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Frenesí (Burn)
     

Frenesí (Burn)

by Maya Banks
 

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Ash, Jace y Gabe son tres de los hombres más poderosos de la ciudad y están acostumbrados a conseguir todo lo que desean. Todo.
En lo que respecta al sexo, Ash McIntyre siempre ha explorado su lado más salvaje, llevando sus relaciones al extremo y sin comprometerse emocionalmente de ninguna manera. Exige tener en sus manos el control y prefiere a

Overview

Ash, Jace y Gabe son tres de los hombres más poderosos de la ciudad y están acostumbrados a conseguir todo lo que desean. Todo.
En lo que respecta al sexo, Ash McIntyre siempre ha explorado su lado más salvaje, llevando sus relaciones al extremo y sin comprometerse emocionalmente de ninguna manera. Exige tener en sus manos el control y prefiere a mujeres pasivas, a las que les gusta ser dominadas y que incluso ha llegado a compartir con su amigo Jace.
Sin embargo, ahora Jace mantiene una relación con una mujer que no está dispuesto a compartir y Gabe está con alguien que le da todo lo que quiere.
Los cambios en la vida de sus mejores amigos hacen que Ash se sienta por primera vez inquieto y frustrado. Es en ese momento cuando conoce a Josie, quien parece inmune a los encantos y la cuenta bancaria de Ash. Intrigado, la cortejará con la convicción de que Josie no conseguirá resistírsele. Lo que nunca imaginó es que la mujer que se atreviera a decirle “no” sería la que lo llevaría al límite de su deseo.
La trilogía Sin aliento está compuesta por Éxtasis, Fervor y Frenesí.

Product Details

ISBN-13:
9788415952145
Publisher:
Roca Editorial de Libros
Publication date:
01/16/2014
Series:
Trilogía Sin aliento , #3
Sold by:
Barnes & Noble
Format:
NOOK Book
Sales rank:
219,166
File size:
2 MB

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Frenesí


By Maya Banks, Yuliss M. Priego

Roca Editorial

Copyright © 2013 Maya Banks
All rights reserved.
ISBN: 978-1-5040-0529-6


CHAPTER 1

Ash McIntyre se encontraba en el paseo asfaltado de Bryant Park, de pie y con las manos en los bolsillos de sus pantalones mientras respiraba el aire primaveral de Nueva York. Todavía hacía fresco, pese a que el invierno se acababa y la primavera tomaba su lugar. A su alrededor la gente estaba sentada en los bancos y en las sillas que había junto a unas pequeñas mesas mientras tomaban un café, trabajaban con sus portátiles o escuchaban música con sus iPod.

Era un día precioso, aunque él no solía deleitarse en cosas vanas como pasear por un parque, o incluso simplemente estar en un parque, sobre todo durante horas de trabajo cuando solía estar atrincherado en su oficina, al teléfono o mandando correos electrónicos o preparando algún viaje. Él no era de ese tipo de hombre que se «para a oler las rosas», pero ese día se sentía inquieto y reservado, tenía muchas cosas en la cabeza y al final había llegado allí sin siquiera darse cuenta de que había terminado en el parque.

La boda de Mia y Gabe sería en unos pocos días y su socio estaba que se subía por las paredes con todos los preparativos para asegurarse de que Mia tuviera la boda de sus sueños. ¿Y Jace? Su otro mejor amigo y socio estaba comprometido con su novia, Bethany, lo que significaba que sus dos amigos estaban más que ocupados.

Cuando no trabajaban, se encontraban con sus mujeres, y eso quería decir que Ash no los veía excepto en la oficina y en las pocas ocasiones en que todos se reunían después del trabajo. Aún eran cercanos, y Gabe y Jace se habían asegurado de que su amistad continuaba siendo sólida al incluirlo a él en sus ahora diferentes vidas. Pero no era lo mismo. Y aunque era bueno para sus amigos, Ash aún no había terminado de asumir lo rápido que todas sus vidas habían cambiado en los últimos ocho meses.

Era raro y condicionante, aunque no fuera su vida la que hubiera cambiado. No es que no se alegrara por sus amigos. Ellos eran felices, y eso lo hacía feliz a él, pero por primera vez desde el comienzo de su amistad ahora era él el que parecía un intruso.

Sus amigos se lo discutirían con vehemencia. Ellos eran su familia, mucho más que su propia familia de locos a los que se pasaba la mayor parte de su tiempo evitando. Gabe, Mia, Jace y Bethany, pero sobre todo y especialmente Gabe y Jace, negarían que Ash fuera un intruso. Ellos eran sus hermanos en lo que de verdad importaba. Más que la sangre. Su vínculo era irrompible. Pero eso había cambiado, así que en realidad se sentía como un intruso. Aún formaba parte de sus vidas, pero de una manera mucho más pequeña y diferente.

Durante años su lema había sido juega duro y vive libre. Estar en una relación cambiaba a un hombre. Cambiaba sus prioridades. Ash lo entendía, lo pillaba. Tendría peor opinión de Gabe y Jace si sus mujeres no fueran su prioridad, pero eso dejaba a Ash solo. La tercera rueda de una bicicleta. Y no era demasiado cómodo.

Era especialmente difícil porque, hasta Bethany, Ash y Jace habían compartido a la mayoría de las mujeres. Casi siempre se habían tirado a las mismas mujeres. Sonaba estúpido decir que Ash no sabía cómo comportarse fuera de una relación a tres, pero era así.

Se sentía tenso e inquieto, como en busca de algo, solo que no tenía ni idea de qué. No era que quisiera tener lo que Gabe y Jace tenían, o a lo mejor sí y se negaba a reconocerlo. Solo sabía que no parecía él y que no le gustaba ese hecho.

Él era una persona centrada. Sabía exactamente lo que quería y tenía el poder y el dinero necesarios para conseguirlo. No había mujer que no estuviera más que dispuesta a darle a Ash lo que quería o necesitaba. ¿Pero de qué servía cuando no tenía ni idea de lo que era?

Paseó su mirada por el parque y se fijó en los carritos de bebés que empujaban las madres o sus niñeras. Intentó imaginarse a sí mismo con niños y casi le entraron escalofríos de solo pensarlo. Tenía treinta y ocho años, a punto de cumplir treinta y nueve, edad en la que la mayoría de los hombres ya habían sentado la cabeza y tenido descendencia. Pero él se había pasado todos sus veinte y una gran parte de sus treinta trabajando duro con sus socios para hacer que su negocio llegara a donde ahora se encontraba. Sin recurrir al dinero de su familia ni sus contactos y, especialmente, sin su ayuda.

Quizás esa era la razón por la que lo odiaban tanto, porque les había sacado el dedo y básicamente les había dicho que se fueran a tomar por culo. Pero su mayor pecado fue tener más éxito sin ellos. Tenía incluso más dinero y poder que el viejo, su abuelo. Y siguiendo esa misma línea, ¿qué había hecho el resto de su familia además de vivir de la riqueza del viejo? Su abuelo vendió su negocio cuando Ash aún era un niño. Nadie de su familia había trabajado un solo día de sus vidas.

Sacudió la cabeza. Todos ellos eran unas asquerosas sanguijuelas. No los necesitaba. Estaba convencido de que no los quería en su vida. Y ahora que los había superado —y a su abuelo— estaba más seguro aún de que no iba a dejar que volvieran a su vida para que pudieran vivir a costa de sus beneficios.

Se dio la vuelta para marcharse porque tenía cosas que hacer que no incluían precisamente estar de pie en un maldito parque reflexionando como si necesitara un psicólogo. Tenía que recuperar los hilos de su vida y empezar a centrarse en lo único que no había cambiado, el negocio. HCM Global Resorts tenía proyectos en diferentes etapas de trabajo. El del hotel de París ya estaba cerrado tras haber tenido que trabajar rápido para reemplazar a los inversores que se habían echado atrás. Las cosas se estaban moviendo y progresaban bien. Ahora no era el momento de relajarse, especialmente cuando Gabe y Jace no le podían dedicar al trabajo el mismo tiempo que le habían dedicado en el pasado. Ash era el único al que su vida personal no le distraía, así que tenía que hacerse cargo del chiringuito. Tenía que hacer el trabajo extra de sus amigos para que ellos pudieran disfrutar y tener una vida fuera del trabajo.

Cuando volvía en la misma dirección por la que había venido vio a una mujer joven sentada, sola, en una de las mesas que había fuera en la acera de una de las calles principales. Ash se paró a medio camino y dejó que su mirada se posara más aún en ella y en su físico. Tenía el pelo largo y rubio, que se movía con la brisa y revelaba un rostro asombrosamente precioso con unos ojos arrebatadores que podía ver incluso desde la distancia a la que se encontraba.

Llevaba una falda larga que se arremolinaba con el viento y dejaba a la vista gran parte de su pierna. Unas sandalias con piedrecitas adornaban sus pies y Ash pudo ver la laca de uñas rosa que llevaba además de un anillo que brillaba cuando movía el pie para cambiar de postura. El sol se reflejaba en la tobillera plateada que portaba, que no hacía otra cosa que atraer más la atención hacia su pierna esbelta.

Estaba ocupada dibujando; el ceño lo tenía fruncido de la concentración mientras su lápiz volaba sobre la página, y a su lado descansaba una enorme bolsa llena hasta arriba con un montón de papeles encima.

Pero lo que más llamó su atención fue la gargantilla que llevaba alrededor del cuello. No le pegaba. E hizo esa deducción al instante. La llevaba ajustada y caía en el hueco de su delicada garganta. Pero no le pegaba. No la reflejaba a ella para nada.

Resultaba ordinaria en ella. Una gargantilla de diamante, obviamente cara y probablemente no de imitación, pero no iba con su apariencia. Destacaba, no encajaba. Le picaba la curiosidad porque, cuando veía una pieza de joyería como esa en una mujer, para él significaba algo totalmente diferente que para el resto de la gente y se moría de curiosidad por saber si era un collar de sumisa o si era simplemente un adorno que ella misma había elegido. Si era un collar, el hombre que lo había elegido para ella había hecho un pésimo trabajo. El hombre no la conocía, o quizás no le importaba que tal significativo ornamento fuera con la mujer a la que llamaba suya.

Si Ash podía hacer tal juicio tras haberla estudiado apenas un momento, ¿cómo narices no podía ver lo mismo el hombre que le hacía el amor? Quizás el collar era más un reflejo de su dominante, lo cual era estúpido y arrogante. Un collar debería representar su afecto y cuidado hacia su sumisa, lo compenetrado que estuviera con ella, y debería ir con la mujer que lo llevaba.

Estaba haciendo un montón de suposiciones. Podría ser una simple gargantilla que la mujer hubiera elegido para ella misma. Pero para un hombre como Ash, esa pieza de joyería significaba mucho más y no era un simple accesorio.

No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba observándola, pero, como si ella hubiera sentido su mirada, levantó la cabeza para encontrarse con ella y abrió los ojos como platos al mismo tiempo que algo parecido al miedo se apoderaba de la expresión de la joven. Luego cerró el bloc de dibujo apresuradamente y comenzó a meterlo en la bolsa. Se medio levantó, aún metiendo cosas en esa bolsa enorme, y Ash se dio cuenta de que se estaba yendo.

Antes de que fuera consciente de ello, se precipitó hacia delante, intrigado. La adrenalina le recorría las venas. La caza. Curiosidad. Reto. Interés. Quería saber quién era esa mujer y qué significaba ese collar que llevaba.

E incluso mientras se acercaba a ella con paso largo sabía que si efectivamente significaba lo que pensaba, estaba entrando en el territorio de otro hombre, pero no le importaba en lo más mínimo.

Cazar a la sumisa de otro dominante era una de esas normas no escritas del mundillo, pero a Ash nunca se le habían dado bien las normas. Al menos las que él no había escrito. Y esta mujer era preciosa. Intrigante. Y quizás exactamente lo que él estaba buscando. ¿Cómo iba a saberlo si no hablaba con ella antes de que se fuera?

Estaba casi encima de ella cuando la joven se dio la vuelta, con la bolsa en la mano, obviamente preparada para alejarse, y casi lo atropelló. Sí, estaba invadiendo su espacio. Tendría suerte si no salía gritando por el parque; probablemente parecería un loco acosador a punto de atacar.

Oyó la rápida respiración de la mujer mientras daba un paso hacia atrás, lo que provocó que la bolsa se estrellara con la silla que había dejado libre. La enorme bolsa se abrió, soltándose del cierre que la mantenía cerrada y el contenido se desparramó por el suelo. Los lápices, pinceles y papeles salieron volando por todas partes.

—¡Mierda! —murmuró ella.

Se agachó de inmediato para recoger los papeles y él persiguió uno que había salido volando con el viento y se encontraba a unos metros de distancia.

—Yo los cogeré —dijo ella—. Por favor, no se moleste.

Ash cogió el dibujo y se lo devolvió.

—No es ninguna molestia. Siento haberla asustado.

Ella soltó una risotada nerviosa a la vez que extendía el brazo para coger el papel.

—Sí que lo hizo.

Ash bajó la mirada y observó el dibujo mientras empezaba a tendérselo a ella, pero luego parpadeó cuando se vio a sí mismo en él.

—¿Qué demonios es esto? —murmuró, ignorando sus apresurados intentos por hacerse con el dibujo.

—Por favor, devuélvamelo —dijo con una voz suave y apremiante.

Sonaba asustada, como si él fuera a perder los papeles, pero Ash estaba más fascinado con el pequeño trozo de piel del costado que había quedado a la vista cuando había alargado la mano para coger el papel.

En su costado derecho, Ash entrevió un tatuaje vibrante y lleno de colores, como ella. El breve vistazo que había echado le decía que era floral, casi como una vid, y que se extendía muchísimo más por su cuerpo. Ojalá hubiera podido verlo más, pero ella bajó el brazo y el borde de su camiseta volvió a colocarse junto a la cinturilla de la falda, privándolo de una vista más a fondo.

—¿Por qué me estabas dibujando? —preguntó con curiosidad.

El color invadió sus mejillas y se sonrojó. Tenía una piel clara, apenas bronceada por el sol, pero con su pelo y esos increíbles ojos azul aguamarina era preciosa. Esa mujer era preciosa. Y evidentemente tenía mucho talento.

Lo había dibujado perfectamente. No había tenido dificultad ninguna en reconocerse a sí mismo en el dibujo a lápiz. Su expresión pensativa, la mirada distante de sus ojos. Lo había dibujado mientras había estado de pie en el parque, con las manos metidas en los bolsillos. Ese momento de reflexión era más que evidente en el dibujo. El que una extraña hubiera podido capturar su estado de ánimo en unos pocos segundos lo hizo sentirse vulnerable. Sobre todo, que lo hubiera captado en ese momento y que hubiera reconocido lo que Ash le escondía al resto del mundo.

—Fue un impulso —se defendió—. Dibujo a un montón de gente. Cosas. Lo que sea que llame mi atención.

Él sonrió sin apartar su mirada de la de ella en ningún momento. Sus ojos eran tan expresivos, tan capaces de dejar sin sentido a un hombre. Y esa maldita gargantilla lo miraba, tentándolo con un montón de posibilidades.

—Así que estás diciendo que te he llamado la atención.

Ella se sonrojó otra vez. Era un sonrojo lleno de culpabilidad, pero que decía mucho más. Lo había estado examinando tanto como él lo había hecho con ella. Quizás de forma más sutil, aunque la sutileza nunca había sido uno de sus puntos fuertes.

—Parecías fuera de lugar —soltó de repente—. Tienes unos rasgos fuertes. Me moría por plasmarlos en un papel. Tienes un rostro interesante y era obvio que tenías muchas cosas en la cabeza. Encuentro a la gente mucho más abierta cuando creen que nadie los está observando. Si hubieras estado posando, la imagen no habría sido la misma.

—Es muy bueno —contestó lentamente mientras bajaba la mirada una vez más hasta el dibujo—. Tienes mucho talento.

—¿Me lo puedes devolver? —preguntó—. Llego tarde.

Él volvió a levantar la mirada y arqueó las cejas a modo de interrogación.

—No parecías tener prisa hasta que me viste acercarme a ti.

—Eso era hace unos minutos, y no llegaba tarde entonces. Ahora sí.

—¿Adónde llegas tarde?

Ella frunció el ceño con consternación y luego sus ojos reflejaron enfado.

—No creo que eso sea de tu incumbencia.

—Ash —dijo cuando ella se paró al final—. Me llamo Ash.

Ella asintió pero no repitió su nombre. En ese momento Ash habría dado lo que fuera por escuchar su nombre en sus labios.

Alargó una mano y pasó los dedos por encima del collar que adornaba su cuello.

—¿Tiene esto algo que ver con lo de llegar tarde?

Ella retrocedió y frunció con más ahínco el ceño.

—¿Tu dominante te está esperando?

Ella abrió los ojos como platos y posó los dedos automáticamente en el collar, justo en el mismo sitio donde los dedos de Ash habían estado segundos antes.

—¿Cómo te llamas? —preguntó al ver que ella seguía en silencio—. Yo me he presentado. Lo cortés sería que tú hicieras lo mismo.

—Josie—dijo en apenas un susurro—. Josie Carlysle.

—¿Y a quién perteneces, Josie?

Ella entrecerró los ojos y agarró la bolsa al mismo tiempo que echaba dentro el resto de lápices que quedaba.

—A nadie.

—Entonces, ¿he malinterpretado el significado del collar que llevas?

Josie se llevó los dedos hasta el collar otra vez y eso impacientó a Ash. Quería quitárselo. No era el adecuado para ella. Un collar debería ser minuciosamente escogido para una sumisa. Algo que fuera con su personalidad. Algo que estuviera hecho especialmente para ella. Y no para cualquier mujer.

—No lo has malinterpretado —dijo con una voz ronca que le provocó unos escalofríos que le recorrieron la espalda. Solo con su voz podría seducir a un hombre en cuestión de segundos—. Pero no pertenezco a nadie, Ash.

Y ahí estaba. Su nombre en sus labios. Le llegó muy adentro y le invadió de una satisfacción inexplicable. Quería oírlo otra vez, cuando estuviera dándole placer, cuando tuviera sus manos y su boca sobre su cuerpo y le sonsacara toda clase de suspiros.

Él arqueó una ceja.

—¿Entonces eres tú quien malinterpreta el significado de ese collar?

Ella se rio.

—No, pero yo no le pertenezco. Yo no pertenezco a nadie. Era un regalo, uno que yo elegí llevar. Nada más.

Ash se inclinó hacia delante y esta vez ella no retrocedió. Fijó su mirada en él, llena de curiosidad e incluso de excitación. Ella lo sentía también. Esa atracción magnética que había entre ellos. Tendría que estar ciega o en una fase de negación absoluta para no sentirlo.


(Continues...)

Excerpted from Frenesí by Maya Banks, Yuliss M. Priego. Copyright © 2013 Maya Banks. Excerpted by permission of Roca Editorial.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Meet the Author

Maya Banks ha aparecido en las listas de best sellers del New York Times y USA Today en más de una ocasión con libros que incluyen géneros como romántica erótica, suspense romántico, romántica contemporánea y romántica histórica escocesa.
Vive en Texas con su marido, sus tres hijos y otros de sus bebés. Entre ellos se encuentran dos gatos bengalíes y un tricolor que ha estado con ella desde que tuvo a su hijo pequeño. Es una ávida lectora de novela romántica y disfruta muchísimo interactuando con sus lectores en Facebook y Twitter

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