Novelas Ejemplares

Novelas Ejemplares

by Miguel de Cervantes Saavedra
     
 

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Las Novelas Ejemplares, obra de la madurez de Cervantes, consiguen mantener la tensión de cada relato y a la vez hacer que los personajes hablen mucho y con suma ironía. En ocasiones la trama transcurre entre escenas y festejos en los que el humor y la poesía y enriquecen el lenguaje sin restar eficacia narrativa al texto.

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Las Novelas Ejemplares, obra de la madurez de Cervantes, consiguen mantener la tensión de cada relato y a la vez hacer que los personajes hablen mucho y con suma ironía. En ocasiones la trama transcurre entre escenas y festejos en los que el humor y la poesía y enriquecen el lenguaje sin restar eficacia narrativa al texto.

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ISBN-13:
9788498169799
Publisher:
Red Ediciones (Linkgua S.L.)
Publication date:
07/01/2008
Pages:
470
Product dimensions:
5.50(w) x 8.50(h) x 1.25(d)

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Novelas Ejemplares


By Miguel de Cervantes Saavedra

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9816-979-9



CHAPTER 1

LA GITANILLA


Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones. Nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian para ladrones y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes, a todo ruedo. Y la gana del hurtar, y el hurtar, son en ellos como accidentes inseparables, que no se quitan sino con la muerte.

Una, pues, desta nación, gitana vieja (que podía ser jubilada en la ciencia de Caco), crió una muchacha en nombre de nieta suya, a quien puso nombre Preciosa, y a quien enseñó todas sus gitanerías, y modos de embelecos y trazas de hurtar. Salió la tal Preciosa la más única bailadora que se hallaba en todo el gitanismo, y la más hermosa y discreta que pudiera hallarse, no entre los gitanos, sino entre cuantas hermosas y discretas pudiera pregonar la fama.

Ni los soles, ni los aires, ni todas las inclemencias del cielo, a quien más que otras gentes están sujetos los gitanos, pudieron deslustrar su rostro, ni curtir las manos; y lo que es más, que la crianza tosca en que se criaba no descubría en ella sino ser nacida de mayores prendas que de gitana, porque era en extremo cortés, y bien razonada. Y con todo esto era algo desenvuelta; pero no de modo que descubriese algún género de deshonestidad; antes con ser aguda, era tan honesta que en su presencia no osaba alguna gitana vieja, ni moza, cantar cantares lascivos, ni decir palabras no buenas; y, finalmente, la abuela conoció el tesoro que en la nieta tenía y así determinó el águila vieja sacar a volar su aguilucho y enseñarle a vivir por sus uñas.

Salió Preciosa rica de villancicos, de coplas, seguidillas y zarabandas y de otros versos, especialmente de romances, que los cantaba con especial donaire. Porque su taimada abuela echó de ver que tales juguetes y gracias en los pocos años y en la mucha hermosura de su nieta habían de ser felicísimos atractivos, e incentivos para acrecentar su caudal, y así se los procuró y buscó por todas las vías que pudo, y no faltó poeta que se los diese; que también hay poetas que se acomodan con gitanos y les venden sus obras, como los hay para ciegos que les fingen milagros y van a la parte de la ganancia (de todo hay en el mundo); y esto de la hambre tal vez hace arrojar los ingenios a cosas que no están en el mapa.

Crióse Preciosa en diversas partes de Castilla, y a los quince años de su edad su abuela putativa la volvió a la corte y a su antiguo rancho, que es adonde ordinariamente le tienen los gitanos en los campos de Santa Bárbara, pensando en la corte vender su mercadería, donde todo se compra y todo se vende. Y la primera entrada que hizo Preciosa en Madrid fue un día de santa Ana, patrona y abogada de la villa, con una danza en que iban ocho gitanas, cuatro ancianas y cuatro muchachas, y un gitano gran bailarín que las guiaba; y aunque todas iban limpias y bien aderezadas, el aseo de Preciosa era tal, que poco a poco fue enamorando los ojos de cuantos la miraban; de entre el son del tamborín y castañetas y fuga del baile salió un rumor que encarecía la belleza y donaire de la gitanilla, y corrían los muchachos a verla, y los hombres a mirarla. Pero cuando la oyeron cantar, por ser la danza cantada, allí fue ello, allí sí que cobró aliento la fama de la gitanilla, y de común consentimiento de los diputados de la fiesta, desde luego le señalaron el premio y joya de la mejor danza; y cuando llegaron a hacerla en la iglesia de Santa María, delante de la imagen de santa Ana, después de haber bailado todas, tomó Preciosa unas sonajas, al son de las cuales, dando en redondo largas y ligerísimas vueltas, cantó el romance siguiente:

    Arbol preciosísimo
    Que tardó en dar fruto
    Años, que pudieron
    Cubrirle de luto,
    Y hacer los deseos
    Del consorte puros,
    Contra su esperanza,
    No muy bien seguros;
    De cuyo tardarse
    Nació aquel disgusto,
    Que lanzó del templo
    Al varón más justo.
    Santa tierra estéril,
    Que al cabo produjo
    Toda la abundancia,
    Que sustenta el mundo.
    Casa de moneda
    Do se forjó el cuño
    Que dio a Dios la forma,
    Que como hombre tuvo.
    Madre de una hija,
    En quien quiso, y pudo
    Mostrar Dios grandezas
    Sobre humano curso.
    Por vos, y por ella
    Sois Ana el refugio
    Do van por remedio
    Nuestros infortunios
    En cierta manera
    Tenéis, no lo dudo
    Sobre el nieto imperio
    Piadoso, y justo.
    A ser comunera
    Del alcázar sumo
    Fueran mil parientes
    Con vos de consuno
    ¡Qué hija y qué nieto!
    ¡Y qué yerno! al punto,
    A ser causa justa,
    Cantárades triunfos
    Pero vos humilde
    Fuisteis el estudio,
    Donde vuestra hija
    Hizo humildes cursos;
    Y ahora a su lado
    A Dios el más junto
    Gozáis de la alteza,
    Que apenas barrunto.


El cantar de Preciosa fue para admirar a cuantos la escuchaban. Unos decían: «Dios te bendiga la muchacha».

Otros: «Lástima es, que esta mozuela sea gitana. En verdad en verdad, que merecía ser hija de un gran señor».

Otros había, más groseros, que decían: «Dejen crecer a la rapaza, que ella hará de las suyas a fe que se va añudando en ella gentil red barredera para pescar corazones».

Otro más humano, más basto, y más modorro, viéndola andar tan ligera en el baile, le dijo: «¡A ello, hija, a ello! ¡Andad, amores, y pisad el polvito a tan menudito!».

Y ella respondió, sin dejar el baile: «Y pisarélo yo a tan menudo».

Acabáronse las vísperas, y la fiesta de santa Ana, y quedó Preciosa algo cansada, pero tan celebrada de hermosa, de aguda, y de discreta y de bailadora que a corrillos se hablaba della en toda la corte.

De allí a quince días, volvió a Madrid con otras tres muchachas con sonajas y con un baile nuevo, todas apercibidas de romances y de cantarcillos alegres; pero todos honestos, que no consentía Preciosa que las que fuesen en su compañía cantasen cantares descompuestos, ni ella los cantó jamás; y muchos miraron en ello, y la tuvieron en mucho.

Nunca se apartaba della la gitana vieja, hecha su Argos, temerosa no se la despabilasen y traspusiesen; llamábala nieta, y ella la tenía por abuela. Pusiéronse a bailar a la sombra en la calle de Toledo y de los que las venían siguiendo se hizo luego un gran corro; y en tanto que bailaban, la vieja pedía limosna a los circunstantes, y llovían en ella ochavos y cuartos como piedras a tablado; que también la hermosura tiene fuerza de despertar la caridad dormida. Acabado el baile dijo Preciosa:

— Si me dan cuatro cuartos, les cantaré un romance yo sola lindísimo en extremo, que trata de cuando la reina nuestra señora Margarita salió a misa de parida en Valladolid y fue a san Llorente. Dígoles que es famoso, y compuesto por un poeta de los del número, como capitán del batallón.

Apenas hubo dicho esto, cuando casi todos los que en la rueda estaban dijeron a voces: «¡Cántala Preciosa, y ves aquí mis cuatro cuartos!» y así granizaron sobre ella cuartos, que la vieja no se daba manos a cogerlos.

Hecho pues su agosto, y su vendimia, repicó Preciosa sus sonajas y al tono correntío y loquesco cantó el siguiente romance:

    Salió a misa de parida
    La mayor reina de Europa,
    En el valor, y en el nombre
    Rica, y admirable joya.
    Como los ojos se lleva,
    Se lleva las almas todas
    De cuantos miran, y admiran
    Su devoción, y su pompa.
    Y para mostrar, que es parte
    Del cielo en la tierra toda,
    A un lado lleva el Sol de Austria,
    Al otro la tierna Aurora.
    A sus espaldas le sigue
    Un lucero que a deshora
    Salió la noche del día,
    Que el cielo, y la tierra lloran.
    Y si en el cielo hay estrellas,
    Que lucientes carros forman,
    En otros carros su cielo
    Vivas estrellas adornan.
    Aquí el anciano Saturno
    La barba pule, y remoza,
    Y aunque es tardo, va ligero;
    Que el placer cura la gota.
    El dios parlero va en lenguas
    Lisonjeras, y amorosas,
    Y Cupido en cifras varias,
    Que rubíes, y perlas bordan.
    Allí va el furioso Marte
    En la persona curiosa
    Demás de un gallardo joven,
    Que de su sombra se asombra.
    Junto a la casa del Sol
    Va Júpiter, que no hay cosa
    Difícil a la privanza
    Fundada en prudentes obras.
    Va la Luna en las mejillas
    De una, y otra humana diosa,
    Venus casta en la belleza
    De las que este cielo forman.
    Pequeñuelos Ganimedes
    Cruzan, van, vuelven y tornan
    Por el cinto tachonado
    De esta esfera milagrosa.
    Y para que todo admire,
    Y todo asombre, no hay cosa
    Que de liberal no pase,
    Hasta el extremo de pródiga.
    Milán con sus ricas telas
    Allí va en vista curiosa,
    Las Indias con sus diamantes,
    Y Arabia con sus aromas.
    Con los mal intencionados
    Va la envidia mordedora,
    Y la bondad en los pechos
    De la lealtad española.
    La alegría universal
    Huyendo de la congoja,
    Calles, y plazas discurre
    Descompuesta, y casi loca.
    A mil mudas bendiciones
    Abre el silencio la boca,
    Y repiten los muchachos
    Lo que los hombres entonan.
    Cual dice: Fecunda vid,
    Crece, sube, abraza, y toca
    El olmo felice tuyo,
    Que mil siglos te haga sombra,
    Para gloria de ti misma,
    Para bien de España y honra,
    Para arrimo de la Iglesia,
    Para asombro de Mahoma.
    Otra lengua clama, y dice:
    ¡Vivas, oh blanca paloma!
    Que nos has de dar por crías,
    Águilas de dos coronas,
    Para ahuyentar de los aires
    Las de rapiña furiosas,
    Para cubrir con sus alas
    A las virtudes medrosas.
    Otra más discreta, y grave,
    Más aguda, y más curiosa,
    Dice vertiendo alegría
    Por los ojos, y la boca;
    Esta perla que nos diste,
    Nácar de Austria, única, y sola,
    ¡Qué de máquinas que rompe,
    Qué designios que corta,
    Qué de esperanzas que infunde,
    Qué de deseos mal logra,
    Qué de temores aumenta,
    Qué de preñados aborta!
    En esto se llegó al templo
    Del Fénix santo, que en Roma
    Fue abrasado, y quedó vivo
    En la fama, y en la gloria.
    A la imagen de la vida
    A la del cielo señora,
    A la que por ser humilde
    Las estrellas pisa ahora.
    A la madre, y Virgen junto
    A la hija, y a la esposa
    De Dios, hincada de hinojos,
    Margarita así razona:
    Lo que me has dado te doy
    Mano siempre dadivosa,
    Que a do falta el favor tuyo,
    Siempre la miseria sobra.
    Las primicias de mis frutos
    Te ofrezco, Virgen hermosa,
    Tales cuales son las mira,
    Recibe, ampara, y mejora.
    A su padre te encomiendo,
    Que humano Atlante se encorva
    Al peso de tantos Reinos
    Y de climas tan remotas;
    Sé que el corazón del rey
    En las manos de Dios mora,
    Y sé que puedes con Dios
    Cuanto quieres piadosa.
    Acabada esta oración,
    Otra semejante entonan
    Himnos y voces que muestran
    Que está en el suelo la gloria.
    Acabados los oficios,
    Con reales ceremonias,
    Volvió a su punto este cielo
    Y esfera maravillosa.

Apenas acabó Preciosa su romance, cuando del ilustre auditorio, y grave senado, que la oía, de muchas se formó una voz sola que dijo: «¡Torna a cantar, Preciosica, que no faltarán cuartos como tierra!».


Más de doscientas personas estaban mirando el baile y escuchando el canto de las gitanas; y en la fuga de él, acertó a pasar por allí uno de los tenientes de la villa, y viendo tanta gente junta, preguntó qué era. Y fuele respondido que estaban escuchando a la gitanilla hermosa que cantaba. Llegóse el teniente, que era curioso, y escuchó un rato, y por no ir contra su gravedad, no escuchó el romance hasta la fin; y habiéndole parecido por todo extremo bien la gitanilla, mandó a un paje suyo dijese a la gitana vieja que al anochecer fuese a su casa con las gitanillas, que quería que las oyese doña Clara, su mujer. Hízolo así el paje, y la vieja dijo que sí iría.

Acabaron el baile y el canto, y mudaron lugar; y en esto llegó un paje muy bien aderezado a Preciosa, y dándole un papel doblado, le dijo:

— Preciosica, canta el romance que aquí va porque es muy bueno, y yo te daré otros de cuando en cuando con que cobres fama de la mejor romancera del mundo.

— Eso aprenderé yo de muy buena gana — respondió Preciosa —, y mire, señor, que no me deje de dar los romances que dice, con tal condición que sean honestos, y si quisiere que se los pague, concertémonos por docenas, y docena cantada y docena pagada; porque pensar que le tengo de pagar adelantado, es pensar lo imposible.

— Para papel siquiera, que me dé la señora Preciosica — dijo el paje —, estaré contento; y más, que el romance que no saliere bueno y honesto, no ha de entrar en cuenta.

— A la mía quede el escogerlos — respondió Preciosa.

Y con esto se fueron la calle adelante, y desde una reja llamaron unos caballeros a las gitanas. Asomóse Preciosa a la reja, que era baja, y vio en una sala muy bien aderezada y muy fresca muchos caballeros que, unos paseándose y otros jugando a diversos juegos, se entretenían.

— ¿Quiérenme dar barato, ceñores? — dijo Preciosa (que como gitana hablaba cezoso, y esto es artificio en ellas, que no naturaleza).

A la voz de Preciosa, y a su rostro, dejaron los que jugaban el juego, y el paseo los paseantes; y los unos y los otros acudieron a la reja por verla, que ya tenían noticia della, y dijeron:

— Entren, entren las gitanillas, que aquí les daremos barato.

— Caro sería ello — respondió Preciosa —, si nos pellizcacen.

— No, a fe de caballero — respondió uno —, bien puedes entrar, niña, segura que nadie te tocará a la vira de tu zapato; no, por el hábito que traigo en el pecho — y púsose la mano sobre uno de Calatrava.

— Si tú quieres entrar, Preciosa — dijo una de las tres gitanillas que iban con ella —, entra enhorabuena, que yo no pienso entrar adonde hay tantos hombres.

— Mira, Cristina — respondió Preciosa —, de lo que te has de guardar es de un hombre solo, y a solas, y no de tantos juntos; porque antes el ser muchos quita el miedo y el recelo de ser ofendidas. Advierte, Cristinica, y está cierta de una cosa, que la mujer que se determina a ser honrada, entre un ejército de soldados lo puede ser. Verdad es que es bueno huir de las ocasiones, pero han de ser de las secretas y no de las públicas.

— Entremos, Preciosa — dijo Cristina —, que tú sabes más que un sabio.

Animólas la gitana vieja, y entraron; y apenas hubo entrado Preciosa, cuando el caballero del hábito vio el papel que traía en el seno y, llegándose a ella, se le tomó, y dijo Preciosa:

— Y no me le tome, señor, que es un romance que me acaban de dar ahora, que aún no le he leído.

— Y ¿sabes tú leer, hija? — dijo uno.

— Y escribir — respondió la vieja —, que a mi nieta hela criado yo como si fuera hija de un letrado.

Abrió el caballero el papel y vio que venía dentro de él un escudo de oro, y dijo:

— En verdad, Preciosa, que trae esta carta el porte dentro; toma este escudo que en el romance viene.

— ¡Basta! — dijo Preciosa —, que me ha tratado de pobre el poeta, pues cierto que es más milagro darme a mí un poeta un escudo, que yo recibirle; si con esta añadidura han de venir sus romances, traslade todo el Romancero general y envíemelos uno a uno, que yo les tentaré el pulso, y si vinieren duros, seré yo blanda en recibillos.

Admirados quedaron los que oían a la gitanica, así de su discreción, como del donaire con que hablaba.

— Lea, señor — dijo ella —, y lea alto, veremos si es tan discreto ese poeta como es liberal.

    Y el caballero leyó así:
    Gitanica, que de hermosa
    Te pueden dar parabienes,
    Por lo que de piedra tienes,
    Te llama el mundo Preciosa.
    Desta verdad me asegura
    Esto, como en ti verás,
    Que no se apartan jamás
    La esquiveza, y la hermosura.
    Si como en valor subido
    Vas creciendo en arrogancia,
    No le arriendo la ganancia
    A la edad en que has nacido.
    Que un basilisco se cría
    En ti, que mata mirando;
    Y un Imperio que, aunque blando,
    Nos parezca tiranía.
    Entre pobres y aduares,
    ¿Cómo nació tal belleza?
    O ¿cómo crió tal pieza
    El humilde Manzanares?
    Por eso será famoso
    Al par del Tajo dorado,
    Y por Preciosa preciado
    Más que el Ganges caudaloso.
    Dices la buena ventura,
    Y dasla mala continuo,
    Que no van por un camino
    Tu intención y tu hermosura.
    Porque en el peligro fuerte
    De mirarte o contemplarte,
    Tu intención va a disculparte,
    Y tu hermosura a dar muerte.
    Dicen que son hechiceras
    Todas las de tu nación,
    Pero tus hechizos son
    De más fuerzas, y más veras.
    Pues por llevar los despojos
    De todos cuantos te ven,
    Haces, oh niña, que estén
    Tus hechizos en tus ojos.
    En sus fuerzas te adelantas,
    Pues bailando nos admiras,
    Y nos matas, si nos miras
    Y nos encantas, si cantas.
    De cien mil modos hechizas,
    Hables, calles, cantes, mires,
    O te acerques, o retires,
    El fuego de amor atizas.
    Sobre el más exento pecho
    Tienes mando y señorío,
    De lo que es testigo el mío
    De tu Imperio satisfecho
    Preciosa joya de amor,
    Esto humildemente escribe
    El que por ti muere, y vive,
    Pobre, aunque humilde amador.

— En «pobre» acaba el último verso — dijo a esta sazón Preciosa —, mala señal; nunca los enamorados han de decir que son pobres, porque a los principios, a mi parecer, la pobreza es muy enemiga del amor.

— ¿Quién te enseña eso, rapaza? — dijo uno.

— ¿Quién me lo ha de enseñar? — respondió Preciosa —. ¿No tengo yo mi alma en mi cuerpo? ¿No tengo ya quince años?, y no soy manca ni renca, ni estropeada del entendimiento. Los ingenios de las gitanas van por otro norte que los de las demás gentes; siempre se adelantan a sus años; no hay gitano necio, ni gitana lerda. Que como el sustentar su vida consiste en ser agudos, astutos y embusteros, despabilan el ingenio a cada paso y no dejan que críe moho en ninguna manera. ¿Ven estas muchachas, mis compañeras, que están callando y parecen bobas?, pues, éntrenles el dedo en la boca y tiéntenlas las cordales y verán lo que ve rán. No hay muchacha de doce que no sepa lo que de veinticinco, porque tienen por maestros y preceptores al diablo y al uso que les enseña en una hora lo que habían de aprender en un año.


(Continues...)

Excerpted from Novelas Ejemplares by Miguel de Cervantes Saavedra. Copyright © 2015 Red ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
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Meet the Author

Miguel de Cervantes Saavedra (Alcal� de Henares, 1547-Madrid, 1616). Espa�a. Hijo de Rodrigo Cervantes, cirujano, y Leonor de Cortina. Se sabe muy poco de su infancia y adolescencia. Era el cuarto hijo entre siete. Las primeras noticias que se tienen de Cervantes son de su etapa de estudiante, en Madrid. A los veintid�s a�os se fue a Italia, para acompa�ar al cardenal Acquaviva. En 1571 particip� en la batalla de Lepanto, donde sufri� heridas en el pecho y la mano izquierda. Aunque su brazo qued� inutilizado, combati� despu�s en Corf�, Ambarino y T�nez. En 1584 se cas� con Catalina de Palacios, no fue un matrimonio afortunado. Tres a�os m�s tarde, en 1587, se traslad� a Sevilla y fue comisario de abastos. En esa ciudad sufri� c�rcel varias veces por sus problemas econ�micos. Hacia 1603 o 1604 se fue a Valladolid y all� tambi�n fue a prisi�n, esta vez acusado de un asesinato. Desde 1606, tras la publicaci�n del Quijote, fue reconocido como un escritor famoso y vivi� en Madrid.

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