moral Cristiana, La: En el aliento divino

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Fundamentos de la fe católica:
serie ministerio pastoral

Enfatizar los aspectos “terrenales” del Reino de Dios y de la vida cristiana no equivale a decir que la meta sea convertirnos en activistas sociales. Muchos de nosotros podemos identificar importantes obligaciones morales surgidas de nuestra condición de padres, hijos e hijas, hermanos y hermanas, amigos, trabajadores, etc. Algunos de nosotros estamos sanos, algunos sufrimos carencias y ...

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Fundamentos de la fe católica:
serie ministerio pastoral

Enfatizar los aspectos “terrenales” del Reino de Dios y de la vida cristiana no equivale a decir que la meta sea convertirnos en activistas sociales. Muchos de nosotros podemos identificar importantes obligaciones morales surgidas de nuestra condición de padres, hijos e hijas, hermanos y hermanas, amigos, trabajadores, etc. Algunos de nosotros estamos sanos, algunos sufrimos carencias y enfermedad. Algunos de nosotros gozamos de gran influencia en la vida pública; muchos de nosotros, no. Nuestra colaboración con Dios para la realización de su Reino puede variar significativamente de persona a persona. Todos debemos atender a nuestro prójimo según nuestras posibilidades y así contribuir en la obra de Dios. Debemos cuidar el jardín en el que estamos.
 —Del capítulo II

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Product Details

  • ISBN-13: 9780829423730
  • Publisher: Loyola Press
  • Publication date: 5/1/2009
  • Language: Spanish
  • Series: Catholic Basics: A Pastoral Ministry Series
  • Edition description: First Edition
  • Pages: 128
  • Product dimensions: 5.40 (w) x 8.40 (h) x 0.40 (d)

Meet the Author

Russell B. Connors Jr., PhD, es originario de Cleveland, Ohio. Estudió ética cristiana en la Academia Alfonsiana, en Roma, Italia, donde obtuvo un doctorado en 1983. Dio clases en la facultad del St. Mary Seminary, en Cleveland, desde 1983 hasta 1995 y ahora enseña en College of St Catherine, en St. Paul, Minnesota. De 1990 a 1991 el Dr. Connors fue miembro de la Sociedad de Bioética en el National Institute of Health ubicado en Bethesda, Maryland, y ha fungido como consultor para los comités de ética de algunos hospitales y clínicas para ancianos. Ha publicado numerosos artículos sobre ética cristiana en diversas publicaciones especializadas, y con Patrick T. McCormick (Gonzaga University), e coautor de Character, Choices, and Community: The Three Faces of Christian Ethics, publicado por Paulist Press.

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Read an Excerpt

moral Cristiana, La

En el aliento divino
By Russell B. Connors

Loyola Press

Copyright © 2009 Russell B. Connors
All right reserved.

ISBN: 9780829423730

Acerca de la serie Fundamentos de la fe católica: serie ministerio pastoral ofrece una comprensión profunda y accesible de los fundamentos de la fe católica a los adultos que se preparan para un ministerio laico y a quienes se interesan en su propio crecimiento personal. La Serie ayuda a los lectores a explorar la Tradición católica y aplicar lo aprendido a su propia vida y situaciones ministeriales. Cada título ofrece una confiable introducción a un tema específico y proporciona una comprensión fundamental de los conceptos.
Cada ejemplar de la serie presenta una comprensión católica de sus temas respectivos, tal como se encuentran en la Escritura y en la enseñanza de la Iglesia. Los autores han puesto atención especial a los documentos del Concilio Vaticano II y al Catecismo de la Iglesia Católica, de manera que por medio de estas fuentes esenciales puede emprenderse un estudio ulterior.
Los capítulos concluyen con preguntas de estudio que pueden usarse en grupos pequeños o en la reflexión personal.
La iniciativa de la National Conference for Catechetical Leadership (NCCL) llevó al desarrollo la versión anterior de esta serie. La indispensable contribución del editor de la serie, Dr. Thomas Walters, ayudó a asegurar que los conceptos e ideas presentadas aquí fuesen fácilmente accesibles a una mayor audiencia.
Normas para certificación: materiales para el ministerio eclesial Cada libro en esta serie de teología hace referencia a las normas para certificación identificadas en los documentos que se mencionan más abajo. Tres organizaciones nacionales para el ministerio eclesial han aunado su experiencia profesional para ofrecer en un sólo documento las normas que deberán observarse en la preparación de ministros capacitados para dirigir la catequesis parroquial, la pastoral juvenil y los coordinadores de la pastoral parroquial. Un segundo documento presenta las normas para la certificación de los demás ministros pastorales. Ambos documentos también incluyen las aptitudes personales, teológicas y profesionales que deberán cultivar los que participan en todos los ministerios eclesiales.
 Normas Nacionales para Certificación de Ministros Eclesiales Laicos para los Dirigentes de la Catequesis Parroquial, Dirigentes de la Pastoral Juvenil, Asociados Pastorales, Coordinadores de Vida Parroquial. National Conference for Catechetical Leadership, Washington, D.C., 2003.
 Normas Nacionales para Certificación de Ministros Pastorales: National Association for Lay Ministry, Inc. (NALM), 2005.
Ambos documentos presentan la amplia gama de conocimientos y aptitudes que exigen los ministerios catequéticos y pastorales de la Iglesia y establecen las pautas necesarias para desarrollar programas de capacitación que incluyan todos los aspectos que las organizaciones responsables de su desarrollo han considerado importantes para esas tareas. Esta Serie para el ministerio pastoral se ofrece como complemento a los ministros pastorales para facilitar el logro de estas metas.
La constatación de que existen objetivos comunes permite identificar un fundamento unificador para quienes preparan a los agentes pastorales para el ministerio. Se pueden obtener copias de este documento llamando directamente a estas organizaciones o visitando sus páginas digitales:NALM
6896 Laurel St. NW
Washington DC 20012
202-291-4100
202-291-8550 (fax)
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Prefacio Debo agradecer a aquellos que han sido mis colaboradores. Primero, al Obispo Anthony Pilla, de la diócesis de Cleveland, Ohio, y al grupo de colegas del St. Mary Seminary en Cleveland por hacer la invitación y por ofrecer un lugar para estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) cuando fue publicado por primera vez hace varios años. Esas conversaciones, que condujeron a una serie de artículos del Obispo Pilla en torno al Catecismo, continúan alimentándome con ideas y aportaciones mientras escribo la presente obra. Estoy en deuda con Amy Clancy y Rita Chilar del Departamento de Teología del College of Saint Catherine, donde actualmente soy profesor; su corrección del manuscrito original en inglés ha sido útil, así como la “asistencia técnica” de Rita, quien me ayudó a descifrar algunos de los misterios de mi computadora. Mi gratitud también a mi esposa Patty, no sólo por sus correcciones al manuscrito, sino también por escuchar mis ideas, especialmente durante el desayuno.
Introducción Hace años, cuando empezaba a estudiar teología moral, un amigo se gozaba riéndose de mí a causa del objeto de mi estudio. Su área de especialización era la fe cristiana en sí. Cuando acudíamos a reuniones sociales y la gente nos preguntaba qué estudiábamos, él respondía rápidamente: “Yo me concentro en Dios, el amor, la gracia y el Espíritu Santo”. Luego, la pregunta se dirigía hacia mí, pero antes de que yo pudiese explicar lo que estudiaba, mi amigo intervenía diciendo: “Oh, él estudia teología moral. Ya saben, todo lo que tiene que ver con la reglas y normas del catolicismo. Ese es el lado oscuro del Evangelio. Pero alguien lo tiene que hacer”.
“El lado oscuro del Evangelio”. Si este libro tiene un propósito central es precisamente probar que mi amigo está equivocado. La moral cristiana no es otra cosa que vivir en Cristo, vivir en el amor, la gracia y el Espíritu de Cristo, el Espíritu de Dios.
¿Es difícil seguir a Cristo? ¿Es una lucha ser fiel al Evangelio? ¿Puede dejarnos exhaustos el dedicarnos a construir el Reino de Dios (de amor y justicia) en esta tierra? ¡Por supuesto! Sin embargo, esto es algo muy diferente que decir “el lado oscuro del Evangelio”. Cualquier cosa más que esto implique, la moral cristiana comienza con la experiencia de que somos amados por Dios de una manera inimaginable. Vivir según la moral cristiana es nuestro intento de responder al regalo de ese amor. El objetivo principal de este libro es coincidir en esa convicción mientras damos una mirada a algunos de los temas y dimensiones importantes de la moral cristiana.
He intentado escribir en un estilo sencillo, sin tecnicismos, invitando al lector a reflexionar sobre su propia experiencia, como personas cristianas morales. Aun cuando cada capítulo explora un concepto diferente de la moral, todo el esquema del libro está basado en la misma lógica general. Los primeros dos capítulos van de la mano. Con énfasis diferentes intentan responder a la pregunta: “¿Qué es exactamente la moral cristiana?”. El capítulo 1 centra su atención en Dios. La vida moral cristiana consiste en responder al amor de Dios, por lo tanto, reflexionaremos primero en la naturaleza de ese amor. El capítulo 2 se centra en nosotros mismos. La moral cristiana tiene que ver con nuestra llamada a tomar parte activa en la construcción del Reino de Dios.
El capítulo 3 se concentra en la realidad de la conciencia. Propongo una triple manera de abordar la conciencia, lo cual nos remite a un modelo especial en la toma de decisión del cristiano. El capítulo 4 vuelve su atención a lo que puede llamarse “dinámica” de la vida cristiana. Vamos a considerar la naturaleza del pecado y de su poder en nuestra vida personal y en el mundo. Pero, lo que es más importante (porque donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia) es la reflexión en torno a la fe en la resurrección y la esperanza cristiana, y el impacto que éstas tienen en el proceso humano de conversión. Creo que este capítulo está repleto de buenas noticias.
Los últimos tres capítulos se centran en áreas específicas de la responsabilidad (moral) cristiana. El capítulo 5 da un vistazo a algunas convicciones importantes sobre la promoción de nuestra salud y la preservación de la vida humana; esto implicará una rápida incursión en la ética de la medicina, desde una perspectiva católica. El capítulo 6 aborda algunas ideas y temas importantes en torno a la sexualidad humana, siendo la más importante entre ellas el bien y el carácter sagrado de la sexualidad y nuestra llamada a llevar nuestra vida sexual, no sólo con gozo y deleite, sino también con honestidad y responsabilidad. El capítulo 7 presenta algunas convicciones clave de la Doctrina Social de la Iglesia, con especial énfasis en la dignidad humana, los derechos humanos (especialmente los derechos económicos) y lo que el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) llama “el amor preferencial por los pobres”.
El recurso principal de este libro es el CIC. Los lectores harán bien en tener un ejemplar del Catecismo a la mano. En ocasiones, citaré literalmente el texto del Catecismo, otras veces me referiré simplemente al número del párrafo del mismo. Mucho de lo que presento en este libro está en consonancia con las ideas de importantes teólogos católicos contemporáneos. Para ser honestos, el objetivo del libro no es proporcionar un comentario detallado de todas las secciones del CIC que tienen que ver con la moralidad, sino, más bien, presentar el panorama general de la vida moral cristiana, partiendo desde el Catecismo de la Iglesia Católica. Si este libro ayuda a entender lo que significa responder el amor de Dios, y si ayuda a entender el vínculo que hay entre esa respuesta y algunas de las cuestiones morales de tu vida personal, entonces mis esfuerzos habrán dado fruto. Capítulo 1
La moral cristiana y el amor de Dios Mike
Es admirable hablar con Mike. Por una parte, él es el mismo Mike de hace años: obstinado, decidido, soltero crónico y con opiniones estridentes que lo presentan como una persona muy ruda. Por otra parte Mike es diferente: está enamorado. Esta es la mejor manera de decirlo. Se nota que hay alegría en su interior y cuando lo escuchan hablar irradia espontaneidad. Mike se esfuerza por expresar lo que está sintiendo. En efecto, con lucidez me dijo en cierta ocasión: “¡Mira nada más!, antes yo era feliz, pero no como hoy. No sé realmente de dónde llegó María o cómo encontro el camino que la trajo a mi vida, pero pienso que voy a pasar el resto de mi vida dando gracias y tratando de responder al regalo que ella representa para mí”.Desde el Catecismo: párrafo 1692
Quizá parezca extraño, pero hay una conexión entre la experiencia de Mike, la moral cristiana y lo que expone este libro.
María “paró en seco” a Mike. Según sus palabras, ella es un “regalo” y nos da señales de que quiere emplear el resto de su vida; no sólo mostrando su agradecimiento, sino respondiendo al regalo excepcional que para él representa el amor de María, es decir, María misma.
¿Qué significa vivir según la moral cristiana? No es otra cosa que reconocer el asombroso regalo de la presencia amorosa de Dios en nuestra vida y nuestro continuo esfuerzo por responder a ese amor. Eso es todo. Vivir nuestras vidas como cristianos puede que no siempre sea fácil (lo cual ya sabemos), aunque esto no parezca ser algo complicado. Dios nos ama extraordinariamente, de manera especial mediante la persona y la obra de Jesucristo. Los cristianos son aquellos que saben esta verdad y emplean su vida para agradecer y responder al don del amor de Dios. Que las siguientes páginas e ideas de ninguna manera obscurezcan o interfieran con este sencillo pero profundo concepto de lo que es la vida cristiana.
Si la vida cristiana consiste en responder al amor de Dios, entonces, es importante reflexionar sobre ese amor y lo que implica responder a él. Este es el primer tema que habrá de abordarse en el presente capítulo. Después, relacionaré esta respuesta con el Espíritu Santo y propondré que la vida cristiana significa vivir en el Espíritu. El capítulo concluye con una reflexión centrada en la vida sacramental, sobre todo en torno al Bautismo y a la Eucaristía.La moral cristiana como respuesta al amor de Dios
Si vivir la moral cristiana puede entenderse –en sentido amplio– como una vida de respuesta al amor de Dios, entonces, es importante comenzar señalado algunas cosas acerca de ese amor. Pero, ¿qué puede decirse acerca de Dios y del amor de Dios? Responder a esta pregunta es, incluso, más difícil que pedirle a Mike que describa a María; las palabras se quedarán cortas. Sin embargo, sugiero analizar tres nociones que requieren nuestra atención.
Primero, es importante que recordemos una convicción cristiana elemental: Dios es amor. Esto no equivale a la repetición de un par de versos de la Primera Carta de Juan en el Nuevo Testamento (ver 1 Juan 4:8 y 16), sino de una enseñanza que abarca, tanto el Antiguo, como el Nuevo Testamento. Los israelitas creían, por ejemplo, que la acción salvadora de Dios en favor suyo los rescató de la esclavitud en Egipto y los ayudó a iniciar el peregrinaje hacia su propia tierra. Esta intervención de Dios reveló no sólo lo que Dios podía realizar, sino también quién era Dios: un Dios de amor sumamente impresionante. Una y otra vez las parábolas de Jesús, particularmente el relato de Lucas sobre el hijo pródigo (ver 15:11–32), llamada más propiamente, quizá, la historia del padre amoroso, nos revelan, no algo, sino alguien: Dios, cuyo amor es tan incluyente que es apropiado decir que Dios es amor.
Lo anterior no debe parecernos extraño. Aquí resulta útil un ejemplo tomado del amor humano. Mike sabe que ha recibido un maravilloso regalo. No recibió algo de María; recibió a María misma. Esto es amor genuino, ¿no es así? Se trata del don de sí mismo al otro. Cuando amamos a alguien, le damos el don que somos –nuestra mente, corazón, tiempo, talento, esperanzas y preocupaciones. Entre más totalmente amemos, más completo será el regalo. Esto no significa que nosotros, al experimentar el regalo de la presencia y el amor de Dios en nuestra vida, hayamos recibido “todo lo que Dios es”. Dios es también un misterio. Para usar una imagen espacial, que incluso se queda corta con respecto a la realidad; Dios es “más grande” que lo que nuestra mente y nuestro corazón son capaces de recibir. Aun así, lo que conocemos de Dios es real. Creemos que Dios nos ama de tal manera que revela no sólo lo que Él hace, sino también lo que Él es.
Una segunda dimensión del amor de Dios, a la cual debemos poner atención, está expresada en una pregunta: “¿Cómo nos ama Dios?”. Probablemente hay cien respuestas correctas a esa pregunta. Sin embargo, hay una que parece ser la más cercana al corazón de la fe cristiana: Dios nos ama gratuitamente. El autor de la Carta a los Efesios expresó acertadamente la gratuidad del amor de Dios.Pero Dios, que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor, aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos volvió a la vida junto con Cristo –¡por pura gracia han sido salvados!–, nos resucitó y nos sentó junto a Cristo Jesús en el cielo. De este modo quiso mostrar a los siglos venideros la inmensa riqueza de su gracia, por la bondad que nos manifiesta en Cristo Jesús. Por la gracia, en efecto, han sido salvados mediante la fe; y esto no es algo que venga de ustedes, sino que es un don de Dios; no viene de las obras, para que nadie pueda enorgullecerse.
(2:4–9)Este pasaje contiene una importante convicción para el cristiano. Dios nos ama y esto no se debe a nuestras buenas acciones, ni a que hagamos siempre lo correcto. El amor de Dios nos es dado independientemente de nuestra bondad o maldad, de nuestra justicia o injusticia. En la tradición cristiana a esto se le llama gracia. El amor de Dios es dado gratuitamente, sencillamente porque así es Dios.
Las parábolas de Jesús señalan frecuentemente esta verdad. En la historia del padre amoroso, por ejemplo, la celebración por el regreso del hijo pródigo no tenía por motivo la fidelidad o el oportuno remordimiento de éste (más que nada, el hijo pródigo regresó porque tuvo hambre). El asunto es que el padre era rico en misericordia y en amor. Se trata de la manera de ser de Dios, la manera gratuita de amar por parte suya.
Un tercer aspecto del amor de Dios que atrae nuestra atención es que el amor de Dios es poderoso; es transformador. Así lo muestra el Éxodo; el acontecimiento más importante para los israelitas. Dios se les reveló como alguien que estaba al pendiente de su tribulación. El amor y el cuidado de Dios significaban más que un sentimiento. Así se lee en el relato bíblico.
¡He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído el clamor que le arrancan sus opresores y conozco sus angustias! Voy a bajar para librarlo del poder de los egipcios. Lo sacaré de este país y lo llevaré a una tierra nueva y espaciosa.
(Éxodo 3:7–8)
Este relato revela muy bien la naturaleza del amor de Dios; es un verbo o acción continua. El amor de Dios se pone de manifiesto en hechos poderosos: compasión, salvación y justicia. Así como Mike sintió ser “una persona nueva” debido al modo en que fue tocado por el amor de María, así también (pero, más aún) son renovados quienes son tocados por el poderoso amor de Dios. El relato del “buen ladrón” que colgaba de una cruz junto a Jesús en el Calvario, muestra dramáticamente esta verdad. En ese relato, el amor de todo un Dios que perdona fue revelado mediante las palabras y hechos de Jesús de una manera sencilla, pero profunda (ver Lucas 23:39–43). El amor de Dios nos convierte en seres nuevos. ¿Qué implica todo lo que acabamos de decir? Dijimos que Dios es amor, que Dios nos ama libre y gratuitamente, y que el amor de Dios se manifiesta en hechos poderosos, transformadores. ¿De qué manera puede el cristiano practicar estas ideas? La respuesta puede ofrecerla un breve pasaje de la Primera Carta de Juan, en el Nuevo Testamento.Dios nos ha manifestado el amor que nos tiene, enviando al mundo a su Hijo único, para que vivamos por Él. El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo como víctima por nuestros pecados. Hermanos queridos, si Dios nos amó así, también nosotros debemos amarnos unos a otros. Nadie ha visto jamás a Dios; si nosotros nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a
la perfección.
(4:9–12)
El autor sagrado nos dice que la vida cristiana comienza con una apreciación del don de la vida y el amor de Dios entre nosotros, del regalo de Jesucristo. Pero esto no se queda ahí; más bien, esta convicción nos impulsa a responder amando al prójimo con el mismo amor que hemos recibido. El pasaje bíblico precedente no dice simplemente que debemos imitar el amor de Dios (la autoentrega, la gratuidad, el amor transformador de Dios). Debemos amar con el mismo amor con que Dios nos ama. Si nuestro amor es autoentrega, gratuito y transformador –conforme al pasaje bíblico que acabamos de leer– podemos decir que Dios “habita” en nosotros, obra en nosotros y, de algún modo, la presencia de Dios en el mundo se estará realizando por medio de nosotros.
¿Podemos tomarlo en serio? ¿Podemos amar de esta manera? Pasajes como los de Levítico y Colosenses (Levítico 19:2; Colosenses 3:12–13) nos empujan a maximizar nuestros logros espirituales a la vez que nos dejan sintiéndonos como si hubiéramos fracasado? ¿Somos capaces de amar y vivir de esta manera? Para responder a estas preguntas veamos otros elementos clave de nuestra fe: nuestras convicciones acerca del Espíritu de Dios.La vida moral cristiana como vida en el Espíritu
No creo ser el primero en señalar que durante siglos (y aún en nuestros días) el Espíritu Santo tiende a ser olvidado, el Espíritu de la Trinidad Padre-Hijo-Espíritu Santo. Hay muchas razones de tal olvido, una de ellas puede ser lo elusivo de las imágenes atribuidas a la tercera persona de la Trinidad: viento, fuego, etcétera. Posiblemente, los autores del Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) esperaban corregir esto. Desde el primer capítulo de la primera sección de la tercera parte –la que trata más directamente sobre la moral cristiana– está titulada “La vocación del hombre: la vida en el Espíritu”. Tomando esta clave del CIC, reflexionemos brevemente –y desde una triple perspectiva– sobre el significado de la afirmación: nuestra vocación es vivir en el Espíritu de Dios.
Siguiendo de cerca el texto del CIC, lo primero que hay que tomar en cuenta respecto a nuestro llamado a vivir en el Espíritu tiene que ver con lo que la fe cristiana dice sobre nuestra creación. El CIC nos dice que nuestra dignidad como personas está basada en la convicción de que hemos sido creados a imagen de Dios (1700), que la imagen de Dios está presente en todos nosotros (1702), y que los que hemos sido creados participamos de la luz y el poder del Espíritu de Dios (1704).
Estos textos nos llevan a conclusiones sorprendentes. Por ejemplo, si verdaderamente creo que he sido hecho a imagen de Dios, que participo de la luz y del poder del Espíritu divino, entonces, en mis momentos más oscuros de fracaso y maldad estoy llamado a creer que sigo siendo santo. Soy llamado a creer que “Dios no hizo basura” cuando me creó. Y si tomo en serio que todos somos creados según el Espíritu de Dios, esto significa que cada uno representa un “lugar” donde Dios habita. De este modo, debería estar al pendiente y cuidar de cualquier persona que –en cualquier lugar del mundo– sufra de hambre, pobreza, de abandono o de cualquier abuso, con mayor razón si esto ocurriera a millones de personas. Si yo fuera un católico en Irlanda del Norte que ha crecido en una cultura de sospecha y odio a los protestantes, o si fuera un cristiano que vive en Jerusalén en medio de las hostilidades religiosas centenarias en el Medio Oriente, o si fuera una mujer de color en el sur de Estados Unidos hacia 1850 y si hubiera crecido con la indignidad y abusos de esclavitud, preguntándome si puede haber libertad y decoro para todas las personas, entonces la fe en la presencia del Espíritu Santo en todo ser humano (sin importar la edad, raza, sexo, origen étnico, status económico o cualquier otro factor de posible división) puede darme motivos de esperanza y motivación para trabajar a favor de la justicia y la paz. Ese es el punto –o al menos parte de él ¡Si todos los seres humanos tienen el Espíritu de Dios vivo, todos son santos y deben ser tratados no sólo con respeto, sino también con reverencia! Esto es lo que el CIC quiere que creamos.
Un segundo rasgo importante de lo que significa “la vida en el Espíritu” tiene que ver con nuestra unión con Jesucristo mismo. Vivir cristianamente no es simplemente vivir como Cristo o intentar imitarlo basados en nuestras propias fuerzas, porque al final, con nuestra propia fuerza, nos quedaremos cortos. Más bien, la vida cristiana comienza con la convicción de que Cristo vive en nosotros de una manera admirable y transformadora. Hay un poder, una vida en nosotros que simplemente no es nuestra; este poder y esta vida, es la vida y el poder de Dios. Más concretamente, se trata del poder del Espíritu Santo.
Esto quiere decir, al menos, dos cosas. Primero, que estamos llamados e impulsados a continuar la misión y el ministerio de Jesucristo en nuestro mundo. El Espíritu de Dios es quien hace esto posible. Nuestra fe nos invita a creer que a la vez que recibimos el don del Espíritu Santo, recibimos el Espíritu de Jesucristo. Si la misión y el ministerio de Jesús en esta tierra fue ante todo la reconciliación, la sanación, el perdón y el amor (entre otras cosas), entonces, nuestra vida debe llevar a cabo “ante todo” las mismas cosas. El Espíritu de Dios es quien nos “conecta” con la misión y el ministerio de Jesús.
Segundo, debemos señalar que el Espíritu de Dios que se nos da y que nos conecta con Cristo es el espíritu del Cristo resucitado, victorioso sobre la muerte. Un pasaje del Evangelio de Juan, al que el CIC se refiere en particular (ver Juan 19:28–30) no describe a un Jesús entregando su espíritu en un momento de derrota, sino en uno de victoria. Recibimos el Espíritu de Dios de parte de Jesús que ganó la batalla contra la tentación, la enfermad, el sufrimiento, la muerte y la perdición.
Por supuesto que nada de esto intenta decir que la vida cristiana –la vida en el Espíritu– es algo fácil. Más bien, esto equivale a decir que vivir como Cristo y su Espíritu significa vivir con un tipo de fuerza y manantial de esperanza, que de otra manera no sería posible alcanzar. Si la tentación, el sufrimiento y la muerte no tuvieron la última palabra en la vida de Jesús, tampoco tienen la última palabra en aquellos que viven en su Espíritu.
Un tercer rasgo de lo que significa “la vida en el Espíritu” tiene que ver con vivir en el amor. En cierto sentido, esto nos lleva precisamente al punto del círculo en el cual comenzamos: la vida cristiana es vivir en el amor de Dios. Trayendo a colación dos pasajes del Nuevo Testamento, el CIC (733) declara lo anterior:Dios es Amor (1 Juan 4:8,16) y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor “Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”. (Romanos 5:5)
Es por medio del Espíritu Santo, que este pasaje nos enseña que el amor de Dios nos ha sido dado. Más aún, el don del amor de Dios en nosotros es un regalo que permanece y une para siempre.
La más clara analogía que tenemos de la afirmación anterior –la que haría estas reflexiones menos “difíciles”– es el don del amor humano. Mike se dio cuenta de que el regalo del amor de María no era un regalo momentáneo o pasajero, sino perdurable. En un sentido, él recibió a María de una forma misteriosa, maravillosa, imperecedera. Parecería como si Mike estuviera cimentando el resto de su vida en ese regalo. Así sucede con Dios. Nuestra fe cristiana nos invita a creer que, mediante el poder del Espíritu, hemos recibido nada menos que el don de Dios en nuestra vida de un modo admirable y perdurable. Nuestra fe nos invita también a vivir nuestra vida en respuesta a ese amor, haciendo lo que podamos para amar a los otros como Dios nos ha amado. El Espíritu de Dios es quien hace esto posible.La vida moral cristiana como vida sacramental
La tesis de este capítulo es que la vida moral cristiana es una vida de respuesta al amor de Dios. Esta idea se ilustra magníficamente en la celebración de los sacramentos. Examinemos brevemente algunos aspectos relacionados con los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía.El Bautismo
El CIC analiza la importancia del Bautismo con cierta amplitud, pero para nuestro propósito tres cosas en torno a estos sacramentos son particularmente significativas. El Bautismo tiene que ver con muerte y resurrección, con el acceso a una clase especial de gracia y poder, y con la incorporación al Cuerpo de Cristo.
Comentando los orígenes de la palabra bautismo, el CIC explica que, cuando somos “sumergidos” en el agua, somos “sumergidos” en la muerte de Cristo, de manera que podemos resucitar como Él y ser nuevas criaturas (1214).
No puede haber error en torno a esto, como el texto nos indica. Ser iniciado en Cristo significa entrar en un proceso continuo de muerte y resurrección. La liturgia de la Vigilia pascual lo dramatiza cuando los catecúmenos son sumergidos en el agua bautismal. Este signo vale para la comunidad entera, lo cual significa vivir como seguidores de Jesús. Debemos ser sepultados con Cristo, de modo que podamos resucitar con Él. Hemos de estar dispuestos a morir al egoísmo y al pecado para que podamos llevar una vida de gracia y autoentrega. Hay que señalar que el Bautismo es un acontecimiento único, no repetible. Al mismo tiempo, sin embargo, la vida bautismal es un proceso interminable, proceso que implica dejar atrás lo que es pasado en nosotros de forma que podamos ser renovados en el amor y la gracia de Dios.
Posteriormente, en su tratado del Bautismo, el CIC reflexiona sobre la gracia del Bautismo. Lo que la gracia de este sacramento habilita a los bautizados para “… vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo” (1266).
Este es un texto importante y profundo. Deja en claro que la presencia y el poder del Espíritu Santo, recibidos en una nueva manera por medio del Bautismo, guían nuestra vida y nos ayudan a crecer en la bondad y en la virtud. Examinaremos con más cuidado este tema cuando, en el capítulo 3, abordemos la toma de conciencia y la decisión. Por el momento, notemos simplemente que para los cristianos la presencia del Espíritu de Dios en nuestra vida puede cambiar la pregunta que nos hacemos a nosotros mismos al tener que elegir alguna decisión moral. Para el creyente, la pregunta: “¿Qué debo hacer?” se podría convertir en: ¿Qué es lo que el Espíritu de Dios me está moviendo a hacer? Como veremos, estas preguntas no deben estar en conflicto, aun cuando la segunda pregunta nos abre a una fuente de sabiduría no accesible para quienes buscan responder solamente a la primera pregunta.
Finalmente, mediante el Bautismo, nos hacemos parte del Cuerpo de Cristo. En relación a esto, hay que señalar dos aspectos importantes. Primero, la vida cristiana no se vive aisladamente. Empleando imágenes que tienen que ver con la dirección de un movimiento, nuestra vida de respuesta al amor de Dios no es un asunto simplemente vertical, entre Dios y yo, entre Jesús y yo. La vida cristiana tiene una dimensión horizontal: tiene que ver con nuestras relaciones con los demás. Esto es importante no solamente porque estamos llamados a demostrar nuestro amor a Dios mediante nuestro amor al prójimo, pero sobre todo, porque de hecho, descubrimos la presencia de Dios en nuestro prójimo (ver Mateo 25:31–46). Todos juntos formamos, somos, el Cuerpo de Cristo en la tierra. Es posible conocer y amar a Cristo cuando conocemos y amamos a los demás.
El segundo aspecto que hay que señalar es que la incorporación al cuerpo de Cristo significa una invitación –un llamado– a reconocer nuestra unidad esencial con el prójimo, unidad que significa superar todo tipo de división en cuanto a la nacionalidad, la cultura, la raza o el sexo. Esta unidad es, al mismo tiempo, una realidad presente y una esperanza futura. Es algo real, porque basta con mirar alrededor y darse cuenta de la asombrosa diversidad que existe entre los seguidores de Cristo. Es casi un milagro que tengamos suficiente “cemento” para mantenernos unidos. ¡Ese “cemento” es el Espíritu de Dios! Pero también es verdad que no nos hemos convertido todavía en el Cuerpo de Cristo al que hemos sido llamados: seguimos siendo pecadores. La historia de los cristianos lleva las cicatrices de demasiadas fricciones y divisiones que se manifiestan aún en nuestros días. Juntos anhelamos el día en que el Espíritu de Dios complete nuestra unidad.La Eucaristía
Se pueden decir mil cosas en torno a la importancia de la Eucaristía para la vida cristiana. Aludiendo a la enseñanza del Concilio Vaticano Segundo, el CIC nos recuerda que la Eucaristía es “la fuente y cima de toda la vida cristiana” (1324, LG, 11). A este respecto, hagamos solamente un par de comentarios.
Primero, la Eucaristía es fundamentalmente una acción de gracias. En este sacramento expresamos nuestra gratitud por todo lo que Dios ha hecho por nosotros, especialmente mediante el amor de Jesucristo (1360).
Este capítulo enfatiza que la vida de acuerdo a la moral cristiana es básicamente una vida de respuesta al amor de Dios y, esencial a tal realidad, por supuesto que es una acción de gracias. Volviendo al relato empleado al inicio del capítulo, Mike estaba sumamente agradecido por el regalo de amor de María. Ojalá que así sea siempre. De manera similar, los cristianos son aquellos que han experimentado el don del amor de Dios en su vida. La respuesta básica es la gratitud. Esta “actitud de agradecimiento” no se manifiesta en ninguna parte mejor que en la Eucaristía.
Segundo, el CIC nos recuerda que la liturgia eucarística termina con nuestro envío al mundo para extender la misión y el ministerio de Cristo a aquellos que encontramos en nuestra vida diaria (1332). Entre otras muchas cosas, la Eucaristía es el alimento para la jornada. La Eucaristía es para quienes comprenden que no es fácil responder al amor de Dios en su vida diaria. Es para quienes conocen las heridas del mundo y sus propias limitaciones en su intento de seguir a Cristo día a día. La Eucaristía no es una recompensa para aquellos que han llegado a una meta, sino alimento nutritivo para quienes van en el camino.
Para reflexionar
1. Este capítulo se inicia con una analogía o comparación; nuestro intento de respuesta al don del amor de Dios es como nuestro intento de responder al don del amor humano. ¿En qué medida es válida esta analogía? No haya duda de que toda analogía (incluso las que usamos para referirnos a Dios) se queda corta. ¿En qué sentido se queda corta esta analogía?
2. El capítulo señala tres cosas respecto al amor de Dios: Dios es amor; el amor de Dios es gratuito; el amor de Dios es poderoso. ¿Cuál de estos aspectos del amor de Dios te llama más la atención? ¿Por qué? En base a tu propia experiencia, ¿qué más te gustaría decir sobre el amor de Dios?
3. El capítulo señala algunas implicaciones de nuestra creencia que el Espíritu de Dios habita en cada persona. ¿Cuáles son estas implicaciones? ¿Qué piensas acerca de ellas? ¿Qué piensas acerca de la afirmación que a Dios “se le puede descubrir” en cada persona?
4. El capítulo concluye con algunas reflexiones en torno a la relación entre el Bautismo y la Eucaristía en la vida según la moral cristiana. De acuerdo a tu experiencia al celebrar los sacramentos, ¿cómo describirías la conexión que hay entre ellos y el modo en que asumimos nuestra vida cristiana?



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Excerpted from moral Cristiana, La by Russell B. Connors Copyright © 2009 by Russell B. Connors. Excerpted by permission.
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Table of Contents

Índice

Acerca de la Serie viii Normas para certificación: materiales para el ministerio eclesial ix Prefacio xi Introducción xii

Capítulo 1: La moral cristiana y el amor de Dios 1
Desde el Catecismo 2
La moral cristiana como respuesta al amor de Dios 3
La vida moral cristiana como vida en el Espíritu 7
La vida moral cristiana como vida sacramental 10
Para reflexionar 13

Capítulo 2: La moral cristiana y el Reino de Dios 15
Desde el Catecismo 16
La convicción cristiana en torno al Reino de Dios 18
Vida moral cristiana como una participación activa en la obra de Cristo: la edificación del Reino de Dios 20
La vida moral cristiana y su “inserción en el mundo” 24
Para reflexionar 27

Capítulo 3: La moral cristiana y el proceso de la conciencia 28
Desde el Catecismo 29
La conciencia como capacidad para la bondad y la rectitud 31
La conciencia como proceso: la tarea de decidir moralmente 33
La conciencia como juicio: el asumir la responsabilidad 39
Para reflexionar 41

Capítulo 4: La moral cristiana y las dinámicas del pecado y de la conversión 43
Desde el Catecismo 44
Pecado: “original” y “actual” 45
Conversión como mandato y posibilidad 50
Resurrección, fe y esperanza cristiana 54
Para reflexionar 56

Capítulo 5: La moral cristiana y los problemas de la salud y de la vida 58
Desde el Catecismo 60
Convicciones católicas respecto a la promoción de la salud y preservación de la vida 61
Convicciones católicas respecto a la privación directa e “indirecta” de la vida 63
Convicciones católicas respecto al uso y abstención de tratamiento médico 68
Para reflexionar 71

Capítulo 6: La moral cristiana y la sexualidad humana 73
Desde el Catecismo 75
Fe cristiana y sexualidad: creación e integración 76
Normas y valores: temas específicos 80
“Leyes de crecimiento” 86
Para reflexionar 88

Capítulo 7: La moral cristiana y la responsabilidad social 89
Desde el Catecismo 91
Puntos de partida: la dignidad y los derechos humanos 92
Centro de atención: justicia económica 97
“Amor preferencial por los pobres” 102
Para reflexionar 106

Conclusión 107
Bibliografía 109
Reconocimientos 110
Acerca del autor 111

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