Las Mujeres Lideran Mejor: El Arte de Dirigir En La Iglesia y Como Mujer by Nancy Beach, Paperback | Barnes & Noble
Las Mujeres Lideran Mejor: El Arte de Dirigir En La Iglesia y Como Mujer

Las Mujeres Lideran Mejor: El Arte de Dirigir En La Iglesia y Como Mujer

by Nancy Beach
     
 

FUISTE DISEÑADA PARA LIDERAR y tu llamado es inconfundible. Tienes pasión para distinguirte, y conoces lo difícil que es hacer realidad tu llamado y lidiar con los duros desafíos que son exclusivos de las mujeres que lideran en la iglesia. Quizás seas la primera o la única mujer en el equipo. Puede que haya resistencia a tu

Overview

FUISTE DISEÑADA PARA LIDERAR y tu llamado es inconfundible. Tienes pasión para distinguirte, y conoces lo difícil que es hacer realidad tu llamado y lidiar con los duros desafíos que son exclusivos de las mujeres que lideran en la iglesia. Quizás seas la primera o la única mujer en el equipo. Puede que haya resistencia a tu liderazgo o preguntas sobre tu derecho de liderar. No quieres darte por vencida, pero a veces es duro y estás sola.

Product Details

ISBN-13:
9780829757125
Publisher:
Vida
Publication date:
08/05/2010
Series:
Seleccion Vida LiderSeries Series
Pages:
207
Product dimensions:
5.31(w) x 8.44(h) x 0.56(d)
Age Range:
18 Years

Read an Excerpt

Las mujeres lideran mejor

el arte de ser mujer y líder dentro de la iglesia
By Nancy Beach

ZONDERVAN

Copyright © 2010 Nancy Beach
All right reserved.

ISBN: 978-0-8297-5712-5


Chapter One

Dios no cometió un error

Estando parada en el sendero de hormigón que rodea el patio de nuestra casa de tres dormitorios en Cabo Cod, miraba fijamente y con atención la parte trasera de la vivienda. Con un pantalón de color rojo al que le llamaba «capri» y unas sandalias a las que les decía «chancletas», sentía cómo la espesa humedad de una tarde de verano relajada en Chicago flotaba en el aire.

Desde allí, fácilmente podía observar el patio trasero de nuestros vecinos de la izquierda, los Johnson, cuyo rancho de ladrillo amarillo claro demarcaba la esquina de nuestra calle suburbana. A la derecha estaba el cuadrado perfecto de pasto recién cortado que constituía el patio de mi mejor amiga, Janet. Allí era donde organizábamos un circo de tres pistas, disfrutábamos jugando interminablemente a Martín Pescador y Abuelita, ¿cuántos pasos doy?, y donde mi voz fuerte (que algunos describían como «mandona») se alzaba para idear toda clase de aventuras y producciones. Sin embargo, ese día estaba sola, tranquila y pensativa, algo poco común para una niña de diez años a la que le gustaba mucho hablar. Por unos instantes, dejé de ser la niña flaquita de pelo lacio que era a fines de la década de 1960 y me proyecté hacia el futuro.

No quiero que mi vida sea como la de mi mamá y las otras madres de mi barrio. Ellas limpian la casa y cuidan a sus hijos esperando que sean las cinco y media de la tarde, hora en que todos los esposos regresan al hogar. ¿Hay algo de malo en ser una muchacha y no querer esa misma clase de vida? Amo a mi mamá, pero siento que quizás haya algo distinto para mí, y estoy resuelta a descubrirlo. Soy inteligente, los demás niños que me rodean parecen seguirme y tengo muchas ideas. De alguna manera produciré un impacto positivo en este mundo. Lo haré, lo haré, lo haré.

Mi momento crucial de definición se vio interrumpido por el grito de mi amiga Janet, que me hacía señas para que fuera a jugar. Regresamos a nuestro lugar habitual durante el verano en la entrada de hormigón de su casa e intentamos decidir qué hacer a continuación.

«¿Qué quieres hacer?», preguntaba una de nosotras.

«No sé. ¿Qué quieres hacer tú?», era la respuesta inevitable.

Ah, el éxtasis de ese tiempo no programado suscitaba el siguiente arrebato de creatividad! Así que regresé al ritmo del juego y la diversión que caracterizaban los veranos húmedos y calurosos de mi niñez, guardando en el corazón las preguntas con las que luchaba en el sendero de mi casa.

Décadas después, ahora entiendo que mi mamá formó parte de una generación que dictaba un rol bien definido para ella, lejos de las oportunidades que a mí se me presentarían. Mi madre no era distinta al resto de las amas de casa de la avenida Prospect. Si bien mi mamá no se destacaba en la cocina, la costura ni otras tareas domésticas, creó un cálido hogar para la familia. Durante la escuela primaria, mi hermana, mi hermano y yo regresábamos a casa todos los días para disfrutar de un relajado almuerzo. Mamá nos preparaba sopa de tomate y sándwiches tostados con queso. Mientras tanto, nos leía cuentos. Le suplicábamos que nos leyera un capítulo más antes de prepararnos para regresar a la escuela por la tarde, ansiosos por saber cómo seguiría la historia. Mamá estaba siempre allí, y ahora, al mirar hacia atrás, veo cuánto llegué a depender de su alentadora presencia.

Como una joven que creció durante los años de la Gran Depresión, mi mamá no tuvo la oportunidad de acceder a una educación superior y se casó con mi papá en 1946, luego de que él regresara de pilotear reactores de caza como marino durante la Segunda Guerra Mundial. El curso de mi mamá estuvo trazado desde un principio y ella dio lo mejor de sí para cumplir las expectativas de un ama de casa a tiempo completo. Poseyendo una agradable personalidad, un estupendo sentido del humor y una mente ágil, mi madre habría hecho otras elecciones si hubiera nacido en otra época. Cuando sus hijos fueron un poco más grandes, consiguió un trabajo en la escuela secundaria de la zona, donde sus capacidades administrativas naturales emergieron y fueron muy valoradas. También tiene el don de la misericordia. Sigue visitando a «los ancianos» cuando ella misma tiene ya ochenta años! Mi mamá es casi siempre el alma de cualquier fiesta a la que asiste e incontables personas la consideran su amiga.

Sin embargo, aquel día en el sendero, todavía no había presenciado el surgimiento de los dones en mi mamá. La miraba a través de unos lentes muy estrechos. Y en verdad, por momentos me preguntaba si había algo malo en mí, ya que me encantaba liderar (aunque no usaba esa palabra) y a menudo estaba más interesada en mirar a los Chicago Bears con mi papá que en participar en cualquiera de las actividades domésticas. Muy en lo profundo me preguntaba si en realidad me parecía más a un niño y si Dios habría cometido un error cuando me creó. Estas preocupaciones persistieron debajo de la superficie de lo que constituyó una niñez en todo sentido feliz.

En sexto grado, fui la primera niña en la historia de mi escuela primaria en ser elegida presidenta del consejo estudiantil. Una vez más, me preguntaba si eso en verdad estaba bien ... si yo era normal o alguna clase de aberración. La secundaria me concedió muchas oportunidades para lucirme en lo académico, en la rama del teatro y del discurso, como capitana de las porristas y como una influencia clave en el grupo de jóvenes de mi iglesia. Me destacaba como la líder del equipo en casi todos los escenarios. Mis compañeros me eligieron la «Mejor compañera» y «La compañera con más posibilidades de tener éxito», títulos que me sorprendieron y me alegraron, ya que en lo secreto pensaba que era posible ser exitosa y agradable.

Cuando tenía quince años, llegaron a nuestra iglesia evangélica dos nuevos pastores de jóvenes. Dave Holmbo era un músico talentoso y un artista increíblemente creativo. Su amigo, Bill Hybels, era un joven vehemente y apasionado que nos lideró con su ejemplo y su enseñanza.

En aquel momento, nuestro grupo de jóvenes reunía en una buena noche a cincuenta asistentes. Por medio de la enseñanza de Bill, las incontables ideas creativas de Dave y un inconfundible fluir del Espíritu Santo, algo transformador se comenzó a gestar en ese pequeño grupo ... algo que la mayoría de nosotros todavía no veía. En todos nosotros se despertó una pasión por alcanzar a nuestros amigos de la secundaria con el amor transformador de Jesús. Orábamos, ayunábamos y comenzamos a idear experiencias para comunicarles las verdades de las Escrituras a nuestros amigos de formas pertinentes y creativas. Dos años después, cuando estaba en los últimos años de la secundaria, alrededor de mil jóvenes abarrotaban todas las semanas los blancos bancos de la iglesia y cientos llegaban a la fe. Sentíamos que éramos parte de un milagro de la era moderna.

Para mí, parte de ese milagro representó que aprendí a verme de otra manera debido a la forma en que Bill y Dave me veían. Los dos observaban mis capacidades y me daban oportunidades de experimentar. Me describían como una líder, una fuerza creativa, una persona que podía influenciar e impactar a otros. Dado que señalaban en mí estos dones, comencé a progresar un poquito más y a crecer en confianza. Estando con Dave, tuve la oportunidad de crear, en especial por medio del teatro. Organicé un equipo de actores y escritores, y también colaboré con la planificación general de nuestras actividades semanales. Bill reconocía mis capacidades para el liderazgo y me consideraba una catalizadora primordial en el grupo.

Cuando llegó la hora de separar al creciente grupo de jóvenes en grupos más pequeños, Bill y Dave decidieron que cada grupo sería liderado por un «capitán». Me preguntaron si podían reunirse conmigo y en esencia me dijeron: «Nancy, eres una líder pujante y podrías ser capitana de un equipo. No obstante, creemos que por ahora deben escogerse hombres. Tenemos un rol de liderazgo que pueden ocupar las chicas, a las que llamaremos «secretarias» [qué irónico!], y nos gustaría que acompañes como secretaria a uno de los muchachos capitanes más débil para que lo ayudes». Así que me convertí en la secretaria de un equipo liderado por Mark, un muchacho tan nuevo en la fe cristiana y cualquier forma de liderazgo que me pedía que escribiera cada una de las palabras que debía decirle a nuestro equipo. Funcionaba como una líder que era la sombra de Mark, el cual finalmente creció y se convirtió en un cristiano destacado que todavía desempeña un rol fundamental en nuestra iglesia.

Las mujeres en la iglesia donde crecí no lideraban desde el frente, excepto en los ministerios para niños y los grupos de mujeres. Los hombres eran diáconos; las mujeres diaconisas. Ser diaconisa en esencia requería del don de la hospitalidad, ya que las mismas suministraban alimentos para los necesitados y servían de otras maneras compasivas. Ninguna mujer servía en el cuerpo directivo de la iglesia ni tampoco hablaba desde el púlpito los domingos excepto para dar algún anuncio. Como una joven con el don del liderazgo, capté bien el mensaje: No encajas. No obstante, agaché la cabeza y decidí ser la mejor secretaria que podía ser. Por último, inicié el lanzamiento de un equipo de teatro para ese grupo de jóvenes, que aprovechó mi amor por las artes interpretativas y creativas.

A medida que seguí adelante con mis planes para la universidad, un trabajo en el mercado y con el tiempo la obtención de un título, continué explorando lo que significaba ser una mujer y una líder en varios escenarios. En el ámbito académico, así también como en el laboral, percibí muy pocos límites, si hubo alguno, en lo que podía conseguir. El tema del género se convirtió en una cuestión cada vez menor en esos ámbitos.

Puse mis ojos en un futuro dentro del mundo del cine y la televisión, pensando que tal vez podía ser determinante para Dios al traer una presencia y una perspectiva cristianas a Hollywood. Sin embargo, aun mientras estudiaba y me preparaba para una carrera como productora, una pequeña voz dentro de mí susurraba que quizás, solo quizás, mis dones deberían ser invertidos en la iglesia. Siendo líder y artista, mi primera reacción a esa idea fue pensar que era una posibilidad totalmente frustrante! Pensaba que solo los menos creativos, los que no podían alcanzar el éxito en Broadway o Hollywood, terminaban trabajando en la iglesia local. A esa perspectiva, añádele el pequeño detalle de que era una mujer con dones de liderazgo, de modo que tal idea parecía casi absurda. ¿Dónde había visto que eso funcionara bien en la iglesia? ¿«La compañera con más posibilidades de tener éxito»? No lo creo!

Y aun así, ese constante susurro en mi corazón no encontraba sosiego. Un verano, estando recién casada y justo al terminar la universidad, luchaba con Dios en el patio trasero. Pasé horas y horas sentada allí contemplando mis posibilidades. Después de orar, escribir en mi diario e incluso discutir con Dios, al final le dije que sí a la idea que hacía tanto tiempo rechazaba. Acepté un puesto a tiempo completo dentro del personal de la iglesia resultante de aquel explosivo grupo de jóvenes: Willow Creek Community Church.

Mi título, directora de programación, describía un rol nuevo. Ahora era la persona responsable del ministerio de artes escénicas de la iglesia y de cada una de las secciones de los servicios semanales, exceptuando el mensaje. Le informaba al pastor principal, Bill Hybels, y servía dentro del primer equipo administrativo de la iglesia. Mi carrera como mujer líder de la congregación había empezado de manera oficial.

Había pasado mucho tiempo desde que aquella niña proyectara su futuro. A veces me gustaría volver atrás en el tiempo y sentarme en aquel sendero junto a esa pequeña que era hace tantos años atrás. Si pudiera captar su atención y mirarla a los ojos azules tan llenos de esperanza e incertidumbre, le diría lo siguiente.

Nancy Lee, Dios no cometió un error cuando te creó. Cuando los dones fueron repartidos en el cielo, los ángeles no dijeron: «Vaya! Es una niña, así que no podemos darle el don del liderazgo!». La Escritura nos dice en 1 Corintios 12 que el Espíritu Santo distribuye los dones como quiere. Cada uno de los dones que tienes, Nancy, provienen de la mano de un Padre que te diseñó en el vientre de tu madre. Él se deleita al ver en qué persona te estás convirtiendo. No eres un accidente ni tampoco menos femenina porque te encante liderar, seas inteligente y estés llena de sueños y metas. Esos sueños nacen de tu Creador, junto con tus instintos para liderar y tu pasión por producir un impacto positivo. No tienes nada de malo.

Tan solo porque no veas en tu iglesia mujeres diestras en la tarea de liderar no significa que esto es lo que Dios planeó. Ten por cierto algo: un día se te pedirá cuentas por lo que hiciste con los dones que se te concedieron, por cómo usaste tu única vida. No pienses que escaparás fácilmente con la excusa de que eres mujer. Fuiste creada para liderar.

Por lo tanto, resiste, ya que estás al borde de una gran aventura, una aventura que probablemente ahora no te imaginas. El camino no será fácil, y a veces tendrás miedo, te sentirás sola y te preguntarás si vale la pena. Sin embargo, Dios nunca te dejará ... Él tiene un plan para ti a fin de darte un futuro y una esperanza. Así que confía en él y nunca dejes de escuchar la suave voz que puso dentro de ti. Y no te olvides de disfrutar del viaje!

Si eres una mujer líder y estás leyendo este libro, te pido que leas los tres párrafos anteriores una vez más, aunque con una variante importante: esta vez coloca tu nombre en lugar del mío. Esto se debe a que creo que este es el mismo mensaje que nuestro Creador tiene para ti. Sin lugar a dudas, no eres un error. Mi oración es que puedas involucrarte de lleno en la peligrosa y emocionante aventura de hacer un aporte con tu liderazgo al progreso del reino de Dios. Y espero que tú, al igual que yo, no te olvides de disfrutar del viaje.

(Continues...)



Excerpted from Las mujeres lideran mejor by Nancy Beach Copyright © 2010 by Nancy Beach. Excerpted by permission.
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Meet the Author

Nancy Beach es vicepresidenta ejecutiva de artes escénicas en la Asociación Willow Creek y pastora a cargo de la enseñanza en la iglesia Willow Creek Community Church. Es la autora de An Hour on Sundays. Reside en los suburbios de Chicago con su esposo Warren y sus hijas Samantha y Johanna.

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