Mañana o pasado: El misterio de los mexicanos

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El rostro enigmático de México presenta hoy hondas cicatrices y un gesto que va del escepticismo a la ironía, del resentimiento al desprecio: ¿Cómo pueden descifrarse las inquietudes de ese rostro? ¿Qué estigmas conservan los mexicanos, a qué mitos se aferran? ¿Qué fracturas hay tras la guerra contra el narcotráfico, la vorágine migratoria y el descrédito de sus gobiernos, de sus aparatos de justicia y sus instituciones?
 
Jorge Castañeda ...

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El rostro enigmático de México presenta hoy hondas cicatrices y un gesto que va del escepticismo a la ironía, del resentimiento al desprecio: ¿Cómo pueden descifrarse las inquietudes de ese rostro? ¿Qué estigmas conservan los mexicanos, a qué mitos se aferran? ¿Qué fracturas hay tras la guerra contra el narcotráfico, la vorágine migratoria y el descrédito de sus gobiernos, de sus aparatos de justicia y sus instituciones?
 
Jorge Castañeda nos ofrece aquí el análisis más profundo que se ha hecho en los últimos años sobre el carácter de su país. Sustentado por un estudio riguroso de filósofos, historiadores, economistas y demás intelectuales que han expresado su fervor o  contrariedad por México, así como por las reflexiones de extranjeros que han visto en ese país a una nación marcada por la hospitalidad o la barbarie, Castañeda nos advierte sobre las idiosincrasias de los mexicanos: la indiferencia a la competencia; la desgana a defender sus convicciones; el por qué se resisten a las acciones colectivas y a la participación comprometida en luchas políticas; de qué manera el descuido de la industria turística afecta su economía; y cómo el crecimiento de la clase media no es necesariamente una señal contundente de bienestar y confianza en los gobiernos. Por las deducciones implacables sobre la realidad moderna mexicana, afiladas por la ironía en la crítica y el reconocimiento de sus zonas más oscuras y dolorosas, Mañana o pasado es, sin duda, la obra imprescindible para entender el México contemporáneo.

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Product Details

  • ISBN-13: 9780307745095
  • Publisher: Knopf Doubleday Publishing Group
  • Publication date: 6/14/2011
  • Language: Spanish
  • Series: Vintage Espanol Series
  • Pages: 432
  • Sales rank: 655,870
  • Product dimensions: 5.10 (w) x 8.00 (h) x 0.90 (d)

Meet the Author

Jorge G. Castañeda nació en México, Distrito Federal, en 1953. Fue Secretario de Relaciones Exteriores de México y candidato independiente a la Presidencia de la República. Ha sido profesor durante más de veinticinco años en la Universidad Nacional Autónoma de México, y actualmente es catedrático en la Universidad de Nueva York. Es articulista de los diarios Reforma y El País, y de la revista Time; es miembro de la Junta de Gobierno de Human Rights Watch y miembro de la American Academy of Arts and Science, de la American Philosophical Society. Es autor o coautor de más de quince libros, publicados en toda América Latina, Estados Unidos y Europa, y traducidos a una decena de idiomas, entre ellos destacan Compañero: vida y muerte del Che Guevara y La utopia desarmada. Actualmente vive en la Ciudad de México y en Nueva York.

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CAPÍTULO 1  

De por qué los mexicanos rechazan los rascacielos y son malos para el futbol

El carácter nacional mexicano y sus rasgos más sobresalientes deben colocarse en el caldero de similitudes y diferencias respecto a otros países, en principio para que sirvan como una herramienta comparativa inicial que subraye actitudes y prácticas que unen a los mexicanos y que los distinguen de los demás. Se podría empezar, como lo haremos aquí, por la prueba anecdótica de una tragedia mexicana que conocen “todos los que aman y quieren al futbol”, aunque sea inconscientemente.

Durante los Juegos olímpicos de 2008 en Beijing, Juan Villoro, uno de los miembros más distinguidos de la narrativa mexicana y también un notable analista deportivo, escribió un artículo sobre un dato multicitado respecto al desempeño atlético de México. Villoro se lamentaba de que, una vez más, México había fracasado en las olimpiadas, pero un poco menos brutalmente en los deportes individuales que en los colectivos. las únicas dos competencias en las que México —un país de 112 millones de habitantes, y un PIB per cápita de casi 15 mil dólares en Paridad de Poder de Compra (PPC) en ese momento— sacó medallas fueron en Tae Kwon Do y clavados, deportes individuales por definición (por cierto, fueron dos de oro en Tae Kwon Do y una de bronce en clavados).

En su artículo, Villoro reformulaba una conclusión empíricamente demostrable que Alan Riding ya había anotado en su clásico de 1985, Vecinos distantes. “El mexicano —se lamentaba— no es jugador en equipo: en los deportes sobresale en el box, pero no en el futbol*; en el tenis, pero no en el basquetbol.” Riding se refería a un puñado de boxeadores estelares del pasado (Rodolfo Casanova, Kid Azteca, Vicente Zaldívar, Rubén olivares y Pipino Cuevas) y, de modo profético a Maromero Páez y Julio César Chávez, así como a las estrellas de tenis Rafael osuna y Raúl Ramírez de los años sesenta y setenta del siglo XX. Pudo haberse referido también a otro deporte individual —aunque no todos estarían de acuerdo con el apelativo “deporte”— en el cual sobresalen los mexicanos. Me refiero, por supuesto, al toreo, donde México reta constantemente a España. Desde el momento en que el antiguo corresponsal del New York Times escribió esta generalización lapidaria, los mexicanos no han hecho más que comprobarla. México nunca ha llegado más allá de los cuartos de final en los Mundiales de futbol, a pesar de ser el único país “tercermundista” en haberlo albergado dos veces; nunca ha generado un número de estrellas en las ligas mayores de béisbol comparable a la República Dominicana, Puerto Rico, Venezuela o ahora Cuba, a pesar del éxito de Beto Ávila en 1954 con los Indios de Cleveland, o de Fernando Valenzuela en 1981 con los Dodgers de los Ángeles. los mexicanos siempre han dado malos resultados en las competencias internacionales de béisbol, incluyendo las olimpiadas. Somos casi siempre superados en la Serie del Caribe como en el Mundial de béisbol, a pesar de ser, comparativamente, un país mucho mayor y más rico que muchos de los contendientes.

Nuestros dos atletas más sobresalientes de los años ochenta, noventa y principios del siglo XXI —Hugo Sánchez y Ana Gabriela Guevara— fueron estrellas individuales que brindaron grandes alegrías, pero sólo ellos. En general los deportistas del país han seguido decepcionando a sus seguidores en cada torneo internacional de futbol y en cada olimpiada. Desde los juegos de 1900 —los primeros en los que participó México— se han ganado un total (lamentable) de 55 medallas, de las cuales 47 se otorgaron a competidores en deportes individuales y sólo 8 a deportes colectivos. Para el año 2010, la única atleta de clase mundial era la golfista Lorena Ochoa, una competidora altamente individualista, en un deporte individual por excelencia.

Las ligas de futbol de Sudamérica, fundadas a finales del siglo XIX y a principios del XX, fueron traídas al Nuevo Mundo por los ingleses y copiaron muchos de sus rasgos. Equipos como River Plate (fundado en 1901) y Boca Juniors (1905) en Buenos Aires; Peñarol (1913) en Montevideo; Colo-Colo (1925) en Chile; Palmeiras (1914), Flamengo (1895) y Santos (1912) en Brasil funcionaban como clubes sociales. Todos tenían miembros, algunos con más influencia que otros; algunos incluso podían desarrollar allí una carrera no futbolística, y gozaban de accesos gratuitos o con descuentos considerables a los partidos. Pero contaban con muchos más beneficios: instalaciones deportivas, actividades sociales (de procuración de fondos, por ejemplo), escuelas especiales para los miembros del club y ligas de futbol infantiles. En pocas palabras no eran meros equipos deportivos, sino clubes sociales donde los inmigrantes (en su mayoría italianos en Argentina, uruguay y Sao Paulo) interactuaban y fungían como sociedades de autoayuda.

En México prácticamente nunca ocurrió lo mismo, al menos hasta hace poco, y a duras penas. los equipos de futbol mexicanos más antiguos, el América y el Necaxa en la ciudad de México, o el Guadalajara (fundado en 1906, aunque el futbol profesional empezó sólo en 1943), eran sólo eso: equipos de futbol. No había miembros, ni beneficios, ni mucho menos redes y actividades sociales. Tan es así, que varios equipos se mudaron de ciudad. A lo sumo, había porras más o menos organizadas que ocupaban asiento las especiales en los estadios. Sólo en los últimos años algunos equipos (el América y el Guadalajara fundamentalmente, y antes los Pumas, fundado como equipo profesional en 1954, o hace un siglo en los casos de Atlas y de Pachuca) crearon algo ligeramente similar a los equipos sudamericanos, con ligas infantiles, instalaciones deportivas, etcétera. Se podría argumentar que esto se debe a que ni los ingleses, ni los inmigrantes pasaron realmente por México y, por ende, no heredaron al país esa clase de estructuras colectivas. Pero no basta esta explicación. lo cierto es que a los mexicanos no les gusta sociabilizar colectivamente. Prefieren ver los partidos en casa, o limitar su devoción a visitar el estadio de su equipo, y punto. A lo más que llegan es a acudir a los eventos de lucha libre que ni siquiera en el medio oeste norteamericano es tan popular como en México.

Si retrocedemos a la época precolombina, aparece un antecedente de esta tendencia individualista, así como la evidencia de su surgimiento previo a la Conquista. Si bien existió un espíritu colectivo precolombino, éste era magro y se limitaba a ciertos rituales, a los sistemas de tenencia de la tierra y a algunas actividades militares. Según se puede deducir de inscripciones en las ruinas de arenas deportivas (de Chichén Itzá, en Yucatán; de Tlatilco, cerca del lago Texcoco; de San lorenzo, los restos olmecas más antiguos, en Veracruz; y, sobre todo, de Tajín, sitio a partir del cual probablemente se inspiraron las demás representaciones de estadios y arenas deportivas), el juego de pelota, por ejemplo, era tanto colectivo como individual. Dos equipos, que representaban el inframundo y el cielo, se enfrentaban para determinar la suerte de la vida local y de la civilización; pero abundan las referencias al hecho de que en la arena, los equipos estaban representados únicamente por su capitán. En Tajín subsiste un bajorrelieve donde, como lo describe Paz, se ve claramente el sacrificio del capitán del equipo perdedor. En otra representación, también de Tajín, se distingue un jugador decapitado, con siete serpientes enredadas en su torso mutilado; y en Chichén aparece otro decapitado más. De acuerdo con varias fuentes (aunque no existe un consenso general entre los arqueólogos), el capitán del equipo ganador gozaba del privilegio exclusivo de cortarle la cabeza al del equipo derrotado una vez concluido el juego de pelota. El espíritu individualista del torneo llegaba a su cima en las consecuencias claramente individuales de perder. Tal vez el capitán del equipo vencido representaba a una colectividad y pagaba por sus fracasos, pero la cabeza que rodaba era la suya; el castigo, aunque representacional y simbólico, era a todas luces individual.

También a nivel anecdótico, pero de ninguna manera insignificante, se puede decir que el primer “mexicano”, en el sentido actual del término, no fue el hijo de la Malinche y Hernán Cortés, Martín Cortés, como cuenta la leyenda (aunque estrictamente hablando los primeros “mexicanos” fueron los hijos del explorador español Gonzalo Guerrero, mestizos nacidos en la península de Yucatán). Cortés tuvo dos hijos, ambos llamados Martín: uno nacido fuera del matrimonio con Marina, y otro con su mujer española, quien heredó el título nobiliario. El “primer mexicano” fue la Malinche misma, que se ganó la confianza de Cortés y le tradujo y explicó la naturaleza de los retos a los que se enfrentaría; lo acompañó y consoló cuando las circunstancias se tornaron amargas y lo apoyó cuando mejoraron; y no sólo fue la madre de sus hijos y con quien compartía su cama, sino sobre todo fue su aliada y consejera política. A pesar de su origen indígena, Marina se convirtió en la primera mexicana en cuanto puso en práctica lo que sus descendientes repetirían: buscar soluciones individuales a problemas colectivos, llevando ambos términos al extremo. La solución individual consistió en seducir y acostarse con el enemigo, y el problema colectivo fue nada menos que el cataclismo que golpeó a Tenochtitlan. La Malinche simplemente recurrió a sus talentos individuales para convertir la necesidad en virtud, y salvar espléndidamente bien su pellejo. otros mexicanos han seguido el mismo sendero, aunque pocos con el mismo éxito y cinismo.


El cómo y el por qué del individualismo mexicano

La conclusión del acertijo deportivo se antoja evidente: los mexicanos son individualistas a ultranza en los logros atléticos; sobresalen en las competencias individuales y fracasan rotundamente en los deportes colectivos. Pero este comportamiento se repite en un gran número de empeños de naturaleza análoga. los mexicanos suelen mostrar un desempeño mediocre en todo tipo de empeño colectivo; o bien somos netamente incapaces de cualquier tipo de actividad que involucre a más de uno, en una de esas por buenas razones. Alguna vez un estudiante mexicano de la universidad de Rice en Houston, durante una charla donde expuse esta teoría, no muy científica, me sugirió que quizá nos convenía evitar las acciones colectivas. los escasos ejercicios colectivos que hemos intentado —la lucha por la Independencia, la Revolución de 1910, el movimiento estudiantil de 1968, o incluso la transición a la democracia en el año 2000— no constituyeron precisamente éxitos rotundos. ¿Para qué insistir?

La conclusión de Villoro es que los mexicanos sobresalimos en tareas que exigen soledad y sufrimiento, como la literatura y el Tae Kwon Do. Pero entonces: ¿por qué son los mexicanos solitarios e individualistas? la respuesta inmediata quizá se refiera al problema de la acción individual versus la colectiva, y a una versión mexicanizada del proverbial dilema del prisionero. Como se sabe, ésta es una metáfora utilizada en la teoría de juegos y en la microeconomía para ilustrar las contradicciones internas propias de las acciones colectivas; busca indagar si es mejor para dos prisioneros cooperar entre sí y tener altas probabilidades de negociar un trato más o menos mediocre, pero que asegure su eventual liberación, o si es preferible que cada quien negocie su liberación o planee su escape por cuenta propia y obtenga un resultado más ventajoso pero con menores probabilidades de cumplirse. La respuesta mexicana consiste en la alegoría clásica de los cangrejos encerrados en una cubeta a punto de ser hervidos —misma que de seguro existe en una u otra versión en otros países pero que en México está tatuada en el subconsciente de cada ciudadano, joven o viejo, rico o pobre. los mexicanos son como cangrejos en una cubeta, todos ansiosos por fugarse de su eterno estado de cautiverio. Si por azar uno de ellos se acerca al borde de la cubeta y se aproxima a la orilla, los demás se encargan de arrastrarlo de vuelta al fondo. Prefieren, por mucho, verlo morir con ellos que dejarlo vivir solo. Aunque la parábola también se puede leer al revés, esto es, como reflejo de la acción colectiva en México contra el individualismo de un cangrejo que se convierte en objeto de la proverbial envidia mexicana al éxito, es preferible entenderla como una expresión del individualismo per se.

Este desprecio por la acción colectiva no es meramente anecdótico o producto del psicoanálisis salvaje. Ahora que el país se liberó por fin del régimen autoritario del pasado y ha integrado más firmemente su economía con la de Estados unidos, el corporativismo sindical y sus correspondientes afiliaciones, por ejemplo, que constituían parte integral de la maquinaria del pri y que no sólo resultaban gratificantes para los trabajadores sino que en muchos casos eran obligatorias, han caído dramáticamente. La cifra de sindicalización en México es mucho menor que en otros países de América latina, como Brasil, Argentina, Bolivia y Chile, y más cercana a países como Estados unidos. Entre 1995 y el año 2006, bajó de 22 a 16% del total de los trabajadores, mientras en otros países de América latina el porcentaje se situaba alrededor de 20%. Asimismo, la participación de la sociedad civil mexicana en cualquier tipo de asociación —sea de beneficencia, religiosa, comunitaria o educativa— es tristemente menor que en los demás países de la región, como por ejemplo Colombia. En México, en 2009, con una población de más de 110 millones de habitantes, el Centro Mexicano para la Filantropía contabilizó 10,704 organizaciones no lucrativas registradas, de las cuales más o menos la mitad podía recibir donaciones deducibles de impuestos. Las cifras correspondientes en Colombia alcanzaban más del doble, a pesar de que tiene menos de la mitad de la población que México. Esto se podría explicar, al menos parcialmente, por el escepticismo natural de los mexicanos respecto al uso que se hace de sus donativos, que no siempre poseen un destino tan filantrópico como se esperaría. Según el Centro de Estudios de la Sociedad Civil de la universidad de John Hopkins, el país con mayor porcentaje de donaciones caritativas en relación con el pib es Estados unidos, con 1.85%; países latinoamericanos como Argentina, Colombia, Brasil y Perú pertenecen a una categoría intermedia (excluyendo los donativos a iglesias). En la lista, que incluye 40 naciones, México figura en último lugar, con un porcentaje de 0.04% del pib.

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  • Posted July 12, 2011

    Pesimo libro

    Libro malisimo con una vision muy corta. Solamente saca conclusiones a partir de obervaciones triviales que no resultan ser la causa sino simple resultados de otros problemas mas fuertes.

    0 out of 4 people found this review helpful.

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  • Anonymous

    Posted August 5, 2011

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  • Anonymous

    Posted August 16, 2011

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    Posted November 26, 2011

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  • Anonymous

    Posted July 23, 2013

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  • Anonymous

    Posted June 28, 2011

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