La Galatea

La Galatea

by Miguel de Cervantes Saavedra
     
 

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Este ebook presenta "La Galatea” con un sumario dinámico y detallado.

La Galatea es una novela de Miguel de Cervantes publicada en 1585. Los personajes son pastores que relatan sus penas amorosas en una naturaleza idealizada. La Galatea se compone de seis libros en los cuales se desarrollan una historia principal y cuatro secundarias. La principal

Overview

Este ebook presenta "La Galatea” con un sumario dinámico y detallado.

La Galatea es una novela de Miguel de Cervantes publicada en 1585. Los personajes son pastores que relatan sus penas amorosas en una naturaleza idealizada. La Galatea se compone de seis libros en los cuales se desarrollan una historia principal y cuatro secundarias. La principal refiere los amores de los pastores Elicio y Galatea, a la cual su padre quiere casar con el rico Erastro. Y las secundarias añaden otros episodios amorosos. La novela adopta las convenciones del género, pero ironiza con las relaciones entre los pastores y el entorno geográfico —el río Tajo—.

Miguel de Cervantes (1547-1616) es uno de los autores españoles más reconocidos, sobre todo debido al éxito de su novela Don Quijote de la Mancha, publicada en 1580. Su pasión por el teatro y la literatura lo llevó a crear la obra maestra que ha resistido el paso del tiempo.

Product Details

ISBN-13:
9788026807261
Publisher:
e-artnow Editions
Publication date:
03/24/2014
Sold by:
Barnes & Noble
Format:
NOOK Book
Pages:
427
File size:
757 KB

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La Galatea


By Miguel de Cervantes Saavedra

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9953-715-3



CHAPTER 1

    PRIMERO LIBRO DE GALATEA


    MIENTRAS que al triste, lamentable acento
    del mal acorde son del canto mío,
    en eco amarga de cansado aliento,
    responde el monte, el prado, el llano, el río,
    demos al sordo y presuroso viento
    las quejas que del pecho ardiente y frío
    salen a mi pesar, pidiendo en vano
    ayuda al río, al monte, al prado, al llano.

    Crece el humor de mis cansados ojos
    las aguas deste río, y deste prado
    las variadas flores son abrojos
    y espinas que en el alma s'han entrado.
    No escucha el alto monte mis enojos,
    y el llano de escucharlos se ha cansado;
    y así, un pequeño alivio al dolor mío
    no hallo en monte, en llano, en prado, en río.

    Creí que el fuego que en el alma enciende
    el niño alado, el lazo con que aprieta,
    la red sotil con que a los dioses prende
    y la furia y rigor de su saeta,
    que así ofendiera como a mí me ofende
    al subjeto sin par que me subjeta;
    mas contra un alma que es de mármol hecha,
    la red no puede, el fuego, el lazo y flecha.

    Yo sí que al fuego me consumo y quemo,
    y al lazo pongo humilde la garganta,
    y a la red invisible poco temo,
    y el rigor de la flecha no me espanta.
    Por esto soy llegado a tal estremo,
    a tanto daño, a desventura tanta,
    que tengo por mi gloria y mi sosiego
    la saeta, la red, el lazo, el fuego.

Esto cantaba Elicio, pastor en las riberas de Tajo, con quien naturaleza se mostró tan liberal, cuanto la fortuna y el amor escasos, aunque los discursos del tiempo, consumidor y renovador de las humanas obras, le trujeron a términos que tuvo por dichosos los infinitos y desdichados en que se había visto, y en los que su deseo le había puesto, por la incomparable belleza de la sin par Galatea, pastora en las mesmas riberas nacida; y, aunque en el pastoral y rústico ejercicio criada, fue de tan alto y subido entendimiento, que las discretas damas, en los reales palacios crescidas y al discreto tracto de la corte acostumbradas, se tuvieran por dichosas de parescerla en algo, así en la discreción como en la hermosura. Por los infinitos y ricos dones con que el cielo a Galatea había adornado, fue querida, y con entrañable ahínco amada, de muchos pastores y ganaderos que por las riberas de Tajo su ganado apascentaban; entre los cuales se atrevió a quererla el gallardo Elicio, con tan puro y sincero amor cuanto la virtud y honestidad de Galatea permitía.

De Galatea no se entiende que aborresciese a Elicio, ni menos que le amase; porque a veces, casi como convencida y obligada a los muchos servicios de Elicio, con algún honesto favor le subía al cielo; y otras veces, sin tener cuenta con esto, de tal manera le desdeñaba que el enamorado pastor la suerte de su estado apenas conoscía. No eran las buenas partes y virtudes de Elicio para aborrecerse, ni la hermosura, gracia y bondad de Galatea para no amarse. Por lo uno, Galatea no desechaba de todo punto a Elicio; por lo otro, Elicio no podía, ni debía, ni quería olvidar a Galatea. Parescíale a Galatea que, pues Elicio con tanto miramiento de su honra la amaba, que sería demasiada ingratitud no pagarle con algún honesto favor sus honestos pensamientos. Imaginábase Elicio que, pues Galatea no desdeñaba sus servicios, que tendrían buen suceso sus deseos. Y cuando estas imaginaciones le aviva[ba]n la esperanza, hallábase tan contento y atrevido, que mil veces quiso descubrir a Galatea lo que con tanta dificultad encubría. Pero la discreción de Galatea conoscía bien, en los movimientos del rostro, lo que Elicio en el alma traía; y tal el suyo mostraba, que al enamorado pastor se le helaban las palabras en la boca, y quedábase solamente con el gusto de aquel primer movimiento, por parescerle que a la honestidad de Galatea se le hacía agravio en tratarle de cosas que en alguna manera pudiesen tener sombra de no ser tan honestas que la misma honestidad en ella[s] se transformase.

Con estos altibajos de su vida, la pasaba el pastor tan mala que a veces tuviera por bien el mal de perderla, a trueco de no sentir el que le causaba no acabarla. Y así, un día, puesta la consideración en la variedad de sus pensamientos, hallándose en medio de un deleitoso prado, convidado de la soledad y del murmurio de un deleitoso arroyuelo que por el llano corría, sacando de su zurrón un polido rabel, al son del cual sus querellas con el cielo cantando comunicaba, con voz en estremo buena, cantó los siguientes versos:

    Amoroso pensamiento,
    si te precias de ser mío,
    camina con tan buen tiento
    que ni te humille el desvío
    ni ensoberbezca el contento.
    Ten un medio — si se acierta
    a tenerse en tal porfía —:
    no huyas el alegría,
    ni menos cierres la puerta
    al llanto que amor envía.

    Si quieres que de mi vida
    no se acabe la carrera,
    no la lleves tan corrida
    ni subas do no se espera
    sino muerte en la caída.
    Esa vana presumpción
    en dos cosas parará:
    la una, en tu perdición;
    la otra, en que pagará
    tus deudas el corazón.

    Dél naciste, y en naciendo,
    pecaste, y págalo él;
    huyes dél, y si pretendo
    recogerte un poco en él,
    ni te alcanzo ni te entiendo.
    Ese vuelo peligroso
    con que te subes al cielo,
    si no fueres venturoso,
    ha de poner por el suelo
    mi descanso y tu reposo.

    Dirás que quien bien se emplea
    y se ofrece a la ventura,
    que no es posible que sea
    del tal juzgado a locura
    el brío de que se arrea.
    Y que, en tan alta ocasión,
    es gloria que par no tiene
    tener tanta presumpción,
    cuanto más si le conviene
    al alma y al corazón.

    Yo lo tengo así entendido,
    mas quiero desengañarte;
    que es señal ser atrevido
    tener de amor menos parte
    qu'el humilde y encogido.
    Subes tras una beldad
    que no puede ser mayor:
    no entiendo tu calidad,
    que puedas tener amor
    con tanta desigualdad.

    Que si el pensamiento mira
    un subjeto levantado,
    contémplalo y se retira,
    por no ser caso acertado
    poner tan alta la mira.
    Cuanto más, que el amor nasce
    junto con la confïanza,
    y en ella [se] ceba y pace;
    y, en faltando la esperanza,
    como niebla se deshace.

    Pues tú, que vees tan distante
    el medio del fin que quieres,
    sin esperanza y constante,
    si en el camino murieres,
    morirás como ignorante.
    Pero no se te dé nada,
    que en esta empresa amorosa,
    do la causa es sublimada,
    el morir es vida honrosa;
    la pena, gloria estremada.

No dejara tan presto el agradable canto el enamorado Elicio, si no sonaran a su derecha mano las voces de Erastro, que con el rebaño de sus cabras hacia el lugar donde él estaba se venía. Era Erastro un rústico ganadero, pero no le valió tanto su rústica y selvática suerte que defendiese que de su robusto pecho el blando amor no tomase entera posesión, haciéndole querer más que a su vida a la hermosa Galatea, a la cual sus querellas, cuando ocasión se le ofrecía, declaraba. Y, aunque rústico, era, como verdadero enamorado, en las cosas del amor tan discreto que, cuando en ellas hablaba, parecía que el mesmo amor se las mostraba y por su lengua las profería; pero, con todo eso, puesto que de Galatea eran escuchadas, eran en aquella cuenta tenidas en que las cosas de burla se tienen. No le daba a Elicio pena la competencia de Erastro, porque entendía del ingenio de Galatea que a cosas más altas la inclinaba. Antes tenía lástima y envidia a Erastro: lástima, en ver que al fin amaba, y en parte donde era imposible coger el fruto de sus deseos; envidia, por parescerle que quizá no era tal su entendimiento, que diese lugar al alma a que sintiese los desdenes o favores de Galatea, de suerte, o que los unos le acabasen, o los otros lo enloqueciesen.

Venía Erastro acompañado de sus mastines, fieles guardadores de las simples ovejuelas (que debajo de su amparo están seguras de los carniceros dientes de los hambrientos lobos), holgándose con ellos, y por sus nombres los llamaba, dando a cada uno el título que su condición y ánimo merescía: a quién llamaba León, a quién Gavilán, a quién Robusto, a quién Manchado; y ellos, como si de entendimiento fueran dotados, con el mover las cabezas, viniéndose para él, daban a entender el gusto que de su gusto sentían. Desta manera llegó Erastro adonde de Elicio fue agradablemente rescibido, y aun rogado que, si en otra parte no había determinado de pasar el Sol de la calurosa siesta, pues aquella en que estaban era tan aparejada para ello, no le fuese enojoso pasarla en su compañía.

— Con nadie — respondió Erastro — la podría yo tener mejor que contigo, Elicio, si ya no fuese con aquella que está tan enrobrescida a mis demandas, cuan hecha encina a tus continuos quejidos.

Luego los dos se sentaron sobre la menuda yerba, dejando andar a sus anchuras el ganado despuntando con los rumiadores dientes las tiernas yerbezuelas del herboso llano. Y como Erastro, por muchas y descubiertas señales, conocía claramente que Elicio a Galatea amaba, y que el merescimiento de Elicio era de mayores quilates que el suyo, en señal de que reconoscía esta verdad, en medio de sus pláticas, entre otras razones, le dijo las siguientes:

— No sé, gallardo y enamorado Elicio, si habrá sido causa de darte pesadumbre el amor que a Galatea tengo; y si lo ha sido, debes perdonarme, porque jamás imaginé de enojarte, ni de Galatea quise otra cosa que servirla. Mala rabia o cruda roña consuma y acabe mis retozadores chivatos, y mis ternezuelos corderillos, cuando dejaren las tetas de las queridas madres, no hallen en el verde prado para sustentarse sino amargos tueros y ponzoñosas adelfas, si no he procurado mil veces quitarla de la memoria, y si otras tantas no he andado a los médicos y curas del lugar a que me diesen remedio para las ansias que por su causa padezco. Los unos me mandan que tome no sé qué bebedizos de paciencia; los otros dicen que me encomiende a Dios, que todo lo cura, o que todo es locura. Permíteme, buen Elicio, que yo la quiera, pues puedes estar seguro que si tú con tus habilidades y estremadas gracias y razones no la ablandas, mal podré yo con mis simplezas enternecerla. Esta licencia te pido por lo que estoy obligado a tu merescimiento; que, puesto que no me la dieses, tan imposible sería dejar de amarla, como hacer que estas aguas no mojasen, ni el Sol con sus peinados cabellos no nos alumbrase.

No pudo dejar de reírse Elicio de las razones de Erastro y del comedimiento con que la licencia de amar a Galatea le pedía; y ansí, le respondió:

— No me pesa a mí, Erastro, que tú ames a Galatea; pésame bien de entender de su condición que podrán poco para con ella tus verdaderas razones y no fingidas palabras; déte Dios tan buen suceso en tus deseos, cuanto meresce la sinceridad dee tus pensamientos. Y de aquí adelante no dejes por mi respecto de querer a Galatea, que no soy de tan ruin condición que, ya que a mí me falte ventura, huelgue de que otros no la tengan; antes te ruego, por lo que debes a la voluntad que te muestro, que no me niegues tu conversación y amistad, pues de la mía puedes estar tan seguro como te he certificado. Anden nuestros ganados juntos, pues andan nuestros pensamientos apareados. Tú, al son de tu zampoña, publicarás el contento o pena que el alegre o triste rostro de Galatea te causare; yo, al de mi rabel, en el silencio de las sosegadas noches, o en el calor de las ardientes siestas, a la fresca sombra de los verdes árboles de que esta nuestra ribera está tan adornada, te ayudaré a llevar la pesada carga de tus trabajos, dando noticia al cielo de los míos. Y, para señal de nuestro buen propósito y verdadera amistad, en tanto que se hacen mayores las sombras destos árboles y el Sol hacia el occidente se declina, acordemos nuestros instrumentos y demos principio al ejercicio que de aquí adelante hemos de tener.

No se hizo de rogar Erastro; antes, con muestras de estraño contento por verse en tanta amis tad con Elicio, sacó su zampoña y Elicio su rabel; y, comenzando el uno y replicando el otro, cantaron lo que sigue:

ELICIO Blanda, süave, reposadamente, ingrato Amor, me subjetaste el día que los cabellos de oro y bella frente miré del Sol que al Sol escurecía; tu tósigo cruel, cual de serpiente, en las rubias madejas se escondía; yo, por mirar el Sol en los manojos, todo vine a beberle por los ojos.

ERASTRO Atónito quedé y embelesado, como estatua sin voz de piedra dura, cuando de Galatea el estremado donaire vi, la gracia y hermosura. Amor me estaba en el siniestro lado, con las saetas de oro, ¡ay muerte dura!, haciéndome una puerta por do entrase Galatea y el alma me robase.

ELICIO ¿Con qué milagro, amor, abres el pecho del miserable amante que te sigue, y de la llaga interna que le has hecho crecida gloria muestra que consigue? ¿Cómo el daño que haces es provecho? ¿Cómo en tu muerte alegre vida vive? L'alma que prueba estos efectos todos la causa sabe, pero no los modos.

ERASTRO No se ven tantos rostros figurados en roto espejo o hecho por tal arte que, si uno en él se mira, retratados se ve una multitud en cada parte, cuantos nacen cuidados y cuidados de un cuidado crüel que no se parte del alma mía a su rigor vencida, hasta apartarse junto con la vida.

ELICIO La blanca nieve y colorada rosa, qu'el verano no gasta ni el invierno; el Sol de dos luceros, do reposa el blando amor, y a do estará in eterno; la voz, cual la de Orfeo poderosa de suspender las furias del infierno, y otras cosas que vi quedando ciego, yesca me han hecho al invisible fuego.

ERASTRO Dos hermosas manzanas coloradas, que tales me semejan dos mejillas, y el arco de dos cejas levantadas, quel de Iris no llegó a sus maravillas; dos rayos, dos hileras estremadas de perlas entre grana y, si hay decillas, mil gracias que no tienen par ni cuento, niebla m'han hecho al amoroso viento.

ELICIO Yo ardo y no me abraso, vivo y muero; estoy lejos y cerca de mí mismo; espero en solo un punto y desespero; súbome al cielo, bájome al abismo; quiero lo que aborrezco, blando y fiero; me pone el amaros parasismo; y con estos contrarios, paso a paso, cerca estoy ya del último traspaso.

ERASTRO Yo te prometo, Elicio, que le diera todo cuanto en la vida me ha quedado a Galatea, porque me volviera el alma y corazón que m'ha robado; y después del ganado, le añadiera mi perro Gavilán con el Manchado; pero, como ella debe de ser diosa, el alma querrá más que no otra cosa.

ELICIO Erastro, el corazón que en alta parte es puesto por el hado, suerte o signo, quererle derribar por fuerza o arte o diligencia humana, es desatino. Debes de su ventura contentarte; que, aunque mueras sin ella, yo imagino que no hay vida en el mundo más dichosa como el morir por causa tan honrosa.

Ya se aparejaba Erastro para seguir adelante en su canto, cuando sintieron, por un espeso montecillo que a sus espaldas estaba, un no pequeño estruendo y ruido; y, levantándose los dos en pie por ver lo que era, vieron que del monte salía un pastor corriendo a la mayor prie sa del mundo, con un cuchillo desnudo en la mano y la color del rostro mudada; y que tras él venía otro ligero pastor, que a pocos pasos alcanzó al primero; y, asiéndole por el cabezón del pellico, levantó el brazo en el aire cuanto pudo, y un agudo puñal que sin vaina traía se le escondió dos veces en el cuerpo, diciendo:

— Recibe, ¡oh mal lograda Leonida!, la vida deste traidor, que en venganza de tu muerte sacrifico.

Y esto fue con tanta presteza hecho que no tuvieron lugar Elicio y Erastro de estorbárselo, porque llegaron a tiempo que ya el herido pastor daba el último aliento, envuelto en estas pocas y mal formadas palabras.

— Dejárasme, Lisandro, satisfacer al cielo con más largo arrepentimiento el agravio que te hice, y después quitárasme la vida, que agora, por la causa que he dicho, mal contenta destas carnes se aparta.

Y, sin poder decir más, cerró los ojos en sempiterna noche.

Por las cuales palabras imaginaron Elicio y Erastro que no con pequeña causa había el otro pastor ejecutado en él tan cruda y violenta muerte. Y, por mejor informarse de todo el suceso, quisieran preguntárselo al pastor homicida, pero él, con tirado paso, dejando al pastor muerto y a los dos admirados, se tornó a entrar por el montecillo adelante. Y, queriendo Elicio seguirle y saber dél lo que deseaba, le vieron tornar a salir del bosque; y, estando por buen espacio desviado dellos, en alta voz les dijo:

— Perdonadme, comedidos pastores, si yo no lo he sido en haber hecho en vuestra presencia lo que habéis visto, porque la justa y mortal ira que contra ese traidor tenía concebida no me dio lugar a más moderados discursos. Lo que os aviso es que, si no queréis enojar a la deidad que en el alto cielo mora, no hagáis las obsequias ni plegarias acostumbradas por el alma traidora dese cuerpo que delante tenéis, ni a él deis sepultura, si ya aquí en vuestra tierra no se acostumbra darla a los traidores.

Y, diciendo esto, a todo correr se volvió a entrar por el monte, con tanta priesa que quitó la esperanza a Elicio de alcanzarle aunque le siguiese. Y así, se volvieron los dos con tiernas entrañas a hacer el piadoso oficio y dar sepultura, como mejor pudiesen, al miserable cuerpo que tan repentinamente había acabado el curso de sus cortos días. Erastro fue a su cabaña, que no lejos estaba, y, trayendo suficiente aderezo, hizo una sepultura en el mesmo lugar do el cuerpo estaba, y, dándole el último vale, le pusieron en ella; y, no sin compasión de su desdichado caso, se volvieron a sus ganados, y, recogiéndolos con alguna priesa, porque ya el Sol se entraba a más andar por las puertas de occidente, se recogieron a sus acostumbrados albergues, donde no su sosiego dellos, ni el poco que sus cuidados le concedían, podían apartar a Elicio de pensar qué causas habían movido a los dos pastores para venir a tan desesperado trance; y ya le pesaba de no haber seguido al pastor homicida, y saber dél, si fuera posible, lo que deseaba.


(Continues...)

Excerpted from La Galatea by Miguel de Cervantes Saavedra. Copyright © 2015 Red ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
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Meet the Author

Miguel de Cervantes Saavedra dedicated himself to writing late in his life, at 58, when he published the first portion of Don Quixote. Prior to gaining literary recognition he had a checkered career that took him from Italy to the Battle of Lepanto (where he lost the use of his left hand), and later he'd fight in Corfu, Amabrino, and Tunisia. He was jailed several times in Algiers, Seville, and Valladolid.
Miguel de Cervantes Saavedra dedicated himself to writing late in his life, at 58, when he published the first portion of Don Quixote. Prior to gaining literary recognition he had a checkered career that took him from Italy to the Battle of Lepanto (where he lost the use of his left hand), and later he'd fight in Corfu, Amabrino, and Tunisia. He was jailed several times in Algiers, Seville, and Valladolid.

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