Nacidos para Correr: Una tribu oculta, superatletas y la carrera mas grande que el mundo nunca ha vis [NOOK Book]

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Una aventura ?pica que comenz? con una simple pregunta: ?Por qu? me duele el pie?

Aislados por las peligrosas Barrancas de Cobre en M?xico, los apacibles indios Tarahumara han perfeccionado durante siglos la capacidad de correr cientos de millas sin descanso ni lesiones. 
 
En este fascinante relato, el prestigioso periodista ?y corredor habitualmente lesionado? ...
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Nacidos para Correr: Una tribu oculta, superatletas y la carrera mas grande que el mundo nunca ha vis

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Una aventura épica que comenzó con una simple pregunta: ¿Por qué me duele el pie?

Aislados por las peligrosas Barrancas de Cobre en México, los apacibles indios Tarahumara han perfeccionado durante siglos la capacidad de correr cientos de millas sin descanso ni lesiones. 
 
En este fascinante relato, el prestigioso periodista —y corredor habitualmente lesionado— Christopher McDougall sale a descubrir sus secretos. En el proceso, nos lleva de los laboratorios de Harvard a los tórridos valles y las gélidas montañas de Norte América, donde los cada vez más numerosos ultra corredores están empujando sus cuerpos al límite, y finalmente a una vibrante carrera en las Barrancas de Cobre entre los mejores ultra corredores americanos y los sencillos Tarahumara. Esta increíble historia no solo despertará tu mente; además inspirará tu cuerpo cuando te des cuenta de que, de hecho, todos hemos nacido para correr. 
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Editorial Reviews

From the Publisher
“Uno de los mejores libros sobre correr jamás escritos”. —Runnersworld.com
 
“Fascinante. . .  Apasionante. . . Una oda al placer de correr”. —The Washington Post
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Product Details

  • ISBN-13: 9780307742476
  • Publisher: Knopf Doubleday Publishing Group
  • Publication date: 3/29/2011
  • Series: Vintage Espanol
  • Sold by: Random House
  • Format: eBook
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 352
  • Sales rank: 836,424
  • File size: 3 MB

Meet the Author

Christopher McDougall ha sido corresponsal de guerra para la Associated Press y en la actualidad es editor contribuyente de Men’s Health. Ha sido finalista de los National Magazine Awards en tres ocasiones, y ha colaborado con publicaciones como Esquire y The New York Times Magazine. Es además autor del libro Girl Trouble, basado en un reportaje sobre la cantante Gloria Trevi escrito para The New York Times. Suele correr a través de las granjas de la comunidad Amish cerca de su casa en Pennsylvania.
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CAPÍTULO 1
 
Vivir entre fantasmas requiere soledad.
—Anne Michaels, Fugitive Pieces

DURANTE DÍAS había estado recorriendo la Sierra Madre mexicana en busca de un fantasma conocido como Caballo Blanco. Finalmente, un rastro me llevó al último lugar donde esperaba encontrarlo: lejos de la profundidad del desierto salvaje donde cuentan que se aparece, en el poco iluminado lobby de un hotel en las afueras de una polvorienta ciudad del desierto.

—Sí, El Caballo está—dijo la recepcionista, asintiendo con la cabeza.

—¿De verdad?

Tras oír tantas veces que acababa de irse, en otros tantos escenarios extraños, yo había empezado a sospechar que Caballo Blanco no era más que una especie de cuento de hadas, la versión local del monstruo del Lago Ness, inventada para asustar a los niños y engañar a gringos crédulos.

—Siempre regresa sobre las cinco —añadió la recepcionista—. Es como un ritual.

No supe si abrazarla con alivio o chocarle la mano para celebrar el triunfo. Miré mi reloj. Esto significaba que realmente iba a posar mis ojos sobre el fantasma en menos de... ¡espera!

—Pero si son casi las seis.

—Quizá se ha marchado —dijo la recepcionista encogiéndose de hombros.

Me hundí en un viejo sofá. Me encontraba mugriento, muerto de hambre y derrotado. Estaba exhausto, al igual que mis pistas.

Algunos decían que Caballo Blanco era un fugitivo; otros habían oído que era un boxeador que huía como una especie de castigo autoimpuesto tras matar a golpes a un tipo en el ring. Nadie sabía su nombre, su edad o de dónde venía. Era como un pistolero del Lejano Oeste cuyas únicas huellas eran unos cuantos cuentos chinos y el olor a cigarrillo. Las descripciones y avistamientos estaban por todas partes; aldeanos que vivían adistancias imposibles unos de otros juraban haberlo visto viajando a pie el mismo día y lo describían dentro de una amplia escala que iba de “divertido y simpático” a “raro y gigantesco”.

Pero en todas las versiones de la leyenda de Caballo Blanco siempre se repetían algunos detalles básicos: había llegado a México años atrás y se había internado en las salvajes e impenetrables Barrancas del Cobre para vivir entre los tarahumaras, una tribu casi mítica de superatletas de la Edad de Piedra. Los tarahumaras quizá sean las personas más sanas y serenas del planeta, y los más grandes corredores de todos los tiempos.

Cuando se trata de distancias enormes, nada puede vencer a un corredor tarahumara. Ni un caballo de carreras, ni un guepardo ni un maratonista olímpico. Pocas personas han visto a los tarahumaras en acción, pero a lo largo de los siglos han ido filtrándose desde las barrancas historias asombrosas acerca de suresistencia y tranquilidad sobrehumana. Un explorador jurahaber visto a un tarahumara cazando un ciervo con sus propias manos, persiguiendo al animal hasta que cayó muerto de agotamiento y “las pezuñas se le desprendieron”. Otro aventurero pasó diez horas escalando las Barrancas del Cobre a lomo demula, mientras que un corredor tarahumara hizo el mismo viaje en noventa minutos.

“Prueba esto”, dijo una mujer tarahumara una vez a un explorador exhausto que se derrumbó al pie de una montaña. La mujer le extendió un mate lleno de un líquido turbio. El explorador dio unos pocos tragos y, asombrado, sintió una nueva energía corriendo por sus venas. Se puso de pie y escaló la montañacomo un sherpa con sobredosis de cafeína. Los tarahumaras, contaría después el explorador, también custodian la receta de un alimento energético especial que los deja en forma, poderosos e imparables: unos pocos bocados tienen el suficiente contenido nutricional para permitirles correr todo el día sin descanso.

Pero, sean cuales sean los secretos ocultos de los tarahumaras, los han ocultado bien. Hoy en día, los tarahumaras viven en las laderas de unos acantilados más altos que el nido de un halcón, en un territorio que pocas personas han visto. Las barrancas son un “mundo perdido” en el medio de la más remota zona salvaje de Norteamérica, como un Triángulo de las Bermudas tierra adentro, famoso por tragarse a los inadaptados y desperados que se pierden en su seno. Muchas cosas terribles pueden ocurrir ahí, y probablemente ocurrirán. Aun cuando sobrevivas a los jaguares devora-hombres, las serpientes mortales y el calor abrasador, todavía tendrás que enfrentarte a la “fiebre del cañón”, el delirio al que puede conducirte la inquietante desolación de las barrancas. Mientras más te internas en ellas, mayor es la sensación de una cripta cerrándose a tu alrededor. Los muros se estrechan, las sombras se extienden, el eco de los fantasmas te susurra al oído; todas las salidas parecen terminar en una roca escarpada. Varios exploradores extraviados cayeron en tal estado de locura y desesperación que se cortaron la garganta o se arrojaron al vacío. No sorprende entonces que pocos extraños hayan visto la tierra de los tarahumaras.

Sin embargo, de alguna manera, Caballo Blanco había conseguido llegar a las profundidades de las barrancas. Y ahí, cuentan, fue adoptado por los tarahumaras como un amigo y alma gemela, un fantasma entre fantasmas. Ciertamente, dominaba dos de las habilidades características de los tarahumaras —invisibilidad y resistencia— ya que aun cuando había sido visto recorriendo las barrancas, nadie parecía saber dónde vivía o dónde podría vérsele la próxima vez. Si alguien podía traducir los antiguos secretos de los tarahumaras, me dijeron, era este vagabundo solitario de la Sierra Alta.

Estaba tan obsesionado con encontrar a Caballo Blanco que mientras dormitaba en el sofá del hotel, pude incluso imaginar el sonido de su voz. “Probablemente debe sonar como el Oso Yogi ordenando burritos en Taco Bell”, pensé. Un tipo así, un trotamundos que va a todas partes pero no encaja en ningún sitio, debe vivir dentro de su cabeza y ha de oír raramente su propia voz. Debe hacer bromas raras y partirse de la risa él solo. Ha de tener una risa atronadora y un español espantoso. Debe ser enérgico y simpático y. . .  y. . . Espera un minuto. Lo estaba oyendo. Abrí los ojos y me encontré con un cadáver polvoriento con un sombrero de paja hecho jirones que bromeaba con la recepcionista. Marcas de tierra le cruzaban el rostro demacrado, como borrosas pintadas de guerra, mientras las greñas de pelo decolorado por el sol que se escapaban por debajo de su sombrero parecían haber sido cortadas con un cuchillo de caza. Recordaba a un náufrago abandonado en una isla desierta, incluso por el hambre de conversación que parecía saciar con la recepcionista aburrida.

—¿Caballo? —dije con la voz ronca.

El cadáver se giró, sonriendo, y me sentí como un idiota. No parecía temeroso, sino confundido, como cualquier turista que tuviera que hacer frente a un perturbado que de repente le grita desde el sofá: “¡Caballo!”.

Este no era Caballo. No existía ningún Caballo. Todo el asunto era un invento, y yo había caído en él.

Entonces, el cadáver habló.

—¿Me conoces?

—¡Hombre! —exploté, luchando por ponerme de pie—. ¡Me alegra tanto verte!

Su sonrisa se desvaneció. Los ojos del cadáver huyeron en dirección a la puerta, dejando claro que él también huiría.

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First Chapter

Nacidos para correr

Superatletas, una tribu oculta y la carrera más grande que el mundo nunca ha visto
By Christopher McDougall

Vintage

Copyright © 2011 Christopher McDougall
All right reserved.

ISBN: 9780307741295

CAPÍTULO 1
 
Vivir entre fantasmas requiere soledad.
—Anne Michaels, Fugitive Pieces

DURANTE DÍAS había estado recorriendo la Sierra Madre mexicana en busca de un fantasma conocido como Caballo Blanco. Finalmente, un rastro me llevó al último lugar donde esperaba encontrarlo: lejos de la profundidad del desierto salvaje donde cuentan que se aparece, en el poco iluminado lobby de un hotel en las afueras de una polvorienta ciudad del desierto.

—Sí, El Caballo está—dijo la recepcionista, asintiendo con la cabeza.

—¿De verdad?

Tras oír tantas veces que acababa de irse, en otros tantos escenarios extraños, yo había empezado a sospechar que Caballo Blanco no era más que una especie de cuento de hadas, la versión local del monstruo del Lago Ness, inventada para asustar a los niños y engañar a gringos crédulos.

—Siempre regresa sobre las cinco —añadió la recepcionista—. Es como un ritual.

No supe si abrazarla con alivio o chocarle la mano para celebrar el triunfo. Miré mi reloj. Esto significaba que realmente iba a posar mis ojos sobre el fantasma en menos de... ¡espera!

—Pero si son casi las seis.

—Quizá se ha marchado —dijo la recepcionista encogiéndose de hombros.

Me hundí en un viejo sofá. Me encontraba mugriento, muerto de hambre y derrotado. Estaba exhausto, al igual que mis pistas.

Algunos decían que Caballo Blanco era un fugitivo; otros habían oído que era un boxeador que huía como una especie de castigo autoimpuesto tras matar a golpes a un tipo en el ring. Nadie sabía su nombre, su edad o de dónde venía. Era como un pistolero del Lejano Oeste cuyas únicas huellas eran unos cuantos cuentos chinos y el olor a cigarrillo. Las descripciones y avistamientos estaban por todas partes; aldeanos que vivían adistancias imposibles unos de otros juraban haberlo visto viajando a pie el mismo día y lo describían dentro de una amplia escala que iba de “divertido y simpático” a “raro y gigantesco”.

Pero en todas las versiones de la leyenda de Caballo Blanco siempre se repetían algunos detalles básicos: había llegado a México años atrás y se había internado en las salvajes e impenetrables Barrancas del Cobre para vivir entre los tarahumaras, una tribu casi mítica de superatletas de la Edad de Piedra. Los tarahumaras quizá sean las personas más sanas y serenas del planeta, y los más grandes corredores de todos los tiempos.

Cuando se trata de distancias enormes, nada puede vencer a un corredor tarahumara. Ni un caballo de carreras, ni un guepardo ni un maratonista olímpico. Pocas personas han visto a los tarahumaras en acción, pero a lo largo de los siglos han ido filtrándose desde las barrancas historias asombrosas acerca de suresistencia y tranquilidad sobrehumana. Un explorador jurahaber visto a un tarahumara cazando un ciervo con sus propias manos, persiguiendo al animal hasta que cayó muerto de agotamiento y “las pezuñas se le desprendieron”. Otro aventurero pasó diez horas escalando las Barrancas del Cobre a lomo demula, mientras que un corredor tarahumara hizo el mismo viaje en noventa minutos.

“Prueba esto”, dijo una mujer tarahumara una vez a un explorador exhausto que se derrumbó al pie de una montaña. La mujer le extendió un mate lleno de un líquido turbio. El explorador dio unos pocos tragos y, asombrado, sintió una nueva energía corriendo por sus venas. Se puso de pie y escaló la montañacomo un sherpa con sobredosis de cafeína. Los tarahumaras, contaría después el explorador, también custodian la receta de un alimento energético especial que los deja en forma, poderosos e imparables: unos pocos bocados tienen el suficiente contenido nutricional para permitirles correr todo el día sin descanso.

Pero, sean cuales sean los secretos ocultos de los tarahumaras, los han ocultado bien. Hoy en día, los tarahumaras viven en las laderas de unos acantilados más altos que el nido de un halcón, en un territorio que pocas personas han visto. Las barrancas son un “mundo perdido” en el medio de la más remota zona salvaje de Norteamérica, como un Triángulo de las Bermudas tierra adentro, famoso por tragarse a los inadaptados y desperados que se pierden en su seno. Muchas cosas terribles pueden ocurrir ahí, y probablemente ocurrirán. Aun cuando sobrevivas a los jaguares devora-hombres, las serpientes mortales y el calor abrasador, todavía tendrás que enfrentarte a la “fiebre del cañón”, el delirio al que puede conducirte la inquietante desolación de las barrancas. Mientras más te internas en ellas, mayor es la sensación de una cripta cerrándose a tu alrededor. Los muros se estrechan, las sombras se extienden, el eco de los fantasmas te susurra al oído; todas las salidas parecen terminar en una roca escarpada. Varios exploradores extraviados cayeron en tal estado de locura y desesperación que se cortaron la garganta o se arrojaron al vacío. No sorprende entonces que pocos extraños hayan visto la tierra de los tarahumaras.

Sin embargo, de alguna manera, Caballo Blanco había conseguido llegar a las profundidades de las barrancas. Y ahí, cuentan, fue adoptado por los tarahumaras como un amigo y alma gemela, un fantasma entre fantasmas. Ciertamente, dominaba dos de las habilidades características de los tarahumaras —invisibilidad y resistencia— ya que aun cuando había sido visto recorriendo las barrancas, nadie parecía saber dónde vivía o dónde podría vérsele la próxima vez. Si alguien podía traducir los antiguos secretos de los tarahumaras, me dijeron, era este vagabundo solitario de la Sierra Alta.

Estaba tan obsesionado con encontrar a Caballo Blanco que mientras dormitaba en el sofá del hotel, pude incluso imaginar el sonido de su voz. “Probablemente debe sonar como el Oso Yogi ordenando burritos en Taco Bell”, pensé. Un tipo así, un trotamundos que va a todas partes pero no encaja en ningún sitio, debe vivir dentro de su cabeza y ha de oír raramente su propia voz. Debe hacer bromas raras y partirse de la risa él solo. Ha de tener una risa atronadora y un español espantoso. Debe ser enérgico y simpático y. . .  y. . . Espera un minuto. Lo estaba oyendo. Abrí los ojos y me encontré con un cadáver polvoriento con un sombrero de paja hecho jirones que bromeaba con la recepcionista. Marcas de tierra le cruzaban el rostro demacrado, como borrosas pintadas de guerra, mientras las greñas de pelo decolorado por el sol que se escapaban por debajo de su sombrero parecían haber sido cortadas con un cuchillo de caza. Recordaba a un náufrago abandonado en una isla desierta, incluso por el hambre de conversación que parecía saciar con la recepcionista aburrida.

—¿Caballo? —dije con la voz ronca.

El cadáver se giró, sonriendo, y me sentí como un idiota. No parecía temeroso, sino confundido, como cualquier turista que tuviera que hacer frente a un perturbado que de repente le grita desde el sofá: “¡Caballo!”.

Este no era Caballo. No existía ningún Caballo. Todo el asunto era un invento, y yo había caído en él.

Entonces, el cadáver habló.

—¿Me conoces?

—¡Hombre! —exploté, luchando por ponerme de pie—. ¡Me alegra tanto verte!

Su sonrisa se desvaneció. Los ojos del cadáver huyeron en dirección a la puerta, dejando claro que él también huiría.

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Excerpted from Nacidos para correr by Christopher McDougall Copyright © 2011 by Christopher McDougall. Excerpted by permission of Vintage, a division of Random House, Inc.
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  • Anonymous

    Posted May 11, 2011

    Excelente

    Uno d elos mejores libros acerca de correr, divertido y profundo. Gran lectura para aquellos que aman correr o los deportes de resistencia.

    1 out of 1 people found this review helpful.

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  • Anonymous

    Posted March 8, 2013

    Jaysoar, author of Jaysoar's story

    You have awesome writing talent. Thenk you for the instructions, Starrykit!

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  • Anonymous

    Posted March 4, 2013

    Runningkit's Journey Part One

    Firstclaw dropped Runningkit a fair distance from the camp.
    "You run so well, let's see you run. Fast as you can away from here!" Runningkit cowered at his feet, then some hidden reserve of courage welled up in her.
    "Mousedung! I won't run for you or any cat. Bye!" And with that, she took off as fast as her legs could carry her, which, as you know, was quite fast.
    At sunhigh, she came to MoonClan's border with GlitterClan. GlitterClan was actually quite friendly, so she crossed the border. Seven of her long strides later, she was pinned to the ground by a big tom.
    "What are you doing in Hailclan territory?!" he roared in her face.
    "Relax, it's just a kit," another voice laughed. "As if she could possibly run fast enough to get away from you.
    'Ha!' thought Runningkit. 'I'll show you!' The big tom let her up. "Sorry for intruding on your territory, but I have to go." She bolted away. The big tom gave chase, but she was too fast for him. 'Ha!' thought Runningkit. 'I'm faster than any cat in the forest!'
    To be continued...
    More in later results! ----Starrykit

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  • Anonymous

    Posted December 30, 2012

    Buenisimo

    Una vez que lo empeze a leer no lo pude soltar

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  • Anonymous

    Posted August 7, 2011

    No text was provided for this review.

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