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Matar a Lutero

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"Temo más lo que está dentro de mí, que lo que viene de fuera".—Martín Lutero

Un cuento apasionante de Martín Lutero de las mismas páginas de la historia.
Era medianoche cuando el grupo de caballeros abandonó la ciudad. Los cascos de los caballos repiquetearon en el empedrado de sus calles hasta atravesar el Rin, la antigua frontera entre el civilizado mundo de Roma y los bárbaros. No habían tenido tiempo para recoger el equipaje, tan grave era...

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Overview

"Temo más lo que está dentro de mí, que lo que viene de fuera".—Martín Lutero

Un cuento apasionante de Martín Lutero de las mismas páginas de la historia.
Era medianoche cuando el grupo de caballeros abandonó la ciudad. Los cascos de los caballos repiquetearon en el empedrado de sus calles hasta atravesar el Rin, la antigua frontera entre el civilizado mundo de Roma y los bárbaros. No habían tenido tiempo para recoger el equipaje, tan grave era la amenaza que se cernía sobre el protegido del príncipe Federico de Sajonia, y no había tiempo que perder. El grupo era reducido, sólo tres escoltas y el propio Lutero que cabalgaba torpemente sobre el caballo, poco acostumbrado a montar. El pobre monje se esforzaba por no retrasar el paso de su escolta. Mientras los fugitivos recorrían los campos próximos a la ciudad, sus habitaciones eran registradas por soldados del emperador Carlos. El capitán Felipe Diego de Mendoza se quejó: «Alguien les ha advertido, ahora tendremos que seguirlos por toda Alemania».

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Product Details

  • ISBN-13: 9781602554634
  • Publisher: Grupo Nelson
  • Publication date: 3/22/2011
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 256
  • Product dimensions: 6.20 (w) x 9.00 (h) x 1.10 (d)

Meet the Author

Mario Escobar, licenciado en Historia y diplomado en Estudios Avanzados en la especialidad de Historia Moderna, ha escrito numerosos artículos y libros sobre la época de la Inquisición, la Iglesia Católica, la era de la Reforma Protestante y las sectas religiosas. Apasionado por la historia y sus enigmas ha estudiado en profundidad la Historia de la Iglesia, los distintos grupos sectarios que han luchado en su seno, el descubrimiento y colonización de América.

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First Chapter

Matar A Lutero


By Mario Escobar

Thomas Nelson

Copyright © 2011 Mario Escobar
All right reserved.

ISBN: 978-1-60255-682-9


Chapter One

Worms, 2 de mayo de 1521

—Excelencia —dijo el criado, temeroso.

El príncipe podía ser terrible cuando se enfadaba. Federico se levantó de la cama con dificultad, la humedad del río le paralizaba el cuerpo, se aproximó a la puerta y con voz fuerte preguntó:

—¿Quién diablos osa molestar mi sueño?

—Hay noticias de Lutero.

El príncipe abrió presuroso la puerta e hincó la mirada en el criado.

—Decidme, ¿a qué esperáis?

—Lo siento excelencia, pero uno de sus soldados ha visto partir a un grupo de españoles tras los pasos de su protegido.

—¡Maldición! Worms es un nido de espías. Que salga ahora mismo Jakob con veinte hombres, debe advertirles y procurar que Lutero no regrese a Wittenberg, allí no está seguro. Será mejor que le escondamos un tiempo —dijo el príncipe, meditabundo.

—Pero, ¿a dónde tienen que llevarle?

—Que se dirijan al castillo de Wartburg, pero que nadie los vea entrar. Lutero tiene que cambiar sus ropas y guardarse de extraños hasta que le crezca la barba y se le pueble la rasura. ¿Entendido? —dijo Federico enfadado.

—Sí, excelencia. —Pues apresúrate, el tiempo apremia —dijo el príncipe con un gesto al criado.

El hombre corrió escalera abajo y puso en pie a parte de la escolta del príncipe. Jakob era el mejor mercenario de Sajonia y sus hombres los más fieros de Alemania. Sin duda, el fraile estaba en buenas manos, pensó el criado después de dar las instrucciones del príncipe a sus soldados.

Un tercer grupo de hombres salió de la ciudad al galope; aunque habían partido los últimos, tenían que llegar los primeros a su destino.

Chapter Two

Bensheism, 2 de mayo de 1521

Era mediodía cuando llegaron al pueblo. Atravesaron el puente empedrado y pararon a comer. Estaban hambrientos después de toda una noche cabal- gando, pero afortunadamente parecía que nadie les había seguido.

Entraron en la posada, pidieron algo de cerveza, queso y pan. Cuando Lutero se sentó frente a la mesa, comió con avidez; en los últimos días apenas había tomado bocado, por miedo a que lo envenenaran. Eran tantos y tan poderosos los enemigos que buscaban terminar con él que no estaba a salvo en ninguna parte.

—¿Tiene hambre, doctor? —preguntó su amigo Schurf.

—No lo negaré, aunque vuestra amistad es más preciada que el pan —contestó Lutero alegre, sobreponiéndose de sus temores.

—Entramos en Worms en un carro tapizado de terciopelo y ayer partimos de noche como ladrones —se quejó Pedro Suaven, su abogado y consejero.

—Ya sabes que las Sagradas Escrituras dicen que hay que ser mansos como corderos, pero astutos como serpientes. ¿Qué nos esperaba en la ciudad? Tal vez la horca —dijo Justo Jonás, el teólogo.

En la mesa de al lado, cuatro escoltas comían aparte, con los ojos puestos en la entrada y la mano sobre la espada. Su jefe, Juan Márquez, bebía vino dulce, era la única manera de poder tragar los malos caldos de Alemania, pero no quitaba ojo a Lutero, debía protegerle de cualquier peligro, aunque él mismo le hubiera estrangulado sin dudarlo ante una orden de su señor Federico.

—La verdad es que, tal y como fue el viaje de ida, nunca hubiera pensado que volviéramos a casa de este modo. Alemania te recibía como a un héroe —dijo Pedro Suaven.

—Los mismos que aclamaron a Jesús a su entrada a Jerusalén, después pidieron su crucifixión —dijo Lutero tomando algo de queso.

—La gente salía a ver la escolta. Nos acompañaban cuarenta caballeros, debían de pensar que éramos reyes o cardenales —bromeó Schurf.

—Muchos me animaron —confesó Lutero—, ¿os acordáis de aquel hombre que me dio el retrato de Savonarola?

—Hasta el bueno de Bucero salió a tu encuentro —dijo Justo Jonás.

—Para advertirme que no fuera a Worms. Únicamente fui allí por obediencia a Dios, respeto al emperador y agradecimiento al príncipe Federico —dijo Lutero más serio.

—Has salido ileso, ¡brindemos por ello! —dijo Pedro Suaven.

Los cuatro hombres chocaron sus jarras y se entregaron a la comida en silencio, como si estuvieran en la receptoría de un convento.

Juan Márquez comió rápido y se acercó a la puerta. Desde su salida de la ciudad se encontraba inquieto. No creía que el emperador dejara escapar tan pronto a su presa, tampoco el legado del Papa se conformaría con volver a Roma con las manos vacías. Tenían que apresurarse y entrar en Sajonia antes de que les dieran alcance.

—Doctor Martín. Tenemos que partir —dijo Márquez acercándose al monje.

Lutero miró al hombre y con una sonrisa le dijo:

—Estimado guardián, disfrutamos de un merecido descanso. Somos hombres de letras y no estamos acostumbrados a la vida de los soldados.

—Imagino que no quiere terminar en la hoguera, doctor Martín. Mi misión es llevarle de regreso a Wittenberg y lo llevaré ¡pardiez!, cueste lo que cueste.

El grupo de amigos se alborotó. ¿Quién se creía ese mercenario español que se atrevía a tratar de esa manera al teólogo más grande de Alemania?

—Entiendo su preocupación, pero estamos en manos de Dios —contestó Lutero.

—En manos de Dios o del diablo, no me importa, pero debemos partir antes de que nos den alcance, porque cuando lleguen los hombres del emperador no importará a cuál de los dos invoque su señoría.

—¡Qué impertinencia! —dijo Justo Jonás.

Lutero se puso en pie e intentó calmar los ánimos.

—Partamos. No quiero poner en más apuros al príncipe Federico, yo también estoy deseando llegar a casa.

—Tendremos que evitar las ciudades. Sería mejor que se vistiera con otras ropas —dijo Márquez, señalando el hábito de Lutero.

—¡Es increíble! —exclamó Schurf.

—Todo el mundo le conoce —dijo Márquez—, pero si fuera de gentilhombre, al menos pasaría inadvertido.

—Todavía soy monje agustino, no puedo renunciar a mis hábitos —dijo Lutero muy serio.

—Sea, pero salgamos ya —dijo Márquez impaciente.

El grupo se dirigió a sus monturas y partió de la ciudad en dirección a Darmstadt. Apenas una hora más tarde, Felipe Diego de Mendoza entró en Bensheim con los caballos reventados por la marcha. Preguntó en varias posadas hasta que en la última, la más cercana al puente, tuvo una esclarecedora charla con el posadero.

—¿Llegaron hoy a la ciudad varios caballeros acompañados por un monje agustino? —preguntó Mendoza en tono amenazante al posadero.

—No sabría decirle —contestó temeroso el hombre.

—¿Y si te quemo la posada y violo a tu hermosa hija? ¿Sabrías decirme entonces?

El posadero le miró aterrorizado. Los españoles tenían fama de fieros, pero aquel parecía el mismo demonio con su barba negra y cana, unos grandes ojos negros y el pelo largo y rizado.

—Estuvieron aquí hace una hora.

—Mejor, posadero. ¿A dónde se dirigían?

El hombre dudó un segundo y el español le tomó por la pechera y le balanceó.

—Hablaron de Darmstadt y de Wittenberg —dijo el posadero con los ojos cerrados y temblando.

—Nos sacan poca ventaja. Ponnos rápidamente algo de pan y carne. Partimos en diez minutos —dijo Felipe Diego de Mendoza.

Los mercenarios se sentaron a la mesa y comieron con avidez, bebieron abundantemente y partieron como alma que lleva el diablo. Mientras cabalgaban a toda velocidad por los bosques de Hesse, una sola idea bullía en la mente de Mendoza: una bolsa de oro por la cabeza de Lutero y otra por todos sus amigos, era la paga prometida y estaba dispuesto a cualquier cosa por conseguirla.

Chapter Three

Worms, 2 de mayo de 1521

Jorge Frundsberg se acercó temeroso al emperador Carlos V. A pesar de su corta edad, Su Majestad era conocido por su mal humor. El joven Carlos se había criado sin su madre, alejado de su abuela, en la corte de Flandes, y desconocía las delicadezas y el protocolo de otros hombres de estado. Carlos era caprichoso, impaciente e impetuoso. Había heredado en parte la belleza de su padre Felipe, pero era testarudo como su madre Juana. Los ojos claros, el mentón prominente y el pelo corto y rubio contrastaban con sus modales despóticos y antojadizos. Delgado, pero con un cuerpo musculoso, buen comedor y amante, el emperador siempre pensaba más en los placeres terrenales que en los del otro mundo.

—¿Por qué me molestas, viejo Frundsberg? —preguntó el emperador mientras desayunaba.

—El monje ha huido.

—¿Qué? ¡Maldición! ¿Acaso ese hombre no respeta nada? Le permito venir a la Dieta, le doy mi salvoconducto a pesar de estar excomulgado por el Papa y se escapa como un vulgar ladrón. ¿Es que nadie me obedece en Alemania?

—Le teníamos vigilado, pero Federico es muy astuto y logró sacarlo de la ciudad a media noche —dijo el anciano.

—Mi abuelo Maximiliano era muy comprensivo con los altivos alemanes, pero eso ha terminado. Aunque tenga que ser a latigazos, someteré la Germania, como lo hizo César —dijo el joven fuera de sí.

—Hemos enviado un grupo de mercenarios para apresarle, aunque discretamente, al fin y al cabo todavía lleva salvoconducto imperial —dijo el anciano.

—Tenme informado en todo momento. He prometido al Papa la cabeza del agustino y la tendrá.

—Sí, excelencia.

El emperador se quedó a solas con sus ayudas de cámara, después llamó a su perro preferido y le dio un muslo de pavo.

—Si no fuera por mis perros estaría solo, rodeado de ineptos y traidores —dijo el emperador después de dar un sonoro suspiro.

Le terminaron de vestir y se preparó para otra tediosa reunión de la Dieta; en cuanto pudiera, acabaría con esos cenáculos inútiles en los que los nobles y los príncipes no paraban de hablar de sus derechos y privilegios. En España había empezado con mano dura, sometiendo a los parlamentos y destruyendo a los comuneros. Alemania no correría mejor suerte.

Chapter Four

Wittenberg, 2 de mayo de 1521

La ciudad estaba inquieta y eso preocupaba a Nicolaus Hausmann. Aunque, a decir verdad, Alemania entera se encontraba expectante. Apenas habían pasado unos días desde la comparecencia de Lutero ante el emperador y corría el rumor de que el monje estaba muerto, el príncipe encarcelado y los deseos de reformar la Iglesia, cercenados. Nadie se extrañaba de esos rumores, el reformador Juan Huss ya había sufrido esa misma suerte un siglo antes. Los alemanes no se fiaban de Roma y la corte del Papa no se fiaba de ellos.

Hausmann subió al púlpito inquieto, tenía que predicar aquella tarde, pero su mente estaba en otra cosa.

«Hermanos y hermanas, nuestro querido Lutero está en peligro. El hombre que ha traído luz y serenidad a nuestros corazones, aquel que ha rescatado la Palabra de Dios de las manos de los impíos, ahora es juzgado por ellos. Seguramente, como los apóstoles en Jerusalén, será empujado a callar pero, como ellos, dirá a ese Sanedrín "que no puede dejar de hablar lo que ha visto y ha oído"».

Un murmullo recorrió la iglesia. Estudiantes, campesinos y burgueses llenaban los bancos y muchos permanecían de pie o sentados en el suelo. El entusiasmo de Lutero había transformado la ciudad y muchos se acercaban por las tardes para escuchar sus vivos discursos. Aquellos hombres y mujeres eran los mismos que habían impedido que se colocaran las condenas papales y que habían quemado junto al profesor la bula que le excomulgaba. Ahora temían la suerte de su maestro, si a él le sucedía algo, la espada de Roma también caería sobre ellos.

«Oremos esta noche por la suerte de nuestro amigo el doctor Martín Lutero, si alguien puede sacarle de todo peligro es Dios», dijo Hausmann.

Toda la congregación asintió. El hombre bajó del púlpito y fue el primero en ponerse de rodillas encima del frío suelo de piedra. Todos se arrodillaron y juntos comenzaron a orar el Padrenuestro. Lo que desconocían es que, a muchas leguas de allí, el teólogo y profesor estaba a punto de jugarse la vida de nuevo.

Chapter Five

Lautertal, 2 de mayo de 1521

El grupo estaba extenuado. Habían tomado el camino más difícil del viaje. Tenían que atravesar la región boscosa de Odenwald, a cuyos pies estaba Bensheim. Juan Márquez había tomado aquel camino con la esperanza de dejar atrás a cualquier perseguidor, pero la humedad del bosque y sus serpenteantes caminos dificultaban la marcha a gente poco acostumbrada a cabalgar.

Justo Jonás se quejaba todo el rato de su maltratada espalda y Pedro Suaven no dejaba de preguntar cuándo descansarían. La actitud de Lutero era muy distinta. Había pasado la mayor parte de su vida en la austeridad de la orden de San Agustín, añadiendo a la rigurosa regla monacal sus propias penitencias. Apenas comía, dormía sobre el suelo de su celda, vestía el andrajoso y áspero habitó marrón, lo que había menguado su salud y endurecido su semblante, pero al mismo tiempo aumentado su capacidad de adaptarse a las más duras condiciones de vida.

El padre de Martín siempre le había tratado con rigor, aunque no podía decir de él que no hubiera sido justo y le hubiera otorgado privilegios que los hijos de los mineros no podían permitirse. La prosperidad de su padre le había permitido estudiar en la escuela de Mansfeld, después asistió por un año a la escuela de la Catedral de Magdeburgo, con los Hermanos de la Vida Común, completando su educación en la Abadía Franciscana de Eisenach, donde aprendió música, su gran afición.

El deseo de su padre era que estudiara leyes, pero el temor a morir que le sobrevino en medio de una tormenta le había hecho encomendarse a Santa Ana y prometerle convertirse en monje. Al poco tiempo ingresó en el monasterio agustino de Erfurt y su padre le dejó de hablar, hasta que se convenció de la verdadera vocación de su hijo.

La vida monacal le gustaba, aunque no satisfacía todas sus inquietudes.

—¿En qué piensas, Martín? —le preguntó Schurf, que conocía la capacidad del monje para la meditación.

—Recuerdo el camino que me ha llevado hasta esta absurda huida. Si he de morir, ¿qué importa?, ¿quién soy yo? Un agustino, un mensajero de la verdad, pero si yo perezco, Dios levantará a veinte mejores para continuar su obra.

Al final del camino divisaron la aldea de Scheuerberg. Un puñado de casas en mitad del bosque, pero por lo menos la seguridad de tener un plato caliente y un jergón en el que dormir. El grupo se detuvo antes de entrar en la aldea. Dos hombres se adelantaron y comprobaron que no había peligro.

—¿Hay alguna posada? —preguntó Justo Jonás.

El español frunció el ceño. Ni las damas eran tan endebles y gemebundas como aquellos doctores.

—Tendremos suerte si un campesino nos ofrece un plato de sopa caliente y un pajar —dijo el capitán Márquez.

—Pues será mejor que regrese a Worms. Yo no temo por mi vida —dijo Justo Jonás.

—Lo lamento, pero vuesa merced tiene su destino ligado al nuestro. Si los hombres del emperador le encuentran, le obligarán a indicarles nuestro camino —afirmó el español.

Entraron en una amplia casa de campo, el dueño les salió al encuentro y llegó a un acuerdo con el capitán. Después se sentaron a una amplia mesa de madera y dos de las criadas les sirvieron sopa de ajo, pan, algo de chorizo y leche. Esta vez todos estaban sentados juntos, menos los dos hombres de guardia. Comían en silencio, hasta que el dueño les preguntó:

—¿A dónde se dirigen? No es ésta tierra de paso hacia ninguna parte y no creo que hayan venido a propósito hasta aquí personas tan gentiles.

—Si le digo la verdad ... —empezó a explicar Justo Jonás, pero el español le hincó la mirada y éste agachó la cabeza, mientras sorbía la sopa.

—Un asunto personal, ya sabe —le dijo el español.

El campesino les observó intrigado. Hombres armados y doctores no era una combinación común en aquellos tiempos.

—El mundo anda revuelto, hasta aquí han llegado noticias de un monje hereje que engaña a las gentes. Hace unos días bajé hasta Bensheim para vender mis productos y nadie habla de otra cosa —dijo el campesino.

—Uno no debe hacer caso a todo lo que oye —dijo molesto Pedro Suaven.

—Eso es cierto —contestó el campesino.

—Y en boca cerrada no entran moscas —recitó el español.

Lutero sonrió, un gesto que en los últimos tiempos repetía con más frecuencia, después hundió su mirada en el campesino y le dijo:

—Es muy amable al recibir a forasteros en su casa. Dios premia la hospitalidad, el apóstol dice que algunos por su hospitalidad cobijaron a ángeles.

—Aunque creo que éste no es el caso —bromeó Schurf.

El ambiente se relajó y todos rieron, menos el español, que miró de reojo al monje.

—¿Es usted monje? ¿Podría hacer algo por nosotros? —preguntó ansioso el campesino.

—Lo que esté en mi mano.

—Nos ha nacido un hijo varón. El único que tengo, y está sin bautizar. Con los rigores del invierno no he podido llevarlo a la iglesia de Kirschhausen. Tenemos miedo que se nos muera en pecado mortal —comentó el campesino.

—Traiga el bebé —dijo Lutero.

El hombre regresó con el bebé y la madre. Todos se pusieron en pie, Lutero recitó en latín la fórmula del bautismo y después salpicó unas gotas de agua sobre su frente. Cuando el campesino se marchó con el bebé, Justo Jonás le reconvino.

—¿Por qué sigues practicando el bautismo de infantes? Si la salvación es por gracia, ¿para qué sirve ese ritual medieval?

—Hermano, la Iglesia tiene dos sacramentos, la Cena del Señor y el Bautismo. Ese niño no puede confesar pecados, es inocente, pero lleva el pecado de sus padres; el bautismo le lava del pecado original —dijo Lutero.

—La gracia es suficiente para salvar —dijo Schurf.

—Es suficiente, pero mientras el infante no tiene conciencia del bien y del mal, no alcanza al bebé sino por el sacramento —dijo Lutero.

—Caballeros, creo que no es el lugar para teologías —dijo el capitán al ver que el campesino se acercaba con una sonrisa de oreja a oreja.

—Ya tienen preparadas las camas. Espero que descansen y se lleven mañana la paz que han traído a esta casa —dijo el hombre.

El grupo se dirigió a las habitaciones, Márquez salió para comprobar la guardia y se entretuvo contemplando las estrellas. Echaba de menos Castilla; su madre era alemana, pero él se sentía español.

A media jornada de camino, otro español maldecía la suerte del monje alemán. Felipe Diego de Mendoza se encontraba en Darmstadt. Esos malditos herejes le habían despistado. Cambió los caballos y obligó a sus hombres a viajar en plena noche. Estaba seguro de que habían atravesado el bosque, pero podía alcanzarlos en Babenhausen, cuando salieran de su maldito escondite. Mientras el viento frío de la noche le adormecía la cara, pensó en las cálidas madrugadas sevillanas, el olor a azahar y los paseos a caballo hasta la catedral. Ese sería su último trabajo y regresaría a Sevilla; ya había vivido suficientes aventuras y con su paga pasaría el resto de sus días a las orillas del Guadalquivir.

(Continues...)



Excerpted from Matar A Lutero by Mario Escobar Copyright © 2011 by Mario Escobar . Excerpted by permission of Thomas Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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    Posted August 28, 2011

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