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Operacion Teheran
     

Operacion Teheran

by Joel C. Rosenberg
 

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El mundo está al borde del desastre y el reloj está avanzando. Irán acaba de realizar su primera prueba atómica. Millones de musulmanes alrededor del mundo están convencidos de que su Mesías, conocido como “El Duodécimo Imán” acaba de llegar a la tierra. Los líderes israelitas temen que

Overview

El mundo está al borde del desastre y el reloj está avanzando. Irán acaba de realizar su primera prueba atómica. Millones de musulmanes alrededor del mundo están convencidos de que su Mesías, conocido como “El Duodécimo Imán” acaba de llegar a la tierra. Los líderes israelitas temen que Teherán, bajo el encanto del Duodécimo Imán, pronto lanzará un ataque nuclear que podría producir un segundo holocausto y la aniquilación de Israel. La Casa Blanca teme que Jerusalén golpeará primero lanzando un ataque preventivo contra los complejos nucleares de Irán que podrían incendiar el Medio Oriente, disparar los precios del petróleo y desplomar la economía global. Asumiendo grandes riesgos y con pocas opciones viables, el presidente de Estados Unidos ordena al agente de la CIA David Shirazi y a su equipo que localicen y saboteen las instalaciones nucleares de Irán, antes de que Irán o Israel se lancen en un primer ataque aniquilador.

The world is on the brink of disaster and the clock is ticking. Iran has just conducted its first atomic weapons test. Millions of Muslims around the world are convinced their messiah—known as “The Twelfth Imam”—has just arrived on earth. Israeli leaders fear Tehran, under the Twelfth Imam's spell, will soon launch a nuclear attack that could bring about a second holocaust and the annihilation of Israel. The White House fears Jerusalem will strike first, launching a preemptive attack against Iran's nuclear facilities that could cause the entire Middle East to go up in flames, oil prices to skyrocket, and the global economy to collapse. With the stakes high and few viable options left, the president of the United States orders CIA operative David Shirazi and his team to track down and sabotage Iran's nuclear warheads before Iran or Israel can launch a devastating first strike.

Editorial Reviews

From the Publisher
Joel C. Rosenberg, autor de éxitos del New York Times, regresa con su más emocionante novela de suspenso político hasta el momento: una narración de intriga internacional que le acelerará el pulso y lo mantendrá al borde del asiento preguntándose . . . ¿qué ocurriría si se produce esta terrible conjetura?

¿Es ficción o una realidad?

El mundo se encuentra al borde del desastre. Irán acaba de probar su primera bomba atómica. Millones de musulmanes en todo el mundo están convencidos de que su mesías —conocido como el Duodécimo Imán— ha llegado al mundo. Los líderes israelíes temen que Teherán, bajo el maleficio del Duodécimo Imán, lance pronto un ataque nuclear que ocasionaría un segundo Holocausto y la aniquilación de Israel. La Casa Blanca teme que Jerusalén ataque primero, lanzando un masivo ataque preventivo contra las instalaciones nucleares de Irán, lo que podría ocasionar la violenta erupción del Medio Oriente, el alza descontrolada del precio del petróleo y el derrumbe de la economía mundial. Con riesgos tan altos y con pocas opciones factibles, el presidente de Estados Unidos ordena al agente de la CIA David Shirazi y a su grupo que localicen y destruyan las instalaciones nucleares de Irán antes de que Irán o Israel puedan lanzar un primer ataque devastador. Sin embargo, ¿llegarán a tiempo?

Product Details

ISBN-13:
9781414319377
Publisher:
Tyndale House Publishers
Publication date:
05/01/2012
Edition description:
Spanish-language Edition
Pages:
496
Sales rank:
1,337,381
Product dimensions:
5.60(w) x 8.04(h) x 1.20(d)

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OPERACIÓN TEHERÁN


By JOEL C. ROSENBERG

TYNDALE HOUSE PUBLISHERS, INC.

Copyright © 2012 Joel C. Rosenberg
All right reserved.

ISBN: 978-1-4143-1937-7


Chapter One

ISLAMABAD, PAQUISTÁN

"He venido para restablecer el califato."

En cualquier otra época de la historia, esa declaración solo podría haber salido de la boca de un lunático, pero Muhammad Ibn Hasan Ibn Ali lo dijo con tanta naturalidad y con tanta autoridad que Iskander Farooq no pudo desafiar el concepto.

"He venido a dar paz y justicia, y a gobernar la tierra con vara de hierro," continuó. "Por eso es que Alá me envió. Él recompensará a los que se sometan y castigará a los que se resistan. Así que no se equivoque, Iskander; al final, toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que yo soy el Señor de la Época."

La recepción por satélite era nítida. Iskander Farooq pensó que la voz del Prometido —el Duodécimo Imán, o Mahdi— era tranquila, y sus declaraciones incontrovertibles, mientras presionaba el teléfono a su oído y caminaba de un lado a otro a lo largo de la terraza de su palacio que daba al noreste de Islamabad. Sabía lo que el Mahdi quería, pero cada molécula de su cuerpo le advertía que no cediera ante sus demandas. No se presentaban como exigencias, claro, pero eran eso precisamente ... y aunque el Mahdi lo hacía sonar todo como sabio y razonable, Farooq percibía un aire de amenaza en el tono de su voz y eso lo hacía sentirse aún más receloso.

El aire de las primeras horas de la mañana era inusual y amargamente frío. El sol no se había elevado todavía sobre los pinos y las moreras de papel de las colinas de Margalla, pero Farooq ya podía oír los cantos de las masas a menos de una cuadra de distancia. "¡Alaben al Imán al-Mahdi!," gritaban una y otra vez. "¡Alaben al Imán al-Mahdi!"

Una mera cien tanques y mil hombres, soldados y fuerzas especiales de la policía, protegían ahora el palacio. Solamente ellos evitaban que la multitud —se calculaba que eran más de un cuarto de millón de paquistaníes— asaltara las rejas y tomara el control. No obstante, ¿qué tan leales eran? Si el número de manifestantes se duplicaba, triplicaba o algo peor al amanecer o a la hora del almuerzo, ¿por cuánto tiempo más podría resistir? Farooq sabía que tenía que tomar una decisión rápidamente, pero el riesgo no podía ser mayor.

"¿Qué me dice?," preguntó el Mahdi. "Me debe una respuesta."

Iskander Farooq no tenía idea de qué responder. Como presidente de la República Islámica de Paquistán, el ex ingeniero químico de cincuenta y seis años estaba horrorizado de que Teherán, repentinamente, se hubiera convertido en la sede de un nuevo califato. Aunque el Mahdi no había declarado formalmente a la capital iraní como el epicentro del nuevo reino islámico, cada musulmán alrededor del mundo con seguridad sospechaba que este anuncio llegaría pronto. Farooq lo sospechaba, y esto lo enfurecía. Ni él, ni su padre, ni el padre de su padre habían confiado jamás en los iraníes. El imperio persa había gobernado a sus antepasados, extendiéndose en su cumbre desde la India en el este, hasta Sudán y Etiopía en el oeste. Ahora los persas querían subyugarlos una vez más.

Era cierto que el sha de Irán había sido el primer líder mundial en reconocer formalmente el estado independiente de Paquistán tras su declaración de independencia en 1947, pero había sido un breve período de amistad. Después de que el Ayatolá Ruhollah Jomeini accedió al poder en 1979, las tensiones entre los dos estados habían aumentado. Jomeini había fomentado una revolución islámica totalmente chiíta, y no les había sentado bien a los paquistaníes. Ni Farooq, ni sus asesores más cercanos, ni alguien que él hubiera conocido al crecer, había creído jamás que el Duodécimo Imán vendría a la tierra algún día, o que esa figura fuera realmente el mesías islámico, o que marcaría el fin del tiempo; muchísimo menos que los sunitas terminarían uniéndose a un califato dirigido por él. Todos los maestros de Farooq se habían burlado y habían ridiculizado esas ideas, considerándolas herejía de los chiítas, y Farooq rara vez había pensado en el asunto.

¿Qué debía creer ahora? El Duodécimo Imán ya no era una fábula ni un mito, como Santa Claus para los paganos y cristianos, o como el ratón de los dientes para los niños de todas partes. Ahora el Mahdi —o alguien que afirmaba ser el Mahdi— estaba aquí en el planeta. Ahora el así llamado Prometido estaba cautivando al mundo islámico, electrificando a las masas e instigando insurrecciones en dondequiera que se oyera su voz.

Más aún, este "Mahdi" estaba ahora al otro extremo de esta llamada teléfonica por satélite, pidiendo —o más exactamente, insistiendo—en el vasallaje de Farooq y de toda su nación. * * *

SYRACUSE, NUEVA YORK

David Shirazi enfrentaba la decisión más difícil de su vida.

Por un lado, a pesar de tener solo veinticinco años, era uno de apenas un puñado de ASE —agentes secretos extraoficiales— de la Agencia Central de Inteligencia que tenía ascendencia iraní. Hablaba el persa con fluidez y había demostrado que podía funcionar efectiva y discretamente dentro de la República Islámica. Por lo tanto, no tenía dudas de que estaba a punto de que le ordenaran regresar a Irán dentro de las próximas cuarenta y ocho a setenta y dos horas, dada la rapidez con que se estaban desarrollando las cosas.

Por otro lado, David simplemente no estaba convencido de que la administración estadounidense estuviera determinada a evitar que Irán construyera un arsenal de armas nucleares, ni a evitar que el Duodécimo Imán las usara. En su opinión, el presidente William Jackson era un novato en la política exterior.

Sí, Jackson había vivido en el mundo musulmán. Sí, había estudiado y viajado extensamente en el mundo musulmán. Sí, Jackson creía que era un experto en el islamismo, pero David podía ver que el hombre se había metido en camisa de once varas. A pesar de que las evidencias concretas a través de los años mostraban lo contrario, Jackson todavía creía que podía negociar con Teherán, así como Estados Unidos lo había hecho por décadas con el imperio soviético equipado con armas nucleares. Todavía creía que las sanciones económicas podrían ser efectivas. Todavía creía que Estados Unidos podría contener o disuadir a un Irán nuclear. Sin embargo, el presidente estaba completamente equivocado.

La verdad era escalofriante. David sabía que Irán estaba siendo gobernado por una secta apocalíptica y genocida. Creían que el fin del mundo estaba cerca. Creían que su mesías islámico había llegado. Creían que Israel era el Pequeño Satanás, que Estados Unidos era el Gran Satanás y que ambos tenían que ser aniquilados para que el Duodécimo Imán construyera su califato. David lo había investigado. Había conocido y había entrevistado al erudito iraní más respetado en la escatología chiíta islámica. Había leído los libros más importantes sobre el tema, escritos por mulás chiítas. Había encontrado al científico nuclear más importante de Irán y lo había sacado del país junto con su familia. Había documentado todo lo que había visto, oído y aprendido en memos detallados a sus superiores de Langley. Había argumentado que estaban subestimando gravemente la influencia que la teología chiíta del fin del tiempo estaba teniendo en el régimen.

Sabía que por lo menos algo de su trabajo había llegado al Despacho Oval. ¿Por qué otra razón se le pedía que fuera a Washington para una reunión con el presidente Jackson mañana al mediodía? Sin embargo, no estaba convencido de haberse hecho comprender. ¿Por qué tenía que arriesgar su vida y regresar a Irán si sus superiores no entendían la gravedad de la situación y no estaban dispuestos a tomar medidas decisivas para neutralizar la amenaza iraní, antes de que fuera demasiado tarde?

* * * ISLAMABAD, PAQUISTÁN

"Aprecio su amable invitación," respondió Farooq.

Tratando de no parecer que estuviera andando con rodeos para ganar tiempo, aunque eso era precisamente lo que estaba haciendo, agregó: "Espero discutir el asunto con mi gabinete hoy más tarde y luego con todo el parlamento durante la semana."

Los acontecimientos transcurrían demasiado rápido para su gusto. Alguien tenía que arrastrar los pies y desacelerar las cosas. Para conmoción de Farooq, había visto cómo su querido amigo Abdullah Mohammad Jeddawi, rey de Arabia Saudita, había caído postrado ante el Duodécimo Imán en la televisión a nivel mundial y luego públicamente había anunciado que el reino saudita se unía al nuevo califato. Peor aún, Jeddawi había ofrecido incluso las ciudades de la Meca o Medina para que fueran la sede del poder para el nuevo reino islámico, si el Mahdi consideraba aceptable a cualquiera de ellas. ¿Cómo era esto posible? A pesar de su puesto divinamente asignado de comandante de los fieles y guardián de los lugares santos, Jeddawi —un devoto musulmán sunita— no se había resistido al Mahdi chiíta; no había vacilado ni había protestado en absoluto. Farooq no podía imaginar un momento más deshonroso, pero el daño ya estaba hecho y, desde entonces, las fichas del dominó habían seguido cayendo, una tras otra.

El primer ministro de Yemén, un hombre bueno y decente a quien Farooq había conocido desde la niñez, había llamado al Mahdi la noche anterior para decirle que su país se uniría al califato, según un reporte de Al Jazeera. A estas horas, el servicio de noticias vía satélite con base en el Golfo reportaba que Qatar también se había unido, un cambio dramático en apenas veinticuatro horas. Lo mismo Somalia y Sudán. Argelia ya lo estaba. El nuevo gobierno de Túnez había dicho que estaban "considerando activamente" la invitación del Mahdi de unirse al califato. Así también el rey de Marruecos. El gobierno del Líbano, dominado por chiítas y controlado por Hezbolá, no había hecho ningún anuncio formal, pero estaba reunido en una sesión de emergencia en ese mismo momento. El parlamento de Turquía y el primer ministro se reunirían al día siguiente para discutir la invitación del Mahdi.

A su favor, había que decir que los egipcios bajo el presidente Abdel Ramzy se estaban resistiendo. También los iraquíes y el rey sunita de Bahréin. Estas eran buenas señales, pero Farooq no estaba convencido de que fueran lo suficientemente buenas. El presidente sirio, Gamal Mustafa, estaba silencioso en Damasco hasta ahora, pero Farooq no dudó de que él, también, cedería pronto.

—¿Hay alguna razón para esta indecisión que percibo en usted? —preguntó el Mahdi.

Farooq hizo una pausa y pensó sus palabras cuidadosamente.

—Tal vez solamente es que esto ha ocurrido tan de repente y yo no lo conozco, no sé de sus intenciones, no he discutido su visión para nuestra región ni la función que usted considera que Paquistán llevará a cabo.

—La historia es un río, hijo mío, y la corriente se mueve rápidamente.

—Razón de más por la que deberíamos ser cautelosos —respondió Farooq—, para no ser arrastrados por los acontecimientos fuera de nuestro control.

—¿Tiene alguna petición para mí? —preguntó el Mahdi—. Si es así, hágala ahora mismo.

Farooq batallaba para encontrar las palabras correctas. No tenía ganas de reunirse con este pretendiente al trono. Tenía cosas más importantes que hacer que perder su valioso tiempo con un hombre tan claramente consumido por la arrogancia y la ambición ciegas. No obstante, Farooq sabía muy bien que ahora estaba andando en un campo minado y que tenía que ser juicioso a cada paso.

Miró a través de la ciudad y se maravilló con el majestuoso edificio del parlamento a su derecha y con la decorada arquitectura islámica de las instalaciones de la corte suprema a su izquierda. Ambos eran recordatorios tangibles de la gran civilización que él ahora presidía. No se atrevía a apostar con la soberanía de su nación, mucho menos con la dignidad y el honor de su pueblo. Sentía una enorme carga sobre sus hombros. Gobernaba a más de 185 millones de musulmanes. Muy pocos de ellos eran chiítas, como el Mahdi que lo había despertado de su letargo a esta hora intempestiva. La gran mayoría de ellos era sunita, como él. Muchos eran devotos. Algunos apasionados. Algunos fanáticos. Una semana atrás, Farooq jamás habría imaginado que alguno de ellos adoptaría las enseñanzas acerca del Mahdi, mucho menos que saldría a las calles a exigir que Paquistán se uniera al califato con el Duodécimo Imán como líder. Sin embargo, la gente estaba ahora en movimiento.

De Karachi al Cairo y a Casablanca, millones de musulmanes —chiítas y sunitas por igual— estaban en las calles exigiendo cambio, exigiendo la caída inmediata de los "regímenes apóstatas" como el suyo, exigiendo que la umma, la comunidad de musulmanes alrededor del mundo, uniera fuerzas para crear un nuevo reino unido y sin fronteras, un nuevo califato que se extendería desde Paquistán hasta Marruecos.

Eso era solo el comienzo. Las masas querían lo que el Duodécimo Imán estaba predicando: un califato global en el que cada hombre, mujer y niño de la faz del planeta se convirtiera al islam o pereciera en un día de juicio.

Farooq lo consideraba una locura. Una locura total, pero no se atrevía a decirlo. Todavía no. Sabía que hacerlo sería un suicidio político. Abdel Ramzy podía desafiar públicamente al Mahdi desde su posición privilegiada en la ribera del Nilo, con el respaldo de todo ese dinero y armas de Estados Unidos. No obstante, una palabra en público del Mahdi de que estaba inconforme con el "infiel de Islamabad" y Farooq sabía que tendría una revolución descomunal y sangrienta entre sus manos. Las masas de manifestantes —notablemente pacíficas en sus primeras veinticuatro horas— muy bien podrían ponerse violentas. Lo había visto antes. Él había sido parte de esas multitudes antes, en su juventud. Si eso ocurría, genuinamente dudaba de que el ejército permanecería a su lado, y entonces ¿qué?

—Aprecio mucho su llamada, Su Excelencia —dijo Farooq al Mahdi—. Tengo unas cuantas preguntas más, que preferiría no discutir por teléfono. ¿Sería posible que nos reuniéramos? ¿Sería eso aceptable para usted?

—Tiene que ser pronto. Organice los detalles con Javad.

—Muy bien, Su Excelencia —dijo Farooq antes de que lo pusieran en espera.

Mientras esperaba que Javad Nouri, el asistente personal del Mahdi, se pusiera en la línea, Farooq trató de no pensar en las consecuencias de ser destituido de su cargo y de que su nación descendiera a la anarquía. Si no aguardaba el momento oportuno y si no planificaba sus pasos muy cuidadosamente, este autonombrado Duodécimo Imán pronto obtendría el control de su amado Paquistán, y con él, el control de 172 ojivas nucleares —el arsenal total de la nación— y de los misiles balísticos para lanzarlas.

(Continues...)



Excerpted from OPERACIÓN TEHERÁN by JOEL C. ROSENBERG Copyright © 2012 by Joel C. Rosenberg. Excerpted by permission of TYNDALE HOUSE PUBLISHERS, INC.. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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