Las puertas de la medianoche

Las puertas de la medianoche

by Lara Adrian
     
 

View All Available Formats & Editions

En la árida y helada Alaska, la exagente de policía Jenna Darrow logra sobrevivir a un inexplicable suceso. Pero su huida la mete de lleno en un nuevo y enorme desafío. Extraños cambios están teniendo lugar en su interior y lucha consigo misma para tratar de comprender ?y controlar? el nuevo hambre que la atenaza. Para conseguirlo busca ayuda

Overview

En la árida y helada Alaska, la exagente de policía Jenna Darrow logra sobrevivir a un inexplicable suceso. Pero su huida la mete de lleno en un nuevo y enorme desafío. Extraños cambios están teniendo lugar en su interior y lucha consigo misma para tratar de comprender ?y controlar? el nuevo hambre que la atenaza. Para conseguirlo busca ayuda en Boston y en una estirpe de antiguos guerreros vampiros cuya misma existencia es de por sí un misterio. Y quizás el más misterioso de todos ellos sea Brock, un macho alfa de ojos negros y aspecto amenazante cuyas manos tienen el poder de reconfortarla, curarla... y hacerla despertar la pasión.Y mientras Jenna se recupera bajo los atentos cuidados de Brock, se verá arrastrada a la nueva misión de la Orden: detener a un cruel enemigo y su ejército de asesinos en su intento de sumir a la humanidad en un reinado de terror. A pesar de la determinación de ambos de luchar contra sus sentimientos y dejarse llevar solamente por una relación física, Jenna y Brock muy pronto se verán abocados a un deseo mucho más salvaje que la vida y más fuerte que la muerte... hasta que un secreto del pasado de Brock y la mortalidad de Jenna someterán el amor prohibido que ambos sienten a una última prueba de fuego.

Product Details

ISBN-13:
9788415410300
Publisher:
Roca Editorial de Libros
Publication date:
09/09/2012
Sold by:
Barnes & Noble
Format:
NOOK Book
File size:
3 MB

Related Subjects

Read an Excerpt

Las Puertas de la Medianoche


By Lara Adrian, Violeta Lambert

Roca Editorial

Copyright © 2010 Lara Adrian, LLC
All rights reserved.
ISBN: 978-1-5040-0483-1


CHAPTER 1

«¿Vivir ... o morir?»

Las palabras viajaron a la deriva y llegaron hasta ella a través de la oscuridad. Sílabas indiferentes. El chirrido áspero de una voz plana y ahogada que llegaba hasta su mente profundamente adormilada y la obligaba a despertarse y a escuchar. A tomar una decisión.

«¿Vivir?»

«¿O morir?»

Gimió contra el suelo de tablones fríos que sentía bajo su mejilla, tratando de resistirse a la voz y a la despiadada decisión que esta exigía de su mente. No era la primera vez que oía aquellas palabras, aquella pregunta. No era la primera vez en ese lapso de horas interminables que despegaba un pesado párpado en el silencio glacial de su cabaña y se encontraba contemplando el terrible rostro de un monstruo.

Un vampiro.

—Escoge —susurró la criatura débilmente, arrastrando la palabra entre dientes, lentamente. Se agachó sobre ella donde estaba tendida, acurrucada y temblando en el suelo cerca de la chimenea apagada. Sus colmillos brillaban a la luz de la luna, afilados como cuchillas, letales. Las puntas estaban todavía manchadas de sangre fresca, su sangre, extraída con la mordedura en la garganta que le había dado solo momentos antes.

Ella trató de incorporarse, pero no podía levantar sus débiles músculos, sino apenas flexionarlos. Trató de hablar, y solo consiguió emitir un gemido ronco. Sentía la garganta tan seca como la ceniza, la lengua espesa y lánguida en la boca.

Fuera, el invierno de Alaska rugía, amargo e implacable, llenando sus oídos. Nadie oiría sus gritos, aunque lograra gritar.

Esa criatura podía matarla en un instante. No sabía por qué no lo había hecho ya. No sabía por qué continuaba presionándola en busca de una respuesta a la pregunta que ella había estado haciéndose a sí misma casi cada día de su vida durante los últimos cuatro años.

Desde el accidente que le había arrebatado a su marido y a su pequeña hija.

¿Cuántas veces había deseado haber muerto junto a ellos en ese tramo helado de la autopista? Todo sería mucho más fácil, menos doloroso, si hubiera sido así.

Podía ver un juicio silencioso en los ojos inhumanos e imperturbables que permanecían fijos en ella en la oscuridad, abrasadores, con las pupilas delgadas como las de un gato. Intrincados diseños cubrían la piel de la cabeza calva y el inmenso cuerpo de la criatura. La membrana de dibujos parecía latir con intensos colores mientras él la observaba. El silencio se extendió mientras la examinaba pacientemente como si ella fuera un insecto atrapado en un frasco de vidrio.

Cuando habló de nuevo, esta vez sus labios no se movieron. Las palabras penetraron en su cráneo como humo y se hundieron en lo más profundo de su mente.

«La decisión es tuya, humana. Dime qué será: ¿vida o muerte?»

Ella ladeó la cabeza y cerró los ojos, evitando mirar a la criatura. Rechazaba participar en el juego privado y silencioso al que parecía estar jugando. Un depredador entreteniéndose con su presa, contemplando cómo se retuerce mientras él decide si liberarla o no.

«El final depende de ti. Tú decidirás.»

—Vete al infierno —masculló ella, con la voz espesa y oxidada.

Unos dedos fuertes como el hierro le sujetaron la barbilla y le dieron un tirón para mirarla de nuevo a la cara. La criatura inclinó la cabeza, con sus ojos felinos de color ámbar mirándola sin emoción mientras se oía su respiración ronca. Luego habló a través de sus labios y colmillos manchados de sangre.

—Debes elegir. Ya no queda mucho tiempo.

No había impaciencia en la voz que gruñía tan cerca de su rostro, sino solo una llana indiferencia. Una apatía que parecía indicar que verdaderamente no le importaba que respondiera de una manera o de otra.

Ella sintió hervir la rabia en su interior. Quería insultarlo, decirle que la matara y acabara con aquello de una vez por todas si era eso lo que quería. No conseguiría que le suplicara, maldita sea. El desafío se agitó en sus entrañas, haciendo subir la rabia por su garganta hasta la misma punta de la lengua.

Pero no le salían las palabras.

No podía pedirle que la matara. Ni siquiera ahora que la muerte era la única manera de escapar del terror que la atrapaba. La única forma de escapar del dolor de haber perdido a las dos personas que más amaba en el mundo y de la existencia sin sentido que era todo lo que le había quedado desde entonces.

La soltó y la observó con una calma enloquecedora mientras ella volvía a acurrucarse en el suelo. El tiempo se estiraba, haciéndose insoportablemente largo. Luchó por sacar la voz, pronunciar la palabra que la liberaría o serviría para condenarla. En cuclillas cerca de ella, el vampiro se balanceó sobre sus talones y ladeó la cabeza en actitud reflexiva y silenciosa.

Después, para su horror y confusión, él estiró el brazo izquierdo y clavó una uña con el aspecto de una garra en la carne de su propia muñeca. La sangre brotó, borboteando, y gotas de color escarlata cayeron sobre los tablones de madera del suelo. Metió el dedo en la herida abierta, escarbando en los músculos y tendones de su brazo.

—¡Dios santo! ¿Qué estás haciendo? —El asco oprimió sus sentidos. Su instinto clamaba para advertirle de que algo espantoso estaba a punto de pasar ... quizás algo todavía más horrible que el horror de estar cautiva con aquel ser de pesadilla que la tenía prisionera desde hacía horas y se había alimentado con su sangre—. ¡Oh, Dios mío! Por favor, no. ¿Qué demonios estás haciendo?

Él no respondió. Ni siquiera la miró hasta que extrajo del interior de su carne un objeto minúsculo y lo sujetó entre el pulgar y el índice sangrientos. Pestañeó lentamente, cerrando los ojos por un breve momento antes de clavarlos en ella como un hipnotizador rayo de luz ámbar.

—Vivir o morir —siseó la criatura, acosándola con esos ojos despiadados. Se inclinó hacia ella, chorreando sangre todavía de la herida que se había causado en el antebrazo—. Debes decidir ahora.

«No —pensó ella desesperadamente—. No. Por favor, deja que me vaya.»

Una creciente oleada de rabia surgió en su interior. No podía contenerla. No podía reprimir la explosión de furia que subió por su garganta y estalló en su boca con un grito atroz.

—¡No! —Levantó los puños y golpeó los hombros desnudos de aquella criatura de carne dura e inhumana. Lo golpeó una y otra vez, con todas las fuerzas que fue capaz de reunir, disfrutando del dolor del impacto cada vez que sus puños impactaban sobre su cuerpo—. ¡Maldita sea, no! ¡Lárgate de aquí! ¡No me toques!

Continuó golpeándolo, una y otra vez.

Sin embargo, él se acercó más.

—¡Déjame sola, maldita sea! ¡Lárgate!

Sus nudillos golpeaban contra sus hombros y los lados de su cráneo, golpe tras golpe, mientras una densa oscuridad descendía sobre ella. La notaba espesa a su alrededor, como una mortaja empapada que hacía más lentos sus movimientos y confusos los pensamientos en su mente.

Sus músculos se aflojaron, negándose a cooperar. Sin embargo, siguió aporreando a la criatura, cada vez más despacio, como si lanzara puñetazos en medio de un océano negro lleno de alquitrán.

—No —gimió, cerrando los ojos ante la oscuridad que la envolvía. Continuaba hundiéndose, cada vez más profundamente. Más y más profundamente en un vacío interminable, sin sonido y sin peso—. No ... suéltame. Maldita sea ... suéltame ...

Entonces, cuando parecía que la oscuridad que la envolvía jamás la iba a soltar, notó algo frío y húmedo apretándole la frente. Voces que se mezclaban de una manera confusa en algún lugar por encima de su cabeza.

—No —murmuró—. No. Déjame ir ...

Juntando los últimos restos de fuerza que le quedaban, lanzó otro puñetazo contra la criatura que la retenía. El golpe fue absorbido por un grueso músculo. Ella entonces agarró a su captor, clavándole las uñas. Sorprendida, sintió el tacto de una tela suave en sus manos. Era cálida, era un tejido de lana. No era el cuerpo desnudo, frío y húmedo de la criatura que había irrumpido en su cabaña y la retenía prisionera. La confusión se disparó en su mente.

—¿Quién? No ... no me toques ...

—Jenna, ¿puedes oírme? —La voz envolvente que sonaba tan cerca de su rostro le resultaba familiar. Extrañamente tranquilizadora.

Se dirigía a una zona en lo profundo de su ser, le procuraba un lugar donde agarrarse cuando no había a su alrededor más que ese mar de insondable oscuridad. Gimió, todavía perdida, pero sintiendo un delgado hilo de esperanza por sobrevivir.

Necesitaba desesperadamente oír de nuevo esa suave voz.

—Kade, Alex. Cielo santo, se está recuperando. Creo que por fin se despierta.

Respiró con dificultad, luchando por atrapar el aire.

—Suéltame —murmuró, insegura de poder confiar en sus sensaciones. Insegura de poder confiar en nada ahora—. Oh, Dios ... por favor ... no me toques. No ...

—¿Jenna? —En algún lugar cercano, una voz de mujer cobró forma por encima de ella. El tono era tierno y lleno de preocupación. Una amiga—. Jenna, cariño, soy yo, Alex. Ahora ya estás bien, ¿lo entiendes? Estás a salvo, te lo prometo.

Registraba las palabras lentamente, recibiendo con ellas una sensación de alivio y de consuelo. Una sensación de paz, a pesar del terror escalofriante que todavía corría a través de sus venas.

Con esfuerzo, abrió los párpados y pestañeó para alejar el velo que aturdía sus sentidos. Tres formas surgieron a su alrededor, dos de ellas inmensas, inconfundiblemente masculinas, y la otra, alta y delgada, era la de una mujer. Su mejor amiga en Alaska, Alexandra Maguire.

—¿Qué ...? ¿Dónde estoy ...?

—Chist —la calmó Alex—. Silencio. Todo está bien. Estás en un lugar seguro. Te pondrás bien.

Jenna pestañeó, esforzándose para enfocar la vista. Lentamente, las formas que había junto a su cama se volvieron humanas. Se incorporó y se dio cuenta de que todavía tenía entre los puños la lana del suéter que llevaba uno de los dos hombres enormes. Era un afroamericano inmenso y de aspecto feroz con una melena trenzada que le llegaba hasta los hombros. El mismo cuya voz profunda la había ayudado a salir del terror de su pesadilla.

Aquel a quien había estado golpeando sin descanso Dios sabe cuánto tiempo, confundiéndolo con la criatura infernal que la había atacado en Alaska.

—Eh, qué tal —murmuró él, curvando suavemente sus anchos labios. Sus ojos oscuros e introspectivos le sostuvieron la mirada. Esa sonrisa cálida expresó tácitamente su comprensión mientras ella lo soltaba y volvía a tumbarse en la cama—. Me alegra ver que has decidido volver al mundo de los vivos.

Jenna frunció el ceño ante su toque de humor, que le recordó la terrible elección que la quería obligar a tomar su atacante. Soltó un suspiro y se esforzó por acostumbrarse a ese nuevo entorno nada familiar. Se sentía un poco como Dorothy al despertar en Kansas después de su viaje a Oz.

Excepto que Oz en su escenario le había parecido un tormento interminable. Un viaje aterrador a algún tipo de sangriento infierno.

Al menos aquella experiencia terrible había terminado.

Miró a Alex.

—¿Dónde estamos?

Su amiga se acercó y le colocó un paño frío y húmedo en la frente.

—Estás a salvo, Jenna. En este lugar nadie puede hacerte daño.

—¿Dónde? —preguntó Jenna, sintiendo crecer en ella un extraño pánico. Aunque la cama donde se hallaba tumbada era lujosa y estaba llena de suaves y sedosos cojines y mantas, no podía dejar de notar las asépticas paredes blancas y el conjunto de monitores médicos y lectores digitales reunidos en la habitación—. ¿Qué es esto? ¿Un hospital?

—No exactamente —respondió Alex—. Estamos en Boston, en unas instalaciones privadas. Este es el lugar más seguro donde puedes estar ahora. El lugar más seguro para todos nosotros.

—¿Boston? ¿Instalaciones privadas? —La vaga explicación difícilmente podía ayudarla a sentirse mejor.

—¿Dónde está Zach? Necesito verle. Tengo que hablar con él.

La expresión de Alex se alteró al oír que Jenna mencionaba a su hermano. Permaneció en silencio durante un largo momento. Demasiado largo. Miró por encima de un hombro al hombre que estaba de pie detrás de ella. A Jenna le resultaba vagamente familiar, con su cabello negro de punta, sus penetrantes ojos plateados y sus angulosas mejillas afeitadas. Alex pronunció su nombre en un susurro.

—Kade ...

—Llamaré a Gideon —dijo él, haciéndole una suave caricia mientras hablaba. Ese hombre, Kade, era evidentemente amigo de Alex. Alguien íntimo. Él y Alex se pertenecían el uno al otro; incluso en su nervioso estado de conciencia, Jenna podía notar el profundo amor que la pareja compartía. Mientras Kade se apartaba de Alex, lanzó una mirada al otro hombre de la habitación—. Brock, asegúrate de que reine la calma hasta que regrese.

La oscura cabeza asintió con expresión sombría. Sin embargo, cuando Jenna le miró, ese hombre enorme llamado Brock le dirigió la misma mirada suave y relajada con la que la había recibido cuando abrió los ojos en aquel lugar extraño.

Jenna tragó saliva para deshacer el nudo de terror que sentía crecer en su garganta.

—Alex, dime qué está pasando. Sé que fui ... atacada. Me mordieron. Oh, Dios ... había ... una criatura. De alguna forma consiguió entrar en mi cabaña y me atacó.

La expresión de Alex era dura, pero su mano descansó con ternura sobre la de Jenna.

—Lo sé, cariño. Sé que lo que has tenido que pasar ha debido de ser espantoso. Pero ahora estás aquí. Gracias a Dios has sobrevivido.

Jenna cerró los ojos al sentir que un sollozo la ahogaba.

—Alex, esa cosa ... se alimentó de mí.

Brock se había acercado a la cama sin que ella se diera cuenta. Se quedó de pie justo a su lado y le acarició el cuello con la yema de los dedos. Sus grandes manos eran cálidas e increíblemente tiernas. La paz que emanaba aquella ligerísima caricia era una sensación de lo más extraña.

Una parte de ella quería rechazar aquel contacto que no había pedido, pero, por otro lado, aquella parte necesitada y vulnerable que odiaba reconocer, y mucho menos consentir, no podía dejar de aceptar ese consuelo. Su pulso agitado se hizo más lento bajo el suave ritmo de sus dedos mientras los movía suavemente arriba y abajo a lo largo de su garganta.

—¿Mejor? —preguntó él en voz baja mientras apartaba la mano.

Jenna dejó escapar un lento suspiro y asintió débilmente.

—Realmente necesito ver a mi hermano. ¿Zach sabe que estoy aquí?

Alex apretó los labios mientras un doloroso silencio crecía en la habitación.

—Jenna, cariño, no debes preocuparte por nadie ni por nada ahora, ¿de acuerdo? Has pasado por algo muy duro. Por ahora, vamos a concentrarnos en ti y en asegurarnos de que te pongas bien. Zach querría lo mismo.

—¿Dónde está, Alex? —A pesar de que Jenna llevaba un año sin ponerse el uniforme de la policía estatal de Alaska, sabía muy bien cuándo alguien estaba tratando de eludir los hechos. Sabía cuándo alguien trataba de proteger a otra persona, procurando evitarle más dolor. Como Alex estaba haciendo con ella en aquel momento—. ¿Qué le ha ocurrido a mi hermano? Necesito verle. Le ha pasado algo malo, Alex; puedo verlo en tu cara. Necesito salir de aquí, ahora mismo.

La ancha mano de Brock se movió de nuevo hacia ella, pero esta vez Jenna la apartó. Debería haber sido apenas un manotazo, pero le golpeó la mano como si hubiera empleado todas sus fuerzas en el empeño.

—¿Qué demonios ...? —Brock afiló la mirada y un brillo peligroso asomó a sus ojos. Luego desapareció antes de que ella pudiera registrar lo que estaba viendo.

En aquel mismo momento, Kade regresó a la habitación, con otros dos hombres. Uno era alto y delgado, de complexión atlética, con una corona de pelo rubio despeinado y una gafas de cristales azul claro sin montura que se escurrían por el puente de su nariz dándole el aire de un científico loco fanáticode la informática. El otro, de cabello oscuro y rostro serio, entró a grandes pasos en la habitación como un rey medieval. Su sola presencia llamaba la atención y parecía absorber todo el aire del lugar.

Jenna tragó saliva. Como antigua agente de la ley, estaba acostumbrada a lidiar sin inmutarse con hombres que tenían dos veces su tamaño. Nunca había sido fácil de intimidar, pero al mirar a esos probablemente cerca de cuatrocientos kilos de músculo y fuerza bruta de los cuatro hombres que ahora la rodeaban —por no decir nada del aire letal que parecían exhibir con la misma naturalidad que su propia piel— le resultó sumamente difícil soportar las miradas suspicaces y escrutadoras que todos le dirigían


(Continues...)

Excerpted from Las Puertas de la Medianoche by Lara Adrian, Violeta Lambert. Copyright © 2010 Lara Adrian, LLC. Excerpted by permission of Roca Editorial.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.

Meet the Author

Bajo la influencia de Bram Stoker y Anne Rice, descubrió el secreto deseo de un mundo más oscuro para vivir y un sueño peligroso y sensual con un hombre de poder seductor, sobrenatural.
Lara Adrian vive con su marido en la costa de Nueva Inglaterra, rodeada de antiguos cementerios y la inspiración del océano Atlántico.

Customer Reviews

Average Review:

Write a Review

and post it to your social network

     

Most Helpful Customer Reviews

See all customer reviews >