Gabriel García Márquez: Una vida

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La primera biografía completa y autorizada sobre el más querido y admirado escritor latinoamericano.

Gerald Martin dedicó más de dos décadas a investigar y escribir esta magistral biografía. Pasó horas con Gabriel García Márquez y entrevistó a más de trescientas personas, incluyendo a la madre, mujer, hijos y familiares del autor, además de a famosos escritores y políticos como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Fidel Castro. El resultado revela tanto al escritor como al hombre.

Nacido en 1927 y educado por sus abuelos en una pequeña aldea colombiana, el tímido e inteligente muchacho se convirtió en un hombre reservado, un periodista que encontró la ...

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Overview

La primera biografía completa y autorizada sobre el más querido y admirado escritor latinoamericano.

Gerald Martin dedicó más de dos décadas a investigar y escribir esta magistral biografía. Pasó horas con Gabriel García Márquez y entrevistó a más de trescientas personas, incluyendo a la madre, mujer, hijos y familiares del autor, además de a famosos escritores y políticos como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Fidel Castro. El resultado revela tanto al escritor como al hombre.

Nacido en 1927 y educado por sus abuelos en una pequeña aldea colombiana, el tímido e inteligente muchacho se convirtió en un hombre reservado, un periodista que encontró la fama como novelista, a los cuarenta años, tras publicar Cien años de soledad, obra cumbre de la literatura latinoamericana del siglo XX. Pero a pesar de su fama, nunca perdió el contacto con sus raíces; aunque vivió lejos de Colombia desde 1955, la concesión del Premio Nobel fue celebrada por todos los latinoamericanos que, entonces como ahora, consideran a "Gabo" como uno de los suyos.

Al contar la apasionante historia de su compleja vida, Martin balancea las tensiones entre pobreza y riqueza, popularidad y calidad literaria, política y literatura, y entre poder, soledad y amor. Gerald Martin ha escrito una biografía magnífica: enriquecedora, iluminadora, tan apasionante como el más agudo periodismo de García Márquez y tan fascinante como la mejor de sus novelas.

Product Details

  • ISBN-13: 9780307472281
  • Publisher: Knopf Doubleday Publishing Group
  • Publication date: 9/22/2009
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 784
  • Sales rank: 255,352
  • Series: Vintage Espanol Series
  • Product dimensions: 6.10 (w) x 9.26 (h) x 1.58 (d)

Meet the Author

Gerald Martin es el Profesor Emérito Andrew W. Mellon de Lenguas Modernas en la Universidad de Pittsburgh y profesor de Estudios Caribeños en la London Metropolitan University. Durante veinticinco años fue el único nativo inglés miembro de los “Archivos” Asociación de Literatura Latino Americana del Siglo XX en París, y ha sido presidente del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana en los Estados Unidos. Entre sus publicaciones se encuentra Journeys Through the Labyrinth: Latin American Fiction in the Twentieth Century, una traducción y edición crítica de Hombres de maíz de Miguel Ángel Asturias y varias contribuciones al Cambridge History of Latin America. Vive en Inglaterra.

Read an Excerpt

1 De coroneles y causas perdidas 1899-1927
 
Quinientos años después de que los europeos toparan con el Nuevo Mundo, a menudo América Latina parece una decepción para sus habitantes. Es como si su destino hubiera sido determinado por Colón, «el gran capitán», que descubrió el nuevo continente por error, que equivocadamente lo llamó «las Indias» y murió lleno de amargura y desilusión a comienzos del siglo xvi; o por Simón Bolívar, que puso fin al gobierno colonial español a principios del xix, pero murió consternado ante la desunión que reinaba en la región recién emancipada y atenazado por la sombría impresión de que «el que sirve a una revolución, ara el mar». Más recientemente, el destino de Ernesto «Che» Guevara, el icono revolucionario romántico por excelencia del siglo xx, que murió como un mártir en Bolivia en 1967, sólo confirmó la idea de que América Latina, el continente desconocido, la tierra del futuro, alberga grandiosos sueños y fracasos calamitosos.
 
Mucho antes de que el nombre de Guevara recorriera el orbe, en un pequeño pueblo de Colombia que la historia sólo iluminó fugazmente durante los años en que la United Fruit Company, con sede en Boston, decidiera plantar allí bananeras a comienzos del siglo xx, un niño escuchaba absorto mientras su abuelo contaba relatos de una guerra que duró mil días y que al acabar le había hecho sentir también la amarga soledad de los vencidos, relatos de hazañas gloriosas de antaño, de héroes y villanos espectrales; historias que le enseñaron al niño que la justicia no se entrama de manera natural en la urdimbre de la vida, que el bien no siempre vence en el reino de este mundo, y que los ideales que llenan los corazones y el espíritu de muchos hombres y mujeres pueden ser derrotados e incluso desaparecer de la faz de la tierra. A menos que perduren en la memoria de quienes viven para contarla.
 
A finales del siglo xix, setenta años después de conseguir la independencia de España, la república de Colombia era un país de menos de cinco millones de habitantes controlado por una élite de tal vez tres mil propietarios de grandes haciendas, la mayoría de los cuales eran políticos y empresarios, y muchos también abogados, escritores o gramáticos. De ahí que la capital, Bogotá, fuera conocida como la «Atenas sudamericana». La guerra de los Mil Días fue la última y más devastadora de una veintena de guerras civiles nacionales y locales que habían arrasado Colombia durante el siglo xix, libradas entre los liberales y los conservadores, los centralistas y los federalistas, la burguesía y los terratenientes, la capital y las provincias. En muchos otros países, el siglo xix asistió a la victoria de los liberales o sus equivalentes en la histórica batalla, mientras que en Colombia los conservadores dominaron hasta 1930 y, tras un breve interludio liberal de 1930 a 1946, asumieron de nuevo el poder hasta mediados de los cincuenta y a día de hoy siguen siendo una fuerza poderosa. Ciertamente, Colombia es el único país donde a finales del siglo xx las elecciones generales se debatían aún entre un Partido Liberal y un Partido Conservador tradicionales, sin que otras fuerzas políticas lograran afianzarse de manera perdurable. Esto ha cambiado en los últimos diez años.
 
Aunque la guerra se denominase «de los Mil Días», en realidad el conflicto había acabado antes casi de empezar. El gobierno conservador disponía de recursos sumamente superiores y los liberales quedaron a merced de las excentricidades de un líder carismático pero incompetente, Rafael Uribe Uribe. A pesar de eso, la guerra se prolongó durante poco menos de tres años, siendo cada vez más cruel, enconada e inútil. Desde octubre de 1900, ninguno de los dos bandos hacía prisioneros: se anunció una «guerra a muerte» cuyas sombrías consecuencias se dejan notar todavía en Colombia. Cuando todo acabó, en noviembre de 1902, el país estaba devastado y empobrecido, la provincia de Panamá estaba a punto de perderse para siempre y alrededor de cien mil colombianos habían perecido en la matanza. Durante décadas se sucederían enemistades y venganzas fruto del modo en que se había resuelto el conflicto. Esto ha hecho de Colombia un país paradójico, en el cual durante casi dos siglos los dos partidos mayoritarios han mantenido una amarga enemistad sin ocultarlo, si bien se han unido tácitamente a fin de garantizar que el pueblo nunca tuviera una verdadera representación. Ninguna nación latinoamericana ha padecido menos golpes de Estado o dictaduras en el siglo xx que Colombia, pero sus habitantes han pagado un altísimo precio por esa apariencia de estabilidad institucional.
 
La guerra de los Mil Días se libró a lo ancho y largo del país, pero el centro de gravedad poco a poco se desplazó hacia el norte, a las regiones de la costa atlántica. Por un lado, la sede del gobierno, Bogotá, nunca estuvo seriamente amenazada por los rebeldes liberales; por otro, éstos se retiraron indefectiblemente hacia las rutas de fuga que con frecuencia tomaban sus dirigentes para ir en busca de refugio a países vecinos cordiales
 
o a Estados Unidos, donde trataban de reunir fondos y comprar armas para la próxima ronda de hostilidades. En esta época, el tercio norte del país, lo que se conoce como la «Costa» -sus habitantes son apodados «costeños»-, comprendía dos departamentos de enorme importancia: Bolívar al oeste, cuya capital era el puerto de Cartagena, y Magdalena al este, cuya capital era el puerto de Santa Marta, enclavada al pie de la imponente Sierra Nevada. Las dos ciudades más importantes a ambos lados de la Sierra Nevada -Santa Marta al oeste y Riohacha al este- y todas las ciudades que hay entre ambas bordeando la sierra -Ciénaga, Aracataca, Valledupar, Villanueva, San Juan, Fonseca y Barrancas- cambiaron de manos en múltiples ocasiones durante la guerra, y fueron el escenario de las hazañas de Nicolás Márquez y sus dos hijos mayores, ambos ilegítimos, José María y Carlos Alberto Valdeblánquez.
 
En algún momento a principios de la década de 1890, Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán se habían trasladado con sus dos hijos, Juan de Dios y Margarita, a la pequeña ciudad de Barrancas, en La Guajira colombiana, y alquilaron una casa en la calle del Totumo, a pocos pasos de la plaza. La casa aún sigue en pie. El señor Márquez puso una joyería, donde forjaba y vendía sus propias piezas -collares, anillos, brazaletes, cadenas y, su especialidad, pececillos de oro- y, a lo que parece, estableció un negocio rentable que hizo de él un miembro respetado de la comunidad. Su aprendiz, y a la larga socio, era un hombre más joven llamado Eugenio Ríos, casi un hijo adoptivo, con quien había trabajado en Riohacha tras traerlo de El Carmen de Bolívar. Ríos era el hermanastro de la prima de Nicolás, Francisca Cimodosea Mejía, con la que éste se había criado en El Carmen y a la que más tarde se llevaría consigo a Aracataca. Cuando empezó la guerra de los Mil Días, tras una larga época de frustración y resentimiento liberal, a los treinta y cinco años Nicolás Márquez se estaba haciendo un poco mayor para la vida aventurera. Además, había fundado una vida acomodada, fructífera y agrada-ble en Barrancas, y procuraba afianzar su creciente prosperidad. Aun así, se unió al ejército de Uribe Uribe y peleó en las provincias de La Guajira, El Cesar y Magdalena, y existen testimonios de que luchó con mayor tesón y más tiempo que muchos otros. Es un hecho cierto que estuvo implicado en la contienda de buen principio cuando, en calidad de comandante, formó parte de un ejército liberal que ocupó su ciudad natal de Riohacha, y todavía seguía involucrado cuando el conflicto tocó a su fin, en octubre de 1902.
 
A finales de agosto de 1902, el ejército liberal, recientemente reforzado, bajo el mando de Uribe Uribe, que poco antes había llevado a cabo una de sus reapariciones imprevistas, había avanzado hacia el oeste bordeando la sierra desde Riohacha hasta la aldea de Aracataca, ya conocido bastión liberal, adonde llegó el 5 de septiembre. Allí Uribe Uribe mantuvo dos días de conversaciones con los generales Clodomiro Castillo y José Rosario Durán, además de otros oficiales entre los que se contaba Nicolás Márquez. Y fue allí, en Aracataca, donde tomaron la funesta decisión de luchar una vez más, la cual llevaría a su desastrosa derrota en la batalla de Ciénaga.
 
Uribe avanzó hacia Ciénaga a primera hora de la mañana del 14 de octubre de 1902. Las cosas empezaron a torcerse para los liberales desde el momento en que un buque de guerra del gobierno empezó a bombardear sus posiciones desde el mar. Uribe Uribe fue derribado de su montura y varias balas que agujerearon su guerrera no alcanzaron su persona de milagro (no era la primera vez que eso le ocurría). Exclamó, igual que lo hubiera hecho el coronel Aureliano Buendía de García Márquez: «¡Cuántos uniformes de repuesto se creen estos godos que tengo!». («Godos» era como los liberales llamaban a los conservadores.) El hijo adolescente de Nicolás Márquez, Carlos Alberto, murió como un héroe; su hermano mayor, José María, cuarto oficial al mando de la «División Carazúa» del ejército conservador, sobrevivió.
 
Dos días después, destrozado por la muerte de Carlos Alberto, José María salió de Ciénaga y se dirigió al campamento de los liberales derrotados, donde su padre, entre otros, se recuperaba de las heridas. José María llevaba un ofrecimiento de paz de los conservadores. A medida que su mula se acercaba a las tiendas de los liberales, una avanzadilla le interceptó y hubo de cabalgar con los ojos vendados para exponer a Uribe Uribe las condiciones de los conservadores. Nunca sabremos lo que ocurrió entre el hijo ilegítimo de diecinueve años y su padre rebel-de en aquella ocasión histórica, ensombrecida por la muerte del hijo pequeño. Uribe Uribe discutió la propuesta de los conservadores con sus oficiales. Decidieron aceptar. El joven mensajero volvió cabalgando a Ciénaga y, entrada la noche, llegó a la estación de ferrocarril, donde una multitud enloquecida lo recibió y lo llevó a hombros a dar la buena nueva. Diez días después, el 24 de octubre de 1902, los dirigentes conservadores y Uribe Uribe con sus respectivos jefes del Estado mayor se encontraron en la plantación bananera de Neerlandia, no lejos de Ciénaga, para firmar el tratado de paz. Fue poco más que una hoja de vid tratando de ocultar una amarga verdad: los liberales habían sufrido una derrota catastrófica.
 
A finales de 1902, Nicolás Márquez regresó a Barrancas a reunirse con su esposa Tranquilina y procuró rehacer su vida. En 1905 nació su tercera hija, Luisa Santiaga, y las cosas parecían haber recobrado la norma-lidad. Sin embargo, en 1908 Nicolás se vio envuelto en un violento episodio que cambiaría su destino y el de su familia para siempre, y que no le dejaría más remedio que marcharse de Barrancas. Todos allí conocían aún la historia cuando pasé por Barrancas ochenta y cinco años después, en 1993. Por desgracia, cada cual contaba una versión distinta. Sin embargo, nadie niega los hechos siguientes. Cerca de las cinco de la lluviosa tarde del lunes 19 de octubre de 1908, el último día de la semana de festividades de la Virgen del Pilar, mientras la procesión con su imagen avanzaba hacia la iglesia, a pocas calles de distancia, el coronel Nicolás Márquez, un político, terrateniente, orfebre y respetable hombre de familia de la localidad que por entonces contaba alrededor de cuarenta años, disparó y dio muerte a un hombre más joven llamado Medardo, sobrino de su amigo y compañero de armas, el general Francisco Romero. Algo que nadie niega tampoco es que Nicolás era un donjuán o, dicho sin ambages, un mujeriego empedernido. Para lectores de otras latitudes, esta reputación puede parecer contradictoria con la imagen de hombre de dignidad y buena posición que tenía entre sus vecinos. Sin embargo, cuando menos hay dos clases de celebridad que un hombre considera un bien muy preciado en sociedades de estas características: una es cultivar su buena reputación como tal, granjearse el respeto convencional, siempre mezclado con el temor, que debe saber cómo imponer; y la otra es su fama de donjuán, o de macho, que los demás divul-garán de buena gana, por lo general para su complacencia. El truco está en asegurarse de que ambas reputaciones se refuercen mutuamente.
 
La primera versión que oí fue tan convincente como cualquiera de las que le siguieron. Filemón Estrada había nacido en el mismo año en que tuvieron lugar los acontecimientos. Ahora estaba completamente ciego y aquella historia remota se mantenía vívida en su memoria, conservaba una intensidad que otros testimonios habían perdido. Filemón contó que Nicolás, que ya tenía varios hijos ilegítimos, había seducido a Medarda Romero, la hermana de su viejo amigo el general Romero, y luego, cuando aparecieron unos pasquines, creyó que él había fanfarroneado de ello mientras se tomaba unos tragos en la plaza. Hubo muchos rumores, la mayoría chismes a costa de Medarda, pero también algunos que implicaban a Tranquilina. Medarda le anunció a su hijo: «Esta calumnia hay que lavarla con sangre, hijo mío, no hay otro modo. ¡Y si no vas a buscarlo tú, me va a tocar ponerme tus pantalones y a ti ponerte mis faldas!». Medardo, un hábil tirador que había cabalgado con Nicolás en la guerra y entonces vivía en la aldea vecina de El Papayal, desafió e insultó a su antiguo comandante en repetidas ocasiones, tantas que éste se tomó en serio las advertencias y a partir de entonces estaba al acecho del joven. Medardo fue al pueblo el día de la fiesta, endomingado con una gabardina blanca, y tomó un atajo por un callejón que ya no existe. Al descabalgar de su montura con un manojo de forraje en una mano y una vela de peregrino en la otra, Nicolás le preguntó: «¿Estás armado, Medardo?». A lo que éste contestó: «No». «Bueno, recuerda lo que te advertí», y Nicolás disparó una vez, algunos dicen que dos. Una anciana que vivía al fondo de la calleja salió y le dijo: «Así que al final lo mataste». «La bala del honor venció a la bala del poder», contestó Nicolás. «Después de eso -dijo el ciego Filemón-, el viejo Nicolás Márquez se precipitó calle abajo, saltando charcos, con el revólver en una mano y el paraguas en la otra, y buscó a Lorenzo Solano Gómez, su compadre, que lo acompañó a entregarse. Fue encarcelado, pero después, su hijo José María Valdeblánquez, que era muy listo y casi abogado, lo sacó de la cárcel. Puesto que Medardo era hijo ilegítimo, no se sabía a ciencia cierta si se apellidaba Pacheco o Romero, de modo que Valdeblánquez dijo que no estaba claro quién había sido asesinado exactamente; se trataba de un tecnicismo jurídico, ¿sabe?, y así es cómo Valdeblánquez lo sacó.»
 
No fue otra que Ana Ríos -hija de Eugenio, el socio de Nicolás, que muy probablemente tenía más razones para saber la verdad que la mayoría- quien me contó que Tranquilina estuvo muy implicada en la tragedia. Recordaba que era una mujer sumamente celosa, y no sin razón, pues Nicolás la engañaba una y otra vez. Medarda era viuda, y las viudas siempre dan que hablar en los pueblos; de ella se rumoreaba que era la amante habitual de Nicolás. Tranquilina se obsesionó con esa posibilidad, tal vez porque Medarda pertenecía a una clase más acomodada y por ello suponía un peligro mayor que las demás conquistas de su esposo.

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