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La isla de las sorpresas
     

La isla de las sorpresas

by Gertrude Chandler Warner
 

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Los hermanos Alden pasan unas vacaciones de verano en una isla prácticamente desierta y deben enfrentar un gran desafío.

Desde su debut hace más de medio siglo, Los chicos del vagón de carga (The Boxcar Children Mysteries) ha sido una de las series infantiles más populares y apreciadas de todos los tiempos.

Overview

Los hermanos Alden pasan unas vacaciones de verano en una isla prácticamente desierta y deben enfrentar un gran desafío.

Desde su debut hace más de medio siglo, Los chicos del vagón de carga (The Boxcar Children Mysteries) ha sido una de las series infantiles más populares y apreciadas de todos los tiempos.

Product Details

ISBN-13:
9781497623811
Publisher:
Whitman, Albert & Company
Publication date:
07/29/2014
Series:
Los chicos del vagón de carga , #2
Sold by:
Barnes & Noble
Format:
NOOK Book
Pages:
77
File size:
4 MB
Age Range:
7 - 10 Years

Read an Excerpt

La isla de las Sorpresas


By GERTRUDE CHANDLER WARNER, Mary Gehr, Carlos Mayor

ALBERT WHITMAN & Company

Copyright © 1977 Albert Whitman & Company
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4976-2381-1



CHAPTER 1

La primera sorpresa


—Vamos, cuéntanoslo, abuelo —pidió Henry—. Hemos vuelto corriendo de la escuela.

—¡Cuéntanoslo! Acaban de empezar las vacaciones de verano y todos queremos saberlo, incluso Guardián —gritó Benny, echándose en la hierba al lado del perro.

—Sí, Violet y yo también —dijo Jessie.

El señor Alden, que estaba leyendo en el jardín, miró a sus cuatro nietos con cara de sorpresa.

—Vamos a ver, ¿dije que se lo contaría hoy u otro día? —preguntó.

—Es una broma, Benny —apuntó Jessie.

—¿Una broma? ¡Yo siempre hablo en serio! —exclamó el señor Alden.

En realidad sí que era una broma, y se lo estaba pasando en grande. Durante la primavera había prometido a sus nietos una sorpresa para el verano, y en realidad llevaba más de una hora esperando su regreso de la escuela.

—Estamos de vacaciones —insistió Violet.

—Hemos vuelto corriendo —gritó Benny.

—Sí, ya me lo han dicho —contestó el señor Alden tranquilamente.

—Nos dijiste que la sorpresa era algo que a ti te gustaba hacer cuando tenías quince años —le recordó Henry.

—Sí, o incluso seis —añadió el señor Alden, mirando a Benny.

—Y dijiste que nos lo contarías en cuanto empezaran las vacaciones, abuelo —señaló el pequeño.

—Ja, ja, ja, es verdad. Bueno, voy a decirles cuál es la sorpresa.

Los cuatro niños lo miraron con atención.

—Hace mucho tiempo, mi padre compró una isla ... —empezó.

—¿Qué? ¿La compró? —exclamó Henry.

—Sí —continuó el señor Alden—. Es pequeña. No hay gran cosa, más que una casita, un establo y una cabaña de pescadores. El establo era básicamente una caballeriza: mi padre quería un sitio tranquilo para sus mejores caballos. Ahora el viejo capitán Daniel, que lleva la lancha a motor, vive en la cabaña. Iremos todos a la isla a echar un vistazo.

Si les apetece pasar allí todo el verano, adelante.

—¡Ay, abuelo! —exclamó Jessie—. Nos gustaría más que nada en el mundo. ¡Será como la época del vagón de carga!

—¿No podría ir también Guardián? —dijo Benny, con la mano en la cabeza del perro.

—Claro que sí —contestó el señor Alden—. Sin ustedes se sentiría solo.

—¿Y podremos tener una cocina de leña de verdad y preparar la comida? —preguntó Violet.

—No tendrán más remedio, hija mía, si quieren comer. Les daré algo de dinero para comprar platos y demás. Deben decirme cuánto necesitan, pero que no sea demasiado.

Todos los niños se rieron, porque hasta Benny sabía que el abuelo tenía dinero suficiente para comprarles lo que quisieran.

—Vámonos ahora mismo —dijo Benny de repente.

Los cuatro hermanos se pusieron en pie tan deprisa que el señor Alden echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

—Iremos hasta la costa en carro —explicó— y el luego el capitán Daniel nos llevará a la isla en la lancha. Podemos recoger al doctor Moore y a su madre para que también vengan y se diviertan con nosotros. Si el doctor no tiene trabajo.

A los niños les pareció muy buena idea, porque los Moore eran grandes amigos suyos.

El doctor no se sorprendió en absoluto al verlos aparecer. Ayudó a su madre a subir al gran carro del señor Alden y partieron en dirección a la costa. Por el camino, Jessie y Violet empezaron a pensar en cómo organizar la casa.

—Hay que comprar pan y leche —dijo Jessie—. Con eso podríamos sobrevivir aunque no hubiera más comida.

—Toma, un cuaderno y una pluma —dijo el señor Alden, sacando un cuadernito azul del bolsillo.

—Apunta cuántos platos nos hacen falta —indicó Violet.

Antes de llegar a la costa Jessie ya había anotado todo lo que se les había ocurrido: cucharas, tazas, cuencos, platos, un cuchillo afilado, una palangana y un caldero grande.

Entonces vieron el mar y la lancha de los Alden amarrada en el pequeño embarcadero. El capitán Daniel, el viejo pescador, los esperaba allí.

—¿Cómo está, capitán? —dijo el señor Alden, dándole la mano—. Llévenos a la isla. Si a los niños no les gusta volvemos y listo.

—¡Claro que nos gustará! —gritaron los cuatro niños.

Subieron todos a la lancha y zarparon.

—¡Ahí está nuestra isla! —exclamó Henry—. ¡Para nosotros solos!

Benny se puso a agitar la mano.

—Pero si no hay nadie, jovencito —recordó el abuelo—. ¿A quién saludas?

Sin embargo, los otros tres también empezaron a agitar la mano mirando hacia la isla.

—¡Y ahí está nuestra casita! —gritó el pequeño—. Pero ¿cabremos todos?

—Huy, no, ésa es mi cabaña —dijo el capitán Daniel, y se echó a reír mirando al señor Alden.

Atracaron en el pequeño embarcadero y anduvieron un poco antes de divisar una casita amarilla.

—¿Vamos a vivir ahí? —preguntó Jessie.

—¡Qué va! —respondió el señor Alden—. Los niños dormirán en el establo.

—¡En el establo! —exclamaron los cuatro, y echaron a correr hacia allí.

—¡Es una idea estupenda! —dijo Henry, y abrió la gran puerta para asomar la cabeza.

Acababan de poner un suelo nuevo, pero los chicos no lo notaron: lo único que veían eran los cuatro compartimentos para los caballos que había al fondo.

—¡Dormitorios! —exclamó Benny, señalándolos.

—¡Exacto! —dijo Henry, y abrió una de las puertas de vaivén para ver qué había dentro. Encontró una ventana en cada uno y nada más, así que, mirando hacia la escalera que subía al altillo, propuso—: Vamos a bajar paja para hacer las camas. Luego podemos taparla con mantas. —Y señaló un montón de mantas marrón claro.

Jessie fue corriendo a ver la cocina de leña. Era nueva y encima tenía un horno. Luego Henry examinó unos barriles.

—Aquí hay dos barriles vacíos —informó—. Podemos utilizarlos como base para una mesa y poner ese tablón largo encima.

—¡Estupendo! —dijo Jessie.

Los mayores estaban en la puerta mirando a los niños disfrutar de lo lindo.

—Qué suerte que los trabajadores hayan dejado ahí esas cajas de embalaje viejas —dijo Henry—. Con esa madera puedo hacer un montón de cosas. Quizá un armarito para la vajilla.

—¿Sí? ¿De verdad, Henry? —exclamó Violet—. No necesitaríamos puertas.

—Pues claro que podría hacerlo —dijo Benny—. Y con puertas si hace falta. Henry puede hacer lo que sea.

—Por allí hay un arroyo —informó el señor Alden, indicando a los niños que mirasen por la ventana—. Nunca se seca. El agua siempre baja helada, incluso cuando hace mucho calor, y además es potable.

—Es perfecto, ¿verdad, Henry? —dijo Jessie—. Lo más importante ya está decidido. ¡Ay, ojalá pudiéramos quedarnos a dormir esta noche!

—¿Y la vajilla? —preguntó Violet.

—Podemos comprar cucharas y todo lo que haga falta en el bazar. ¿Abuelo, ya hay algo de vajilla en la isla?

—Nada, sólo lo que tiene el capitán —respondió el señor Alden—. Lo siento.

—¡No lo sientas! Es mucho más divertido ir de compras. Lo mejor será coger seis de cada, así podremos tener invitados.

—Aún hay tiempo de hacer el viaje —apuntó Henry, mirando la hora—. Podríamos ir al bazar a por los platos y luego a comprar pan y leche para cenar.

—Y yo quiero mi osito —dijo Benny.

—Muy bien, niños. Vamos a volver, recojan sus cosas y dormirán aquí esta misma noche —consintió el señor Alden, sonriente, pero entonces se dio cuenta de que el capitán Daniel iba a hablar—. ¿Sí? ¿Quería decir algo, capitán?

—La verdad es que sí. Le he oído decir que soy el único que vive en la isla.

—¿Y no es cierto?

—No, no estoy solo. Hay un amigo que vive conmigo en la cabaña. Es un buen chico, muy habilidoso además, pero no está bien de salud.

—¿Qué le sucede? ¿Y quién es? —preguntó el señor Alden bruscamente, cosa que el capitán Daniel se esperaba.

—Lo conozco de toda la vida —explicó, y luego miró al doctor Moore para que le echara una mano.

—¿Y si voy a la cabaña y hablo con ese muchacho? —propuso el médico.

—¡Perfecto! —dijo el señor Alden—. Sí, vaya y entérese de qué pasa aquí.

—Quiero acompañarlo —pidió Benny.

—Huy, no. Ustedes vayan a la casa amarilla y miren por las ventanas, a ver qué descubren. Enseguida vuelvo.

Así pues, los niños se fueron a mirar por todas las ventanas mientras el doctor Moore se marchaba con el capitán Daniel para ver a su amigo.

CHAPTER 2

Una casa por estrenar

—Gracias por venir, doctor —dijo el capitán Daniel, de camino a la cabaña del pescador—. Ya verá que no pasa nada raro.

No tardaron en llegar. Había un joven sentado a la entrada, arreglando una nasa, una de esas cestas que se utilizan para pescar langostas.

—Hola —saludó, levantando la vista.

—Hola —respondió el doctor Moore—. Soy médico y he venido a verte. El señor Alden va a dejar a sus cuatro nietos en la isla con el capitán Daniel.

El joven sonrió.

—Sí, ya lo sé. Me alegro de que haya venido.

—Joe es un muchacho muy hábil —insistió el capitán Daniel—. Me ayuda mucho.

—Me gustaría contarle mi historia. Siéntese un momento, por favor —pidió Joe. Y luego añadió—: Yo vivía por aquí. El año pasado fui a explorar un sitio y a desenterrar objetos indios antiguos. Un día me caí de una roca muy alta y me rompí el brazo. Durante mucho tiempo no conseguí recordar quién era.

—¿Y ahora ya lo sabes?

—Sí, y creo que voy a decírselo.

El joven susurró un nombre.

—¡No puede ser cierto! —exclamó el doctor Moore—. ¡Qué curioso! ¿Y quién te encontró después de la caída?

—Un anciano indio que me llevó a su tienda. Me cuidó y buscó un médico para que me curara el brazo. Vine en busca del capitán Daniel en cuanto me acordé de quién era.

—¿Y por qué no volviste directamente a tu casa? —quiso saber el doctor Moore.

—Porque antes quería estar recuperado del todo. ¿Sabe usted?, antes vivía con mi tío. No me pareció bien volver hasta tener claro que ya estaba bien.

—Entendido. Ven a verme un día para seguir contándomelo todo y de paso te miraré el brazo.

—Ya casi está bien —dijo el joven.

—¡Me alegro! Has hecho lo que debías. Lo mejor es que te quedes aquí y ayudes al capitán Daniel. Cuando conozcas a esos cuatro niños les cogerás cariño.

—Estoy seguro de ello. No le hablará a nadie de mí, ¿verdad?

—No, no te preocupes —prometió el doctor—. Diré que eres un viejo amigo del capitán Daniel que le ayuda haciendo varios trabajos. Los niños pueden llamarte Joe.

—¡Perfecto! Mi segundo nombre de pila es Joseph.

El doctor Moore y el capitán Daniel regresaron al establo y dejaron al misterioso muchacho arreglando la nasa.

—¿Más tranquilo, capitán? —preguntó el médico.

—¡Desde luego! Gracias por su ayuda.

Cuando se reunieron con el grupo, el doctor Moore anunció:

—El joven se llama Joe y es un buen chico, señor Alden. Un buen peón. El capitán Daniel lo conoce de toda la vida.

—¿Seguro que no pasa nada raro?— preguntó el señor Alden, muy serio.

—Sí, seguro. Los niños se harán amigos de Joe.

—Yo quiero ir a conocerlo —dijo Benny.

—Ahora no —respondió Henry—. No hay tiempo. ¿No te acuerdas de que tenemos que ir a comprar platos y comida?

—¡Pues claro que me acuerdo! —exclamó Benny—. Si no hago más que esperar.

El capitán Daniel los llevó en la lancha y a la entrada del bazar el doctor y su madre se despidieron de los chicos.

—Lo hemos pasado muy bien en la visita a su nueva casa —dijo ella.

—¿Volverán a invitarnos? —preguntó el doctor, medio en broma.

—Ya sabe usted que sí —contestó Jessie, sonriéndole—. En cuanto tengamos la vajilla pueden venir cuando quieran.

—Vamos, Jessie —dijo Benny—. Hay que comprar todo eso.

—Es verdad —reconoció la joven.

El abuelo volvió a casa y los hermanos entraron en el bazar y fueron directo hasta unos montones de platos.

—Vamos a comprar un juego completo de vajilla —anunció Jessie—. ¿Puede darnos una caja grande, para ir metiendo las cosas que vayamos encontrando?

—¿Cómo no? —dijo la vendedora—. ¿Qué te parece ésta? ¿Es lo bastante grande?

—Sí, muy bien —contestó Henry—. Mira, Jessie, ¿ves ese balde ahí? Nos vendrían bien dos de ese tamaño, uno para el agua de beber y el otro para la de lavar los platos.

—¡Qué buena idea! Espero que no nos olvidemos nada. Al poco rato ya tenían todo lo que necesitaban.

—Son las cuatro —dijo Henry—. Vamos a casa a buscar los trajes de baño y las toallas.

—Y mi osito —recordó Benny.—Sí, lo más importante es tu osito —dijo Jessie—, desde luego.

—Creo que habrá que llenar otra caja con nuestra cosas —aseguró Henry.

—Podemos coger ropa vieja —respondió Jessie—. No vamos a ir con la que llevamos ahora, que es la de la escuela.

—No, claro —reconoció Henry—. No podemos ir a explorar la isla con ropa buena.

—¿Vamos a explorarla? —preguntó Benny.

—Sí, Benny —contestó Violet—. Y yo me llevo las pinturas para hacer cuadros de lo que encontremos.

—¡Qué bien! —exclamó Henry, a quien le gustaban mucho los cuadritos de su hermana.

Ya habían llegado a casa.

—Reunamos en el cuarto de Jessie todo lo que queramos llevar —propuso Henry.

La señora McGregor, el ama de llaves, salió a recibirlos y preguntó:

—Jessie, antes de coger vuestras cosas, ¿no quieren ver lo que ha comprado el señor Alden?

—¿Ha comprado algo? ¡Sí, claro!

Arriba, encima de la cama de Jessie, había un montón de ropa informal nueva. Y también cuatro pares de zapatos marrones.

—¡Qué buena idea ha tenido el abuelo! —exclamó la joven—. Es justo lo que nos hacía falta. Vamos a ponernos esto y así no habrá que llevar la ropa de la escuela.

—Me gustan mis zapatos nuevos —aseguró Benny. Se sentó en el suelo y empezó a quitarse los zapatos viejos de inmediato.

El señor Alden, que estaba abajo en su butaca, a solas, sonrió al oír los gritos de alegría.

—Y ahora voy a traer esa caja —dijo Henry.

—¡Espera! —pidió Jessie—. No hace falta que la subas. Podemos bajar todo entre los cuatro.

—Yo cojo las toallas y mis herramientas —contestó Henry.

—Y Violet y yo llevaremos su bolsita, las pinturas, los trajes de baño y el resto de la ropa —propuso Jessie—. Benny puede encargarse de la linterna y de lo que queda.

Bajaron todos cargadísimos.

—A ver, ¿no hemos dejado nada? —preguntó Jessie.

—Bueno, nos habíamos olvidado a mi osito —contestó Benny, que volvía a bajar con un animal de aspecto curioso en la mano. Lo dejó al lado de la caja.

—¡Lo más importante de todo! —exclamó Jessie, y lo puso con cuidado encima de la ropa.

—Ya estamos listos, abuelo —informó Henry una vez que el osito estuvo en la caja—. ¿Seguro que no te sentirás solo?

—¡Claro que no! Pero gracias, jovencito —contestó el señor Alden de inmediato. Sabía que debía tener cuidado con lo que decía si quería que los chicos se fueran—. No los acompañaría aunque pudiera. Me hace falta descansar un poco sin niños ni perros por en medio.

A los hermanos no les hizo ni siquiera falta mirarlo para saber que su abuelo sonreía: sabían perfectamente que le encantaba tenerlos cerca.

—No oirás a Guardián ladrar al lechero durante una buena temporada —dijo Benny.

—¡Ay, qué pena! Echaré de menos los ladridos y los ruidos por la mañana.

—¡Adiós! —dijeron todos.

El carro arrancó y el señor Alden y la señora McGregor saludaron con la mano hasta que desapareció.

—Son unos niños maravillosos —afirmó ella—. Muy listos. Y nunca se olvidan de tratar bien a todo el mundo. Por ejemplo, el pequeño Benny acaba de ir a despedirse de la cocinera.

—Gracias, señora McGregor —dijo el abuelo—. Me alegro mucho de que me lo diga, porque usted los conoce muy bien.

Y, sonriendo, volvió a su butaca. Quería estar pensando en sus nietos mientras hacían el viaje hasta la isla y se instalaban en su nuevo hogar.

Una vez en el muelle, los cuatro hermanos bajaron del coche.

—¡No te olvides el pan y la leche, Jessie! —dijo Benny.

—¡Huy! —exclamó su hermana mayor—. Casi nos vamos sin nada de comer. Qué suerte que haya una tienda aquí al lado. Vamos a comprar pan y leche en grandes cantidades. Con eso podremos vivir si no encontramos nada más.

—A mí me gusta mucho la verdura —apuntó Benny.

—Sí, claro —rió Jessie—. Comeremos un montón de cosas más.

—No quiero que sigamos hablando de comida, prefiero cenar ya —dijo el pequeñín.

—Ja, ja, ja. Me alegro de que tengas tanta hambre, Benny. Casi me olvido de comprar la cena. Sólo son las seis. Podemos tenerlo todo preparado dentro de una hora. Ahí viene Henry con el pan y la leche.

—Yo no puedo esperar una hora —replicó Benny—. Dentro de una hora tengo que estar en la cama, lo dice la señora McGregor.

—Esta noche no, "señorito Benny" —rió Henry.

El capitán Daniel subió las cajas a la lancha y arrancó. Enseguida llegaron a la isla y el capitán los ayudó a llevar todo hasta el establo.

—¡Buena suerte! —les deseó al dejar en el suelo la última caja—. Espero que les guste su nuevo hogar.

—¡Nos gustará mucho! —contestó Jessie—. Y gracias. Ha sido usted muy amable.

—Y, ahora, manos a la obra —dijo Henry.

—¡Huy, que emocionante! —exclamó Jessie—. Ustedes abran las cajas, que Benny y yo vamos a poner la mesa.

¡Qué barullo armaron! Henry destapó la caja grande. Los demás sacaron los barriles y colocaron encima el tablón. Y luego entre los cuatro desempaquetaron la vajilla azul y blanca.

—Vamos a lavar cuatro cuencos y cuatro cucharas —propuso Jessie—. Esta noche no hace falta calentar agua para fregar. Por suerte, el capitán Daniel nos ha llenado una palangana.

—Sí —dijo Violet—, ya lo guardaremos todo cuando tengamos el armario para la vajilla.

—Ja, ja. Mañana a primera hora lo haré —respondió Henry.

Violet sirvió el pan en un plato y Jessie colocó dos botellas de leche en la mesa. Y así, los cuatro niños se sentaron en cajas de embalaje en lugar de sillas. Pusieron el pan en los cuencos y vertieron la leche fría encima. Con las cucharas relucientes empezaron aquella primera cena deliciosa en su nueva casa.

—Tenemos que buscar algo para que coma Guardián —recordó Henry, mientras el perro devoraba dos rebanadas de pan.


(Continues...)

Excerpted from La isla de las Sorpresas by GERTRUDE CHANDLER WARNER, Mary Gehr, Carlos Mayor. Copyright © 1977 Albert Whitman & Company. Excerpted by permission of ALBERT WHITMAN & Company.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Meet the Author

Gertrude Chandler Warner nació en Putnam, Connecticut, el 16 de abril de 1890. Hoy en día, la Sra. Warner es ampliamente conocida por sus libros de misterio de la serie Los chicos del vagón de carga. 
Gertrude Chandler Warner (1890–1979) was an American author of children’s books, most notably the nineteen original titles in the Boxcar Children Mysteries series. Warner was raised in Putnam, Connecticut, across the street from a railroad station, which later inspired her to write about children living in a boxcar. In 1918, she began what would become a thirty-two-year career teaching first and third grade at the Israel Putnam School. She died in Putnam on August 30, 1979, when she was eighty-nine years old. But the Boxcar Children live on: To this day, talented authors contribute new stories to the series, which now includes over one hundred twenty books.

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