Memoria Sobre La Vagancia En Cuba

Memoria Sobre La Vagancia En Cuba

by Jose Antonio Saco Y Lopez-Cisneros
     
 
La reflexión sobre los rasgos psicosociales del cubano fue una constante en las obras de los ideólogos criollos del siglo xix, marcadas por la pretensión de alcanzar un mejoramiento social. En la primera mitad de dicho siglo Félix Varela, José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero y Domingo del Monte tuvieron un significativo

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La reflexión sobre los rasgos psicosociales del cubano fue una constante en las obras de los ideólogos criollos del siglo xix, marcadas por la pretensión de alcanzar un mejoramiento social. En la primera mitad de dicho siglo Félix Varela, José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero y Domingo del Monte tuvieron un significativo interés por esta cuestión. La Memoria sobre la vagancia en Cuba, es ejemplo de esta línea del pensamiento insular.

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ISBN-13:
9788498166798
Publisher:
Red Ediciones
Publication date:
01/01/2007
Pages:
36
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Memoria Sobre la Vagancia en Cuba Fragmentos


By José Antonio Saco

Red Ediciones

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All rights reserved.
ISBN: 978-84-9816-679-8



CHAPTER 1

PARTE PRIMERA. MEMORIA SOBRE LA VAGANCIA EN LA ISLA DE CUBA


EXPLICACIÓN DE LAS CAUSAS DE LA VAGANCIA EN LA ISLA DE CUBA, E IDEAS MÁS OPORTUNAS PARA ATACARLA EN SU ORIGEN. JUEGO

No hay ciudad, pueblo, ni rincón de la Isla de Cuba, hasta donde no se haya difundido este cáncer devorador. La vagancia es quizás el menor de los males que produce, pues hay otros de naturaleza tan grave, que solo podrán mirarse con indiferencia, cuando ya se hayan apagado en el corazón los sentimientos de justicia y de moralidad. Las casas de juego son la guarida de nuestros hombres ociosos, la escuela de corrupción para la juventud, el sepulcro de la fortuna de las familias, y el origen funesto do la mayor parte de los delitos que infectan la sociedad en que vivimos. Si pudiéramos empadronar las personas entregadas a este vicio infame, y computar el valor de lo que ganarían trabajando, durante el tiempo que emplean en el. juego: si pudiéramos saber, aunque fuese aproximadamente, a cuánto ascienden las cantidades perdidas, y seguir la larga cadena de desastre que necesariamente acarrea, entonces conoceríamos nuestra deplorable situación, y cesaríamos de llamarnos opulentos y felices. ¿Puede ser opulento ni feliz un pueblo donde muchos de sus habitantes son víctimas de las enfermedades morales? No hay felicidad sin la paz y el contento del alma, no hay paz ni contento sin virtudes, sin virtudes no hay amor ni constancia en el trabajo, y sin trabajo no hay riquezas verdaderas. Llámenos en buena hora opulentos y felices, aquellos que trastornando el nombre de las cosas, pretenden arrullarnos con el acento de esas palabras encantadoras; pero el hombre reflexivo que sabe distinguir las operaciones de la naturaleza, de los esfuerzos de la industria; y que no confunden las combinaciones de la prudencia con los resultados de la casualidad, jamás dirá, que es feliz un pueblo donde hay dolencias morales tan difíciles de curar, como de grave trascendencia. La que ahora lamento, es de las más funestas, porque sus consecuencias son terribles: La más general de todas, porque se juega desde la punta de Maisí hasta el cabo de San Antonio; y quizá también la de más difícil curación, porque aunque este vicio no es de aquellos que tienen su fundamento en la naturaleza, está sin embargo muy arraigado entre nosotros, y no es probable que en todas partes se persiga con igual tesón; y aun cuando así sea, puede practicarse ocultamente, burlando algunas voces la vigilancia de la autoridad.

Mas a pesar de estos inconvenientes, yo creo, que si se le ataca con firmeza en breve se producirán grandes bienes, pues aunque es posible extinguirle, porque en todos los países hay siempre hombres para todo, el mal quedará reducido a un corto número de jugadores. El feliz ensayo que de tiempo en tiempo se ha hecho en algunos pueblos de la Isla, es el mejor agüero de las ventajas que se pueden alcanzar. Muchos juegan por la facilidad que en todas partes se les ofrece, y por la impunidad con que cuentan; pero cuando aquélla se obstruya, y ésta no exista, el número de jugadores se disminuirá. Nunca debe olvidarse, que el hábito tiene a veces en los vicios más influjo que la perversidad del corazón, y de aquí es que muchos hombres, conociendo el mal que hacen, y aun arrepintiéndose de sus acciones, no pueden sin embargo contenerse, y vuelven a perpetrar lo mismo que poco antes detestaran. ¡Cuántos padres de familia, que hoy viven dados al juego, no se alegrarían de ver cerradas para siempre las mismas casas quo hoy frecuentan a su pesar, y que son el origen la ruina!

Otros, que juegan por especulación, o que tienen cifrada la subsistencia en esta carrera infame, buscarían otra decente, al ver que aquélla ya no los produce lo que apetecen; y si todavía perseveran en ella, las inquietudes que ha de acusarles la persecución constante de la justicia, el riesgo de perder su dinero si son sorprendidos por ella, y el temor del castigo que irremisiblemente debe imponérseles, retraerán a muchos de una vida tan angustiada, quedando tan solo en ella, los que connaturalizados con el vicio no den esperanza alguna de mejora. Aun el número de éstos también disminuirá si se les aplican las penas de la ley, pues como miembros corrompidos, deben cortarse para que no infecten el cuerpo social. Pero es preciso que lo digamos con franqueza: tan grandes ventajas no pueden lograrse sin energía en las autoridades, y sin formar, por decirlo así, una conspiración general contra el juego porque si un alcalde persigue, y la opinión la celebra: si los esfuerzos del que ha empuñado la vara en el año anterior, no son sostenidos por los del sucesor; y si mientras se cierra una de esas sentinas, se abren otras por empeños o consideraciones, entonces estamos perdidos, y yo confieso que malgasto el tiempo en escribir esta Memoria.

Yo no solo quisiera ver cerradas todas las casas de juego, sino que éste tampoco se permitiese en las fiestas y ferias, que con varios pretextos se celebran en La Habana y fuera de ella. Que el pueblo baile y cante, que meriende y se pasee, racional y provechoso es, pero que casi nunca se oiga sonar una cuerda, ni se vean reunidas diez o veinte personas sin que tropecemos con el vergonzoso espectáculo de una mesa de juego, cosa es que jamás se debe tolerar. Nada importa que estas prácticas viciosas quieran cubrirse con el velo de la religión, o con las apariencias de bien público. Ni aquélla, ni éste, deben sostenerse con tan infames recursos, pues cada moneda que a nombre del juego entra en el santuario o en las arcas públicas, es una profanación del mismo ser a quien se tributan, y una ofensa mortal que se hace a las leyes y a las costumbres. Tales juegos son muy peligrosos, porque expuestos a la vista del público, acompañados casi siempre de la música o del canto, concurridos de nuestras señoritas y matronas, de nuestros jóvenes y ancianos, y exentos del aire sombrío que cubre las casas permanentes de juego, estimulan y halagan a muchos que en otras circunstancias no se atreverían a pisar ni aun sus umbrales.

Si examináramos la historia de los individuos que han caído en vicio tan detestable, descubriríamos que en estas ferias fue donde muchos de ellos dieron los primeros pasos. Empezaron quizá por mero entretenimiento, o por satisfacer una curiosidad pero asaltándoles después el deseo de ganar o de recuperar las pérdidas; y aumentándose este deseo con aquella especie de grata sensación que causa la incertidumbre de los lances de cada juego, porque si bien atormenta, también complace el espíritu, fueron formando poco a poco el hábito, y encendiendo una pasión que ya no pueden reprimir. El gobierno, pues, debe mirar estas ferias como las escuelas donde la incauta juventud hace las más veces su funesto aprendizaje; y si bien debe permitir en ellas que el pueblo se divierta sin desorden, jamás debe consentir que se corra ni una carta.

Mucho se habrá adelantado, cuando ya no existan juegos, ni en las ferias, ni en las casas públicas; pero este vicio no podrá extirparse, mientras prevalezca la costumbre de jugar en casas particulares, porque gozando algunas de prestigio, y concurriendo a ellas personas de distinción, se presenta a las clases inferiores un ejemplo pernicioso. Este mismo prestigio y esta misma distinción quizá servirán de contrapeso a la autoridad, que no atreviéndose a entrar en lucha con un enemigo que se cree fuerte, tan solo porque no se combate, se verá reducida a sufrir en silencio el quebrantamiento de las leyes y la continuación de los males que deploramos. Bien veo, que atendida nuestra condición, no es probable que todas las autoridades tengan la energía de arrostrar respetos y consideraciones; pero también sé, que ha habido, y habrá algunas que cumpliendo con su deber, ofrecerán a las demás un ejemplo digno de imitación.

Es innegable que la persecución será uno de los medios más eficaces para acabar con el juego; pero no debe fiarse a ella sola tan grande empresa. Es preciso ir haciendo una revolución en las costumbres, que aunque lenta no por eso dejará de ser cierta.

Nada es más común entre nosotros, que emplear mucha parte del tiempo en juegos de baraja, que si bien están permitidos, producen sin embargo bastante daño. Después de concluidos los trabajos del día juegan algunos por recreo; pero hay otros, que abandonando aun sus obligaciones más sagradas, pasan muchas horas entregados a unos juegos que se llaman inocentes, a pesar de que a veces se pierden en ellos grandes cantidades de dinero. A tales hombres podrá dárseles el nombre que se quiera; pero en realidad no son más que ociosos encubiertos.

Ni paran aquí los daños que se originan con estos juegos, que yo llamaría domésticos: el más lamentable de todos es el que se causa a la niñez; pues apenas empezamos a abrir los ojos, y a desenvolver nuestra razón, cuando ya no solo tenemos un conocimiento perfecto de los naipes, sino que también entendemos varios juegos. Aquella edad en que los niños debieran tan solo ver ejemplos de buenas acciones, y escuchar los consejos saludables de la moral, es cabalmente la misma en que a todas horas se les presenta el espectáculo de una mesa redonda del padre, de la madre y de otras personas con los naipes en la mano, y en que resuenan en sus oídos las pláticas peligrosas que corren sobre los lances del juego. Cualquiera que reflexione sobre el influjo de los objetos en la formación de las ideas, y sobre el de éstas en las acciones humanas, muy pronto conocerá, que con semejantes modelos, el vicio del juego debe estar muy difundido entre nosotros. El amor y respeto que los hijos tienen a sus padres, da a éstos sobre el corazón de aquellos un ascendiente que los hace ser sus mejores institutores; pero si este ascendiente es de una tendencia perjudicial, poco podrán contra él las teorías de los libros y los preceptos de las leyes.

Estas razones cobran más fuerza si se atiende al estado de nuestra sociedad doméstica. Hay países, donde los vínculos de la familia no son tan estrechos como entre nosotros, pues siendo común que los padres fíen a manos extrañas la educación de sus hijos, y todavía más común, que éstos abandonen desde una edad muy temprana la casa que los vio nacer, el influjo paterno está muy debilitado, y puede decirse, que el corazón de los hijos recibe del mundo más que de los padres, gran parte de las impresiones que han de dirigir su conducta. Mas no sucede así en Cuba, pues separándose los hijos pocas veces del lado de sus padres, y viviendo y muriendo juntos bajo un mismo techo, los ejemplos paternales, ora benéficos, ora perniciosos, producen en los hijos un efecto más trascendental.

Convendría pues, que los buenos padres de familia y todos los que se interesan en el bien del país, hicieran el corto sacrificio, si es que tal puede llamarse, de abstenerse de los juegos domésticos, e influir con su ejemplo y sus consejos en crear y fortificar la opinión contra ellos. Para sostener este abuso, se dirá que estos juegos forman aun en los pueblos más civilizados, una parte principal de sus entretenimientos domésticos; pero sin examinar ahora si todos los usos y costumbres de aquellos pueblos son dignos de aprobación, yo creo que nosotros no debemos seguir su ejemplo; porque los países donde el juego no es un vicio dominante, y donde las leyes y la opinión infaman a los jugadores, los juegos domésticos no producirán fatales consecuencias; pero en los pueblos donde esta pasión es una enfermedad casi general, y donde por lo mismo, ni las leyes pueden ejercer libremente su imperio, ni la opinión fulminar sus anatemas, los juegos domésticos nunca serán otra cosa sino las escuelas, donde haciendo uno su aprendizaje, otros se entregarán a rienda suelta a la pasión que los arrastra. El que esto escribe no es visionario, y así no aspira a la perfección moral en la masa de los hombres. Sabe que éstos siempre se han de divertir de aqueste o del otro modo; pero sabe también que lo que pide, es cosa muy practicable. Pues qué ¿es tan limitado el número de nuestros entretenimientos domésticos, que estemos reducidos a divertirnos con barajas? ¿No pueden sustituir a éstas, el canto, la música, el baile, la buena conversación y otras diversiones tan inocentes como provechosas? Todo esto puede hacerse, y puédese fácilmente con utilidad de los individuos y ventaja de la sociedad; pero es de temer, que triunfando los malos hábitos de los consejos de la razón, las cosas se queden en el estado que hoy tienen, y que echando el mal nuevas raíces, vaya cundiendo más y más.


CORTO NÚMERO DE CARRERAS Y OCUPACIONES LUCRATIVAS

Una rápida ojeada que se eche sobre el estado social de la isla de Cuba, bastaría para conocer la verdad de lo que digo.

Si buscamos entre las ciencias, aquellas que han dado carrera a nuestra población, no encontramos otras que Teología, Jurisprudencia, y Medicina. El número de cubanos empleados en el comercio es todavía tan corto, que si bien esta carrera les presenta un vasto campo para lo futuro, es innegable que hasta muy poco tiempo han carecido de ella. Inútil es mencionar las manufacturas, porque nunca han existido entre nosotros, ni tampoco puede señalarse la época en que seamos fabricantes. No son muchas las artes que poseemos, y éstas por desgracia, jamás han sido el patrimonio de nuestra población blanca. La agricultura que por sí sola absorbería un número asombroso de brazos ocupa en general a los esclavos; y si a esta causa se agregan los obstáculos que la rodean, no será de extrañar que los blancos no se den a ella con el empeño quo debieran. La ganadería que emplea muchos hombres, no es la ocupación exclusiva de los blancos, ni tampoco se dedica a ella en toda la Isla, pues está limitada a los pueblos pastores. La milicia llama algunos jóvenes a las armas; y los empleos civiles son en tan corto número, que no deben contarse entre nosotros como carrera popular.

Resulta pues, que la Iglesia, el Foro y la Medicina, la Agricultura, la Ganadería y la Milicia son las únicas carreras y ocupaciones que han empleado a nuestros jóvenes; y como muchos no han podido colocarse en ellas, la consecuencia necesaria es, que ha debido quedar un número considerable de ociosos.

Pero ¿cuáles son las causas de que tan pocas ocupaciones existan entre nosotros? No faltará quien diga que siendo los progresos de la industria proporcionales a la población, y que siendo Cuba un país nuevo, los medios que ofrece para ocupar al pueblo deben ser muy reducidos. Es verdad que ella no puede competir todavía con otros países más adelantados, pero también lo es, que carece de muchas cosas que imperiosamente reclama el mismo estado en que hoy se halla. Aun concediendo, que atendida su población, no deba de haber en ella más ocupaciones que las que actualmente existen, ¿cuál es la causa porque estas mismas ocupaciones no llaman y ejercitan a los ociosos?

Otros afirmarán gravemente, que en el corto número de ellas, lejos de ser el principio, es el resultado de la ociosidad, y que si hubiéramos trabajado, tendríamos hoy más destinos. Convengo hasta cierto punto con los que así raciocinan; pero séame permitida preguntarles, ¿cuáles son los motivos por qué no hemos trabajado? He aquí la cuestión donde siempre venimos a parar, y la que cabalmente debemos discutir para poner el remedio a nuestros males.

Varias son a mi entender las causas que han reducido a tan corto número las carreras y ocupaciones de nuestra población blanca, y como primera debe sentarse el


ESTADO IMPERFECTO DE LA EDUCACIÓN POPULAR

No me detendré a probar, que la instrucción pública es la base más firme sobre que descansa la felicidad de los pueblos. El cuerpo ilustre a quien presento esta Memoria, conoce muy bien esta verdad, y los esfuerzas que hace por difundir y mejorar la educación en nuestro suelo, serán en todos tiempos los títulos más nobles de su gloria. Pero si dignos son de aplauso estos esfuerzos, todavía no han producido un resultado satisfactorio, porque sin recursos la Sociedad Patriótica para extender su acción más allá del corto recinto de La Habana, yace tan abandonada la educación en casi todos los pueblos y campos de Cuba, que gran parte de sus habitantes ignoran hasta el alfabeto. Y viviendo en tan mísero estado, causará admiración, que muchos pasen sus días en medio de la ociosidad? Yo he vista más de una vez a varias personas que por no saber firmar, han perdido las ocupaciones lucrativas que se les habían presentado. Si la gran masa de nuestra población supiera por lo menos leer, escribir y contar, cuántos de los que hoy arrastran una vida vagabunda no estarían colocados en los pueblos o en las fincas rurales! Porque es incuestionable, que ensanchando la ilustración la esfera del hombre multiplica sus recursos contra las adversidades de la fortuna.


(Continues...)

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Meet the Author

Jos� Antonio Saco y L�pez-Cisneros (1797-Barcelona, 1879). Cuba. Fue disc�pulo de F�lix Varela en el Seminario de San Carlos, donde se gradu� como bachiller en Derecho Civil en 1819. M�s tarde, en 1821, termin� sus estudios de filosof�a en la Universidad de la Habana. En varias ocasiones fue diputado a las Cortes espa�olas, pero sus cr�ticas a la metr�polis lo obligaron a exiliarse. Saco viaj� por Europa y Estados Unidos y colabor� en diversas publicaciones de la �poca, entre ellas la Revista Bimestre Cubana, de la que fue director.

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