Mision olvido (The Heart Has Its Reasons Spanish Edition): Una novela

Mision olvido (The Heart Has Its Reasons Spanish Edition): Una novela

4.0 1
by Maria Duenas
     
 

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La mejor historia está siempre por vivir. Un giro al destino. Un viaje. Una segunda oportunidad.

Incapaz de recomponer sus propios pedazos, la profesora Blanca Perea acepta a la desesperada lo que anticipa como un tedioso proyecto académico. Su estabilidad personal acaba de desplomarse, su matrimonio ha saltado por los aires. Confusa y devastada, la… See more details below

Overview

La mejor historia está siempre por vivir. Un giro al destino. Un viaje. Una segunda oportunidad.

Incapaz de recomponer sus propios pedazos, la profesora Blanca Perea acepta a la desesperada lo que anticipa como un tedioso proyecto académico. Su estabilidad personal acaba de desplomarse, su matrimonio ha saltado por los aires. Confusa y devastada, la huida a la insignificante universidad californiana de Santa Cecilia es su única opción. El campus que la acoge resulta, sin embargo, mucho más seductor de lo previsto, y la labor de catalogar el legado de su viejo compatriota y profesor Andrés Fontana, fallecido décadas atrás, dista enormemente de ser tan insustancial como prometía. A medida que se afana en vertebrar la memoria de aquel hispanista olvidado, junto a ella va ganando cercanía Daniel Carter, un colega americano veterano y atractivo que no ocupa el sitio que debería ocupar. Entre ambos hombres, uno a través de sus testimonios póstumos y otro con su complicidad creciente, Blanca se verá arrastrada hacia un entramado de sentimientos encontrados, intrigas soterradas y puertas sin cerrar. Antes de encontrar respuestas, Blanca aún tiene mucho que entender.

Con la misma narrativa lírica y personajes inolvidables característicos de El Tiempo entre Costuras, María Dueñas nos regala una segunda novela luminosa, un tributo a las segundas oportunidades, la reconciliación y la reconstrucción.

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Editorial Reviews

La Vanguardia (España)
“Con una prosa limpia y un enorme celo en el trabajo de los aspectos arquitectónicos de la novela, ha logrado una historia que abriga, al tiempo que entretiene.”
El Mundo (España)
“Una escritora que ya es parte de la realidad narrativa contemporánea.”
Volkskrant (Holanda)
“Una obra arquitectónica ingeniosamente estructurada sobre vidas intrigantes.”
Leeuwarder Courant (Holanda)
“Dueñas cumple con las expectativas.”
Baarnsche Courant (Holanda)
“[María Dueñas] ha escrito de nuevo un libro que te hace olvidar el mundo durante unos días.”
Donna Moderna (Italia)
“Una historia que no podrás dejar de leer.”
La Repubblica (Italia)
“La segunda novela de Dueñas despierta el mismo tono de urgencia que El Tiempo entre Costuras.”
Premio Nobel de Literatura - Mario Vargas Llosa
Elogios para El tiempo entre costuras
“Una novela maravillosa, con intriga, amor, misterio y ternura"
La Vanguardia
“Una historia que abriga, al tiempo que entretiene.”
El Mundo
“Una escritora que ya es parte de la realidad narrativa contemporánea.”
El Diario NY
“After the sweeping success of her first book, The Time in Between, the Spanish writer returns to captivate readers with its smooth narrative and thorough research.”

Product Details

ISBN-13:
9781476798295
Publisher:
Atria Books
Publication date:
10/28/2014
Sold by:
SIMON & SCHUSTER
Format:
NOOK Book
Pages:
512
Sales rank:
57,400
File size:
3 MB

Read an Excerpt

Misión Olvido


  • A veces la vida se nos cae a los pies con el peso y el frío de una bola de plomo.

    Así lo sentí al abrir la puerta del despacho. Tan próximo, tan cálido, tan mío. Antes.

    Y, sin embargo, a simple vista, no había motivo para la desazón. Todo permanecía tal como yo misma lo había dejado. Las estanterías cargadas de libros, el panel de corcho repleto de horarios y avisos. Carpetas, archivadores, carteles de viejas exposiciones, sobres a mi nombre. El calendario congelado dos meses atrás, julio de 1999. Todo se mantenía intacto en aquel espacio que durante catorce años había sido mi refugio, el reducto que curso a curso acogía a manadas de estudiantes perdidos en dudas, reclamos y anhelos. Todo seguía, en definitiva, igual que siempre. Lo único que había cambiado eran los puntales que me sostenían. De arriba abajo, en canal.

    Pasaron dos o tres minutos desde mi llegada. Quizá fueron diez, quizá no llegó a uno siquiera. Pasó el tiempo necesario, en cualquier caso, para tomar una decisión. El primer movimiento consistió en marcar un número de teléfono. Por respuesta obtuve tan solo la cortesía congelada de un buzón de voz. Dudé entre colgar o no, ganó lo segundo.

    —Rosalía, soy Blanca Perea. Tengo que marcharme de aquí, necesito que me ayudes. No sé adónde, igual me da. A un sitio en donde no conozca a nadie y en el que nadie me conozca a mí. Sé que es un momento pésimo, con el curso a punto de empezar, pero llámame cuando puedas, por favor.

    Me sentí mejor tras dejar aquel mensaje, como si me hubiera desprendido del mordisco de un perro en mitad de una pesadilla espesa. Sabía que podía confiar en Rosalía Martín, en su comprensión, en su voluntad. Nos conocíamos desde que ambas comenzamos a dar nuestros primeros pasos en la universidad, cuando yo era aún una joven profesora con un escuálido contrato temporal y ella, la responsable de nutrir un recién gestado servicio de relaciones internacionales. Tal vez la palabra amigas nos viniera demasiado grande, puede que su consistencia se hubiera diluido con el paso de los años, pero conocía el temple de Rosalía y estaba por eso segura de que mi grito no iba a caer en el fondo de un saco cargado de olvidos.

    Solo después de la llamada conseguí reunir las fuerzas necesarias para hacer frente a las obligaciones del septiembre que acababa de arrancar. El correo electrónico se abrió como una presa desbordada ante mis ojos y en su caudal me sumergí un buen rato a medida que respondía a algunos mensajes y desechaba otros por trasnochados o carentes de interés. Hasta que el teléfono me interrumpió y contesté con un escueto soy yo.

    —Pero ¿qué es lo que te pasa a ti, loca? ¿Adónde quieres ir tú a estas alturas? ¿Y a cuento de qué vienen estas prisas?

    Su voz arrebatada me devolvió al vuelo la memoria de tantos momentos vividos años atrás. Horas eternas frente al blanco y negro de la pantalla de un ordenador prehistórico. Visitas compartidas a universidades extranjeras en busca de intercambios y convenios, habitaciones dobles en hoteles sin memoria, madrugadas de espera en aeropuertos vacíos. El tiempo había separado nuestros caminos y quizá el músculo de la cercanía había perdido vigor. Pero quedaba la huella, los posos de una vieja complicidad. Por eso le narré todo sin reservas. Con una sinceridad rasposa, omitiendo valoraciones. Sin lamentos ni adjetivos. Sin red.

    En un par de minutos supo lo que tenía que saber. Que Alberto se había ido de casa. Que la supuesta solidez de mi matrimonio había saltado por los aires en los primeros días del verano, que mis hijos ya volaban por su cuenta, que había pasado los dos últimos meses intentando ajustarme torpemente a mi nueva realidad y que, al enfrentarme al nuevo curso, me faltaba la energía para mantenerme a flote en el mismo escenario de todos los años: para agarrarme una vez más a las rutinas y responsabilidades como si en mi vida no hubiera habido un corte tan limpio y certero como el de la carne atravesada por el filo de un cristal.

    Con los noventa kilos de pragmatismo que conformaban el volumen de su cuerpo, Rosalía absorbió de inmediato la situación y entendió que lo último que yo necesitaba eran remedios compasivos o consejos con azúcar. No hurgó por ello en los detalles ni me ofreció su hombro mullido como consuelo. Tan solo me planteó una previsión que, tal como yo anticipaba, bordeó en principio la crudeza.

    —Pues me temo que no lo vamos a tener demasiado fácil, cariño. —Habló en plural, asumiendo de inmediato el asunto como algo propio de las dos—. Los plazos para cosas interesantes llevan meses cerrados —añadió— y a las próximas convocatorias de becas potentes aún les quedan unos meses. De todas maneras, dame un poco de tiempo, porque acabamos de arrancar hace tan solo un rato y aún no sé si en las últimas semanas nos ha entrado algo nuevo, a veces llegan cosas sueltas o imprevistas. Déjame hasta última hora a ver si doy con algo y luego te cuento.

    Pasé el resto de la mañana deambulando por la universidad. Firmé papeles pendientes, devolví libros a la biblioteca, tomé un café después. Nada me absorbió lo bastante, sin embargo, como para obligarme a permanecer paciente a la espera de la llamada. No tuve sosiego, me faltó el valor. A las dos menos cuarto golpeé con los nudillos la puerta entreabierta de su despacho. Dentro, oronda sin complejos y con el pelo teñido de color violeta, trabajaba Rosalía.

    —Iba a llamarte ahora mismo —anunció sin darme siquiera tiempo a saludarla. Señaló entonces la pantalla con el dedo índice recto como un misil y procedió a desgranar las noticias que me tenía reservadas—. He rescatado tres cosas que no están del todo mal, han llegado a lo largo de las vacaciones. Más de lo que yo esperaba, para qué voy a mentirte. Tres instituciones y tres actividades distintas. Lituania, Portugal y Estados Unidos. California, concretamente. Ninguna es una bicoca, ojo, en todas prometen sacarte bien la pringue y poco aportarían a tu currículum, pero menos da una piedra, ¿no? ¿Por dónde quieres que empiece?

    Encogí los hombros mientras apretaba los labios conteniendo lo que tal vez podría haber llegado a ser una minúscula sonrisa: el primer atisbo de ilusión en demasiado tiempo. Ella se ajustó entretanto sus gafas de montura verde chicle, desvió de nuevo la mirada hacia el ordenador y escrutó su contenido.

    —Lituania, por ejemplo. Buscan especialistas en pedagogía lingüística para un nuevo programa de formación docente. Dos meses. Tienen una subvención de la Unión Europea y les exigen un grupo internacional. Y esto es lo tuyo, ¿no?

    Efectivamente, esa era mi área de trabajo. Lingüística aplicada, didáctica de lenguas, diseño curricular. Por aquellos senderos llevaba caminando dos décadas de mi vida. Pero antes de sucumbir al primer canto de sirena, preferí indagar un poco más.

    —¿Y Portugal?

    —Universidade do Espírito Santo, en Sintra. Privada, moderna, mucha pasta. Han montado un máster en enseñanza del español como L2 y buscan expertos en metodología. El plazo termina el viernes, o sea, ya. Un módulo intensivo de doce semanas con horas de clase para parar un tren. No pagan mal, así que imagino que habrá solicitudes a punta de pala. Pero te respaldan tus muchos años en el tajo y nosotros tenemos un rollo estupendo con la Espírito Santo, así que igual no nos resulta demasiado difícil conseguirlo.

    Aquella oferta parecía infinitamente más tentadora que la de Lituania. Sintra, con sus bosques y sus palacios, tan próxima a Lisboa, tan cercana a casa a la vez. La voz de Rosalía me sacó de la ensoñación.

    —Y, por último, California —continuó sin despegar la vista de la pantalla—. Esta posibilidad la veo más en el aire, pero la podemos mirar, por si acaso. Universidad de Santa Cecilia, al norte, cerca de San Francisco. La información que tenemos es bastante escasa de momento: la propuesta acaba de entrar y todavía no he podido pedirles más datos. A primera vista, se trata de una beca que financia una fundación privada, aunque el trabajo se realizaría en la propia universidad. No ofrecen una dotación para tirar cohetes, pero podrías sobrevivir.

    —¿En qué consiste, básicamente?

    —En algo que tiene que ver con una recopilación y clasificación de documentos, y buscan a alguien de nacionalidad española con grado de doctor en cualquier área de las humanidades. —Se quitó entonces las gafas y apostilló—: Se supone que este tipo de becas está destinado a gente con menos nivel profesional que tú, por lo que irías sobrada a la hora de baremar candidatos. Y California, chica, es toda una tentación, así que, si quieres, puedo intentar informarme algo más.

    —Sintra —insistí rechazando el nuevo ofrecimiento. Doce semanas. Lo bastante quizá como para que mis heridas dejaran de escocer. Lo suficientemente lejos como para desvincularme de mi realidad más inmediata, lo suficientemente cerca como para volver con frecuencia si la situación diera tres saltos mortales y todo regresara a su cauce de una vez—. Sintra, sin dudarlo —rematé con rotundidad.

    Media hora más tarde me marché del despacho de Rosalía con la solicitud electrónica enviada. Llevaba también mil detalles en la cabeza, un puñado de papeles en la mano y la sensación de que quizá la suerte, muy, muy de refilón, había decidido al fin ponerse de mi lado.

    El resto del día transcurrió en una especie de limbo. Comí un sándwich vegetal sin hambre en la cafetería de la facultad, seguí trabajando por la tarde medio desconcentrada y a las siete asistí con ganas escasas a la presentación del nuevo libro de un colega del departamento de Prehistoria. Intenté escaparme en cuanto terminó el acto pero, sin fuerzas para negarme, unos cuantos compañeros me arrastraron con ellos en busca de una cerveza fría. Cuando por fin llegué a casa eran cerca ya de las diez. Antes de encender siquiera la luz, en la penumbra aún, vi cómo el contestador automático parpadeaba insistente en una esquina del cuarto de estar. Recordé entonces que había apagado el móvil al empezar la presentación y había olvidado encenderlo a su fin.

    El primer mensaje era de Pablo, mi hijo pequeño. Encantador, incoherente y difuso; con música estruendosa y risas de fondo, me costó trabajo entender sus palabras atropelladas.

    —Madre, soy yo, dónde te metes… Te he llamado al móvil un montón de veces para decirte… para decirte que… que no voy a volver esta semana tampoco, que me quedo en la playa, y que si… que si… que bueno, que luego te sigo llamando, ¿vale?

    Pablo, murmuré mientras buscaba su cara entre los estantes de la librería. Allí estaba, fotografiado decenas de veces. A veces solo y casi siempre con su hermano, tan parecidos los dos. Las sonrisas eternas, el flequillo negro metido en los ojos. Secuencias alborotadas de sus veintidós y veintitrés años. Indios, piratas y Picapiedras en funciones de colegio, soplos de tartas con velas cada vez más numerosas. Campamentos de verano, escenas navideñas. Retazos impresos en papel Kodak, recortes de la memoria de una familia compacta que, como tal, ya había dejado de existir.

    Con mi hijo Pablo todavía danzándome en la mente, pulsé de nuevo la tecla del contestador para escuchar el siguiente mensaje.

    —Eeeeh… Blanca, soy Alberto. No contestas en el móvil, no sé si estarás en casa. Eeeeh… te llamo porque tengo que… mmm… para decirte que… eeeeh… Bueno, mejor te lo cuento después, cuando te localice. Te llamo luego. Adiós, hasta luego, adiós.

    Me inquietó la voz tan torpe de mi marido. De mi exmarido, perdón. No tenía idea de lo que quería decirme, pero su tono anticipaba noticias poco gratas. Mi primer impulso fue, como siempre, pensar en que algo podría haber pasado a alguno de mis hijos. Por el mensaje previo sabía que Pablo estaba en orden; rescaté entonces apresuradamente el móvil de mi bolso, lo encendí y llamé a David.

    —¿Estás bien? —inquirí impaciente nada más oír su voz.

    —Sí, claro, yo estoy bien. Y tú, ¿cómo estás?

    Sonaba tenso. Quizá fuera tan solo una falsa percepción a causa de la distancia. Quizá no.

    —Yo, bueno, más o menos… Lo que pasa es que me ha llamado papá y…

    —Ya lo sé —interrumpió—. A mí también me acaba de llamar. ¿Cómo te lo has tomado?

    —¿Cómo me he tomado qué?

    —Lo del niño.

    —¿Qué niño?

    —El que va a tener con Eva.

    Sin pensar, sin percibir, sin ver. Con la misma sensibilidad que un mausoleo de mármol o el bordillo de una acera, así permanecí colgada del vacío durante un tiempo cuya extensión me resultó imposible medir. Cuando fui otra vez consciente de la realidad, volví a escuchar la voz de David gritando desde el teléfono caído en mi regazo.

    —Sigo aquí —respondí por fin. Y sin darle tiempo a indagar más, concluí la conversación—. Todo está bien, luego te llamo.

    Me quedé inmóvil en el sofá, contemplando la nada mientras trataba de digerir la noticia de que mi marido iba a tener un hijo con la mujer por la que me había dejado apenas dos meses atrás. El tercer hijo de Alberto: ese tercer hijo que nunca quiso tener conmigo a pesar de mi larga insistencia. El hijo que nacería de un vientre que no era el mío y en una casa que no era la nuestra.

    Noté que la angustia me ascendía incontenible desde el estómago, anunciando bocanadas de náusea y desolación. Con zancadas presurosas, tambaleándome y chocando contra las paredes y los quicios de las puertas, conseguí a duras penas llegar al cuarto de baño. Me abalancé sobre el inodoro y, de rodillas en el suelo, vomité.

    Aún me mantuve así durante un rato infinito, con la frente apoyada contra la frialdad de los azulejos de la pared mientras intentaba encontrar una mota de coherencia en medio de la confusión. Cuando logré levantarme, me lavé las manos. Lenta, minuciosamente, dejando el agua y la espuma correr entre los dedos. Me cepillé luego los dientes, a conciencia, dando tiempo a que mi cerebro trabajara sin prisa en modo paralelo. Volví por fin al cuarto de estar. Con la boca y las manos limpias, el estómago vacío, la mente en orden y el corazón seco. Busqué mi móvil, lo encontré caído sobre la alfombra. Localicé un número, pero no respondió nadie. Una vez más, dejé mi mensaje en el buzón de voz.

    —Soy Blanca otra vez. Cambio de planes. Tengo que irme más lejos, más tiempo, inmediatamente. Averigua lo que puedas sobre la beca de California, por favor.

    •  •  •

    Nueve días después aterrizaba en el aeropuerto de San Francisco.

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