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La distancia entre nosotros
     

La distancia entre nosotros

by Reyna Grande
 

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From the award-winning author of Across a Hundred Mountains.

Cuando el padre de Reyna Grande deja a su esposa y sus tres hijos atrás en un pueblo de México para hacer el peligroso viaje a través de la frontera a los Estados Unidos, promete que pronto regresará con el dinero suficiente para construir la casa de sus sueños. Sus

Overview

From the award-winning author of Across a Hundred Mountains.

Cuando el padre de Reyna Grande deja a su esposa y sus tres hijos atrás en un pueblo de México para hacer el peligroso viaje a través de la frontera a los Estados Unidos, promete que pronto regresará con el dinero suficiente para construir la casa de sus sueños. Sus promesas se vuelven más difíciles de creer cuando los meses de espera se convierten en años. Cuando se lleva a su esposa para reunirse con él, Reyna y sus hermanos son depositados en el hogar ya sobrecargado de su abuela paterna, Evila, una mujer endurecida por la vida.

Los tres hermanos se ven obligados a cuidar de sí mismos. En los juegos infantiles encuentran una manera de olvidar el dolor del abandono y a resolver problemas de adultos. Cuando su madre regresa, la reunión sienta las bases para un capítulo nuevo y dramático en la vida de Reyna: su propio viaje a El otro lado para vivir con el hombre que ha poseído su imaginación durante años— su padre ausente.

En esta memoria extraordinaria, la galardonada escritora Reyna Grande le da vida a sus años tumultuosos, capturando la confusión y las contradicciones de una infancia divida entre dos padres y dos países. Sólo en los libros, en la música y en su rica imaginación ella encontrará consuelo, un refugio momentáneo de un mundo en el que cada lugar se siente como El otro lado. La distancia entre nosotros capta el paso de una niña de la infancia a la adolescencia y más allá. Una divertida, lírica, pero desgarradora historia, nos recuerda que las alegrías y las tristezas de la infancia están siempre con nosotros, impresas en el corazón, recordándonos de ese lugar que fue nuestro primer hogar.

Editorial Reviews

Sonia Nazario
Una historia desgarradora sobre el otro lado de la experiencia del inmigrante a EEUU– la penuria y la desolación de los niños dejados atrás por sus padres.
Sandra Cisneros
He estado esperando este libro desde hace décadas. La historia Americana del nuevo milenio es la historia del inmigrante Latino, pero ¿Cuán común es que esta historia sea contada por el propio inmigrante? Lo que hace a esta memoria preciosa aún más extraordinaria, es que por medio de su camino heroico, Grande alza la voz por los millones de inmigrantes cuyas voces han sido apagadas.
Los Angeles Review of Books
Una historia profunda que exalta el poder de la determinación y el amor por los libros.
San Antonio Express-News
Desgarradora.
BookPage
Una pieza importante de la historia del inmigrante a los Estados Unidos.
The Washington Independent Review of Books
Este libro debería ser requisito de lectura en las Universidades o aún mejor para los miembros del Congreso.

Product Details

ISBN-13:
9781476710419
Publisher:
Atria Books
Publication date:
04/16/2013
Series:
Atria Espanol
Sold by:
SIMON & SCHUSTER
Format:
NOOK Book
Pages:
368
File size:
9 MB

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La Distancia Entre Nosotros

1

Carlos, Reyna y Mago con Mami

ERA ENERO DE 1980. En el mes siguiente, mi madre cumpliría los treinta años. Pero no celebraría su cumpleaños con nosotros. Me aferré a su vestido y le pregunté: —¿Por cuánto tiempo se va?

—No por mucho tiempo —fue su respuesta. Cerró el pestillo de la pequeña maleta que había comprado de segunda mano, para su viaje a el otro lado, y supe que había llegado la hora de su partida.

A veces, si prometía portarme bien, mi madre me llevaba con ella cuando salía a la colonia a vender productos de Avon. Otras veces me dejaba en la casa de abuelita Chinta. —No tardaré mucho tiempo —ella me prometía mientras soltaba mis dedos de los suyos. Pero esta vez, cuando mi madre dijo que no se iría por mucho tiempo, yo sabía que iba a ser diferente. Sin embargo, jamás me imaginé que “no por mucho tiempo” se convertiría en “nunca”, porque la verdad es que en realidad yo no tuve a mi madre de vuelta.

—Es hora de irnos —dijo Mami al coger su maleta.

Mi hermana Mago, mi hermano Carlos y yo agarramos las bolsas de plástico llenas de nuestra ropa. Nos paramos en el umbral de la pequeña casa que alquilábamos de don Rubén, y miramos a nuestro alrededor por última vez. Los hermanos de Mami estaban empacando nuestras pertenencias para ser almacenadas en la casa de la abuelita Chinta: nuestro refrigerador que no funcionaba, pero que Mami esperaba poder arreglar algún día, la cama que Mago y yo habíamos compartido con Mami desde que Papi se fue, el armario que habíamos decorado con pegatinas de El Chavo del Ocho para ocultar los lugares en donde la pintura se había pelado. La casa estaba casi vacía. Más tarde, Mami entregaría la llave de vuelta a don Rubén y este ya no sería nuestro hogar, sino de alguien más.

Cuando estábamos a punto de salir a la luz del sol, alcancé a ver a Papi. Tío Gary estaba poniendo su retrato en una caja. Corrí a coger el retrato de las manos de mi tío.

—¿Por qué te estás llevando ese retrato? —dijo Mami mientras nos dirigíamos sobre el camino de tierra hacia la casa de la madre de Papi, donde viviríamos desde ese momento en adelante.

—Él es mi papi —le dije, y apreté el retrato contra mi pecho.

—Yo lo sé —dijo Mami—. Tu abuela tiene fotos de tu padre en su casa. No necesitas llevártelo contigo.

—Pero éste es mi papi —le dije de nuevo. Ella no entendía que esa cara en el papel detrás de una pared de vidrio era el único padre que jamás había conocido.

Tenía dos años cuando mi padre se fue. El año anterior, el peso se devaluó 45% frente al dólar estadounidense. Fue el comienzo de la peor recesión de México en cincuenta años. Mi padre se fue perseguiendo un sueño: construirnos una casa. A pesar de que era albañil y había construido muchas casas, con la inestabilidad económica de México, nunca ganaría dinero suficiente para hacer su sueño una realidad.

Como la mayoría de los inmigrantes, mi padre había salido de su país natal con grandes expectativas de lo que sería la vida en el otro lado. Una vez que la realidad se impuso y se dio cuenta de que los dólares no eran tan fáciles de ganar como lo contaba la gente, tuvo que enfrentar dos opciones: regresar a México con las manos vacías y con la cabeza baja, o enviar por mi madre. Se decidió por lo último, con la esperanza de que entre los dos podían ganar el dinero necesario para construir la casa que soñaba. Luego, podrían finalmente regresar a su país con la cabeza bien alta, orgullosos de lo que habían logrado.

Mientras tanto, nos estaba dejando sin madre.

Mago, cuyo verdadero nombre es Magloria, aunque nadie la llama así, tomó mi bolsa de ropa para que yo pudiera coger el retrato de Papi con las dos manos. Era difícil mantener el equilibrio en un camino lleno de rocas, con las cuales podría tropezar y caerme. Esa mañana de enero yo fui muy cuidadosa porque llevaba a mi papi entre mis brazos, y se podía romper con facilidad, al igual que la botella de Coca-Cola que Mago llevaba el día en que se tropezó, se rompió en pedazos, el líquido dulce de color marrón lavaba la sangre que manaba de la herida Mago. Tuvo tres puntos de sutura. Esa no sería su primera cicatriz, y tampoco la última.

—¿Juana, ya te vas? —dijo doña María. Era una de las clientes de Avon de Mami. Corría por el camino con una bolsa vacía rumbo al mercado. Sus labios estaban pintados de color rosa con el lápiz labial de Avon que le había comprado a crédito a Mami.

—Ya me voy, amiga —dijo Mami—. Mi esposo me necesita a su lado. Había perdido la cuenta de las veces que Mami había dicho eso desde que llamó mi padre por teléfono tres semanas atrás. En poco tiempo toda la colonia de La Guadalupe se enteró de que Mami se iba para el otro lado. Me enfurecía al oírle decir esas palabras: “Mi esposo me necesita”, como si mi padre no fuera un hombre hecho y derecho, como si sus hijos no la necesitaran también.

—Mi madre estará recolectando el dinero que usted me debe —le dijo Mami a doña María—. Espero que esté de acuerdo.

Doña María no la miró. Asintió con la cabeza y le deseó a mi madre un viaje libre de peligros. —Voy a rezar para que tenga éxito en el cruce, Juana —dijo.

—No se preocupe, doña María, no voy a cruzar corriendo a través de la frontera. Mi marido le ha pagado a alguien para que me crucen por la línea con papeles prestados, era costoso, pero no quería ponerme en peligro alguno.

—Por supuesto, ¿cómo podría hacerlo de otra manera? —doña María murmuró mientras se alejaba.

En aquel entonces, yo era demasiado joven para darme cuenta de que a diferencia de mí, Mami no caminaba con los ojos hacia el suelo porque tenía miedo de tropezarse con las rocas. Yo era demasiado joven para saber sobre los hombres que se iban a el otro lado y jamás regresaban. Algunos de ellos encontraban nuevas esposas. Comenzaban una nueva familia. Otros desaparecían por completo, reinventándose a sí mismos tan pronto llegaban al otro lado, olvidándose de los que habían dejado atrás.

Era una preocupación que no dejaba a mi madre dormir, aunque yo no lo sabía en aquel entonces. Semanas después todo cambió con la llamada de mi padre, caminaba diferente, ya no miraba más hacia el suelo. “Mi esposo ha enviado por mí. Él me necesita”, le dijo a todo el mundo, y las mujeres, como doña María, cuyo marido la dejó hace mucho tiempo, bajaban la mirada.

No vivíamos lejos de la casa de mi abuela, y tan pronto le dimos vuelta a la esquina, apareció a la vista. La casa hecha de adobe de la abuela Evila estaba localizada al pie de una colina. Tenía la forma de una caja, y había sido pintada de blanco, pero cuando llegamos a vivir allí el adobe se asomaba por donde el yeso se había agrietado como la cáscara de un huevo hervido. Tenía el techo de tejas de terracota, y una buganvilla se trepaba por un lado. La buganvilla estaba en plena flor, y la enredadera, gruesa con flores rojas, parecía una mancha de sangre que se extendía sobre la pared blanca de la casa.

La propiedad de mi abuela era la longitud de cuatro casas y estaba rodeada por un corral. Al este de la casa había una calle sin pavimentar que conducía a la iglesia, la escuela y el molino de tortillas. Hacia el oeste se encontraba un camino de tierra que pasaba por delante de la casa de don Rubén y se curveaba hacia el este a la lechería, el canal, el periférico, el cementerio, la estación de tren, y el centro. Su casa estaba en el lado norte de la parcela, la casa de mi tía estaba en el lado sur, y el resto de la propiedad era una gran yarda con varios árboles frutales.

Además de ser uno de los estados más pobres de México, Guerrero es también uno de los más montañosos. Mi ciudad natal de Iguala de la Independencia se encuentra en un valle. Mi abuela vivía en las afueras de la ciudad, y esa mañana, a medida que caminaba hacia su casa, mantuve los ojos en la montaña más cercana. Era grande y suave, parecía como si estuviera cubierta con una tela aterciopelada de color verde. Durante la temporada de lluvias, tenía un círculo de nubes en su punto más alto que parecía como un pañuelo blanco atado alrededor de la cabeza, por lo que la gente local la llamaba “la montaña que tiene un dolor de cabeza”. En aquel entonces, yo no sabía lo que había en el otro lado de esa montaña, y cuando le pregunté a Mami me dijo que no lo sabía. —Otra ciudad, supongo. Ella señaló en una dirección y dijo que Acapulco estaba en algún lugar por allí cerca, a tres horas de distancia en autobús. Señaló después en la dirección opuesta y dijo que la ciudad de México estaba allí, también a tres horas en autobús.

Pero cuando uno es pobre, no importa qué tan cerca están las cosas, todo queda muy lejos. Y así, hasta ese día, mi madre, de veintinueve años, nunca había estado en el otro lado de las montañas.

—Escuchen a su abuela —dijo Mami, sorprendiéndome. No me había dado cuenta de lo callados que estábamos todos durante nuestra caminata. Dejé de mirar a “la montaña que tiene un dolor de cabeza” y miré a Mami, quien estaba de pie ante nosotros diciendo: —Compórtense. No le den ninguna razón para enojarse.

—Ella nació enojada —dijo Mago en voz baja.

Carlos y yo soltamos una risita. Mami se rió también, pero se contuvo. —Callate Mago. No hables así. Su abuela nos está haciendo a su papá y a mí un favor. Háganle caso y siempre hagan lo que les dice.

—¿Pero por qué tenemos que quedarnos con ella? —preguntó Carlos. Él estaba a punto de cumplir sus siete años. Mago, a los ocho y medio, era cuatro años mayor que yo. Ambos faltaron a la escuela ese día, pero no les importaba. ¿Cómo podían pensar en números y letras cuando nuestra madre nos estaba dejando y yéndose a un lugar del cual la mayoría de los padres nunca volvían?

—¿Por qué no nos quedamos con abuelita Chinta? —preguntó Mago.

Pensé en la mamá de Mami. Yo quería mucho a mi abuelita con su sonrisa desdentada y ese aroma de aceite de almendras que siempre la envolvía. Su voz era suave como el arrullo de las palomas que tenía en jaulas en su choza. Sin embargo, yo no quería estar con ella ni con nadie. Yo quería estar con mi madre.

Mami suspiró. —Su padre quiere que se queden con su abuela Evila. Él piensa que será mejor.

—¿Pero por qué se tiene que ir, Mami? —le pregunté de nuevo.

—Ya te he dicho por qué, mija. Estoy haciendo esto por ti. Por todos ustedes.

—Pero ¿por qué no puedo ir con usted? —insistí, las lágrimas me quemaban los ojos—. Voy a portarme bien, se lo prometo.

—No puedo llevarte conmigo, Reyna. No esta vez.

—Pero…

—¡Basta! Tu padre ha tomado una decisión, y nosotros debemos hacer lo que él dice.

Mago, Carlos y yo disminuímos el paso y pronto Mami se encontró caminando sola mientras nosotros caminábamos lentamente tras ella. Miré el retrato entre mis brazos y estudié el cabello negro y ondulado de Papi, sus labios gruesos, su nariz chata y sus ojos rasgados que miraban un poco hacia la izquierda. Yo quería, como siempre lo hacía en ese entonces —como todavía lo hago ahora— que sus ojos estuvieran mirándome a mí, y no hacia un lado. Pero sus ojos estaban congelados en esa posición, y no había nada que pudiera hacer al respecto. “¿Por qué se la está llevando?” le pregunté “al hombre detrás del vidrio”. Como siempre, no hubo respuesta.

—¡Señora, ya llegamos! —gritó Mami desde el portón. Al otro lado de la calle, el perro del vecino nos ladraba. Yo sabía que la abuela estaba adentro porque mis ojos ardían por el olor acre de los chiles guajillo que estaba asando en la cocina.

—¡Señora, ya llegamos! —Mami llamó de nuevo. Puso una mano en la manilla del portón, pero no lo abrió. Desde el principio, mi abuela no quiso a mi madre, diez años —y tres nietos después—todavía desaprobaba la elección de mi padre como esposa, una mujer que provenía de una familia más pobre que la suya. Así que Mami no se sentía cómoda entrando a la casa de mi abuela sin permiso. Por eso esperamos fuera del portón bajo el calor abrasador del sol del mediodía.

—¡Señora, soy yo, Juana! —gritó Mami, mucho más fuerte que antes. Mi abuela nació en el año 1911, durante la revolución mexicana. Cuando llegamos a su casa, ella estaba a punto de cumplir sesenta y nueve años. Su pelo largo era plateado, y a menudo lo llevaba recogido en un moño apretado. Tenía una pequeña joroba en su espalda que hacía que el cuerpo se inclinara hacia el suelo. Cuando era niña, ella había sufrido de un caso severo de sarampión, y lo que quedaba de su enfermedad era un brazo izquierdo que colgaba en un ángulo y una cojera que la hacía caminar como si estuviera borracha.

Finalmente, salió de la casa por la puerta de la cocina. Mientras se dirigía al portón, se secó las manos en el delantal, manchado con salsa roja fresca.

—Ya llegamos —dijo Mami.

—Ya veo —contestó mi abuela. No abrió la puerta, y no nos pidió que entráramos para refrescarnos bajo la sombra del limón en el patio. El sol brillante me quemaba el cuero cabelludo. Me acerqué a Mami y me escondí en la sombra de su vestido.

—Gracias por permitirme dejar a mis hijos aquí bajo su cuidado, señora —dijo Mami—. Cada semana mi marido y yo estaremos enviando dinero para los gastos.

Mi abuela nos miró a los tres. Yo no podía adivinar si estaba enojada. Tenía la cara en una mueca constante, sin importar en qué tipo de estado de ánimo se hallaba. —¿Y por cuánto tiempo van a permanecer aquí? —preguntó. Yo esperé la respuesta de Mami, con la esperanza de oír algo más concreto que “no por mucho tiempo”.

—No sé, señora —dijo Mami. Apreté el retrato de Papi contra mi pecho, porque esa respuesta era peor—. Durante el tiempo que sea necesario —continuó Mami—. Sólo Dios sabe cuánto tiempo Natalio y yo nos vamos a tardar para ganar el dinero para la casa que él quiere.

—¿Que él quiere? —preguntó la abuela Evila, apoyándose contra el portón—. ¿Qué no la quieres tú también?

Mami nos miró y nos abrazó. Nos apoyamos en ella. Nuevas lágrimas salían de mis ojos, y me sentí como si me hubiera tragado una de las cánicas de Carlos. Me aferré al vestido de flores de Mami y deseé poder quedarme allí para siempre, escondida en los pliegues, envuelta en la seguridad de su sombra.

—Por supuesto, señora. ¿Qué mujer no quisiera tener una casa de ladrillo? Pero el precio será grande —dijo Mami.

—Los dólares americanos compran bastante aquí —dijo la abuela Evila, apuntando a la casa de ladrillos construida en el lado opuesto de su propiedad—. Mira a mi hija María Félix. Ella se ha construido una casa muy bonita con el dinero que ha ganado en el otro lado.

La casa de mi tía era una de las más grandes en la cuadra. Pero ella no vivía allí. No había vuelto de el otro lado a pesar de que se fue allá mucho antes de que Papi lo hiciera. Había dejado a su hija de seis años aquí, mi prima Élida, quién, cuando llegamos a la casa de la abuela Evila, ya estaba pasando a los catorce años y había estado viviendo con mi abuela desde que el otro lado se había llevado a su madre.

—Yo no me refería al dinero —dijo Mami. Ella se emocionó y se limpió la humedad de los ojos. Abuela Evila desvió la mirada, como si le avergonzaran las lágrimas de Mami. Tal vez porque vivió durante la Revolución, cuando más de un millón de personas murieron y los que vivieron tuvieron que endurecerse para sobrevivir, mi abuela no era propensa a ser emocional.

Mami se volvió hacia nosotros y se agachó para quedar a nuestro nivel. Nos dijo: —Voy a trabajar tan duro como pueda. Cada dólar que ganemos será para ustedes y la casa. Su padre y yo estaremos de vuelta muy pronto.

—¿Por qué Papi sólo la mandó a traer a usted y no a mí? —le preguntó de nuevo Mago a Mami—. Yo quiero ver a Papi, también. Por ser la mayor, Mago era la que recordaba a mi padre con más claridad. Cuando Mami nos dio la noticia de que se iba a reunir con él en el otro lado, Mago había llorado porque Papi no había mandado por ella también.

—Su papá no puede llevarnos a todos. Yo sólo voy allá para ayudarle a ganar dinero para la casa —dijo Mami otra vez.

—No necesitamos una casa. Necesitamos a Papi —dijo Mago.

—La necesitamos a usted también —dijo Carlos.

Mami pasó los dedos por el cabello de Mago. —Tu padre dice que un hombre debe tener su propia casa, su propia tierra para dejársela a sus hijos —dijo—. Yo me iré por un año. Te prometo que al final del año, voy a traer a su papá de vuelta conmigo tengamos o no el dinero suficiente para una casa. ¿Me prometes cuidar a tus hermanos por mí, ser su madrecita?

Mago miró a Carlos, y luego a mí. No sé lo que mi hermana vio en mis ojos pero hizo que su rostro se ablandara. ¿Habría sabido en ese entonces lo mucho que la iba a necesitar? ¿Sabría en ese momento que sin su fuerza y su inquebrantable amor, yo no hubiese sobrevivido lo que estaba por venir? Su rostro estaba lleno de determinación cuando miró a Mami y le dijo: —Sí, Mami. Se lo prometo. Pero va a cumplir su promesa, ¿no? Usted va a volver.

—Por supuesto —dijo Mami. Abrió los brazos y caímos en ellos.

—No se vaya, Mami. Quédese con nosotros, quédese conmigo —le dije mientras me aferraba a ella.

Me besó en la frente y me empujó hacia el portón cerrado. —Tienes que salir del sol antes de que te dé un dolor de cabeza —dijo.

Abuela Evila por fin abrió el portón para dejarnos entrar, pero no nos movimos. Nos quedamos allí cargando nuestras bolsas, y de repente quise tirar el retrato de Papi contra el suelo para que se rompiera en pedazos, pues lo odiaba por llevarse a mi madre y separarla de mí, sólo porque quería ser dueño de una casa y un pedazo de tierra.

—No me deje, Mami. ¡Por favor! —supliqué.

Mami nos dio a cada uno un abrazo y un beso de despedida. Cuando ella me besó, apreté mi mejilla contra sus labios pintados de rojo.

Mago me abrazó fuertemente mientras miraba a Mami alejarse, las piedritas bailando dentro y fuera de sus sandalias, su pelo negro ardiendo bajo el sol. Cuando vi su figura borrosa desaparecer en la curva del camino, me solté de Mago y me eché a correr, gritando por mi madre.

A través de mis lágrimas, vi un taxi llevársela lejos, dejando una nube de polvo a su paso. Sentí una mano en mi hombro y vi a Mago detrás de mí. —Vamos, Nena —dijo. No tenía lágrimas en los ojos, y mientras caminábamos de regreso a casa de mi abuela, me pregunté si cuando Mami le pidió a Mago que fuera nuestra madrecita, significaba también que no se le permitía llorar.

Carlos seguía de pie junto al portón, esperándonos para que pudiéramos entrar a la casa juntos. Miré hacia el camino vacío una vez más, y me di cuenta de que ya no quedaba nada de mi madre. Al entrar a la casa de mi abuela, me toqué la mejilla y me di cuenta que había algo que todavía me quedaba, la sensación de sus labios rojos en mi piel.

Meet the Author

Reyna Grande is an award-winning novelist and memoirist. She has received an American Book Award, the El Premio Aztlán Literary Award, and the Latino Book Award. Her second novel, Dancing with Butterflies, received critical acclaim. In 2012, she was a finalist for the prestigious National Book Critics Circle Awards for her memoir The Distance Between Us. Her works have been published internationally in countries such as Norway and South Korea.

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