La cancion del angel

Overview

Los ángeles velan ansiosamente cada movimiento de Annie Fletcher, pero ella no lo sabe aún.

Cuando Annie Fletcher regresa a Charleston para ver a su hermana menor, Sarah, recibir su grado de maestría, ella se encuentra en la parte trasera de una ambulancia, observando impotente como Sarah lucha por vivir. Durante el viaje, Sarah parece hablar con alguien que no está allí, canturreando una melodía que nunca antes Annie había escuchado.

El vecino...

See more details below
Paperback (Spanish-language Edition)
$12.17
BN.com price
(Save 18%)$14.99 List Price

Pick Up In Store

Reserve and pick up in 60 minutes at your local store

Other sellers (Paperback)
  • All (10) from $1.99   
  • New (7) from $1.99   
  • Used (3) from $4.49   
La canción del ángel

Available on NOOK devices and apps  
  • NOOK Devices
  • Samsung Galaxy Tab 4 NOOK 7.0
  • Samsung Galaxy Tab 4 NOOK 10.1
  • NOOK HD Tablet
  • NOOK HD+ Tablet
  • NOOK eReaders
  • NOOK Color
  • NOOK Tablet
  • Tablet/Phone
  • NOOK for Windows 8 Tablet
  • NOOK for iOS
  • NOOK for Android
  • NOOK Kids for iPad
  • PC/Mac
  • NOOK for Windows 8
  • NOOK for PC
  • NOOK for Mac
  • NOOK for Web

Want a NOOK? Explore Now

NOOK Book (eBook)
$9.99
BN.com price

Overview

Los ángeles velan ansiosamente cada movimiento de Annie Fletcher, pero ella no lo sabe aún.

Cuando Annie Fletcher regresa a Charleston para ver a su hermana menor, Sarah, recibir su grado de maestría, ella se encuentra en la parte trasera de una ambulancia, observando impotente como Sarah lucha por vivir. Durante el viaje, Sarah parece hablar con alguien que no está allí, canturreando una melodía que nunca antes Annie había escuchado.

El vecino Ethan McKinney le presta su apoyo cuando Sarah muere inesperadamente. Como carpintero que es, Ethan se ofrece para ayudar a Annie a reparar la casa de la familia Fletcher para venderla. La presencia de Ethan la distrae, pero lo que angustia a Annie es el hijo de doce años de su vecina Tammy. Keith tiene síndrome de down y la maña de creer que él puede ver y escuchar ángeles.

Dios comienza a revelarse a sí mismo a Annie, tanto en sus nuevos amigos como mediante desgarradores y claramente sobrenaturales acontecimientos. Annie encuentra fe en Dios, finalmente experimentando el aliento de que sus ángeles realmente nos rodean.

Read More Show Less

Product Details

  • ISBN-13: 9781602554252
  • Publisher: Grupo Nelson
  • Publication date: 5/3/2011
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 352
  • Sales rank: 1,426,833
  • Product dimensions: 5.40 (w) x 8.40 (h) x 1.00 (d)

Meet the Author

Sheila Walsh, una oradora de éxito, es autora de la galardonada serie Gigi, God's Little Princess, The Heartache No One Sees, Get off Your Knees & Pray y Déjalo en las manos de Dios. Sheila vive con su esposo, Barry, y su hijo, Christian.

Sheila Walsh, una oradora de éxito, es autora de la galardonada serie Gigi, God's Little Princess, The Heartache No One Sees, Get off Your Knees & Pray y Déjalo en las manos de Dios. Sheila vive con su esposo, Barry, y su hijo, Christian.

Read More Show Less

First Chapter

La canción del ángel

Una novela
By Sheila Walsh Kathryn Cushman

Thomas Nelson

Copyright © 2011 Grupo Nelson
All right reserved.

ISBN: 978-1-60255-684-3


Chapter One

Las luces azules y rojas brillaban en los vidrios rotos y en el retorcido metal, reflejándose fríamente en la calurosa noche de Carolina del Sur. Ana Fletcher estaba sentada en el borde de la vereda, abrazándose las rodillas contra el pecho. ¿Cómo es posible que haya sucedido esto? Cerró los ojos tratando de volver a tener algún sentido de normalidad, pero eso solo intensificó el terrible olor de los neumáticos calientes y de los fluidos del motor. Se dio por vencida y abrió los ojos.

Las luces estroboscópicas multicolores iluminaban muy bien la escena a su alrededor. Miró a un policía de uniforme negro gritando órdenes a través de un walkie-talkie. Cerca de ella, un bombero con uniforme amarillo le tiraba agua al motor lleno de vapor, y dos personas con uniformes azules estaban inclinadas sobre una camilla. Ella se hizo a un lado, como les había prometido a los paramédicos del servicio de emergencia. Si el estar sentada allí hacía que ellos pusieran toda su atención en Sara, entonces es lo que haría.

—Tome, creo que esto le hará bien —le dijo una mujer vestida con un traje de pantalones negro, dándole una botella de agua, la cual Ana tomó con gratitud.

—Gracias —le dijo y tomó un buche de agua, y después otro, sorprendiéndose de lo sedienta que estaba.

—¿Hay alguna otra cosa que pudiera hacer para ayudarla? —el cabello de la mujer se veía color cobre con el reflejo de las luces, y su rostro le pareció vagamente familiar, como alguien que Ana hubiera conocido hacía mucho tiempo—. ¿Necesita algo?

Ana sacudió la cabeza y dirigió la mirada hacia los paramédicos. —No, nada.

—Es su hermana —la mujer lo dijo como un hecho, no una pregunta, pero esperó como si le fuera a ser confirmado.

—Sí —le dijo Ana, quien vio a una tercera persona vestida de azul salir de algún lugar detrás del humo. Caminó hacia donde estaban los otros, tuvieron una breve conversación, y luego se apresuraron a ir al frente de la ambulancia.

La mujer le indicó con una señal. —Si se mete en la ambulancia ahora, antes que nadie se dé cuenta de lo que está haciendo, no la van a hacer bajar. Camino al hospital, ella va a escuchar su voz y sabrá que no está sola —la mujer habló con autoridad, como si entendiera la situación completamente.

Ana miró a través de las puertas dobles que estaban abiertas a todo el equipo esterilizado adentro. ¿Cómo era posible que Sara no estuviera aterrorizada en medio de todo eso? —Tiene razón —le dijo a la mujer. Se puso de pie con dificultad y caminó hacia el vehículo.

—Oiga, usted no puede viajar ahí atrás —la voz masculina sonaba como si el joven apenas hubiera pasado la pubertad, y completamente falta de autoridad.

Ana comenzó a ignorarlo por completo, poniendo un pie en el escalón, pero luego pensó un poco mejor. Manteniendo el pie plantado con firmeza, se detuvo y se dio vuelta. Él y otro paramédico estaban ajustando correas alrededor del cuerpo de Sara en la camilla, lo cual hizo que Ana tuviera más determinación. —Ella es mi hermana. No los voy a molestar. No voy a hablar, pero no la voy a dejar sola.

La paramédica que estaba con el joven echó un vistazo solapado en dirección hacia Ana, mientras ajustaba la última correa. —Siéntese en ese rincón, el más alejado, contra la pared.

Su joven ayudante levantó la vista. —¿No la deberíamos hacer viajar junto al chofer?

—No hay tiempo para eso. Tenemos que apresurarnos. Ahora, uno, dos, tres.

Ana se agachó para entrar en la ambulancia, y sintió el olor a antisépticos mucho más fuerte mientras iba hacia el rincón de la parte de atrás. Los dos paramédicos actuaban en sincronización, y colocaron a Sara cerca de ella. Muy pronto todos estuvieron apretujados dentro, cerraron las puertas de la ambulancia, y su pequeño mundo se movía en un arranque de velocidad y sirenas estridentes.

Con Sara a solo centímetros de su lado, Ana quería tomarle la mano, acariciarle el rostro, cualquier cosa que le pudiera dar consuelo y le recordara que no estaba sola. Pero con una larga herida que le sangraba lentamente en la mejilla izquierda, y con el hombro derecho que se veía en un ángulo muy extraño, Ana tuvo miedo de tocarla. No le quería causar más dolor, así que tocó un mechón del cabello rubio de Sara que estaba sobre la almohada. Ana lo acarició, deseando con desesperación poder transmitirle algo de su fuerza con eso. —Persevera, Sara. Tienes que luchar. No te duermas.

Sara abrió los ojos y miró hacia donde estaba Ana, con sus ojos azules entrecerrados por el dolor. —Lo siento mucho. No sé ... que fue lo que pasó.

Ana le habló con tanta suavidad como pudo. —Fue solo un pequeño accidente. No te preocupes, todo va a estar bien.

Con el movimiento del vehículo, Sara dio vuelta el rostro hacia la maraña de tubos, monitores de luces intermitentes, y gabinetes llenos de cosas en las cuales la gente no quiere pensar. Tenía los ojos abiertos, por lo cual Ana estaba agradecida, aun cuando su respiración se hizo dificultosa. Ana se enfocó en el sonido de cada respiro, de cada jadeo, de cada resuello. Mientras tanto ella escuchara todo eso, su hermana todavía estaba viva y respirando. Si fuera necesario, ella mantendría los pulmones de Sara respirando por pura fuerza de voluntad.

—Ooooh.

Ana se inclinó hacia delante. Iba a tocar a su hermana, pero de alguna forma detuvo la mano a menos de un centímetro de su cuerpo. ¿Qué es lo que estaba haciendo? No tenía adiestramiento médico. En realidad, apenas había pasado la clase sobre la salud en la secundaria. Pero tenía que hacer algo.

Ella le tocó el hombro a la paramédica, preguntándose por qué la mujer estaba ignorando lo que era obvio. —¡Ayúdela! Se está ahogando.

La paramédica no le hizo caso a la mano de Ana, y continuó desenrollando cierto tubo, su rostro sin casi registrar una reacción a la respiración difícil de Sara o al arranque de Ana. —No se está ahogando. Está tarareando.

—¿Qué? —dijo Ana mirando a su hermana.

El rostro de Sara no demostraba las contorsiones que se esperan con el dolor. Tenía abierta la boca; los ojos bien abiertos y fijos detrás del hombro derecho de Ana, en un lugar encima de todas las herramientas y aparatos. «Glorioso», dijo. Dio otro suspiro laborioso, pero los labios se le curvaron en una sonrisa. Levantó la mano derecha hasta que las correas de la camilla la detuvieron, luego estiró los dedos como si tratara de alcanzar algo. «Los colores son tan brillantes, oh mi ...» Las palabras fueron apenas un susurro entrecortado. «La canción ... puro gozo». De su garganta salió un sonido ahogado, y ella hizo un esfuerzo por respirar, pero todavía se las arregló para tararear a pesar de eso.

El paramédico estaba poniendo cinta adhesiva alrededor de un tubo que tenía en una vena, pero levantó la vista. —La morfina debe estar dando resultado.

—¿Le diste morfina? —la mujer que se había mostrado muy controlada, dijo con enojo en la voz.

—Ah, no, pensé que lo había hecho usted.

—No se le da morfina a un paciente con múltiples traumas sin instrucciones específicas. Especialmente con presión sanguínea inestable, que tiene dificultad para respirar, y cuando el camino al hospital es corto. ¿Lo entendiste?

—Sí, lo sé. Pero es que cuando ella comenzó a cantar, y a hablar con gente que no está aquí, bueno ... creo que asumí que ella estaba bajo los efectos de narcóticos —el joven miró a Sara, que tenía los ojos cerrados mientras tarareaba, y luego volvió a su trabajo con la cinta adhesiva.

Desesperada por alguna forma de ayudar, Ana escuchó la canción. Tal vez le daría seguridad a Sara si ella también se unía cantando. Tal vez el sonido de una voz familiar le podía dar la fuerza para luchar, la ayudaría a mantenerla aquí. Pero Ana no reconoció la canción. Enfocó toda su concentración en escuchar, esperando oír algo que le sonara familiar. Pero no fue así. Y aun con la extraña voz de Sara, la melodía era preciosa.

—Yo he visto cosas como esta antes —dijo la paramédica—. Susurros asombrosos, expresiones de paz cuando no debería haber ninguna, y casi siempre una canción. Una vez aun pensé escuchar una melodía. Lo hace pensar a uno en qué es lo que hay más allá.

Con una sacudida final, la ambulancia se detuvo haciendo chirriar los frenos. Las puertas de atrás se abrieron, y una lluvia de luz, sonido y personas con uniformes blancos estaban esperando. Ana se inclinó y besó el mechón de cabello. —Sara, mantente fuerte. No te atrevas a dejarme. No ahora.

Sara no indicó haber escuchado nada, solo continuó mirando hacia arriba, a su lado derecho. —Ayúdame, Anita, por favor.

Ana se inclinó hacia delante, lista para hacer lo que fuera que su hermana le había pedido. —¿Cómo te puedo ayudar, Sara? ¿Qué necesitas que haga?

Levantaron la camilla, y una gran cantidad de personal se fue, llevando a Sara con ellos. —No, esperen —dijo Ana saltando de la ambulancia—. Sara, ¿qué necesitas? Dime lo que puedo hacer.

Una enfermera enorme en uniforme rosado se interpuso entre Ana y las puertas de la sala de emergencia. —Lo siento. A usted no se le permite entrar allí.

Ana esquivó a la enfermera. —Trate de impedírmelo. Ella me pidió que la ayudara, y yo la voy a ayudar —aun como persona delgada de un metro y sesenta centímetros de estatura, ella estaba segura de que su determinación haría lo que no podía hacer su estatura.

La enfermera la tomó del brazo, con tanta fuerza que casi hizo que Ana diera un sacudón hacia atrás. —La están llevando directamente a la sala de operaciones. Vamos a hacer todo lo más que podamos por ella, pero necesitamos que usted no se interponga en nada.

Ana trató de lograr que la mujer le soltara el brazo, pero no pudo. —Suélteme.

—Su hermana no era la única en el automóvil. Usted tiene que ir a uno de los cuartos de atrás y tenemos que revisarla —la voz calmada de la mujer tenía un tono de preocupación que no hacía juego con la mirada de su rostro que decía «mejor es que haga lo que le digo».

Pero Ana se enfrentaría a la Enfermera Dinámica sin pensarlo si eso hubiera significado ayudar a Sara.

Entonces ella vio a dos policías uniformados que venían en su dirección y decidió tratar un enfoque más calmado. Lo último que quería era ser expulsada de ese lugar. —Estoy bien. Todo lo que usted puede hacer por mí es cuidar a mi hermana.

—Dejemos que los doctores sean lo que decidan eso, querida.

Se le ocurrió a Ana que si ella estaba dentro del ala de emergencia en lugar de una sala de espera, tal vez podría oír lo que estaba pasando, y saber sobre Sara con mucha más rapidez. En realidad, el brazo izquierdo le dolía un poco, y sentía ardor en la mano y en la mejilla izquierda. Valía la pena correr el riesgo. —Está bien. ¿A dónde debo ir?

—Venga conmigo —la melaza que salía de la voz de la enfermera podría causar obstrucción en las arterias, pero no le soltó el brazo para nada. Simplemente comenzó a caminar lentamente hacia las puertas con el letrero de Entrada a la sala de emergencia.

Muy pronto pusieron a Ana en un cubículo en el cual solo había una cama y dos sillas pequeñas. La Enfermera Dinámica puso un pedazo de tela doblado de color celeste sobre la cama. —Póngase esto y muy pronto uno de los doctores la vendrá a ver.

—Dígale que venga enseguida. Necesito respuestas.

—¿No las necesitamos todos? —la enfermera no se molestó en mirar hacia atrás cuando cerró las cortinas tras de sí.

Ana colocó los brazos a través de los enormes agujeros y estaba tratando de atar las cintas de la parte de atrás cuando escuchó la voz de un hombre del otro lado de las cortinas. —¿Señorita Fletcher?

Ana juntó la parte de atrás de la enorme bata lo mejor que pudo y se sentó al borde de la cama. —Sí, estoy lista —dijo mirando los cortes que tenía en el brazo izquierdo. No se veían muy profundos, por lo menos no para ella. —En realidad estoy bien. No quiero que me ponga puntadas en el brazo, será ... —Ana levantó los ojos para mirar al doctor, excepto que no era el doctor. Era uno de los policías uniformados que había visto afuera.

—Siento mucho tener que hacer esto ahora, pero en realidad necesito formularle algunas preguntas.

Ana asintió con la cabeza. —Está bien.

Él se sentó en una de las sillas, con papel y lapicero en la mano. —¿Me puede decir qué sucedió esta noche?

—Yo ... nosotras habíamos ido a comer. Sara, mi hermana, va a recibir su Maestría en Trabajo Social el viernes. Ella quiere ayudar a niños que viven en los barrios pobres de la ciudad —Ana no sabía por qué le estaba dando todos esos detalles. Ella sabía que no era la clase de información que él buscaba, pero de alguna forma era importante para ella que él entendiera quién realmente era Sara, ver que ella no era solo otra estadística.

—Parece que ella es una persona fantástica —su voz era amable.

—Sí, lo es, y es por eso que todo el mundo la amaba mucho.

El oficial se aclaró la garganta. —¿Recuerda el accidente?

—Íbamos de regreso a casa después de cenar en el centro. Nos detuvimos en la luz en la calle Calhoun, donde se cruza con Rutledge. Yo le estaba haciendo bromas sobre un muchacho que estaba coqueteando con ella. La luz se puso verde. Giré el cuello para decirle algo, y de pronto vi esos focos justo sobre su hombro, viniendo a toda velocidad. La luz era muy brillante —Ana se frotó los ojos, tratando de borrar la imagen—. No sé si Sara lo vio venir.

El oficial escribió algo en su libreta, indicando con la cabeza que había entendido. Luego levantó la vista, y con un tono de voz totalmente impersonal, le preguntó: —¿Había estado bebiendo su hermana?

—¿Qué? —dijo Ana saltando de la cama y señalando hacia la cortina—. ¡Salga de aquí!

—Mire, siento mucho tener que preguntarle esto. En verdad, siento mucho lo que sucedió para hacer que esta conversación sea necesaria. Sé que esto es muy difícil para usted, pero cuantas más respuestas obtenga, tanto mejor vamos a poder poner esta situación en contexto.

—El otro automóvil pasó la luz roja y nos chocó. ¿Por qué le debería importar a usted si Sara bebió una bebida alcohólica o no? ¿Por qué debería importar si ella estaba totalmente embriagada, si ese hubiera sido el caso?

Él no se mostró ofendido por esa explosión. —Solo estoy tratando de saber toda la historia.

—No —dijo Ana al tiempo que bajaba la mano y se volvía a sentar en la cama—. No, ella no bebió otra cosa excepto té.

Él asintió con la cabeza y escribió algo en su bloc de notas. —¿Hay algunos otros detalles que me puede dar?

—Estábamos paradas en la luz. El primer automóvil en la línea, así que sé que la luz estaba verde cuando avanzamos. El otro auto apareció de pronto. Se movía a tanta velocidad, justo sobre el hombro de Sara. Siguió avanzando tan rápido ... tan rápido ... —Ana se frotó los ojos de nuevo—. No hay mucho más que le pueda decir.

—¿Hay algún teléfono con el cual me pueda comunicar con usted en caso de que tenga alguna otra pregunta en los próximos días?

Después de que Ana le escribiera el número de su teléfono celular, el oficial se puso de pie. —Muchas gracias por su ayuda.

Ana levantó la vista. —El otro conductor, ¿le preguntó a él si había estado bebiendo? Eso es lo que pasó, ¿no es verdad? Él estaba tan ebrio o drogado que no vio la luz, no vio nuestro auto —el recuerdo de las luces que se acercaban a toda velocidad le quemaba la vista a Ana—. Dígame que nunca le va a dar la oportunidad de hacerle esto a nadie más. Dígame que lo va a meter en la cárcel y que lo va a dejar allí.

—Me temo que no —puso el lapicero en su bolsillo, luego abrió un lado de la cortina. Esperó lo que dura un latido del corazón antes de volverse—. El hombre murió con el impacto.

—Oh —dijo Ana sacudiendo la cabeza, y comenzó a llorar de nuevo—. De alguna forma eso nunca se me ocurrió.

—La voy a llamar si tengo más preguntas —dijo desapareciendo a través de las cortinas y cerrándolas tras de sí.

(Continues...)



Excerpted from La canción del ángel by Sheila Walsh Kathryn Cushman Copyright © 2011 by Grupo Nelson. Excerpted by permission of Thomas Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.

Read More Show Less

Customer Reviews

Be the first to write a review
( 0 )
Rating Distribution

5 Star

(0)

4 Star

(0)

3 Star

(0)

2 Star

(0)

1 Star

(0)

Your Rating:

Your Name: Create a Pen Name or

Barnes & Noble.com Review Rules

Our reader reviews allow you to share your comments on titles you liked, or didn't, with others. By submitting an online review, you are representing to Barnes & Noble.com that all information contained in your review is original and accurate in all respects, and that the submission of such content by you and the posting of such content by Barnes & Noble.com does not and will not violate the rights of any third party. Please follow the rules below to help ensure that your review can be posted.

Reviews by Our Customers Under the Age of 13

We highly value and respect everyone's opinion concerning the titles we offer. However, we cannot allow persons under the age of 13 to have accounts at BN.com or to post customer reviews. Please see our Terms of Use for more details.

What to exclude from your review:

Please do not write about reviews, commentary, or information posted on the product page. If you see any errors in the information on the product page, please send us an email.

Reviews should not contain any of the following:

  • - HTML tags, profanity, obscenities, vulgarities, or comments that defame anyone
  • - Time-sensitive information such as tour dates, signings, lectures, etc.
  • - Single-word reviews. Other people will read your review to discover why you liked or didn't like the title. Be descriptive.
  • - Comments focusing on the author or that may ruin the ending for others
  • - Phone numbers, addresses, URLs
  • - Pricing and availability information or alternative ordering information
  • - Advertisements or commercial solicitation

Reminder:

  • - By submitting a review, you grant to Barnes & Noble.com and its sublicensees the royalty-free, perpetual, irrevocable right and license to use the review in accordance with the Barnes & Noble.com Terms of Use.
  • - Barnes & Noble.com reserves the right not to post any review -- particularly those that do not follow the terms and conditions of these Rules. Barnes & Noble.com also reserves the right to remove any review at any time without notice.
  • - See Terms of Use for other conditions and disclaimers.
Search for Products You'd Like to Recommend

Recommend other products that relate to your review. Just search for them below and share!

Create a Pen Name

Your Pen Name is your unique identity on BN.com. It will appear on the reviews you write and other website activities. Your Pen Name cannot be edited, changed or deleted once submitted.

 
Your Pen Name can be any combination of alphanumeric characters (plus - and _), and must be at least two characters long.

Continue Anonymously

    If you find inappropriate content, please report it to Barnes & Noble
    Why is this product inappropriate?
    Comments (optional)