La guía de oración del guerrero espiritual: Encuentre salida a cada situación

La guía de oración del guerrero espiritual: Encuentre salida a cada situación

by Quin Sherrer, Ruthanne Garlock
     
 

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La Palabra de Dios es el arma más poderosa en la artillería espiritual de un creyente.See more details below

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La Palabra de Dios es el arma más poderosa en la artillería espiritual de un creyente.

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ISBN-13:
9781602555280
Publisher:
Grupo Nelson
Publication date:
06/28/2011
Pages:
224
Sales rank:
1,334,007
Product dimensions:
6.60(w) x 8.39(h) x 0.62(d)

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La Guía De Oración Del Guerrero Espiritual


By Quin Sherrer, Ruthanne Garlock, Graciela Lelli, Enrique Chi

Grupo Nelson

Copyright © 2011 Grupo Nelson
All rights reserved.
ISBN: 978-1-60255-529-7



CHAPTER 1

VISTIENDO LA ARMADURA


Aunque la victoria decisiva de Cristo sobre Satanás es completa, es necesario que reconozcamos el papel que desempeñamos en hacer cumplir esa victoria por medio de la oración y la guerra espiritual. Enfrentamos a un enemigo muy real, Satanás, cuyo nombre significa «adversario». Puesto que él sabe que Cristo es la única esperanza que tenemos de escapar del reino de las tinieblas, este enemigo se ha propuesto evitar que hombres, mujeres y niños reciban las buenas nuevas de salvación.

Si los creyentes vamos a cumplir la orden que Cristo dio de predicar el evangelio a toda criatura, entonces es necesario que demos de nuestros talentos y tesoro para adelantar esa causa. Pero también es necesario que apartemos tiempo para dedicarnos a la oración y a la guerra espiritual a favor de otros.


Por qué la armadura es crucial

Sólo un necio se lanzaría a la batalla sin contar con defensas adecuadas. De igual modo, el cristiano requiere la armadura para protegerse contra «el maligno», frase que describe a Satanás y que se emplea en las Escrituras nueve veces. Pablo enseña a los creyentes a vestirse con la armadura de Dios y estar firmes en su territorio en contra del maligno (Efesios 6.13).

Jesús mismo enseñó a sus seguidores un modelo de oración, el cual incluye la petición: «mas líbranos del mal» (Mateo 6.13). En su gran oración sacerdotal intercediendo por sus seguidores, Jesús pidió al Padre «que los guardes del mal» (Juan 17.15).

La guerra espiritual dista mucho de ser una lucha entre dos poderes iguales (Dios y Satanás ciertamente no son iguales en poder). Más bien, definimos esta guerra como los esfuerzos de Satanás manifestados en tres elementos básicos:

1. Destruir la confianza del creyente en Dios y en su Hijo, para que abandonen la fe.

2. Seducir a los creyentes por medio de enseñanzas seductoras o de sus propios pecados, a fin de que crean una mentira en lugar de la verdad.

3. Evitar que los incrédulos escuchen una presentación clara del evangelio, a fin de que permanezcan en el reino de las tinieblas de Satanás.


El diablo tiene poder real, el cual los cristianos sabios respetan. E. M. Bounds afirma: «Para Cristo el diablo como persona muy real. Reconoció su personalidad, percibió y reconoció su poder, aborreció su carácter y luchó contra su reino». Pero debido a que Satanás es un ser creado, y en ninguna manera es igual a Dios, su influencia tiene límites. Por medio de la cruz, Cristo desarmó el poder de Satanás y aseguró la victoria para el creyente que se somete al Señorío de Cristo (vea Colosenses 2.15).


Cómo funciona la armadura

Cuando Pablo escribió sobre la armadura de Dios, se hallaba bajo arresto, prisionero de Roma, bajo la custodia de soldados romanos. Todos los días podía ver la armadura y la insignia que portaban, lo cual identificaba su posición. El Espíritu Santo inspiró la analogía del creyente como soldado en el ejército espiritual de Dios.

Tal como es necesario que un soldado complete un período de entrenamiento antes de que se le entreguen los aparejos de la batalla y sea enviado al frente, los soldados cristianos nos preparamos para la guerra espiritual antes de ir a la batalla. Cada pieza de nuestra armadura espiritual cumple una función vital; por lo tanto, una sola pieza que nos falte podría significar la derrota cuando enfrentemos al enemigo. Que el Espíritu Santo nos equipe y nos fortalezca para ser eficaces en la lucha contra Satanás. Examinemos las seis partes de la armadura completa que Pablo presenta en Efesios 6.10–18.

El estar ceñidos con la verdad se refiere a un cinturón ancho de cuero o de metal que se usaba en la parte inferior del cuerpo para sostener la armadura en su lugar, y del cual colgaba la espada. La verdad del evangelio, la salvación por fe en Cristo solamente, sigue siendo la esencia de cada batalla que enfrentamos. Satanás distorsiona esta verdad por medio de sus intentos de hacer que dudemos de Dios y caigamos en engaño. Jesús nos advirtió enérgicamente contra los engaños de los postreros días (vea Mateo 24, Marcos 13, Lucas 21 y el capítulo 24 de este libro).

La coraza de justicia era la antecesora del chaleco a prueba de balas y protegía el corazón y los demás órganos vitales del soldado. Esta pieza es nuestra única protección contra un corazón dividido. Un buen soldado se atiene al consejo dado por Salomón: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida» (Proverbios 4.23). Si el diablo logra dividir nuestro corazón por medio de puntos de apoyo tales como la falta de perdón, el egoísmo y la idolatría, entonces obtiene una posición más segura desde la cual derrotarnos.

El calzado de paz simboliza la preparación. En las culturas orientales, quitarse el calzado es un acto de reverencia, luto o sumisión. Cuando un soldado se calzaba los pies, esto significaba que se estaba preparando para presentarse a cumplir con su deber y enfrentar al enemigo. Los soldados cristianos calzamos nuestros pies con el evangelio de la paz para invadir el territorio enemigo llevando las buenas nuevas y reconciliando a la humanidad con Dios. «Y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación» (2 Corintios 5.19).

El escudo de la fe se refiere al escudo rectangular grande que usaban los soldados para desviar los golpes del enemigo que provinieran de cualquier dirección. Era suficientemente grande para proteger el cuerpo entero, al igual que para proteger todas las otras partes de la armadura. Con frecuencia el soldado ungiría su escudo con aceite (similar a la unción del Espíritu Santo) para que reflejara los rayos del sol y cegara al enemigo. Nuestra fe firme en Dios nos fortalece en la batalla y nos capacita para resistir al enemigo y verle huir (vea Santiago 4.7 y 1 Pedro 5.8–9).

El yelmo de la salvación protege nuestras mentes contra los dardos de fuego de Satanás (vea 1 Tesalonicenses 5.8). El yelmo o casco no sólo protegía la cabeza del soldado en la batalla, sino que también portaba la insignia de su ejército. Nuestra mente renovada debería ejercer influencia en nuestro comportamiento de manera tan profunda que los que están en el mundo puedan reconocer que somos cristianos en palabra y en hecho. Mantener nuestras mentes renovadas en Cristo también nos protege contra los engaños.

La espada del Espíritu se usa tanto para la defensa como para el ataque. Cuanto mejor conozcamos la Palabra de Dios, tanto más adeptos seremos en blandir esta arma para oponernos a las fuerzas del mal. Pero como observó Arthur Mathews: «Las armas sin usar no causan bajas en el enemigo ni ganan guerras ... No basta con asentir mentalmente al hecho de que hay una guerra espiritual en curso. La pasividad hacia nuestro enemigo es lo que el diablo desea de nosotros y su treta es enfriar el fervor de los hombres de guerra de Dios».


Cómo se logra la victoria

Las advertencias que dan las Escrituras en cuanto «al maligno» y «día malo» deben tomarse en serio, pero la seguridad de que todo lo que necesitamos para vencer al enemigo nos ha sido provisto a través de Cristo debe tomarse con igual seriedad. De nosotros depende disciplinarnos, apropiarnos de la provisión divina y marchar hacia la batalla. William Gurnall escribe:

Vestir la armadura de Dios ... involucra en primer y primordial lugar un cambio de corazón. La persona que presume tener confianza en Dios pero que no cree verdaderamente en su corazón nunca se hallará a salvo en la zona de guerra que separa a la tierra del cielo. Si por negligencia o por voluntad propia deja de vestir la armadura de Dios e irrumpe en la batalla desnudo, ha firmado su certificado de defunción.... En ningún momento ponga en duda que Satanás desencadenará toda su furia contra los que aman la Palabra de Dios.... Si Satanás fue demasiado astuto para el hombre en un estado de perfección, ¡cuánto más peligroso es para nosotros ahora en nuestra condición caída! Porque nunca nos hemos recuperado de esa primera rotura que la caída de Adán dio a nuestro entendimiento.


Vestir la armadura de Dios y orar la Palabra de Dios no forman parte de una especie de fórmula mágica. No se nos garantiza el éxito por hablar palabras determinadas en cuanto a una situación específica. La oración y la guerra deberán basarse firmemente en la fe en Dios y en una relación con el Dios cuya palabra declaramos. «Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él» (1 Juan 3.21–22).

Los versículos a continuación ayudarán a los guerreros espirituales a llegar a un punto de fe y preparación, a fin de que sus oraciones puedan ser verdaderamente poderosas y eficaces.


Escrituras

Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía, y redentor mío (Salmo 19.14).

No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos (Zacarías 4.6).

Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil (Marcos 14.38).

También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar (Lucas 18.1).

Y les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos, y orad para que no entréis en tentación (Lucas 22.46).

Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional (Romanos 12.1).

Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos. La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz. Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne (Romanos 13.11–14).

Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas (2 Corintios 10.3–4).

Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas.... Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos (Efesios 5.11, 15–16).

Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias; orando también al mismo tiempo por nosotros, para que el Señor nos abra puerta para la palabra, a fin de dar a conocer el misterio de Cristo, por el cual también estoy preso, para que lo manifieste como debo hablar (Colosenses 4.2–4).

Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos (1 Timoteo 6.12).

Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado.... Por tanto, [yo Pablo] todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna (2 Timoteo 2.3–4, 10).

Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente (Tito 2.11–12).

Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios (Hebreos 12.1–2).

Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir (1 Pedro 1.13–15).

Mas el fin de todas las cosas se acerca; sed, pues, sobrios, y velad en oración (1 Pedro 4.7).


Oración

Señor, gracias por proveerme la armadura espiritual que necesito para ser un guerrero espiritual eficaz. Debido a mi relación personal contigo, me siento plenamente confiado de que escucharás y responderás a mis oraciones. Ayúdame a vestir toda la armadura de Dios cada día: a estar ceñido con la verdad, la coraza de justicia, el calzado de la paz, el escudo de la fe, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu. Ayúdame a ser fiel en la batalla y a tener la determinación necesaria para nunca darme por vencido. Oro en el nombre de Jesús, amén.

CHAPTER 2

TOMANDO AUTORIDAD EN EL NOMBRE DE JESÚS


¿Qué quiso decir Jesús cuando les dijo a sus seguidores: «He aquí os doy potestad ... sobre toda fuerza del enemigo» (Lucas 10.19)? Les estaba confiriendo a los creyentes el derecho de ejercer poder en su nombre sobre el poder de Satanás, el enemigo de Dios y enemigo nuestro.

Una definición de autoridad es: «el poder de regir o gobernar, el poder de aquel cuya voluntad y mandatos deben ser obedecidos por los demás». En el principio, Dios dio a Adán la autoridad de gobernar, o de ejercer poder, en el huerto del Edén (vea Génesis 2.15–20). Sólo se le prohibió que comiera de un árbol. Pero al ceder a la tentación de Satanás de comer del fruto de ese árbol, la humanidad rebasó los límites de la autoridad que Dios le había conferido.

Ahora, el pecado tendría poder para gobernar sobre la raza humana. ¿Por qué el diablo se sentía tan determinado a seducir a hombres y mujeres para que pecaran? El maestro de la Biblia, Dean Sherman, aclara:

Satanás deseaba tener la autoridad que había sido dada al hombre. Aunque se encontraba en el planeta, el diablo no tenía autoridad ni jurisdicción sobre el planeta ... Satanás sabía que el hombre podía usar bien o mal la autoridad que le había sido entregada. Cuando el hombre desobedeció a Dios, Satanás pudo usurpar la autoridad del hombre. Así como Dios había transferido parte de su autoridad al hombre, el hombre se la transfirió a Satanás ... pero Satanás sólo puede utilizarla a través del hombre. Sólo puede influir sobre el mundo hasta el grado en el cual el hombre elige pecar y vivir en desobediencia a Dios. Esto es lo que podríamos llamar el equilibrio de poder.


Relación con Jesús

A través de su muerte como sacrificio, su sepultura y su resurrección, Cristo derrotó al poder de Satanás y recibió de Dios autoridad sobre todos los ángeles y potestades (vea 1 Pedro 3.18–22). Ahora la humanidad, a través de Cristo, puede recuperar la autoridad que Adán desperdició. Dean Sherman continúa explicando:

El balance de poderes en la tierra se encuentra en el hombre, por medio del nombre de Jesucristo. La autoridad está completa en el hombre siempre y cuando el hombre tenga una relación con Dios a través de Jesucristo. Con nuestra autoridad viene la responsabilidad de usarla para los propósitos divinos. Si no reprendemos al diablo, él no será reprendido. Si no le hacemos retroceder, él no se irá. Depende de nosotros. Satanás conoce de nuestra autoridad, pero espera que sigamos siendo ignorantes. Tenemos que estar tan convencidos de nuestra autoridad como lo está el diablo.


(Continues...)

Excerpted from La Guía De Oración Del Guerrero Espiritual by Quin Sherrer, Ruthanne Garlock, Graciela Lelli, Enrique Chi. Copyright © 2011 Grupo Nelson. Excerpted by permission of Grupo Nelson.
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