Los chicos del vagón de carga [NOOK Book]

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Los cuatro hermanos Alden comienzan su aventura haciéndose una casa en un vagón de carga abandonado. Su objetivo es permanecer juntos y en el proceso encuentran a su abuelo. 

Desde su debut hace más de medio siglo, Los chicos del vagón de carga (The Boxcar Children Mysteries) ha sido una de las series infantiles más populares y apreciadas de todos los tiempos.
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Los chicos del vagón de carga

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Overview

Los cuatro hermanos Alden comienzan su aventura haciéndose una casa en un vagón de carga abandonado. Su objetivo es permanecer juntos y en el proceso encuentran a su abuelo. 

Desde su debut hace más de medio siglo, Los chicos del vagón de carga (The Boxcar Children Mysteries) ha sido una de las series infantiles más populares y apreciadas de todos los tiempos.
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Product Details

  • ISBN-13: 9781497623781
  • Publisher: Open Road Español
  • Publication date: 7/29/2014
  • Language: Spanish
  • Series: Los chicos del vagón de carga , #1
  • Sold by: Barnes & Noble
  • Format: eBook
  • Pages: 62
  • Sales rank: 1,150,895
  • Age range: 7 - 10 Years
  • File size: 3 MB

Meet the Author

Gertrude Chandler Warner nació en Putnam, Connecticut, el 16 de abril de 1890. Hoy en día, la Sra. Warner es ampliamente conocida por sus libros de misterio de la serie Los chicos del vagón de carga. 
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Los chicos del vagón de carga


By GERTRUDE CHANDLER WARNER, L. Kate Deal, Carlos Mayor

ALBERT WHITMAN & Company

Copyright © 1977 Albert Whitman & Company
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4976-2378-1



CHAPTER 1

Cuatro niños con hambre


Hacía calor aquella noche. Los cuatro niños se detuvieron delante de una panadería. Nadie los conocía. Nadie sabía de dónde habían salido.

La panadera fue la primera en verlos, allí frente al escaparate. El pequeñín miraba los pasteles, el mayor miraba las hogazas de pan y las dos niñas, las galletas.

Sin embargo, a la panadera no le gustaban los niños. Las chicas poco y los chicos mucho menos. Se acercó a la puerta y se puso a escuchar con cara de pocos amigos.

—Los pasteles están muy buenos, Jessie —dijo el pequeño, que tendría unos cinco años.

—Sí, Benny —respondió la mayor de las dos niñas—, pero el pan es más sano. ¿Verdad, Henry?

—Claro —dijo Henry—. Tenemos que comer pan, y a Benny y a Violet no les hacen bien los pasteles.

—Pues a mí lo que más me gusta es el pan —intervino Violet, que debía de haber cumplido los diez años. Tenía una melena castaña preciosa y los ojos marrones.

—No esperaba menos de ti —contestó Henry con una sonrisa—. Vamos a entrar. A lo mejor nos dejan dormir dentro.

Entraron y la panadera se quedó mirándolos.

—Tres hogazas de pan, por favor —pidió Jessie.

Sonrió con educación, pero la señora no le puso buena cara. Observó atentamente a Henry, que se metía la mano en el bolsillo para sacar el dinero. Parecía de mal humor, pero le vendió el pan.

Jessie echó un vistazo a su alrededor y vio un largo banco rojo debajo de cada una de las ventanas de la panadería. Tenían unas colchonetas del mismo color.

—¿Nos deja pasar aquí la noche? —preguntó—. Podríamos dormir en esos bancos y por la mañana la ayudaríamos a fregar los platos y con otras cosas necesite.

Eso a la señora sí que le gustó. Fregar los platos no le hacía demasiada gracia. Y le vendría bien que un muchachote le echara una mano con sus tareas.

—¿Dónde están sus padres? —preguntó.

—Se han muerto —dijo Henry.

—Tenemos un abuelo en Greenfield, pero nos cae mal —añadió Benny.

Jessie le tapó la boca con la mano antes de que pudiera decir nada más.

—¡Ay, Benny, cállate! —ordenó.

—¿Por qué les cae mal su abuelo? —quiso saber la señora.

—Es el padre de nuestro padre, y no se llevaba bien con nuestra madre —informó Henry—, así que creemos que tampoco se llevaría bien con nosotros. Nos da miedo que sea antipático.

—Pero, ¿lo conocen? —dijo la señora.

—No.

—Entonces, ¿por qué creen que es antipático?

—Bueno, no ha ido nunca a vernos —explicó Henry—. No le caemos nada bien.

—¿Dónde vivían antes de venir por aquí? —preguntó la señora, pero ninguno de los cuatro niños se lo quiso decir.

—Estaremos bien —aseguró Jessie—. Sólo queremos dormir aquí una noche.

—Pueden quedarse —contestó por fin la panadera—. Y mañana ya veremos qué hacemos.

Henry le dio las gracias educadamente y añadió:

—Estamos muy cansados y tenemos hambre.

Los niños se sentaron en el suelo. Henry cortó una de las hogazas en cuatro trozos con la navaja que llevaba y se pusieron a comer.

—¡Qué rico! —se relamió.

—Pero, ¡bueno! —exclamó la señora. Se fue al cuarto de al lado y cerró la puerta.

—Me alegro de que se haya marchado —dijo Benny, sin dejar de comer—. No le caemos bien.

—¡Calla, Benny! —ordenó Jessie—. Ha sido muy amable al dejarnos dormir aquí.

Después de cenar, los niños se tumbaron en los bancos rojos. Violet y Benny se durmieron enseguida, pero Jessie y Henry no, y oyeron a la señora, que hablaba con su marido.

—Me quedo con los tres mayores —decía—. Pueden venirme bien. Pero al pequeño hay que mandarlo al orfanato. Es demasiado jovencito. No puedo ocuparme de él.

—Muy bien —contestó el panadero—. Mañana lo llevo. A los otros nos los quedamos una temporada, pero hay que conseguir que nos digan el nombre de su abuelo.

Jessie y Henry esperaron a que el matrimonio se hubiera ido a dormir y luego, sin encender la luz, se pusieron a hablar.

—¡Ay, Henry! —susurró Jessie—. ¡Hay que marcharse ahora mismo!

—Sí, claro —contestó su hermano—. No vamos a permitir que metan a Benny en un orfanato. ¡Nunca jamás! Por la mañana tenemos que estar lejos de aquí o nos encontrarán, y no podemos dejar nuestras cosas.

—La ropa, la pastilla de jabón y las toallas y los trapos están en la bolsa de algodón — dijo por fin Jessie, tras pensar un rato en silencio—. Violet tiene la bolsita. Y nos quedan dos hogazas. ¿Tú llevas la navaja y el dinero?

—Sí. Hay casi cuatro dólares.

—Tendrás que cargar a Benny —decidió Jessie—. Si lo despertamos se pondrá a llorar, pero a Violet sí que voy a despertarla. ¡Eh, Violet! ¡Vamos! Hay que huir otra vez. Si no nos vamos ahora, el panadero meterá a Benny en un orfanato mañana por la mañana.

La niña se despabiló de inmediato. Se sentó y se echó hacia un lado para bajar del banco, todo ello en el silencio más absoluto.

—¿Qué hago? —preguntó en voz baja.

—Lleva esto —respondió Jessie, dándole la bolsita.

A continuación metió las dos hogazas de pan en la bolsa de algodón y miró a su alrededor.

—Muy bien, Henry —dijo—. Levanta a Benny.

Henry cogió a su hermano pequeño en brazos y lo cargó hasta la puerta de la panadería. Jessie se echó la bolsa al hombro y la abrió con mucho cuidado. Salieron todos sin hacer ruido. Nadie dijo ni una palabra. Entonces Jessie cerró la puerta y los niños aguzaron el oído. No se oía ni una mosca, así que echaron a andar.

CHAPTER 2

De noche como si fuera de día


Al poco tiempo los niños salieron del pueblo y se toparon con un camino. La luna llena, bien amarilla, lo iluminaba perfectamente.

—Hay que andar deprisa —recordó Henry—. Espero que el panadero y su esposa no se despierten y descubran que nos hemos ido.

Siguieron avanzado lo más rápido que pudieron.

—¿Cuánto tiempo vas a poder cargar a Benny? —preguntó Violet.

—Huy, mucho —contestó Henry.

—Creo que iríamos más deprisa si lo despertáremos —aseguró Jessie—. Podríamos darle la mano entre dos y ayudarlo.

Henry se detuvo y dejó a su hermano en el suelo.

—¡Eh, Benny! Vamos, tienes que despertarte y andar.

—¡Déjame en paz! —gritó Benny.

—Voy a probar yo —dijo Violet—. Oye, Benny, ¿por qué no juegas a que eres una cría de oso pardo que se escapa para buscar una camita bien abrigada? Henry y Jessie te ayudarán y enseguida podrás acostarte.

A Benny le gustó la idea de ser una cría de oso pardo, así que se despejó y abrió los ojos. Henry y Jessie le dieron la mano y los cuatro reemprendieron el viaje.

Pasaron por varias granjas, pero las luces estaban apagadas y no se oía ningún ruido. No vieron a nadie. Siguieron andando mucho, mucho rato, hasta que empezó a salir un sol muy rojo.

—Tenemos que encontrar un lugar donde dormir —dijo Jessie—. No puedo más.

El pequeñín se había dormido y Henry lo llevaba en brazos otra vez. Los tres mayores se pusieron a buscar un lugar.

—Miren, ahí —dijo por fin Violet, señalando un gran pajar en un campo cercano a una granja.

—Sí, está bien, Violet —reconoció Henry—. ¡Cuánta paja hay!

Echaron a correr por el campo en dirección a la granja. Cruzaron un riachuelo de un salto y llegaron hasta el pajar. Henry seguía cargando a Benny, y Jessie se puso a hacerle un nidito de paja. Lo colocaron allí encima y siguió durmiendo plácidamente. Los otros también se prepararon sus camas.

—¡Buenas noches! —rió Henry.

—Buenos días, mejor dicho —contestó Jessie—. Vamos a dormir de día y a andar toda la noche. Cuando vuelva a estar oscuro nos levantaremos y seguiremos adelante.

Estaban tan cansados que se durmieron al instante. Allí se quedaron todo el día y ya estaba atardeciendo cuando se despertaron.

—Ay, Jessie, qué hambre tengo —se quejó Benny enseguida—. Quiero comer algo.

—Pobre Benny —dijo Henry—. Vamos a comer la cena.

Jessie sacó una hogaza y la cortó en cuatro trozos. Despareció en un abrir y cerrar de ojos.

—Quiero agua —suplicó Benny.

—Ahora no —respondió Henry—. Ya beberás cuando se haga de noche. Hay una bomba cerca de la casa. Si salimos ahora del pajar nos verán.

Cuando ya estaba oscuro los niños salieron y se acercaron sigilosamente a la casa, donde no había luz ni se oía nada. Allí al lado estaba la bomba de agua y Henry le dio a la palanca tratando de no hacer ruido. Ni siquiera despertó a las gallinas y los polluelos.

—Quiero un vaso —pidió el pequeño.

—No, Benny —musitó Henry—. Vas a tener que acercar la boca al chorro. Puedes jugar a que eres un caballo.

Eso le gustó. Su hermano siguió bombeando y bombeando hasta que por fin Benny dejó de tener sed. El agua estaba dulce y fresca, y bebieron todos. Luego echaron a correr por el campo hacia el camino.

—Si oímos a alguien, tenemos que escondernos detrás de los matorrales —recordó Jessie.

En aquel mismo instante los niños oyeron un carro que se acercaba.

—¡No te muevas, Benny! —ordenó Henry en voz baja—. No digas nada.

Los cuatro se metieron detrás de los matorrales a toda prisa. No había tiempo que perder: el caballo que tiraba del carro se acercaba cada vez más y ya había empezado a subir la cuesta. Y entonces oyeron una voz de hombre. ¡Era el panadero!

—¿Dónde se habrán metido esos niños? —decía—. No creo que hayan podido llegar a Silver City a pie. Si no los encontramos en Greenfield, nos volvemos.

—Sí —respondió su mujer—. Total, me da igual encontrarlos o no. No me gustan los niños. En fin, vamos a intentarlo un poco más. Los buscaremos en Greenfield y, si no los vemos, se acabó.

Los niños se quedaron quietos hasta que el carro desapareció a lo lejos. Luego salieron de su escondrijo y se miraron.

—¡Uf, qué suerte que no nos han visto! —exclamó Henry—. Te has portado muy bien, Benny. No te has movido. Bueno, no vamos a ir a Greenfield.

—¿A qué distancia estará Silver City? —preguntó Jessie.

Los niños, que se habían puesto muy contentos, siguieron adelante. Sabían que el panadero no los encontraría. Anduvieron hasta las dos de la madrugada y entonces se toparon con unos letreros a un lado del camino.

Salió la luna de detrás de las nubes y Henry consiguió leerlos.

—Uno dice que por ahí se va a Greenfield —anunció—. El otro apunta a Silver City. A Greenfield no queremos ir. Vamos a tomar el camino hacia Silver City.

Caminaron y caminaron, pero no vieron a nadie.

—Supongo que por aquí no pasa mucha gente —dijo Henry—. Pues mejor.

—¡Escuchen! —exclamó Benny de repente—. Oigo algo.

—¡Escuchen! —repitió Violet.

Se quedaron todos en silencio y prestaron atención. Sí, se oía agua correr.

—¡Quiero beber un poco, Henry! —rogó Benny.

—Bueno, vamos para allá, a ver dónde está el agua —contestó Henry—. Yo también tengo sed.

Al poco rato los niños vieron una fuente junto al camino.

—¡Ay, qué fuente tan estupenda! —dijo Henry, y echó a correr hacia ella—. ¿La ven?

Arriba hay un caño para que beba la gente, otro por la mitad para los caballos y otro abajo para los perros.

Los cuatro bebieron agua fresca con ganas.

—Ahora quiero irme a dormir —dijo Benny.

—Ja, ja, ja —rió Jessie—. Enseguida podrás.

Henry se había fijado en sendero por cuyo centro crecía la hierba.

—¡Por aquí! —los llamó—. Este camino va hacia el bosque. Podemos dormir allí.

—Sí, es un buen sitio —coincidió Jessie, cuando ya habían echado a andar—. Por aquí no pasa la gente. Por eso ha crecido la hierba.

—Y estaremos cerca de la fuente —añadió Violet.

—¡Exacto! —dijo Henry—. Estás en todo, Violet.

—Está a punto de amanecer —recordó Jessie—. ¡Y qué calor hace!

—Pues me alegro —respondió su hermano mayor—, porque nos toca dormir en el suelo.

Vamos a recoger agujas de pino para hacernos la cama.

Los niños se adentraron en el bosque y al poco rato ya habían hecho cuatro camas con agujas de pino.

—Espero que no llueva —deseó Jessie mientras se recostaba, y entonces miró hacia el cielo—, aunque parece que sí, porque las nubes han tapado la luna.

Cerró los ojos y no volvió a abrirlos durante un buen rato.

Aparecieron más nubes en el cielo y empezó a soplar el viento. También hubo relámpagos y algún trueno, pero los niños no oyeron nada. Estaban todos profundamente dormidos.

CHAPTER 3

Un nuevo hogar en el bosque


Jessie abrió por fin los ojos. Era de día, pero las nubes ocultaban el sol. Se incorporó y miró a su alrededor y luego al cielo. Parecía que era de noche, de tan oscuro que estaba. De repente se puso a tronar y la joven se dio cuenta de que entonces sí que iba a llover.

"¿Y ahora qué hacemos? ¿Adónde vamos a ir?", pensó. El viento iba arrastrando más y más nubes por el cielo, y los rayos caían muy cerca.

Se adentró un poco en el bosque en busca de un refugio. "¿Adónde vamos a ir?", volvió a preguntarse.

Y entonces vio algo allí delante, en medio de los árboles. Era un viejo vagón de tren, un vagón de carga. "¡Qué casa tan buena, ahora que va a llover!", se dijo.

Echó a correr hacia él. No había locomotora y las vías estaban abandonadas y oxidadas, cubiertas de hierba y matojos tras mucho tiempo en desuso.

—¡Sí que es un vagón de carga! —exclamó—. Podemos meternos dentro y quedarnos allí hasta que deje de llover.

Fue a buscar a sus hermanos a toda prisa. El cielo estaba completamente negro y el viento soplaba con mucha fuerza.

—¡Corran! ¡Corran! —gritó—. ¡He encontrado un sitio estupendo! ¡Corran lo más rápido que puedan!

Henry cogió a Benny de la mano y salieron todos a la carrera detrás de Jessie.

—¡Está empezando a llover! —dijo Henry.

—Ya casi estamos —contestó ella—. No queda lejos. Cuando lleguemos ayúdame a abrir la puerta. Pesa mucho.

Justo debajo de la puerta del vagón vieron los restos de un árbol talado. Jessie y Henry se subieron de un salto a aquel tronco, que les sirvió de escalón, y deslizaron hacia un lado la gruesa puerta metálica. Henry metió la cabeza.

—Dentro no hay nada —anunció—. Ven, Benny. Vamos a ayudarte a subir.

A continuación entró Violet y, por último, Jessie y Henry.

Lo habían conseguido justo a tiempo. ¡Cómo soplaba el viento! Cerraron la puerta deslizándola sobre su mecanismo y entonces empezó a diluviar. ¡Cuánta agua! No paraba de caer. Los niños la oían estrellarse contra el techo del vagón, pero no había goteras.

—¡Cómo me gusta esto! —dijo Violet—. Es como una casita con una sola habitación, bien calentita.

Al cabo de un rato cesaron la lluvia, los rayos y los truenos, y el viento empezó a amainar. Entonces Henry abrió la puerta y se asomó. Los cuatro niños contemplaron el bosque. Brillaba el sol, pero aún caía algo de agua de los árboles. Delante del vagón pasaba un riachuelo precioso sobre las piedras, con cascada incluida.

—¡Qué lugar tan bonito! —exclamó Violet.

—¡Henry! —gritó Jessie—. ¿Por qué no nos quedamos a vivir aquí?

—¿Aquí?

—¡Sí! ¿Por qué no? —insistió Jessie—. Este vagón de carga puede servirnos perfectamente de casa. No entra el agua y no hace frío.

—Podemos lavarnos en el riachuelo —dijo Violet.

—¡Sí, por favor, Henry! —suplicó Jessie—. Aquí podemos montar una casita preciosa.

Podríamos encontrar platos y hacer cuatro camas y una mesa. ¡Y quizá también sillas!

—No, yo no quiero vivir aquí, Jessie —dijo el pequeñín.

—Ay, Benny. ¿Y por qué no?

—Porque me da miedo que venga la locomotora y nos lleve.

Henry y Jessie se echaron a reír.

—Huy, no, Benny —dijo Henry—. Ninguna locomotora se llevará este vagón. Es viejísimo, y además hay hierba y matojos por toda la vía.

—Entonces, ¿la locomotora ya no pasa por aquí? —preguntó Benny.

—No, claro que no —aseguró Henry, al que también empezaban a entrarle ganas de vivir en el vagón de carga—. En fin, hoy al menos vamos a quedarnos.

—O sea, que puedo desayunar aquí, ¿no? —dijo Benny.

—Sí, ahora mismo vas a desayunar.

Así pues, Jessie sacó la última hogaza y la cortó en cuatro, aunque el pan estaba muy seco. Benny se lo comió, pero enseguida se puso a llorar.

—También quiero un vaso de leche, Jessie —suplicó.

—Sí, debería beber leche —dijo Henry—. Voy a ir al pueblo más cercano a comprarla.

Sin embargo, no se movió. Miró el monedero para ver cuánto dinero le quedaba y luego se quedó pensativo.

—No quiero dejarlas solas, chicas —dijo por fin.

—Bah, no te preocupes, Henry —contestó Jessie—. Cuando vuelvas te daremos una sorpresa. ¡Ya verás!

—Adiós, Henry —se despidió Benny.

Y así Henry bajó y se adentró en el bosque.

—Bueno, niños —dijo Jessie entonces—, ¿a que no saben qué vamos a hacer? ¿A que no saben qué he visto antes en el bosque? ¡Arándanos!

—¡Ay, ay, ay! —chilló Benny—. Yo sé lo que son los arándanos. ¿Podemos comer arándanos y beber leche, Jessie?

—Sí ... —empezó a decir la chica, pero de repente se detuvo, porque había oído un ruido.

¡Crac, crac, crac! Algo se movía por el bosque.

CHAPTER 4

Dos sorpresas para Henry


—No se muevan —susurró Jessie.

Ninguno de los tres dijo nada más y se quedaron quietos, mirando los arbustos desde el vagón.

"Puede que sea un oso", pensó Benny.

Al poco tiempo vieron salir algo, pero no era un oso, sino un perro que iba dando saltitos y gimoteando con una de las patas delanteras levantada.

—No pasa nada —los tranquilizó Jessie—. Es un perrito, y creo que se ha hecho daño.

El animal levantó la vista, vio a los niños y empezó a menear el rabo.

—Pobrecito. ¿Te has perdido? Ven, acércate para que te vea esa pata.

El perro fue hasta el vagón cojeando y los tres niños bajaron.

—¡Ay, pobrecito! —dijo Jessie tras examinar la pata herida—. Te has clavado una buena espina.

El perro dejó de llorar y la miró.

—Eso, muy bien—lo felicitó la chica—. Puedo ayudarte, pero es posible que te duela.

El animal la miró y volvió a menear el rabo.

—Violet, puedes mojar mi pañuelo en el riachuelo, por favor —pidió su hermana.


(Continues...)

Excerpted from Los chicos del vagón de carga by GERTRUDE CHANDLER WARNER, L. Kate Deal, Carlos Mayor. Copyright © 1977 Albert Whitman & Company. Excerpted by permission of ALBERT WHITMAN & Company.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Table of Contents

Contents

1. Cuatro niños con hambre,
2. De noche como si fuera de día,
3. Un nuevo hogar en el bosque,
4. Dos sorpresas para Henry,
5. Los exploradores encuentran un tesoro,
6. Un ruido extraño en plena noche,
7. Un festín con unas cuantas cebolletas,
8. Por fin, la piscina,
9. Risas y cerezas,
10. Henry y la universal,
11. El doctor interviene,
12. James Henry y Henry James,
13. Un nuevo hogar para el vagón de carga,
Sobre el autor,

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