Gernika: Una ciudad en peligro, una traicion y un crimen por resolver

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Los nueve aparatos penetraron en el cielo de la ciudad alrededor de las seis y media de la tarde. La población llevaba más de dos horas sufriendo el bombardeo más largo de toda la guerra… La orden era causar el mayor daño posible y muchos vecinos murieron abrasados por el fuego o ametrallados por los cazas.
Decenas de cuerpos se extendían por las pacíficas calles de la ciudad. El fuego se había propagado de tal manera que era imposible de apagar… En unas horas, la histórica ...

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Los nueve aparatos penetraron en el cielo de la ciudad alrededor de las seis y media de la tarde. La población llevaba más de dos horas sufriendo el bombardeo más largo de toda la guerra… La orden era causar el mayor daño posible y muchos vecinos murieron abrasados por el fuego o ametrallados por los cazas.
Decenas de cuerpos se extendían por las pacíficas calles de la ciudad. El fuego se había propagado de tal manera que era imposible de apagar… En unas horas, la histórica capital del pueblo vasco estaba arrasada… Gernika era ya una ciudad muerta.
En abril de 1937, Alfonso Ros, antiguo comisario de policía atrapado dentro de la zona del bando nacional, es requerido por los altos mandos del ejército sublevado para investigar la sospechosa muerte de Damian von Veltheim, capitán de la Legión Cóndor enviada por Hitler para ayudar a Franco a ganar la guerra. En una Salamanca llena de intrigas, conspiraciones políticas y dobles agentes, según avanza su investigación, Alfonso, acompañado del teniente alemán Raymond Maurer y de la enigmática italiana Dalila, se encuentra con que en realidad no está investigando un asesinato más en una España herida por una guerra cruenta e interminable, sino una conspiración internacional que, de llegar a triunfar, cambiaría el curso de la historia tal y como la conocemos, y que muchos están empeñados en seguir ocultando a los ojos del mundo a cualquier precio.

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Product Details

  • ISBN-13: 9788415404446
  • Publisher: Nelson, Thomas, Inc.
  • Publication date: 7/10/2012
  • Language: Spanish
  • Pages: 336
  • Product dimensions: 5.90 (w) x 8.90 (h) x 1.00 (d)

Meet the Author

Mario Escobar, licenciado en Historia y diplomado en Estudios Avanzados en la especialidad de Historia Moderna, ha escrito numerosos artículos y libros sobre la época de la Inquisición, la Iglesia Católica, la era de la Reforma Protestante y las sectas religiosas. Apasionado por la historia y sus enigmas ha estudiado en profundidad la Historia de la Iglesia, los distintos grupos sectarios que han luchado en su seno, el descubrimiento y colonización de América.

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GERNIKA

UNA CIUDAD EN PELIGRO, UNA TRAICIÓN Y UN CRIMEN POR RESOLVER
By MARIO ESCOBAR

Grupo Nelson

Copyright © 2012 Mario Escobar
All right reserved.

ISBN: 978-84-15404-45-3


Chapter One

Salamanca, 10 de abril de 1937

El soldado alemán intentó bajarse los pantalones, pero la mujer le tiraba de ellos y terminó cayendo sobre la cama. La prostituta soltó una carcajada mientras el soldado maldecía en su idioma. Al final se liberó de la ropa y se lanzó sobre la mujer. Los muelles comenzaron a chirriar con el bamboleo de los dos cuerpos. La prostituta se subió sobre el alemán y comenzó a acariciarle el pelo rubio, cortado a cepillo, mientras sus rizos negros le velaban en parte la cara. La puerta se entreabrió lentamente, pero ninguno de los dos se percató del intruso que les observaba desde el umbral. Después, el desconocido entró en el cuarto y se quedó unos segundos en silencio.

—Rügen, soldado —dijo el intruso.

El joven se giró y miró confundido al hombre. No le reconoció. Vestía gabardina gris, un sombrero de ala ancha que le ensombrecía la cara y unas gafas oscuras, a pesar de ser noche cerrada.

El alemán intentó incorporarse mientras se subía los pantalones. Tiró de ellos, pero se le engancharon en los pies. Levantó la cabeza y pudo advertir la pistola que apenas brillaba bajo la luz mortecina del cuarto.

—¡No! —gritó abalanzándose sobre el desconocido.

Dos fuertes detonaciones retumbaron por el cuarto. A la mujer le parecieron dos petardos, como los que se arrojaban al paso de los novios en su Valencia natal, pero cuando vio el cuerpo esbelto y joven del alemán tendido en el suelo y el charco de sangre, comenzó a gritar con los ojos cerrados y tapándose la cara con las manos. El hombre apuntó a la mujer, pero justo cuando estaba a punto de disparar comenzó a escuchar voces en el pasillo. Miró hacia la puerta, guardó el arma y se esfumó de la habitación.

En el pasillo, media docena de soldados y prostitutas corrían medio desnudos. Algunos estaban armados, pero nadie reparó en él. Caminó deprisa hasta la planta baja y salió a la fría noche salmantina. Antes de girar la calle echó una última mirada al edifi cio. Todas las ventanas estaban iluminadas, pero la calle se encontraba tranquila, como si los españoles ya se hubieran acostumbrado a escuchar tiros a media noche.

Chapter Two

Salamanca, 11 de abril de 1937

Hugo Sperrle entró en el despacho resoplando como un toro a punto de embestir. Su ceño fruncido, el pelo peinado hacia atrás, los ojos fríos e inexpresivos, le daban un aire de oficial prusiano que al general Mola le exasperaba. El ejército español siempre había sido pro alemán y muchos oficiales españoles habían estudiado o visitado el Tercer Reich para admirar sus grandes logros militares, pero aquella era su guerra y ningún maldito germano le levantaba la voz en su despacho.

—¡General Mola, esto es inadmisible!

—Tranquilícese, Sperrle, será mejor que se siente y me cuente lo que ha sucedido —dijo Mola con el labio torcido en una sonrisa forzada.

—¿No sabe lo que ocurrió anoche? —preguntó el alemán con los ojos desorbitados.

—¿Anoche? ¿Hubo alguna misión especial anoche? —dijo Mola extrañado.

—No. ¿Es que no le informan de lo que pasa enfrente del propio Cuartel General?

Mola se removió inquieto en su silla y dejó que el alemán se sentara antes de seguir hablando.

—Uno de mis chicos ha sido asesinado en ...

—¿Asesinado? —le interrumpió el general Mola.

—Sí, estaba de permiso en la ciudad. Ya sabe que los chicos están deseando salir de Burgos, en cuanto tienen unos días de permiso se vienen a Salamanca; allí las autoridades municipales son tan estrictas que no permiten prostíbulos.

—Ya está al corriente de que en algunas cosas España sigue siendo un país mojigato. Si yo le contara cómo son las putas en Marruecos, eso sí que es una delicia ... —dijo Mola rememorando sus años en el Protectorado.

—No he venido para hablar sobre putas, general. Un joven ofi cial, un piloto, fue asesinado en un prostíbulo ayer por la noche. Vieron a un tipo que escapaba en medio del tumulto, pero nadie ha podido identifi carlo —dijo Sperrle hastiado. Llevaba un año organizando a la Legión Cóndor, lejos de su familia y sus amigos; aquella guerra cada vez se alargaba más, pero a los malditos generales españoles no parecía importarles demasiado.

—Será algún ajuste de cuentas; a veces entre los soldados hay disputas amorosas o de juego.

—Lo dudo, el trabajo fue realizado por un profesional, no por un soldado borracho. Alguien le disparó a bocajarro, con frialdad y la intención de matar —dijo Sperrle.

—¿Para eso ha venido? Ordene una investigación de la policía militar de la Legión Cóndor y asunto resuelto —aconsejó el general Mola.

—El asunto no es tan simple. El joven asesinado no es un pobre desgraciado de los muchos que han terminado aquí por una paga mísera; el muerto es el hijo de una amiga íntima de Hitler.

—¿Qué? —dijo Mola recuperando el interés de repente.

—Es un joven de la alta sociedad, un idealista que se alistó voluntario. Su familia es la dueña de la industria del hierro y del acero en Alemania, no se conformarán con un informe de la policía militar —dijo el alemán alzando la voz.

—Comprendo.

—Tenemos que resolver este asunto de manera rápida y discreta. Disponemos de dos días antes de informar a la familia y otros dos días mientras les llega el cuerpo.

—No tenemos mucho tiempo, pero creo que conozco al hombre adecuado. Un antiguo comisario de Santander, Alfonso Ros. Aunque creo que será mejor hacer una comisión conjunta: seguramente tendrán que interrogar a soldados alemanes y mis hombres no hablan alemán —dijo Mola.

—Les enviaré a uno de nuestros mejores hombres —dijo Sperrle levantándose bruscamente.

El comandante miró al español directamente a los ojos. Después levantó la mano e hizo el saludo nazi. Mola apenas alzó el brazo; no se acostumbraba a aquellos juegos romanos. Él era un monárquico convencido y toda aquella pantomima fascista no le impresionaba en absoluto. Mussolini no dejaba de ser un comunista renegado y Hitler un cabo charlatán, pero sabía que sin la ayuda de ambos no ganarían la guerra. Procuraba llevarse bien con unos y otros. Quería seguir siendo la alternativa a Franco. Al fin y al cabo, él era el que había organizado el golpe junto a Sanjurjo, había coordinado la operación y la había dirigido hasta que Franco había aterrizado en la Península. Aquella maldita guerra poco tenía que ver con el golpe de estado sencillo y limpio que tenían planeado. En veinticuatro horas la suerte de la República se habría decidido, se habría formado un gobierno de concentración presidido por él, se habría restablecido a Alfonso XIII por unos días para que abdicara en su hijo y en unos años se habría devuelto el orden constitucional. En cambio, ahora el baño de sangre no dejaba de repugnarle. Era consciente de que había radicales irrecuperables en ambos bandos que era mejor eliminar, pero España estaba destrozada y cada día que pasaba se acercaban más hacia el abismo. Tenía que parar esa guerra cuanto antes, un conflicto prolongado solo beneficiaba a Franco y a los arribistas de turno, que esperaban sacar un buen pellizco del confl icto. Él era el hombre más indicado para salvar a España antes de que fuera demasiado tarde.

—No se preocupe, descubriremos al asesino. Nuestra amistad con Alemania es inquebrantable —dijo Mola limpiándose las gafas con indiferencia, mientras el alemán dejaba la sala.

Chapter Three

Salamanca, 11 de abril de 1937

Alfredo Ros observó la fachada del edificio, se paró delante y encendió un cigarrillo. No le habían adelantado mucha información, pero aquello parecía un caso importante. Por fin dejaría de rellenar informes y podría medrar en el ejército. Aspiró el cigarrillo con fuerza; aquel tabaco alemán era mucho mejor que la bazofia rusa que se fumaba en el otro bando. Después añoró la hermosa playa de Santander y su antiguo puesto de comisario. Aún recordaba los titulares del día de su nombramiento: «El comisario más joven de España». Ahora era un prófugo, un proscrito acusado de corrupción y un traidor. ¿No era ridículo?

Ros caminó hasta la entrada y ascendió las escaleras de dos en dos. Una entrevista con el mismo general Mola era mucho más de lo que esperaba conseguir después de tres meses en el Ejército Nacional. Su apellido y la reputación de su familia, los Ros de Cantabria, le habían abierto muchas puertas en aquellas pocas semanas. Llamó a la puerta y un secretario le pidió que esperase unos minutos. Observó el sofá y se situó a la derecha de un soldado alemán que apenas le dedicó una mirada cuando entró en el cuarto.

Tiene que ver con los alemanes, dedujo mientras seguía dándole vueltas a todo el asunto. Después miró a la ventana. Aquel mes de abril era más frío de lo normal. No paraba de llover y en el frente, por lo que le habían contado, estaba todo enfangado. Aquella maldita guerra era un gran charco de mierda y sangre, su único deseo era mantenerse lo más alejado posible del frente, y para eso debía hacerse imprescindible en Salamanca.

—Pueden pasar —dijo el secretario. Los dos hombres se miraron y se pusieron en pie a la vez. Al llegar a la altura de la puerta, el español hizo un gesto para que pasara el alemán.

—Señores —dijo el general. Su aspecto era más marcial que en las fotos, pensó Alfonso mientras saludaba a Mola—. Siéntense. Se preguntarán por qué les he mandado llamar. Sé que usted, Alfonso, sirve en la recién creada policía militar y el teniente Raymond Maurer —dijo Mola hojeando el informe— es también policía militar. Según leo aquí, usted fue agente de policía en Hamburgo.

—Sí, señor —dijo el alemán en un perfecto castellano.

—Alfonso Ros fue comisario en Santander. ¿No le trataban bien los rojos, comisario? —preguntó irónicamente Mola.

—No tenía nada que ver con esos comunistas —contestó Alfonso.

El general Mola miró a los dos hombres y, adoptando una expresión grave, les pasó un informe por duplicado.

—Damian von Veltheim, capitán de la Escuadrilla Experimental de Bombarderos de la Legión Cóndor, hijo del industrial Thomas von Veltheim, fue asesinado ayer por la noche en un prostíbulo de la ciudad. Tienen que averiguar en cuatro días quién le mató y por qué. El resto de la investigación está en el informe. Les hemos creado pases especiales a todas las instalaciones y archivos del ejército español y alemán —dijo el general entregándoles unos salvoconductos.

—¿Nos está pidiendo que investiguemos un asesinato? —preguntó Alfonso sorprendido.

—Exactamente —contestó el general recostándose en la silla.

—En los tiempos que corren la muerte no debería ser causa de investigación. ¿No sería mejor mandar el fi ambre a su casa con una medalla sobre la pechera y una bandera sobre el ataúd? —dijo Alfonso.

—¿Mentir? —dijo con voz estridente el alemán—. ¿Qué tipo de soldado es usted? El honor nos impide engañar a unos padres desconsolados.

Alfonso contempló los ojos azules de Raymond Maurer. La frialdad de su mirada no parecía corresponderse con su rostro pecoso y sus suaves líneas faciales. Había estudiado algo de fisionomía y creía poder identificar cualquier gesto e intención de un individuo. Raymond parecía un tipo idealista e inocentón. Aunque sus conocimientos policiales no habían impedido que sus compañeros descubrieran los asuntos en los que estaba envuelto. La llegada de mercancías al puerto en plena guerra había hecho ricos a muchos, ¿por qué iba a quedarse él al margen? Todos robaban y se beneficiaban del caos producido por la guerra. Nunca pensó que falsificar informes en la aduana fuera a costarle el cargo.

Raymond intentó sostener la mirada, pero aquel policía español le ponía nervioso. Había algo en él que no le gustaba. No sabía si era su sonrisa cínica, sus bromas de mal gusto o su actitud desafiante. Había conocido a muchos tipos como él en Alemania. Aprovechados que se introducían en el partido nazi con la única intención de medrar. Por eso se alistó voluntario, prefería luchar en un país extranjero antes que ver cómo sus ideales iban convirtiéndose poco a poco en nada.

—Señores, espero que colaboren. Necesitamos descubrir al asesino cuanto antes; este incidente podría perjudicar gravemente las relaciones hispano-alemanas —dijo el general Mola.

Los dos soldados se pusieron firmes y se dirigieron hacia la entrada. Una vez fuera del despacho, se pararon uno frente al otro y permanecieron unos segundos en silencio.

—Será mejor que haga lo que yo le diga —comentó Alfonso mientras se encendía un cigarrillo.

El alemán le lanzó una mirada de arriba abajo y le respondió:

—Si quiere que algún alemán hable con usted, será mejor que esté callado. A los alemanes no nos gusta que nos digan lo que tenemos que hacer. El muerto es germano, la investigación la hemos pedido nosotros y usted simplemente nos ayudará a interrogar a los testigos españoles.

Alfonso inspiró el humo del tabaco y lo soltó lentamente hacia el rostro del alemán. Raymond prefi rió ignorarle, al fi n y al cabo debían colaborar en los próximos días. Después salieron a la calle y caminaron en silencio bajo el cielo plomizo de Salamanca.

Aquel estúpido alemán no sabía con quién trataba, pensó el español mientras paseaban sobre el suelo empedrado. A su alrededor, la calma parecía alejar el fantasma de la guerra, pero el paso de unos aviones en vuelo casi r asante rompió el silencio de la ciudad y le devolvió bruscamente a la realidad. Aquel servicio podía asegurarle un puesto lejos del frente, no iba a meter la pata de nuevo. No con aquel caso.

Chapter Four

Salamanca, 12 de abril de 1937

Alfonso apartó las sábanas arrugadas y se levantó aturdido. Permaneció unos instantes sentado sobre la cama, con la cara entre las manos y la mente en blanco. Sentía que la cabeza le iba a estallar. El día anterior, después de dejar a Raymond, había estado bebiendo con unos camaradas hasta el toque de queda. El maldito aguardiente que se servía en las tabernas de la ciudad tenía un sabor espantoso, pero lo peor era la resaca que dejaba a la mañana siguiente. Se puso frente al pequeño espejo roto y observó su cara sin afeitar. Su barba cerrada y negra apenas destacaba sobre la piel morena. El pelo comenzaba a escasearle por las sienes, pero era suficiente para mantener el aspecto juvenil que reflejaban sus vivaces ojos verdes.

Se comenzó a afeitar. Canturreó una copla mientras pasaba la navaja por el cuello largo y fuerte. Después se puso el uniforme que había dejado sobre una de las sillas. La ropa le olía a tabaco, alcohol y sudor, pero todavía conservaba algo del planchado del día anterior. Se ajustó la pistola y salió al pasillo de la pensión con paso arrogante. Aquel cuchitril no tenía nada que ver con la elegante casa en la que había vivido el último año, pero saber adaptarse a las nuevas circunstancias era una virtud. Además, aquello era preferible a estar en una trinchera embarrada en mitad del campo o en la cárcel. Se sentó en la mesa de la cocina y la hija de la dueña le puso un café con leche. Lo bueno de vivir en Salamanca era que allí podían encontrarse los mejores productos de toda España. Llegaban incluso alimentos de Alemania e Italia.

—Gracias, Conchita —dijo Alfonso sonriente.

La chica de dieciocho años le devolvió la sonrisa y se dirigió hacia el otro lado de la cocina. La jovencita era muy guapa. Grandes ojos negros, el pelo suelto y de color azabache, enmarcado en un rostro angelical. Alfonso se imaginó por unos instantes en la cama de su cuarto con aquel pedazo de hembra, pero decidió centrar sus pensamientos en algo más productivo.

El caso que tenía delante era la oportunidad perfecta para situarse en el futuro Estado; ya se encargaría al fi nalizar la guerra de ir a Santander y echar tierra sobre los desgraciados delitos de los que se le acusaba.

Apuró el café y salió a la calle. El SIM le había facilitado un vehículo, un lujo en plena guerra, con sufi ciente gasolina para llegar a Portugal si las cosas se torcían.

Raymond Maurer miró el reloj de pulsera y volvió a resoplar. Aquel maldito español llegaba con retraso. Sabía que en España la puntualidad era inexistente, pero aquella era una investigación militar y se suponía que los servicios secretos eran los cuerpos más serios y disciplinados del ejército.

(Continues...)



Excerpted from GERNIKA by MARIO ESCOBAR Copyright © 2012 by Mario Escobar. Excerpted by permission of Grupo Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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