Hubo gigantes en la Tierra

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Según la Biblia, en los días previos al Gran Diluvio y después «había gigantes en la tierra», que se casaron con la descendencia de Adán. El autor explora las fuentes de ese pasaje bíblico y afirma que las pruebas físicas decisivas sobre la presencia de extraterrestres en la tierra están enterradas en una tumba antigua. De hecho, se trata de una oportunidad científica sin precedentes para localizar el «eslabón perdido» en la evolución de la humanidad, a la vez que ofrece la llave para descubrir los secretos de ...

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Según la Biblia, en los días previos al Gran Diluvio y después «había gigantes en la tierra», que se casaron con la descendencia de Adán. El autor explora las fuentes de ese pasaje bíblico y afirma que las pruebas físicas decisivas sobre la presencia de extraterrestres en la tierra están enterradas en una tumba antigua. De hecho, se trata de una oportunidad científica sin precedentes para localizar el «eslabón perdido» en la evolución de la humanidad, a la vez que ofrece la llave para descubrir los secretos de las enfermedades, la longevidad e incluso el misterio último de la vida y la muerte.

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Product Details

  • ISBN-13: 9788497776516
  • Publisher: Obelisco, Ediciones S.A.
  • Publication date: 10/15/2010
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 368
  • Sales rank: 959,604
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HUBO GIGANTES EN LA TIERRA

Dioses, semidioses y ancestros humanos: la evidencia de un ADN extraterrestre


By ZECHARIA SITCHIN

EDICIONES OBELISCO

Copyright © 2010 Zecharia Sitchin
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9777-651-6



CHAPTER 1

LA BÚSQUEDA DE ALEJANDRO DE LA INMORTALIDAD


En la primavera del 334 a. C., Alejandro de Macedonia y su ejército cruzaron el Helesponto, un estrecho brazo de mar que separa a Europa de Asia (llamado actualmente estrecho de Dardanelos), y lanzaron así la primera invasión armada europea sobre Asia. Sus fuerzas militares, una tropa de élite de unos 15.000 soldados de infantería y caballería, representaban la alianza que los estados griegos habían formado en respuesta a las repetidas invasiones de Grecia por parte de los persas: primero, en el 490 a. C. (cuando se rechazó la invasión en Maratón), y luego, en el 480-479 a. C., cuando los persas humillaron a los griegos con la ocupación y el saqueo de Atenas.

Los dos bandos habían estado combatiendo desde entonces en Asia Menor, donde proliferaban las colonias griegas (de las cuales Troya es la más conocida en los relatos), y se habían enfrentado también en las lucrativas vías marítimas del Mediterráneo oriental. En tanto que los persas estaban organizados en un poderoso imperio, gobernado por una sucesión de «reyes de reyes», los griegos estaban fragmentados en pequeñas ciudades-estado que no hacían otra cosa que pelearse entre sí; la devastación y la humillación provocadas por las invasiones persas, junto con los constantes enfrentamientos por tierra y por mar, llevaron finalmente a la formación de una liga bajo el liderazgo de Macedonia, confiándosele a Alejandro la tarea de dirigir el contraataque.

Alejandro optó por cruzar de Europa a Asia por el Helesponto (A en el mapa, fig. 1), el mismo estrecho que habían cruzado los persas en sus invasiones hacia Occidente. En el pasado, el estrecho estaba dominado desde la parte asiática por la ciudad fortificada de Troya, el epicentro de la famosa Guerra de Troya, que se había desarrollado allí, según la Iliada de Homero, muchos siglos atrás. Portando consigo una copia del relato épico que le había dado su tutor, Aristóteles, Alejandro se detuvo en las ruinas de Troya para ofrecer sacrificios a la diosa Atenea y rendir homenaje ante la tumba de Aquiles (cuyo coraje y heroísmo admiraba Alejandro).

El multitudinario ejército cruzo el estrecho sin contratiempos. Los persas, en lugar de rechazar a los invasores en las playas, consideraron la posibilidad de aniquilar a las fuerzas griegas atrayéndolas con un señuelo tierra adentro. El ejército persa, liderado por uno de sus mejores generales, esperaba a Alejandro y a su ejército en las orillas de un río, formando una línea de batalla un poco más hacia el interior; pero, aunque los persas aventajaban a los griegos tanto en posiciones como en número de efectivos, los griegos se abrieron paso entre ellos. Replegándose, los persas reunieron otro ejército e, incluso, planearon una contrainvasión de Grecia; pero, mientras tanto, su retirada permitió a los griegos avanzar sin obstáculos por Asia Menor, hasta llegar a lo que actualmente es la frontera entre Turquía y Siria (B en el mapa).

En el otoño del 333 a. C., el mismísimo Shah-in-Shah («Rey de Reyes») de los persas, Darío III, encabezó la carga de caballería contra las tropas de vanguardia de Alejandro; la batalla, conocida como la Batalla de Issos (muy representada por los artistas griegos, fig. 2), terminó con la captura de la tienda real de Darío, si bien éste consiguió escapar. El rey persa, batido pero no derrotado, se retiró a Babilonia (C en el mapa), el cuartel general occidental de un imperio que se extendía desde Asia Menor (que era lo que Alejandro había invadido) hasta la India.

Incomprensiblemente, Alejandro renunció a la oportunidad de aplastar al enemigo persa de una vez y para siempre. En vez de perseguir a los restos del ejército persa y a su humillado rey, dejó que Darío se retirara hacia el este, hasta Babilonia, y permitió que el imperio continuara la guerra. Renunciando a la oportunidad de una victoria decisiva, Alejandro se dirigió entonces hacia el sur ... La derrota de los persas en venganza por sus anteriores ataques a Grecia, razón por la cual se había hecho la alianza de los estados griegos bajo el mando de Alejandro, se aplazó para más tarde. Era Egipto, y no Persia, como descubrieron sorprendidos los generales griegos, el verdadero destino de Alejandro.

Lo que tenía Alejandro en la cabeza, como se revelaría posteriormente, era su propio destino, y no el de Grecia, pues fue a Egipto debido a los persistentes rumores difundidos en la corte de Macedonia de que su verdadero padre no era el rey Filipo, sino un misterioso personaje egipcio. Según se cuenta en diversos relatos, un faraón egipcio, al que los griegos llamaban Nectanebo, había visitado en cierta ocasión la corte del rey Filipo. Dicen que era un mago consumado, un adivino, y que había seducido en secreto a la reina Olimpia, la esposa de Filipo; de modo que, aunque se dio por supuesto que Alejandro era hijo del rey Filipo, el verdadero padre de aquél había sido un visitante egipcio.

Aquellos persistentes rumores, que enturbiaron las relaciones entre el rey Filipo y la reina, ganaron credibilidad cuando Filipo acusó públicamente a Olimpia de adulterio (algunos dicen que para despejar el camino en su pretensión de tomar como esposa a la joven hija de un noble macedonio), una decisión que arrojó dudas sobre la posición de Alejandro como príncipe heredero. Fue quizás entonces, pero ciertamente no después de que la nueva esposa del rey le diera un hijo, cuando la historia dio otro giro: el misterioso visitante que, supuestamente, había engendrado a Alejandro no era sólo un egipcio, era un dios disfrazado, el dios egipcio Amón (traducido también como Ammón, Amún o Amén). Según esta versión, Alejandro era algo más que un príncipe real (el hijo de la reina), era un semidiós.

El problema de la sucesión real en Macedonia quedó resuelto cuando el rey Filipo fue asesinado, mientras celebraba el nacimiento de su nuevo hijo, y Alejandro se convirtió en rey de Macedonia con veinte años de edad. Pero el problema de su verdadero parentesco siguió ocupando la mente de Alejandro pues, de ser cierto lo que se decía, aquello le daría el derecho a algo más importante que la sucesión al trono real; ¡le daba derecho a heredar la inmortalidad de los dioses!

Con su ascenso al trono de Macedonia, Alejandro sustituyó a Filipo como comandante de la alianza de los estados griegos en su proyecto de invasión de Asia. Pero, antes de embarcarse en la marcha hacia Asia, Alejandro se dirigió a Delfos, un lejano emplazamiento sagrado del sur de Grecia. Era allí donde se encontraba el oráculo más famoso de la antigua Grecia, al cual iban reyes y héroes a consultar lo relativo a su futuro. Allí, en el templo del dios Apolo, una legendaria sacerdotisa, la sibila, entraría en trance y, hablando en nombre del dios, respondería a las preguntas del visitante.

¿Era él un semidiós, obtendría la inmortalidad? Alejandro quería saberlo. La respuesta de la sibila fue, como siempre, lacónica; un acertijo sujeto a interpretaciones. Lo que quedó claro, no obstante, fue la indicación de que Alejandro encontraría la respuesta en Egipto, en el oráculo más famoso de aquel país: en el oasis de Siwa (D en el mapa).


* * *

La sugerencia no era tan extraña como podría parecer. Ambos oráculos estaban vinculados tanto por la leyenda como por la historia. Se decía que el emplazamiento del oráculo de Delfos (nombre que significa «matriz» en griego) lo había establecido Zeus, el jefe del panteón griego, por ser éste el lugar en el que se habían encontrado dos aves que el dios había enviado desde los dos extremos de la Tierra. Declarando que aquel lugar era un «ombligo de la Tierra», Zeus situó allí una piedra con forma oval denominada ónfalo, que significa «ombligo » en griego. Era una Piedra Susurrante, a través de la cual se comunicaban los dioses; y, según antiguas tradiciones, era el objeto más sagrado del templo de Apolo, y la sibila de Delfos se sentaba sobre él cuando pronunciaba sus respuestas oraculares. (El ónfalo original fue reemplazado en tiempos de los romanos por una réplica, [fig. 3a], que aún puede verse en Delfos.)

El emplazamiento del oráculo de Siwa, un oasis del desierto occidental de Egipto, a casi quinientos kilómetros al oeste del delta del Nilo, se eligió mediante el mismo procedimiento que el de Delfos; aunque, en este caso, con dos aves de color negro (que se creía que habían sido sacerdotisas del dios Amón disfrazadas). El templo principal estaba consagrado al dios egipcio Amón, a quien los griegos consideraban el «Zeus» egipcio. También había aquí una Piedra Susurrante, un ónfalo egipcio (fig. 3b); y se tenía por un lugar sagrado en la mitología y en la historia griegas porque el dios Dioniso, habiéndose perdido en cierta ocasión en este desierto, se salvó milagrosamente al encontrar el oasis. Dioniso era hermanastro de Apolo, y solía sustituir a éste en Delfos cuando Apolo se ausentaba. Por otra parte (y, especialmente, desde el punto de vista de Alejandro), Dioniso había alcanzado el estatus de dios siendo en realidad un semidiós, hijo de Zeus y de una princesa llamada Selene, a la que éste había seducido disfrazado de hombre. Era, así pues, un caso similar, aunque anterior, al de Alejandro; el de un dios que, disfrazado de humano, había engendrado a un hijo en una dama humana de linaje real; y si Dioniso se había podido deificar y había podido convertirse en uno de los Inmortales, ¿por qué no Alejandro?

Se sabía que entre los que anteriormente habían acudido a Siwa buscando un oráculo estaban dos famosos generales, Cimón de Atenas y Lisandro de Esparta; pero aún más significativo para Alejandro era el semidiós Perseo, otro hijo ilegítimo de Zeus, que había conseguido matar a la monstruosa Medusa antes de que ésta lo convirtiera en piedra. También se decía que el legendario héroe Hércules, famoso por el reto de los Doce Trabajos, había consultado el oráculo de Siwa; aunque ya no debería de sorprendernos, Hércules también era un semidiós, hijo de Zeus, que había seducido a la sabia y hermosa Alcmena tomando el aspecto de su marido, el rey de la isla. Los precedentes encajaban claramente con la propia búsqueda de Alejandro.

Y así fue como, en vez de perseguir al rey persa y a su desorganizado ejército, Alejandro se encaminó hacia el sur. Dejando atrás algunas tropas para controlar el territorio conquistado, marchó a lo largo de las regiones costeras del Mediterráneo; salvo en el caso de la fortaleza fenicia de Tiro, cuya marina había participado en la guerra como aliada de Persia, el avance de los griegos no encontró resistencia: casi todos dieron la bienvenida a Alejandro como libertador del detestable dominio persa.

En Egipto, la guarnición persa se rindió sin ofrecer combate, y los mismos egipcios recibieron a Alejandro como a algo más que un libertador. En Menfis, la capital, los sacerdotes egipcios estaban dispuestos a aceptar el rumoreado parentesco divino de Alejandro con el egipcio dios Amón, y le sugirieron que fuera a Tebas (actualmente, Karnak y Luxor), en el Alto Egipto, emplazamiento del inmenso templo de Amón, para rendir homenaje al dios allí y para ser coronado faraón. Pero Alejandro insistió en cumplir con las indicaciones del oráculo de Delfos, y se embarcó en la peligrosa expedición de tres semanas de viaje por el desierto hasta el oasis de Siwa: Alejandro necesitaba escuchar el veredicto sobre su inmortalidad.

Lo que pudo suceder en Siwa durante aquella sesión oracular, estrictamente privada, nadie lo sabe en realidad. Una de las versiones dice que, cuando terminó, Alejandro les dijo a sus compañeros que «había recibido la respuesta que su corazón deseaba», y que «había aprendido cosas secretas que no habría podido conocer de otro modo». En otra versión se dice que, aunque no se confirmó la inmortalidad física, sí que quedó establecido su parentesco divino, lo cual llevaría a Alejandro a pagar a sus tropas a partir de entonces con monedas de plata en cuyo cuño aparecía su efigie con cuernos (fig. 4a), a semejanza del dios Amón, al que se representaba también con cuernos (fig. 4b). Una tercera versión, que justificaría lo que Alejandro haría posteriormente, dice que se le dieron instrucciones para que buscara una montaña con pasadizos subterráneos en la península del Sinaí, que allí tendría encuentros angélicos, y que luego fuera a Babilonia, al templo del dios babilónico Marduk.

Esta última instrucción debía de proceder de una de las «cosas secretas» que Alejandro había aprendido en Siwa: que Amón era un epíteto que significaba «el Invisible», que se le había aplicado en Egipto al dios Ra desde alrededor del 2160 a. C., cuando abandonó Egipto para establecer sus dominios sobre toda la Tierra; su nombre egipcio completo era Ra-Amón o Amón-Ra, «el Invisible Ra». En libros anteriores he demostrado que «Ra-Amón» estableció su nuevo cuartel general en Babilonia, Mesopotamia, donde era conocido como Marduk, hijo de un dios más antiguo al que los egipcios llamaban Ptah y los mesopotámicos Enki. El secreto que presumiblemente se le reveló a Alejandro fue que su verdadero padre, el Invisible (Amón) en Egipto, era el dios Marduk en Babilonia; pues, pocas semanas después de descubrir todo esto, Alejandro partió hacia la distante Babilonia.

A comienzos del verano del 331 a. C., Alejandro volvió a congregar su gran ejército y marchó hacia el río Éufrates, en cuyas orillas, algo más al sur, se encontraba Babilonia. Los persas, liderados aún por Darío, congregaron también una gran fuerza de caballería y carros de guerra, y se dispusieron a esperar a Alejandro, suponiendo que tomaría la tradicional ruta hacia el sur a lo largo del río Éufrates.

Pero, con una gran maniobra táctica, Alejandro viró bruscamente hacia el este, hacia el río Tigris, rebasando los flancos de los persas y entrando en Mesopotamia por lo que históricamente había sido Asiria. Al enterarse de la estrategia de Alejandro, Darío envió rápidamente sus tropas hacia el noreste. Los dos ejércitos se encontraron en la región oriental del río Tigris, en un lugar llamado Gaugamela (E en el mapa), cerca de las ruinas de la otrora capital asiria, Nínive (ahora en la parte kurda del norte de Iraq).

Tras una nueva victoria, Alejandro volvió a cruzar el río Tigris y, sin necesidad ya de cruzar el ancho río Éufrates, enfiló la amplia llanura que le llevaría hasta Babilonia. Rechazando una tercera oferta de paz de Darío, Alejandro llegó a la famosa ciudad en el otoño del 331 a. C. y entró por su maravillosa Puerta de Ishtar (esta puerta, fig. 5, reconstruida tras una excavación, se exhibe ahora en el Museo del Oriente Próximo de la Antigüedad de Berlín).

Los nobles y los sacerdotes babilonios le dieron la bienvenida a Alejandro, encantados de liberarse del yugo de los persas, que habían profanado y demolido el gran templo de Marduk. El templo era un gran zigurat (pirámide escalonada), que se encontraba en el centro del recinto sagrado de Babilonia y que se elevaba en siete precisos niveles definidos astronómicamente (hay una reconstrucción en la fig. 6). Prudentemente, Alejandro había hecho saber de antemano que pretendía presentar sus respetos al dios nacional de Babilonia, Marduk, y que su intención era reconstruir su profanado templo. La tradición quería que los nuevos reyes de Babilonia fueran legitimados con la bendición de la deidad, para lo cual el dios debía tomarles de sus manos extendidas. Pero Alejandro no pudo realizar este ritual, pues se encontró al dios muerto en un ataúd de oro, su cuerpo inmerso en aceites especiales con el fin de preservarlo.

Aunque es muy posible que Alejandro supiera ya que Marduk había muerto, el mero hecho de ver al dios le impactó profundamente: allí yacía el cadáver no de un mortal, y no sólo de su supuesto padre, sino el cadáver de un dios, de uno de los venerados «Inmortales». Así pues, ¿qué posibilidades tendría él, Alejandro, un semidiós en el mejor de los casos, de poder evitar la muerte? Pero, como si estuviera decidido a desafiar toda probabilidad, Alejandro enroló a miles de obreros para reconstruir el Esagil, gastándose sus escasos recursos en la empresa; y cuando partió para continuar sus conquistas, dejó bien sentada su decisión de que fuera Babilonia la capital de su nuevo imperio.

En el 323 a. C., Alejandro, para entonces señor del Imperio persa desde Egipto hasta la India, regresó a Babilonia; pero los sacerdotes de augurios babilonios le advirtieron que no volviera a entrar en la ciudad, puesto que moriría si lo hacía. No obstante, los malos augurios, que habían tenido lugar poco después de la primera estancia de Alejandro en Babilonia, persistieron, a pesar de que Alejandro aplazara su entrada en la ciudad hasta el momento oportuno. No tardó en caer enfermo, presa de una elevada fiebre. Pidió a sus oficiales que vigilaran en su nombre dentro del Esagil; pero, en la mañana de lo que ahora dataríamos como el 10 de junio del 323 a. C., Alejandro murió y alcanzó la inmortalidad, aunque no físicamente, sino en el recuerdo de la historia.


* * *

El relato del nacimiento, la vida y la muerte de Alejandro el Grande ha sido objeto de libros, estudios, películas, cursos universitarios y demás durante generaciones. Los expertos modernos no dudan de la existencia de Alejandro el Grande, y han escrito innumerables libros y artículos acerca de él y de su época, estableciendo todos los detalles de su vida. Saben que el gran filósofo griego Aristóteles fue el maestro y mentor de Alejandro, han determinado la ruta que siguió Alejandro en sus conquistas, han analizado la estrategia de cada una de sus batallas y han registrado los nombres de todos sus generales. Pero resulta sorprendente que todos esos respetados eruditos hayan consagrado su vida a todo esto sin avergonzarse por no haber reparado en algo esencial; pues, aunque describen todos y cada uno de los aspectos y giros de la corte macedónica y sus intrigas, se toman a risa el detalle que lo propició todo: ¡el de la creencia en esa corte, por parte del mismo Alejandro y por parte de los eruditos griegos, de que un dios podía engendrar un hijo en una mujer mortal!


(Continues...)

Excerpted from HUBO GIGANTES EN LA TIERRA by ZECHARIA SITCHIN. Copyright © 2010 Zecharia Sitchin. Excerpted by permission of EDICIONES OBELISCO.
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Table of Contents

Contents

Introducción. Y sucedió que ..., 7,
La búsqueda de Alejandro de la inmortalidad, 11,
En los días anteriores al Diluvio, 27,
En busca de Noé, 43,
Sumer: allí donde comenzó la civilización, 64,
Cuando la Realeza descendió del Cielo, 89,
Un planeta llamado «Nibiru», 107,
De los anunnaki y los igigi, 129,
Un siervo a la medida, 151,
Dioses y otros antepasados, 170,
De patriarcas y semidioses, 184,
En la Tierra había gigantes, 204,
La inmortalidad: la gran ilusión, 229,
Los albores de la diosa, 253,
La gloria del imperio, vientos de perdición, 271,
Enterrados con todo su esplendor, 298,
La diosa que no se marchó, 332,
Los orígenes alienígenas de la humanidad: las evidencias, 348,

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