Par de Detectives (Partner in Crime: Joanna Brady Series #10 / J. P. Beaumont Series #16)

Par de Detectives (Partner in Crime: Joanna Brady Series #10 / J. P. Beaumont Series #16)

by J. A. Jance
     
 

Una famosa artista de Seattle aparece muerta un día, en una morgue de Arizona. El fiscal general del estado de Washington está preocupado por la gravedad del crímen, y considera que la investigación es demasiado importante para dejársela a la sheriff local, Joanna Brady.Así que decide enviarle un poco de ayuda, en la persona del

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Overview

Una famosa artista de Seattle aparece muerta un día, en una morgue de Arizona. El fiscal general del estado de Washington está preocupado por la gravedad del crímen, y considera que la investigación es demasiado importante para dejársela a la sheriff local, Joanna Brady.Así que decide enviarle un poco de ayuda, en la persona del destacado detective Beaumont. La sheriff Brady no está nada contenta de tener a alguien entrometiéndose en su investigación, y lo último que quiere J.P. Beaumont es regresar a Bisbee, Arizona, donde tiene malos recuerdos. Pero a medida que avanzan por el tortuoso camino desértico que se ven obligados a recorrer juntos, se enfrentan a más de un peligro y descubren que la única manera de sobrevivir — es teniéndose confianza.

Product Details

ISBN-13:
9780060856847
Publisher:
HarperCollins Publishers
Publication date:
12/27/2005
Series:
Joanna Brady Series, #10
Edition description:
Spanish Language Edition
Pages:
432
Product dimensions:
4.18(w) x 6.75(h) x 1.08(d)

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Par de Detectives


By J. Jance

HarperCollins Publishers, Inc.

Copyright © 2005 J. Jance
All right reserved.

ISBN: 006085684X

Capitulo Uno

Cuando la Sheriff Joanna Brady paso en su auto frente a los ultimos arbustos de algarrobo, la casa Rancho Alto Solitario se veia oscura y callada bajo el resplandor de la luna que acababa de salir. Sadie, una perra galga bluetick, y Tigger, un cruce de labrador dorado y pit-bull, habrian venido saltando por entre los matorrales a recibirla. En esta oportunidad, Joanna imagino que habian decidido acompanar a Butch a la cita que tenia con el contratista en el lugar donde se levantaria la nueva casa que pensaban construir a aproximadamente un kilometro de distancia del Rancho.

Butch habia salido sin demora de St. Dominick, tan pronto como termino el servicio, y el y Joanna esperaron a que el santuario quedara vacio. "Si quieres me quedo," le habia dicho en voz baja. "Pero realmente tengo que irme."

"Esta bien," respondio ella. "Haz lo que tengas que hacer. Yo estare bien."

"Primero pasare por casa y hare los oficios," le dijo. "No te preocupes por eso."

Joanna se limito a asentir. "Gracias," le respondio.

Para entonces, el atribulado esposo de Yolanda Ortiz Canedo y sus dos hijos, los padres de Yolanda, sus hermanos y hermanas, salian de la iglesia por entre dos fi-las de oficiales, tanto del departamento de policia como del cuerpo de bomberos, que les hacian calle de honor. Joanna tuvo que forzarse a contemplar la escena. Era demasiado familiar, demasiado similar a su propia experiencia. Mientras sus ojos verdes se llenaban de lagrimas, Joanna desvio la mirada solo para ver de reojo a los prisioneros. Los hombres que conformaban ese olvidado grupo -- once presos del condado, recien afeitados y vestidos de civil -- estaban de pie, en respetuoso silencio, bajo la atenta mirada de los guardias de la prision y de Ted Chapman, el director ejecutivo del Ministerio de Prisiones del Condado de Cochise.

Ted habia ido a la oficina de Joanna, al dia siguiente de la muerte de la directora de la prision, que habia muerto de cancer cervical en las instalaciones del Hospicio en Tucson. "A algunos de los presos les gustaria ir al entierro," le habia dicho Chapman. "Yolanda Canedo hizo mucho bien por aqui. Realmente se preocupaba por estos hombres con los que trabajaba, y se notaba. Me ayudo a organizar el programa de alfabetizacion de la carcel y venia en su tiempo libre para dar instruccion individual a los presos que intentaban sacar su diploma de escuela secundaria. Algunas de las personas que ayudo -- presos que ya han salido de la carcel -- iran por su cuenta, pero los que aun estan cumpliendo sus sentencias me pidieron que le preguntara si ellos tambien podian ir. Naturalmente, los presos mas recientes, los que llegaron despues de que Yolanda se enfermo, no estan en el grupo. No tienen idea de quien era ni que hizo."

"Y como se garantizara la seguridad?" pregunto la sheriff Brady. "Quien los custodiara?"

"Ya tengo dos voluntarios que vendran a trabajar en su dia libre," le respondio Chapman. "Le doy mi palabra de honor, y la de los presos, de que no habra ningun problema."

Joanna se pregunto cuan confiable podria ser la palabra de honor de algunos de los presos. Pero luego vino a su memoria el cuaderno lleno de notas de saludo y buenos deseos por su recuperacion que los presos habian hecho a mano -- y que el Reverendo Chapman le habia llevado a Yolanda y a su familia cuando la joven estaba gravemente enferma en la unidad de cuidados intensivos del centro medico de la Universidad de Tucson. La Sheriff Brady se habia conmovido por la sinceridad de los mensajes escritos en todas esas tarjetas pegadas en desorden en un cuaderno. Varias de ellas habian sido hechas por hombres que por primera vez habian podido firmar con su nombre una tarjeta postal. Otras tenian nombres escritos por otra persona debajo de una tortuosa equis. Sus buenos deseos habian sido bastante genuinos en ese momento. Ahora, tambien parecia genuina la solicitud del reverendo Chapman, por poco ortodoxa que pareciera.

"De cuantos convictos hablamos?" habia preguntado Joanna.

"Son catorce."

"Alguno de ellos de alto riesgo?"

"No lo creo."

"Deme la lista," dijo Joanna, cediendo al fin a la solicitud. "No le prometo nada, pero pasare la propuesta al comandante de la carcel a ver que dice."

Al final, once de los presos inicialmente propuestos recibieron el permiso para asistir al entierro. En su panegirico, el Padre Morris se habia referido a Yolanda Canedo como una joven admirable. Sin lugar a dudas, la presencia de ese silencioso grupo de presos lo confirmaba. Y hasta donde Joanna pudo ver, el comportamiento de los convictos habia sido simplemente ejemplar.

Ahora que permanecian formados en una impecable fila, con los pies separados y las manos detras de la espalda, se habrian podido confundir con un peloton de soldados en posicion de descanso. Al verlos ahi, en actitud digna y en silencio, bajo el calido sol de la tarde, Joanna se alegro de haber vetado la sugerencia del comandante de la carcel de que los presos asistieran esposados al funeral.

En ese momento, el Jefe de Oficiales Adjuntos de la policia, Frank Montoya, se le acerco por detras. "Jefe, jefe," le dijo al oido, "quiero avisarle que estan metiendo el ataud en el carro funebre. Puesto que debemos ir directamente detras de los autos de la familia, es mejor que nos preparemos."

Asintiendo, Joanna dejo a los presos al cuidado de los dos guardias y de Ted Chapman y se dirigio hacia el automovil Crown Victoria de Frank. A pesar de sus zapatos de tacon, la sheriff, que media apenas un metro con sesenta y tres, se sintio enana al pasar por la calle de honor que formaban los oficiales uniformados. Una suave brisa agitaba su corto pelo rojo.

Mientras ponia en marcha el motor de su automovil, su comandante adjunto comento, "Parece que los miembros de la feligresia del Reverendo Chapman se estan portando muy bien."

"Todo va bien hasta el momento," afirmo Joanna.

"No van a venir al cementerio?"

Continues...


Excerpted from Par de Detectives by J. Jance Copyright © 2005 by J. Jance. Excerpted by permission.
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