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Las francesas no engordan: El secreto de comer por placer

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Elegante, convincente, sabio, gracioso... y oportuno: así es este nuevo libro que no te obliga hacer dieta, pero que podría cambiar tu manera de pensar y de vivir de manera radical.

Las francesas no engordan, pero disfrutan de panes y pasteles, beben vino y cenan comidas de tres platos. Al descifrar los sencillos secretos de esta “paradoja francesa” –cómo hacen para disfrutar de la comida sin dejar de ser delgadas y sanas–, Mireille Guiliano ...

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Elegante, convincente, sabio, gracioso... y oportuno: así es este nuevo libro que no te obliga hacer dieta, pero que podría cambiar tu manera de pensar y de vivir de manera radical.

Las francesas no engordan, pero disfrutan de panes y pasteles, beben vino y cenan comidas de tres platos. Al descifrar los sencillos secretos de esta “paradoja francesa” –cómo hacen para disfrutar de la comida sin dejar de ser delgadas y sanas–, Mireille Guiliano nos ofrece una visión actual y encantadora acerca de la salud y la comida.

Cuando era una adolescente, Mireille fue de Francia a Estados Unidos para estudiar, y regresó con muchos kilos de más. Afortunadamente, el “doctor Milagro”, su bondadoso médico de cabecera, fue su salvador. La reintrodujo en los principios clásicos de la gastronomía francesa, ayudándola así a recuperar la silueta e incorporar una nueva manera de enfocar su relación con la comida, la bebida y la vida. ¿En qué consistía la clave? No en sentirse culpable y sufrir privaciones, sino en aprender cómo sacar el máximo provecho de los alimentos que más te gustan.

He aquí una manera alegre y positiva de permanecer delgada, los secretos más precio-sos de una cultura adaptados al siglo XXI. ¿Una vida tomando vino, pan e incluso chocolate... sin pecar ni sentirse culpable? ¿Pourquoi pas?

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Editorial Reviews

From the Publisher
“Para quienes no pueden viajar a Francia cada vez que el vestido les queda apretado... Un libro repleto de secretos para adelgazar”.
Revista People
  
“Encantador... sin duda éste es el mejor libro de la nueva era para el control de peso”. –USA Today
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Product Details

  • ISBN-13: 9780307275622
  • Publisher: Knopf Doubleday Publishing Group
  • Publication date: 11/15/2005
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 304
  • Product dimensions: 5.26 (w) x 7.93 (h) x 0.64 (d)

Meet the Author

Mireille Guiliano
Mireille Guiliano, nacida y criada en Francia, fue a Estados Unidos por primera vez para estudiar y regresó para instalarse allí al principio de su carrera profesional. Es presidenta de Clicquot, Inc., cuya sede central se encuentra en Nueva York y es directora de Champagne Veuve Clicquot en Reims, Francia. Mireille está casada con un estadounidense y la mayor parte del año vive en Nueva York; también viaja con frecuencia a París y por todo Estados Unidos. Entre sus pasatiempos favoritos está desayunar, almorzar y cenar.
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1

VIVE L’AMÉRIQUE:

EL PRINCIPIO... PESO MÁS DE LA CUENTA

Adoro mi tierra de adopción. Pero primero, como estudiante de intercambio en Massachusetts, aprendí a adorar las galletas con trocitos de chocolate y los bizcochos de chocolate y nueces, ¡y engordé diez kilos!

Mi pasión por Estados Unidos empezó con mi pasión por el idioma inglés; mi primer contacto fue en el lycée (instituto), cuando cumplí los once. Después de la clase de literatura francesa, el inglés era mi clase predilecta, y adoraba a mi profesor de inglés. Nunca había estado en el extranjero, pero hablaba inglés sin acento francés, aunque tampoco británico. Lo había aprendido durante la Segunda Guerra Mundial, cuando estaba en un campo de prisioneros de guerra junto con un maestro de instituto de Weston, Massachusetts (sospecho que disponían de muchas horas para practicar). Sin saber si saldrían con vida, decidieron que si lo hacían iniciarían un programa de intercambio para los alumnos del último año del instituto. Todos los años, un alumno de Estados Unidos viajaría a nuestra ciudad y uno de nosotros, a Weston. El intercambio ha continuado hasta hoy y la competencia por ese puesto es reñida.

Durante el último año en el lycée mis notas eran lo bastante buenas para presentarme, pero no tenía ganas. Como soñaba en convertirme en maestra o en profesora de inglés, estaba ansiosa por empezar mis estudios universitarios en la universidad de la zona. Y a los dieciocho años, claro, estaba convencida de estar locamente enamorada de un chico de mi ciudad. Era el chico más guapo, pero hay que reconocer que no era el más inteligente, y era el coqueluche (el adorado) de todas las chicas. No tenía la menor intención de separarme de él, así que ni se me ocurrió presentarme para ir a Weston. Pero durante los recreos en el patio, nadie hablaba de otra cosa. Entre mis amigas, la que tenía todas las de ganar era Monique: tenía muchísimas ganas de ir y además era la mejor de la clase, un hecho que el comité de selección —presidido por mi profesor de inglés y que entre sus distinguidas filas incluía a miembros de la Asociación de Padres y Maestros, otros profesores, el alcalde y el sacerdote católico de la localidad, y el pastor protestante— no dejó de tener en cuenta. Pero el lunes por la mañana, cuando se suponía que darían a conocer el resultado, lo único que anunciaron fue que no habían tomado ninguna decisión.

Ese jueves por la mañana (en esa época no había clase los jueves, pero sí los sábados por la mañana), mi profesor de inglés se presentó en casa. Había venido a ver a mi mamá, algo que me pareció extraño teniendo en cuenta mis buenas notas. En cuanto se marchó con una gran sonrisa de satisfacción pero sin dirigirme la palabra excepto para decirme “Hola”, mi mamá me llamó. Algo era très important.

El comité de selección no había encontrado un candidato idóneo. Cuando pregunté por Monique, mi mamá intentó explicarme algo difícil de comprender a mi edad: mi amiga tenía todos los puntos a su favor, pero sus padres eran comunistas, y eso no era aceptable en Estados Unidos. El comité había debatido largo y tendido (era una ciudad pequeña, donde todos se conocían), ¡pero inevitablemente concluyeron que una hija de comunistas nunca podría representar a Francia!

Mi profesor había sugerido que viajara yo, y los demás miembros estuvieron de acuerdo. Pero como ni siquiera me había presentado, tuvo que venir a casa y convencer a mis padres para que me dejaran ir. Mi padre, excesivamente sobreprotector, jamás habría aprobado que me marchara durante más de un año, pero no estaba en casa. Quizá mi profesor contaba con ello, pero en todo caso, logró convencer a mi mamá, a quien le tocó la tarea de convencer no sólo a mi padre sino a mí. Claro que ella también tenía sus dudas, pero Mamie siempre fue sabia y con visión de futuro; y generalmente se salía con la suya. A mí me preocupaba lo que diría Monique, pero una vez que corrió la voz, ella fue la primera en afirmar que yo sería una excelente embajadora. Por lo visto, las familias comunistas encaraban estos asuntos de manera abierta y práctica, y a Monique ya le habían explicado que la ideología familiar la había convertido en alguien diferente desde el principio.

Así que fui a Estados Unidos. Fue un año maravilloso—uno de los mejores de mi adolescencia— y que sin duda cambió el curso de toda mi vida. Para una jovencita francesa, Weston —un acaudalado suburbio de Boston— parecía un sueño estadounidense: verde, cuidado, amplio, de casas grandes y suntuosas, y familias adineradas y cultas. Podías jugar al tenis, montar a caballo, nadar en la piscina, jugar al golf y cada familia tenía dos o tres automóviles; algo muy distinto de cualquier ciudad del este de Francia, tanto entonces como ahora. Muchas cosas nuevas e inimaginables antes ocupaban mi tiempo, pero al final resultaron demasiado opulentas. Pese a las nuevas experiencias y los amigos, algo siniestro empezaba a cobrar forma. Casi sin darme cuenta, “eso” se había convertido en siete kilos y medio... o probablemente más. Era agosto, el último mes antes de mi regreso a Francia. Estaba en Nantucket con una de mis familias de adopción cuando sufrí el primer golpe: me vi en el espejo en bañador. Mi mamá estadounidense, que quizás había pasado por lo mismo con otra de sus hijas, se dio cuenta enseguida de mi disgusto. Como era buena costurera, compró una pieza de lino muy bonito y me hizo un vestido suelto, que aparentemente resolvió el problema, pero que en realidad sólo lo postergó.

Durante las últimas semanas en Estados Unidos, la idea de tener que abandonar a mis nuevos amigos me causaba una gran tristeza, pero también estaba muy preocupada por lo que dirían mis amigos franceses y mi familia al ver mi nuevo aspecto. En mis cartas no mencioné el aumento de peso y me las arreglé para enviar fotos donde sólo se me veía de la cintura para arriba.

El momento de la verdad se estaba acercando.

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