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Historia De La Guerra De Granada
     

Historia De La Guerra De Granada

by Diego Hurtado De Mendoza
 

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La Historia de la guerra de Granada (1610), crónica dividida en tres libros, fue publicada por Luis Tribaldos de Toledo tras circular largo tiempo en manuscritos. La Historia narra el origen de la guerra y su desarrollo, analiza las relaciones entre el poder civil y el militar y la aristocracia, y defiende casi siempre al mundo islámico. El estilo recuerda a

Overview

La Historia de la guerra de Granada (1610), crónica dividida en tres libros, fue publicada por Luis Tribaldos de Toledo tras circular largo tiempo en manuscritos. La Historia narra el origen de la guerra y su desarrollo, analiza las relaciones entre el poder civil y el militar y la aristocracia, y defiende casi siempre al mundo islámico. El estilo recuerda a historiadores latinos como Salustio y Tácito, en la introducción de discursos, retratos y reflexiones morales y en la sobriedad narrativa. Hurtado de Mendoza fue guerrero, humanista, diplomático y un poeta célebre en Europa. Escribió este libro al final de su vida. Había regresado a Granada, desterrado, en medio de un ambiente hostil.

Product Details

ISBN-13:
9788496290624
Publisher:
Red Ediciones
Publication date:
01/01/2007
Pages:
156
Product dimensions:
5.50(w) x 8.50(h) x 0.40(d)

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Historia de la Guerra de Granada


By Diego Hurtado de Mendoza

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-96290-62-4



CHAPTER 1

LIBRO I


Mi propósito es escribir la guerra que el Rey Católico de España don Felipe el II, hijo del nunca vencido emperador don Carlos, tuvo en el reino de Granada contra los rebeldes nuevamente convertidos, parte de la cual yo vi y parte entendí de personas que en ella pusieron las manos y el entendimiento. Bien sé que muchas cosas de las que escribiere parecerán a algunos livianas y menudas para historia, comparadas a las grandes que de España se hallan escritas: guerras largas de varios sucesos; tomas y desolaciones de ciudades populosas; reyes vencidos y presos; discordias entre padres y hijos, hermanos y hermanos, suegros y yernos; desposeídos, restituidos, y otra vez desposeídos, muertos a hierro; acabados linajes; mudadas sucesiones de reinos; libre y extendido campo y ancha salida para los escritores. Yo escogí camino más estrecho, trabajoso, estéril y sin gloria; pero provechoso y de fruto para los que adelante vinieren: comienzos bajos, rebelión de salteadores, junta de esclavos, tumulto de villanos, competencias, odios, ambiciones y pretensiones; dilación de provisiones, falta de dinero, inconvenientes o no creídos, o tenidos en poco; remisión y flojedad en ánimos acostumbrados a entender, proveer, y disimular mayores cosas; y así, no será cuidado perdido considerar de cuán livianos principios y causas particulares se viene a colmo de grandes trabajos, dificultades y daños públicos, y cuasi fuera de remedio. Verase una guerra, al parecer tenida en poco, y liviana dentro en casa; mas fuera estimada y de gran coyuntura; que en cuanto duró tuvo atentos, y no sin esperanza, los ánimos de príncipes amigos y enemigos, lejos y cerca; primero cubierta y sobresanada, y al fin descubierta parte con el miedo y la industria y parte criada con el arte y ambición. La gente que dije, pocos a pocos junta, representada en forma de ejércitos; necesitada España a mover sus fuerzas, para atajar el fuego; el rey salir de su reposo, y acercarse a ella; encomendar la empresa a don Juan de Austria, su hermano, hijo del emperador don Carlos, a quien la obligación de las victorias del padre moviese a dar la cuenta de sí que nos muestra el suceso. En fin, pelearse cada día con enemigos, frío, calor, hambre, falta de municiones, de aparejos en todas partes; daños nuevos, muertes a la continua; hasta que vimos a los enemigos, nación belicosa, entera, armada, y confiada en el sitio, en el favor de los bárbaros y turcos, vencida, rendida, sacada de su tierra, y desposeída de sus casas y bienes; presos, y atados hombres y mujeres; niños cautivos vendidos en almoneda o llevados a habitar a tierras lejos de la suya: cautiverio y transmigración no menor, que las que de otras gentes se leen por las historias. Victoria dudosa, y de sucesos tan peligrosos, que alguna vez se tuvo duda si éramos nosotros o los enemigos los a quien Dios quería castigar; hasta que el fin della descubrió, que nosotros éramos los amenazados, y ellos los castigados. Agradezcan, y acepten esta mi voluntad libre, y lejos de todas las cosas de odio o de amor, los que quisieren tomar ejemplo o escarmiento; que esto solo pretendo por remuneración de mi trabajo, sin que de mi nombre quede otra memoria. Y porque mejor se entienda lo de adelante, diré algo de la fundación de Granada, qué gentes la poblaron al principio, cómo se mezclaron, cómo hubo este nombre, en quién comenzó el reino della; puesto que no sea conforme a la opinión de muchos; pero será lo que hallé en los libros arábigos de la tierra, y los de Muley Hacen, rey de Túnez, y lo que hasta hoy queda en la memoria de los hombres, haciendo a los autores cargo de la verdad.

La ciudad de Granada, según entiendo, fue población de los de Damasco (724), que vinieron con Tarif su capitán, y diez años después que los alárabes echaron a los godos del señorío de España, la escogieron por habitación; porque en el suelo y aire parecía más a su tierra. Primero asentaron en Libira, que antiguamente llamaban Illiberis, y nosotros Elvira, puesta en el monte contrario de donde ahora está la ciudad; lugar falto de agua, de poco aprovechamiento, dicho el Cerro de los Infantes, porque en él tuvieron su campo los infantes don Pedro y don Juan, cuando murieron rotos por Ozmín, capitán del rey Ismael. Era Granada uno de los pueblos de Iberia, y había en él la gente que dejó Tarif Abentiet después de haberla tomado por luengo cerco; pero poca, pobre, y de varias naciones, como sobras de lugar destruido. No tuvieron rey hasta Habuz Aben Habuz (1014), que juntó los moradores de uno y otro lugar, fundando ciudad a la torre de San Josef, que llamaban de los Judíos, en el alcazaba; y su morada en la casa del Gallo, a San Cristóbal, en el Albaicín. Puso en lo alto su estatua a caballo con lanza y adarga, que a manera de veleta se revuelve a todas partes, y letras que dicen: «Dijo Habuz Aben Habuz el sabio, que así se debe defender el Andalucía». Dicen que del nombre de Naath su mujer, y por mirar al poniente (que en su lengua llaman garb), la llamó Garbnaath, como Naath la del poniente. Los alárabes y asianos hablan de los sitios como escriben; al contrario y revés que las gentes de Europa. Otros, que de una cueva a la puerta de Bibataubín, morada de la Cava, hija del conde Julián el traidor, y de Nata, que era su nombre propio, se llamó Garnata, la cueva de Nata. Porque el de la Cava, todas las historias arábigas afirman, que le fue puesto por haber entregado su voluntad al rey de España don Rodrigo, y en la lengua de los alárabes cava quiere decir mujer liberal de su cuerpo. En Granada dura este nombre por algunas partes, y la memoria en el soto y torre de Roma, donde los moros afirman haber morado; no embargante que los que tratan de la destrucción de España, ponen que padre y hija murieron en Ceuta. Y los edificios que se muestran de lejos a la mar sobre el monte, entre las Cuejinas y Xarjel al poniente de Argel, que llaman Sepulcro de la Cava cristiana, cierto es haber sido un templo de la ciudad de Cesárea hoy destruida, y en otros tiempos cabeza de la Mauritania, a quien dio el nombre de Cesariense. Lo de la amiga del rey Abenhut, y la compra que hizo, a ejemplo de Dido, la de Cartago, cercando con un cuero de buey cercenado el sitio donde ahora está la ciudad, los mismos moros lo tienen por fabuloso. Pero lo que se tiene por más verdadero entre ellos, y se halla en la antigüedad de sus escripturas, es haber tomado el nombre de una cueva, que atraviesa de aquella parte de la ciudad hasta la aldea que llaman Alfacar, que en mi niñez yo vi abierta y tenida por lugar religioso, donde los ancianos de aquella nación curaban personas tocadas de la enfermedad que dicen demonio. Esto cuanto al nombre que tuvo en la edad de los moros: tanta variedad hay en las historias arábigas, aunque las llaman ellos Escripturas de la verdad. En la nuestra conformando el sonido del vocablo con la lengua castellana, la decimos Granada, por ser abundante. Habuz Aben Habuz deshizo el reino de Córdoba, y puso a Idriz en el señorío del Andalucía. Con esto, con el desasosiego de las ciudades comarcanas, con las guerras que los reyes de Castilla hacían, con la destrucción de algunas, juntos los dos pueblos en uno, fue maravilla en cuan poco tiempo Granada vino a mucha grandeza. Dende entonces no faltaron reyes en ella hasta Abenhut, que echó de España los almohades, y hizo a Almería cabeza del reino. Muerto Abenhut a manos de los suyos, con el poder y armas del Rey Santo don Fernando el Tercero, tomaron los de Granada por rey a Mahamet Alhamar, que era señor de Arjona, y volvió la silla del reino de Granada, la cual fue en tanto crecimiento, que en tiempo del rey Bulhaxix, cuando estaba en mayor prosperidad, tenía setenta mil casas, según dicen los moros; y en alguna edad hizo tormenta, y en muchas puso cuidado a los reyes de Castilla. Hay fama que Bulhaxix halló el alquimia, y con el dinero della cercó el Albaicín; dividiole de la ciudad, y edificó el Alhambra con la torre que llaman de Comares (porque cupo a los de Comares fundalla); aposento real y nombrado, según su manera de edificio, que después acrecentaron diez reyes sucesores suyos cuyos retratos se ven en una sala; alguno de ellos conocido en nuestro tiempo por los ancianos de la tierra.

Ganaron a Granada los reyes llamados Católicos, Fernando e Isabel (1492), después de haber ellos y sus pasados sojuzgado, y echado los moros de España en guerra continua de setecientos setenta y cuatro años, y cuarenta y cuatro reyes; acabada en tiempo, que vimos al rey último Boabdelí (con grande exaltación de la fe cristiana), desposeído de su reino y ciudad, y tornado a su primera patria allende la mar. Recibieron las llaves de la ciudad en nombre de señorío, como es costumbre de España; entraron al Alhambra, donde pusieron por alcaide y capitán general a don Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, hombre de prudencia en negocios graves, de ánimo firme, asegurado con luenga experiencia de reencuentros y batallas ganadas, lugares defendidos contra moros en la misma guerra; y por prelado pusieron a fray Fernando de Talavera, religioso de la orden de San Jerónimo, cuyo ejemplo de vida y santidad España celebra, y de los que viven, algunos hay testigos de sus milagros. Diéronles compañía calificada y conveniente para fundar república nueva; que había de ser cabeza de reino, escudo y defensión contra los moros de África, que en otros tiempos fueron sus conquistadores. Mas no bastaron estas provisiones, aunque juntas, para que los moros (cuyos ánimos eran desasosegados y ofendidos), no se levantasen en el Albaicín, temiendo ser echados de la ley, como del estado; porque los reyes, queriendo que en todo el reino fuesen cristianos, enviaron a fray Francisco Jiménez, que fue arzobispo de Toledo y cardenal, para que los persuadiese; mas ellos, gente dura, pertinaz, nuevamente conquistada, estuvieron reacios. Tomose concierto que los renegados o hijos de renegados tornasen a nuestra fe, y los demás quedasen en su ley por entonces. Tampoco esto se observaba, hasta que subió al Albaicín un alguacil, llamado Barrionuevo, a prender dos hermanos renegados en casa de la madre. Alborotose el pueblo, tomaron las armas, mataron al alguacil, y barrearon las calles que bajan a la ciudad; eligieron cuarenta hombres autores del motín para que los gobernasen, como acontece en las cosas de justicia escrupulosamente fuera de ocasión ejecutadas. Subió el conde de Tendilla al Albaicín, y después de habérsele hecho alguna resistencia, apedreándole el adarga (que es entre ellos respuesta de rompimiento), se la tornó a enviar: al fin la recibieron, y pusiéronse en manos de los reyes, con dejar sus haciendas a los que quisiesen quedar cristianos en la tierra, conservar su hábito y lengua, no entrar la Inquisición hasta ciertos años, pagar fardas y las guardas: dioles el Conde por seguridad sus hijos en rehenes. Hecho esto, salieron huyendo los cuarenta electos, y levantaron a Güéjar, Lanjarón, Andarax, y últimamente Sierra Bermeja, nombrada por la muerte de don Alonso de Aguilar, uno de los más celebrados capitanes de España, grande en estado y linaje. Sosegó el conde de Tendilla y concertó el motín de Albaicín; tomó a Güéjar, parte por fuerza, parte rendida sin condición, pasando a cuchillo los moradores y defensores. En la cual empresa, dicen que por no ir a Sierra Bermeja, debajo de don Alonso de Aguilar, su hermano, con quien tuvo emulación, se halló a servir y fue el primero que por fuerza entró en el barrio de abajo, Gonzalo Fernández de Córdoba, que vivía a la sazón en Loja dendeñado de los Reyes Católicos, abriendo ya el camino para el título de Gran Capitán, que a solas dos personas fue concedido en tantos siglos: una entre los griegos caído el imperio en tiempo de los emperadores Comnenos, como a restaurador y defensor dél, a Andrónico Contestefano, llamándole megaduca, vocablo bárbaramente compuesto de griego y latino, como acontece con los estados perderse la elegancia de las lenguas; otra a Gonzalo Fernández entre los españoles y latinos, por la gloria de tantas victorias suyas, como viven y vivirán en la memoria del mundo. Halláronse allí entre otros Alarcón sin ejercicio de guerra, y Antonio de Leiva, mozo teniente de la compañía de Juan de Leiva, su padre, y después sucesor en Lombardía de muchos capitanes generales señalados, y a ninguno de ellos inferior en victorias. La presencia del Rey Católico dio fin con mayor autoridad a esta guerra; mas guardose el rincón de Sierra Bermeja para la muerte de don Alonso de Aguilar; que ganada la sierra y rotos los moros, fue necesitado a quedar en ella con la oscuridad de la noche, y con ella misma le acometieron los enemigos, rompiendo su vanguardia. Murió don Alonso peleando, y salvose su hijo don Pedro entre los muertos: salió el conde de Ureña, aunque dando ocasión a los cantares y libertad española; pero como buen caballero.

Sosegada esta rebelión también por concierto, diéronse los Reyes Católicos a restaurar y mejorar a Granada en religión, gobierno y edificios: establecieron el cabildo, baptizaron los moros, trujeron la Cancillería, y dende a algunos años vino la Inquisición. Gobernábase la ciudad y reino, como entre pobladores y compañeros, con una forma de justicia arbitraria, unidos los pensamientos, las resoluciones encaminadas en común al bien público: esto se acabó con la vida de los viejos. Entraron los celos; la división sobre causas livianas entre los ministros de justicia y de guerra; las concordias en escrito confirmadas por cédulas; traído el entendimiento dellas por cada una de las partes a su opinión; la ambición de querer la una no sufrir igual, y la otra conservar la superioridad, tratada con más disimulación que modestia. Duraron estos principios de discordia disimulada y manera de conformidad sospechosa el tiempo de don Luis Hurtado de Mendoza, hijo de don Íñigo, hombre de gran sufrimiento y templanza; mas sucediendo otros, aunque de conversación blanda y humana, de condición escrupulosa y propria, fuese apartando este oficio del arbitrio militar, fundándose en la legalidad y derechos, y subiéndose hasta el peligro de la autoridad, cuanto a las preeminencias: cosas que cuando estiradamente se juntan, son aborrecidas de los menores y sospechosas a los iguales. Vínose a causas y pasiones particulares, hasta pedir jueces de términos; no para divisiones o suertes de tierras, como los romanos y nuestros pasados, sino con voz de restituir al rey o al público lo que le tenían ocupado, y intento de echar algunos de sus heredamientos. Éste fue uno de los principios en la destrucción de Granada, común a muchas naciones; porque los cristianos nuevos, gente sin lengua y sin favor, encogida y mostrada a servir, veían condenarse, quitar o partir las haciendas que habían poseído, comprado o heredado de sus abuelos, sin ser oídos. Juntáronse con estos inconvenientes y divisiones, otros de mayor importancia, nacidos de principios honestos, que tomaremos de más alto.

Pusieron los Reyes Católicos el gobierno de la justicia y cosas públicas en manos de letrados, gente media entre los grandes y pequeños, sin ofensa de los unos ni de los otros; cuya profesión eran letras legales, comedimiento, secreto, verdad, vida llana y sin corrupción de costumbres; no visitar, no recebir dones no profesar estrecheza de amistades, no vestir, ni gastar suntuosamente; blandura y humanidad en su trato, juntarse a horas señaladas para oír causas o para determinallas, y tratar del bien público. A su cabeza llaman presidente, más porque preside a lo que se trata, y ordena lo que se ha de tratar, y prohíbe cualquier desorden, que porque los manda. Esta manera de gobierno, establecida entonces con menos diligencia, se ha ido extendiendo por toda la cristiandad, y está hoy en el colmo de poder y autoridad: tal es su profesión de vida en común, aunque en particular haya algunos que se desvíen. A la suprema congregación llaman Consejo Real, y a las demás cancillerías; diversos nombres en España, según la diversidad de las provincias. A los que tratan en Castilla lo civil llaman oidores; y a los que tratan lo criminal alcaldes (que en cierta manera son sujetos a los oidores): los unos y los otros por la mayor parte ambiciosos de oficios ajenos y profesión que no es suya, especialmente la militar, persuadidos del ser de su facultad, que (según dicen), es noticia de cosas divinas y humanas, y ciencia de lo que es justo e injusto; y por esto amigos en particular de traer por todo, como superiores, su autoridad, y apuralla a veces hasta grandes inconvenientes y raíces de los que agora se han visto. Porque en la profesión de la guerra se ofrecen casos, que a los que no tienen plática della parecen negligencias; y si los procuran emendar, cáese en imposibilidades y lazos, que no se pueden desenvolver, aunque en ausencia se juzgan diferentemente. Estiraba el Capitán General su cargo sin equidad, y procuraban los ministros de justicia enmendallo. Esta competencia fue causa que menudeasen quejas y capítulos al rey; con que cansados los consejeros, y él con ellos, las provisiones saliesen varias o ningunas, perdiendo con la oportunidad el crédito; y se proveyesen algunas cosas de pura justicia, que atenta la calidad de los tiempos, manera de las gentes, diversidad de ocasiones requerían templanza o dilación. Todo lo de hasta aquí se ha dicho por ejemplo y como muestra de mayores casos, con fin que se vea de cuán livianos principios se viene a ocasiones de grande importancia, guerras, hambres, mortandades, ruinas de estados, y a veces de los señores de ellos. Tan atenta es la Providencia divina a gobernar el mundo y sus partes, por orden de principios y causas livianas que van creciendo por edades, si los hombres las quisiesen buscar con atención.


(Continues...)

Excerpted from Historia de la Guerra de Granada by Diego Hurtado de Mendoza. Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
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Meet the Author

Diego Hurtado de Mendoza (Granada, 1503-Madrid, 1575). Espa�a. Hijo del conde de Tendilla, gobernador de Granada tras la derrota �rabe de 1492, y biznieto del marqu�s de Santillana. Tuvo la oportunidad de visitar los centros culturales m�s importantes de la �poca, y conoci� a Garcilaso de la Vega y a Juan Bosc�n. Estudi� en Granada y continu� su formaci�n en Salamanca, y despu�s en Italia. Fue embajador en Inglaterra y Venecia, y en 1542 represent� al emperador Carlos V en el Concilio de Trento. En 1547 fue nombrado embajador y capit�n general de Siena, donde sofoc� una rebeli�n. M�s tarde fue embajador en Roma. Ejerci� adem�s como consejero de Estado durante el reinado de Felipe II, pero fue desterrado al castillo de La Mota por una disputa con el duque de Leiva, y luego a Granada, donde particip� en la guerra contra los �rabes.

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