Nacidos en la sangre

Nacidos en la sangre

by John J. Robinson
     
 

Product Details

ISBN-13:
9788497778435
Publisher:
Obelisco, Ediciones S.A.
Publication date:
09/30/2012
Edition description:
Spanish-language Edition
Pages:
464
Sales rank:
1,187,917
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6.00(w) x 9.00(h) x 1.20(d)

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Nacidos en la sangre

Los secretos perdidos de la francmasonería


By John J. Robinson

EDICIONES OBELISCO

Copyright © 2012 Ediciones Obelisco, S. L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9777-843-5



CHAPTER 1

El impulso homicida


En 1347, a más de mil seiscientos kilómetros de Londres, los mongoles de la Horda de Oro (el kanato de Kipchak) entablaron el asedio de un establecimiento comercial amurallado que los genoveses tenían en la costa de Crimea. En un momento dado, los sitiadores mongoles empezaron a morir como chinches a causa de una extraña enfermedad que parecía muy contagiosa; y, en lo que tal vez sea el primer caso de guerra bacteriológica del que se tenga noticia, empezaron a catapultar los cadáveres de los enfermos contra los sitiados por encima de las murallas.

Unos meses después, unas galeras genovesas procedentes de la ciudad sitiada atracaron en Mesina, Sicilia, con hombres moribundos en los remos e historias de cadáveres arrojados por la borda durante todo el viaje. Los marinos ignoraron los esfuerzos de las autoridades para impedírselo y bajaron a tierra, de modo que la peste negra desembarcó con ellos en Europa. Portada por las ratas de los barcos, se desplazó por el continente a través de los puertos de Nápoles y Marsella. De Italia llegó a Suiza y la Europa oriental, luego se propagó por Francia y después pasó a Alemania. La peste llegó a Inglaterra en barcos que atracaron en los puertos de Dorset y se extendió desde allí por todo el país. Se estima que en menos de dos años acabó con entre el 35 y el 40 por 100 de la población de la Europa continental y de Gran Bretaña.

Como ha ocurrido en todas las épocas y lugares, el hambre, la desnutrición y la consiguiente bajada de defensas inmunitarias le allanaron el camino a la epidemia. Además, se había producido un cambio climático, con inviernos más largos y fríos, veranos más húmedos y un acortamiento en general de la época de crecimiento. Entre 1315 y 1318, las lluvias torrenciales de verano arruinaron las cosechas, a lo que siguió la inanición en masa. Las buenas cosechas eran esporádicas, pero al menos la gente podía sobrevivir. Pero entonces, en el año 1340, las cosechas se malograron de manera generalizada, y miles de personas perecieron en lo que fue la peor hambruna del siglo.

Incluso en las mejores circunstancias, el grueso de la población estaba desnutrido. Su dieta consistía principalmente en trigo y centeno, con pocas verduras y un mínimo de carne y leche; en parte porque, aun cuando pudieran permitirse adquirirlas, no había refrigeración ni tenían otros medios para conservarlas. Las carencias de vitaminas y minerales en invierno eran parte de la vida cotidiana. La caza podría haber proporcionado carne fresca, pero resulta que los derechos de caza estaban en manos de los señores. Una paliza era un castigo leve para quien fuera sorprendido llevándose un venado, o incluso un conejo, de los bosques del señor; no era raro que le condenaran a muerte. El hecho de que tantos corrieran el riesgo indica la apremiante necesidad que tenían de alimentos frescos.

Por regla general, las primeras víctimas de las enfermedades son los niños, que no acaban de desarrollar del todo su sistema inmunológico hasta los diez u once años, y los ancianos, cuyas defensas han disminuido con el tiempo; y eso mismo fue lo que ocurrió con la peste negra. Aunque murieron a millares personas de todas las edades y posiciones sociales, los más jóvenes y los más viejos fueron los grupos que salieron peor parados. Fue todo lo contrario de una «explosión demográfica»: quedaron pocos jóvenes para entrar en las filas de la mano de obra durante la siguiente generación.

En realidad la peste negra no era una sola enfermedad, sino tres, y el vector de todas ellas era una pulga. Un bacilo presente en su sangre bloquea el estómago de la pulga; cuando ésta clava el aparato bucal en forma de pico en la piel de su huésped –generalmente la rata negra–, el bacilo sale de su estómago y entra en el huésped, infectándolo. Cuando las ratas iban muriéndose, las pulgas contagiaban a otros animales y a los seres humanos.

A veces los bacilos se instalan en los ganglios linfáticos y generan unos grandes bultos purulentos llamados bubones en la ingle y la axila, por lo que esta forma de la enfermedad recibe el nombre de «peste bubónica». El término «peste negra» proviene del hecho de que el cuerpo de la víctima se cubría de manchas negras y la lengua se le ennegrecía también. Llegados a ese punto, la muerte solía producirse en menos de tres días.

Otra posibilidad es que se produzca una septicemia; es decir, la presencia en la sangre de los bacilos patógenos o de sus toxinas, en cuyo caso la muerte puede tardar una semana o más en llegar. Pero las muertes más fulminantes eran las debidas a la forma más infecciosa de la enfermedad, la neumónica, que causa inflamación de la garganta y los pulmones, esputos y vómitos de sangre, un hedor fétido y dolores intensos.

Como es lógico, en aquella época no se pudo identificar científicamente la peste en ninguna de sus tres modalidades ni se sabía nada del método de trasmisión. Eso dio pie a la aparición de toda clase de teorías descabelladas; la más común fue que la peste negra era un castigo enviado por Dios. Hubo incluso quien maldijo al Señor por tan gran calamidad, y Felipe VI de Francia tomó medidas para impedir que se enfadara más de lo que aparentemente ya estaba. Se promulgaron leyes especiales contra la blasfemia, estipulando castigos muy específicos para ella. En su primera infracción, al blasfemo le cortaban el labio inferior; en la segunda, le cortaban el labio superior; y, en la tercera infracción, le cortaban la lengua.

De la noche a la mañana aparecieron grupos de disciplinantes que hacían penitencia en público por pecados que no eran capaces de identificar, pero que obviamente eran lo bastante graves como para haber enojado a Dios hasta el punto de querer destruir la raza humana. Sólo la penitencia más severa podría servir para expiar tan horribles pecados. La autoflagelación dio paso a la flagelación grupal: los penitentes recorrían las calles, a menudo guiados por un sacerdote, y se azotaban unos a otros con cuerdas llenas de nudos y látigos con punta de metal para lacerarse la carne. Algunos cargaban pesadas cruces o llevaban coronas de espinas.

Otros consideraron que la mejor táctica era someterse a ritos desenfrenados y orgías sexuales. Unos lo hacían sobre la base de que, como el mundo iba a acabar en breve, cualquier placer posible les sería consentido; en cambio, otros creían que la única alternativa era apelar a Satanás, ahora que Dios los había abandonado.

Tratándose de la Edad Media, como es lógico, algunas comunidades le echaron la culpa a los únicos no cristianos que vivían en ellas: los judíos. Aun cuando éstos también estaban muriendo de la peste negra, fueron acusados de envenenar pozos y de causar la enfermedad mediante ritos y encantamientos secretos destinados a aniquilar la cristiandad. Así pues, se llevaron a cabo sangrientos pogromos en Francia, en Austria y especialmente –como había ocurrido ya durante las cruzadas– en Alemania. En Estrasburgo quemaron vivos a más de doscientos judíos. En una ciudad del Rin, los masacraron y luego metieron sus restos en barriles de vino y los lanzaron al agua para que se fueran río abajo. Los judíos de Esslingen que habían sobrevivido a la primera oleada de persecuciones pensaron que había llegado el fin del mundo y se congregaron en su sinagoga; decidieron suicidarse colectivamente prendiendo fuego al edificio. Y aquellos judíos a los que se perdonaba la vida con frecuencia eran expulsados, con lo que se iban a otros lugares a difundir su cultura, y a menudo a propagar la peste. En Polonia también se produjeron persecuciones en áreas aisladas, pero ese país era en conjunto mucho más seguro que Alemania; así que los judíos alemanes entraron en masa en el territorio polaco. Ése fue el origen de las comunidades judías asquenazíes (alemanas) de Polonia. Siguieron hablando en alemán, que poco a poco evolucionó convirtiéndose en la lengua vernácula denominada yiddish.

Debido al hacinamiento y a la casi total falta de higiene, al principio las ciudades y los pueblos fueron los lugares más atacados por la peste; pero al dispersarse sus habitantes para huir de ella, la llevaron consigo a las áreas rurales. A medida que iban muriéndose los granjeros, las tierras de cultivo se llenaban de malas hierbas y los animales desatendidos vagaban por el campo hasta que muchos de ellos morían de igual modo que sus dueños. Henry Knighton, canónigo de la abadía de Santa María de la Pradera de Leicester, informó de la presencia de más de cinco mil ovejas muertas y pudriéndose en un solo pasto. Se ha estimado que la población de Inglaterra era de 4 millones de habitantes cuando la peste cruzó el canal de la Mancha por primera vez; y que para cuando la epidemia se extinguió, se había reducido a menos de 2,5 millones de almas.

Las noticias de los estragos causados por la peste en Inglaterra llegaron a los escoceses, que sacaron la conclusión de que el diezmar así a sus ancestrales enemigos no podía ser obra de nadie excepto de un Dios vengador. Así pues, decidieron asistir al Todopoderoso en su divino plan y atacar a los ingleses mientras todavía estaban debilitados. Se convocó a los clanes para que se reunieran en el bosque de Selkirk, pero antes de que pudieran emprender la marcha hacia el sur la peste atacó el campamento; se estima que mató a cinco mil escoceses en el plazo de unos pocos días. Ya no había nada que hacer, excepto abandonar el plan de invasión, así que los que seguían sanos levantaron el campamento para volver a sus casas junto con los enfermos y los moribundos. Los ingleses, que se habían enterado de la concentración de tropas escocesas, se desplazaron al norte para interceptar la invasión y llegaron a tiempo para cometer una carnicería entre el ejército escocés que se dispersaba.

Aunque parezca increíble, mientras estaba teniendo lugar la epidemia más mortífera jamás conocida por el mundo, la guerra entre Inglaterra y Francia seguía su curso; cada monarca, por debilitado que estuviera su país, esperaba que el del otro lo estuviera aún más. Los ejércitos necesitaban provisiones y pertrechos, que producían los artesanos y agricultores; pero más de la tercera parte de ellos había muerto. Además, los ejércitos necesitaban dinero, y tanto la población como los productos que solían gravarse con impuestos para obtenerlo estaban disminuyendo. Cuando la peste se extinguió al cabo de un par de años, el mundo era diferente. Ya nunca volvería a ser el mismo, porque la clase baja de la sociedad experimentó de pronto un nuevo poder.

Lo que había ocurrido era que la única ley que nunca se puede romper sin consecuencias, la ley de la oferta y la demanda, estaba en plena vigencia; y esta vez beneficiaba al granjero, al bracero y al artesano. En lo que alcanzaba a recordar la clase terrateniente, nunca había habido una época en la que la oferta de productos de los granjeros o aparceros no superase la demanda. Se estaban empezando a agrietar las bases de una forma de vida que había perdurado siglos: en los oscuros tiempos de la anarquía, cualquier individuo se encontraba indefenso. Lo principal ahora era seguir con vida, así que los hombres se plegaron de buen grado a ser siervos de algún hombre más fuerte que ellos que les brindara protección; estos hombres fuertes, a su vez, se pusieron al servicio de otros más poderosos, y el resultado de todo ello fue el sistema feudal. A todos los niveles los hombres prestaban servicio militar, con frecuencia durante una campaña determinada o durante un período de tiempo específico, como por ejemplo cuarenta días al año. La clase de los guerreros se convirtió en la nobleza, y necesitaba riquezas para tener caballos de batalla, armas y armaduras. Y, si quería construir fortificaciones donde sus vasallos pudieran encontrar refugio, necesitaba ser aún más rica, en parte para disponer de trabajadores que lo hicieran. Estos lugares seguros pasaron gradualmente de ser simples empalizadas rodeadas de un foso y casas fortificadas a convertirse en altas estructuras de piedra para cuya construcción hacía falta un ejército de canteros, albañiles, carpinteros y herreros. Para conseguir el servicio de todos ellos había que pagar; y, si bien se podían obtener algunos ingresos gracias al botín de guerra o al rescate de cautivos ricos, la principal fuente de riqueza era la tierra, contando con el trabajo de la gente que la cultivaba.

A medida que los jinetes con armadura se hacían los amos del campo de batalla, se produjo una «carrera de armamentos» de caballeros. Por ejemplo, el compromiso de un barón local para con su conde podía muy bien incluir la obligación de responder a su llamada a tomar las armas llevando consigo desde un solo caballero montado hasta docenas, dependiendo del tamaño de sus propiedades. Un caballero costaba mucho dinero a la hora de equiparlo y mantenerlo. Necesitaba como mínimo un pesado caballo de batalla bien adiestrado, otro caballo de silla más ligero para los viajes ordinarios y aún más caballos o acémilas para su escudero, sus lacayos y el equipaje. Precisaba una armadura, que era muy cara, así como un arnés de combate para su montura. A fin de que pudiese hacer frente a todo eso, se le proporcionaban tierras junto con la gente que vivía en ellas a cambio de sus servicios bélicos.

La posición de los siervos de la gleba había cambiado con el paso de los siglos. A algunos de ellos se les presentó poco a poco la posibilidad de convertirse en aparceros, labrando un terreno agrícola que les asignaban a cambio de trabajar para su señor en los campos señoriales. La costumbre variaba de unos señoríos a otros, pero en general el aparcero pagaba de muchas maneras por su ocupación de la tierra. A su muerte, su heredero le daba al señor como tributo el mejor animal de la granja (el derecho de «manomuerta»), y el segundo mejor animal iba a parar a manos del cura párroco. Tampoco podían casarse ni él ni ningún miembro de su familia sin el permiso expreso del señor, lo que además solía requerir algún pago adicional. Además de los días de trabajo prescritos para el señor (que a menudo eran dos o tres días por semana), le podían exigir que prestase servicios adicionales no remunerados, exigencia que recibió en Inglaterra el inverosímil nombre de love-boon, «ayuda por amor». Además, estaba sujeto a restricciones en lo tocante a recoger leña, cortar madera para reparar su casa e incluso recoger el precioso estiércol caído en los caminos y las calles.

Si el señor poseía un molino, sus aparceros estaban obligados a usarlo y tenían que pagar por el privilegio. Y lo mismo ocurría con los hornos señoriales; con frecuencia se creaba un monopolio en la cocción del pan. En vista de sus derechos y obligaciones, el aparcero no era un siervo (los cuales eran casi esclavos); pero tampoco era libre por completo. El mayor impedimento para ello era la antigua ley que le prohibía circular libremente: tenía que permanecer en el señorío al que estaba adscrito por nacimiento, donde vivía junto con sus iguales en un grupo de casas que recibía el nombre de «villa» (aldea). Por ese motivo al aparcero se le llamaba «villano», aunque sin las connotaciones peyorativas de ruin, indigno o infame que el término ha adquirido con el tiempo; para insultarle o reprenderle, su amo escogería otros vocablos de la época.

El cambio más drástico en el estatus de muchos villanos se produjo cuando su señor empezó a tener más necesidad de dinero en efectivo que de una parte de la cosecha, que no era fácil de trasportar al mercado para venderla. Por entonces casi no había caminos carreteros, y el grano no se podía trasportar económicamente a lomos de caballos de carga, como se hacía con la lana. El rey necesitaba dinero para financiar sus guerras contra Francia, y los nobles lo necesitaban también para pagar a los mercenarios y para costear su trasporte y el de los pertrechos al continente. Los villanos empezaron a hacer tratos en los que pagaban a su señor medio penique o un penique a cambio de librar una jornada laboral, y un pago en metálico estipulado en lugar de una parte de la cosecha. Su actitud cambió cuando se vieron a sí mismos «alquilando» la tierra en vez de intercambiarla por su tiempo y su esfuerzo. Se sentían libres ante la desaparición o mitigación de los antiguos usos de la humillante servidumbre.


(Continues...)

Excerpted from Nacidos en la sangre by John J. Robinson. Copyright © 2012 Ediciones Obelisco, S. L.. Excerpted by permission of EDICIONES OBELISCO.
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