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Misterio en el campamento
     

Misterio en el campamento

by Jose Luis Navajo
 

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In this story filled with humor, suspense, and mystery, Randy and his friends trek to an abandoned lighthouse. They see a light and someone peeking out a window—a surprise, given that it is said to be uninhabited. Wondering who could be in the empty tower and why—and why they have been told to stay away from it—they decide to investigate.

Overview

In this story filled with humor, suspense, and mystery, Randy and his friends trek to an abandoned lighthouse. They see a light and someone peeking out a window—a surprise, given that it is said to be uninhabited. Wondering who could be in the empty tower and why—and why they have been told to stay away from it—they decide to investigate.

 

En esta historia llena de humor, suspense y misterio, Randy y sus amigos van de excursión a un faro abandonado. Ven una luz y una persona asomándose por la ventana—una sorpresa, ya que se supone que está deshabitada. Preguntándose quién podría estar en aquella torre vacía y por qué—y por qué se les ha dicho que no la pueden visitar—ellos deciden investigar.

Product Details

ISBN-13:
9788493636807
Publisher:
Ediciones Noufront
Publication date:
09/01/2010
Series:
Misterio
Edition description:
Second edition
Pages:
144
Product dimensions:
5.40(w) x 8.20(h) x 0.40(d)
Age Range:
9 - 12 Years

Read an Excerpt

MISTERIO en el Campamento


By José Luis Navajo

Thomas Nelson

Copyright © 2011 José Luis Navajo
All right reserved.

ISBN: 978-84-92726-91-2


Chapter One

UN FINDE ESTUPENDO

El cole es un rollo.

Los mayores dicen que es muy importante. ¡Claro!, como ellos no tienen que ir.

Que me presenten a alguien de mi edad que diga que el colegio es muy bonito y muy importante y muy divertido y ... bueno, todo eso.

¿Ramón, el empollón de mi clase?

No. Ese no me vale.

Yo estoy hablando de personas normales, no de individuos que se llevan el libro de Sociales al water para "renovar la mente mientras que renuevan el cuerpo".

Porque ni en mi clase, que es 5° B, ni en todo el colegio, hay otro caso perdido como Ramón.

Al que comprendo perfectamente es a Nacho cuando dice "¿Por qué tenemos que aprender inglés si nunca vamos a ir a Inglaterra?, ¿Para qué tenemos que aprender números quebrados si no hacen falta para ser futbolista?"

Desde luego tiene más razón que un santo, porque vamos, si quitaran el recreo y la educación física, ya no habría ser humano que pudiera aguantar el colegio. ¡Vaya! Sin querer me ha salido la frase que mi madre dice de mí. "Hija mía, a veces no hay ser humano que te aguante".

Bueno, así que estamos de acuerdo. El cole es un rollo.

Lo único bueno del cole es que te hace apreciar el finde, porque después de cinco días de tortura, una está deseando que llegue ese momento mágico en el que te levantas de la cama cuando quieres, lees lo que quieres, y haces "casi" lo que quieres.

Lo que de verdad es raro, es que me paso toda la semana levantándome a las ocho con un sueño insoportable y el sábado me despierto a las siete sin una gota de sueño. Este es un fenómeno rarísimo que los científicos deberían estudiar.

Pero lo peor de lo peor, es lo incomprendida que me siento por mis padres, porque fíjate tú, de lunes a viernes ellos me obligan a levantarme aunque esté muerta de sueño, y para un día, el sábado, que voy yo a despertarles, me sueltan un "bocinazo"; y como se me ocurra insistir, aunque sea un pelín, me tiran las zapatillas a la cabeza.

Ya lo dice Nacho: "¿Por qué tenemos que hacer siempre lo que ellos dicen y luego ellos hacen lo que les da la gana?"

La verdad es que el pobre Nacho se pasa la vida preguntando.

Así que, este sábado, después de decir a mis padres que quería desayunar y escuchar por respuesta "¡¡Son las siete menos cuarto de la mañana. Vete al salón y déjanos dormir!!" –y eso que tuve que decírselo cinco veces porque no se despertaban–. Agarré mi cómic de Mortadelo y Filemón y me tumbé en el sillón a leer.

La verdad es que hoy me desperté un poquito antes que otros sábados, pero es que quería dejar todas mis cosas preparadas para el próximo finde. Mi madre me diría que para qué quería preparar la maleta una semana antes, pero ella no tiene ni idea del montón de cosas que hacen falta cuando una va a pasar un finde ... ¡de campamento!

Sólo de pensarlo notaba cosquillas en el estómago.

Tiré el cómic al suelo y fui corriendo a mi habitación para empezar a preparar todo lo que iba a llevarme.

Primero saqué los cuatro pantalones que tengo y los amontoné. Luego los cuatro jerséis. Pero, ¿y si hacía calor? Entonces también metí en la maleta tres camisetas de manga corta y dos pantalones cortos. ¡Ah! El chándal, no se me podía olvidar, y también el bañador; estábamos en febrero pero nunca se sabe.

¿Por qué guardará mi madre las cosas tan altas? Tuve que traer una silla de la cocina para alcanzar el bañador y la toalla.

Seguro que tú lo comprendes. Con diez años –aunque ya casi tengo once–, una no puede llevar una silla gigantesca en brazos. Tiene que arrastrarla. ¿Qué culpa tengo yo de que fueran las siete de la mañana del sábado? Y otra cosa que seguro tú puedes comprender es que una niña no puede rebuscar entre un montón de ropa que está en la parte más alta del armario sin que se le caiga algo.

Lo comprendes, ¿verdad? Pues fíjate, mi madre no.

Cuando me caí de la silla y quedé enterrada por toda la ropa que cayó sobre mí, casi me asfixio, pero ... lo peor de lo peor llegó cuando por fin conseguí asomar la cabeza. Lo que vi fue una imagen terrorífica, me acordé de la foto de Freddy Krugger que un día me enseñó Nacho, pero esto era más siniestro. Se trataba de mi madre que, aunque tenía los ojos medio cerrados por el sueño, me miraba con un odio que daba escalofríos.

No tenía los dedos con cuchillas como las de Freddy Krugger, pero los potingues que se da en la cara al acostarse y su manera de apretar los dientes me dieron verdadero terror. Inmediatamente, intervino mi instinto de supervivencia y le grité:

- ¡Mamá! ¿Te acuerdas de lo que hablaron en la iglesia el domingo pasado?

Ella apretó mucho más los dientes y se marchó moviendo la cabeza, como sin poder creerse lo que estaba viviendo, y es que ese domingo, en la escuela dominical, habíamos estado repasando los diez mandamientos, y sobre todo comentaron el de "no matarás". Así que yo toqué su fibra sensible y me libré de una buena. A veces tengo unos reflejos de los que yo misma me sorprendo.

Sí, fue una experiencia alucinante, pero el susto se me pasó muy pronto al pensar que el próximo finde sería estupendo ... estupendo de verdad.

Chapter Two

YO Y MIS AMIGOS

Ya que salí viva del episodio de antes, es mejor que me presente, así, si en la próxima no sobrevivo, por lo menos ya me conoces.

Soy Miriam y tengo diez años, aunque estoy a puntito de cumplir los once. Algunos me llaman Mimi; y a mí me gusta aunque, por otro lado me siento rara, porque vale que a un bebé le llamen cosas de esas, pero hombre, a una persona adulta como yo ... no pega ni con cola.

Ahora os quiero presentar a mis amigos, porque lo que pasó en ese fantástico finde de campamento, nos sucedió a mí y a mis amigos. Papá siempre dice: "No se dice, yo y mis amigos; se dice, mis amigos y yo". Pero si no estoy yo, ¿cómo voy a hablaros de mis amigos? Primero tendré que estar yo para poder hablar de ellos. Pues no, algo tan claro y no lo entienden. En fin, cosas de padres. Hay que tener una paciencia con ellos.

Tengo buenos amigos en el cole: Laura, Irene, Delia, Nacho, que es "el preguntón", Ramón, que no me cae muy bien, pero como a veces me da un poco de su Phoskitos en el recreo, es casi mi amigo.

Pero mis mejores amigos son los que tengo en la escuela dominical. La verdad, es que me resulta más fácil ser amiga de ellos. No dicen palabrotas, creo que no mienten, y casi no pegan cuando están enfadados. Me parecen más "guays".

Además, el verano pasado me fui con ellos de campamento de quince días y, como dice mi papá, "eso une mucho".

Aparte de los de verano, a veces se organizan otros campamentos de finde y, aunque son muy cortos, también son divertidos. Como éste que os voy a contar.

Pero bueno, vayamos por partes. Primero os presento a mis amigos.

Me llevo bien con todos. La verdad es que somos muy poquitos. Mi papá dice que es porque la iglesia es muy nueva. Por eso estoy deseando que la iglesia sea vieja, para que seamos muchos.

Pero, aunque hay pocos niños, los que hay son todos muy majos. Ya lo dice mi madre, "es normal que te entiendas mejor con unos que con otros".

Mis mejores amigos son: Noa que tiene nueve años, pero piensa como una niña de doce; Dani, que también tiene nueve años, pero piensa como un niño de seis y Josué, que acaba de cumplir los diez años. Pero con el que mejor me entiendo es con Randy.

Randy es el perrito de Dani, y aunque él no va a la escuela dominical, la verdad es que le quiero un montón. Es un Yorkshire de esos enanos que tienen más pelo que Sansón antes de que Dalila se lo cortara.

La primera vez que le vi me dio mucha pena verle enterrado bajo ese montón de pelo. Sobre todo me daba lástima que no se le viesen los ojos. Pensé que tenía que pasarlo fatal sin ver y que podría darse contra un árbol o meterse en un charco, así que, un día que Dani se marchó y me dejó un rato cuidando a Randy, busqué las tijeras con las que mamá me corta las uñas y con ellas le devolví la vista.

Que ¿cómo lo hice?, pues muy fácil. Le corté todo ese pelo inútil que le tapaba los ojos. Luego me quité la goma con la que sujetaba mi pelo en una coleta y le recogí la melena que le caía por los lados de la cara, juntándosela sobre la cabeza, justo entre las dos orejas.

Cuando llegó Dani se lo enseñé orgullosa.

Él se quedó parado de lejos, abrió mucho los ojos y se llevó la mano a la boca, como a punto de gritar. Pero no gritó, sólo le salía un hilito de voz cuando me dijo:

- Pero, Miriam, ¿qué has hecho?, ¿dónde has echado el pelo de Randy?, ¿qué le has puesto en la cabeza?, ¿cómo se te ocurre hacerle una coleta?, ¿tú no sabes que Randy es macho y no hembra?

Parecía que nunca iba a dejar de hacer preguntas, pero lo peor fue cuando dejó de hacerlas, porque entonces deshizo la coleta de Randy y descubrió que le faltaba pelo.

A mí me pareció terriblemente injusto. No sólo no me dio las gracias, sino que estuvo una semana sin hablarme. Desde luego, hay personas que no saben cómo tratar a los animales. Pero, aunque él no me hablaba, yo le dije bien clarito:

- ¡Pues ya me gustaría que te pusieran a ti un montón de pelo pegado a los ojos, a ver que tal te apañabas para ver!

Si yo tuviera un perrito, sí que lo iba a cuidar bien. Ya se lo he pedido mil veces a mis padres, pero ellos no quieren. Dicen que tener a un perro en un piso es hacerle sufrir, pero luego, cuando vemos a un perro sólo por la calle, dicen: "pobre animal". A mí que me lo expliquen: Tenerlo en el piso es hacerle de sufrir, y si está por la calle es un "pobre animal". Quien los entienda que los compre.

Bueno, volviendo a las presentaciones. Luego están Ricardo, Alicia y Patricia, ésta la presento la última porque es la más gruñona del grupo.

Un día les dije a mis padres que Patri, así llamamos todos a Patricia, se pasaba el día quejándose y gruñendo por todo, y mamá miró al cielo y luego me dijo: "¡Ay, hija mía! De todo hay en la viña del Señor." Yo no la dije nada, pero no consigo entender qué tienen que ver las uvas con el mal humor de Patri.

Bueno, no quiero olvidarme de presentar a tres personas muy especiales: Son los profesores de la escuela dominical, o mejor dicho, dos profesoras que son María y Rosi, y un profesor que se llama Javi. Como ves, hay casi tantos profes como niños. Pero, ya verás, cuando la iglesia sea vieja seguro que seremos un montón de niños y harán falta más profes.

He dicho que son personas muy especiales porque para aguantarnos a nosotros hay que ser especial. ¡Qué paciencia tienen los pobres!

Lo más bonito es que se nota que nos quieren mucho a pesar de las trastadas que les hacemos. ¡Fíjate si nos querrán que no sólo nos aguantan los domingos, sino que entre semana a veces nos llaman y, para colmo, son capaces de pasar un finde con nosotros, como ocurrió en el campa que luego os voy a contar. En fin, que nuestros profes son los mejores del mundo.

Estoy pensando que si me pongo a explicarte como son cada uno de mis amigos, esta historia te va a resultar un rollo porque, la verdad, nuestras vidas no son nada emocionantes, sino más bien tirando a normalitas.

Lo que sí es emocionante de verdad es lo que nos pasó. Así que es mejor que los vayas conociendo mientras te cuento lo que ocurrió en el mejor finde de todos los findes.

El finde del campamento.

Chapter Three

NOS VAMOS DE CAMPA

Entre madrugones, mates, lengua y las preguntas de Nacho, la semana pasó muy rápido y ya era viernes por la tarde.

Junto a la puerta de casa estaba mi maletita preparada. Sí, digo maletita porque el sábado anterior por la mañana yo había preparado un verdadero maletón, pero en cuanto mi madre -aquella que se parece a Freddy Krugger cuando la despiertas un sábado a las siete menos cuarto-, pues eso, que en cuanto ella se levantó, me la requisó, la abrió, comenzó a vaciarla y mientras revisaba lo que yo había echado no paraba de soltar exclamaciones:

- Pero, ¡hija mía! ¿Para qué has echado todo esto? ¡Válgame, si ha echado el bañador y todo!, pero ¡madre mía!, has vaciado el armario. ¿A dónde te crees que te vas? ¡si es sólo un fin de semana!

Total, que se empeñó en que para pasar dos días era suficiente con llevar dos pantalones largos, dos jerséis, un pijama y el chándal.

- ¿Sólo eso?– La pregunté.

- Sólo eso –Me contestó.

- Pero, ¿no puedo llevar nada más?

- Nada más.

Es importante que sepas, que cuando mi mamá contesta sin dudar ni un segundo y sus respuestas son tan cortas, significa que es inútil intentar negociar con ella. Es mejor que te calles y la hagas caso. Ella es de ideas fijas y no vale la pena intentar sobornarla. Te lo digo por si alguna vez te la encuentras, este consejo puede salvarte la vida. Con mi madre no se juega. Papá la dice a veces: "Cariño, eres una mujer de carácter".

- ¿Y por qué cuatro mudas interiores? -La pregunté.

- Para que no huelas mal y por si te pilla un coche y te llevan al hospital.

Ahora ya conoces su segunda gran virtud: mi madre es muy positiva. Yo no podía entender que tuviera que llevar más mudas interiores que pantalones, pero había más cosas que no me cuadraban, así que seguí protestando, o sea, jugándomela.

- Si son sólo dos días. ¿Por qué tengo que llevar el cepillo de dientes, el jabón y el desodorante?

Ella me respondió sin dudar un instante.

- Y si eres una señorita de diez años, ¿por qué eres tan cochina?

Ya lo ves. Me la estaba buscando y la encontré. Pero estarás de acuerdo en que algunas madres no tienen consideración. Te dan unas contestaciones que te dejan la moral por los suelos.

Ya lo decía Nacho en una excursión que hicimos con el cole. Por si lo necesitas, te explicaré que un día de excursión es uno de esos extraños días en los que nuestros padres no tienen que llamarnos quince veces para que nos levantemos de la cama y vayamos al colegio. Pues eso, que aquel día, por lo visto, Nacho quería llevarse a la excursión la Game Boy, el MP3 y hasta el reproductor de DVD portátil; pero su madre le dijo que no se iba a estudiar un año a Oxford, que sólo iba a ver el Museo de Ciencias Naturales, y que para eso es suficiente con llevar un bolígrafo, la libreta de apuntes y un Bollycao, por si te entra hambre. Él no paró de protestar durante todo el camino, y dijo una frase que ahora, delante de mi maletita, resonaba en mi memoria: "Si somos nosotros los que vamos de excursión, ¿por qué tenemos que llevar lo que a nuestros padres les da la gana?"

Pobre Nacho, su vida es una continua pregunta. Pero hay que reconocer que tenía razón.

Bueno, a lo que vamos. Yo agarré mi maletita, aunque primero me hice la despistada para ver si la llevaba papá, pero él dijo que si era mayor para pasar un fin de semana fuera de casa, también lo era para cargar con mi equipaje.

Desde luego, hay padres que no se ablandan ni cuando sus hijos van a pasar todo un finde lejos de ellos.

Cuando salí del ascensor y habíamos caminado cinco metros, mi maletita empezó a parecerme bastante grande y mi madre bastante buena. Empecé a dar gracias a Dios por toda la ropa que ella había decidido sacar y llegué a pensar que con las cuatro mudas por si me pillaba un coche y tenía que ir al hospital– y el chándal, habría sido suficiente.

En el camino me paré muchas veces y resoplaba, haciendo que me secaba el sudor mirando a mis padres con cara de cansancio. Yo esperaba que se apiadaran de mí y llevaran la maleta, pero ellos se hicieron los despistados de maravilla y pasaron totalmente. Al final volví a agarrarla y a tirar de ella con un mosqueo que no veas. Ya se acordarán de mi cuando me case y entonces se arrepentirán de no haberme llevado la maleta.

Por fin llegamos a la puerta de la iglesia, que era el lugar donde nos recogería el autobús. La mayoría ya estaban allí. Enseguida vi a Dani y a su perro Randy.

(Continues...)



Excerpted from MISTERIO en el Campamento by José Luis Navajo Copyright © 2011 by José Luis Navajo. Excerpted by permission of Thomas Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Meet the Author

José Luis Navajo is a journalist, a radio commentator, and the author of El cincel de Dios, Eduquemos a nuestros hijos, Misterio en Navidad, and No bailes con la muerte.

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