Las Vacunas

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En este libro, Andreas Moritz nos muestra la relación causa y efecto que existe entre la vacunación y diversos problemas de salud, proporcionándonos además información confidencial de lo que las compañías farmacéuticas no desean que sepamos: las vacunas hacen más mal que bien. ¿Sabías que los niños vacunados presentan un aumento significativo en la incidencia de asma, de trastorno por déficit de atención con hiperactividad, de trastornos neurológicos y de autismo? Y no sólo eso; está demostrado que las personas ...

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En este libro, Andreas Moritz nos muestra la relación causa y efecto que existe entre la vacunación y diversos problemas de salud, proporcionándonos además información confidencial de lo que las compañías farmacéuticas no desean que sepamos: las vacunas hacen más mal que bien. ¿Sabías que los niños vacunados presentan un aumento significativo en la incidencia de asma, de trastorno por déficit de atención con hiperactividad, de trastornos neurológicos y de autismo? Y no sólo eso; está demostrado que las personas que se vacunan de una enfermedad tienen más probabilidades de contraer esa misma enfermedad que las que no se vacunan.

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Product Details

  • ISBN-13: 9788497778190
  • Publisher: Obelisco, Ediciones S.A.
  • Publication date: 7/30/2012
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 384
  • Sales rank: 989,325
  • Product dimensions: 6.00 (w) x 9.10 (h) x 1.10 (d)

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Las vacunas

Sus peligros y consecuencias


By Andreas Moritz

EDICIONES OBELISCO

Copyright © 2012 Ediciones Obelisco, S. L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9777-819-0



CHAPTER 1

El mito de las vacunas


Tal vez éste sea el testimonio más irrefutable –aunque irónico– contra las vacunas, una confesión por parte nada menos que del hombre que desarrolló la primera vacuna contra la poliomielitis: la vacuna de poliovirus inactivados o VPI.

El doctor Jonas Salk –según se citó en la revista médica Science en 1977– admitió ante un subcomité del Senado de Estados Unidos que la inoculación en masa contra la polio fue la causa de la mayoría de los casos de esta enfermedad por todo el país desde 1961.

Salk también dijo que «las vacunas de virus vivos contra la gripe o la poliomielitis pueden producir en cada caso la enfermedad que se pretende prevenir», y que «los virus vivos contra el sarampión y las paperas pueden producir efectos adversos como la encefalitis»; la cual, como sabes, es una inflamación del cerebro. Hay muchas interpretaciones del testimonio de Salk.

Sus partidarios señalan que el científico se estaba refiriendo a la forma «viva» –o de administración por vía oral– de la vacuna contra la polio desarrollada por el doctor Albert Sabin en 1957 y no a su propia VPI, que había creado cuatro años antes.

Sin embargo, aun cuando esto último sea cierto, es alarmante oír a un científico que ha hecho historia en este campo decir que una vacuna –cualquier vacuna– administrada a amplios sectores de la población humana puede ocasionar mortandad elevada; o, para el caso, que pueda causar aunque sea una sola muerte.

Volveremos a hablar de esta controversia en el capítulo 2, «Errores de bulto históricos». Pero, por ahora, basta decir que debido al testimonio de Salk la premisa misma de la teoría de la vacunación sufrió un duro golpe.


1. Definición de enfermedad

Antes de demostrar cómo las vacunas causan la enfermedad en lugar de prevenirla, definamos el concepto de «enfermedad» en el contexto de las vacunas y la inmunidad.

Hace mucho que se sabe que, en algunas enfermedades como el sarampión, la varicela y la escarlatina, generalmente basta un solo brote para proporcionar inmunidad de por vida al individuo. Es extremadamente raro que alguien sufra un segundo episodio de sarampión o escarlatina. ¿A qué se debe esto? Pues a que la naturaleza ha dotado al organismo humano con un maravilloso sistema defensivo –la inmunidad innata– que lo protege al ponerse en marcha después de sufrir un episodio de una enfermedad en particular.

Hasta que la ciencia moderna desentrañó los secretos del sistema inmunológico, los conceptos de la medicina formulados en el siglo xix se basaban en parte en los conocimientos y el punto de vista del antiguo médico griego Hipócrates.

Según Hipócrates, una enfermedad se manifiesta a través de indicios y síntomas que viajan desde los órganos vitales internos y el torrente sanguíneo hasta la superficie del cuerpo. Estos síntomas externos se manifiestan como síntomas visibles, tales como el sarpullido o una emisión de sangre, mucosidad o pus.

Este proceso de «librarse» de una enfermedad se consideraba una respuesta curativa natural que devolvía el cuerpo a su estado de equilibrio. Y sólo tenía lugar una vez que los venenos producidos por dicha enfermedad se cocían y digerían (proceso llamado pepsis) durante la inflamación.

Las astutas observaciones de Hipócrates fueron corroboradas posteriormente por la ciencia moderna, que descubrió que los verdaderos mecanismos de la infección, la inflamación y la curación siguen esta misma línea.

Los síntomas de la enfermedad pueden ciertamente ser causados por patógenos como las bacterias y los virus. Pero también se nos ha enseñado a considerarlos como enemigos que tenemos que combatir. El hecho es que la enfermedad no comienza cuando nos vemos expuestos a una bacteria o virus o somos infectados por ellos, sino cuando nuestro organismo empieza a responder a un patógeno o al proceso inflamatorio-infeccioso que éste pone en marcha. Esto quiere decir que la enfermedad equivale a curación, pues es la manera que tiene el cuerpo de retornar a un estado de equilibrio (proceso que se denomina homeostasis). La enfermedad es un indicio seguro de que el organismo está inmerso en la tarea de corregir un estado subyacente que es desfavorable para su eficiencia y supervivencia.

Es crucial entender bien esto, porque pone patas arriba la base misma sobre la que descansa la teoría de la vacunación. La respuesta inflamatoria del cuerpo humano a la enfermedad es, de hecho, un proceso curativo. Los síntomas de la enfermedad representan el intento del cuerpo de hacer frente a la acumulación de toxinas, productos de desecho y células debilitadas o dañadas. Los llamados patógenos ayudan al cuerpo a destruir y eliminar estos materiales potencialmente nocivos, devolviéndolo a un estado saludable de equilibrio.

Además, la magnitud de la respuesta corporal, o la gravedad de la enfermedad, no sólo está influida por la magnitud de la infección resultante, sino también por la resistencia de su sistema inmunológico.

La fuerza curativa empleada por el organismo está influida a su vez por diversos factores, como el estado emocional del individuo, su base espiritual, la dieta, el estilo de vida, el entorno, etc. De lo que claramente no depende es de si hemos sido vacunados o no contra agentes infecciosos.

Si el sistema inmunológico está débil, el cuerpo se congestiona e intoxica; o viceversa. Como consecuencia, es probable que los patógenos invadan el organismo y comiencen el proceso de desintoxicación (es decir, la enfermedad); sin embargo, la mayoría de las «invasiones» de gérmenes ocurren silenciosamente, sin llegar a molestarnos siquiera. Piensa en ello. El cuerpo humano está expuesto a una multitud de patógenos todos los días, algunos de los cuales son agentes de enfermedades (supuestamente) mortales. Si las invasiones de gérmenes fueran sinónimo de enfermedad y muerte, la mayoría de los seres humanos no sobrevivirían mucho tiempo.


Teoría germinal

Sin embargo, el científico francés del siglo xix Louis Pasteur formuló su famosa teoría germinal de las enfermedades infecciosas, que se convirtió desde entonces en la piedra angular de la medicina moderna y la vacunación, basándose precisamente en este supuesto.

Pasteur fue el primer investigador que sugirió que las enfermedades eran causadas por gérmenes. Según él, los gérmenes o patógenos «andan detrás» de nosotros porque necesitan vivir a nuestra costa por su propia supervivencia. En un principio creyó que las enfermedades infeccioso-inflamatorias eran el resultado directo de que los gérmenes se diesen un festín con nosotros; pero se retractó de esta teoría en el momento de su muerte.

En los estudios microscópicos de tejidos infectados con tales enfermedades, Pasteur, Robert Koch y sus colegas observaron reiteradamente que los gérmenes proliferaban mientras que muchas de las células huéspedes morían. Estos investigadores concluyeron que los gérmenes atacan y destruyen células sanas y que de ese modo inician un proceso patológico en el organismo.

Aunque la suposición de Pasteur resultara ser errónea, ya se había abierto camino en el mundo de la ciencia y había sorbido el seso de investigadores y médicos, de manera que el mito de que «los gérmenes causan infección y enfermedades» se convirtió en una indiscutible realidad. Hoy día, esta idea sigue prevaleciendo como una «verdad científica» fundamental en el sistema médico moderno.

Pasteur podría haber llegado con la misma facilidad a la conclusión de que las bacterias se sienten atraídas de forma innata por los lugares donde abundan las células muertas, al igual que les atrae la materia orgánica en descomposición presente en otras partes de la naturaleza.

Las moscas, las hormigas, los cuervos, los buitres y, naturalmente, las bacterias se sienten todos ellos atraídos por la muerte. Ésta es una ley innegable de la naturaleza. ¿Por qué habría de ocurrir de otro modo en nuestro cuerpo? Las células débiles, dañadas o muertas del organismo humano son tan propensas a la infección o gérmenes como una fruta demasiado madura o con macas.

Pasteur y todos los investigadores que siguieron sus pasos decidieron considerar los gérmenes como depredadores o como carroñeros. Si hubieran supuesto que las células mueren sin motivo bioquímico aparente (como en el caso de un aumento de la toxicidad), nuestra forma actual de considerar las enfermedades y la salud sería muy diferente.

La teoría de Pasteur, según la cual «los gérmenes equivalen a enfermedad», ignoró de plano –o al menos subestimó– el sistema inmunológico y sus formidables y a veces misteriosos poderes de sanación.


Por qué es errónea

El hecho es que las enfermedades infeccioso-inflamatorias no se pueden achacar a los gérmenes, sino a la variada fragilidad humana que hace necesarias las fuerzas de la decadencia y la muerte.

Es una cuestión de énfasis sutil. Si bien los gérmenes sin duda intervienen en el proceso patológico, definitivamente no están empeñados en hacernos daño, como suponía Pasteur; ni son los verdaderos agentes causales de las enfermedades infecciosas. Los gérmenes sólo se ponen agresivos con nosotros cuando se enfrentan a los venenos que creamos. Nuestro organismo no combate los gérmenes porque sean el enemigo, lo mismo que éstos no libran batallas contra nuestro cuerpo. De hecho, hay al menos 10 veces más bacterias que células humanas en nuestro organismo, y ninguvacunas na de ellas nos causa ningún daño. Se estima que entre 500 y 1000 especies de bacterias viven en el intestino humano, y un número similar de ellas en la piel.

Tal y como se informó en la revista Annual Review of Microbiology, la flora humana es un conjunto de microorganismos, benignos o no, que residen en la superficie y las capas profundas de la piel, en la saliva y la mucosa bucal, en la conjuntiva y en el tracto gastrointestinal. Entre ellos hay bacterias, hongos y arqueas (estas últimas son organismos unicelulares como las bacterias). La relación entre los gérmenes y el ser humano no es meramente comensal (una coexistencia inocua), sino más bien mutualista o simbiótica. Los microorganismos desempeñan una infinidad de funciones útiles, como fermentar los sustratos de energía sin usar, entrenar el sistema inmunológico, prevenir el crecimiento de especies parásitas, regular el desarrollo del intestino, producir vitaminas para el huésped (como la biotina y la vitamina K) y producir hormonas para inducir al huésped a almacenar grasas. Ellos y nosotros nos necesitamos mutuamente.

Si el cuerpo se sobrecarga de toxinas y productos de desecho metabólicos atrapados, las células pueden sufrir una severa falta de oxígeno y nutrientes y resultar dañadas o morir. La reacción inmune –como la fiebre o la merma de la energía– está destinada a librar al organismo de estas sustancias nocivas que en caso contrario podrían provocar finalmente el fallecimiento de todo él. La presencia y la actividad de microorganismos destructivos (es decir, la infección) en esta situación, que fomenta la respuesta inflamatoria del cuerpo, no sólo es natural sino muy deseable. Los microorganismos sólo se vuelven «patógenos» cuando la salud del organismo se deteriora. La enfermedad se debe a condiciones insalubres como la acumulación de toxinas y productos de desecho; y, en la mayoría de los casos, la enfermedad en sí se convierte en la medicina que limpia los órganos, aparatos y sistemas afectados del cuerpo, devolviendo a éste la salud.

En situaciones de extrema toxicidad, grave congestión física o uso excesivo de medicamentos y vacunas, el sistema inmunológico puede verse tan abrumado por las toxinas que trata de eliminar que puede no ser capaz de salvar la vida del individuo. En el peor de los casos, el sistema inmunológico no responde en absoluto a los venenos ni a los gérmenes, así que no aparecen síntomas agudos de la enfermedad (fiebre, inflamación, dolor u otros indicios de infección). Estos individuos no pueden contraer ni un simple catarro o una gripe, que le ayudarían a librarse de estas toxinas. El resultado entonces es una enfermedad crónica debilitante, como la insuficiencia cardíaca congestiva, el lupus, la artritis o los llamados trastornos autoinmunitarios, y puede degenerar en la muerte.


2. La verdad acerca de los virus

En contra de lo que la medicina convencional quiere hacerte creer, los virus no matan a la gente. Si alguien está enfermo y tiene un virus en su organismo, puedes estar seguro de que este último no es el causante. La enfermedad tiene que existir previamente para que el virus pueda aparecer. Los virus están concebidos para inducir la curación, no la enfermedad. Los síntomas que aparecen en el cuerpo debido al esfuerzo que hace para curarse (fiebre, dolor de cabeza, mareos, fatiga, etc.) no constituyen la enfermedad. El aumento de la temperatura corporal (fiebre), por ejemplo, es uno de los mejores métodos que tiene el organismo para aumentar la producción de células inmunológicas con objeto de encargarse de las toxinas; luego elimina las bacterias, los virus y los hongos cuando ya no son necesarios.

La gripe, por ejemplo, es la etapa final en la curación de una enfermedad subyacente, que consiste en una acumulación de toxinas, medicamentos, metales pesados, productos de desecho ácidos, restos de células muertas y otras sustancias nocivas que de otro modo podrían dar lugar a una afección capaz de ocasionar la muerte.

La infección sirve sencillamente para descomponer sustancias dañinas como metales, drogas, productos químicos, pesticidas, aditivos alimentarios y ácidos grasos trans presentes en la comida rápida o los alimentos precocinados, edulcorantes artificiales, etc.

Por lo general, aunque el cuerpo puede descomponer por sí solo algunas de estas sustancias tóxicas, la mayoría de ellas requieren la intervención de bacterias que las eliminan. Sin embargo, hay otros compuestos químicos que precisan disolventes para poder eliminarlos.

Entonces es cuando nuestro organismo fabrica virus o les permite aparecer y propagarse a través del torrente sanguíneo y la linfa. De ahí que no necesitemos destruir los virus; están de nuestra parte.

Los virus son proteínas inertes que produce el organismo a fin de atacar y disolver estas sustancias nocivas. A diferencia de las bacterias, los virus no son organismos vivos, sino hebras microscópicas de material genético –ADN y ARN– encerradas en una cápsula. También se distinguen de las bacterias en que no pueden reproducirse, pues carecen de aparato digestivo y de sistema reproductor.

El cuerpo humano fabrica más de estos disolventes cuando necesita eliminar sustancias nocivas, y deja de fabricarlos cuando el peligro de asfixia celular ha remitido. Los virus actúan como los disolventes o los quitapinturas, y desempeñan un importante papel en el proceso de desintoxicación. Los virus no dejan de replicarse porque nuestro organismo los ataque; lo hacen cuando ya no los necesitamos.

La realidad fundamental es que los virus sólo se vuelven activos y aumentan de número cuando están en un cuerpo intoxicado que no puede limpiarse por sí mismo ni con la ayuda de bacterias. Permíteme que reitere algo en este punto crucial: el organismo humano sólo crea más virus cuando hay necesidad de terminar con compuestos químicos, conservantes alimentarios, contaminantes atmosféricos, así como metales tóxicos como el mercurio y el aluminio, pesticidas, antibióticos y restos de animales que están presentes en todas las vacunas.

A fin de protegerse, el cuerpo puede almacenar una enorme cantidad de virus diferentes; pero permanecen inactivos hasta que surge la necesidad de que se activen y propaguen para hacer su importante trabajo. El organismo se deshace de la mayoría de ellos una vez que el proceso de desintoxicación se ha completado. Es una creencia generalizada que el sistema inmunológico produce anticuerpos para combatir y destruir los virus; pero esto podría no ser cierto. Más adelante nos extenderemos en el cometido de los anticuerpos. La vacunación del individuo para inducir la producción de anticuerpos interfiere con los mecanismos curativos más básicos del organismo, y personalmente considero que es una de las armas más peligrosas de la medicina moderna; a decir verdad, es un arma de destrucción masiva.


3. ¿Quién es el salvador?

Cuando el sistema inmunológico ha conseguido restaurar con éxito las funciones corporales, el organismo pasa a estar más sano y más fuerte que antes. Esto corresponde a lo que muchos llaman inmunidad adquirida, pero no necesariamente conlleva inmunidad contra gérmenes específicos. Puede significar también que el cuerpo se encuentra ahora sano y libre de toxinas, por lo que no necesita ya que los gérmenes induzcan en él la respuesta purificadora y curativa. Muchas personas arguyen que el organismo tiene entonces inmunidad adquirida frente a los gérmenes que emprendieron la operación de salvamento; pero, a decir verdad, es el estado de mayor salud y vitalidad el que mantiene el cuerpo a salvo de caer enfermo otra vez.

La ciencia de las vacunas ha perseguido desde siempre el objetivo de que podamos provocar una inmunidad de por vida a una enfermedad infeccioso-inflamatoria sin tener que padecerla antes.


(Continues...)

Excerpted from Las vacunas by Andreas Moritz. Copyright © 2012 Ediciones Obelisco, S. L.. Excerpted by permission of EDICIONES OBELISCO.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Table of Contents

Contents


Introducción, 9,

Capítulo 1. El mito de las vacunas, 17,

Capítulo 2. Errores de bulto históricos, 53,

Capítulo 3. ¿Existe una conspiración?, 69,

Capítulo 4. Masa crítica, 139,

Capítulo 5. La resaca de las vacunas, 167,

Capítulo 6. Autismo: el ataque del mercurio, 203,

Capítulo 7. Gripe porcina: la pandemia que no fue tal, 233,

Capítulo 8. Una sarta de mentiras, 271,

Capítulo 9. Toda la verdad, 297,

Capítulo 10. Conclusión, 331,

Referencias y recursos, 337,

Sobre el autor, 345,
Índice analítico, 347,

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