La Ciencia de lo invisible by Massimo Citro, Hardcover | Barnes & Noble
La Ciencia de lo invisible

La Ciencia de lo invisible

by Massimo Citro
     
 

Product Details

ISBN-13:
9788497779326
Publisher:
Obelisco, Ediciones S.A.
Publication date:
06/30/2013
Edition description:
Spanish-language Edition
Pages:
144
Product dimensions:
7.50(w) x 9.40(h) x 0.70(d)

Read an Excerpt

La Ciencia de lo Invisible

Un fascinante viaje a través de la física, la medicina, la espiritualidad y la filosofía


By MASSIMO CITRO, MASARU EMOTO

EDICIONES OBELISCO

Copyright © 2013 Ediciones Obelisco, S. L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9777-932-6



CHAPTER 1

La ciencia del agua

(Massimo Citro)

Dos siglos de historia

Han pasado más de doscientos años desde que el médico alemán Samuel Hahnemann disolviera en alcohol plantas, animales o minerales, como base para tinturas que luego diluiría en agua. Agitaba violentamente cada dilución un centenar de veces, golpeándola contra una superficie «rígida pero elástica, como la cubierta de piel de un libro». Así nacía la homeopatía.

Estos golpes, sin los cuales la preparación no es un remedio homeopático sino sólo sustancia diluida, se llaman sucusión o dinamización. Las diluciones más empleadas son aquellas en la proporción de 1:100 o 1:10, es decir: centesimal o decimal. Pongamos un ejemplo: se toman los movimientos de una tintura diluida al 1 % en peso o en volumen que, después de la sucusión, se convierte en la primera parte centesimal hahnemanniana (1 CH), una parte de la cual, a su vez añadida a 99 de agua y agitada, se convierte en el segundo centesimal (2 CH) y se continúa así hasta la dilución deseada. En la tercera centesimal la concentración de soluto es de unas pocas partes por millón, así que el efecto farmacológico de esas raras moléculas de sustancia es cero y la solución es casi enteramente agua. Después de la duodécima centesimal (más allá del número de Avogadro), la ausencia de soluto es tal que ya no se encuentran trazas de la sustancia disuelta.

Las pocas moléculas presentes en los preparados homeopáticos después de 3 CH no son suficientes para actuar farmacológicamente: permanece una «memoria» del soluto, pero desde el punto de vista químico los remedios están siempre hechos sólo de agua. Aquí es donde se puede empezar a hablar de la memoria del agua, término colorido e imaginativo que significa que en la estructura del agua puede permanecer la memoria de algo que se disolvió; fenómeno ya observado en la antigüedad, pero en el que nunca se profundizó ... hasta que el bueno de Hahnemann probó en sí mismo los efectos de la quinina en diferentes diluciones, para darse cuenta de que podía inducir la misma fiebre que era capaz de curar. Hahnemann había descubierto el principio básico de la homeopatía, el de los semejantes. Similia simillibus curentur ...

¿Y qué decir de ese otro «loco», el doctor Hering, pionero de la homeopatía, enviado por la Orden de Médicos para disuadir a Hahnemann de semejantes «brujerías», y que en su lugar se convirtió a la homeopatía, y que en la selva amazónica se metió en una jaula cara a cara con la serpiente más venenosa del mundo, una Lachesis, para estudiar sus efectos?

Buena parte de la comunidad científica todavía se burla de la homeopatía y la considera sólo «agua fresca». También es evidente hasta para un niño que si el remedio homeopático consigue resultados terapéuticos no será a causa de esas pocas moléculas disueltas, sino por algún otro factor. Desde el punto de vista químico, el remedio homeopático es siempre H2O, pero se trata de agua diferente que, como suele decirse, ha conservado el recuerdo, una huella del soluto que había sido disuelto. ¿Y qué es ese bendito recuerdo? ¿Cómo consigue registrar algo? ¿Precisamente el agua, que es tan simple y frágil? El punto es: el agua será frágil y simple, utile et humile et pretiosa et casta, pero en realidad es un poderoso grabador de frecuencias naturales.

Como una cinta magnética o un CD. ¿Habéis pensado alguna vez que la molécula de agua actúa como un imán? Observad su forma de «V». En el vértice el oxígeno con polaridad negativa, mientras que en los dos vectores están dos hidrógenos de polaridad positiva. Un imán. Y la miríada de moléculas de agua se puede combinar entre sí, utilizando el principio de atracción y repulsión de las cargas eléctricas, para formar las más diversas situaciones. Las moléculas de agua se atraen y se repelen como los niños en los columpios, participando unas con otras, debido a las atracciones polares entre el hidrógeno de una y el oxígeno de otra. Se forman los llamados puentes de hidrógeno, muy frágiles y proclives a separarse para reconfigurar toda la situación. El agua es una red de moléculas unidas por enlaces de hidrógeno. Miles de millones de imanes microscópicos unidos entre sí, eso es el agua. ¿Habéis pensado alguna vez en cuando suspiráis en medio de un sueño mientras abrazáis a un ser querido frente al mar nocturno? O la melancolía que provoca ver caer la lluvia ... Son esos enlaces de hidrógeno los que le permiten al agua registrar algo. Los efectos terapéuticos del remedio homeopático parecen debidos a particulares configuraciones de las moléculas de agua. Para comprenderlo es necesario que el pensamiento pase de la química a la física y esto es lo que puede presentar problemas. Pero procedamos en orden y retrocedamos veinte años.


El agua puede «recordar»

1998. Era el 30 de junio ... Muchos de nosotros no hemos olvidado de aquel verano, especialmente la mañana en que el mundo entero, al levantarse de la cama y recoger el periódico, exclamó al unísono: «¡Ohhhhh! ...».

Impreso en portada de casi todos los periódicos podía leerse: El descubrimiento de la memoria del agua. «La memoria del agua» es un término periodístico utilizado por primera vez por el diario francés Le Monde, poco después de la publicación del famoso artículo del doctor Jacques Benveniste en la revista científica internacional Nature. ¿Qué había sucedido? Un médico francés, director de la unidad de investigación número 200 del más importante instituto francés de investigación médica, el INSERM (Instituto Nacional de Salud e Investigación Médica), en Clamart, a las afueras de París, fue capaz de hacer reaccionar determinadas células poniéndolas en contacto, no con una sustancia, sino con el «recuerdo » de ésta en el agua. En resumen, el agua había actuado como si se tratara de esa molécula.

«Como si ...», me repetía a mí mismo aquella mañana leyendo el periódico. Como si. Porque ese Como si era algo realmente extraordinario. Ese investigador había demostrado la homeopatía. La base física de toda la ciencia homeopática. Quién sabe qué cara iban a poner los ejecutivos de las multinacionales farmacéuticas. Encontrarían la manera de detenerlo, de desautorizarlo, pensé. Y tal vez lo pensamos muchos. Teníamos buenas razones. ¡Y pensar que la publicación había aparecido en la revista Nature, la más importante del mundo, la más prestigiosa, la más inalcanzable!

Hacía dos años que practicaba la electroacupuntura, disciplina alemana fundamentada en la ciencia de la acupuntura tradicional china, cuyo padre fundador fue el médico Reinhard Voll, en los años cincuenta del siglo xx. Esta disciplina permite realizar pruebas en el paciente a través del simple fenómeno de la resonancia entre las frecuencias emitidas por tubos de ensayo (en su mayoría con diluciones homeopáticas) y las emitidas por el paciente. En los tubos de ensayo se pueden imprimir las frecuencias de estos remedios homeopáticos, como se explica a continuación. Por lo tanto, también nosotros lo electroacupuntores habíamos observado desde hacía años el fenómeno de la memorización en los líquidos, pero a través de circuitos electrónicos. Nuestra información provenía, sí, de los remedios homeopáticos, pero eran transferidos en forma de secuencias de onda de tubos de ensayo llenos de agua que, a su vez, actuaban como los propios remedios. Para nosotros no era una novedad que el agua retuviera un recuerdo de dicha información. Con Benveniste, sin embargo, el fenómeno se presentaba finalmente como tema de discusión de toda la comunidad científica (éste es el gran mérito del investigador francés) y, si el evento parecía de importancia histórica, también es cierto que todos los problemas podían empezar allí. Y así fue.

El de Jacques Benveniste había sido, hasta aquel infausto día, el hermoso nombre de un científico serio que había bautizado algunas investigaciones importantes sobre todo en el campo de la inmunología y de la alergología. El factor de activación de plaquetas (PAF) fue descubierto por él. Este director de investigación de la ciudad de París tenía una brillante carrera. Hasta que conoció la homeopatía y al colega que le sugirió el experimento histórico, el doctor Bernard Poitevin. En un primer momento, Benveniste había expresado su escepticismo, pero más tarde –estamos en 1985– empezó a experimentar en el laboratorio con varias diluciones homeopáticas de un antígeno anti-IgE. Probó sobre ciertos glóbulos blancos (los granulocitos basófilos) capaces de identificar algunos antígenos a los que son alérgicos (polen, polvo, ácaros ...), mientras que in vitro reaccionan a ciertos anticuerpos, como los anti-IgE, en presencia de los cuales segregan histamina, principal mediador de la reacción alérgica. La histamina estaba contenida en los gránulos de su citoplasma. In vitro era bastante fácil ver si había reacción, ya que los basófilos activados no se colorean, a diferencia de los otros. Así que: el anti-IgE activa el basófilo, que degranula la histamina y ya no fija el colorante. Ahora bien, si lo hace una molécula auténtica, es lo de siempre. Pero es el agua la que lo hace, significa que el agua es diferente, posee algo insólito. Ha conservado la memoria de la molécula disuelta (después eliminada) y puede sustituirla. Sorprendente, ¿no?

Exactamente lo que sucedió después: la dilución trigésimo decimal activó in vitro los basó filos, que no llegaron a secretar histamina, pero llevaron los gránulos citoplásmicos hasta la membrana. El último paso antes de emitir histamina. En este caso se habla de «activación del basófilo», mientras que si hay emisión de histamina se denomina «degranulación». Benveniste (que, entre otras cosas, era el inventor de este ensayo de la degranulación del basófilo) obtuvo in vitro la activación empleando un antígeno en trigésimo decimal (diluido uno a diez, cada vez durante treinta veces), teniendo en cuenta que, después del punto decimal duodécimo, ya se sobrepasa el número de Avogadro, es decir, ya no existe molécula de la sustancia disuelta. Sólo hay ... homeopatía.

Hay quien dice que Benveniste había llegado a una buena capacidad de reproducción, y hay quien dice lo contrario y que tuvo demasiada prisa por publicar, para que nadie pudiera robarle la primicia ... ¿Quién sabe qué pasó realmente? Por supuesto, Nature, la principal revista científica del mundo, aceptó el trabajo, que fue luego publicado5 el 28 de junio de aquel 1988 con el título: «Degranulación de los basófilos humanos inducidos por altas diluciones de un anti-IgE». Ser publicado por esa revista no es ninguna broma; y menos un artículo que hablaba acerca de efectos moleculares sin moléculas ...

Aquello provocó un gran revuelo en el mundo científico, que reaccionó indignado contra el hereje y contra la prestigiosa revista que lo publicó. Llovieron críticas sobre la dirección de Nature, que inmediatamente desautorizó al propio Benveniste y se colocó en una posición crítica con respecto al acuerdo previo de proporcionarle un gran espacio de difusión en su revista. No olvidemos que publicar significa someterse al juicio de referee y sabios. ¿Es peor equivocarse o retractarse?

Para ser justos, hay que señalar que la publicación en la revista Nature fue precedida por un editorial firmado por el editor de la revista, John Maddox, prudente y crípticamente titulado «Cuando se cree lo increíble», donde, entre otras cosas, comentó que no había ninguna evidencia de que ese comportamiento del agua pudiera estar dentro de los límites de lo posible. Uno se pregunta por qué la revista más importante en el mundo publicó un artículo con esa premisa. Si no estuvieran convencidos, no lo habrían publicado. Y si estaban convencidos, lo habrían publicado sin reticencias. En aquel momento muchos se hicieron esa misma pregunta. Algunos escribieron: «¿Por qué Nature publica ese artículo? ¿Quizá se ha convertido en una tribuna de hechiceros y magos?».

Parece que la publicación fue el resultado de una negociación (un enroque en el rigor científico). En un primer momento el trabajo de Benveniste fue rechazado, pero él insistió en ello tanto, que la dirección de la revista pidió y obtuvo la veri ficación de los resultados de otros científicos, un israelí del Ruth Ben Ari Institut, un canadiense de la Universidad de Toronto y dos profesores de la Universidad de Milán, Alberto Tedeschi y Antonio Miadonna. Con estas confirmaciones, Maddox decidió publicarlo, aunque se distanciaba en su editorial. El inmunólogo Miadonna fue muy cauto, indicando que el fenómeno de la llamada memoria sólo se aplicaba al basófilo, y que debían evitarse las generalizaciones. El comentario de la premio Nobel Rita Levi-Montalcini fue «una historia de ciencia ficción que se escapa de todo lo que sabemos». Otro premio Nobel, Jean-Marie Lehn, en cambio, definió a los autores del artículo como científicos serios: «cuatro laboratorios se han unido para firmar el trabajo, lo que me hace pensar que todo está bien comprobado. Pero debemos recordar que en la Historia de la Ciencia se han visto ejemplos que de inmediato se ha comprobado que eran víctimas de un error de método». Éste era clima en el que vio la luz el artículo de Benveniste.

Poco después, Nature envió a París una comisión de «expertos» encargados de verificar (a posteriori) la veracidad científica de Benveniste. ¿Quiénes eran? John Maddox, físico y director de la revista Nature, en persona. Walter Stewart, experto en fraudes («histérico cazador de brujas», lo llamó Benveniste), antes entre los referee de la revista que habían aprobado el artículo, y que en el pasado puso en duda el trabajo del estadounidense David Baltimore, premio Nobel de Medicina por sus trabajos sobre inmunología. James Randi, un prestidigitador encargado de desenmascarar estafadores ... Nombres que evidenciaban las intenciones de la Comisión. «Sólo faltaban los equilibristas y los domadores de leones», dijo el propio Benveniste.

¿Por qué motivo, el director de la revista científica líder en el mundo había tomado parte en persona, armado con prejuicios si no de certezas? ¿Para desentenderse él mismo? Ése no es un papel propio de un director científico. ¿Tal vez algunos grupos de presión estaban incómodos con el artículo y con su descubrimiento? El hecho es que después de publicar otro artículo titulado «La decepción de los experimentos de altas diluciones», Nature salió a la calle con: «La degranulación de los basófilos humanos no se activa por el antisuero anti-IgE en la alta dilución». El mismo título, si no fuera por el «no». Así comenzó el calvario científico y psicológico del pobre Jacques, que desde ese momento pasó el resto de sus días invirtiendo todas sus energías en un intento desesperado de rehabilitarse. Pero ahora el fuego que envolvía a su imagen científica era irreversible. De esas cenizas no resucitaría.

Benveniste no tenía un carácter fácil. Lo con- firmé personalmente. Era irascible, tal vez incluso un poco engreído. «Sobre todo porque en la investigación, queriendo ser honesto conmigo mismo, debo admitirlo, siempre me ha gustado la competición, la confrontación y el choque científico e intelectual, dentro del respeto a las reglas deontológicas. A muerte con los imbéciles, me escribió un amigo científico ...», así se describe Benveniste en la introducción de su libro de memorias. Ciertamente un gran científico, un investigador extraordinario, una persona dotada de coherencia y valentía innegable. Sin embargo, un hombre de mal carácter. Poco diplomático, inseguro de sí mismo, dado al empeño en la búsqueda de un consenso a toda costa por las personalidades infiuyentes del mundo científico. En 1989 casi todo el mundo lo había abandonado, incluso aquellos que habían confirmado su descubrimiento, pero –como si quisiera emular el drama médico de Henrik Ibsen Un enemigo del pueblo– continuó hasta su muerte con una creencia inquebrantable en lo que había descubierto, luchando contra toda la comunidad científica.

«El hombre más fuerte del mundo es aquel que se queda solo», exclama el héroe de Ibsen, el doctor Stockmann, al final del drama. Palabras que parecen encajar en el colega francés, al que cinco años después le cerrarán la unidad de investigación de París, y se quedará en el paro.

«La ética de la ciencia requiere el más alto grado de libertad. En particular, requiere que las ideas heterodoxas (de las que surge el único progreso científico y de las que se puede esperar un descubrimiento interesante) estén protegidas, se fomenten y discutan en serio. La crítica y la tolerancia son el pan de la ciencia. Como evidencia de esta virtud albergada en su reino, los científicos utilizan a menudo una anécdota: "Un día, un oscuro empleado de la Oficina de Patentes de Berna llamado Albert Einstein envió a Annalem der Physic un artículo que convulsionó la física ..."». Continuando con el mismo comentario esclarecedor: «No hay ningún gran descubrimiento, incluido el de Einstein, que no haya sido atacado incluso con las artimañas más prohibidas por distinguidos representantes de la ciencia oficial. Así sucedió con Galileo, Harvey, Darwin y muchos otros. Si se mira históricamente, es difícil escapar a la conclusión de que es raro encontrar una comunidad tan poco permeable a la crítica como la científica. [...] El descubrimiento de Benveniste (repito: aunque sea falso) puede ser una buena oportunidad para refiexionar sobre los problemas de la política de la ciencia de hoy en día. Es particularmente apropiado que los científicos no rechacen esta tarea. De lo contrario, podrían dañarse a sí mismos y ser ellos los primeros en darles la razón a aquellos pensadores que veían la ciencia como un instrumento del diablo, un brazo del poder secular». ¿Cuántos científicos deberían refiexionar sobre estas palabras?


(Continues...)

Excerpted from La Ciencia de lo Invisible by MASSIMO CITRO, MASARU EMOTO. Copyright © 2013 Ediciones Obelisco, S. L.. Excerpted by permission of EDICIONES OBELISCO.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.

Customer Reviews

Average Review:

Write a Review

and post it to your social network

     

Most Helpful Customer Reviews

See all customer reviews >