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Lazarillo de Tormes

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El Lazarillo es, sin duda, la mejor de las novelas del género que ella inaugura, el picaresco.

El Lazarillo es, sin duda, la mejor de las novelas del género que ella inaugura, el picaresco. Relata las desventuras que Lazarillo, un joven de origen humilde, sufre estando al servicio de distintos amos, entre los que se encuentran un ciego, un clérigo y un hidalgo pobre. Los avatares por los que pasa Lázaro, divertidos y llenos de ingenio, son un magnífico pretexto para la ácida ...

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El Lazarillo es, sin duda, la mejor de las novelas del género que ella inaugura, el picaresco.

El Lazarillo es, sin duda, la mejor de las novelas del género que ella inaugura, el picaresco. Relata las desventuras que Lazarillo, un joven de origen humilde, sufre estando al servicio de distintos amos, entre los que se encuentran un ciego, un clérigo y un hidalgo pobre. Los avatares por los que pasa Lázaro, divertidos y llenos de ingenio, son un magnífico pretexto para la ácida crítica de la sociedad de la época que se despliega en esta novela. Y el tratamiento de la anécdota, presidido por un lenguaje sobrio y extraordinariamente eficaz y por una nueva concepción del personaje protagonista, implica una inflexión definitiva de los usos literarios del momento.

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Editorial Reviews

Criticas
Considered by many scholars to be the first picaresque novel or the precursor to the genre, Lazarillo first appeared in Spain in the middle of the 16th century, on the heels of an era of chivalry and romance. Part of Editorial Norma's innovative "Cara & Cruz" ("Heads & Tails") series, which juxtaposes classic novels by renowned authors with essays and critical commentary and a biography of the author, this classic centers on a rascal's adventures, misadventures, and misdemeanors as the servant of a blind man, a priest, a nobleman, a friar, a town crier, and others. Using puns and cynicism characteristic of the picaresque genre, Lazaro critiques the greed and avarice of the different social groups he serves, showing how it's not only the destitute who have faults. Copyright 2003 Reed Business Information.
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Product Details

  • ISBN-13: 9780307475749
  • Publisher: Knopf Doubleday Publishing Group
  • Publication date: 8/10/2010
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 176
  • Sales rank: 418,643
  • Product dimensions: 8.28 (w) x 11.04 (h) x 0.52 (d)

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Introducción

1. Perfiles de la época

El Lazarillo de Tormes ve la luz en pleno siglo xvi, a mediados de la centuria, en una época singularmente extraordinaria, complicada y rica desde todos los puntos de vista: históricamente coincide con los últimos años del reinado de Carlos V, que no representan sino el comienzo de la decadencia de la “España Imperial”, gestada desde los años de los Reyes Católicos; culturalmente está presidida por el Renacimiento y, en consecuencia, recoge los frutos producidos por las dos grandes corrientes ideológicas de la primera mitad del siglo: el humanismo y el erasmismo; literariamente, en fin, contempla la eclosión garcilasista y el desarrollo de las viejas corrientes medievales, a la vez que gestiona una espectacular renovación genérica de las fórmulas narrativas o novelescas: picaresca, pastoril, morisca, etc. Pocas veces confluyen tantos, tan diversos y tan complejos condicionantes culturales en un mismo momento histórico, y muchas menos se agolpan para cambiar radicalmente de orientación al unísono, como ocurrirá desde el comienzo mismo del reinado de Felipe II, cuando la España imperialista se convierta en la España contrarreformista.

Y, sin embargo, la novelita —decimos— sale al público, en 1554, con vocación de compromiso recio para con lo histórico, para con lo ideológico y, por supuesto, para con lo literario. Aunque, a primera vista, se nos presenta, según consta en su título completo, como la biografía de un desgraciado sin mayor alcance ni trascendencia (La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades), realmente está pergeñada a modo de crónica irónica, casi sarcástica, atenta a reflejar y a cuestionar cada detalle del entramado que la vio nacer. Por eso, en sus breves páginas, se reserva espacio para todos y cada uno de los perfiles diferenciables a mediados de siglo: se narra a la vez que el victorioso Emperador celebra Cortes en Toledo, se arremete sin tapujos contra la clerecía, se enuncia desde la voz en primera persona de un pregonero, se plasma en una fórmula narrativa tan original que desembocaría en un nuevo género, etc. Sin duda alguna, su anónimo creador fue bien consciente de las coordenadas histórico-culturales en las que le tocó vivir y no vaciló en incorporarlas, con intención aviesa, a su relato. No resultará difícil rastrearlas desde el propio texto.
 
Comenzando por lo histórico, salta a la vista que la narración está ideada desde un enfoque marcadamente histórico, pues aunque son muy pocos los datos de esta naturaleza que contiene, se nos ofrece enmarcada por la expedición a los Gelves (“era hijo de un buen hombre, el cual, por ensalzar la fe, había muerto en la de los Gelves”, I), aludida en la niñez del protagonista, y por las mencionadas Cortes de Carlos V, evocadas al final de su peripecia: “Esto fue el mesmo año que nuestro victorioso Emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y tuvo en ella Cortes, y se hicieron grandes regocijos y fiestas” (VII). Puesto que las Cortes en cuestión bien podrían ser las de 1538-1539, un tanto problemáticas y aun luctuosas, y la de los Gelves la expedición de Hugo de Moncada en 1520, sin ninguna resonancia, ello significa que el pregonero quiere asociar sus miserias, sus tragicómicas “fortunas y adversidades”, a las de la España de la primera mitad del siglo xvi, identificando incluso la irrisoria “cumbre de toda buena fortuna”, con la que cierra sus memorias, con el declinar del imperialismo hispano.
 
De resultas, el supuesto esplendor y la modernidad de la nueva organización política, la grandeza imperialista del nuevo estado monárquico y autoritario, que en España se había logrado tras el reinado de los Reyes Católicos y el descubrimiento del Nuevo Mundo, se viene abajo estrepitosamente de un plumazo. “Nuestro victorioso Emperador” parece no poder regir ya su vasto imperio y sólo quedan recuerdos de éxitos de antaño, como el apresamiento de Francisco I, rey de Francia en la batalla de Pavía (1525: “en aquel tiempo no me debían de quitar el sueño los cuidados de el rey de Francia”, I), y acaso, ecos de las campañas religiosas contra los herejes con el consiguiente resquebrajamiento económico. Por eso, lo que sí salta a primer plano en esta peculiar crónica es la intrahistoria, tan calamitosa, en la que se cimenta el oropel del Imperio. Se trata de un mundo poblado por miserables y regido sin ningún escrúpulo, con mezquindad y vileza, por los que tienen, que suelen ser gente de iglesia (clérigo de Maqueda, buldero, Arcipreste de San Salvador); de una sociedad sumida en la miseria y condenada a sobrevivir de la mendicidad (Lázaro, ciego), a la vez que atenazada por prejuicios religiosos (bulas) y monomanías casticistas (honra); de unos seres casi proscritos desde la cuna por su origen vil: negros, caldereros, prostitutas, porquerones, etc. Ésa es precisamente la auténtica dimensión histórica del Lazarillo, cuando no de la España de la primera mitad del mil quinientos.
 
Culturalmente hablando, no es menos evidente que la obrita, como creación nítidamente renacentista que es, pone el dedo en la llaga de las corrientes de pensamiento fundamentales que se difunden en su tiempo: humanismo y erasmismo. Y no lo hace para contribuir ingenuamente a su difusión, sino, muy al contrario, para replantearlas irónicamente con intenciones corrosivas donde las haya. Así, la rememoración seudoautobiográfica que ofrece se enuncia desde un “yo” altisonante inicial (“Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos, y no se entierren en la sepoltura del olvido”, prólogo) que parece erigirse en medida del universo, como si se apostase de salida por el ideal antropocéntrico impuesto por el humanismo frente a los enfoques teocéntricos heredados del mundo medieval. Y, de hecho, la primera persona, el microcosmos lazarillesco, presidirá rotundamente cada palabra de la obra, hasta el punto de que ésta no rebasa en ningún momento su testimonio personal. Pero, pronto nos damos cuenta de que se trata de un “yo” irónico, malicioso y aun corrosivo: es el punto de vista de un pregonero cornudo y desvergonzado, capaz no sólo de vivir de su abyección, sino también de airear descocadamente su propio envilecimiento. No es que se apueste por el hombre como centro y medida de todas las cosas, al dictado de los tiempos, sino más bien que se cede la palabra a un malnacido para que despotrique contra lo humano y lo divino, sin dejar títere con cabeza (“yo juraré sobre la hostia consagrada que es tan buena mujer como vive dentro de las puertas de Toledo; y quien otra cosa me dijere, yo me mataré con él”, VII), aunque ruede la suya en primer lugar.
 
En la misma línea, la serie de amos a los que sirve el narrador está básicamente integrada por religiosos (clérigo, buldero, arcipreste, etc.), los cuales son siempre tratados con un anticlericalismo radical y feroz de claro ascendente erasmista. El autor no se conforma tampoco ahora con inscribirse en las corrientes espiritualistas de orientación reformista, ortodoxa o heterodoxa, tendentes a erradicar la escandalosa corrupción de la Iglesia que imperaba en la época. Aquí se trata de responsabilizar al clero en general, sin paliativos, de la inmoralidad reinante en la sociedad, ya sea no ejerciendo la caridad, ya sea atendiendo antes a lo ceremonioso que a la verdadera fe, ya sea envileciendo a los desgraciados para ocultar sus más torpes vicios, etc. No es tanto un erasmismo teórico, en la línea de los Valdés, como un anticlericalismo devastador, ejercido desde la más sutil de las ironías, pero rayano con frecuencia en lo caricaturesco, como ocurre, por ejemplo, con el clérigo de Maqueda que bien parece otro dómine Cabra quevedesco: “Desta manera andaba tan elevado y levantado del sueño, que, ¡mi fe!, la culebra, o el culebro, por mejor decir, no osaba roer de noche ni levantarse al arca; [ . . . ] andaba de noche, como digo, hecho trasgo” (II).
 
En fin, si histórica y culturalmente el Lazarillo descuella por su envergadura y alcance, desde un punto de vista literario sobresale a ojos vistas en el conjunto de la literatura renacentista, sea cual sea el enfoque desde el que lo miremos. Cuando los tiempos apostaban por las grandes series caballerescas, sentimentales, pastoriles, moriscas o bizantinas, por no recordar los entornos mitológicos de las corrientes poéticas garcilasistas, siempre de marcada impronta idealista, la novelita de marras vuelve la vista a la más pura y cruda realidad para erigirse como islote “realista” en un universo de fantasmagorías. De resultas, los caballeros míticos, los amantes arquetípicos, los pastores eclógicos, los escenarios arcádicos y, en suma, el mundo idílico propio de la “edad dorada” queda suplantado, por primera vez en literatura, por una realidad de cal y canto donde sólo caben verdades como puños: miserables desharrapados, pordioseros, hipócritas, sinvergüenzas, callejuelas inmundas, casas lúgubres . . .  Y todo ello suministrado en una factura compositiva rabiosamente novedosa: la “epístola jocosa”, adobada con materiales mitad folclóricos y mitad realistas, pero tan bien diseñada narrativamente que desencadenaría nada menos que un nuevo género, la novela picaresca.
 

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First Chapter

Lazarillo de Tormes


By Anonymous

Vintage

Copyright © 2010 Anonymous
All right reserved.

ISBN: 9780307475749

Introducción

1. Perfiles de la época

El Lazarillo de Tormes ve la luz en pleno siglo xvi, a mediados de la centuria, en una época singularmente extraordinaria, complicada y rica desde todos los puntos de vista: históricamente coincide con los últimos años del reinado de Carlos V, que no representan sino el comienzo de la decadencia de la “España Imperial”, gestada desde los años de los Reyes Católicos; culturalmente está presidida por el Renacimiento y, en consecuencia, recoge los frutos producidos por las dos grandes corrientes ideológicas de la primera mitad del siglo: el humanismo y el erasmismo; literariamente, en fin, contempla la eclosión garcilasista y el desarrollo de las viejas corrientes medievales, a la vez que gestiona una espectacular renovación genérica de las fórmulas narrativas o novelescas: picaresca, pastoril, morisca, etc. Pocas veces confluyen tantos, tan diversos y tan complejos condicionantes culturales en un mismo momento histórico, y muchas menos se agolpan para cambiar radicalmente de orientación al unísono, como ocurrirá desde el comienzo mismo del reinado de Felipe II, cuando la España imperialista se convierta en la España contrarreformista.

Y, sin embargo, la novelita —decimos— sale al público, en 1554, con vocación de compromiso recio para con lo histórico, para con lo ideológico y, por supuesto, para con lo literario. Aunque, a primera vista, se nos presenta, según consta en su título completo, como la biografía de un desgraciado sin mayor alcance ni trascendencia (La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades), realmente está pergeñada a modo de crónica irónica, casi sarcástica, atenta a reflejar y a cuestionar cada detalle del entramado que la vio nacer. Por eso, en sus breves páginas, se reserva espacio para todos y cada uno de los perfiles diferenciables a mediados de siglo: se narra a la vez que el victorioso Emperador celebra Cortes en Toledo, se arremete sin tapujos contra la clerecía, se enuncia desde la voz en primera persona de un pregonero, se plasma en una fórmula narrativa tan original que desembocaría en un nuevo género, etc. Sin duda alguna, su anónimo creador fue bien consciente de las coordenadas histórico-culturales en las que le tocó vivir y no vaciló en incorporarlas, con intención aviesa, a su relato. No resultará difícil rastrearlas desde el propio texto.
 
Comenzando por lo histórico, salta a la vista que la narración está ideada desde un enfoque marcadamente histórico, pues aunque son muy pocos los datos de esta naturaleza que contiene, se nos ofrece enmarcada por la expedición a los Gelves (“era hijo de un buen hombre, el cual, por ensalzar la fe, había muerto en la de los Gelves”, I), aludida en la niñez del protagonista, y por las mencionadas Cortes de Carlos V, evocadas al final de su peripecia: “Esto fue el mesmo año que nuestro victorioso Emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y tuvo en ella Cortes, y se hicieron grandes regocijos y fiestas” (VII). Puesto que las Cortes en cuestión bien podrían ser las de 1538-1539, un tanto problemáticas y aun luctuosas, y la de los Gelves la expedición de Hugo de Moncada en 1520, sin ninguna resonancia, ello significa que el pregonero quiere asociar sus miserias, sus tragicómicas “fortunas y adversidades”, a las de la España de la primera mitad del siglo xvi, identificando incluso la irrisoria “cumbre de toda buena fortuna”, con la que cierra sus memorias, con el declinar del imperialismo hispano.
 
De resultas, el supuesto esplendor y la modernidad de la nueva organización política, la grandeza imperialista del nuevo estado monárquico y autoritario, que en España se había logrado tras el reinado de los Reyes Católicos y el descubrimiento del Nuevo Mundo, se viene abajo estrepitosamente de un plumazo. “Nuestro victorioso Emperador” parece no poder regir ya su vasto imperio y sólo quedan recuerdos de éxitos de antaño, como el apresamiento de Francisco I, rey de Francia en la batalla de Pavía (1525: “en aquel tiempo no me debían de quitar el sueño los cuidados de el rey de Francia”, I), y acaso, ecos de las campañas religiosas contra los herejes con el consiguiente resquebrajamiento económico. Por eso, lo que sí salta a primer plano en esta peculiar crónica es la intrahistoria, tan calamitosa, en la que se cimenta el oropel del Imperio. Se trata de un mundo poblado por miserables y regido sin ningún escrúpulo, con mezquindad y vileza, por los que tienen, que suelen ser gente de iglesia (clérigo de Maqueda, buldero, Arcipreste de San Salvador); de una sociedad sumida en la miseria y condenada a sobrevivir de la mendicidad (Lázaro, ciego), a la vez que atenazada por prejuicios religiosos (bulas) y monomanías casticistas (honra); de unos seres casi proscritos desde la cuna por su origen vil: negros, caldereros, prostitutas, porquerones, etc. Ésa es precisamente la auténtica dimensión histórica del Lazarillo, cuando no de la España de la primera mitad del mil quinientos.
 
Culturalmente hablando, no es menos evidente que la obrita, como creación nítidamente renacentista que es, pone el dedo en la llaga de las corrientes de pensamiento fundamentales que se difunden en su tiempo: humanismo y erasmismo. Y no lo hace para contribuir ingenuamente a su difusión, sino, muy al contrario, para replantearlas irónicamente con intenciones corrosivas donde las haya. Así, la rememoración seudoautobiográfica que ofrece se enuncia desde un “yo” altisonante inicial (“Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos, y no se entierren en la sepoltura del olvido”, prólogo) que parece erigirse en medida del universo, como si se apostase de salida por el ideal antropocéntrico impuesto por el humanismo frente a los enfoques teocéntricos heredados del mundo medieval. Y, de hecho, la primera persona, el microcosmos lazarillesco, presidirá rotundamente cada palabra de la obra, hasta el punto de que ésta no rebasa en ningún momento su testimonio personal. Pero, pronto nos damos cuenta de que se trata de un “yo” irónico, malicioso y aun corrosivo: es el punto de vista de un pregonero cornudo y desvergonzado, capaz no sólo de vivir de su abyección, sino también de airear descocadamente su propio envilecimiento. No es que se apueste por el hombre como centro y medida de todas las cosas, al dictado de los tiempos, sino más bien que se cede la palabra a un malnacido para que despotrique contra lo humano y lo divino, sin dejar títere con cabeza (“yo juraré sobre la hostia consagrada que es tan buena mujer como vive dentro de las puertas de Toledo; y quien otra cosa me dijere, yo me mataré con él”, VII), aunque ruede la suya en primer lugar.
 
En la misma línea, la serie de amos a los que sirve el narrador está básicamente integrada por religiosos (clérigo, buldero, arcipreste, etc.), los cuales son siempre tratados con un anticlericalismo radical y feroz de claro ascendente erasmista. El autor no se conforma tampoco ahora con inscribirse en las corrientes espiritualistas de orientación reformista, ortodoxa o heterodoxa, tendentes a erradicar la escandalosa corrupción de la Iglesia que imperaba en la época. Aquí se trata de responsabilizar al clero en general, sin paliativos, de la inmoralidad reinante en la sociedad, ya sea no ejerciendo la caridad, ya sea atendiendo antes a lo ceremonioso que a la verdadera fe, ya sea envileciendo a los desgraciados para ocultar sus más torpes vicios, etc. No es tanto un erasmismo teórico, en la línea de los Valdés, como un anticlericalismo devastador, ejercido desde la más sutil de las ironías, pero rayano con frecuencia en lo caricaturesco, como ocurre, por ejemplo, con el clérigo de Maqueda que bien parece otro dómine Cabra quevedesco: “Desta manera andaba tan elevado y levantado del sueño, que, ¡mi fe!, la culebra, o el culebro, por mejor decir, no osaba roer de noche ni levantarse al arca; [ . . . ] andaba de noche, como digo, hecho trasgo” (II).
 
En fin, si histórica y culturalmente el Lazarillo descuella por su envergadura y alcance, desde un punto de vista literario sobresale a ojos vistas en el conjunto de la literatura renacentista, sea cual sea el enfoque desde el que lo miremos. Cuando los tiempos apostaban por las grandes series caballerescas, sentimentales, pastoriles, moriscas o bizantinas, por no recordar los entornos mitológicos de las corrientes poéticas garcilasistas, siempre de marcada impronta idealista, la novelita de marras vuelve la vista a la más pura y cruda realidad para erigirse como islote “realista” en un universo de fantasmagorías. De resultas, los caballeros míticos, los amantes arquetípicos, los pastores eclógicos, los escenarios arcádicos y, en suma, el mundo idílico propio de la “edad dorada” queda suplantado, por primera vez en literatura, por una realidad de cal y canto donde sólo caben verdades como puños: miserables desharrapados, pordioseros, hipócritas, sinvergüenzas, callejuelas inmundas, casas lúgubres . . .  Y todo ello suministrado en una factura compositiva rabiosamente novedosa: la “epístola jocosa”, adobada con materiales mitad folclóricos y mitad realistas, pero tan bien diseñada narrativamente que desencadenaría nada menos que un nuevo género, la novela picaresca.
 

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Excerpted from Lazarillo de Tormes by Anonymous Copyright © 2010 by Anonymous. Excerpted by permission.
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