Jugando con chicos (Playing with Boys)

Jugando con chicos (Playing with Boys)

5.0 2
by Alisa Valdes-Rodriguez, Daina Chaviano
     
 

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Los Angeles es un lugar inhóspito, un sitio donde la madeja de autopistas y la arraigada hipocresía pueden hacer que una chica se sienta muy sola, no importa cuan maravilloso sea el clima o cuan atractivas sean las ropas del centro comercial South Coast Plaza. Con estilos y actitudes completamente diferentes, Marcella, Olivia y Alexis intentan abrirse camino en Los

Overview

Los Angeles es un lugar inhóspito, un sitio donde la madeja de autopistas y la arraigada hipocresía pueden hacer que una chica se sienta muy sola, no importa cuan maravilloso sea el clima o cuan atractivas sean las ropas del centro comercial South Coast Plaza. Con estilos y actitudes completamente diferentes, Marcella, Olivia y Alexis intentan abrirse camino en Los Angeles y conseguir el éxito profesional y el amor. Pero primero deben encontrarse...para poder ayudarse en sus empeños y planear cuan divertido será el camino al éxito.

Marcella es una atractiva e inteligente actriz de televisión, que a duras penas puede disfrutar de la vida que ha conquistador para si, o de su propio cuerpo, que nunca es lo bastante perfecto. La vida Olivia gira en torno a su pequeño hijo Jack. Se aferra tanto a el y a su papel de madre que casi consigue olvidar la espantosa experiencia por la que paso su familia cuando ella era niña. Alexis, con su espíritu vivaz y abundantes carnes, es una hermosa representante de músicos con mucha clase, pero con tan escasas autoestima que apenas llenaría un monedero Prada. ¿Y los chicos de sus vidas? Marcella está harta de que todos se arrojen siempre sobre ella, el único varón en la vida de Olivia es su hijo, y Alexis aun sigue buscando...no un chico, sino un verdadero hombre.

Ligera, divertida, tierna y sexy, Jugando con chicos es un novela inolvidable sobre la amistad y el amor.

Editorial Reviews

From the Publisher

"Playing with Boys is a testament to the powers of women wrapped up in a pretty Cinderella story times three."—Albuquerque Journal

"A beach read that . . . might make you giggle and blush."—Chicago Sun-Times

"As Marcella, Alexis, and Olivia grapple with men and their careers, they really don’t seem all that different from Bridget Jones herself."—Miami Herald

"The three amigas—a television actress, a single mother, and a manager of musicians—each has her own distinct lifestyle, quirks, and notions of romance, yet each manages to help her friends find balance, along with loads of good times."—Sacramento Bee

"Three very different Latina women vow to bring Los Angeles to its collective knees in this funny, guilty pleasure of a novel . . . [A] heartfelt piece of escapism."—Publishers Weekly

Product Details

ISBN-13:
9780312335229
Publisher:
St. Martin's Press
Publication date:
10/26/2004
Edition description:
First Edition
Pages:
384
Product dimensions:
5.70(w) x 9.60(h) x 1.07(d)

Read an Excerpt

Jugando con Chicos


By Alisa Valdés-Rodríguez

St. Martin's Press

Copyright © 2004 Alisa Valdés-Rodríguez
All rights reserved.
ISBN: 978-0-312-33522-9


CHAPTER 1

LEXIS


En ciertos momentos me he sentido tan orgullosa de ser mexicana que he llorado hasta que el maquillaje se me arruinó ... como cuando Vicente Fer-nández cantó "Cielito lindo" para la Convención Nacional Republicana del año 2000. Pero esta vez, querida, no se trataba de uno de esos momentos.

Me encontraba sola en medio de una multitud elegante, durante un cóctel privado que se celebraba en la terraza del museo Getty de Los Angeles, fingiendo interés en un cuadrado de atún crudo que se hallaba sobre una bandeja de plata-Parecía un dado rojo, húmedo y tembloroso. ¿Estaría muerto? Lo pinché con mi sofisticado mondadientes para estar segura.

— Es sólo gelatina, corazón — me susurré a mí misma, mientras cerraba los ojos y lo engullía. Pero no se parecía en nada a la gelatina, a menos que hubieran sacado un nuevo producto con sabor "ligeramente acre" que desconocía. Lo que yo necesitaba era un bistec bien cocido. Menuda ilusión.

De pronto, el parloteo disminuyó y todas las miradas se volvieron hacia una entrada, mientras yo contenía el aliento y rogaba a Dios que me diera paciencia.

Uno tras otro, los miembros de Los Chimpancés del Norte — la banda de música norteña que yo había terminado representando (explícame cómo, Dios mío) — entraron a la terraza, pavoneándose en fila india, vestidos con unos trajes de vaquero en los que parecía haberse vomitado un papagayo.

Les había rogado que vistieran de Armani. Armani negro. Como siempre, me ignoraron. Instintivamente acaricié las perlitas rosadas que llevaba en torno al cuello, y alisé con mis manos los costados del vestido de cóctel Ann Taylor, talla 14, al que yo consideraba "mi negrito", pero que según los patrones de L.A. era más bien un "negrote".

Escuché la exclamación de una mujer a mis espaldas: "¿De qué van vestidos?" Un hombre la tranquilizó, diciendo: "Me parece que se han inclinado por un kitsch posmoderno". Me hubiera gustado contradecirlo. Piensan que están muy elegantes, y existe un gran porcentaje de personas en todo un país — el país de origen de mis ancestros — que está de acuerdo. Yo no me hallaba dentro de ese porcentaje, pero yo había sido educada en Texas, no en México.

Las chaquetas con flecos verde limón no son para todos; tampoco los pantalones Wrangler de color plátano amarillo, ajustados como el pellejo de una salchicha. Un sombrero blanco de vaquero se ve muy bien en Toby Keith. ¿Pero doce de ellos en fila, embutidos en unas grasientas melenas mexicanas, en medio de un museo moderno? Santo Dios. ¿Y quién hubiera pensado que veinticuatro pares de botas granates, con dibujos de piel de serpiente, podrían lucir tan mal cuando se alineaban como si fueran las teclas del piano del propio Satanás?

Estábamos ahí esa tarde, disfrutando de una exclusiva fiesta privada en los jardines de este museo: una obra maestra modernista y curvilínea que se alza en las colinas levemente brumosas de Los Angeles. Era una celebración. ¿Qué estábamos celebrando? Pues el hecho de que Los Chimpancés del Norte acababan de donar cinco millones de dólares al Centro de Estudios Chícanos de la Universidad de Los Angeles, en California, para el estudio de esa música con ritmo de feria circense, antes olvidada, típica de la frontera mexico-americana, y que era igual a la que ellos mismos habían infligido al público durante los últimos veinte años.

Yo era una muchacha nacida y educada en Dallas, armada con un arsenal de títulos — sí, corazón, Licenciatura y Maestría en Artes, otorgados por la Universidad Metodista Sureña (SMU) —, pero intentaba convertirme en una chica de California, con resultados ambiguos. Vine a este infierno de ciudad porque pensé que era vergonzoso que en un sitio donde las tres principales estaciones radiales de FM tocaban música mexicana, las grandes compañías de relaciones públicas siguieran indiferentes al talento y la riqueza de los hispanohablantes en Estados Unidos. Fui la primera en ofrecer a artistas como Los Chimpas una publicidad al estilo americano, incluyendo comunicados de prensa profesionales, llamadas telefónicas y almuerzos ... Todo lo contrario de la publicidad al estilo mexicano, que usualmente se dedicaba a comprar a los reporteros con cocaína o vacaciones en una isla.

Mis clientes en Tower Entertainment, la firma con sede en Whittier para la que trabajaba, habían aparecido en el Tonight Show, en 60 Minutes y en The New York Times, algo que me había impresionado a mí, pero rara vez a mis clientes. Como solía decirles a los periodistas, Estados Unidos estaba cambiando ... y rápido. Ahora se vendían más tortillas que roscas. Los americanos consumían ahora más salsa picante que catsup. Los supermercados Wal-Mart ofrecían plátanos, yuca y productos Goya. La marca Kraft había inventado algo que llamaban "mayonesa", hecha a base de limón y mayonesa mexicana. ¿Por qué? No porque fueran buena gente, sino porque tenían que hacerlo. Las principales estaciones de onda corta en Nueva York, Los Angeles y Chicago transmitían en español, y Estados Unidos se había convertido en el cuarto país con el mayor número de hispanohablantes en el mundo. Ahora bien, yo era una de esas afortunadas que había vivido mucho tiempo en un Estados Unidos donde se hablaba el español y el inglés con igual soltura. Saltaba con facilidad del pésimo humor de Sábado Gigante al pésimo humor de las series del canal WB. Algunos académicos, como mis profesores de la Universidad Metodista Sureña, llamaban "biculturales" a personas como yo. Pero yo prefería que nos llamaran americanos, porque los latinos estamos a punto de convertirnos en la cuarta parte de la población de este país.

Por supuesto, a la mayoría de la gente en esta fiesta no le importaba esto. Sólo le importaba que había un grupo "latino" en Los Angeles con mucho dinero ... un grupo del que jamás habían oído hablar hasta que el L.A. Times escribió un artículo sobre la donación. Todos conocían las estadísticas sobre la creciente población hispana, y querían conectarse con nosotros por razones económicas. Así es que vinieron. Pero no tenían idea de lo que encontrarían cuando vieran a mis chicos. ¿Mis chicos? Bueno, los llamaba míos, pero en realidad era yo quien le pertenecía a ellos: yo era su representante, su agente, su publicista, su chivo expiatorio.

Cinco millones de dólares era el tipo de regalo que las escuelas americanas solían recibir de benefactores no hispanos, cuyos apellidos se leían con entonación suave y monótona al final de los programas de la radio y la televisión públicas. Y una fiesta privada en el Getty era el tipo de acontecimiento elegante al que la gente acudía con vestidos de cóctel y corbatas de lacito.

En otras palabras, para mi mentalidad universitaria resultaba espantosa la imagen de Los Chimpas enfundados en sus estrafalarios atuendos, que les semejaban a toscos y escandalosos campesinos de Chihuahua. Yo sabía, por supuesto, que Los Chimpas se habían ganado sus millones (sí, millones) tocando la música de los "trabajadores" en todos los rodeos, desde Zacatecas hasta Whittier, y que también, alabados fueran, no lo olvidaban aunque habían amasado una fortuna suficiente para olvidar lo que les viniera en gana. Tal vez aquellas vestimentas idiotas fueran una declaración de principios sobre este hecho. O bien era eso, o sencillamente no tenían la menor idea de nada.

Por eso, aunque estaba orgullosa de que mis chicos pudieran donar el dinero suficiente como para atraer a toda la plana mayor de esta ciudad llena de temblores y sobresaltos — y debería añadir, para mantenerme a mí y a mi morbosa pasión por las carteras —, también era una distinguida mujer de veintinueve años, cuya adorable mamá había trabajado casi hasta la muerte vendiendo productos Avon para darme la clase de vida que ella siempre quiso: una vida en la que ganara mucho dinero, donde nadie pudiera pensar que yo era una tonta sin credenciales, donde supiera en qué parte de la mesa había que colocar la canasta del pan; como habría sido mi mamá si sus padres — mis queridos, pero excéntricos y atrasados abuelita y abuelito López — no hubieran pertenecido a esa primera generación de mexicanos tradicionales que decían cosas como "sólo las mujeres fáciles van a la universidad" y "no platiques tanto ni te hagas la viva, que a ningún hombre le gusta una mujer así".

Yo había tenido la idea de donar algunos "centavitos chimpas", como llamaba a la jugosa donación a UCLA, sugiriendo este regalo académico para aumentar la visibilidad del grupo entre los americanos y, de paso, dar más relieve a todos los mexicanos y mexicoamericanos aquí, lo cual, en última instancia, también podría contribuir a mejorar mi vida. Y quizá si los traficantes de influencias comenzaran a notar que los mexicanos teníamos dinero — dinero de verdad —, y no sólo tijeras de podar y cepillos para limpiar inodoros, podrían comenzar a producir películas donde el mexicano fuera una persona y no un arma, y donde Hidalgo fuera un ser humano, en vez de un apestoso (aunque valiente) caballo. Era una posibilidad muy remota; pero, en mi humilde opinión, todo lo que valía la pena resultaba difícil, y en Hollywood había muchas cosas que estaban por hacerse, amén.

— !órale, Alexis! — gritó Filoberto, el director de la banda, que me estaba es-piando. Sus labios se separaron para revelar un tablero de dientes amarillos y do-rados, uno o dos de ellos manchados con lo que parecía ser un delineador de cejas marrón. Lentamente levantó una mano y enseguida la bajó de golpe en dirección al piso, como si una cucaracha hubiera aterrizado allí y quisiera espantarla. Ese era el mero mero gesto con que Filoberto decía "Aquí llegó el machazo, ajúa, amén".

Me apresuré a saludar a mi banda.

— Filoberto — dije, besándolo en la mejilla como era nuestra costumbre y sintiendo su olor a sudor — - Hola, querido.

Me le acerqué y le susurré al oído:

— ¿No iban a usar los trajes Armani?

— Pues, no — replicó Filoberto.

Sus dos manos bucearon en su entrepierna, y yo me replegué. No quería mirar, pero lo hice. Agarró y sacudió de arriba abajo la enorme hebilla de su cinturón, y algunos de Los Chimpas hicieron lo mismo, en lo que pareció ser un extraño círculo de idiotas. Sentí alivio. Por un momento temí que Filoberto fuera a "sacarla", como había hecho el mes pasado detrás del escenario cuando le sugerí que fuera amable con una reportera. "¿Quién es el hombre aquí?", había preguntado mientras "aquello" se asomaba como una desinflada babosa tuerta.

Por lo general, las hebillas de los cinturones son una buena idea. Impiden que se caigan los pantalones y sostienen el cinturón. Son útiles. Pero cuando tienen el tamaño de una fuente de ensalada y llevan incrustaciones de brillantes piedras rojas, verdes y blancas, imitando la forma de una bandera mexicana, no sé, se me antoja que el asunto cobra un aire imperdonablemente Liberace. Sobre todo cuando se hunden en una barriga enorme. Observé a toda la fila de Chimpas. Todos tenían una.

— ¿Por qué? — susurré a Filoberto.

Filoberto me miró con dureza.

— Mira — me dijo en el perfecto inglés que a menudo pretendía no hablar.

Los Chimpas eran de Sacramento, California, pero pretendían ser de Sinaloa.

— Los mexicanos nos dieron el dinero que donamos a la escuela. Les debemos nuestra carrera a los mexicanos. Nosotros somos mexicanos. Y no vamos a vestirnos como gringos sólo para que tus "finos" amiguitos se sientan cómodos.

¿Finos? Era bueno ver a Filoberto no sólo hablando inglés, sino mejorándolo.

— No les pedí que se vistieran como gringos — repliqué, replegándome ante su comentario racial. Mi padrastro era gringo y el hombre más bueno del mundo —. Les pedí que vistieran trajes Armant

— Y yo voy a pedirte que te vayas a la mierda — susurró en mi oído —, porque ésta es mi banda y aquí hacemos lo que yo mando, ¿entiendes?

— Muy bien — dije, sonriendo una vez más —. Entiendo. Es tu derecho y yo lo respeto. Espero no haberte ofendido. Buena suerte esta noche.

Comencé a alejarme. Eso era lo mejor en presencia de la ira: replegarse, calmarse y luego hablar.

— No somos nosotros los que necesitamos cambiar — continuó diciendo Filoberto, mientras señalaba a la multitud —. Son ellos.

Bla, bla, bla ... Filoberto seguía pensando que aún estábamos en la batalla del Álamo.

— Tienes razón — mentí —. Estoy orgullosa de ti. Acaba con ellos, queridito.

Mucha de la élite reunida allí no parecía saber bien cómo lidiar con Los Chimpas, y parecían estar buscando la expresión facial adecuada. La condescendencia no funcionaba, pero tampoco la amable curiosidad. La mayoría, que desconocía el mundo de la canción norteña — gente que había venido, supongo, esperando encontrar un grupo de salsa —, observaba boquiabierta a Los Chimpas. Diablos, yo también los observaba boquiabierta. Pero ¿por qué no iba a traerlos al Getty? Después de todo, vivían en Estados Unidos, pagaban sus impuestos en Estados Unidos, y ganaban tanto dinero como otras muchas celebridades del pop norteamericano, aunque Rolling Stones, Spin y el resto de la crítica musical en el país, los ignorara con insistencia enfermiza.

Con alivio, vi que tres representantes de la UCLA surgían del interior del museo y caminaban hacia nosotros en sus trajes de tres piezas. Al menos, ellos sabían cómo vestirse. El más guapo, Samuel Reyes, se las arreglaba para ser bien parecido aunque se estaba quedando calvo. Me sonrió y sentí que mi pulso se aceleraba.

Cuando la gente de le universidad se acercó, me adelanté y pasé junto a Filoberto para ser la primera en saludarlos. Escuché que Filoberto suspiraba a mis espaldas, consternado una vez más de que yo me creyera con derecho a llevar los pantalones.

— Samuel — lo saludé con una gran sonrisa.

Le di la mano, estrechándosela con autoridad. El la retuvo más tiempo del necesario y buscó mi mirada.

— Se ven de maravilla — dijo —. Tienen valor.

— Sí, lo tienen. Y éste es un evento maravilloso. Has hecho un gran trabajo.

Samuel asintió, de acuerdo conmigo en que él era maravilloso. Un verdadero tejano habría devuelto el elogio. Pero, To to, ya no estábamos en Texas.

Mientras la gente de la universidad se mezclaba con Los Chimpas y se preparaba para presentar el galardón, yo me fui a chismorrear. Después de recolectar algunas tarjetas de negocios para uso posterior — sí, tenía la esperanza de escapar algún día del mundo de Los Chimpas —, me aparté para observarlos. Ojalá no lo hubiera hecho.

Primero, una reconocida dama de sociedad de Pacific Palisades y su esposo se acercaron tímidamente a Filoberto para presentarse. Filoberto sólo hizo contacto visual con el hombre, aunque fue la mujer quien habló.

— Mucho gusto en conocerlo — dijo ella —. Felicidades.

Filoberto notó sus enormes pechos flotantes, que eran un perfecto par de medias toronjas quirúrgicamente fabricadas, como otras muchas en el sur de California.

— Mucho gusto en conocerla — le dijo con lascivia.

Luego se volvió al marido, añadiendo un "!Felicitaciones!" con una risita su-gerente.

La pareja se alejó con rapidez para inspeccionar una escultura.

Cuando me aproximaba a Filoberto para darle una rápida lección de etiqueta, una camarera alta y preciosa atravesó la fila de Chimpas con una bandeja de camarones. Filoberto le dio una nalgada. Ese hombre necesitaba mucho más que lecciones de etiqueta. Y yo necesitaba otro trabajo.

Los dados de atún pasaron junto a mí de nuevo, pero, aunque estaba hambrienta, no me animé a tomarlos. No pude. Una vez era suficiente. Verán, en el fondo de mi corazón saturado en grasa, yo era una chica de bistec y papas fritas a la que no le gustaba el ejercicio, a menos que incluyera un hombre en mi cama. Era cristiana y furiosamente republicana, tal como mami y papi me habían criado. Ya podrán imaginarse lo lejos que me había llevado eso en esta ciudad de los mil demonios, donde todos querían pasar su tiempo libre haciendo yoga, ofreciéndose como voluntarios para las causas liberales o convenciendo al resto de nosotros para que nos uniéramos a ellos. Ah, y tenía el pecho plano ... un crimen en el sur de California.

Como iba diciendo: a chacharear. Avancé con aire seguro hacia un grupito de personas hermosas y me colé entre todos.

— Hola — dije, adelantando mi mano hacia el rostro más cordial —. Soy Alexis López, la representante del grupo que estamos homenajeando esta noche. Gracias por venir.


(Continues...)

Excerpted from Jugando con Chicos by Alisa Valdés-Rodríguez. Copyright © 2004 Alisa Valdés-Rodríguez. Excerpted by permission of St. Martin's Press.
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Meet the Author

Alisa Valdes-Rodriguez is an award-winning print and broadcast journalist and a former staff writer for both the Los Angeles Times and The Boston Globe. She lives in Albuquerque, New Mexico.

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