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Tres destinos separados por el tiempo y el espacio pero interconectados por la violencia, el desarraigo, la creación y la locura; tres vidas extraviadas en el cruce de mundos y fronteras que caracteriza a nuestra época.
 
En un pequeño pueblo del norte de México, Jesús deja el colegio y se une a una pandilla. Para impresionar a sus nuevos compañeros apuñala a una prostituta, iniciando así una carrera criminal que le llevará a ser uno de ...

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Norte

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Tres destinos separados por el tiempo y el espacio pero interconectados por la violencia, el desarraigo, la creación y la locura; tres vidas extraviadas en el cruce de mundos y fronteras que caracteriza a nuestra época.
 
En un pequeño pueblo del norte de México, Jesús deja el colegio y se une a una pandilla. Para impresionar a sus nuevos compañeros apuñala a una prostituta, iniciando así una carrera criminal que le llevará a ser uno de los psicópatas más buscados por FBI; En California, Martín, un inmigrante indocumentado, es ingresado en un psiquiátrico donde se convertirá en uno de los grandes pintores del siglo xx. Y en Texas, Michelle trabaja de camarera mientras intenta seguir su vocación de dibujante. Al mismo tiempo, su profesor, Fabián, con quien mantuvo una aventura, sueña con escribir su obra definitiva. Un día, los dos se reencuentran por casualidad y retoman su relación, apasionada pero condenada al fracaso.
 
Una mirada ambiciosa y com­pleja a la forma en que Estados Unidos está siendo reinventado por la inmigración latinoamericana, Norte conso­lida a Edmundo Paz Soldán como una de las voces más inquietantes, originales y arriesgadas de la narrativa latinoamericana contemporánea

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Editorial Reviews

From the Publisher
“Explora a través de tres personajes muy diferentes ese estado de pérdida en el que el inmigrante puede llegar a encontrarse”. —El País
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Product Details

  • ISBN-13: 9780307832726
  • Publisher: Knopf Doubleday Publishing Group
  • Publication date: 12/5/2012
  • Language: Spanish
  • Sold by: Random House
  • Format: eBook
  • Pages: 288
  • Sales rank: 1,240,025
  • File size: 835 KB

Meet the Author

Edmundo Paz Soldán es profesor de literatura lati­noamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de nueve novelas, entre ellas Río fugitivo, La materia del deseo, Palacio quemado y Los vivos y los muer­tos, y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada, Desapariciones y Amores imperfectos. Ha co­editado los libros Se habla español y Bolaño salvaje. Sus obras han sido tra­ducidas a ocho idiomas, y ha recibido nu­merosos premios, entre los que destacan el Juan Rulfo de Cuento y el Nacional de Novela en Bolivia. Vive en Ithaca, Nueva York.

 
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UNO

Villa Ahumada,
norte de México, 1984
 
Dejó de ir a la escuela y comenzó a pasar más tiempo con sus primos. Al principio era sólo un testigo privilegiado: en lugares concurridos como el mercado o la estación de trenes, los veía robar billeteras y carteras. Trataban de evitar el enfrentamiento, pero tampoco se rajaban si era necesario repartir madrazos. En calles oscuras solían atacar armados de cuchillos; generalmente eso bastaba para que las víctimas entregaran todo. Eran conocidos por la policía, dispuesta a dejarlos tranquilos mientras sus asaltos fueran de poca monta y no hubiera sangre.
 
A la medianoche se metían en el California, el único téibol en que el cadenero, previo pago de unas monedas, dejaba entrar a Jesús, que había cumplido quince años y aparentaba menos: era pequeño y delgado y tenía un rostro infantil. Bajo las luces de neón, pedían chelas y veían un strip-tease. No todas las mujeres se les acercaban, porque tenían fama de pendencieros y de malos pagadores. La Quica, una de las putas viejas del California, donde se podía tomar un trago barato e indócil que se llamaba la «Pantera Rosa» –sotol mezclado con leche y Nesquik de fresa–, era de las pocas que los recibía con los brazos abiertos, porque no le gustaba dormir sola en la habitación que alquilaba en una pensión cerca del río. Iba de mesa en mesa, rebajando su precio y tratando en vano de quitarle clientes a Suzy, la guatemalteca con el pelo corto teñido de rubio y las tetas neumáticas, y Patricia, la tapatía que quería irse apenas ahorrara el dinero para que un coyote la hiciera cruzar al otro lado. Qué podía hacer, les doblaba en edad. No debía entristecerse. Hubiera podido quererlas como a sus hijas si no fuera que ella jamás habría tenido hijas tan putas.
 
A las tres de la mañana la Quica se acercaba a los primos y les decía que se fueran, y Medardo: esperemos que termine esta canción, ¿a poco no te gusta la Chavela? Justino le pellizcaba el culo, qué nalgas, con razón te dicen la Quica. A veces se acostaba con Medardo y otras con Justino y creía que Jesús era un mirón, porque cuando cogía con los primos él los observaba desde el sofá sin pronunciar palabra y resistía a sus invitaciones mientras se hacía una chaqueta.
 
 
Un jueves su madre le rogó que se quedara en casa con su hermana el fin de semana, le había salido una chamba en Juárez y volvería el lunes. Cedió a cambio de unas monedas.
 
La noche del viernes Jesús se tiró en su colchón de resortes vencidos y manchas de orín, a los pies de la cama de su madre y María Luisa. El cuarto hedía a kerosén, los olores de la cocina se metían por todas partes.
 
María Luisa dormía. Trató de distraerse observando las fotos de Mil Máscaras en una pared. En uno de los afiches volaba sobre Canek ante la mirada amenazadora de El Halcón. En otro promocionaba la película Misterio en las Bermudas junto a El Santo y Blue Demon. Le gustaba su estilo rudo, con llaves espectaculares como la plancha y el tope suicida. Tenía cuatro máscaras suyas y un muñeco del luchador con un valor especial pues era el último regalo de su padre antes de cruzar la línea y no volver.
 
En esas estaba cuando se durmió.
 
Un ruido lo despertó. Entreabrió los ojos, se llevó las manos a la cara e intentó sacarse la máscara que tenía puesta en el sueño. Se desesperó al no encontrarla. En la ventana se apoyaban las gotas escurridizas de la lluvia.
 
Se sentó sobre el colchón, titubeante, como si tuviera miedo de transformarse en un monstruo, como había ocurrido tantas veces en sus sueños. En el cuarto se filtraban las primeras luces de la madrugada. Sus ojos precisaron contornos hasta fijarse en la cama de su madre y su hermana. María Luisa estaba sola.
 
Se acercó a la cama, vio su rostro enmarcado por la cabellera negra, los ojos cerrados, la respiración acompasada. Lo atenazaba una mezcla difusa de pavor y excitación. María Luisa tenía once años y en los últimos meses sus pechos habían comenzado a hacerse notar en los vestidos que llevaba, alborotando a los chicos de la colonia. Que era linda todos lo habían sabido desde cuando era muy niña y dejaba que la boca de labios finos dibujara un gesto de sorpresa frente al mundo, y se agrandaban los ojos almendrados, el color verde de las pupilas resaltando con fuerza ante el contraste de la tez canela. Ahora comenzaba a estirarse, a rellenarse, a perturbar.
 
Transcurrieron varios minutos silenciosos.
 
Jesús se metió en la cama. María Luisa abrió los ojos.
 
¿Qué haces aquí?
 
Sólo… sólo quería visitarte.
 
Amá se va a enojar, Jesús.
 
No se tiene que enterar. ¿Quieres que me quede o no?
 
Amá se va a enojar.
 
Lo enfurecía que se le hubiera vuelto tan opaca desde hacía unos años. Hubo un tiempo en el que parecía de cristal, de tan transparente que era para Jesús. Papá había partido, mamá no se daba abasto con el trabajo, y Jesús y María Luisa se aferraron el uno a la otra. Por las noches dormían juntos en la cama, con la luz encendida porque María Luisa tenía miedo a la oscuridad, hasta que llegaba mamá del trabajo en una cantina y se echaba entre los dos. Por las tardes jugaban en el árbol hueco en el descampado cerca de la casa. Él le contaba historias inspiradas por las radionovelas que escuchaba, de profanadores de tumbas, hombres sin sepultura y momias asesinas. Todo había continuado así durante dos años, hasta que su madre le dijo que volviera al colchón que había compartido con María Luisa antes de que se fuera su padre. De ahora en adelante dormiría solo. María Luisa comenzó a pasar más tiempo con sus amigas de la escuela. Se le escurría de las manos, y él no podía hacer nada por evitarlo. Un día él, desesperado, le pidió que durmieran juntos, como solían hacerlo, y ella, con brusquedad, no podemos, y él es cuestión de esperar hasta que amá esté dormida, y ella, firme, mejor no.
 
Jesús se abalanzó sobre ella y quiso besarla y ella lo golpeó en la cara y se levantó de la cama. Sin perder la calma, le dijo estás loco, eso no se hace.
 
Él se recuperó del golpe. No le costaría nada arrinconarla y hacer lo que le diera la gana con ella. Pero esa no era la idea.
 
Te arrepentirás, dijo él.
 
Ella le dio la espalda y salió del cuarto y se dirigió a la cocina. Jesús se levantó y volvió a su colchón. Hundió el rostro en la almohada.
 
A la madrugada seguía despierto.
 
 
Encontró a sus primos en la cancha de futbol cerca del río, sentados detrás de un arco de hierro oxidado. Veían un partido en silencio. Medardo tenía un bigote que parecía postizo. Justino no perdía de vista la pelota. En sus botas negras había decorados metálicos que relumbraban en el sol.
 
Medardo y Justino eran mayores que él. Medardo había estado tres meses en la cárcel por internar en el país carros robados al otro lado; Justino desapareció un par de años, hasta que se acallaran los rumores que lo acusaban de haber violado a una de sus vecinas («está retebuena pero no fui yo, nomás le metí los dedos»).
 
Los primos se levantaron; Jesús los siguió. Bajaron por una pendiente hasta llegar a la orilla del río. Continuaron por un sendero flanqueado por montañas de desperdicios –Jesús creyó que alguien lo miraba desde la basura: eran los ojos azules de una muñeca–, hasta detenerse bajo un puente. De allí salían al atardecer murciélagos que ahora dormían apoyados en el techo y en las paredes.
 
El puente crujía ante el paso de los camiones. ¿Sería posible que el peso hundiera la estructura y los aplastara?
 
Medardo sacó una bolsa de plástico que tenía metida en uno de sus calcetines y aspiró. Se la pasó a Justino, que hizo lo mismo. Justino se la dio a Jesús, que se metió la bolsa a la nariz. Olía a carpintería, a madera fresca.
 
Apareció una botella de sotol. Jesús tomó un trago largo que le ardió en la garganta. Le vino un ataque de risa y tuvo que hacer esfuerzos por contenerse.
 
Hubo más pegamento y sotol. Al rato Jesús se tiró al suelo. Se recordó caminando por las calles de Villa Ahumada con su padre y María Luisa; iban al circo que llegaba cada tanto de Juárez o Chihuahua. Papá los malcriaba comprándoles caramelos y juguetitos. Había estudiado contaduría y era bueno para los números, pero la falta de trabajo hacía que se dedicara a oficios de todo tipo, desde administrador de un club de boxeo hasta encargado de una tienda de empeños. En esa tienda, La Infalible, había aprovechado para hacer su negocio. Se quedaba con parte del dinero que recibía de los clientes, y luego lo prestaba con intereses bajos. Los últimos meses de su padre en casa fueron de relativa bonanza: un televisor en blanco y negro, carne y fruta, algo de ropa. No duró mucho. Una noche reunió a todos en la cocina y, mientras se tocaba la frente con nerviosismo, dijo que tenía que irse a buscar trabajo al otro lado. Prometió volver. María Luisa lloró, y él quiso ser optimista: papá nunca le había fallado. Cuando se despertó al día siguiente, él ya no estaba: se había marchado en la madrugada. Luego se enteraría que no le sería fácil regresar. El dueño de La Infalible sabía del desfalco y lo había amenazado de muerte si no pagaba lo que debía.
 
Jesús reía con una carcajada nerviosa. Luego lloraba. Volvió a reír. Después se durmió.
 
 
El lunes por la mañana se dio una vuelta por la escuela Padre Pro, donde estudiaba María Luisa. A la hora en que a ella le tocaba educación física se dirigió al enrejado y miró las evoluciones de las colegialas en el patio. Aunque María Luisa parecía no darse cuenta de que él estaba ahí, Jesús estaba seguro de que sabía que él la observaba. Una monja lo reprendió e hizo llamar al portero, un barrigón que prometió quebrarle los huesos si lo volvía a ver.
 
 
Jesús encontró a sus primos en el mercado. Compartían un plato de carne asada con frijoles y tomaban horchata. Un ácido olor a orín provenía de los baños.
 
Medardo estaba molesto porque Suzy lo había rechazado la noche anterior. Le toqué la cintura y me dio una bofetada. Lo vi, dijo Jesús, pero pensé que no le habías dado importancia.
 
Estaba tratando de no darle. Pero me jode. Pinche cabrona. Me dijo se ve pero no se toca, y yo le grité, zorra, por qué te vistes así entonces. Pagando nos podemos entender, dijo, y yo no acostumbro pagar, a todas les gusta mi soplete. Y ella, crece primero para hablar conmigo. ¡Si es de mi edad!
 
Jesús trató de calmarlo pero Justino lo soliviantó aún más: qué se cree, tan orgullosa que ni nos mira.
 
Conozco dónde vive, dijo Justino. Podríamos esperarla a la salida esta noche.
 
¿Una madriza?, preguntó Jesús.
 
Lo primero es lo primero, dijo Medardo. Tiene que saber lo que es bueno.
 
A Jesús le gustó la idea. Suzy lo saludaba con cariño en el California, pero a la vez había una mirada de arriba abajo, un toque maternal cuando hablaba con él: como si esa melena negra que le llegaba hasta la cintura, ese ombligo con un gancho, los shorts de lycra, las piernas largas enfundadas en botas negras, fueran sólo para camioneros y polleros. Además, Jesús ya no sólo miraba cuando sus primos robaban; le había ido bien asaltando a una pareja a la salida de la estación. Le jaló el collar de perlas a la mujer, y cuando el hombre corrió detrás de él lo mantuvo a raya con un cuchillo; las perlas resultaron falsas, pero lo que contaba era la intención.
 
Tengo varias máscaras, dijo. Nos las podemos poner. Por si acaso, para protegernos.
 
Estás aprendiendo rápido, primo, dijo Medardo.
 
Después del mercado fueron bajo el puente. Hubo sotol y pegamento hasta la noche.
 
 
A las cuatro de la mañana Suzy descendió de un taxi y se dirigió hacia el edificio de cuatro pisos en el que vivía; los tacones de sus botas resonaron en la noche.
 
Abrió la puerta girando la llave hacia la derecha y apretándola como si fuera un punzón. Estaba mareada. No había día en que no se imaginara lejos del piso encharcado del California, del humo que le ardía en los ojos, de las rancheras y la música atronadora de Van Halen y Prince, de los borrachos que le metían mano.
 
Suzy cerraba la puerta cuando escuchó una voz familiar.
 
Cuál es el apuro.
 
¿Quién eres?
 
Cómo nos olvidamos tan rápido.
 
Ah, eres tú… Me asustaste.
 
No hagas ningún movimiento, dijo él mostrándole un cuchillo.
 
Ella retrocedió hasta que su espalda chocó con la pared de azulejos. Sus manos se aferraron a su cartera. En una esquina se acumulaban las bolsas de desperdicios sobre un tacho de basura.
 
Medardo, Justino y Jesús ingresaron al edificio y cerraron la puerta tras sus espaldas.
 
¿Qué quieren, chamacos? Ya es tarde, estoy cansada. Nomás déjenme tranquila, por favor. No quiero llamar al Patotas.
 
Medardo se abalanzó sobre ella y la tiró contra los escalones. Suzy sintió un golpe en la espalda: quiso gritar, pero una mano le cubrió la boca. Intentó soltarse de los brazos de Medardo; él forcejeó con ella hasta darle la vuelta e impedirle que se moviera. ¿Dónde estaba su cartera?
 
Por favor, no.
 
Medardo le bajó los jeans y desgarró sus pantaletas. Suzy trató de seguir luchando. No le quedaban fuerzas. Sintió que la penetraban y quiso gritar. ¿Escucharía los ruidos la pareja de la habitación al lado de la suya, en el segundo piso?
 
Justino le rompió la blusa roja, le quitó el sostén, le embadurnó los pechos de saliva. Para entonces ella los dejaba hacer sin defenderse, amilanada por los cuchillos y la navaja. Se acordó de Yandira, la hija que había dejado con su madre en Tlaquepaque; la veía corriendo por el patio de la casa con una falda azul y el ensortijado pelo negro, lo único positivo que había heredado del imbécil de su padre. Saldría con vida de esto, los denunciaría al Patotas.
 
Después vino el otro, el que casi no hablaba.
 
Jesús se echó sobre ella, que se había replegado sobre sí misma y no paraba de llorar. Tenía la ropa destrozada y se cubría el rostro con las manos.
 
Debía mostrarles a sus primos cómo se hacían las cosas.

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