Homer y Langley

Homer y Langley

by E. L. Doctorow
     
 

Product Details

ISBN-13:
9788493722876
Publisher:
Roca Ediciones S.A.
Publication date:
07/15/2010
Edition description:
Spanish-language Edition
Pages:
203
Product dimensions:
5.60(w) x 8.20(h) x 0.60(d)

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Homer y Langley


By E. L. Doctorow, Isabel Ferrer, Carlos Milla

Roca Editorial

Copyright © 2009 E. L. Doctorow
All rights reserved.
ISBN: 978-1-5040-0577-7


CHAPTER 1

Homer y Langley


Soy Homer, el hermano ciego. No perdí la vista de golpe, fue como en el cine: un fundido lento. Cuando me dijeron lo que ocurría, me interesó medirlo; entonces tenía menos de veinte años, y todo me despertaba curiosidad. Lo que hice ese invierno en particular fue situarme a cierta distancia del lago de Central Park, donde patinaba la gente, y ver qué veía y qué no veía conforme los días iban pasando. Las casas de Central Park West fueron lo primero en desaparecer: se oscurecieron como si se disolvieran en el cielo oscuro hasta que dejé de distinguirlas; luego empezaron a perder su forma los árboles y al final, esto ya en las postrimerías de la estación, quizás a últimos de febrero de ese invierno tan frío, ya sólo veía las siluetas espectrales de los patinadores flotar ante mí sobre un campo de hielo, y el hielo blanco, esa última luz, pasó a ser primero gris y después totalmente negro, y perdí la vista por completo, aunque sí oía con toda claridad el chis chas de las cuchillas sobre el hielo, un sonido muy gratificante, un sonido suave aunque plenamente intencionado, de un tono más grave del que cabría esperar en las cuchillas de los patines, quizá porque tañían el contrabajo resonante del agua bajo el hielo, chis chas, chis chas. Oía a alguien deslizarse rápidamente en una dirección, y de pronto el viraje rematado con un largo chaaasc en el momento de detenerse el patinador, y de pronto me echaba a reír por el regocijo que me producía esa habilidad del patinador para detenerse en seco, para deslizarse con su chis chas y parar de pronto con su chaaasc.

Naturalmente aquello también me entristeció, pero fue una suerte que me ocurriese entonces, en plena juventud, cuando, sin noción de estar convirtiéndome en un inválido, pasé a aprovechar en mi mente otras aptitudes, como un oído extraordinario, que desarrollé hasta niveles de alerta casi visuales. Langley me decía que tenía el oído de un murciélago, e intentó demostrar la proposición, ya que le gustaba someterlo todo a examen. Yo conocía bien nuestra casa, por supuesto, la conocía de arriba abajo, sus cuatro plantas, y podía desplazarme por todas las habitaciones y subir y bajar por la escalera sin la menor vacilación, sabiendo de memoria dónde estaba todo. Me conocía la sala de diario, el gabinete de nuestro padre, la sala de estar de nuestra madre, el comedor con sus dieciocho sillas y la larga mesa de nogal, la despensa y la cocina, el gran salón, los dormitorios; recordaba el número de peldaños alfombrados entre las plantas, ni siquiera tenía que sujetarme a la barandilla; cualquiera que no me conociese no se habría dado cuenta al verme de que se me había apagado la vista. Pero Langley sostenía que sólo si no intervenía la memoria tendríamos la verdadera demostración de mi capacidad auditiva, así que cambió las cosas un poco de sitio, me llevó a la sala de música, donde previamente había arrastrado el piano de cola a un rincón distinto y había puesto en medio de la sala el biombo japonés, con su dibujo de unas garzas en el agua, y para no quedarse corto me dio varias vueltas en el umbral de la puerta hasta anular por entero mi sentido de la orientación, y no pude menos que reírme porque, mira por dónde, rodeé el biombo y me senté ante el piano tal como si supiera dónde lo había puesto Langley, como así era: yo oía las superficies, y le dije a Langley: Un murciélago ciego silba, eso hace, pero yo ni he tenido que silbar, ¿a que no? Langley no salía de su asombro; Langley es el mayor, me lleva dos años, y siempre he procurado impresionarlo como fuera. Para entonces él ya estudiaba primero de carrera, en Columbia. ¿Cómo lo haces?, preguntó. Esto tiene interés científico. Contesté: Siento las formas por el aire que desplazan, o siento el calor de las cosas, y por más vueltas que me des, incluso hasta marearme, te diré dónde el aire está lleno de algo sólido.

Y también hubo otras compensaciones. Tuve profesores particulares para mi educación y además, claro, seguí asistiendo sin problemas al Conservatorio de Música del West End, donde estudiaba ya antes de la invidencia. Gracias a ese talento para el piano, mi ceguera resultaba aceptable en sociedad. Con los años, la gente empezó a hablar de mi galantería, y desde luego atraía a las chicas. En nuestros círculos neoyorquinos de esa época, uno de los recursos de los padres para garantizar el matrimonio de una hija con un marido adecuado era prevenirla, al parecer desde su nacimiento, para que se anduviera con cuidado con los hombres y no se fiase del todo de ellos. Hablo de mucho antes de la Primera Guerra Mundial, cuando los tiempos de las flappers y las mujeres que fumaban y bebían martini pertenecían a un futuro inimaginable. Por tanto, un joven ciego, apuesto y de buena familia, despertaba especial interés en la medida en que no podía, ni siquiera a escondidas, hacer nada impropio. Su desvalimiento ejercía gran atracción en una mujer educada desde la infancia para ser ella misma una desvalida. En esas circunstancias, la mujer se sentía fuerte, al mando, y afloraba su sentido de la compasión; yo, con mi invidencia, podía conseguir muchas cosas. Ella podía expresarse, abandonarse a sentimientos contenidos, como no podía hacer con un joven normal. Yo vestía bien, me afeitaba con mi navaja sin cortarme ni una sola vez, y el barbero, por indicación mía, me mantenía el pelo un poco más largo de como se llevaba en aquel entonces, y así, cuando en alguna reunión social me sentaba al piano y tocaba la Appassionata, por ejemplo, o el Estudio Revolucionario, se me agitaba el pelo; entonces lo tenía muy abundante, una buena mata castaña, con raya al medio, cayendo a los lados. Un auténtico peinado a lo Franz Listz, eso era. Y si estábamos sentados en un sofá y no había nadie más en las inmediaciones, una joven amiga podía besarme, acariciarme la cara y besarme, y yo, ciego como era, podía apoyar la mano en su muslo sin aparente intencionalidad, y ella quizás ahogaba una exclamación, pero no pasaba de ahí por temor a violentarme.

Debo añadir que, como hombre que nunca se ha casado, he sido especialmente sensible a las mujeres; de hecho, las he tenido en gran estima, y reconozco ya aquí que viví una o dos experiencias sexuales en esta época que describo, esta época de vida urbana ya invidente, en mi papel de joven apuesto rondando los veinte años, cuando nuestros padres aún vivían y ofrecían muchas veladas, y recibían a la flor y nata de la ciudad en nuestra casa, una casa que era un homenaje monumental al diseño victoriano tardío y no se vería afectada por la modernidad —como por ejemplo la concepción del interiorismo de Elsie de Wolfe, amiga de la familia, quien, ante la negativa de mi padre a permitirle reformar toda la mansión, no volvió a poner los pies en ella—, y que a mí siempre me resultó cómoda, sólida, fiable, con sus grandes muebles tapizados, o las sillas acolchadas estilo Imperio, o los tupidos cortinajes sobre los visillos en las altas ventanas, o los tapices medievales colgados de barras doradas, y las estanterías empotradas, las gruesas alfombras persas, y las lámparas de pie con borlas colgando de las pantallas y las parejas de ánforas de imitación china en las que casi cabía una persona ... todo era muy ecléctico, en cierto modo un registro de los viajes de nuestros padres, y quizás a los visitantes les resultaba un tanto abigarrado, pero a nosotros nos parecía bien y normal, y era nuestro legado, de Langley y mío, esa sensación de vivir con objetos rotundamente inanimados, y tener que circundarlos.

Nuestros padres pasaban un mes al año en el extranjero, viajando en tal o cual transatlántico. Se despedían desde la barandilla de algún barco con tres o cuatro chimeneas —¿el Carmania? ¿el Mauretania? ¿el Neurastania?— cuando se apartaba del muelle. Se los veía tan pequeños allí arriba, tan pequeños como me sentía yo, bien cogido de la mano de mi niñera, y resonando la sirena del barco en mis pies y volando las gaviotas alrededor como en un acto de celebración, como si realmente ocurriera algo extraordinario. A menudo me preguntaba qué sería de las pacientes de mi padre durante sus ausencias, porque era un eminente médico de mujeres y me preocupaba que pudieran enfermar y acaso morir en espera de su regreso.

Mientras mis padres andaban aún por Inglaterra, o Italia, o Grecia o Egipto, o dondequiera que estuviesen, su regreso venía presagiado por objetos embalados en cajas y entregados en la puerta de atrás por la Railway Express Company: azulejos islámicos antiguos, o libros raros, o una fuente de mármol, o bustos de romanos a los que faltaba la nariz o una oreja, o armaduras con su olor fecal.

Y finalmente, con grandes alharacas, cuando ya casi ni me acordaba de ellos, allí estaban, Madre y Padre apeándose del taxi delante de casa, y acarreando en sus brazos tesoros aún superiores a los que los habían precedido. No eran padres del todo desatentos, ya que siempre nos traían regalos a Langley y a mí, cosas que ciertamente despertaban el entusiasmo de un niño, como un tren de juguete antiguo tan delicado que no se podía jugar con él, o un cepillo para el pelo chapado en oro.

* * *

Nosotros, mi hermano y yo, a veces también viajábamos, en tanto que participantes asiduos en campamentos de verano durante nuestra infancia. Íbamos a uno en Maine, situado en una meseta costera con bosques y campos, un sitio idóneo para aprender a valorar la Naturaleza. Cuanto más enterrado se hallaba nuestro país bajo capas de humo industrial, cuanto más carbón se extraía ruidosamente de las minas, cuantas más locomotoras descomunales atronaban en la noche y más cosechadoras enormes surcaban los campos de cultivo y más coches negros pululaban por las calles, dando bocinazos y estrellándose unos contra otros, tanto más veneraba la Naturaleza el pueblo americano. Con frecuencia esta devoción se delegaba en los niños. Así que allí estábamos, viviendo en primitivas cabañas de Maine, niños y niñas en campamentos contiguos.

Por aquel entonces yo me encontraba en la plenitud de mis sentidos. Tenía las piernas ágiles y los brazos fuertes y nervudos, y veía el mundo con la felicidad inconsciente de un muchacho de catorce años. No lejos de los campamentos, en lo alto de un promontorio con vistas al mar, se extendía una amplia pradera llena de zarzales, y una tarde varios de nosotros estábamos allí recogiendo moras maduras e hincando el diente en el pericarpio de su pulpa húmeda y tibia, compitiendo con formaciones de abejorros, echándoles carreras de un matorral a otro y llenándonos la boca de moras hasta que el jugo nos resbalaba por la barbilla. Densas comunidades de mosquitos se elevaban y descendían en el aire, se expandían y contraían, como fenómenos astronómicos. Y el sol iluminaba nuestras cabezas, y detrás de nosotros, al pie del acantilado, las rocas negras y plateadas recibían y desintegraban pacientemente las olas y, más allá, en el mar reluciente, destellaban esquirlas de sol, y todo ello desplegándose ante mi vista clara a la vez que me volvía triunfalmente hacia cierta chica con quien había establecido un lazo —Eleanor se llamaba—, abría los brazos y hacía una reverencia como un mago que hubiera hecho aparecer todo aquello para ella. Y sin saber muy bien cómo, cuando los otros siguieron adelante, nosotros, en un acto de complicidad, nos rezagamos detrás de un zarzal hasta que se desvanecieron los ruidos de los demás y nos quedamos allí sin vigilancia, quebrantando las normas del campamento, y autodefiniéndonos así como personas más adultas de lo que nos consideraban, aunque recorrimos el camino de regreso cada vez más pensativos, y nos cogimos de la mano casi sin darnos cuenta.

¿Existe un amor más puro que éste, cuando uno ni siquiera sabe qué es? Ella tenía la mano húmeda y cálida, esa tal Eleanor, y los ojos y el pelo oscuros. A ninguno de los dos nos abochornaba que ella me sacara más de una cabeza de altura. Recuerdo su ceceo, cómo se le atascaba la punta de la lengua al pronunciar la ese. No era una de esas chicas con el aplomo de la alta sociedad que tanto abundaban en el campamento femenino. Vestía el mismo uniforme que las demás, calzones grises y camisa verde, pero era un tanto solitaria, y a mí me parecía distinguida, atractiva, considerada, y en un estado de anhelo semejante al mío. Anhelo de qué, ninguno de los dos habría sabido decirlo. Ése fue mi primer afecto declarado, y tan serio que ni siquiera Langley, alojado en otra cabaña con los de su edad, se burló de mí. Trencé un cordón para Eleanor y le tallé y decoré una pequeña canoa con un trozo de corteza de abedul.

Ah, pero esto que me ha dado por contar es en realidad una historia triste. Una arboleda separaba los dos campamentos, el de los niños y el de las niñas, y a lo largo se alzaba una alambrada de esas que se emplean para impedir el paso de los animales; para los chicos mayores era, pues, una fuga en toda regla saltar la valla o cavar un túnel por debajo de ella y, en un desafío a la autoridad, cruzar el campamento de las chicas a todo correr, dando voces y eludiendo a los monitores que los perseguían y aporreando las puertas de las cabañas para provocar chillidos de satisfacción. Eleanor y yo, en cambio, atravesábamos la valla para vernos cuando todo el mundo dormía y pasear bajo las estrellas y filosofar sobre la vida. Y fue así como una cálida noche de agosto, tras recorrer un par de kilómetros por la carretera, fuimos a dar a un hotel consagrado, como nuestro campamento, al retorno a la naturaleza. Pero era para adultos, para padres. Atraídos por el parpadeo de una luz en la mansión por lo demás a oscuras, nos acercamos al porche de puntillas y, por la ventana, vimos algo que nos dejó estupefactos, una escena de lo que más adelante se conocería como cine porno. Para su licenciosa proyección, se valían de una pantalla portátil parecida a una gran persiana. En la luz reflejada, vimos los perfiles de un público adulto, todos muy atentos, inclinados en sus sillones y sofás. Recuerdo el sonido del proyector no muy lejos de la ventana abierta, el chirrido que producía, como un campo de grillos. En la pantalla, la mujer, desnuda salvo por unos zapatos de tacón, yacía de espaldas en una mesa, y el hombre, también desnudo pero de pie, le sujetaba las piernas por debajo de las rodillas, quedando ella en posición de acoger su órgano, cuyo descomunal tamaño él se aseguró de exhibir ante el público previamente. Era un hombre feo, calvo y escuálido, que sólo destacaba por ese rasgo desproporcionado. Mientras embestía una y otra vez dentro de la mujer, ella se mesaba los cabellos a la vez que pataleaba convulsamente, hendiendo el aire ora con un tacón, ora con otro en rápida sucesión, como si la sacudiera una descarga eléctrica. Yo me sumí en un estado de fascinación, de espanto, pero a la vez aquello me llevó a tal nivel de emoción antinatural que se acercaba a la náusea. Ahora no me extraña que, al inventarse el cine, se vieran enseguida sus posibilidades pornográficas.

¿Dejó escapar mi amiga un grito ahogado? ¿Me cogió de la mano para alejarme de allí? Si fue así, no me di cuenta. Pero cuando salí mínimamente de mi estupor, me volví y ella ya no estaba. Desanduve el camino a todo correr, y esa noche de luna, una noche tan en blanco y negro como la película, no vi a nadie en la carretera por delante de mí. Quedaban aún unas semanas para acabarse el verano, pero mi amiga Eleanor ya no volvió a dirigirme la palabra nunca más, ni me miró siquiera, decisión que yo acepté como cómplice, por razones de género, del protagonista masculino. Ella hizo bien en huir de mí, porque esa noche el romanticismo quedó derrocado en mi mente y en su lugar se entronizó la idea de que el sexo era algo que uno le hacía a ellas, a todas ellas, incluida la pobre Eleanor, tan alta y tímida. Es una ilusión pueril, incluso para una mente de catorce años, y sin embargo persiste entre los hombres adultos aun cuando conocen a mujeres dispuestas a copular con mayor avidez que ellos.


(Continues...)

Excerpted from Homer y Langley by E. L. Doctorow, Isabel Ferrer, Carlos Milla. Copyright © 2009 E. L. Doctorow. Excerpted by permission of Roca Editorial.
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