La apuesta del Cielo (Heaven's Wager)

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Él ha dejado su pasado bien lejos... o eso es lo que cree.

Kent Anthony es un brillante ingeniero de software que está ganando mucho dinero con su carrera fenomenal. Por fin está viviendo la vida idílica, alejado de ideas de robos, asesinatos y otras clases de conductas criminales horribles.
Esta historia lo traerá frente a frente con un mundo escondido más real que lo que la mayoría de la gente piensa, un ...

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La apuesta del cielo

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Overview

Él ha dejado su pasado bien lejos... o eso es lo que cree.

Kent Anthony es un brillante ingeniero de software que está ganando mucho dinero con su carrera fenomenal. Por fin está viviendo la vida idílica, alejado de ideas de robos, asesinatos y otras clases de conductas criminales horribles.
Esta historia lo traerá frente a frente con un mundo escondido más real que lo que la mayoría de la gente piensa, un mundo en el que lo invisible es más poderoso que cualquier cosa visible.

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Product Details

  • ISBN-13: 9781602551541
  • Publisher: Grupo Nelson
  • Publication date: 2/2/2010
  • Language: Spanish
  • Series: Martyr's Song Series , #1
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 400
  • Sales rank: 973,729
  • Product dimensions: 6.00 (w) x 8.90 (h) x 1.20 (d)

Meet the Author

Ted Dekker

Ted Dekker, autor de más de veinticinco novelas, es un autor de mayor venta del New York Times. Es reconocido por novelas que combinan historias llenas de adrenalina con increíbles confrontaciones entre el bien y el mal. Vive en Texas con su esposa y sus hijos. Twitter @TedDekker, facebook.com/#!/teddekker.

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First Chapter

LA APUESTA DEL CIELO


By TED DEKKER

Thomas Nelson

Copyright © 2010 Grupo Nelson
All right reserved.

ISBN: 978-1-4185-6269-4


Chapter One

Día actual

UN VENTILADOR giraba en la calurosa tarde sobre la cabeza del padre Francis Cadione, chirriando con cada rotación, pero aparte de ese, ningún otro sonido alteraba el silencio en el cuartito levemente iluminado. En el aire persistía un fuerte olor a aceite de limón mezclado con el humo de una pipa. Las angostas y largas ventanas de un lado al otro del vetusto escritorio llegaban hasta el techo, e irradiaban luz ámbar a través del piso de roble.

Algunos describirían el mobiliario como gótico. Cadione prefería pensar que su oficina solo era un lugar ambiental. Lo cual era adecuado. Él era un hombre de iglesia, y la iglesia tenía que ver completamente con ambiente.

Pero el visitante que se hallaba sentado con los brazos cruzados en la silla color vino tinto había traído con él su propio ambiente, que se extendía como un halo de fuerte aroma que traspasaba los orificios nasales y recorría la columna. El hombre había estado sentado allí durante menos de un minuto sonriendo de manera fantasmal, como si fuera el único poseedor de un gran secreto, y el padre Cadione ya se sentía extrañamente perturbado. Una de las piernas del visitante se balanceaba sobre la otra como un péndulo hipnotizador; sus ojos azules mantenían fija la mirada en los del sacerdote, negándose a desarticular la conexión.

El padre apartó la mirada, agarró su pipa negra, y se golpeó suavemente la boquilla en los dientes. El pequeño y habitual gesto produjo una naturalidad conocida. Un hilillo de humo de tabaco le subió perezosamente por sobre las pobladas cejas antes de ser dispersado por el aire del ventilador. El cura cruzó las piernas, y en el instante en que lo hizo se dio cuenta que sin querer había imitado la postura del visitante.

Tranquilo, Francis. Ahora estás viendo cosas. Él solo es un hombre sentado allí. Un tipo que tal vez no se impresione tan fácilmente como otros, pero de todos modos nada más que un hombre.

-Pues bien, amigo mío. Usted parece tener la moral muy en alto.

-?Muy en alto? ?Qué quiere decir con eso, padre?

El suave tono del hombre parecía proyectar ese extraño halo ... aquel que había hecho estremecer la columna del cura. Era como si los roles de ambos sujetos se hubieran vuelto confusos; alborotados por ese ventilador de techo que chirriaba en lo alto.

El padre Cadione chupó la pipa y soltó el humo por entre los labios. Habló a través de la nube. Ambiente. Todo tenía que ver con el ambiente.

-Solo quería decir que usted parece estar bastante feliz con la vida, a pesar de su ... adversidad. Nada más.

-?Adversidad? -preguntó el hombre arqueando la ceja izquierda; la sonrisa debajo de sus ojos azules se extendió levemente-. Adversidad es un término relativo, ?no es cierto? Me parece que si alguien es feliz, como usted dice, no es posible describir adecuadamente como adversas a sus circunstancias. ?Verdad?

Cadione no estaba seguro si el hombre quería de veras una respuesta. La pregunta le pareció más un regaño, como si este individuo hubiera sobrepasado la simple felicidad y ahora educara a esos ridículos mortales que aún luchaban por conseguirla.

-Pero usted tiene razón. Tengo la moral muy en alto -convino el hombre.

-Sí, puedo verlo -expresó Cadione aclarando la garganta y sonriendo.

El caso es que este individuo no solo era feliz. Literalmente parecía emocionado con cualquier cosa que tuviera debajo de la piel. No drogas ... sin duda que no.

El visitante se hallaba allí con las piernas cruzadas, mirándolo con esos profundos ojos azules, y sonriendo de modo incitante. Desafiándolo, parecía. Vamos, padre, haga lo suyo. Hábleme de Dios. Platíqueme de la bondad y la felicidad, y de cómo lo único que importa de veras es conocer a Dios. Dígame, dígame, dígame, nene. Hábleme.

El sacerdote sintió que una sonrisita nerviosa le cruzaba el rostro. Ese era el otro asunto acerca de la marca de felicidad de este hombre. Parecía contagiosa, aunque un poco impertinente.

De cualquier manera, el hombre estaba esperando, y Cadione no podía simplemente quedarse sentado allí para siempre, considerando cosas. Le debía algo a este prójimo. Después de todo, él era un hombre de Dios, ocupado en irradiar luz; o al menos en señalar el camino hacia el interruptor de la luz.

-En realidad, que alguien esté seguro de su lugar en la vida le trae verdadera felicidad -comentó Cadione.

-Yo sabía que usted iba a entender, padre! No tiene idea de lo bueno que es hablar con alguien que comprende de veras. A veces me siento a punto de reventar, y nadie entiende a mi alrededor. Me hago entender, ?verdad?

-Sí -asintió instintivamente Cadione, sonriendo, aún sorprendido por la pasión del hombre.

-Exactamente! Personas como usted y yo podríamos tener toda la riqueza del mundo, pero en realidad lo sensacional de la vida es ese algo más.

-Sí.

-Nada se compara. Nada en absoluto. ?Estoy en lo cierto?

-Sí.

Los labios de Cadione esbozaron una sonrisita nerviosa. Dios mío, empezaba a sentirse como si lo estuvieran metiendo en una trampa con su larga cadena de síes. No podía dudar de la sinceridad del hombre; o de su pasión, en realidad. Por otra parte, el tipo podría muy bien haber perdido la razón. Haberse vuelto loco, incluso senil. Cadione había visto cómo esto pasaba con muchas personas en el estrato social de ese hombre.

El visitante se inclinó hacia delante con un destello en los ojos.

-?La ha visto alguna vez, padre? -inquirió ahora en un tono calmado.

-?Ver qué?

Cadione se dio cuenta que debía parecerse a un jovencito sentado con los ojos abiertos de par en par ante la instrucción de un padre sabio, pero no pudo contenerse.

-La gran realidad detrás de todas las cosas -explicó el visitante, levantando la mirada por sobre Cadione hacia una pintura de la mano de Dios extendiéndose hacia la de un hombre en la pared posterior-. La mano de Dios.

Expresó esto último haciendo un gesto hacia la pintura, lo que obligó al sacerdote a girar en la silla.

-?La mano de Dios? Sí, la veo todos los días. Dondequiera que miro.

-Sí, desde luego. Pero en realidad me refiero a ver, padre. ?Lo ha visto de veras hacer cosas? No algo que usted crea que él podría haber hecho. Algo como: Mira allí, cariño, creo que Dios nos ha abierto un espacio para estacionarnos cerca de nuestra entrada; sino, ?ha visto de veras a Dios hacer algo ante sus propios ojos?

El entusiasmo del tipo volvió a provocar el hormigueo en la columna de Cadione. Quizás se hubiera encontrado un poco mejor si el individuo hubiera perdido la sensibilidad. Por supuesto, aunque el Señor bajara sus dedos hasta la tierra y lo removiera todo, la gente ni siquiera podría abrir los ojos y ver aquello. Se imaginó un pulgar y un índice enormes quitando un auto de su lugar a fin de dejar espacio para que se estacionara fácilmente una furgoneta.

-En realidad no puedo decir que yo lo haya visto.

-Bueno, conozco a alguien que lo ha visto. Conozco a alguien que ve.

Se hizo silencio. El visitante lo miró con esos penetrantes ojos azules. Pero no era la mirada de un demente. El padre Cadione chupó la pipa, pero esta había perdido la lumbre, y lo único que obtuvo fue aire viciado.

-Usted, ?eh?

-Yo -contestó el hombre reclinándose y sonriendo suavemente-. Yo he visto. ?Le gustaría ver, padre?

Había un encanto en las palabras del personaje. Un misterio que expresaba verdad. El cura tragó saliva y se echó hacia atrás, remedando una vez más la postura del visitante. Se le ocurrió que en realidad no le había contestado la pregunta.

-Esto podría cambiar su mundo -enunció el hombre.

-Sí. Lo siento, yo estaba ... este ...

-Bien, entonces -lo interrumpió, respiró profundamente y volvió a cruzar las piernas-. Abra su mente, amigo mío; ábrala bien. ?Puede hacer eso?

-Sí ... supongo que sí.

-Bien. Tengo una historia para usted.

El visitante volvió a respirar hondo, aparentemente satisfecho consigo mismo, y comenzó.

Chapter Two

Un año antes Primera semana

LA CIUDAD era Littleton, un barrio residencial de las afueras de Denver. El vecindario era mejor conocido como Belaire, una extensión de casas de clase media alta cuidadosamente espaciada a lo largo de negras calles que serpenteaban entre radiantes y verdes prados. A la calle la llamaron Kiowa debido a los indios que mucho tiempo atrás reclamaron la propiedad de los valles. La casa, una construcción de dos pisos y coronada con un techo de tejas rojas de barro (cariñosamente llamada Windsor por la inmobiliaria), era el modelo más lujoso ofrecido en la subdivisión. El hombre de pie ante la puerta principal era Kent Anthony, responsable de la inmensa hipoteca sobre esta pequeña esquina del sueño estadounidense.

La suave brisa movía una docena de rosas rojas recién cortadas que se hallaba en la mano izquierda del hombre, acentuando crudamente el traje negro cruzado que le colgaba de los angostos hombros. El individuo era un larguirucho de un metro ochenta, quizás ochenta y cinco, con zapatos. Cabello rubio le cubría la cabeza, bastante corto sobre el cuello de la camisa. Ojos azules le centelleaban sobre una nariz aguda; la suave tez del hombre le hacía dar la impresión de tener diez años menos de los que en verdad tenía. Cualquier mujer podría verlo y creer que él se veía como de un millón de dólares.

Pero hoy era diferente. Hoy día Kent se sentía como de un millón de dólares porque realmente hoy había ganado un millón de dólares. O tal vez varios millones de dólares.

Se le alzaron las comisuras de los labios, y pulsó el timbre iluminado. El corazón se le aceleró, mientras se hallaba allí de pie frente al porche principal de su casa, esperando que se abriera la enorme puerta colonial. Una vez más le dio vueltas en la mente la magnitud de su logro, lo que le hizo recorrer un escalofrío por los huesos. Él, Kent Anthony, había conseguido lo que solo uno en diez mil lograba obtener, según las buenas personas de la oficina del censo.

Y él lo había logrado a los treinta y seis años de edad, viniendo quizás de los más improbables inicios imaginables, empezando de un cero absoluto. El paupérrimo y flacucho muchacho de la calle Botany, quien a su padre le había prometido triunfar, cueste lo que cueste, había cumplido esa promesa. En los últimos veinte años se había exigido miles de veces hasta el límite, y ahora ... bueno, ahora se erguiría alto y orgulloso en los anales familiares. Y para ser sincero, difícilmente podía resistir el placer que eso le producía.

De repente se abrió la puerta y Kent se sobresaltó. Allí estaba Gloria, boquiabierta por la sorpresa, con sus ojos color avellana abiertos de par en par. Un veraniego vestido amarillento con florecitas azules se ajustaba elegantemente a su esbelta figura. Una reina adecuada para un príncipe. Ese sería él.

-Kent!

Él extendió los brazos y sonrió de oreja a oreja. Los ojos femeninos se enfocaron en la mano que sostenía las rosas, y ella contuvo el aliento. Como invitada por ese grito ahogado, la brisa que soplaba sobre el hombre levantó el cabello de la mujer.

-Oh, cariño!

Kent le tendió orgullosamente el ramo y se inclinó levemente. En ese instante, viendo alegre la tensión en la mujer, y cómo la brisa levantaba mechones de rubio cabello del delgado cuello femenino, Kent sintió que el corazón le iba a estallar. Sin esperar a que ella volviera a hablar, atravesó el umbral y la abrazó. La estrechó por la cintura y la levantó para besarla. Gloria le devolvió apasionadamente el gesto de cariño y luego soltó la carcajada, sujetando las rosas detrás de Kent.

-?Soy un hombre que cumple su palabra, o no?

-Ten cuidado, querido! Las rosas. ?Qué diablos te ha poseído? Estamos a mitad del día!

- me has poseído -rezongó Kent.

La bajó y le estampó otro beso en la mejilla por si acaso. Se separó de ella y se inclinó en una fingida cortesía.

Gloria levantó las rosas y las observó con mirada centelleante.

-Son hermosas! De veras, ?cuál es la ocasión?

-La ocasión eres tú -respondió él quitándose el abrigo y lanzándolo sobre el barandal de las escaleras-. La ocasión somos nosotros. ?Dónde está Spencer? Quiero que él oiga esto.

Gloria sonrió y llamó por el pasillo.

-Spencer! Aquí está alguien que viene a verte.

-?Quién? -preguntó una voz desde la sala.

Spencer apareció por el costado caminando en medias. Los ojos se le abrieron de par en par.

-?Papá? -exclamó el niño corriendo hacia Kent.

-Hola, tigre -saludó Kent inclinándose y alzando a Spencer hasta darle un fuerte abrazo de oso-. ?Estás bien?

-Claro que sí!

Spencer se abrazó del cuello de su padre y lo apretó con fuerza. Kent bajó al niño de diez años y los miró a los dos. Allí estaban ellos, imagen perfecta, madre e hijo, tal para cual, carne y sangre de él. Detrás de ellos una docena de fotos familiares y cuantos retratos eran posibles adornaban la pared de la entrada. Tomas de los últimos doce años: Spencer de bebé en azul pálido; Gloria cargando a Spencer frente al primer apartamento, encantadores paredes color verde limón rodeadas de flores secas; ellos tres en la sala de la vivienda número dos (esta vez una verdadera casa) sonriendo de oreja a oreja como si el viejo sofá café en que se hallaban fuera realmente el último modelo, y no uno de diez dólares comprado a última hora en una venta de garaje de algún extraño. Luego la foto más grande, tomada solo dos años atrás, exactamente cuando acababan de comprar esta casa, la número tres si se cuenta el apartamento.

Kent les dio una mirada, y al instante pensó que ahora vendría bien una nueva foto. Pero en una pared diferente. En una casa diferente. En una casa mucho más grande. Miró a Gloria y le hizo un guiño. Los ojos de ella se abrieron como si hubiera imaginado algo.

-Spencer, tengo una noticia importante -comenzó diciendo, inclinándose hacia su hijo-. Acaba de sucedernos algo muy bueno. ?Sabes de qué se trata?

Spencer miró a su madre con ojos inquisitivos. Ágilmente se quitó flequillos rubios de la frente y levantó la mirada hacia Kent. Permanecieron en silencio por un momento.

-?Terminaste? -preguntó entonces su hijo con voz débil.

-?Y qué se supone que significa terminar? ?Terminar qué, muchacho?

-?El programa?

-Un muchacho inteligente el que tenemos aquí -comentó Kent haciéndole un guiño a Gloria-. ?Y qué significa eso, Spencer?

-?Dinero?

-?Terminaste de veras? -indagó Gloria, asombrada-. ?Pasó?

-Por supuesto que pasó! -exclamó Kent soltando el hombro de su hijo y lanzando un puño al aire-. Esta mañana.

Él se irguió y fingió un anuncio oficial.

-Amigos míos, el Sistema Avanzado de Procesamiento de Fondos, creación de Kent Anthony, ha pasado todas las pruebas con éxito sobresaliente. El Sistema Avanzado de Procesamiento de Fondos no solo funciona, sino que funciona a la perfección!

Spencer sonrió ampliamente y lazó un grito.

-Magnífico trabajo, sir Anthony -expresó Gloria sintiendo una oleada de orgullo, poniéndose en puntillas, y besando a Kent en la barbilla.

Kent hizo una reverencia y luego se dirigió a la sala. Una pasarela surgía por encima del cielo raso en el segundo piso; Kent corrió por debajo, yendo hasta el mueble de cuero color crema. Saltó el sofá de un solo brinco y cayó en una rodilla, moviendo el brazo de arriba abajo como si acabara de atrapar el balón para realizar una anotación en el fútbol americano.

-Sí! Sí, sí, sí!

El interior de estilo español yacía inmaculado alrededor de él, del modo en que Gloria insistía en mantenerlo. Un gran embaldosado de cerámica recorría un desayunador y llegaba hasta la cocina a la derecha de Kent; y a la izquierda sobre el área de entretenimiento se hallaba una palma en una maceta. Directamente ante él, por sobre la chimenea aún sin estrenar, había una gigantesca pintura de Cristo sosteniendo a un hombre caído y desamparado cuyas manos agarraban clavos y un martillo. Perdonado, se llamaba.

-?Tienen ustedes idea de lo que esto significa? -preguntó Kent girando hacia su familia-. Déjenme decirles lo que significa.

Spencer gritaba alrededor del sofá y saltó cayendo sobre una rodilla, casi golpeando a Kent en la espalda. Gloria también saltó sobre el sofá de cuero color crema, descalza, haciendo ondear el vestido amarillo. Fue a parar de rodillas sobre los cojines, sonriendo ampliamente, esperando, haciendo un guiño a Spencer, quien la había visto saltar.

Kent sintió que una oleada de cariño le llegaba al corazón. Vaya, cómo la amaba!

-Esto significa que tu padre acaba de cambiar la manera en que los bancos procesan fondos -explicó él, e hizo una pausa, reflexionando-. Se los pondré de otro modo. Tu padre acaba de ahorrar a Niponbank millones de dólares en costos de operación.

(Continues...)



Excerpted from LA APUESTA DEL CIELO by TED DEKKER Copyright © 2010 by Grupo Nelson. Excerpted by permission.
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