Nunca Pense que Veria el Dia!: La Cultura en la Encrucijada

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Is Western civilization in an accelerating decline? And if it continues will it eventually weaken and cause us to come to the end of cultured civilization as we now know it? "Yes," says David Jeremiah, and in his book, I NEVER THOUGHT I'D SEE THE DAY! he details numerous ...

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I Never Thought I'd See the Day!: Culture at the Crossroads

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Is Western civilization in an accelerating decline? And if it continues will it eventually weaken and cause us to come to the end of cultured civilization as we now know it? "Yes," says David Jeremiah, and in his book, I NEVER THOUGHT I'D SEE THE DAY! he details numerous signs of this cultural decay including:

  • America held hostage by Iran
  • Marriage becoming obsolete
  • Creeping socialism
  • The invisibility of culture's enemies
  • Increase in "spiritual warfare"
  • America turning its back on Israel
  • Atheist attack on religion
Can this downward spiral be reversed? Yes, but only if one person at a time returns to God with our heart, our manner of life, our dedication to genuine worship of God, in serving God by helping others, in our giving, and in prayer.
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Product Details

  • ISBN-13: 9781455504312
  • Publisher: FaithWords
  • Publication date: 1/30/2012
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 352
  • Sales rank: 1,381,573
  • Product dimensions: 5.20 (w) x 7.90 (h) x 1.00 (d)

Meet the Author

Dr. David Jeremiah is the founder of Turning Point Ministries, a nonprofit organization devoted to "delivering the unchanging Word of God to an ever-changing world." A pastor's son born in Toledo, Ohio, he graduated from Dallas Theological Seminary and received his doctorate from Cedarville College. David and his wife, Donna, have four children and ten grandchildren, and live in San Diego.
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Nunca Pensé que Vería el Día!

La Cultura en la Encrucijada
By Jeremiah, David

FaithWords

Copyright © 2012 Jeremiah, David
All right reserved.

ISBN: 9781455504312

CAPÍTULO 1

En que los ateos se enfurecerían

El 15 de mayo de 2007, Jerry Falwell, uno de los líderes evangélicos de nuestra generación, murió. Ese mismo día, el presentador de la CNN, Anderson Cooper, le preguntó al ateo declarado Christopher Hitchens por su reacción:

COOPER:

No estoy seguro de si usted cree en el cielo, pero en caso afirmativo, ¿cree que Jerry Falwell está allí?

HITCHENS:

No; y creo que es una pena que tampoco haya un infierno adonde él pudiera ir.

COOPER:

¿Qué había en él que le produce esa virulencia?

HITCHENS:

La vida vacía de este pequeño y feo charlatán solamente demuestra una cosa: que en este país se puede quedar impune con las ofensas más extraordinarias contra la moralidad y la verdad si uno tan sólo se hace llamar reverendo.

COOPER:

Independientemente de si está o no de acuerdo con su lectura de la Biblia, ¿no cree que él era sincero en lo que decía?

HITCHENS:

No. Creo que era un charlatán consciente, bravucón y farsante; y creo que si en verdad leía alguna vez la Biblia, y dudo de que fuera capaz de leer cualquier libro extenso… solamente lo hacía de la forma más machacona, como solemos decir, ¡a bibliazos!

Debido a que Jerry Falwell y su familia habían sido amigos míos por más de treinta años, me pareció que las palabras de Hitchens fueron crueles y faltas de sensibilidad, y por encima de todo imprecisas. Pero estoy seguro de que Hitchens argumentaría que él no estaba escogiendo a Falwell para algún trato especial. Él y sus amigos ateos han montado una agresiva ofensiva contra todos los evangélicos. Como ha escrito el apologista Dinesh D’Souza: «Un grupo de prominentes ateos, muchos de ellos biólogos evolucionistas, han lanzado un ataque público contra la religión en general y contra el cristianismo en particular; no tienen ningún interés en ser agradables».

No es difícil encontrar evidencia para apoyar la declaración de D’Souza. Richard Dawkins, en su libro The God Delusion, expresa su enojo con Dios: «Podría argumentarse que el Dios del Antiguo Testamento es el personaje más desagradable de toda la ficción: celoso y orgulloso de ello; mezquino, injusto, rencoroso controlador obsesionado; un bravucón reivindicativo, limpiador étnico sediento de sangre; misógino, homófobo, racista, infanticida, genocida, filicida, pestilente, megalómano, sadomasoquista, caprichosamente malévolo».

Dawkins ya no se conforma con argumentar acerca de Dios; está enfurecido con Dios. Un editorial de Christianity Today intenta explicar este nuevo nivel de virulencia:

También se puede ver que el ateísmo tiene problemas porque cada vez se está volviendo más intolerante. En el pasado, los ateos… a menudo se mostraban condescendientemente tolerantes con el resto de sus conciudadanos menos iluminados. Aunque despreciaban la religión, trataban a sus vecinos religiosos como personas con buen corazón, aunque mal encarriladas; pero ahora, activistas clave están instando a adoptar un enfoque menos civil. En una convención reciente patrocinada por Science Network en el instituto Salk en La Jolla, California, el tono de intolerancia alcanzó un nivel tal que el antropólogo Melvin J. Konner comentó: «Los puntos de vista han cubierto todo el espectro desde la A hasta la B. ¿Deberíamos golpear a la religión con una palanca o sólo con un bate de beisbol?».

Otro anterior ateo, Antony Flew, llamó a esto un ateísmo del tipo «mirar atrás enfurecido, no tomar prisioneros». La ironía del enojo del Nuevo Ateo queda manifiesta en el artículo del editor/profesor Joe Carter: «Cuando los ateos se enojan con Dios»:

He dado puñetazos por enojo a automóviles parados, a nubes tormentosas y a meteorólogos incompetentes. Incluso en un mal día en el que se incluyeron un alternador estropeado, una sirena de avisos de tornado atronadora y una predicción del tiempo horriblemente mala, maldije las tres cosas a la vez. He echado chispas con muebles, he maldecido a los guardas de tráfico, y he tenido rencor contra Gun Barrel City, Texas. Me he puesto como loco con casi cualquier cosa que se pueda imaginar.

Salvo con los unicornios. Nunca me he enfurecido con los unicornios.

Es poco probable que usted se pueda enojar alguna vez con los unicornios. Podemos ponernos furiosos con objetos y criaturas, tanto animadas como inanimadas. Incluso podemos, en un sentido limitado, molestarnos con los personajes imaginativos de libros y sueños. Pero criaturas como los unicornios que no existen (que verdaderamente creemos que no existen) no suelen provocarnos a ira. Ciertamente no culpamos a las criaturas de un sólo cuerno de nuestros problemas.

El único grupo social que conforma la excepción de esta regla son los ateos. Ellos afirman creer que Dios no existe y, sin embargo, según estudios empíricos, tienden a ser las personas que más se enojan con Él.

Cuando escribo sobre el enojo de los ateos, no me refiero principalmente a los clásicos ateos como Bertrand Russell, Jean-Paul Sartre, Karl Marx y Sigmund Freud. Los ateos de los que escribo son los «Nuevos Ateos». El término «nuevo ateísmo» lo usó por primera vez la revista Wired en noviembre de 2006 para describir el ateísmo expuesto en libros como Breaking the Spell de Daniel Dennett, The God Delusion de Richard Dawkins, Six Impossible Things Before Breakfast de Lewis Wolpert, The Comprehensible Cosmos de Victor Stenger, The End of Faith de Sam Harris y God Is Not Great de Christopher Hitchens.

Como observó Antony Flew:

Lo significativo de estos libros no era su nivel de argumentación, que era modesto, por decirlo de algún modo, sino el nivel de visibilidad que recibieron como libros más vendidos y como una «nueva» historia descubierta por los medios de comunicación.

El objetivo principal de estos libros es, sin lugar a duda, la religión organizada de cualquier tipo, tiempo o lugar. Paradójicamente, los libros en sí parecen sermones fundamentalistas. Los autores, en su mayor parte, suenan como predicadores de fuego y azufre que nos advierten de la funesta retribución, incluso del apocalipsis, si no nos arrepentimos de nuestras díscolas creencias y prácticas relacionadas.

¿A qué se debe tal enojo? ¿Cómo puede la gente enfurecerse tanto con Dios si ni siquiera cree que existe? ¿Y por qué el más enfurecido entre ellos se muestra tan dispuesto a predicar su religión anti-Dios con ese celo evangelístico?

Sería presuntuoso, si no imposible, afirmar categóricamente por qué los Nuevos Ateos están enfurecidos con Dios. ¿Será porque el número de cristianos está aumentando mientras el número de ateos está disminuyendo? ¿Será porque no están siendo influyentes en la corriente dominante con sus argumentos? ¿Será un ejemplo de la definición de fanatismo de Santayana: «redoblar tus esfuerzos cuando has olvidado tu meta»? ¿Será el enojo de la rebelión que a menudo se produce por la convicción de pecado: el pecado que uno no quiere dejar (Juan 16.8)?

No puedo responder a estas preguntas porque no puedo conocer los corazones de esos ateos enfurecidos; pero sí sé esto: el actual grupo vocal del ateísmo ha subido el volumen, si no la sustancia, del ataque moderno a la religión que estamos viendo producirse en varios frentes. Siempre hemos tenido ateos, y siempre los tendremos hasta que el Señor regrese, pero el grito estridente de los ateos en la actualidad no se parece en nada a la más respetuosa oposición a la fe que hemos visto en el pasado. Nunca pensé que vería el día en que los ateos nos atacarían de forma tan abierta y virulenta, dejando a un lado el argumento racional y descendiendo a una virulencia tan tóxica y a una acusación infundada. Pero ese día ha llegado, y en este capítulo exploraremos cómo es este nuevo ateísmo, lo que significa y cómo podemos responder.

¿Qué es tan novedoso del «Nuevo Ateísmo»?

Aunque el proactivismo, el fervor «evangelístico» y el espíritu militar de los Nuevos Ateos son nuevos, el ateísmo en sí no lo es. Las palabras españolas ateo y ateísmo no aparecen en las traducciones modernas de la Biblia, pero sí están las ideas que representan. Nuestra palabra española ateo está derivada de la palabra griega atheos, la cual aparece en una ocasión en el Nuevo Testamento (Efesios 2.12). En griego, el prefijo a- es una forma negativa, que significa «no», mientras que theos es la palabra para Dios. Así pues, a + theos = atheos, que significa, literalmente, «no Dios». También podría significar «sin Dios», que es como Pablo la usó en Efesios 2.12: «sin esperanza y sin Dios en el mundo».

Atheo se puede entender al menos de tres formas:

En primer lugar, la gente puede estar sin Dios debido a las circunstancias. En Efesios 2.12, Pablo describe a los gentiles como personas «sin Dios» porque estaban «alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa». No era que los gentiles se opusieran a la existencia de Dios (Hechos 17.22–23), sino que estaban sin Dios porque no habían recibido la información específica acerca de Él, información que Pablo les estaba dando por medio de sus esfuerzos evangelísticos. Actualmente hay personas que no han sido alcanzadas en el mundo y que están sin Dios porque el evangelio bíblico aún no les ha llegado, pero no son ateos en el sentido en que usamos la palabra hoy. Las personas que no han oído de Dios no pueden estar en la misma categoría de los que deciden rechazarle.

La segunda forma en que podemos usar el término atheo es para designar a personas que deciden estar sin Dios. Este es el sentido en el que se usa en la actualidad la palabra atheos, incorporando ambos significados de la palabra: «no Dios» y «sin Dios». Los ateos modernos están «sin Dios» porque creen que «no hay Dios». Tienen la misma evidencia de Dios que tienen los teístas (en la naturaleza y en la Biblia) pero han decidido rechazarlo y, por tanto, son ateos. No creen que Dios existe. Probablemente esto es lo que se describe en Salmo 14.1 y 53.1: «Dice el necio en su corazón: No hay Dios». En el Antiguo Testamento, especialmente en el libro de los Proverbios, un necio es alguien que rechaza el consejo, la sabiduría y la evidencia y sigue su propio camino. El necio a menudo es contrastado con la persona sabia o prudente, que recibe el consejo y la corrección y ajusta su caminar en consecuencia (Proverbios 10.8; 12.15; 15.5). Hay incluso una indicación del «Nuevo Ateísmo» en Proverbios 14.16: «Más el insensato se muestra insolente y confiado».

Una tercera forma de entender atheos es «sin Dios por insensibilidad». A veces se hace alusión a esto como «ateísmo práctico»: ser teísta en la mente pero ateo en el corazón y los actos. Hablaré más adelante sobre esto.

Obviamente, en este capítulo me estoy enfocando en el número dos en la lista anterior: ateos por elección. A pesar de su energía y esfuerzos de mercadeo, podemos dar gracias porque su agresividad no está sirviendo muy bien a su causa. Exploremos las diversas formas en que los ateos se están haciendo daño a ellos mismos.

Su arrogancia les está desacreditando

En el lanzamiento en 2010 de su satírico libro The Loser Letters, Mary Eberstadt, de Hoover Institution, explicó por qué se enfrenta a los Nuevos Ateos: «Su movimiento ha atacado repetidamente a las personas religiosas tachándolas de farisaicas, ignorantes de la Historia y de no tener humor, al mismo tiempo que sigue siendo él mismo farisaico, ignorante de la Historia y sin humor hasta un grado bastante notable».

Es difícil leer sus libros o ver sus entrevistas sin llegar a la conclusión de que los Nuevos Ateos piensan que son mucho más inteligentes que el resto de nosotros, específicamente el resto de nosotros que somos cristianos. En el pasado, los ateos intentaron enmascarar esta arrogancia; ahora hacen alarde de ella. El cambio ocurrió en 2003 cuando Daniel Dennett y Richard Dawkins decidieron que los ateos necesitaban un nombre menos ofensivo. El término escogido para acicalar el ateísmo fue «brillante». Un «Brillante» se definía como alguien que tiene «una cosmovisión naturalista», que está «libre de elementos sobrenaturales y místicos».

En un artículo en 2003 en el Guardian en Inglaterra, Richard Dawkins explica por qué fue necesaria una nueva palabra para crear conciencia sobre el ateísmo: «Los que no pertenecemos a ninguna religión; los que vemos el universo como algo natural en vez de sobrenatural; los que nos alegramos de lo real y nos mofamos del falso consuelo de lo irreal, necesitamos una palabra propia, una palabra como “gay”. Se puede decir “soy ateo”, pero en el mejor de los casos suena viciado (como decir “soy homosexual”) y en el peor de los casos inflama el prejuicio (como “soy homosexual”)».

Poco después de introducir el término «Brillantes», Steven Waldman respondió con un comentario en la radio pública:

No estoy seguro de cuál era la imagen que estaban buscando, pero el nombre «los brillantes» comunica de modo sucinto el sentido de que este grupo piensa que es más inteligente que cualquier otro. El resto seríamos «los apagados», supongo. Daniel C. Dennett escribió, en un reciente editorial de opinión en el New York Times: «Nosotros los Brillantes no creemos en fantasmas, ni en elfos, ni en el conejo de Pascua, ni en Dios».

Pongamos a un lado la cuestionable inteligencia de intentar mejorar la propia imagen escogiendo un título que haga que todos lo aborrezcan; bien podrían haber escogido también «los Engreídos» o «los Listillos». En cambio, examinemos la sustancia de su plataforma…

Veamos su valiente afirmación, o insinuación, de que las personas que creen en Dios [sic] o en lo sobrenatural no son tan, bueno, brillantes. De hecho, dos sondeos de este año, uno de Harris y otro de Gallup, indican que incluso las creencias religiosas en lo sobrenatural son sostenidas no sólo por la mayoría de americanos, sino también por la mayoría de americanos con educación formal.

Escuchemos estas cifras; el 55% de las personas con títulos de posgrado (abogados, doctores, dentistas y similares) creen en el diablo. El 53% creen en el infierno. El 72 % creen en los milagros. Recordemos que son personas con formación de posgrado. El 78% de ellas creen en la supervivencia del alma después de la muerte. El 60% creen en el nacimiento virginal. Y el 64% creen en la resurrección de Cristo.

Aunque los Brillantes mismos afirman vigorosamente que «brillante» no conlleva ninguna connotación de inteligencia superior, es difícil negar la conclusión alcanzada por Waldman: que dentro de sus propios círculos, ellos sin duda consideran sus intelectos capaces de llegar a conclusiones más racionales y realistas, lo cual les hace superiores a aquellos que creen en verdades espirituales supuestamente no racionales.

Es importante observar a este respecto que, desde una perspectiva bíblica, «irracional» no es la única alternativa racional. Hay una tercera categoría denominada transracional: un nivel de pensamiento que no es irracional aunque está por encima de la racionalidad humana. Por ejemplo, Dios dice: «Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos… Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos» (Isaías 55.8-9). Este pasaje se refiere a pensamientos y caminos que están por encima de (trans-) los pensamientos y los caminos humanos, por encima de la comprensión humana. Por tanto, aunque la creencia en un Dios invisible pueda parecer humanamente irracional porque está por encima del limitado alcance de la mente humana, es perfectamente racional desde la perspectiva de Dios, la cual aceptamos como cristianos.

Pedro expresa esta perspectiva transracional cuando escribe: «Jesucristo, a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso» (1 Pedro 1.7-8). Los Brillantes consideran irracional tal creencia; pero los cristianos no encuentran conflicto alguno en creer y amar por encima de lo que la racionalidad humana pudiera confirmar.

Dinesh D’Souza está de acuerdo con esta perspectiva: «Mientras que el ateo persiste arrogantemente en el engaño de que su razón es plenamente capaz de imaginar todo lo que hay, el creyente religioso vive en el humilde reconocimiento de los límites del conocimiento humano, sabiendo que existe una realidad que es mayor y está por encima de aquello que nuestros sentidos y mentes pueden comprender nunca».

Aunque legítimamente hacemos un gran hincapié en la fe en nuestro enfoque de lo transracional, no quiero dejar a los lectores con la impresión de que es una fe ciega y vacía de pensamiento racional o evidencia empírica. La existencia de la materia, la vida y la razón demanda una explicación que no puede ser satisfecha racionalmente por la afirmación subracional de los Brillantes de que todo surgió de la nada o existe por sí mismo.

Uno de los claros mensajes de la Biblia es el peligro del orgullo. Vemos la expresión del orgullo cuando los hombres sitúan sus propias capacidades de razonamiento por encima de la revelación de Dios y dependen de sus mentes finitas para determinar verdades infinitas. El orgullo fue el pecado original, y tiene su lugar en la lista de lo que Dios aborrece (Proverbios 6.16–19). El rey Salomón advierte: «Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu» (Proverbios 16.18). Ciertamente, Dios resiste a los orgullosos en todo lo que emprenden (Santiago 4.6).

Sus defensores les están abandonando

Apenas se oye nunca de un evangélico destacado que denunciase su fe evangélica para así poder convertirse en ateo. Pero a lo largo de la Historia, muchos destacados ateos han encontrado su camino hasta la creencia en Dios. A continuación hay algunos ejemplos:

Antony Flew

El filósofo y anterior ateo Antony Flew estableció la agenda para el ateísmo moderno con su ensayo del año 1950, «Teología y falsificación», que se convirtió en la publicación filosófica más ampliamente reimpresa del último medio siglo. Flew ha publicado más de treinta libros, incluyendo God and Philosophy, The Presumption of Atheism y How to Think Straight.

Una historia de Associated Press en 2004 que describía la transformación de Flew tenía este titular: «Famoso ateo ahora cree en Dios». La historia decía: «Un profesor de filosofía británico que ha sido un destacado campeón del ateísmo durante más de medio siglo ha cambiado de opinión. Ahora cree en Dios». Flew se mantuvo firme en mantener que él no se había convertido en cristiano, sino más bien en un «deísta como Thomas Jefferson». Pero simplemente cambiar de «no Dios» a «Dios» fue suficiente para enviar oleadas de asombro a los campamentos ateos.

En su libro de 2007, There Is a God, Flew desvela cómo su compromiso a «seguir el argumento dondequiera que conduzca» le llevó a una creencia en Dios como Creador. Un crítico describió el libro como «una sacudida de lo más incómoda para aquellos que una vez fueron sus compañeros ateos».

La portada del libro de Flew cuenta la historia completa. El título, There Is No God, tiene tachada la palabra No y se inserta la letra A. Aunque Flew no llegó a creer en el Dios de la Biblia, llegó a la conclusión de que el ateísmo no es sostenible lógicamente.

A. N. Wilson

A. N. Wilson, de quien se pensó una vez que sería el siguiente C. S. Lewis, renunció a su fe y pasó años burlándose del cristianismo. Recientemente ha regresado a la fe. La razón, según dijo él mismo en una entrevista para la revista británica New Statesman, fue que los ateos «están excluyendo algunas experiencias muy básicas de la vida».

Mientras escribía su biografía de C. S. Lewis, observó similitudes entre él mismo y su sujeto, como una feliz niñez sombreada por unos miserables años en un internado y un rechazo de la fe de juventud al llegar a la madurez. Pero lentamente se dio cuenta de otro paralelismo: al igual que Lewis gradualmente fue siendo consciente de que sus autores favoritos eran cristianos, Wilson observó una diferencia entre los escépticos y los devotos. A pesar de lo atractivo y divertido que era David Hume, ¿confrontó él las complejidades de la existencia humana tan profundamente como su contemporáneo Samuel Johnson? La percepción de sus amigos ateos parecía bastante «provinciana y sosa». Al escuchar a Bach y leer las palabras de escritores religiosos, se dio cuenta de que su «percepción de la vida era más profunda, más sabia y más equilibrada que la mía propia».

Matthew Parris

Parris, un conocido ateo británico, cometió el error de visitar a cooperantes cristianos en Malawi, donde vio el poder del evangelio transformándolos a ellos y a otros. Preocupado por lo que vio, escribió que eso «confunde mis creencias ideológicas, se niega tercamente a encajar en mi cosmovisión, y ha avergonzado mi creencia cada vez mayor en que no hay Dios». Parris pasó a hacer un gran elogio al evangelismo cristiano que confunde profundamente y contradice la virulencia contra la fe arrojada por los Nuevos Ateos: «He llegado a convencerme de la enorme contribución que el evangelismo cristiano hace a África: agudamente distinta del trabajo de las ONG seculares, los proyectos del gobierno y los esfuerzos de ayuda internacional. Solamente esas cosas no lo lograrán. Solamente la educación y la formación no lo lograrán. En África, el cristianismo cambia los corazones de las personas. Produce una transformación espiritual. El renacimiento es real. El cambio es bueno».

Aunque Parris no está dispuesto a seguir la espiritualidad donde sus observaciones conducen intelectualmente, obviamente está batallando con el modo en que el cristianismo da mejor sentido al mundo que otras cosmovisiones, y tiene la honestidad de decirlo abiertamente.

Peter Hitchens

Aunque Peter Hitchens nunca fue un abierto defensor de los Nuevos Ateos, anteriormente fue ateo y es el hermano del franco Nuevo Ateo Christopher Hitchens. Peter Hitchens es periodista y escritor británico del libro de 2010 The Rage Against God. A los quince años de edad, prendió fuego a su Biblia en el campo de juego de su residencia en Cambridge y comenzó una vida de negación de la existencia de Dios.

Él atribuye su retorno a la fe a ver el socialismo en la práctica durante sus años como corresponsal en Europa del Este y en Moscú durante el derrumbamiento de la Unión Soviética. En su libro, describe lo que era para el pueblo ruso que vivía bajo la tiranía del ateo comunismo:

Los ciudadanos soviéticos… conocían el penoso trabajo diario de encontrar algo decente para comer. Sabían que todo el azúcar había desaparecido de las tiendas debido a que la campaña oficial anti-alcohol había impulsado a millones a producir su propio vodka en la bañera. Sabían que si querían que les pusieran anestesia en el dentista, o antibióticos en el hospital, o cooperación por parte del maestro de su hijo, o unas vacaciones al lado del mar, tendrían que sobornar a alguien para obtenerlo. Incluso en Moscú, la ciudad representativa del Imperio del Mal, sabían que vivían en las afueras del infierno, que en el kilómetro tras kilómetro de casas producidas en masa sería difícil encontrar a una única familia que no hubiera sido tocada por el divorcio, que ninguna madre criaba a sus propios hijos, que las escuelas enseñaban mentiras, que los establecimientos secretos del gobierno filtraban radiación al aire y al agua. Los huevos frescos eran un acontecimiento. «No» significaba «¿cuánto me pagarás?». Era frecuente ver ratas, y jugaban alegremente entre los cubos de basura de los bloques de apartamentos y en las entradas de las estaciones de ferrocarril. Las ventanas estaban sucias por sistema; yo nunca vi ninguna limpia.

Aunque la mayoría batallaba por sobrevivir, una élite secreta disfrutaba de grandes privilegios: lugares especiales donde vivir, hospitales especiales con medicamentos y equipo de Occidente, escuelas especiales en las cuales sus hijos aprendían inglés, salas de espera especiales en estaciones y aeropuertos, y carriles especiales (uno de ellos discurría por el medio de la calle en la que yo vivía) junto con las gigantes limusinas blindadas del Politburó que corrían a más de cien kilómetros por hora, apartando a cualquiera que se atreviese a interponerse en el camino. La élite tenía acceso privilegiado a buenos alimentos, viajes al extranjero y libros, y el humillado servilismo de los órganos del Estado, el cual oprimía a la gente común y la extorsionaba. Esta sociedad, fomentada por sus líderes como una utopía igualitaria, era en realidad una de las sociedades más desiguales de toda la tierra.

Peter Hitchens describe la vida en Rusia a principios de los años noventa como difícil y peligrosa. En 1990 había 6.46 millones de abortos en la USSR y solamente 4.85 millones de nacimientos vivos. Para el ciudadano promedio, la vida «se vivía a un nivel lamentablemente bajo materialmente, éticamente y culturalmente».

Esta Rusia de los años noventa fue sencillamente el resultado de la Revolución Bolchevique en 1917 que condujo a la formación de la Unión Soviética. Alister McGrath lo describe de la siguiente manera:

Cuando los bolcheviques llegaron al poder en 1917, la eliminación de la creencia religiosa fue un elemento clave de su programa revolucionario. Esto no fue accidental ni incidental; era considerado un aspecto esencial del nuevo Estado que había de nacer… Se cerraron iglesias; sacerdotes fueron encarcelados, exiliados o ejecutados. La víspera de la Segunda Guerra Mundial había solamente 6.376 clérigos que permanecían en la Iglesia ortodoxa rusa, comparados con la cifra antes de la revolución de 66.140… En 1917 había 39.500 iglesias en Rusia; en 1940, solamente 950 seguían funcionando. El resto habían sido cerradas, transformadas para uso secular o destruidas.

Peter Hitchens describe la experiencia final que le llevó a regresar a la creencia en Dios. Él estaba en Dallas, Texas, con algunas horas libres antes de subirse al avión de regreso a Washington, D.C., y decidió visitar el Museo de Arte de la ciudad. Se encontró a sí mismo boquiabierto delante de una pintura llamada El Hijo Pródigo del pintor americano Thomas Hart Benton. El retrato que hizo Benton de la historia contaba un final mucho más amargo que la alegre reunión de padre e hijo en la versión de Jesús (Lucas 15.11-32):

[El hijo] ha llegado a casa demasiado tarde. Nadie le ha visto acercarse desde lejos y ha salido corriendo alegremente para encontrarle. No habrá perdón, no habrá mejor ropa, ningún anillo, ninguna «música y baile». Él lleva sus ropas andrajosas y su pobre maleta atada con una cuerda. Un auto lleno de golpes, la última indicación de su riqueza malgastada, está estacionado en la parte trasera. Él está mirando boquiabierto, con su mano en la boca, ante la ruina de la casa familiar, una ruina causada por su propia avaricia y despilfarro. Él mira como si acabase de comprender que es un estúpido, cruel y sin esperanza. La luz se va desvaneciendo en un frío cielo por debajo de nubes retorcidas y desgajadas por el viento. En lugar de un carnero engordado, hay un desnudo esqueleto blanco de un animal, con la calavera reposando sobre una hierba descuidada. Podemos suponer la tristeza, la resignación y el fracaso que se han apoderado de la familia y de su casa durante su desatenta ausencia. ¿A quién puede culpar él sino a sí mismo? La desolación es infinita. Y mientras yo comprobaba los restos de melancolía de mi propia Iglesia, de la cual había salido vacilante, tuve el mismo sentimiento. Era terrible y equivocado, pero ¿qué tenía yo que decir? ¿Dónde había estado yo cuando se me necesitaba?

De pie delante del cuadro, Hitchens supo que él mismo era el hijo pródigo, supo que la Iglesia cristiana en su ciudad natal de Inglaterra era la deteriorada y destartalada casa en el cuadro de Benton. ¿Dónde había estado él cuando se le necesitaba? Huyendo de Dios, siguiendo sus propios placeres intelectuales. La experiencia fue un punto decisivo para él: «me entregué a un esfuerzo por detener o revertir la destrucción» que se había producido en su ausencia del cristianismo.

Muchos cristianos influyentes han pasado del ateísmo a la creencia, como C. S. Lewis, Malcolm Muggeridge, Josh McDowell, Francis Collins, Alister McGrath, Aleksandr Solzhenitsyn y Lee Stobel, por mencionar algunos. Como Jesús prometió, quienes buscan sinceramente la verdad la encontrarán: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá» (Lucas 11.9).

Sus argumentos les están dividiendo

Uno de los argumentos favoritos de los Nuevos Ateos contra el cristianismo es que la religión es responsable de la mayoría de la maldad y el dolor que hay en el mundo. Ese argumento fue popularizado por el libro de Christopher Hitchens God Is Not Great: How Religion Poisons Everything. Alister McGrath resume el argumento: «Los errores del mundo hay que situarlos a la puerta de las supersticiones retrospectivas, las cuales retienen al mundo de su destino racional y científico. Eliminemos la religión y el mundo será un lugar mejor. La religión solamente ha conducido a violencia, deshonestidad intelectual, opresión y división social».

En su libro How the Mind Works, Steven Pinker se hace eco de Hitchens:«Las religiones nos han proporcionado apedreamientos, quema de brujas, cruzadas, inquisiciones, jihads, fetuas, terroristas suicidas, pistoleros en clínicas abortivas, y madres que ahogan a sus hijos para que puedan reunirse felizmente en el cielo. Como escribió Blaise Pascal: “Los hombres nunca hacen maldades de modo tan completo y alegre como cuando las hacen desde la convicción religiosa”».

Aunque no puede haber duda alguna de que se han hecho cosas horribles en nombre de la religión, y una sola muerte que surja de una motivación religiosa ya supone muchas muertes, el argumento ateo de que la religión lo envenena todo es nada menos que historia revisionista. En su libro What’s So Great About Christianity, Dinesh D’Souza cita hechos reales que contrarrestan las acusaciones de los ateos. Él se concentra específicamente en las Cruzadas, la Inquisición y los juicios a las brujas de Salem.

La voluminosa investigación de D’Souza comienza con las Cruzadas, las cuales, según los ateos, fueron supuestamente responsables de la masacre de miles de personas. D’Souza recuerda a sus lectores que las Cruzadas fueron un intento por parte de los cristianos de recuperar territorio que les había sido arrebatado por ejércitos islámicos. «En el contexto de la historia de la guerra, no hay justificación para considerar las Cruzadas como crimen histórico mundial de ningún tipo. Los cristianos luchaban para defenderse de la conquista extranjera, mientras que los musulmanes luchaban para seguir conquistando tierras cristianas». Los cristianos europeos tenían buenas razones para estar preocupados por la conquista extranjera. Los ejércitos islámicos habían tenido que volverse atrás de conquistar lo que ahora es la Francia moderna en el año 732 d. C. en la batalla de Tours. Si los ejércitos islámicos hubieran ganado aquella batalla, toda la historia de la civilización occidental se habría visto radicalmente alterada.

Cuando se trata de la Inquisición española, D’Souza descubrió que «las horrorosas imágenes de la Inquisición son en gran parte un mito creado en primer lugar por los enemigos políticos de España, principalmente escritores ingleses que moldearon nuestro entendimiento americano de aquel acontecimiento, y más adelante por los enemigos políticos de la religión». Citando el libro de Henry Kamen, The Spanish Inquisition: A Historical Revision, D’Souza señala que el número total de personas que fueron ejecutadas por herejía por los inquisidores católico romanos fue aproximadamente de dos mil. Aunque este no es un número insignificante, es importante recordar que aquellas muertes se produjeron durante un período de 350 años.

Los juicios a las brujas de Salem son el mejor ejemplo de los Nuevos Ateos de violencia motivada religiosamente en América. De nuevo, la investigación de D’Souza proporciona correcciones al punto de vista crítico aceptado: «¿Cuántas personas fueron asesinadas en aquellos juicios? ¿Miles? ¿Cientos? En realidad, menos de veinticinco. Diecinueve fueron sentenciadas a muerte, y algunas otras murieron en la cautividad».

En un debate escrito sobre el tema «¿Es bueno el cristianismo para el mundo?», Christopher Hitchens plantea la afirmación de que la religión en general y el cristianismo en particular son responsables de la mayoría de las maldades del mundo. Y el teísta Douglas Wilson responde:

Usted dice que si «el cristianismo ha de reclamar el crédito por la obra de destacados cristianos o por las labores de famosas organizaciones benéficas, entonces en toda honestidad debe aceptar la responsabilidad por lo contrario». En breve, si señalamos a nuestros santos, usted demandará que también señalemos a nuestros charlatanes, perseguidores, granujas, comerciantes de esclavos, inquisidores, televangelistas, y otros muchos. Ahora permítame el privilegio de destacar la estructura de su argumento aquí. Si un profesor acepta el mérito por el alumno que dominó el material, sacó buenas calificaciones en sus exámenes y siguió estudiando una carrera que fue un beneficio para él mismo y para la universidad de la que se graduó, el profesor debe (según dicta la justicia) ser censurado por el ocioso fumador de hierba al que él expulsó de la clase en la segunda semana. Ambos alumnos estaban formalmente matriculados, ¿no es correcto? Ambos eran alumnos, ¿no es cierto?

Lo que usted está haciendo es decir que el cristianismo debe ser juzgado no sólo sobre la base de aquellos que creen el evangelio en verdad y viven en consecuencia, sino también sobre la base de aquellos cristianos bautizados que no pueden escuchar el Sermón del Monte sin soltar una carcajada y tener una vida que esté a la altura. Usted dice que aquellos que sobresalen en el curso y los que lo abandonan son iguales. Esta me resulta una curiosa manera de proceder.

Por tanto, las caracterizaciones que los Nuevos Ateos hacen de los males cristianos yerran de dos maneras significativas: la primera es un error de proporción al afirmar que las muertes históricas infligidas en nombre del cristianismo se acercan al mismo nivel de las muertes masivas de millones de personas infligidas por regímenes ateos dirigidos por hombres como Hitler, Stalin y Mao. El segundo error de los ateos está en incluso atribuir esas muertes a la práctica del cristianismo válido. Fueron infligidas en nombre del cristianismo, pero a manos de personas que se habían apartado de los principios y las enseñanzas cristianas.

Sus adversarios les están derrotando

En su libro There Is a God, Antony Flew relata lo impresionado que quedó con la refutación punto por punto del científico israelí Gerald Schroeder de lo que Flew denominó el «teorema del mono». Este teorema afirma que la vida podría haber surgido por casualidad, utilizando la analogía de una multitud de monos que aporrean las teclas de una computadora hasta que finalmente escriben un soneto de Shakespeare. Schroeder cita un experimento conducido por el Consejo Nacional de Artes británico: «Se situó una computadora en una jaula con seis monos. Después de un mes de aporrearla… los monos produjeron cincuenta páginas escritas; pero ni una sola palabra… aunque la palabra más breve en español tiene una sola letra (y). Y es una palabra solamente si hay un espacio a cada lado de ella».

Por tanto, ¿cuáles son las probabilidades de obtener un soneto de Shakespeare? Schroeder responde de modo conclusivo:

Si tomásemos el universo completo y lo convirtiésemos en chips de computadora (olvidando a los monos), cada uno con un peso de una millonésima de gramo, e hiciéramos que cada chip de computadora pudiese girar 488 pruebas a, digamos, un millón de veces por segundo; si convirtiésemos todo el universo en esos microchips y esos chips estuviesen girando un millón de veces por segundo [produciendo] letras al azar… Nunca conseguiríamos un soneto por casualidad… Sin embargo, el mundo sencillamente piensa que los monos pueden hacerlo cada vez.

Este es solamente un ejemplo del modo en que los Nuevos Ateos deben confiar en teoremas no demostrados o improbables para respaldar su afirmación de que el universo, la vida, la materia y la inteligencia surgieron de la nada. Como escribió C. S. Lewis, cualquier afirmación de que el universo se produjo sin la agencia de una primera causa inteligente es errónea en su fundamento. Él lo denomina un mito y se maravilla ante la credulidad y la negación del sentido común por parte de aquellos que lo creen: «Para aquellos que han sido educados en el mito, nada parece más normal, más natural y más plausible que el que el caos debiera convertirse en orden, la muerte en vida, y la ignorancia en conocimiento».

Sorprendentemente, esta negación del sentido común es reconocida francamente nada menos que por el ateo y afamado biólogo evolucionista Richard Lewontin, quien escribió:

Nuestra disposición a aceptar afirmaciones científicas que están en contra del sentido común es la clave de un entendimiento de la verdadera batalla entre ciencia y lo sobrenatural. Nosotros nos ponemos del lado de la ciencia a pesar de lo patentemente absurdo de algunas de sus elaboraciones, a pesar de no cumplir muchas de sus extravagantes promesas de salud y vida, a pesar de la tolerancia de la comunidad científica de historias no sustanciadas, porque tenemos un compromiso prioritario, un compromiso con el materialismo. No es que los métodos y las instituciones de la ciencia en cierto modo nos obliguen a aceptar la explicación material del mundo de los fenómenos, sino que, por el contrario, somos obligados por nuestra adherencia a priori a las causas materiales a crear un aparato de investigación y un conjunto de conceptos que producen explicaciones materiales, independientemente de lo contrarias a la intuición que sean, independientemente de lo difíciles de explicar que sean para los no iniciados. Además, ese materialismo es absoluto, porque no podemos permitir que haya un Pie Divino en la puerta.

¡Y personas que piensan de ese modo son las que afirman que nosotros somos los irracionales! Es fácil ver por qué las afirmaciones de los nuevos ateos están siendo tan fácilmente refutadas.

Su amnesia les está desacreditando

En su libro The God Delusion, Richard Dawkins escribe: «No existe la más pequeña evidencia… de que el ateísmo influencie sistemáticamente a las personas para que hagan cosas malas… ateos individuales puede que hagan cosas malas, pero no hacen cosas malas en nombre del ateísmo».

¿Puede un hombre de la inteligencia de Dawkins realmente creer lo que ha escrito? En algún lugar en el interior de su ser él tiene que saber que la Historia no respaldará sus afirmaciones. Alister McGrath expresa mi pregunta de una manera diferente cuando escribe: «¿Qué alma racional se apuntaría a tal mito secular, que se ve obligado a tratar tales catástrofes creadas por el hombre como Hiroshima, Auschwitz y el apartheid como “unos cuantos tropiezos locales” que de ninguna manera desacreditan o interrumpen el firme progreso ascendente de la Historia?».

Una vez más, apelo a la investigación de Dinesh D’Souza, quien hace un excelente análisis de las maldades del ateísmo:

En los últimos cien años aproximadamente, los regímenes ateos más poderosos (la Rusia comunista, la China comunista y la Alemania nazi) han eliminado personas en cifras astronómicas. Stalin fue responsable de alrededor de veinte millones de muertes… el régimen de Mao Zedong del asombroso número de setenta millones de muertes… Hitler se sitúa en un distante tercer lugar con aproximadamente diez millones de asesinatos, seis millones de ellos de judíos… Tenemos que entender que los regímenes ateos en un sólo siglo han asesinado a más de cien millones de personas…

Cualquiera que sea la causa del motivo por el cual los regímenes ateos hacen lo que hacen, el hecho indiscutible es que las religiones del mundo juntas, en tres mil años no se las ha arreglado para matar ni siquiera de cerca al número de personas asesinadas en nombre del ateísmo en las últimas décadas. Es momento de abandonar el mantra repetido sin pensar de que la creencia religiosa ha sido la principal fuente de conflicto humano y de violencia. El ateísmo, y no la religión, es responsable de los peores asesinatos en masa en la Historia.

Alister McGrath dice que la idea de que la religión lo envenena todo es «simplemente infantil. Desde luego, la religión puede conducir a la violencia y la maldad. Pero igualmente puede hacerlo la política, la raza y la etnia, y una agresiva y desdeñosa cosmovisión atea».

Su desgaste les está disminuyendo

Para que no se piense que las universidades británicas son una fortaleza únicamente de eruditos ateos (por ejemplo, Richard Dawkins), deberíamos notar que eruditos británicos igualmente competentes son firmes defensores del teísmo y, más concretamente, del cristianismo. Uno de los más capaces y prolíficos es Alister McGrath, que posee doctorados obtenidos de Oxford en biofísica molecular y teología, y quien ha escrito más de dos docenas de libros sobre temas científicos y teológicos. Al ser ateo anteriormente, McGrath es «respetuoso y a la vez crítico del movimiento».

Según McGrath: «El ateísmo tiene problemas. Su futuro parece estar cada vez más en las creencias privadas de individuos en lugar de estarlo en el dominio del gran público al que una vez consideró como su hábitat natural… Los pensadores ateos están más que contentos con aparecer en programas nacionales de entrevistas para dar publicidad a su último libro. Pero no han comunicado una visión convincente del ateísmo que sea capaz de atraer y mantener a grandes números de personas».

Un editorial de la revista Christianity Today, escrito dos años después de las observaciones de McGrath, observaba que el «problema» en el ateísmo continúa: «La nueva retórica atea muestra pánico, otra señal de debilidad. El ateísmo sabe que está perdiendo argumentos y también la marea global. Historias de la vitalidad global de la religión están pisoteando por todas partes la grandiosa narrativa del progreso evolucionista. Y los mejores filósofos siguen tomando en serio la hipótesis de Dios».

Dinesh D’Souza comienza el primer capítulo de su libro What’s So Great About Christianity anunciando que «Dios ha regresado a la vida». Y concluye el capítulo diciendo que «el cristianismo está ganando, y el secularismo está perdiendo. El futuro es siempre impredecible, pero una tendencia parece clara. Dios es el futuro, y el ateísmo está en el camino de salida». El difunto Tony Snow, periodista televisivo y anterior secretario de prensa del presidente George W. Bush, estaba de acuerdo: «Puede que los ateos estén vendiendo libros, pero no están haciendo conversos. El cristianismo está [haciendo conversos], especialmente en lugares y congregaciones que toman en serio las Escrituras; y con alegría».

Durante los últimos veintisiete años, el International Bulletin of Missionary Research ha publicado un informe de «Estado de la misiones globales» que presenta el estado del cristianismo en todo el mundo comparado con otras importantes religiones. Comentando sobre el informe de 2011, el autor y activista social George Weigel escribe:

Comparado con los 2.3 mil millones de cristianos, hay 1.6 mil millones de musulmanes, 951 millones de hindúes, 486 millones de budistas, 458 millones de religiones populares chinas, y 137 millones de ateos, cuyos números en realidad han descendido a lo largo de la pasada década, a pesar de los aullidos de Richard Dawkins, Christopher Hitchens y Co. Un conjunto de estadísticas de crecimiento comparativas es sorprendente: A mitad de 2011, habrá un promedio de 80.000 nuevos cristianos por día (de los cuales 31.000 serán católicos) y 79.000 nuevos musulmanes por día, pero 300 ateos menos cada 24 horas [cursivas añadidas].

La gran lección del informe de 2011 del Estado de la misiones globales puede tomarse prestado del famoso comentario de Mark Twain sobre su supuesta muerte: Los informes sobre el fallecimiento del cristianismo se han exagerado mucho. Puede que el cristianismo esté decayendo en Europa Occidental, pero está en una impresionante curva de crecimiento en otras partes del mundo, incluyendo la más astutos de las regiones para el evangelismo cristiano: Asia. Ciertamente, el continuo crecimiento del cristianismo comparado con el declive del ateísmo (en números absolutos, y considerando a los ateos como un porcentaje de población mundial total) sugiere la posibilidad de que el carácter virulento del nuevo ateísmo, demostrado en toda su crudeza antes de la visita del papa Benedicto en septiembre de 2010 a Gran Bretaña, puede que tenga algo que ver con el temor de los ateos más astutos de que están perdiendo, y que el reloj está avanzando. Eso es algo que probablemente uno no escuchará en los medios de comunicación dominantes. Los números están ahí, sin embargo, y los números son insinuantes.



Continues...

Excerpted from Nunca Pensé que Vería el Día! by Jeremiah, David Copyright © 2012 by Jeremiah, David. Excerpted by permission.
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