Festin de cuervos (A Feast for Crows)

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Canción de hielo y fuego IV
 
“Cuando se apaga el clamor de las espadas, solamente queda carroña para los cuervos”.
 
Tras siglos de guerras descarnadas, los siete poderes que dividen la tierra se han diezmado unos a otros hasta alcanzar una difícil tregua. Muy pocos reclamos legítimos existen ya por el Trono de Hierro, y la guerra que ha convertido al mundo en poco...

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Festin de cuervos

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Overview

Canción de hielo y fuego IV
 
“Cuando se apaga el clamor de las espadas, solamente queda carroña para los cuervos”.
 
Tras siglos de guerras descarnadas, los siete poderes que dividen la tierra se han diezmado unos a otros hasta alcanzar una difícil tregua. Muy pocos reclamos legítimos existen ya por el Trono de Hierro, y la guerra que ha convertido al mundo en poco más que un desierto al fin ha terminado. O eso parece. Pero no pasa mucho tiempo antes de que los sobrevivientes, los proscritos, los renegados y los carroñeros de los Siete Reinos se reúnan. 

Ahora, como cuervos humanos que acechan un banquete de cenizas, nuevas intrigas y peligrosas alianzas se forman, a la vez que rostros sorprendentes —algunos familiares, otros desconocidos— emergen de un siniestro crepúsculo de caos y luchas pasadas para sumir los desafíos de los terribles tiempos que se avecinan. Nobles y plebeyos, soldados y hechiceros, asesinos y sabios se unen para hacer valer su vida y sus fortunas. Porque en un festín de cuervos, muchos son los invitados… pero sólo unos pocos logran sobrevivir.

Festín de cuervos es una aventura magistralmente escrita, de ritmo vertiginoso y emocionalmente compleja”. —Newsday

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Editorial Reviews

From Barnes & Noble

Action reigns supreme in this Spanish language translation of the fourth book of George R.R. Martin's A Feast for Crows. Centuries of bloody strife and palace treachery have battered the seven powers into an uneasy truce. The fiendish King Joffrey is dead; Cereisi rules as regent in King's Landing. Robb Stark's demise has broken the back of the Northern rebels, scattering his sibling across the kingdom like wind-tossed seeds on a barren soil. The Iron Throne, once so desperately sought, now has few plausible claimants. But as always, the aftermath of long wars breeds scavengers; survivors, outlaws, renegades who feast on carrion and struggle for spoils with the near-dead. From these squalid ranks of these crows will emerge new threats—and some familiar faces. A Barnes & Noble Bestseller, now in an attractive Libros paperback edition.

From the Publisher
“El Tolkien americano”. —Time
 
Festín de cuervos es una aventura magistralmente escrita, de ritmo vertiginoso y emocionalmente compleja”. —Newsday
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Product Details

  • ISBN-13: 9780307951212
  • Publisher: Knopf Doubleday Publishing Group
  • Publication date: 7/24/2012
  • Language: Spanish
  • Series: Song of Ice and Fire Series , #4
  • Edition description: Translatio
  • Pages: 880
  • Sales rank: 128,768
  • Product dimensions: 5.32 (w) x 7.82 (h) x 1.52 (d)

Meet the Author

George R.R. Martin
George R. R. Martin nació en 1948 en Bayonne, Nueva Jersey. Se licenció en periodismo en 1970 y publicó su primera novela, Muerte de la luz, en 1977. Tras una trayectoria deslumbrante como escritor de ciencia ficción, terror y fantasía, se convirtió en guionista de series televisivas como Dimensión desconocida y La bella y la bestia, además de realizar tareas de producción para diversos proyectos cinematográficos. En la actualidad es uno de los autores de mayor éxito en el mundo con la saga Canción de hielo y fuego, cuyas sucesivas entregas le han granjeado un puesto de honor en la literatura fantástica.

Biography

As a child growing up in New Jersey, George R.R. Martin displayed an early interest in "the writing life" by selling monster stories of his own invention to the children in his Bayonne neighborhood. In high school he became an avid comic book collector and began to write for comic fanzines. He sold his first story to Galaxy in 1970 when he was 21 years old.

Martin received his bachelor's and master's degrees in journalism from Northwestern University. After graduation he served two years in VISTA, then worked as a teacher and chess tournament director in the Midwest, while continuing to craft award-winning short fiction. His first full-length novel, Dying of the Light, was published in 1977. A dark, lyrical sci-fi tone poem set on a doomed world without a sun, the book was nominated for a Hugo Award.

Throughout the 1980s, Martin worked in television, writing for science fiction- and fantasy-themed shows like The Twilight Zone and Beauty and the Beast. At this time he became involved with Wild Cards, a long-running anthology series composed of "mosaic stories" written by multiple authors and set in a shared universe. In addition to editing the series, Martin has contributed stories to the Wild Card books.

In 1996, Martin published A Game of Thrones, the first installment of his magnum opus, the epic fantasy series A Song of Fire and Ice. Set in the Seven Kingdoms, a realm resembling medieval Europe, the internationally bestselling series has provided the ultimate showcase for Martin's formidable world-building and characterization skills.

During the course of his long, prolific career, Martin has accrued every major literary prize for science fiction or fantasy writing, including the Hugo, Nebula, World Fantasy, Bram Stoker, Daedelus, and Locus awards. But what endears him especially to his readers is his extraordinary accessibility. A tireless participant in genre conventions and festivals, he maintains a cordial relationship with his fans through his website and blog. He is also a member of the Science Fiction & Fantasy Writers of America.

Good To Know

Christened George Raymond Martin, the author has this to say about his unusual name: "I arrived short one 'R' but fixed that at my confirmation 13 years later."

As a conscientious objector, Martin did alternative service from 1972-1974 with VISTA, attached to Cook County Legal Assistance Foundation.

Martin was class valedictorian of his high school. In 1970, he graduated summa cum laude from Northwestern University.

In the mid-1970s, Martin supplemented his income by directing tournaments for the Continental Chess Association.

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    1. Hometown:
      Santa Fe, NM
    1. Date of Birth:
      September 20, 1948
    2. Place of Birth:
      Bayonne, NJ
    1. Education:
      B.S., Northwestern University, 1970; M.S., Northwestern University, 1971
    2. Website:

Read an Excerpt

PRÓLOGO
 
—Dragones —dijo Mollander. Cogió del suelo una manzana arrugada y se la pasó de una mano a otra.
 
—Lánzala —le dijo Alleras el Esfinge, apremiante. Sacó una flecha del carcaj y la centró en la cuerda del arco.
 
—Cuánto me gustaría ver un dragón. —Roone era el menor de todos, tan solo un chiquillo regordete al que aún le faltaban dos años para llegar a la edad viril—. No sabéis cuánto me gustaría.
 
«Y a mí me gustaría dormir abrazado a Rosey —pensó Pate. Cambió de postura en el banco, inquieto. Tal vez la chica fuera suya al amanecer—. Me la llevaré lejos de Antigua, al otro lado del mar Angosto, a una de las Ciudades Libres.» Allí no había maestres; allí nadie lo acusaría.
 
Alcanzó a oír la risa de Emma, que se colaba a través de los postigos cerrados de una ventana situada más arriba, mezclada con otra voz más grave, la del hombre al que estaba atendiendo. Era la mayor de las mozas de El Cálamo y el Pichel, cuarenta años como poco, pero aún conservaba cierta belleza pulposa. Su hija Rosey tenía quince años y acababa de florecer. Emma había decretado que la virginidad de Rosey costaría un dragón de oro. Pate había ahorrado nueve venados de plata y un cuenco de estrellas de cobre y calderilla, pero de gran cosa le iba a servir. Le resultaría más fácil empollar un dragón de verdad que ahorrar monedas suficientes para obtener uno de oro.
 
—Si querías dragones, naciste demasiado tarde, chaval —le dijo a Roone Armen el Acólito. Armen llevaba en torno al cuello una tira de cuero engarzada con eslabones de peltre, cinc, plomo y cobre, y por lo visto pensaba, como la mayoría de los acólitos, que lo que tenían los novatos sobre los hombros era un nabo, no una cabeza—. El último murió durante el reinado de Aegon III.
 
—El último de Poniente —insistió Mollander.
 
—Tira la manzana —volvió a apremiarlo Alleras.
 
El Esfinge era un joven atractivo. Todas las mozas lo mimaban y consentían. Hasta Rosey le rozaba a veces el brazo cuando le servía vino, y Pate tenía que apretar los dientes y fingir que no se daba cuenta.
 
—El último dragón de Poniente fue el último dragón, y punto —insistió Armen—. Eso lo sabe cualquiera.
 
—¡Venga, esa manzana! —pidió Alleras—. ¿O te la vas a comer?
 
—Venga.
 
Arrastrando el pie zambo, Mollander dio un saltito, giró sobre sí mismo y lanzó la manzana hacia la bruma que pendía sobre el Vinomiel. De no ser por el pie habría sido caballero, igual que su padre. Fuerza para ello le sobraba, como demostraban aquellos brazos gruesos y hombros anchos. La manzana voló lejos, veloz...
 
... pero no tanto como la flecha que surcó el aire tras ella: cuatro palmos de vara de madera dorada con plumas de color escarlata. Pate no la vio acertar a la manzana, pero sí oyó el impacto, un ligero chunk que despertó ecos al otro lado del río antes de que llegara el ruido de la fruta contra el agua.
 
Mollander silbó.
 
—Le has sacado el corazón. Qué belleza.
 
«No tanta como la que tiene Rosey.» Pate adoraba aquellos ojos color avellana, aquellos pechos incipientes, la manera en que le sonreía al verlo. Adoraba los hoyuelos que tenía en las mejillas. A veces servía las bebidas descalza para notar la sensación de la hierba en los pies. Eso también lo adoraba. Adoraba su olor limpio y fresco, la manera en que se le rizaba el pelo detrás de las orejas. Hasta adoraba los dedos de sus pies. Una noche, la muchacha le había dejado que se los masajeara y jugara con ellos, y Pate había inventado una historia divertida sobre cada dedo, todo con tal de que no dejara de reírse.
 
Tal vez fuera mejor no cruzar el mar Angosto. Con el dinero que había ahorrado podía comprar un burro; Rosey y él lo montarían por turnos y recorrerían Poniente. Cierto era que Ebrose no lo consideraba digno del eslabón de plata, pero Pate sabía entablillar un hueso y aplicar sanguijuelas para unas fiebres. El pueblo llano le agradecería su ayuda. Si aprendía a cortar el pelo y afeitar, hasta podría trabajar de barbero.
 
«Con eso me bastaría —se dijo—, si tuviera a Rosey.» Rosey era todo lo que deseaba en el mundo.
 
No siempre había pensado lo mismo. En otros tiempos soñó con ser el maestre de un castillo, al servicio de algún señor generoso que lo honraría por su sabiduría y le regalaría un hermoso caballo blanco para agradecerle sus servicios. Qué alto, qué orgulloso cabalgaría, sonriendo desde arriba a la gente sencilla cuando se la cruzara en los caminos...
 
Una noche, en la sala común de El Cálamo y el Pichel, después de la segunda jarra de una sidra monstruosamente fuerte, Pate había alardeado de que no sería novicio toda la vida.
 
—Cierto —fue la respuesta a gritos de Leo el Vago—. Algún día serás un ex novicio que se dedicará a criar cerdos.
 
Apuró los posos de la jarra. En aquel amanecer, el porche iluminado con antorchas de El Cálamo y el Pichel era una isla de luz en un mar de neblina. Río abajo, el distante Faro de Hightower flotaba en la humedad de la noche como una nebulosa luna anaranjada, pero la luz no bastaba para animarlo.
 
«Ya tendría que haber venido el alquimista.» ¿Había sido una broma cruel, o le habría sucedido algo? No sería la primera vez que se le desmoronaba la buena suerte nada más rozar a Pate. En cierta ocasión se había considerado afortunado porque el archimaestre Walgrave lo había elegido para que lo ayudara con los cuervos, sin siquiera imaginar que muy poco más adelante también estaría sirviéndole las comidas, barriendo sus habitaciones y vistiéndolo por las mañanas. Según decía todo el mundo, lo que Walgrave había olvidado sobre la cría y cuidado de los cuervos era más de lo que la mayoría de los maestres llegaba a saber en toda su vida, de manera que Pate dio por supuesto que lo mínimo a lo que podía aspirar era un eslabón negro. Pero Walgrave no estaba dispuesto a dárselo. Si permitían al anciano seguir ostentando el título de archimaestre, era solo por cortesía. Había sido un gran maestre, pero en aquellos tiempos, su túnica ocultaba a menudo la ropa interior sucia, y medio año atrás, unos acólitos lo habían encontrado en la biblioteca llorando porque no sabía volver a sus habitaciones. El maestre Gormon ocupaba el lugar de Walgrave bajo la máscara de hierro. El mismo Gormon que en cierta ocasión había acusado de robo a Pate.
 
En el manzano que se alzaba junto al agua, un ruiseñor empezó a cantar. Era un sonido agradable, un grato cambio tras los gritos roncos y los graznidos incesantes de los cuervos que cuidaba todo el día. Los cuervos blancos conocían su nombre y en cuanto lo veían se lo empezaban a decir entre ellos, «Pate, Pate, Pate», hasta que le entraban ganas de gritar. Aquellos enormes pájaros blancos eran el orgullo del archimaestre Walgrave. Quería que devorasen su cadáver cuando muriese, pero Pate tenía la sospecha de que se lo querrían comer a él también.
 
Tal vez fuera aquella sidra monstruosamente fuerte (aunque no había ido con intención de beber, Alleras había estado pagando rondas para celebrar su eslabón de cobre, y el sentimiento de culpa le daba sed), pero casi sonaba como si los trinos del ruiseñor dijeran «oro por hierro, oro por hierro, oro por hierro». Cosa de lo más extraño, porque era lo mismo que había dicho el desconocido la noche en que Rosey los reunió. «¿Quién eres?», le había preguntado Pate, y la respuesta del hombre fue «Un alquimista. Sé transformar el hierro en oro». Y de repente tenía la moneda en la mano, la hacía bailar por encima de los nudillos, y el amarillo dorado brillaba a la luz de la vela. En un lado se veía un dragón de tres cabezas, y en el otro, la cara de algún rey muerto. «Oro por hierro —recordó Pate—, no hay mejor negocio. ¿La quieres tener? ¿La amas?»
 
—No soy ningún ladrón —le respondió al hombre que se decía alquimista—. Soy novicio en la Ciudadela.
 
El alquimista inclinó la cabeza.
 
—Si lo reconsideras, volveré a estar aquí dentro de tres días, con mi dragón —se limitó a decir.
 
Habían pasado tres días. Pate había regresado a El Cálamo y el Pichel, aunque aún no estaba seguro de lo que iba a hacer, pero en lugar del alquimista se encontró con Mollander, Armen y el Esfinge, con Roone pisándoles los talones. Si no se hubiera unido a ellos, habría resultado sospechoso.
 
El Cálamo y el Pichel no cerraba nunca. Llevaba seiscientos años en su isla del Vinomiel y ni un solo día había dejado de atender a los clientes. Aunque el alto edificio de madera se inclinaba hacia el sur, igual que los novicios se inclinaban a veces después de una jarra, Pate daba por hecho que la taberna seguiría en pie y en marcha seiscientos años más, despachando vino, cerveza y aquella sidra monstruosamente fuerte a marineros, hombres del río, herreros, bardos, sacerdotes y príncipes, y a los novicios y acólitos de la Ciudadela.
 
—Antigua no es el mundo —declaró Mollander en voz dema- siado alta.
 
Era hijo de un caballero y no podía estar más borracho. Desde que le llegó la noticia de la muerte de su padre en el Aguasnegras, se emborrachaba casi todas las noches. Incluso allí, en Antigua, lejos de las batallas y a salvo tras los muros, la guerra de los Cinco Reyes los había afectado a todos, aunque el archimaestre Benedict no dejaba de señalar que no había sido nunca una guerra de cinco reyes, ya que Renly Baratheon había sido asesinado antes de la coronación de Balon Greyjoy.
 
—Mi padre decía siempre que el mundo es más grande que el castillo de ningún señor —siguió Mollander—. Los dragones deben de ser lo mínimo que se podría encontrar en Qarth, Asshai y Yi Ti. Las historias que cuentan esos marineros...
 
—... son historias que cuentan los marineros —lo interrumpió Armen—. Marineros, mi querido Mollander. Baja a los muelles y te apuesto lo que sea a que te encontrarás marineros que te hablarán de las sirenas que se han tirado, o de como pasaron un año en el vientre de un pez.
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