Leccion poetica/ Poetic Lessons

Leccion poetica/ Poetic Lessons

by Leandro Fernandez De Moratin
     
 

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La Lección poética es un poema satírico escrito por Leandro Fernández Moratín en contra de los usos poéticos de ciertos autores de España.

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La Lección poética es un poema satírico escrito por Leandro Fernández Moratín en contra de los usos poéticos de ciertos autores de España.

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ISBN-13:
9788498168174
Publisher:
Linkgua Ediciones, S.L.
Publication date:
06/15/2008
Series:
Memoria Series
Pages:
34
Product dimensions:
5.30(w) x 8.30(h) x 0.30(d)

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Lección Poética


By Nicolás Fernández de Moratín

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.
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ISBN: 978-84-9816-817-4



CHAPTER 1

LECCIÓN POÉTICA

Sátira contra los vicios introducidos en la poesía castellana

Impresa por la Real Academia Española por ser entre las presentadas la que más se acerca a la que ganó el premio.

Su autor

Don Melitón Fernández

(Leandro Fernández de Moratín)

Madrid, 1782.

On sera ridicule, et je n'oserai rire?

BOILEAU, Satire 9.

NOTA DE MORATÍN, 1782

Cuanto se censura en esta obra va apoyado en la autoridad de los mejores maestros y en la práctica de los buenos poetas de nuestra nación y de las extrañas. Si recayese nuestra crítica sobre alguno de los poetas clásicos, nadie crea que aspiramos a oscurecerlos; antes bien, desearíamos que se hiciese el justo aprecio de sus obras para que, no admirándolas ciegamente, conozca la estudiosa juventud los errores que hay en ellas y sepa distinguirlos de tantos aciertos que adquirieron a sus autores la estimación pública. Para los menos instruidos sería necesario llenar las márgenes de citas que ocuparían tanto como toda la obra; por evitar esto se notarán solamente los autores de algunos versos que, por defectuosos en el pensamiento o locución, se han copiado a la letra.

NOTA DE MORATÍN

Edición de París, 1825

Esta sátira, que publicó la Academia Española en el año 1782 y reimprimió después en la colección de obras premiadas, ha sido posteriormente corregida por el autor para darla de nuevo a la prensa.

Divídese en ella la poesía en sus tres géneros principales: lírico, épico y dramático, prescindiendo de los demás en que éstos pueden subdividirse. Así logró el autor hacer más metódico y perceptible el plan de su obra, reduciéndole a lo que el poeta canta en la exaltación de su fantasía y de sus afectos, a lo que refiere, celebrando los héroes y los grandes sucesos que le dicta la historia; y a lo que enseña, poniendo en el teatro una imagen de la vida, copiando los vicios ridículos o terribles, para inspirar en el ánimo el amor a la verdad y a la virtud.

En la lírica, después de hablar de los argumentos triviales y de ningún interés, censura los vicios de estilo, las metáforas violentas, la exageración, la redundancia, los conceptos falsos, los juegos de palabras, los equívocos y retruécanos. Culpa la perjudicial manía de componer de repente, y la de solicitar el aplauso del vulgo con bufonadas y chistes groseros que desacreditan a su autor y a quien los celebra. Desaprueba en los poetas antiguos el uso destemplado de voces y frases latinas, de que resulta un estilo afectado y pedantesco, aludiendo particularmente a las obras de Góngora, Villamediana y Silveira; y en los modernos la mezcla absurda de los arcaísmos con palabras, acepciones y locuciones francesas que, alterando la sintaxis de nuestro idioma, destruyen por consiguiente su pureza y su peculiar elegancia.

En la épica se hace cargo de dos defectos muy considerables: falta y exceso de ficción. Del primero resultan epopeyas lánguidas, o más bien historias en verso, sin artificio alguno poético, y por consecuencia sin interés ni deleite. Por el segundo, la fábula épica se confunde en una multitud de incidentes episódicos que alteran la unidad, turban el progreso del poema, y cuando en ellos se abusa de lo maravilloso, hacen su narración increíble. Por las indicaciones que da el autor en esta materia se infiere que consideró como faltos de invención los poemas de La Araucana de Ercilla, la Mejicana de Gabriel Laso, la Nueva Méjico de Villagrán, y la Austríada de Juan Rufo; y de imperfectos, por el extremo contrario, el Bernardo de Balbuena y Las lágrimas de Angélica de Luis Barahona de Soto. Extiende su crítica a las menudencias pueriles que degradan la sublimidad de la epopeya, a las imágenes repugnantes en las descripciones de las batallas, a los extravíos de la fantasía, y a la inoportuna erudición. Reprueba los gigantes, vestiglos, dragones, estatuas que hablan (y en esto se censuró el autor a sí mismo), carros aéreos, globos y espejos encantados, y otras invenciones derivadas de los libros caballerescos, que ya no sufre la filosofía de nuestra edad y exceden los límites de toda licencia poética.

En la dramática acusa el autor a nuestros antiguos poetas de haber confundido los dos géneros trágico y cómico, de la inobservancia de las unidades, de la ignorancia de usos y costumbres, de haber aplicado al teatro los argumentos épicos, de no haber dado a sus fábulas un objeto moral o de instrucción, adulando los vicios groseros del vulgo, o recomendando los de otra clase más elevada como acciones positivamente laudables. No olvida tampoco las impertinentes chocarrerías de los llamados graciosos, el culteranismo de damas y galanes, los puñales fatídicos, apariciones de espectros, princesas desfloradas, rondas, escondites, cuchilladas, falso pundonor, lances (mil y mil veces repetidos) de la cinta, de la flor, del retrato, que dan ocasión a tan alambicados conceptos; y el voluntario y trivial desenlace con que finalizan aquellas enmarañadas fábulas. Las comedias de magia, de santos y diablos, y las de asuntos y personajes mitológicos (último exceso del error), merecieron también la desaprobación del poeta.

Al leer la presente composición, debe considerarse que la Academia solo pidió a los aspirantes al premio una sátira, no un riguroso poema didáctico. Juan de la Cueva escribió en verso (con poco método, redundancia, desaliño, y no segura crítica) una compilación de preceptos relativos al arte de componer en poesía. Los franceses tienen en su lengua la excelente poética de Boileau; nos falta en España un poema semejante, y mientras no aparece, solo la Lección poética puede suplirle.

CHAPTER 2

SÁTIRA CONTRA LOS VICIOS INTRODUCIDOS EN LA POESÍA CASTELLANA

    Apenas, Fabio, lo que dices creo,
    Y leyendo tu carta cada día,
    Más me confunde cuanto más la leo.
    ¿Piensas que esto que llaman poesía,
    Cuyos primores se encarecen tanto,
    Es cosa de juguete o fruslería?
    ¿O que puede adquirirse el numen santo
    Del dios de Delos a modo de escalada,
    O por combinación o por encanto?
    Si en las escuelas no aprendiste nada
    Si en poder de aquel dómine pedante
    Tu banda siempre fue la desgraciada,
    ¿Por qué seguir procuras adelante?
    Un arado, una azada, un escardillo
    Para quien eres tú fuera bastante
    De cólera te pones amarillo;
    Las verdades te amargan, ya lo advierto;
    No quieres consultor franco y sencillo.
    Pues hablemos en paz, que es desacierto
    Desengañar al que el error desea:
    Vaya por donde va, derecho o tuerto.
    Dígote, en fin, que es admirable idea
    En tu edad cana acariciar las Musas,
    Y trepar a la fuente pegasea.
    Pues si el aceite y la labor no excusas
    Y prosigues intrépido y constante,
    En ti sus gracias lloverán infusas.
    Los conceptillos te andarán delante,
    Versos arrojarás a borbotones,
    Tendrás en el tintero el consonante.
    ¡Qué romances harás, y qué canciones!
    ¡Y qué asuntos tan lindos me prometo
    Que para tus opúsculos dispones!
    ¡Qué gracioso ha de estar, y qué discreto,
    Un soneto al bostezo de Belisa,
    Al resbalón de Inés otro soneto!
    Una dama tendrás, cosa es precisa;
    Bellísima ha de ser, no tiene quite,
    Y llamarásla Filis o Marfisa.
    Dila que es nieve cuando más te irrite:
    Nieve que todo el corazón te abrasa,
    Y el fuego de tu amor no la derrite.
    Y si tal vez en el afecto escasa,
    Pronuncia con desdén sonoro hielo;
    Breve disgusto que incomoda y pasa.
    Dirás que el encendido Mongibelo
    De tu pecho, entre llamas y cenizas,
    Corusca crepitante y llega al cielo.
    Si tu pasión amante solemnizas,
    No olvides redes, lazos y prisiones,
    En donde voluntario te esclavizas.
    Pues si el cabello a celebrar te pones,
    Más que los rayos de Titán hermoso,
    ¡Qué mérito hallarás, qué perfecciones!
    Dila que el alma, ajena de reposo,
    Nada golfos de luz ardiente y pura,
    En crespa tempestad del oro undoso.
    Llama a su frente espléndida llanura,
    Corvo luto sus cejas, o suaves
    Arcos, que flecha te clavaron dura.
    Cuando las luces de su Olimpo alabes,
    Apura, por tu vida, en el asunto
    Las travesuras métricas que sabes.
    Di que su cielo, del cénit trasunto,
    Dos soles ostentó por darte enojos,
    Que si se ponen, quedarás difunto.
    Y al aumentar tu vida sus despojos,
    Se lava el corazón; y el agua arroja
    Por los tersos balcones de los ojos.
    Y tu amor, que en el llanto se remoja,
    En él se anega, y sufre inusitados
    Males muriendo, y líquida congoja.
    Di que es pensil su bulto de mezclados
    Clavel y azahar, y abeja revolante
    Tú, que libas sus cálices pintados.
    La boca celestial, que enciende amante
    Relámpagos de risa carmesíes
    Alto asunto al poeta que la cante,
    Hará que en su alabanza desvaríes,
    Llamándola de amor ponzoña breve,
    O madreperla hermosa de rubíes.
    Al pecho, inquieta desazón de nieve,
    Blanco, porque Cupido el blanco puso
    En él, y en blanco te dejó el aleve.
    Y di que venga un literato al uso,
    Con su Luzán y el viejo estagirita,
    Llamándote ridículo y confuso;
    Que yo sabré con férula erudita
    Hacerle que enmudezca arrepentido,
    Por sectario de escuela tan maldita.
    Así también hubiéramos vencido
    El venusto rigor de esa tirana:
    Tigre de rosa y alhelí vestido.
    Mas quiero suponer que la inhumana
    Rasgó tus ovillejos y canciones,
    Y todas las tiró por la ventana.
    No importa, así va bien. Luego compones
    Diez o doce lloronas elegías,
    Llenándola de oprobios y baldones.
    No te puedo prestar ningunas mías,
    Pero tres me dará cierto poeta,
    Largas, eternas, y sin arte y frías.
    Dirás que tanto la pasión te aprieta
    Que mueres infeliz y desdeñado.
    ¡Inexorable amor! ¡fatal saeta!
    El cuerpo dejarás al verde prado,
    El alma al cielo de tu dama hermosa,
    Y serás en su olvido sepultado.
    Y en lugar de escribir: «Aquí reposa
    Fabio, que se murió de mal de amores,
    Culpa de una muchacha melindrosa».
    Detendrás a las ninfas y pastores
    Para que una razón prolija lean
    De todas tus angustias y dolores.
    Bien que los sabios, si adquirir desean
    Fama y nombre inmortal, no solamente
    En un sujeto su labor emplean.
    Olvida, amigo, esa pasión doliente;
    Hartas quejas oyó, que murmuraba
    Con lengua de cristal pícara fuente.
    No siempre el alma ha de gemir esclava.
    Déjate ya de celos y rigores,
    Y el grave empeño que elegiste acaba;
    Que ya te ofrecen mil aparadores,
    Trasformadas las salas en bodega,
    Espíritus, aceites y licores.
    Suena algazara; cada cual despega
    Un frasco y otro; la embriagada gente
    Empieza a improvisar ... ¿Y quién se niega?
    ¿Qué vale componer divinamente
    Con largo estudio en retirada estancia,
    Si delirar no sabes de repente?
    Cruzan las copas, y entre la abundancia
    De los brindis alegres de Lieo,
    Se espera de tu musa la elegancia.
    Mira a Camilo, desgreñado y feo,
    Ronca la voz, la ropa desceñida,
    Lleno de vino y de furor pimpleo,
    Cómo anima el festín, y la avenida
    De coplas suyas con estruendo suena,
    De todos los oyentes aplaudida.
    La quintilla acabó; los vasos llena
    Fiel asistente de licor precioso;
    Vuelve a beber, y a desatar la vena.
    «Bomba, bomba», repite el bullicioso
    Concurso, y cuatro décimas vomita
    Con pie forzado el bacanal furioso.
    Y qué, ¿tú callarás? ¿Nada te excita
    A mostrar de tu numen la afluencia,
    Cuando la turba improvisante grita?
    ¿Temes? Vano temor. La competencia
    No te desmaye, y las profundas tazas
    Desocupa y escurre con frecuencia.
    Ya te miro suspenso, ya adelgazas
    El ingenio, y buscando consonante,
    En hallarle adecuado te embarazas.
    ¿A qué fin? Con medir en un instante,
    Aunque no digan nada, cuatro versos
    Mezclados entre sí, será bastante.
    ¿Juzgas acaso que saldrán diversos
    De los que dieron a Camilo fama,
    O más duros tal vez, o más perversos?
    No porque alguno Píndaro le llama,
    Oyendo su incesante tarabilla,
    Pienses que numen superior le inflama.
    Los muchachos le siguen en cuadrilla
    Pues su musa pedestre y juguetona
    Es entretenimiento de la villa.
    Si arrebatarle quieres la corona,
    Y hacer que calle, escucha mis ideas,
    Y estimarás al doble tu persona.
    Chocarrero y bufón quiero que seas,
    Cantor de cascabel y de botarga;
    Verás que aplauso en Avapiés granjea.
    Con tal autoridad, luego descarga
    Retruécanos, equívocos, bajezas,
    Y en ellas mezclarás sátira amarga.
    Refranes usarás y sutilezas
    En tus versillos, bufonadas frías,
    Y mil profanaciones y torpezas.
    Y esta compilación de boberías
    Al público darás, de tomo en tomo,
    Que ansioso comprará lo que le envías.
    Porque el ingenio más agreste y romo
    Con obras de esta especie se recrea,
    Como tú con las gracias de Jeromo.
    Mas si tu orgullo oscurecer desea
    Al lírico famoso venusino,
    Con quien tu preceptista me marea,
    Aparta de sus huellas el camino,
    Huye su estilo atado de pedante,
    Que inimitable llaman y divino.
    Canta en idioma enfático-crispante
    De las deidades chismes celebrados,
    Sin perdonar la barba del Tonante.
    Pinta en Fenicia los alegres prados,
    La niña de Agenor y sus doncellas
    Los nítidos cabellos destrenzados,
    Que, dando flores al abril sus huellas,
    La orilla que de líquido circunda
    Argento Doris, van pisando bellas;
    Al motor de la máquina rotunda
    Que enamorado pace entre el armento
    La yerba, de que opaca selva abunda.
    La ninfa al verle, ajena de espavento,
    Orna los cuernos y la espalda preme,
    Sin recelar lascivo tradimento.
    Ya los recibe el mar; la virgen treme,
    Y al juvenco los álgidos, undosos
    Piélagos hace duro amor que reme.
    Ella, los astros ambos lacrimosos,
    Reciprocando aspectos cintilantes,
    Prorrumpe en ululatos dolorosos;
    Cuyas quejas en torno redundantes,
    De flébiles ancilas repetidas,
    Los antros duplicaron circunstantes.
    Mas Creta ofrece playas extendidas,
    Prónuba al dulce amplexo apetecido,
    Pudicicias inermes ya vencidas.
    Huye gozoso amor, y agradecido
    Jove fecunda sóbole promete,
    Que imperio ha de regir muy extendido.
    Apolo, antojadizo mozalbete,
    Asunto digno de tu canto sea,
    Cuando tras Dafne intrépido arremete.
    La locura también faetontea
    Celebrarás, y el piélago combusto
    Que en flagrantes incendios centellea.
    Y muera de livor el zoilo adusto,
    Al notar de estas obras los primores,
    La dicción bella, el delicado gusto;
    Al ver llamar estrellas a las flores,
    Líquido plectro a la risueña fuente,
    Y a los jilgueros prados voladores;
    Vegetal esmeralda floreciente
    Al fresco valle, y al undoso río
    Sierpe sonora de cristal luciente.
    Pero si has de llamarte alumno mío,
    Despreciando de Laso la cultura,
    Con ceño magistral y agrio desvío,
    Habla erizada jerigonza oscura,
    Y en gálica sintaxis mezcla voces
    De añeja y desusada catadura,
    Copiando de las obras que conoces
    Aquella molestísima reata
    De frases y metáforas feroces.
    Con ella se confunde y desbarata
    La hispana lengua, rica y elegante,
    Y a Benengeli el más cerril maltrata,
    Cualquiera escritorcillo petulante
    Licencia tiene, sin saber el nuestro.
    De inventar un idioma a su talante,
    Que él solo entiende; y ensartando diestro
    Sílabas, ya es autor y gran poeta,
    Y de alumnos estúpido maestro.
    Mas ya te llama el son de la trompeta,
    De nuestros Cides los heroicos hechos,
    Tanta nación a su valor sujeta.
    Rompe, amigo, los vínculos estrechos,
    Las duras reglas atropella osado,
    Vencidos sus estorbos y deshechos.
    Y el numen lleno de furor sagrado,
    «Canto, dirás, el héroe furibundo,
    A dominar imperios enseñado,
    Que, dando ley al báratro profundo
    Su fuerte brazo, sujetó invencible
    La dilatada redondez del mundo».
    Principio tan altísimo y horrible,
    Proposición tan hueca y espantosa,
    Que deje de agradar es imposible.
    No como aquel que dijo: «Canta, diosa,
    La cólera de Aquiles de Peleo,
    A infinitos aquivos dolorosa»;
    Porque el estilo inflado y giganteo,
    Dejando a los lectores atronados,
    Causa mudo estupor, llena el deseo.
    Dos caminos te ofrezco, practicados
    Ya por algunos admirablemente:
    Escoge, que los dos son extremados.
    Sigue la historia religiosamente,
    Y conociendo a la verdad por guía,
    Cosa no has de decir que ella no cuente.
    No finjas, no, que es grande picardía;
    Refiere sin doblez lo que ha pasado,
    Con nimiedad escrupulosa y pía.
    Y en todo cuanto escribas, ten cuidado
    De no olvidar las fechas y las datas;
    Que así lo debe hacer un hombre honrado.
    Si el canto frigidísimo rematas,
    Despediráste del lector prudente
    Que te sufrió, con expresiones gratas,
    Para que de tu libro se contente
    Y guarde el fin del lánguido suceso,
    De canto en canto, el mísero paciente.
    Mas no imagines, Fabio, que por eso
    Te aplaudirán tus versos desdichados;
    Crítica sufrirán, zurra y proceso.
    Dirán que los asuntos adornados
    Con episodios y ficción divina
    Se ven de tu epopeya desterrados;
    Que es una historia insípida y mezquina,
    Sin interés, sin fábula, sin arte;
    Que el menos entendido la abomina.
    Pero yo sé un ardid para salvarte,
    Dejándolos a todos aturdidos;
    Oye, que el nuevo plan voy a explicarte.
    Después que entre centellas y estampidos
    Feroz descargues tempestad sonora,
    Y anuncies hechos ciertos o fingidos,
    Exagera el volcán que te devora,
    Que ceñirse del alma no consiente,
    E invoca a una deidad tu protectora.
    Luego amontonarás confusamente
    Cuanto pueda hacinar tu fantasía,
    En concebir delirios eminente.
    Botánica, blasón, cosmogonía,
    Náutica, bellas artes, oratoria,
    Y toda la gentil mitología;


(Continues...)

Excerpted from Lección Poética by Nicolás Fernández de Moratín. Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
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Leandro Fern�ndez de Morat�n (Madrid 1760-Par�s 1828). Espa�a. Hijo del es

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