Herida del abandono

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¿Ha pensado alguna vez que no es capaz de inspirar amor? ¿Ha tenido alguna vez miedo al compromiso? ¿Ha planeado abandonar a su pareja creyendo que si no lo hacía usted lo haría ella? Si la respuesta a todas esas preguntas es sí, probablemente sufre el síndrome del abandono. Este libro está escrito especialmente para usted, en él encontrará ejemplos de casos reales, análisis y consejos terapéuticos que le acompañarán en el camino de la sanación. Fruto de una larga trayectoria de trabajo con personas heridas por el abandono, esta obra ofrece una

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¿Ha pensado alguna vez que no es capaz de inspirar amor? ¿Ha tenido alguna vez miedo al compromiso? ¿Ha planeado abandonar a su pareja creyendo que si no lo hacía usted lo haría ella? Si la respuesta a todas esas preguntas es sí, probablemente sufre el síndrome del abandono. Este libro está escrito especialmente para usted, en él encontrará ejemplos de casos reales, análisis y consejos terapéuticos que le acompañarán en el camino de la sanación. Fruto de una larga trayectoria de trabajo con personas heridas por el abandono, esta obra ofrece una gran lección de amor y, por ende, una lección de vida.

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Product Details

  • ISBN-13: 9788497776400
  • Publisher: Obelisco, Ediciones S.A.
  • Publication date: 9/15/2010
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 176
  • Product dimensions: 5.30 (w) x 8.20 (h) x 0.60 (d)

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La herida del abandono

Expresa tus emociones para sanarte


By Daniel Dufour

EDICIONES OBELISCO

Copyright © 2010 Ediciones Obelisco, S. L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9777-640-0



CHAPTER 1

Orígenes del abandono


Abandono, neurosis de abandono y rechazo: algunas referencias


Las palabras no son nunca inocentes y, por poco que queramos prestarles atención, comprobamos que son portadoras de un gran significado por lo que se refiere a la materia con la que definen los seres y las cosas. La palabra «abandono» es de origen germánico y significa «al poder de». En cuanto al verbo que se deriva de ella, «abandonar», hace referencia a laisser à bandon, esto es, dejar de bando, una expresión del francés antiguo que significa que dejamos al poder de otra persona, o de nadie, la cosa, el poder o el individuo al que nos referimos. La noción de «dejar al poder del otro» se encuentra en el núcleo mismo del abandono e ilustra muy bien lo que el campesino de la Edad Media hacía cuando debía renunciar a su cosecha en provecho del señor feudal todopoderoso al que le cultivaba las tierras. El verbo «abandonar» significa también dejar, dejar de ocuparse, rechazar, excluir, apartar, repeler, echar ... La definición de «abandono» según el Petit Larousse illustré es: «Hecho de encontrarse desamparado, desatendido».

Dejar abandonado significa dejar sin cuidado, en desorden o sin protección; las tierras baldías son tierras abandonadas. Este estado puede compararse con el estado de abandono en el que puede encontrarse una persona: dejada sin cuidado y desatendida porque el otro se desentiende de ella. Etimológicamente, la palabra «abandono» contiene la palabra «ban» que, volviendo a la Edad Media, designaba el territorio sometido a la jurisdicción de un señor feudal. Este término se sigue usando en Francia hoy en día, sobre todo en Alsacia, para referirse a las tierras situadas en el territorio de una comuna. El abandonado es pues aquel al que se sitúa «fuera del ban», es decir, fuera del territorio de la comuna. Así pues, no pertenece a la comunidad o no es reconocido por ella como parte integrante de la misma. Dicho de otro modo, es marginado,* es decir, declarado indigno por la sociedad. Está desterrado, tiene prohibida la entrada al país. Eso es exactamente lo que siente el niño abandonado: se siente excluido del círculo familiar, marginado de la sociedad.

Si nos fijamos en la palabra francesa «banlieue», que significa periferia, extrarradio, y que también contiene el término «ban», tal vez seamos capaces de entender lo que sienten los habitantes de las afueras: se sienten alejados, apartados del centro, eventualmente desterrados por la otra parte de la sociedad, la que vive en el centro de la ciudad. Hay quien no duda en referirse al «estado de abandono» en el que se encuentran algunas zonas del extrarradio, y muchos habitantes de las afueras se sienten víctimas de un abandono colectivo organizado por la franja de la sociedad que tiene dinero y poder. Lo que sucede en ciertas zonas de extrarradio particularmente abandonadas por el poder público, tanto en Francia como en otros países, corresponde perfectamente a nivel colectivo a lo que vamos a describir en el plano individual.


Sentimiento de abandono

Sentirse abandonado por el marido, la mujer, el hijo, la madre, el padre, la comunidad o los amigos, significa sentirse aislado, dejado a su suerte. Es importante subrayar que este sentimiento no es una emoción y, según como sea la persona, se llevará más o menos bien. Cuando se lleva mal, el sentimiento de abandono se traduce en una serie de manifestaciones físicas y psíquicas que pueden ir desde la simple sensación de tener el corazón encogido a ansiedad, o de una depresión a agresividad. Pero lo que predomina, sobre todo, es la renuncia a uno mismo y el repliegue en uno mismo. La persona que se siente abandonada se siente marginada, por no decir indigna. Las palabras «pirata» o «bandido», que (en francés) tienen en común la palabra «ban», expresan lo que siente a menudo el que ha sido abandonado: culpabilidad y una gran sensación de desvalorización. Ésta, aunque no sea más que una manera de ver las cosas debido a la mente, provoca que la persona que se siente abandonada deduzca que no es digna de ser querida. Debo indicar que al hablar de «mente», en este caso, me estoy refiriendo a todas las barreras que ponemos para protegernos del sufrimiento que nos causa el mundo exterior, incluido el sufrimiento inherente al abandono. Más adelante volveré a tratar este punto.


Neurosis de abandono

En psiquiatría, la neurosis de abandono designa el conjunto de trastornos que presenta un abandónico. Los psicoanalistas Jean Laplanche y J.-B. Pontalis explican: «Es un término introducido por psicoanalistas suizos (Charles Odier y Guermaine Guex) y utilizado para describir un cuadro clínico en el que predominan la angustia del abandono y la necesidad de seguridad. Se trata de una neurosis cuya etiología sería edípica. No correspondería necesariamente a un abandono sufrido en la infancia. A los sujetos que presentan esta neurosis se los llama abandónicos». También se define esta entidad como sigue: «Sensación y estado psicoafectivo de inseguridad permanente, ligados al miedo irracional de ser abandonado por los padres o los familiares, sin relación con una situación real de abandono». Los abandónicos tendrían un fondo de avidez afectiva insaciable inscrito en los genes y que, de algún modo, podría ser innato. Esta avidez afectiva produciría una mezcla de angustia, agresividad reaccional (exigencias, puesta a prueba del otro para asegurarse su interés o actitudes sadomasoquistas) y desvalorización de uno mismo que se traduce en: «No me quieren porque no soy "amable", es decir, no soy capaz de inspirar amor». Todo esto conduciría a lo que algunos llaman una «mentalidad catastrofista». Utilizo conscientemente el condicional ya que las opiniones de los autores difieren hasta tal punto que las definiciones se contradicen entre sí.

Como ocurre a menudo, las definiciones científicas son complejas, así que vamos a intentar aclarar las cosas recurriendo a términos más sencillos. Fundamentalmente, en la definición del abandónico se sobrentiende que éste, en lo más hondo de su ser, es presa de una necesidad afectiva insaciable. Asimismo se sobrentiende que la imposibilidad de satisfacer esa necesidad es lo que provocaría en él diversos trastornos, como son angustias y reacciones agresivas, que a su vez producen una autodesvalorización que a continuación desembocaría en la famosa mentalidad catastrofista. Esta última noción describe el conjunto de los trastornos llamados «anormales» y «pesimistas» que sufre el abandónico como, por ejemplo, su tendencia a verlo todo negro en la vida y no creer en la belleza de las cosas y las personas. Esta definición retoma una idea de fondo de la psicología: el ser humano que sufre es anormal y, por el hecho de estar «fuera de la norma», desarrolla un conjunto de síntomas aunados en el término «síndrome» que dan prueba de su anormalidad. Así pues, habrá que atacar de frente esos síntomas con el fin de conseguir que la persona que sufre entre de nuevo en el molde, es decir, en las normas. El sufrimiento se percibe, pues, como un signo que indica que estamos fuera de la norma tal como la definen la «sociedad» y la «ciencia», antes que como un signo enviado por nuestro cuerpo para llamar la atención sobre algo que nos impedimos vivir o hacer. Por lo mismo, el sufrimiento ya no es sufrimiento: se convierte en la actitud patológica de un individuo que presenta trastornos de personalidad. Así, como por arte de magia, el individuo se siente tratado como un ser anormal, lo cual no hace más que reforzar la pésima opinión que ya tiene de sí mismo. Existe otra definición que ilustra muy bien lo que acabamos de enunciar: el síndrome del sentimiento de abandono es «esencialmente la consecuencia de una carencia de cuidados maternales que se traduce ya sea en malos tratos o en indiferencia, siendo una tan patógena como la otra ...». Serge Revel y Chantal Lacomme lo describen así. Añaden luego que el sentimiento de abandono puede producir una depresión severa. Como no comparto esta manera de analizar al ser humano, voy a intentar abordar la cuestión del sufrimiento de otro modo, adoptando como punto de partida que cualquier sufrimiento es algo que acontece a un ser único, y que la persona que lo sufre no es «anormal» de entrada.


Rechazo

He aquí otra palabra que se usa a menudo y que a muchas personas les encanta. Para otras es sinónimo de abandono. Esta palabra tampoco designa una emoción, pero implica toda una gama de sentimientos y sensaciones muy cercanas a las que provoca el abandono y que se le pueden superponer.

Algunos autores aseguran que el rechazo se vive peor que el abandono, pues se trata de un acto más violento. Se supone que el individuo que rechaza tiene una actitud activa, lo cual no se da en el abandono. Así pues, el abandono sería más pasivo que el rechazo. Esta diferencia pone en evidencia el hecho de que tanto en el abandono como en el rechazo existen dos partes que son indisociables sin las cuales ni el abandono ni el rechazo se producirían: por un lado, la persona que comete el acto de abandonar o de rechazar al otro y, por otro, la persona que sufre ese acto. Igual que no puede haber víctima sin verdugo, no hay una persona abandonada o rechazada sin otra persona que la abandone o la rechace. Al niño al que una madre entrega a los servicios sociales nada más nacer, como les ocurre a tantos niños nacidos en Francia, ¿se lo considera un niño abandonado o un niño que ha sido rechazado? En mi opinión, importa poco que haya sido abandonado o lo hayan rechazado, pues en ambos casos se sentirá abandonado o rechazado y sufrirá. Por ello, aunque el matiz que algunos hacen mereciera ser enfatizado, me cuesta considerarlo como algo esencial cuando nos referimos a lo experimentado y las consecuencias que se derivan de ello. Así pues, en este libro utilizaré preferentemente la palabra abandono en vez de rechazo. Pero, sobre todo, que los que prefieran la palabra rechazo a abandono no se sientan rechazados, ¡por favor!


Antes hemos indicado que el sentimiento de abandono o de rechazo no es en absoluto una emoción. Efectivamente, existen tres grandes familias de emociones: las alegrías, las tristezas y las iras. Los miedos y la culpabilidad no son emociones aunque se manifiesten mediante tensiones importantes y físicamente muy palpables. En realidad, no son más que creaciones de nuestra mente, como veremos más adelante.

Una emoción no es normal o anormal, buena o mala. Una emoción es ilógica y escapa de cualquier sistema de clasificación. Por sí misma no produce ningún sufrimiento. No debe ser juzgada por nadie, ni por la persona que la siente y mucho menos por una persona externa. Una emoción es natural. Es, y ya está. Es vida. Lo que genera sufrimiento no es la emoción en sí, sino el bloqueo de la emoción que impone la mente. Ya sea el bloqueo del reconocimiento de la emoción, o el bloqueo de lo que la emoción puede hacer sentir, o incluso el bloqueo de la expresión de la emoción. De hecho, la gran responsable de nuestro malestar es la mente, no la emoción. Ahora bien, la mente, como veremos, es fruto de nuestra educación. Sus puntos de referencia son la normalidad y la sociedad. Los demás, en definitiva. Por el contrario, los puntos de referencia de la persona vista en su totalidad deberían ser la naturaleza profunda del ser, su bagaje innato y su ser interior. El bebé recién nacido no tiene otro punto de referencia aparte de los que acabamos de mencionar. Siente y expresa con naturalidad sus emociones de alegría balbuceando, su tristeza llorando con lagrimones, y su enfado gritando y agitando sus puñitos bien apretados. No tiene violencia dentro ni es violento con los demás. En el estadio en el que se encuentra, su mente todavía no existe, aún no se ha desarrollado. Así pues, el bebé no puede distinguir entre el bien y el mal, se contenta con ser, está totalmente inmerso en el presente con sus emociones y su saber innato. El niño tiene emociones y las vive de la manera más natural del mundo, sin emitir ningún juicio de valor. Después, a medida que va creciendo y recibe una educación, su mente se construye y cobra importancia: el niño aprende a juzgar, a clasificar y comparar la realidad que lo rodea con las normas existentes. En ese momento es cuando aparecen los juicios de valor y empiezan las tensiones: lo que yo siento o lo que el otro siente es anormal, malo, ilógico ...

Sabemos perfectamente que si nos embarga una emoción, por mucho que pensemos que no deberíamos tenerla, no lograremos evitar que la emoción siga estando ahí, vivita y coleando. Podemos lamentar sentirla pero eso en ningún caso hará que desaparezca. Podemos soñar con que un día ya no sentiremos más una emoción así, pero debemos aceptar que ese día todavía no ha llegado. También podemos decirnos a nosotros mismos que vamos a apuntarnos a cursillos para sentir solamente cosas bonitas –porque sí, existen cursillos y personas capaces de vendernos semejantes ilusiones–, y en la espera, mientras tanto, pues aquí estamos, peleándonos con nuestras «emociones horribles».

Si sabemos que las emociones son naturales, ilógicas, y que bloquearlas provoca tensión y sufrimiento, ¿por qué nos complicamos la vida intentando hacer lo que sea menos permitirnos aceptarlas y vivirlas? ¿De qué sirve comprender si eso implica no vivir nada? Cuando nos permitimos vivir las emociones, nuestro cuerpo enseguida nos da una información importantísima: sentimos claramente una gran relajación física, señal de que estamos en la vía de empezar a respetarnos y de que la mente ha dejado de interponerse por algún tiempo. Esto explica que el sentimiento de abandono, o de rechazo, no sea en absoluto una emoción, ya que se pone de manifiesto mediante tensiones y no mediante una relajación. Por el contrario, una emoción vivida produce relajación.


De la «abandonitis» al abandono original

Como ya hemos indicado, en los textos encontramos una gran imprecisión: las definiciones se mezclan con los juicios de valor, de modo que perdemos de vista el sufrimiento real vivido por la persona que ha sufrido una experiencia de abandono. También hemos visto que la definición al uso no puede satisfacernos, ya que se sustenta sobre un razonamiento normativo imposible de aceptar. Con el objetivo de hacer frente a esta imprecisión conceptual y esta desviación del razonamiento, me permito crear el término abandonitis, un neologismo que designa a la vez el sentimiento de abandono y los trastornos físicos y psíquicos, múltiples y variados, experimentados por la persona que padece abandono, rechazo o exclusión. Este término traduce el sufrimiento de aquel que, con razón o sin ella, se siente abandonado. No tiene ninguna connotación moral, no es ni negativo ni positivo. Es, sencillamente, el nombre que se le ha dado a una entidad que, como veremos, es grande y variada. No se refiere a una norma (o normalidad) del Ser. Como cada ser es único, me parece que definir una norma, como muchos intentan hacer, es una ilusión, un intento lamentable que pretende limitar a la persona a un conjunto de rasgos y reacciones definidos por un grupo de poder –los médicos y los terapeutas– con el único fin de conservar su poder.

En el origen de la abandonitis siempre encontramos la vivencia de un abandono. Puede tratarse de un episodio que tuvo lugar o bien durante la vida fetal, o en la más tierna infancia, o en la infancia. Excepto en el caso de los abandonos debidos al exilio, la guerra, la enfermedad o la vejez, es raro que el primer abandono se produzca durante la vida adulta, lo cual no impide que muchos adultos que se enfrentan a una separación crean que ésta es el origen de su sufrimiento. Eso hasta el momento en que se dan cuenta de que el sufrimiento extremo que están sintiendo en la actualidad tiene su origen en un abandono que experimentaron mucho antes.

Sin embargo, muy a menudo sucede que el recuerdo de ese primer episodio ya no es consciente en la persona que sufre de abandonitis. También es muy corriente que la persona considere «normal» aquel episodio traumático y no necesariamente lo asocie con un abandono de verdad. Lo que hace es olvidar rápidamente o negar el trauma inicial minimizándolo o normalizándolo. Finalmente, es muy frecuente que la persona que sufre de abandonitis considere que lo que siente es totalmente desproporcionado en relación con lo que vivió.

Veamos el ejemplo de Virginia, de 24 años. Tiene miedo constantemente a que su actual compañero la deje. La psicóloga a la que va le ha dicho que sufre «dependencia afectiva». Pero este maravilloso diagnóstico no la está ayudando en absoluto a progresar en positivo, a pesar de todas las sesiones que ya ha hecho con su terapeuta. Virgina se pregunta qué podría hacer para mejorar, puesto que el diagnóstico psicológico o médico que se deriva de un análisis intelectual de los síntomas no resuelve nada desde el punto de vista del sufrimiento que padece. Ella entiende que no debería tener los miedos que tiene, pero no consigue entrar en razón. Cree que debería confiar más en sí misma, pero no lo consigue, y el hecho de recurrir al pensamiento positivo y a las medidas terapéuticas de naturaleza cognitivo-conductual propuestas por su terapeuta no la alivia.

De entrada, en la primera consulta, me resumió todo el trabajo que había hecho con su psicóloga. En la terapia se remontaron en el tiempo, lo cual permitió a Virginia darse cuenta de que empezó a tener miedo de ser abandonada desde las primeras relaciones afectivas que mantuvo con personas del otro sexo. O bien el otro la dejó o bien fue ella quien rompió la relación, explica. También analizó la relación con su padre que, según dice, es excelente, pues no tiene nada que reprocharle. La relación con su madre es armónica y pacífica. ¿Entonces por qué recurre a mí? Porque dice querer curarse de «esta dependencia afectiva enfermiza» que sufre desde la adolescencia.


(Continues...)

Excerpted from La herida del abandono by Daniel Dufour. Copyright © 2010 Ediciones Obelisco, S. L.. Excerpted by permission of EDICIONES OBELISCO.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.

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Table of Contents

Contents

Introducción, 7,
Capítulo 1: Orígenes del abandono, 11,
Capítulo 2: Sentirse abandonado, 45,
Capítulo 3: Actitudes sociales de la persona abandonada, 75,
Capítulo 4: Actitudes afectivas de la persona abandonada, 93,
Capítulo 5: ¿Cómo curar la abandonitis?, 113,
Conclusión: todo es amor, 165,
Notas y referencias, 169,

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