el alguacil.

—¿Me molestáis a media noche por un perro muerto?

Fernando se adelantó un paso y, en tono desafiante, le dijo:

—Me habéis robado a una india. Esa ramera me hincó un cuchillo y huyó. Mis hombres le iban a dar caza justo cuando vos intervinisteis.

Bartolomé intentó aguantar la furia que le subía por el estómago y respiró hondo antes de hablar.

—Esa ramera, como vos decís, es la hija de Carib, uno de los caciques de la isla. Si la matáis o la dañáis, los taínos pueden levantarse contra nosotros. Además, una mujer no puede ser comida para vuestros perros; si os apuñaló, algo le habríais hecho.

El tal Fernando hizo amago de sacar la espada, pero el alguacil le detuvo.

—¿Entonces reconocéis el robo y la muerte del animal? —preguntó el alguacil a Bartolomé.

—Esto lo tiene que dirimir el juez. Perdonadme, pero es hora de dormir. Que el capitán Fernando de Pedrosa ponga una denuncia contra mí y aclaremos el asunto.

El alguacil se quedó pensativo. Cuando Don Fernando fue al fuerte, pensó que podía dirimir el litigio entre los dos hombres, pero si el sacerdote pedía que lo dirimieran los jueces, él no podía hacer nada más.

—Disculpad las molestias, padre —dijo el alguacil.

Fernando se puso rojo e increpó al hombre.

—¿Eso es todo lo que va a hacer?

El alguacil frunció el ceño y muy serio le dijo:

—Tendréis que presentar la queja ante el juez. Por hoy hemos terminado.

—Buenas noches —dijo Bartolomé cerrando la puerta.

Cuando se alejó de la entrada aún se oían los aspavientos de su enemigo. Fernando de Pedrosa le odiaba profundamente. Bartolomé había sido capellán de Pánfilo Narváez y a su servicio se habían conocido. Fernando de Pedrosa había sido uno de los capitanes más crueles en la famosa matanza de Caonao. Si Bartolomé cerraba los ojos todavía podía ver cómo el capitán cortaba las manos y las narices a decenas de indios, la mayor parte mujeres y ancianos, por el simple placer de hacerlo.

Bartolomé se acercó a la habitación junto al comedor y abrió la puerta. La joven descansaba plácidamente en la cama. Afortunadamente, no le habían despertado las voces. Su piel morena y su pelo negro resaltaban sobre las sábanas blancas. Se acercó hasta ella y, sin alzar la voz, hizo una breve oración.

—Dame fuerzas, Señor, y protégeme de todos mis angustiadores —dijo el sacerdote mientras cerraba la puerta. Después se dirigió a la biblioteca y se sentó junto al escritorio.

Intentó recordar el discurso del padre Montesinos. Aquella predicación que le había revuelto el alma y el estómago, muchos años antes. Él había dejado su Sevilla natal para hacerse rico, como la mayoría de sus compatriotas. Las Indias eran un sueño que desde niño había estado esperando cumplir. Aún recordaba la entrada de Cristóbal Colón en su ciudad. El color de los loros que había traído el almirante para la reina y la solemnidad del acto. Todos le habían acogido como a un héroe y él quería ser como el descubridor.

Bartolomé abrió su diario y comenzó a escribir sus pensamientos. A veces tenía miedo de releer las páginas. En ellas se narraba su llegada a Las Indias con la expedición de Ovando en 1502, junto a su padre y tío. En La Española había visto por primera vez a los habitantes de aquellas tierras. Parecían gentes sencillas, pero felices, no tenían ambiciones y despreciaban el oro, que para los españoles era tan importante. Los indios trabajaban hasta asegurarse el sustento del día y después se divertían o descansaban en unas mantas colgadas de los árboles. Sus mujeres andaban medio desnudas, pero no sentían vergüenza. Eran promiscuos, pero no parecían inmorales. Bartolomé sabía que aquella gente necesitaba el mensaje cristiano, pero ningún español, a excepción de algunos monjes dominicos, parecía muy interesado en evangelizarles.

El sol comenzó a entrar por la ventana y Bartolomé apagó la vela de un soplido. La noche había pasado velozmente. Observó cómo la luz comenzaba a despejar las tinieblas y tuvo el convencimiento de que lo haría. Tenía que prepararse bien, sabía que le esperaban tiempos difíciles, pero ¿acaso podía resistirse a la voluntad de Dios? ¿Cómo reaccionarían sus compatriotas? No quería quedarse solo, pero, sin duda, la única manera de ser feliz era cumpliendo con su destino. En esto pensaba mientras se levantaba de la silla y dejaba su pluma en el tintero.

Chapter Three

MALDONADO

Baracoa, Isla de Cuba, 11 de agosto de 1514

El comendador tomó la denuncia que acusaba al padre Bartolomé de Las Casas y la leyó con detenimiento. Ambos habían servido junto a Ovando en La Española, aunque no podían ser más antagónicos. Bartolomé era sevillano, de carácter alegre y bromista; él era serio y frío. Los dos habían conseguido una posición cómoda a pesar de su juventud, pero Bartolomé se había unido a la Iglesia. Uno al servicio del rey y otro al de Dios, pero su amistad se quebró a causa del enfrentamiento por un indio unos años antes. El padre Bartolomé había cambiado mucho, cuando llegaron a La Española era un joven ambicioso y arrogante, capaz de hacer cualquier cosa por una bolsa de oro, pero la predicación del padre Montesinos había tenido un influjo en el sacerdote difícil de explicar. Para Maldonado, los indígenas eran poco más que bestias, animales de carga o ratas. Dios les había dado aquellas tierras para que las aprovecharan, ya que aquellos indios eran holgazanes, promiscuos y cobardes.

Una mañana, Maldonado se cruzó con uno de esos malditos salvajes. Caminaba cargado y le dijo al indio que tomara parte de su carga y le acompañara a casa. El indio se negó; muchos eran tercos y orgullosos. Maldonado sacó su látigo y comenzó a golpearlo con todas sus fuerzas. El indígena se tiró al suelo y se hizo un gurruño para taparse la cara y el abdomen, pero los latigazos le abrían la carne del costado y la espalda. Llevaba Maldonado un rato fustigando al indio, cuando una multitud le rodeó. Muchos le animaban a que le golpeara hasta matarlo y algunos indígenas miraban con impotencia la suerte de su hermano. Maldonado, con una sonrisa en los labios, levantó de nuevo el látigo, pero notó cómo alguien le agarraba la muñeca con fuerza. Cuando se giró vio la cara ofuscada de Bartolomé. Los dos hombres forcejearon, pero Bartolomé le empujó al suelo y se quedó con su látigo.

—¡Maldito sádico! ¿Quieres probar tú mismo el látigo? —pre-guntó Bartolomé fustigando a su compatriota. Maldonado intentó apartarse, pero el látigo le golpeó en los brazos. Notó cómo el cuero le segaba la piel, Bartolomé siguió golpeándole, una y otra vez, hasta que dos alguaciles le detuvieron.

En el juicio atestiguó que únicamente estaba protegiendo a un hombre, que, aunque indígena, era como ellos. Nicolás de Ovando le absolvió y Maldonado se sintió humillado por partida doble. Bartolomé tomó al indio bajo su protección, le enseñó a leer, a vestir a la española y lo convirtió al catolicismo. Durante aquellos tres años había visto al amo y al siervo reírse en su cara, pero ahora era comendador y podía llenarles de grilletes; lo único que necesitaba era una excusa y ya la tenía. Bartolomé había cometido el mismo error: salvar a una sucia india y destruir la propiedad de un buen vecino de la isla, y tendría que pagar por ello.

Chapter Four

CATALINA

Sancti Spíritus, Isla de Cuba, 11 de agosto de 1514

Yoloxochitl abrió los ojos y sintió miedo. No sabía dónde estaba ni qué hacía vestida con aquellas ropas blancas. Salió de la cama y se acercó al pequeño espejo que había sobre un baúl y lo tomó. Al posar el pie en el suelo, un fuerte latigazo de dolor subió por su pantorrilla hasta la cadera. Ya no se acordaba de su huida, de los perros y del hombre que la había salvado. Se tocó la pierna y, cojeando, regresó a la cama. El espejo reflejó su rostro moreno, de rasgos finos, labios rosados y ojos grandes de color marrón. Casi nunca observaba su cara, tan solo alguna vez, cuando se acicalaba en el río. Yoloxochitl maldijo su belleza. Desde que había dejado de ser niña, apenas un par de años antes, los hombres la perseguían como animales en celo, sobre todo los españoles, que nunca se saciaban de ver y manosear a las mujeres de la isla. El pelo largo y rizado le llegaba hasta los hombros. Se lo recogió con las manos y respiró hondo.

Una mujer entró en la habitación. Era española, de piel lechosa y ojos claros. Parecía un ama, pero la joven notó enseguida que estaba acostumbrada a servir.

—Muchacha, ya es hora de levantarse. Llevas casi un día en la cama —dijo la mujer.

Yoloxochitl entendía perfectamente español y lo hablaba, pero sabía que era mejor hacerse la despistada. Los españoles eran secos y arrogantes, parecían siempre enfadados y no podías fiarte de ellos.

—Ponte esta ropa —dijo la mujer.

Yoloxochitl negó con la cabeza, nunca había vestido como una española. Ella era hija de príncipes.

—El señor me ha pedido que te bañe y te vista. No quiero excusas, deberías estarle agradecida por salvarte la vida. Eso le puede acarrear muchos problemas —dijo la mujer enfadada.

La mujer destapó un gran barreño lleno de agua e introdujo a la india en él. Comenzó a bañarla vestida, Yoloxochitl intentó quitarse el camisón, pero la española se lo impidió.

—Desvergonzada, las mujeres cristianas se lavan con la ropa puesta —dijo la criada.

—Pero yo no soy cristiana ni española —dijo la joven frunciendo el ceño.

—Mientras estés en la casa del padre Bartolomé tendrás que hacer lo que se te diga. Mi señor ha arriesgado mucho por ti, lo menos que puedes hacer es comportarte como es debido —dijo la mujer.

—Yo no le pedí que me salvara. Es mejor morir a manos de una jauría de perros que seguir viviendo entre castellanos —dijo la joven.

La mujer sacó un cepillo y comenzó a pasarlo sobre el camisón. Yoloxochitl nunca había sentido el jabón sobre la piel, pero las púas del cepillo le arañaban y resoplaba como un cerdo antes de ser sacrificado.

Media hora más tarde, la joven estaba arreglada y lista para ver a Bartolomé. La criada la llevó hasta la biblioteca y la hizo entrar.

—Mi señor, aquí está la india. Esa bestia no se quería dejar lavar. No entiendo por qué se toma tantas molestias por ella.

—Catalina, debemos amar a los demás como a nosotros mismos. Eso nos enseñó nuestro Maestro —comentó Bartolomé con una sonrisa.

—Pero es una india. Esa gente no puede vivir con los cristianos.

—Nosotros somos los que hemos invadido sus tierras, robado su oro y destrozado su cultura. Al menos tratémosles como a personas. Hazla pasar —dijo Bartolomé. Sabía que era inútil convencer a su criada sobre la necesidad de respetar a los indios. Apenas podía convencer a un obispo, cómo iba a cambiar la mente de Catalina.

Yoloxochitl parecía una joya en bruto. Era una de las indias más guapas que Bartolomé había visto jamás. Sin duda, hubiera sido una princesa de las principales de la isla, de no haber llegado los españoles.

—Princesa, podéis tomar asiento ... —dijo Bartolomé poniéndose en pie.

Al principio, Yoloxochitl, pensó que el sacerdote se estaba burlando de ella. Nadie trataba así a un indio. Los españoles ridiculizaban sus costumbres o simplemente las despreciaban.

—Siento que nos hayamos conocido en estas circunstancias. ¿Cómo está su pierna?

—Bien, es únicamente un mordisco —dijo la mujer.

—Su encomendero intentará que la metan en la cárcel y que la ejecuten. Nosotros la defenderemos, pero le debo pedir un favor.

Maldito castellano, pensó la mujer. Sabía que quería poseerla, como la mayoría de esos malolientes extranjeros.

—No os asustéis. Lo que quiero pediros es que os bauticéis y adoptéis un nombre cristiano. Si estáis bautizada será mucho más fácil que escapéis del castigo —dijo el sacerdote.

—Yo no soy cristiana —dijo la joven enfadada.

—Ya lo sé, pero el bautismo no os hará ningún mal —dijo Bartolomé.

(Continues...)



Excerpted from EXTERMINIO by MARIO ESCOBAR Copyright © 2012 by Mario Escobar Golderos. Excerpted by permission of Thomas Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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