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La Lista de los Siete
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La Lista de los Siete

by Mark Frost, Alberto Coscarelli (Translator), Alberto Coscarelli (Translator)
 
Una Hermandad Siniestra
En el seno de Londres hay quienes conspiran a conquistar el mundo de la manera más vil. Con puestos de extraordinario poder e in-fluencia, estos siete apelan a las fuerzas del más allá para que les ayuden con sus diabólicos esfuerzos.
La Fuerza De Uno
Después de una sangrienta sesión de

Overview

Una Hermandad Siniestra
En el seno de Londres hay quienes conspiran a conquistar el mundo de la manera más vil. Con puestos de extraordinario poder e in-fluencia, estos siete apelan a las fuerzas del más allá para que les ayuden con sus diabólicos esfuerzos.
La Fuerza De Uno
Después de una sangrienta sesión de espiritismo y un aterrador contacto supernatural, un valiente y joven doctor se encuentra involucrado en un malévolo complot incomprensible para el ser humano.
Todo O Nada
Mientras un reino de malicia que durará mil años está a punto de comenzar, el futuro no estará seguro a menos que un grupo de fieles defensores pueda esclarecer los atroces enigmas tras un crimen más terrible que un asesinato.

Editorial Reviews

Clive Barker
“Dark and compelling entertainment . . . an irresistible page turner.”
People Magazine
A spooky page-turner . . . barrels through Victorian England with the narrative drive of a runaway train."
People
A spooky page-turner . . . barrels through Victorian England with the narrative drive of a runaway train.”
Washington Post Book World
“A ripping good tale. It effervesces like champagne.”

Product Details

ISBN-13:
9780061145759
Publisher:
HarperColins Espanol
Publication date:
09/19/2006
Edition description:
Spanish Language Edition
Pages:
416
Product dimensions:
5.31(w) x 8.00(h) x 0.93(d)

Read an Excerpt

La Lista de los Siete


By Mark Frost

HarperCollins Publishers, Inc.

Copyright © 2006 Mark Frost
All right reserved.

ISBN: 0061145750

Capítulo Uno

Un Sobre

El sobre era de pergamino crema. Estrías finas, crujiente, sin marca de agua. Caro. Se había raspado en los bordes y ensuciado un poco cuando lo deslizaron silenciosamente por debajo de la puerta. El doctor no se había percatado de nada, aunque su oído era fino, agudo como las rodillas de una bruja.

Se encontraba en el salón donde había estado durante toda la velada, alimentando el fuego, absorto en un texto abstruso. Cuarenta y cinco minutos antes había levantado la mirada cuando la señora Petrovitch subió las escaleras, arrastrada de regreso a una velada de suspiros quejumbrosos entre el olor pegajoso de la col hervida por el rápido rascar de las uñas del dachshund. El doctor había observado el paso de las sombras reflejadas en las tablas enceradas debajo de la puerta. No había ningún sobre.

Recordaba vagamente que le hubiera gustado conocer una manera más sencilla de consultar el reloj sin tener que sacarlo cada vez del bolsillo del chaleco y abrir la tapa. Por esta razón, cuando pasaba una velada en casa lo colocaba abierto sobre la mesa. Le obsesionaba el tiempo, y sobre todo desperdiciarlo inútilmente. Había mirado su reloj cuando el perro y la esquelética y melancólica ama rusa pasaron delante de la puerta:eran las nueve y cuarto.

Volvió su atención al texto. Isis revelada. Desde luego la tal Blavatsky estaba loca: otra rusa, como la pobre Petrovitch con su vino de ciruelas. Sería que cuando desarraigabas a estos zaristas y tratabas de replantarlos en tierra inglesa, la locura era una consecuencia inevitable? Una mera coincidencia, pensó; una soltera enferma del corazón y una trascendentalista megalomaníaca y fumadora de puros no representaban una tendencia.

Estudió la fotografía de Helena Petrovna Blavatsky en la portada: la inmovilidad sobrenatural, aquella mirada clara, penetrante. La mayoría de las caras se apartaban instintivamente del ojo de insecto de la cámara. En cambio ella se había apoderado del instrumento. Qué se esperaba que hiciera con este curioso libraco? Isis revelada. Ocho volúmenes hasta la fecha y amenazaba con otros, todos con más de quinientas páginas--y esto era sólo una cuarta parte de la obra de la autora--, una obra que pretendía asimilar y eclipsar, con una notoria falta de ironía, todos los sistemas de pensamiento espirituales, filosóficos y científicos conocidos: en otras palabras, una teoría revisionista de toda la creación.

Aunque según la nota biográfica al pie de la fotografía, HPB había pasado la mayor parte de sus cincuenta y tantos años trotando por el planeta en comunión con este o aquel grupo ocultista, la mujer atribuía modestamente la génesis del libro a la inspiración divina, por cortesía de una extensa lista de Maestros Ascendentes que se materializaban como el fantasma de Hamlet, y afirmaba que de vez en cuando alguno de estos personajes sagrados penetraba en su cabeza y empuñaba las riendas: a este fenómeno lo denominaba escritura automática. Desde luego el libro poseía dos estilos bien diferentes--dudaba en definirlos como «voces»--pero, en cuanto a su contenido, la cosa era un revoltijo sin pies ni cabeza: continentes perdidos, rayos cósmicos, razas extraviadas, cábalas malignas y brujas. A decir verdad, él también había empleado las mismas ideas en su novela, pero, por el amor de Dios, lo suyo era ficción, y en cambio ella hablaba de teología.

Inquieto con estos pensamientos, descubrió el sobre. Lo habían dejado allí sin más? Acaso su subconsciente había captado el momento en que lo deslizaban por debajo de la puerta atrayendo así su mirada? No recordaba haber oído nada--nadie que se acercaba, ni el crujido de una rodilla, o el roce de un guante contra la madera o el papel, nadie que se alejaba--y aquellas destartaladas escaleras anunciaban la presencia de un visitante con el estrépito de una fanfarria. La inmersión en Blavatsky le había embotado los sentidos? Difícil de creer. Incluso ante la mesa de operaciones, con los moribundos atados con correas, desangrándose, aullándole a la cara, era capaz de captar los sonidos a su alrededor como un gato inquieto.

Sin embargo, allí estaba el sobre. Podía llevar allí unos . . . ahora eran las diez . . . unos cuarenta y cinco minutos por lo menos. O quizás el portador acababa de llegar y permanecía inmóvil al otro lado de la puerta.

El doctor intentó percibir alguna señal de vida, consciente de su pulso acelerado y del sabor acre e irracional del miedo. Eso no le era desconocido. Sacó en silencio del paragüero el bastón más grueso, lo sujetó con un movimiento experto por la contera y, enarbolando el mango nudoso y ennegrecido, abrió la puerta.

Lo que vio, o no vio, en el pasillo alumbrado por la vacilante luz de gas, sería tema de cábalas durante algún tiempo: acompañada por el silbido de la succión del aire cuando abrió la puerta, una sombra envolvente desapareció de aquel vestíbulo con la rapidez del mago que quita un pañuelo de seda negra de un mantel blanco. O al menos eso fue lo que pensó en aquel momento.

El vestíbulo estaba desierto. No le pareció que alguien acabara de estar allí. En algún lugar cercano sonaba un violín desafinado; a lo lejos, el llanto de un niño con cólicos, y ruido de cascos en el adoquinado.

«Blavatsky me ha pillado--pensó--; esto es lo que pasa por leerla de noche. Soy sugestionable.» Volvió a la sala, cerró la puerta con llave, dejó el bastón en su lugar, y dedicó su atención al asunto que tenía entre manos.

El sobre era cuadrado, y no llevaba seña alguna. Lo sostuvo a la luz; el grosor del papel no dejaba ver su contenido. Parecía un sobre idéntico a cualquier otro.

Buscó en su maletín de médico, sacó una lanceta bien afilada y, con la precisión quirúrgica que tenía por costumbre cuando hacía algo rutinario, desprendió el sello de lacre. Una sola hoja de pergamino, más fino que el del sobre pero a juego, se deslizó en . . .



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Excerpted from La Lista de los Siete by Mark Frost Copyright © 2006 by Mark Frost. Excerpted by permission.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.

What People are Saying About This

Clive Barker
“Dark and compelling entertainment . . . an irresistible page turner.”

Meet the Author

Mark Frost was the co-creator and executive producer of the cult classic television series, "Twin Peaks", and is the author of several books including the bestseller, "The Greatest Game Ever Played". He attended school in Pittsburgh, where he studied acting, directing, and playwriting before leaving to begin his impressive career in television, film, and literature. He received a Writer’s Guild Award and an Emmy nomination for his work as executive story editor on the acclaimed television series Hill Street Blues. He lives in Los Angeles and upstate New York.

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