La Danza en espiral

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Este cl?sico en su g?nero, ?xito de ventas sin precedentes, es al mismo tiempo referencia obligada en la filosof?a y la pr?ctica de la brujer?a, y una gu?a para que sus lectores se acerquen a la Diosa, desarrollen sus poderes ps?quicos, e integren su cuerpo, mente y esp?ritu. En una nueva introducci?n, Starhawk revela los caminos que ha tomado la religi?n de la Diosa y la pr?ctica del ritual durante estos ?ltimos veinte a?os, y refleja el modo en que estos cambios han influido y realzado las ideas originales. ...
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Este clásico en su género, éxito de ventas sin precedentes, es al mismo tiempo referencia obligada en la filosofía y la práctica de la brujería, y una guía para que sus lectores se acerquen a la Diosa, desarrollen sus poderes psíquicos, e integren su cuerpo, mente y espíritu. En una nueva introducción, Starhawk revela los caminos que ha tomado la religión de la Diosa y la práctica del ritual durante estos últimos veinte años, y refleja el modo en que estos cambios han influido y realzado las ideas originales. Ante un mundo siempre cambiante, esta valiosísima guía espiritual es más relevante cada día.
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Product Details

  • ISBN-13: 9788497778916
  • Publisher: Obelisco, Ediciones S.A.
  • Publication date: 12/30/2012
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 432
  • Sales rank: 1,385,734
  • Product dimensions: 4.90 (w) x 7.40 (h) x 1.40 (d)

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La danza en espiral

Un renacimiento de la antigua religión de la Gran Diosa


By Starhawk

EDICIONES OBELISCO

Copyright © 2012 Ediciones Obelisco, S.L
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9777-891-6



INTRODUCTION

Introducción a la edición del décimo aniversario


Esta nueva edición de La Danza en Espiral me ha ofrecido la oportunidad de tener una conversación conmigo misma, en la cual espero que tú, lector, te sientas incluido. Una de las cosas que me fascinan de escribir es el modo en que ello derrota al tiempo. Al releer esto oigo mi propia voz de hace una década, recuerdo ideas que había olvidado y percepciones que se habían desvanecido.

Al principio, la idea de volver a ahondar en mi propio material de diez años atrás me parecía una empresa alarmante. Por un lado, temía descubrir que muchas cosas que me habían parecido certezas absolutas en esa época hubieran cambiado tanto que mis sentimientos anteriores me parecieran inmaduros o embarazosos. Por otro lado, quizá me diera más miedo aún el pensamiento de que nada había cambiado, de que mis creencias, pensamientos y prácticas podían haberse mantenido estáticas durante todo este tiempo.

El hecho de releer el libro me ha resultado tranquilizador. Sí, algunas cosas han cambiado, puesto que el mundo ha cambiado. Pero la mayor parte de lo que escribí todavía se sostiene. De hecho, hay muchas cosas que había olvidado, pues he estado casi una década sin leer el libro, aunque lo he usado como libro de consulta. He descubierto que después de escribir numerosos borradores de un libro, de volver a mecanografiar tres borradores seguidos (sí, este libro fue escrito antes de la época de los ordenadores domésticos) y de releer galeradas y pruebas finales, francamente, no quiero volver a verlo en mucho tiempo.

Sin embargo, fue una agradable sorpresa. Mi recuerdo de La Danza en Espiral era el de un simple libro de ejercicios, una introducción a la brujería fácil de leer, para principiantes. Al releerlo, me di cuenta de que en realidad es una obra de tealogía, aunque una buena introducción para principiantes, pero más compleja de lo que yo creía. De hecho, estoy bastante sorprendida de haberla creado estando a la mitad de la veintena y de que suene con un tono de tanta autoridad, cuando mi recuerdo de aquella época de mi vida es de una cierta inseguridad.

En realidad, este libro nació durante el verano en que yo tenía diecisiete años, el de 1968. Pasé la mayor parte del tiempo haciendo autostop por la costa de California, yendo de arriba abajo y acampando en las playas. Por primera vez, viví en contacto directo con la naturaleza, día y noche. Empecé a sentirme conectada con el mundo de una manera diferente, a ver todo como cosas vivas, eróticas, ocupadas en una danza continua de agradarse mutuamente, y a mí misma como una parte especial de todo ello. Pero todavía no tenía un nombre para mi experiencia.

Regresé a casa y empecé a asistir a mis cursos universitarios en la UCLA. Una amiga y yo empezamos a dar una clase de brujería como un proyecto independiente para la asignatura de antropología. En realidad, cuando empezamos a enseñar no sabíamos nada sobre brujería, pero eso no nos impidió ofrecer el curso, el cual impartimos como una especie de seminario, animando a nuestros compañeros de estudios a investigar sobre algún aspecto del tema e informar al resto. Así, aprendimos bastante e incluso formamos una asamblea de brujas, a pesar de no saber exactamente lo que era, o lo que se suponía que debía hacer. Improvisábamos rituales, lo cual, según recuerdo, incluía muchos golpes sobre unos palitos y ritmo y masajes en grupo.

Cuando finalmente conocimos a unas auténticas Brujas Wiccan, ellas vinieron a la sede transformada del club de estudiantes en la que varios de nosotros estábamos viviendo en una especie de comuna y nos leyeron El Cometido de la Diosa. Cuando oí las palabras tuve una fuerte sensación de no estar oyendo algo nuevo, sino de haber encontrado los nombres y el marco para poder comprender unas experiencias que ya había tenido.

La idea de una religión que adoraba a una Diosa era asombrosa y alentadora. De niña, habiendo sido criada como judía, yo había sido muy religiosa y había alcanzado un nivel avanzado en mi educación judía. Pero a finales de los sesenta, cuando me convertí en una mujer, me pareció que faltaba algo. El movimiento feminista todavía no había entrado en su período de resurgimiento y yo nunca había oído la palabra patriarcado, pero sentía que la tradición, tal como se encontraba entonces, carecía de modelos para mí como mujer y de caminos para el desarrollo del poder espiritual femenino. (En los años siguientes, ciertas ramas del judaísmo abrieron más vías para la adquisición de poder de la mujer y caminos más anchos para la experiencia de Dios, pero en aquella época este proceso todavía no se había iniciado).

La tradición de la Diosa abría nuevas posibilidades. Ahora mi cuerpo, con toda su feminidad, sus pechos, su vulva, su matriz y el flujo menstrual, era sagrado. El poder salvaje de la naturaleza, el intenso placer de la intimidad sexual, pasaron a ocupar un lugar central como caminos hacia lo sagrado, en lugar de ser negados, denigrados o vistos como algo periférico.

Empezamos nuestra instrucción con las Brujas que conocimos, pero ellas querían que hiciéramos ciertas cosas que yo era incapaz de hacer en ese momento: principalmente, una disciplina regular de meditación, estudio y ejercicios. Me alejé, pero continué valorando muchísimo la introducción que había tenido a la religión de la Diosa.

A principios de los setenta yo vivía en Venice, una zona de Los Ángeles que en aquella época tenía una fuerte comunidad de artistas, escritores, activistas políticos y personajes generalmente excéntricos. Me había implicado profundamente en el movimiento feminista y me reconocía como tal. Para mí parecía haber una conexión natural entre un movimiento para darle poder a la mujer y una tradición espiritual basada en la Diosa.

Mientras que en esa época la mayoría de feministas desconfiaban de cualquier giro hacia la espiritualidad y lo criticaban, identificándolo con el control patriarcal o el escapismo apolítico, otras estaban empezando a entrar en contacto con la historia y el simbolismo de la Diosa. En Venice, Z. Budapest, una Bruja hereditaria de Hungría, empezó a enseñar y a entrenar en una tradición feminista de la Wicca a varias mujeres. La conocí un día próximo al Equinoccio de Primavera, en su tienda en una calle muy concurrida, y ella me invitó al primer gran ritual exclusivamente de mujeres al que asistí. Caminamos hasta la hermosa ladera de las montañas de Santa Mónica, donde cantamos, bailamos y vertimos libaciones para la Diosa. Yo pedí una sanación para una amiga que estaba pasando por una intensa crisis emocional, y Z. me miró a los ojos y me dijo: "Pide algo para ti". "No," pensé, "eso es malo y egoísta y, además, yo no tengo necesidades". Pero ella fue, sabiamente, inflexible. "En nuestra tradición es bueno tener necesidades y deseos", dijo. "No somos una religión de abnegación de una misma".

No recuerdo exactamente lo que pedí (lo cual indica hasta que punto me negaba a reconocer mis propias necesidades), pero el ritual inició un proceso de cambio y transformación, trabajando de la manera en que la magia suele hacerlo: haciendo que todo se desmorone. Mi relación se deshizo, mi empleo se acabó y decidí irme de la ciudad.

Empecé a escribir la misma semana en que cumplí veintiún años. Mi madre me dio una máquina de escribir eléctrica como regalo de cumpleaños y de graduación de la universidad. Yo estaba empezando a asistir a clases de cine en la escuela de graduados de la UCLA y me apunté a un curso de verano para aprender a escribir. Me senté delante de la máquina de escribir y me invadió una sensación de predestinación. Algo me decía: "Vas a pasar una gran parte de tu vida aquí".

De modo que ese verano y ese otoño escribí una novela que ganó el Premio de Narrativa Samuel Goldwyn de la UCLA y recibí lo que en aquel momento me pareció una cuantiosa suma de dinero y unas expectativas ilusorias de un éxito inmediato. Escribí una segunda novela. Ninguna de las dos fue publicada, lo cual da igual. Sirvieron a su verdadero propósito, que era enseñarme el oficio y la disciplina de escribir.

Pero, por supuesto, nadie se sienta y escribe toda una novela con la idea de que se trata, simplemente, de un ejercicio. De modo que, el verano en que cumplí veintitrés años, deprimida por el rechazo, insegura de lo que quería hacer con mi vida y deseosa de desafíos físicos y contacto con la naturaleza, emprendí un viaje de un año en bicicleta.

Ese año fue formativo para La Danza en Espiral, aunque en ese momento no podía ni imaginarlo. Se convirtió en una especie de extraña aventura visionaria. Mientras pedaleaba siguiendo a los indios Winnebagos, acampaba bajo la lluvia en una tienda con goteras y desarrollaba mis conocimientos sobre cómo ser engañada por extraños, pasaba todos los días al aire libre, ponía a prueba los límites de mi cuerpo y conocía los lugares salvajes intrincados e inexplorados de la Costa Oeste, empezaron a desplegarse nuevas dimensiones de mi misma. Ese año fue una iniciación durante la cual aprendí a confiar en mi intuición y a dejarme guiar por ella.

Cuando llegó el invierno, mi intuición me condujo a la ciudad de Nueva York, donde intenté sin éxito encontrar un editor para mis novelas. Quería ser escritora, lo cual, en ese momento, parecía ser en parte una forma de vivir en Nueva York y encontrar a las personas adecuadas, pero no sabía cómo hacer para conocerlas o qué decirles cuando las conociera. Para mantenerme me dediqué a limpiar la casa de una anciana y me aproveché de la hospitalidad de unas personas muy agradables que me permitieron quedarme en su apartamento mucho más tiempo del debido. (En esa época de mi vida yo era ese tipo de persona horrible que aparece en tu casa para pasar un fin de semana y acaba viviendo contigo durante tres meses. Lo único que puedo decir a mi favor es que, desde entonces, he pagado más que suficiente mis deudas kármicas con ese asunto).

Tenía frío, me sentía sola, no estaba consiguiendo nada y me parecía que, súbitamente, todo el mundo estaba estudiando derecho. Entonces tuve una serie de sueños muy poderosos. Uno de ellos me dijo que regresara a la Costa Oeste. En él, me encontraba de pie junto al mar, mirando desde una zona rocosa. De repente, me daba cuenta de que estaba llena de animales increíbles: leones marinos, pingüinos, aves. "No sabía que todas estas cosas maravillosas estaban aquí", pensaba.

En otro sueño, miraba hacia arriba y veía un halcón atravesando el cielo con su vuelo. Había un sentimiento en ese sueño que no puedo expresar con palabras, como si el universo resplandeciera y se abriera para revelar una brillante pauta subyacente de las cosas. El halcón se precipitaba hacia abajo y se convertía en una anciana. Sentí que estaba bajo su protección.

Regresé a la Costa Oeste (en coche, no en bicicleta), me fui a vivir a San Francisco con mi amiga Nada y ahí empecé a leer las cartas del Tarot y las palmas de las manos en una serie de ferias esotéricas y realizando otros trabajos temporales extraños. Una de las agentes literarias que había conocido en Nueva York me había sugerido que probara el ensayo. Según ella, era más fácil de publicar que la ficción.

Decidí que quería escribir algo sobre las mujeres, el feminismo y la espiritualidad, de modo que empecé a investigar la historia y las tradiciones de la Diosa. Al principio, Nada colaboró, pero después de un breve período de tiempo se dedicó a sus propios asuntos. Simultáneamente, empecé a dar clases de ritual y cosas relacionadas con él, y a raíz de eso se formó la asamblea de brujas Abono. Para la enseñanza, empecé a usar el nombre de Starhawk, el cual tomé de mi sueño con el halcón1 y de la carta de la Estrella en el Tarot, que representa al Yo Profundo. Y empecé a practicar algunas de las disciplinas de la formación de magia que me habían sugerido siete años atrás.


(Continues...)

Excerpted from La danza en espiral by Starhawk. Copyright © 2012 Ediciones Obelisco, S.L. Excerpted by permission of EDICIONES OBELISCO.
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Table of Contents

Contents


Agradecimientos, 7,

Agradecimientos para la 2a edición, 8,

Agradecimientos para la 3a edición, 9,

Introducción a la edición del vigésimo aniversario, 11,

Introducción a la edición del décimo aniversario, 25,
1. La brujería como religión de la Diosa, 41,
2. La visión del mundo de la brujería, 61,
3. La asamblea de Brujas, 83,
4. Crear un espacio sagrado, 111,
5. La Diosa, 137,
6. El Dios, 159,
7. Símbolos mágicos, 179,
8. Energía: El cono de poder, 201,
9. El trance, 217,
10. Iniciación, 243,
11. Los rituales de la Luna, 251,
12. La rueda del año, 255,
13. Creando una religión: hacia el futuro, 275,

Diez años después: comentario sobre los capítulos uno a trece, 295,

Veinte años después: comentario sobre los capítulos uno a trece, 341,

Tabla de correspondencias, 371,

Bibliografía Seleccionada, 391,

Lecturas recomendadas, 397,

Recursos, 407,
Índice analítico, 411,

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