La Encrucijada: Donde Confluyen el Amor y el Abandono

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Anthony Spencer es egoista, esta orgulloso del exito empresarial que ha conseguido por si mismo y se encuentra en el punto maximo de su carrera a pesar de que el costo de ese logro ha sido dolorosamente alto. Una hemorragia cerebral deja a Yony en coma, en la sala de terapia intensiva de un hospital. Despierta para encontrarse en un mundo surrealista, un paisaje viviente que refleja las dimensiones de su vida terrena, desde lo bello hasta lo corrupto. Es, en ese sitio, donde tiene vividas interacciones con otros ...

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Anthony Spencer es egoista, esta orgulloso del exito empresarial que ha conseguido por si mismo y se encuentra en el punto maximo de su carrera a pesar de que el costo de ese logro ha sido dolorosamente alto. Una hemorragia cerebral deja a Yony en coma, en la sala de terapia intensiva de un hospital. Despierta para encontrarse en un mundo surrealista, un paisaje viviente que refleja las dimensiones de su vida terrena, desde lo bello hasta lo corrupto. Es, en ese sitio, donde tiene vividas interacciones con otros individuos, que supone son proyecciones de su propio subconsciente, pero cuyas instrucciones sigue, sin importar nada, con la posibilidad de que puedan conducirle a la autenticidad y, tal vez, a la rendencion. La aventura sumerge a Tony en profundas e intrincadas relaciones donde es capaz de ver, ocultar sus intereses personales y la perdida que surgen para oponerse a los procesos de sanacion y confianza. Esta conjuncion inesperada de sucesos provocara que Tony examine su vida y se percate de que he creado un castillo de naipes sobre el terreno envenenado de un corazon roto? Tendra tambien el valor de tomar una decision critica que pueda resarcir la grave injusticia que puso en marcha antes de entrar en coma?

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From Barnes & Noble

Fans speculated about how William Paul Young would follow up the wonders of his word-of-mouth bestseller The Shack. The answer is this engrossing novel about a man who emerges from a coma into a realm where spiritual and ethical conundrums play out in life-changing ways.

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Product Details

  • ISBN-13: 9781455529094
  • Publisher: FaithWords
  • Publication date: 4/16/2013
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 284
  • Sales rank: 601,411
  • Product dimensions: 5.20 (w) x 7.90 (h) x 0.90 (d)

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La Encrucijada

Donde Confluyen el Amor y el Abandono


By Paul Young

FaithWords

Copyright © 2013 Paul Young
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4555-2909-4


CHAPTER 1

Una congregación de escándalo

El más lastimoso de los hombres es aquel que convierte sus sueños en oro y plata.

– GIBRÁN JALIL GIBRÁN


Algunos años en Portland, Oregón, el invierno es una aguanieve viscosa y pendenciera, y nieve escupida a tontas y a locas que se resiste, violenta, al arribo de la primavera, reclamando un arcaico derecho a seguir siendo la reina de las estaciones (a la larga vano intento de otra aspirante al trono). Pero este año no fue así. El invierno se marchó como una mujer desaliñada que se retira agachando la cabeza entre sucios harapos blancos y marrones, apenas con un gemido o promesa de retorno. La diferencia entre su presencia y su ausencia fue casi imperceptible.

A Anthony Spencer le daba lo mismo. El invierno era una lata, y la primavera no mejoraba gran cosa. De haber podido, habría quitado del calendario ambas estaciones, junto con la parte húmeda y lluviosa del otoño. Un año de cinco meses habría sido igual de bueno, preferible sin duda a largos periodos de incertidumbre. Cada cúspide de la primavera él se preguntaba por qué seguía en el noroeste, pero cada año le sorprendía haciéndose el mismo cuestionamiento. Tal vez la decepcionante familiaridad tenía sus compensaciones. La idea del cambio real era amedrentadora. Entre más se afianzaba él en sus hábitos y finanzas, menos se inclinaba a creer que otra cosa pudiera valer el esfuerzo, aun si éste fuera posible. Las rutinas conocidas, aunque desagradables a veces, al menos eran predecibles.

Anthony se recostó en su silla y lanzó la mirada desde su escritorio lleno de papeles a la pantalla de su computadora. Le bastaba con oprimir una tecla para monitorear sus propiedades: el condominio en el edificio contiguo; su oficina principal, estratégicamente ubicada en el centro de Portland, casi un rascacielos de mediano tamaño; la casa de sus escapadas a la costa, y la residencia en West Hills. Mientras vigilaba, tamborileaba nerviosamente en su rodilla con el índice derecho. Todo estaba en paz, como si el mundo contuviera el aliento. Hay muchas maneras de estar solo.

Aunque las personas que interactuaban con él en los negocios o en sociedad pensaban otra cosa, Tony no era un hombre jovial. Era decidido, y estaba siempre en pos de un nuevo beneficio. Esto solía requerir una presencia extrovertida y sociable, amplias sonrisas, contacto visual y firmes apretones de manos, y no por estimación genuina, sino porque todos podían tener información valiosa para triunfar. Tony hacía tantas preguntas que generaba un aura de interés verdadero, lo cual hacía sentir importantes a los demás, pero dejándolos también con un vacío perdurable. Famoso por sus gestos de filantropía, comprendía el valor de la compasión como medio para alcanzar objetivos más sustanciales. La bondad vuelve más manipulable a la gente. Luego de algunos intentos vacilantes, concluyó que los amigos, de cualquier tipo, eran una mala inversión. Producían muy bajos rendimientos. La verdadera comprensión era inconveniente, y un lujo para el cual él no disponía de tiempo ni energía.

Definía en cambio el éxito como administrar y desarrollar bienes raíces, empresas diversas y una creciente cartera de inversiones, ámbito en el que se le respetaba y temía como negociador severo y agente magistral. Para Tony, la felicidad era un sentimiento transitorio y absurdo, un vaho en comparación con el aroma de un negocio potencial y el regusto adictivo de la victoria. Como el viejo Scrooge, se deleitaba arrancando los últimos vestigios de dignidad de quienes lo rodeaban, en especial de empleados que trabajaban con ahínco, si no por respeto, sí por miedo. No cabe duda de que un hombre así no es digno de amor ni compasión.

Cuando sonreía, Tony casi podía parecer apuesto. La genética lo había dotado de un cuerpo de más de metro ochenta de estatura y cabellera abundante, que aun ahora, a la mitad de sus cuarentas, no daba trazas de querer abandonarlo, pese a las canas que ya salpicaban sus sienes. Evidentemente anglosajón, un toque de algo más fino y misterioso suavizaba sus facciones, sobre todo en los raros momentos en que su acostumbrada conducta formal era sacudida por una carcajada desmedida o extravagante.

Desde casi cualquier punto de vista, Tony era rico, exitoso y un buen partido. Algo mujeriego, hacía el ejercicio suficiente para mantenerse en la contienda, luciendo un abdomen apenas pronunciado que podía sumirse con facilidad. Así, las mujeres iban y venían, entre más rápido mejor, haciendo sentir a cada una menos valiosa por la experiencia.

Él se casó dos veces con la misma mujer. Su primera unión, siendo ambos apenas mayores de veinte, dio origen a un hijo y una hija; esta última, ya una joven ahora, vivía enfadada al otro lado del país junto a su madre. El hijo era otra historia. Este matrimonio había terminado en divorcio por diferencias irreconciliables, un clásico caso de desamor calculado e insensible falta de consideración. En solo unos cuantos años, Tony logró hacer añicos la autoestima de Loree.

Pero el problema fue que ella se retiró dignamente, y eso para él no valió como una victoria propia. Entonces Tony pasó los dos años siguientes cortejándola de nuevo, hizo una espléndida celebración de segundas nupcias y dos semanas más tarde presentó otra notificación de divorcio, la cual, se rumoraba, tenía lista desde antes que los contrayentes estamparan sus firmas en la segunda acta de matrimonio. Aunque esta vez Loree se le echó encima con toda la furia de una mujer desdeñada, y él la aplastó financiera, legal y psicológicamente. Es innegable que, en esta ocasión, Tony se anotó una victoria. Había sido un juego despiadado, pero solo para él.

El precio que pagó fue perder a su hija, algo que se alzaba como un espectro en las sombras de un ligero exceso de whisky, inquietud minúscula que podía disimularse pronto en la agitación del trabajo y el triunfo. Su hijo fue una importante razón inicial para el whisky, medicina sin receta que suavizaba los filos irregulares del remordimiento y el recuerdo, y moderaba las migrañas agudas que se habían convertido en un acompañante ocasional.

Si la libertad es un proceso paulatino, la infiltración del mal lo es también. Pequeños ajustes a la verdad y justificaciones menores erigieron con el tiempo un edificio totalmente imprevisto. Esto se aplica a todo Hitler, Stalin o persona común. La casa interna del alma es espléndida pero frágil; cualquier mentira y traición incrustadas en sus paredes y cimientos alteran la estructura de manera inimaginable.

El misterio de cada alma humana, aun la de Anthony Spencer, es profundo. Él fue parido en una explosión de vida, un universo interior en expansión con sus propios sistemas solares y galaxias en simetría y elegancia inconcebibles. Aquí, hasta el caos cumplió su parte, y el orden emergió como subproducto. Posiciones sociales esenciales participaron en la danza de las fuerzas gravitacionales en competencia, cada cual añadiendo a la mezcla su rotación propia, poniendo en movimiento a los ejecutantes del vals cósmico y desplegándolos en un constante toma y daca de espacio, tiempo y música. A este camino llegaron, arrolladores, la derrota y el dolor, provocando que esa intensidad perdiera su delicada estructura y comenzara a desmoronarse sola. El deterioro arribó a la superficie en forma de temor autoprotector, ambición egoísta y endurecimiento de todo lo sensible. Lo que había sido una entidad viviente, un corazón de carne, se convirtió en piedra; una roca dura y pequeña ocupaba la cáscara, la corteza del cuerpo. Esa forma fue alguna vez expresión de maravilla y magnificencia internas. Ahora ha de abrirse paso sin apoyo, fachada en busca de corazón, una estrella agonizante que devora su propio vacío.

El dolor, la pérdida y finalmente el abandono son demasiado duros por separado, pero juntos producen una desolación casi insoportable. Ellos armaron la existencia de Tony, a quien equiparon con la aptitud para ocultar navajas en palabras y levantar muros que protegiesen su interior de todo acercamiento, y al que mantenían encerrado en una ilusión de seguridad en medio de su soledad y aislamiento. Poca música verdadera había ahora en la vida de Tony, migajas de creatividad apenas audibles. La pista sonora de su subsistencia no pasaba siquiera por música ambiental; insulsas melodías de elevador acompañaban su predecible verborrea comercial.

Quienes lo reconocían en la calle lo saludaban inclinando la cabeza, aunque los más perceptivos vomitaban su desdén una vez que él pasaba. Muchos otros, sin embargo, se dejaban seducir fácilmente, aduladores a la espera de la siguiente orden, ansiosos de una pizca de aprobación o presumible afecto. En la estela del éxito supuesto, los demás se dejan arrastrar por la necesidad de sostener su importancia, identidad y agenda. La percepción es realidad, aun si la percepción es una mentira.

Tony tenía una opulenta mansión en terrenos situados en el norte de West Hills, y a menos que diera en ella una fiesta en busca de algún beneficio, mantenía con calefacción solo un área reducida. Aunque casi nunca se molestaba en quedarse ahí, conservaba el lugar como monumento al triunfo sobre su mujer. Loree la había conseguido como parte del arreglo de su primer divorcio, pero tuvo que venderla para pagar las ascendentes cuentas legales del segundo. Él se la compró (a través de un intermediario) muy por debajo de su valor, y después organizó una fiesta sorpresa de desalojo, con todo y policías que escoltaron a su pasmada exesposa hasta la puerta de la casa justo el día en que se cerró la venta.

Tony se inclinó de nuevo para apagar la computadora y tomar su whisky, y giró en su silla para contemplar la lista de nombres que había escrito en un pizarrón blanco; se levantó, borró cuatro de ellos, añadió otro, y volvió a echarse sobre su asiento, reiniciando su habitual cadencia de trote de caballos con sus dedos sobre el escritorio. Hoy estaba de peor humor que de costumbre. Obligaciones de negocios lo habían forzado a asistir a una conferencia en Boston, de escaso interés para él, pero una crisis menor de recursos humanos le hizo volver un día antes de lo previsto. Aunque le irritaba tener que lidiar con una situación que sus subordinados podían manejar fácilmente, agradecía haber tenido un pretexto para dejar aquellos seminarios casi intolerables y regresar a sus casi intolerables rutinas en las que, al menos, ejercía más control.

Pero algo había cambiado. Lo que empezó como el asomo de una sombra de inquietud se transformó en una voz consciente. Tony había tenido durante varias semanas la persistente sensación de que lo seguían; al principio no hizo caso, juzgándola como efecto del estrés o fabricaciones de una mente saturada de trabajo. Pero una vez implantada, esa idea halló tierra fértil, y lo que empezó como una semilla fácil de arrasar por una seria consideración terminó echando raíces que pronto se expresaron en hipervigilancia nerviosa, lo que consumió aún más energía de una mente siempre alerta.

Empezó por percibir detalles de sucesos menores que, por separado, apenas si incitaban un insignificante asombro, pero juntos, en su conciencia se tornaron en un coro de alerta. La camioneta negra que a veces lo seguía de cerca camino a su oficina central; el empleado de la gasolinera que tardaba varios minutos en devolverle su tarjeta de crédito; la compañía de seguridad que le notificó tres fallas de energía que parecieron afectar solo a su casa porque las de sus vecinos permanecían bien iluminadas, habiendo durado cada apagón justo veintidós minutos a la misma hora tres días consecutivos. Tony comenzó a poner más atención en discrepancias triviales, incluso en la manera como lo miraban: el empleado de Stumptown Coffee, el guardia de seguridad de la entrada y aun el personal que ocupaba los escritorios de la oficina. Notó que todos desviaban la mirada cuando él se volvía hacia ellos, evitando mirarle a los ojos y cambiando rápidamente su lenguaje corporal para indicar que estaban atareados en otra cosa.

Había una semejanza inquietante en las reacciones de esas personas diferentes, como si estuvieran coludidas entre sí. Parecían compartir un secreto que él desconocía. Entre más observaba, más notaba, así que observaba más. Siempre fue un tanto paranoico, pero esto ya rayaba en constantes especulaciones de conspiración, de manera que vivía nervioso y agitado.

Tony tenía esta pequeña oficina privada, con recámara, cocina y baño, desconocida incluso para su abogado personal. Era su refugio junto al río en la punta de Macadam Avenue, para las veces en que sencillamente quería desaparecer unas horas o pasar la noche fuera del radar.

También era dueño del gran inmueble que daba alojamiento a este escondite, aunque años antes había transferido el título de propiedad a una compañía fantasma. Renovó entonces una parte del sótano, que equipó con la más avanzada tecnología de vigilancia y seguridad. Además de los contratistas, todos ellos reclutados a distancia, nadie había visto nunca estas habitaciones. Ni siquiera los planos del edificio revelaban su existencia, gracias a sobornos a constructores y donativos certeros a cadenas de mando del gobierno local. Tras introducir el código apropiado en lo que parecía un antiguo teclado telefónico al fondo de una conserjería en desuso, una pared corrediza revelaba una puerta de acero contra incendios y un moderno sistema de entrada de cámara y teclado.

El lugar contaba con casi todos los servicios, conectado a fuentes de energía eléctrica e internet independientes de las del resto del complejo. Adicionalmente, si el software de monitoreo de seguridad descubría un intento de ubicar el sitio por retrorrastreo, bloqueaba el sistema hasta que se reiniciaba introduciendo un nuevo código de generación automática. Esto solo podía hacerse desde uno de dos lugares: el escritorio de su oficina en el centro o dentro de la guarida secreta. Por costumbre, Tony apagaba antes de entrar su teléfono móvil, y le quitaba la tarjeta SIM y la batería. Una línea privada podía activarse en caso necesario.

Nada estaba de sobra aquí. Muebles y cuadros eran simples, casi frugales. Nadie vería jamás este sitio, así que todo en él significaba algo para Tony. Las paredes estaban cubiertas de libros, muchos de los cuales nunca había abierto pero que pertenecieron a su padre. Su madre les había leído a su hermano y a él otros más, especialmente clásicos. Las obras de C. S. Lewis y George MacDonald destacaban entre los favoritos de la infancia. Una antigua edición de El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde saltaba a la vista, aunque solo para sus ojos. Apretujada en un extremo del estante estaba una plétora de libros de negocios, bien leídos y marcados, un arsenal de mentores. Obras de Escher y Doolittle colgaban al azar de las paredes, y un viejo tocadiscos ocupaba una esquina. Tenía una colección de discos de vinilo, cuyas ralladuras eran reconfortantes recordatorios de tiempos idos hace mucho.

En esta oficina oculta tenía asimismo sus cosas y documentos más importantes: escrituras, títulos de propiedad y, sobre todo, su testamento oficial. Este último era objeto de revisiones y cambios frecuentes, para poner o quitar personas conforme se cruzaban en su camino y cuyas acciones lo enojaban o complacían. Imaginaba el impacto de una dádiva o su ausencia en quienes se interesarían en su patrimonio una vez que él se sumara a las filas de los fieles difuntos.

Su abogado personal, distinto a su asesor legal general, tenía una llave de una caja de seguridad en la sucursal de Wells Fargo en el centro. Para conseguir acceso a ella era indispensable presentar el acta de defunción. Contenía instrucciones que revelaban la ubicación de la oficina y departamento privados de Tony, cómo entrar a ellos y dónde encontrar los códigos para abrir la caja fuerte oculta en el sótano. Si alguien pretendía acceder a ella sin el acta de defunción certificada, el banco debía notificar a Tony de inmediato; y tal como se lo había advertido a su abogado, si eso llegaba a suceder, la relación entre ambos se cancelaría sin más, junto con la sustancial iguala que éste recibía puntualmente el primer día hábil de cada mes.

Por mero alarde, Tony guardaba un testamento anterior en la caja fuerte de su oficina central. Algunos de sus socios y colegas tenían acceso a esta caja con fines financieros, y él esperaba en secreto que la curiosidad venciera a uno u otro de ellos, cuyo placer inicial por conocer su contenido, él imaginaba, derivaría en el acto aleccionador de la lectura de su testamento legítimo.
(Continues...)


Excerpted from La Encrucijada by Paul Young. Copyright © 2013 Paul Young. Excerpted by permission of FaithWords.
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