Palabras rotas

Palabras rotas

by Karin Slaughter
     
 

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Product Details

ISBN-13:
9788499185743
Publisher:
Roca Ediciones S.A.
Publication date:
06/30/2013
Edition description:
Spanish-language Edition
Pages:
414
Sales rank:
1,196,451
Product dimensions:
5.20(w) x 8.40(h) x 1.10(d)

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Palabras Rotas


By Karin Slaughter, Juan Castilla Plaza

Roca Editorial

Copyright © 2010 Karin Slaughter
All rights reserved.
ISBN: 978-1-5040-0649-1



CHAPTER 1

Por suerte, el frío invernal haría que el cuerpo que habían encontrado en el fondo del lago se conservara bien, aunque la baja temperatura que se podía sentir en la orilla era tal que a uno le dolían los huesos, tanto que había que esforzarse por recordar cómo había sido el mes de agosto, con el sol dándote en la cara, el sudor corriéndote por la espalda y el aire acondicionado del coche soltando una espesa niebla porque no podía contener el calor. Por mucho que Lena se esforzase por recordar, cualquier sensación de calor se perdía en aquella mañana lluviosa de noviembre.

—La hemos encontrado —gritó el jefe del equipo de buceadores.

Dirigía a sus hombres desde la orilla, con la voz amortiguada por el constante murmullo de la incesante lluvia. Lena levantó la mano para saludarle y el agua se le escurrió por la manga del grueso anorak que se había echado por encima cuando la llamaron a las tres de la madrugada. No es que lloviese mucho, pero lo hacía sin pausa, y las gotas de agua golpeaban insistentemente su espalda y chocaban contra el paraguas que tenía apoyado sobre los hombros. No se veía a más de diez metros. Cualquier cosa más allá estaba cubierta de una brumosa niebla. Cerró los ojos y pensó en su cálida cama y en el cuerpo aún más cálido que la había estado abrazando.

El estridente timbre de un teléfono a las tres de la mañana nunca es una buena señal, en especial cuando se es policía. Lena había despertado de un profundo sueño y, con el corazón sobresaltado, extendió la mano automáticamente para coger el auricular y llevárselo al oído. Era la inspectora de más alto rango que estaba de guardia, por lo que tuvo que empezar a hacer otras llamadas por todo el sur de Georgia: a su jefe, al forense, al servicio de bomberos, a la ambulancia, a la Oficina de Investigación de Georgia ..., para hacerles saber que se había encontrado un cadáver en el estado, y a la Agencia Federal para la Gestión de Emergencias de Georgia, que tenía una lista de voluntarios civiles dispuestos a buscar cadáveres.

Todos estaban reunidos en el lago, pero los más sensatos esperaban en sus coches con la calefacción al máximo mientras el gélido viento hacía balancear los vehículos como a un bebé en su cuna. Dan Brock, el propietario de la funeraria, que también ejercía de forense, dormía en su furgoneta, con la cabeza inclinada sobre el asiento y la boca abierta. Hasta el personal de los servicios de emergencia estaba dentro de la ambulancia. Lena vio sus caras mirando a través de las ventanas de las puertas traseras. De vez en cuando, salía una mano y se veía la brasa de un cigarrillo brillando en la luz del amanecer.

Lena sostenía en la mano una bolsa de pruebas. Contenía una carta que habían encontrado debajo de una piedra al lado del lago. El papel lo habían arrancado de un cuaderno de escuela de unos veinte por catorce centímetros. Todas las palabras estaban escritas en mayúsculas, con rotulador. Una sola línea. Sin firma. No era el tipo de carta llena de rencor o que pretendiera dar pena, esa que se escribe para despedirse de este mundo. Sin embargo, sí que era lo suficientemente clara: QUIERO ACABAR CON ESTO.

En muchos aspectos, los suicidios eran más difíciles de investigar que los homicidios. Cuando una persona era asesinada, siempre había alguien a quien culpar. Había pistas que se podían seguir, un patrón que se podía describir para explicarle a la familia de la víctima por qué le habían arrebatado la vida a su ser querido. Y si no había un motivo, sí al menos quién había sido el cabrón que había arruinado su vida.

Con los suicidios, la víctima es el asesino. La persona a la que se culpabiliza es también la persona cuya pérdida se lamenta más profundamente. Los familiares no esperan retribuciones por su muerte, ni una compensación por la rabia natural que sienten. El suicidio deja un vacío que ningún dolor ni pena puede llenar. Los padres, los hermanos, los amigos, los parientes ... no tienen a alguien a quien culpar.

Y las personas siempre quieren culpar a alguien cuando una vida acaba de un modo inesperado.

Esa era la razón por la que el trabajo de un detective consistía en asegurarse de que hasta el más nimio detalle se comprobase y se registrase. Cualquier colilla, cualquier trozo de papel o basura tenía que ser tenido en cuenta. Se buscaban huellas dactilares y se enviaban al laboratorio para que las analizasen. En el informe preliminar se anotaba el tiempo que hacía. Los agentes implicados en la investigación y el personal de emergencias se registraban en un diario. Si había mucha gente presente, se anotaban el nombre de los fotógrafos y el número de las matrículas de los vehículos. La vida de la víctima de un suicidio se investigaba tan profundamente como la de un homicidio. ¿Quiénes eran sus amigos? ¿Amantes? ¿Tenía marido? ¿Novio? ¿Novia? ¿Había vecinos molestos y enfadados? ¿Compañeros de trabajo que le tuvieran envidia?

Lena, de momento, solo contaba con lo que se había encontrado: un par de playeras de mujer del número treinta y ocho halladas a unos cuantos metros de la carta de suicidio. Dentro de la zapatilla izquierda había un anillo barato, de oro de doce quilates y con un rubí sin gracia ninguna. En la zapatilla derecha había un reloj blanco del ejército suizo con diamantes falsos en lugar de números. Debajo de él estaba la nota doblada: «Quiero acabar con esto».

No era una nota muy agradable para las personas que había dejado detrás.

De pronto, se oyó un chapoteo en el agua; uno de los buceadores salió a la superficie del lago. Su compañero emergió a su lado. Ambos forcejeaban contra el limo del fondo mientras sacaban el cuerpo de las frías aguas y lo colocaban bajo la gélida lluvia. La chica que yacía muerta no era tampoco tan grande, por lo que sus esfuerzos parecían un tanto exagerados. Sin embargo, Lena no tardó en saber por qué. Alrededor de la cintura tenía enrollada una gruesa cadena con un candado amarillo que le colgaba en la parte baja, como la hebilla de un cinturón. Atados a la cadena había dos bloques de hormigón.

A veces, en la investigación, ocurrían pequeños milagros. La víctima había querido asegurarse de no poder dar marcha atrás. De no haber sido por los bloques, la corriente probablemente habría arrastrado el cuerpo hasta el centro del lago y habría sido casi imposible encontrarlo.

El Grant era un lago artificial de unas mil trescientas hectáreas de extensión y unos cien metros de profundidad en algunos lugares. Bajo la superficie había casas abandonadas, pequeñas casuchas y cabañas que habían sido habitadas antes de que la zona se convirtiese en una presa. Había tiendas, iglesias y una fábrica de algodón que había sobrevivido a la guerra civil, pero que había cerrado durante la Depresión. Todo había sido barrido por la intensa corriente del río Ochawahee para que el condado de Grant contase con una fuente fiable de energía.

El Servicio Forestal Nacional poseía la mejor parte del lago, algo más de cuatrocientas hectáreas que envolvían Grant como una capucha. Una parte bordeaba la zona residencial, donde vivían las familias más acomodadas, mientras que la otra rodeaba el Instituto de Tecnología de Grant, una pequeña pero floreciente ciudad universitaria con casi cinco mil estudiantes matriculados.

El sesenta por ciento de los ciento treinta kilómetros de orilla era propiedad de la División Forestal del Estado. Sin duda, el lugar más visitado era ese al que todos llamaban el Encuentro de los Enamorados. Allí se permitía que los campistas colocasen sus tiendas, y los adolescentes celebraban fiestas, tras las cuales quedaban abandonadas botellas de cerveza vacías y condones usados. A veces se recibía una llamada por un incendio que había provocado el descuido de alguien y, en una ocasión, informaron de la presencia de un oso que luego resultó ser un perro labrador que se había alejado de la tienda de campaña de su propietario.

De vez en cuando también se encontraba algún cuerpo. En cierta ocasión, hallaron a una chica a la que habían enterrado viva. Algunos hombres, la mayoría de ellos adolescentes, se habían ahogado por cometer imprudencias, y el verano anterior un chico se había roto el cuello buceando en las aguas poco profundas de la ensenada.

Los dos buceadores se detuvieron para dejar que el agua se escurriese del cuerpo antes de terminar su trabajo. Después de asentir con la cabeza arrastraron el cadáver hasta la orilla. Los bloques de hormigón dejaron un profundo surco en el suelo arenoso. Eran las seis y media de la mañana, y la luna parecía juguetear con el sol cuando este empezó a asomarse por el horizonte. Las puertas de la ambulancia se abrieron. Los miembros del servicio de emergencias maldijeron el frío que hacía mientras desenrollaban la camilla. Uno de ellos llevaba un cortapernos sobre el hombro. Golpeó el capó de la furgoneta del forense. Dan Brock, del susto, agitó cómicamente los brazos. Lo miró, severo, pero se quedó donde estaba. Lena no podía culparle por no querer salir bajo la lluvia; la víctima no iría a ningún lado, salvo al tanatorio. No había necesidad de encender las luces ni de hacer sonar las sirenas.

Lena se acercó al cuerpo, doblando cuidadosamente la bolsa de pruebas que contenía la carta de suicidio dentro del bolsillo. Sacó una pluma y su cuaderno de espiral. Sostuvo el paraguas entre su cuello y los hombros, anotó la hora, la fecha, el clima, el número de miembros del servicio de emergencias, el número de buceadores, el número de coches y de agentes de policía, el aspecto del terreno, la solemnidad del escenario, la ausencia de espectadores; en fin, todos los detalles que luego tendría que incluir en el informe.

La víctima era más o menos de la misma estatura que Lena, alrededor de un metro setenta, pero su constitución era mucho más ligera. Sus muñecas eran delicadas como las de un pájaro. Las uñas, irregulares, las tenía mordidas casi hasta la raíz. Tenía el pelo moreno, pero la piel muy blanca. Debía de tener veintitantos años. Sus ojos abiertos estaban empañados como el algodón. La boca permanecía cerrada; los labios, rasgados, como si tuviese la costumbre de mordérselos. O puede que algún pez se los hubiese mordido. El limo del fondo del lago la cubría de la cabeza a los pies.

Su cuerpo pesaba menos cuando se escurrió el agua, y solo hicieron falta tres buzos para colocarla en la camilla. El agua goteaba de su ropa. Llevaba puestos unos vaqueros, una camisa de lana de color negro, calcetines blancos, sin zapatillas, y una sudadera morada sin cremallera con el logo de Nike en la parte delantera. La camilla se movió y su cabeza se ladeó en sentido contrario a Lena.

Dejó de escribir.

—Un momento —dijo, observando algo extraño.

Metió el cuaderno en su bolsillo y se acercó hasta el cuerpo. Había visto un destello de luz en la nuca de la chica, algo plateado, probablemente un collar. Tenía verdín pegado al cuello y en los hombros, como un sudario. Lena utilizó la punta de la pluma para apartar los escurridizos y verdosos ramajes. Algo se movía debajo de la piel, ondeándola de la misma forma que la lluvia mueve la corriente.

Los buceadores también notaron las ondulaciones y se inclinaron para mirar más de cerca. La piel parecía inflamarse, como en las películas de miedo.

—¿Qué narices es ...? —preguntó uno de los buzos.

—¡Dios santo! —exclamó Lena, que dio un salto hacia atrás mientras un pececillo salía de una raja que la chica tenía en el cuello.

Los buceadores se rieron de la forma en que suelen reírse los hombres cuando no quieren admitir que también se han sobresaltado. Lena se llevó la mano al pecho, esperando que nadie hubiese notado que el corazón le había dado un vuelco. Se quedó boquiabierta. Aspiró una bocanada de aire. El pececillo se agitaba en el barro. Uno de los hombres lo cogió y lo arrojó de nuevo al lago. El jefe de los buzos bromeó diciendo que algo le olía a pescado.

Lena le miró con enojo antes de agacharse junto al cuerpo. La raja de donde había salido el pez estaba en la nuca, justo a la derecha de la espina dorsal. Calculó que tendría unos dos centímetros de ancho, como mucho. La carne estaba arrugada por el agua, pero la herida era limpia, precisa, el tipo de herida que deja un cuchillo muy afilado.

—Que alguien vaya a despertar a Brock —dijo Lena.

Aquello ya no era un caso de suicidio.

CHAPTER 2

Frank Wallace jamás fumaba en su Lincoln Towncar, pero la tapicería de los asientos había absorbido el olor de la nicotina que supuraba de cada poro de su piel. A Lena le recordaba a Pig Pen, el personaje de Charlie Brown. No importaba lo limpio que estuviese ni la frecuencia con la que se cambiase de ropa, el olor le seguía como una nube de polvo.

—¿Qué pasa? —preguntó sin tan siquiera darle tiempo a cerrar la puerta del coche.

Lena dejó su anorak húmedo en el suelo. Antes de eso, se había puesto dos camisas y una chaqueta para combatir el frío. A pesar de que tenía la calefacción al máximo, le rechinaban los dientes. Parecía como si su cuerpo hubiese almacenado todo el frío mientras permanecía bajo la lluvia y que empezaba a soltarlo ahora que estaba a cubierto.

Puso las manos cerca de la rejilla.

—Hace un frío que pela —dijo.

—¿Qué pasa? —repitió Frank.

Hizo el gesto de doblar el forro de su guante negro de piel para poder ver el reloj.

Lena estaba temblando. No podía disimular su entusiasmo. Ningún policía lo admitiría públicamente, pero los asesinatos eran los casos más apasionantes de su trabajo. Sentía tanto la adrenalina que le extrañaba tener frío. Rechinando, respondió:

—No es un suicidio.

Frank pareció aún más molesto.

—¿Brock está de acuerdo contigo?

El forense se había vuelto a dormir en la furgoneta mientras esperaba a que cortasen la cadena, algo que ambos sabían, pues podían ver las muelas desde donde estaban sentados.

—Brock no sabe ni hacer la «o» con un canuto —respondió Lena frotándose los brazos para entrar en calor.

Frank sacó la petaca y se la pasó. Ella dio un sorbo rápido y notó cómo el whisky le ardía al pasar por la garganta y llegarle al estómago. Su compañero dio un buen trago antes de volver a meterse la petaca en el bolsillo.

—Tiene la herida de un cuchillo en la nuca.

—¿Quién? ¿Brock?

Lena le lanzó una mirada fulminante.

—No, la chica muerta. —Se agachó, cogió su anorak y buscó la cartera que había encontrado dentro del bolsillo de la mujer.

—Puede que se la haya hecho ella misma —dijo Frank.

—No creo —respondió Lena llevándose la mano a la nuca—. La cuchilla debió de entrarle por aquí. El asesino la apuñaló por detrás. Probablemente la cogió por sorpresa.

—¿Eso lo has aprendido en tus libros de texto? —refunfuñó él.

Lena guardó silencio, algo que no solía hacer. Frank había sido el jefe interino de la policía durante los últimos cuatro años. Cualquier cosa que sucediese en las tres ciudades que constituían el condado de Grant estaba bajo su supervisión. Madison y Avondale tenían frecuentes casos de drogas y violencia doméstica, pero Heartsdale era una ciudad tranquila. La universidad estaba allí y los acaudalados residentes armaban un escándalo por cualquier delito, pero, aunque no fuese así, los casos complicados siempre le ponían de mal humor. De hecho, cualquier cosa podía hacerle enfadar, como que el café se le enfriase, o que su coche no arrancase a la primera, o que la tinta de su pluma se secase. No siempre había sido así. Desde que Lena le conocía cada vez era más gruñón, pero últimamente estaba tan tenso que parecía estar a punto de explotar. Cualquier cosa le sacaba de quicio. En un santiamén pasaba de mostrarse ligeramente irritado a ser más que insoportable.

No obstante, en ese asunto en particular, su desgana parecía más que motivada. Después de treinta y cinco años de servicio, un caso de asesinato era lo que menos le apetecía. Estaba harto del trabajo y de las personas con las que tenía que tratar. En los últimos seis años había perdido a dos de sus mejores amigos. El único lago donde le apetecería estar sentado debía de estar en la soleada Florida. Se veía con una caña de pescar y una cerveza en la mano, no con la cartera de una chica muerta.

—Parece falsa —dijo, y la abrió.

Lena estuvo de acuerdo. La piel era demasiado brillante y el logotipo de Prada era de plástico.

—Allison Judith Spooner —dijo Lena mientras observaba cómo Frank intentaba separar las empapadas fundas de plástico—. Tenía veintiún años. El carné de conducir es de Elba, Alabama. Su carné de estudiante está en la parte de atrás.

—Universitaria.

Frank pronunció esa palabra con cierto desprecio. Ya tenía bastante con haber encontrado muerta a Allison Spooner en una de sus ciudades como para que además fuese una estudiante de las afueras que asistía a la Grant Tech. El caso se complicaba aún más.

—¿Dónde encontraste la cartera?

—En el bolsillo de su chaqueta. No creo que llevase bolso. O puede que el asesino quisiese que supiésemos su identidad.

Frank miró la fotografía del carné de conducir de la chica.

—¿Pasa algo? —preguntó Lena.

—Se parece a la chica que trabaja en el restaurante.

El Grant Diner estaba en la esquina opuesta de Main Street viniendo desde la comisaría. La mayoría de los agentes comían allí, pero Lena nunca iba porque se llevaba el almuerzo o, como casi siempre, no comía.

—¿La conocías? —preguntó.


(Continues...)

Excerpted from Palabras Rotas by Karin Slaughter, Juan Castilla Plaza. Copyright © 2010 Karin Slaughter. Excerpted by permission of Roca Editorial.
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