Perdon radical

Perdon radical

by Colin Tipping
     
 

Product Details

ISBN-13:
9788497776776
Publisher:
Obelisco, Ediciones S.A.
Publication date:
02/15/2011
Series:
Nueva Conciencia Series
Edition description:
Spanish-language Edition
Pages:
256
Product dimensions:
6.10(w) x 9.00(h) x 0.70(d)

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El perdón radical


By Colin Tipping

EDICIONES OBELISCO

Copyright © 2010 Ediciones Obelisco, S. L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9777-677-6



CHAPTER 1

La historia de Jill


Nota:

Para ayudarte a comprender lo que llamo Perdón Radical, te presento el fiel relato de cómo este proceso salvó el matrimonio de mi hermana Jill y cambió su vida. Desde entonces, el Perdón Radical ha tenido un impacto positivo en la vida de innumerables personas porque poco después de que a mi hermana le sucediera este episodio caí en la cuenta de que el proceso podía servir como un método de ayuda en sí, bastante diferente de la psicoterapia tradicional y del asesoramiento en relaciones personales.

Colin Tipping


En cuanto apareció mi hermana en el aeropuerto de Atlanta supe que algo iba mal. Nunca ha sabido ocultar sus sentimientos y era evidente que sufría emocionalmente.

Jill había volado desde Gran Bretaña a Estados Unidos en compañía de nuestro hermano John, al que yo no veía desde hacía dieciséis años. Él había emigrado de Inglaterra a Australia en 1972 y yo a Estados Unidos en 1984. Por lo tanto, Jill era y sigue siendo la única de los tres hermanos que reside en Inglaterra. John había estado en nuestro país y Atlanta era la última escala en su viaje de vuelta. Jill lo acompañó a Atlanta para verme junto con mi esposa JoAnna durante un par de semanas y desde ahí despedirse de John que volvía a Australia.

Después de los primeros abrazos y besos algo apurados salimos hacia el hotel. Había reservado una noche de hotel para enseñarles la ciudad al día siguiente antes de llevarles en coche al norte de Atlanta, a nuestra casa.

A la primera oportunidad de conversación seria, Jill espetó: «Colin, las cosas no van bien en casa, Jeff y yo tal vez nos separemos».

A pesar de haber notado que mi hermana tenía algún problema esta noticia me sorprendió. Siempre me había parecido que, tras seis años, ella y Jeff eran felices en su matrimonio. Ambos habían estado casados anteriormente, pero esta relación parecía sólida. Jeff tenía tres hijos de su primera esposa, Jill tenía cuatro de su anterior matrimonio. El benjamín, Paul, era el único que todavía vivía en casa.

—¿Qué ocurre? –pregunté.

—Bueno, todo es bastante raro y no sé por dónde empezar –me contestó Jill–. Jeff se comporta de una manera muy extraña y no aguanto más. Hemos llegado al punto en que somos incapaces de hablar el uno con el otro. Esto me está matando. Se ha distanciado de mí y dice que es culpa mía.

—Háblame de ello –le dije, mirando de reojo a John, que me contestó entornando los ojos. Él había pasado una semana en casa de Jill y Jeff antes de volar a Atlanta, y por su reacción entendí que ya tenía su dosis de esta historia.

—¿Recuerdas a Lorraine, la hija mayor de Jeff? –preguntó Jill, y asentí–. Resulta que su marido se mató en un accidente de coche hace un año. Desde entonces ella y Jeff han desarrollado una relación muy extraña. En cuanto ella llama, él se vuelve zalamero, llamándola amor y se pasa horas hablando con ella en voz baja. Parecen dos enamorados en lugar de un padre y una hija. Si él está ocupado y Lorraine llama, lo deja todo para hablar con ella. Cuando viene a casa, él se comporta de la misma manera e incluso peor. Se atrincheran en una conversación seria y en un cuchicheo que excluye a todos los demás y en especial a mí. Es insoportable. Siento que Lorraine se ha convertido en el centro de la vida de Jeff donde difícilmente queda lugar para mí. Me siento relegada e ignorada.

Jill volvió una y otra vez sobre el tema con más detalles sobre la extraña dinámica familiar que se había desarrollado. JoAnna y yo escuchamos con atención. Nos extrañamos abiertamente sobre las causas del comportamiento de Jeff y en general demostramos empatía. Le hicimos algunas sugerencias de cómo hablar con él acerca de su comportamiento y, sobre todo, nos esforzamos en encontrar soluciones, tal como lo habrían hecho cualquier hermano y cuñada preocupados. John también procuró apoyarla y darle su propia perspectiva de la situación.

Lo que me parecía extraño y sospechoso es que todo eso no era propio de Jeff. El Jeff que yo conocía era muy afectuoso con sus hijas y lo bastante dependiente para necesitar su aprobación y su amor, pero nunca le había visto actuar como Jill decía. Siempre se había mostrado muy cariñoso y atento con Jill. De hecho, me costaba creer que podía tratarla con tanta crueldad. Me fue fácil entender por qué esta situación hacía infeliz a Jill, y cómo la insistencia de Jeff en decir que todo eran imaginaciones suyas no hacía más que empeorar las cosas para ella.

La conversación continuó durante todo el día siguiente, y empecé a hacerme una idea de lo que podía estar pasando entre Jill y Jeff desde la perspectiva del perdón radical, pero decidí no mencionarlo, por lo menos no de forma directa. Jill estaba demasiado atrapada por el drama de la situación y no habría podido escuchar ni entender lo que tenía que decirle. El Perdón Radical se basa en un punto de vista espiritual muy amplio que no era nuestra realidad común ni cotidiana cuando aún vivíamos todos en Inglaterra. Convencido de que ni ella ni John estaban al tanto de mis creencias en la base del perdón radical, me pareció que aún no había llegado el momento de introducir un pensamiento tan transgresor que afirma que a pesar de cómo están las cosas, todo puede llegar a ser perfecto y a constituir una oportunidad de sanación.

Aun así, después de hablar y darle muchas vueltas al problema durante dos días, decidí que se acercaba el momento de probar el enfoque del perdón radical. Para ello, era preciso que mi hermana se abriera a la posibilidad de que algo ocurría más allá de lo obvio; algo con un propósito, divinamente orientado y generado en pos de su bien supremo. Como estaba tan entregada a ser la víctima de la situación, yo no estaba seguro de cómo iba a acoger una interpretación del comportamiento de Jeff que la iba a destronar de ese papel. Pero, justo cuando mi hermana empezaba a repetir lo que ya había dicho el día anterior, me decidí a intervenir. A modo de tentativa le dije:

—Jill, ¿estarías dispuesta a considerar la situación de un modo distinto? ¿Estarías abierta a que te dé una interpretación bastante diferente de lo que está pasando?

Me miró desconcertada, como preguntándose: «¿Qué otra interpretación puede haber? ¡Así están las cosas!

No obstante, resulta que Jill y yo compartimos el tirón de un recuerdo. En el pasado yo le había ayudado a resolver un problema de relación, por lo que confió en mí lo suficiente para decir:

—Bueno, supongo que puede haber otra. ¿Qué tienes en mente?

Ésta era la puerta abierta que yo estaba esperando.

—Lo que voy a decirte te parecerá extraño, pero intenta no cuestionarlo hasta que haya terminado. Sólo procura permanecer abierta a la posibilidad de que lo que esté diciendo sea cierto y comprueba si de algún modo tiene sentido para ti.

Hasta aquel momento, y después de esforzarse en prestar toda su atención a Jill, John había llegado al punto en que las conversaciones repetitivas acerca de Jeff le empezaban a aburrir soberanamente y andaba bastante desconectado. Sin embargo, me di perfecta cuenta de que mis palabras habían tenido como efecto despertarle de golpe y que empezaba a escuchar de nuevo.

Empecé diciendo:

—No cabe duda de que lo que nos has contado, Jill, es la verdad como tú la ves. No tengo la más mínima duda de que todo ocurre tal como lo dices. Además John ha sido testigo de esta situación durante las últimas tres semanas y puede confirmar tu historia, ¿verdad John? –pregunté girándome hacia mi hermano.

—Totalmente –contestó John–, lo he presenciado varias veces tal como lo cuenta Jill. Pensé que todo era muy extraño y, sinceramente, la mayor parte del tiempo me he sentido muy incómodo durante mi estancia allí.

—No es de extrañar –dije–. De todas formas, Jill, quiero que sepas que nada de lo que voy a decir contradice lo que tú has dicho ni invalida tu historia. Estoy seguro de que ocurrió tal como dices. Sin embargo, permíteme darte una pista de lo que quizás subyace en esta situación.

—¿Qué quieres decir con esto de lo que subyace en esta situación? –preguntó Jill mirándome con recelo.

—Es completamente natural pensar que todo lo que hay ahí afuera es todo lo que hay en realidad –le expliqué–, pero quizá esté ocurriendo un mundo de cosas por debajo de esta realidad. No percibimos que algo más esté sucediendo porque nuestros cinco sentidos no son aptos para esta función. Pero esto no significa que no ocurra. Mira tu situación. Tú y Jeff tenéis ese drama en marcha. Hasta aquí todo está claro. Pero ¿y si por debajo del drama estuviese ocurriendo algo más espiritual; las mismas personas y los mismos acontecimientos pero con un significado totalmente distinto? ¿Y si vuestras almas estuvieran ejecutando el mismo baile pero sobre melodías distintas? ¿Y si tras el baile se produjera tu sanación? ¿Y si pudieras ver esto como una oportunidad de sanar y crecer? ¿A que la interpretación sería completamente distinta?

Tanto ella como John me miraban ahora como si estuviese hablando otro idioma. Decidí retraerme de las explicaciones y pasar directamente a la experimentación.

—Jill, si consideras los últimos tres meses, ¿cuál ha sido tu sentimiento dominante al ver a Jeff comportándose tan amorosamente con su hija Lorraine?

—Sobre todo ira –dijo ella, pero siguió pensando y añadió–: frustración –y tras una larga pausa–, tristeza. Me sentí realmente triste.

Las lágrimas afloraron en sus ojos.

—Me siento tan sola y no amada –dijo, y empezó a sollozar suavemente–. No sería tan grave si pensara que no puede demostrar amor, pero puede y lo hace ... ¡con ella!

Espetó las últimas palabras con vehemencia y rabia y se deshizo en sollozos incontrolables por primera vez desde su llegada. Por supuesto había dejado escapar alguna lágrima antes de eso pero nunca se había permitido llorar así. Al fin se estaba soltando. Me sentía satisfecho de que Jill fuera capaz de conectar con sus emociones con tanta rapidez.

Diez minutos pasaron antes de que remitiese su llanto y yo notara que podía hablar. Entonces le pregunté:

—Jill, ¿puedes recordar haber sentido lo mismo cuando eras una niña?

Sin la más leve vacilación, dijo:

—Sí.

Como la explicación de cuándo había sucedido eso no acababa de llegar le pedí que lo explicara. Le costó un buen rato contestar.

—¡Papá tampoco me quería! –soltó finalmente y empezó a sollozar de nuevo–. Yo quería que me amase pero no lo hacía. ¡Pensé que no era capaz de amar a nadie! Luego llegó tu hija, Colin. Él la amaba de verdad. Entonces, ¿por qué no podía quererme a mí? ¡Maldito sea!

Golpeó con fuerza la mesa con el puño mientras hablaba y se deshizo en un llanto aún más incontrolable.

Jill se refería a mi primogénita, Lorraine. Casualmente, o mejor dicho, sincrónicamente ésta y la hija mayor de Jeff llevan el mismo nombre. Llorar le sentó muy bien a Jill. Sus lágrimas le sirvieron de poderosa liberación y es probable que también de punto de inflexión. Un auténtico paso adelante podía no estar muy lejos, pensé, y tenía que animarla a proseguir.

Cuéntame lo que pasó con mi hija Lorraine y papá –le dije.

—Bueno –dijo Jill recobrando la compostura–, siempre me sentí no querida por papá y deseaba desesperadamente su amor. Fueron escasas las veces que me cogió de la mano o me sentó en su regazo. Siempre sentí que debía de haber algo malo en mí. Cuando crecí, mamá me dijo que creía que papá era incapaz de amar a nadie, ni siquiera a ella. En aquella época yo estaba más o menos en paz con esta cuestión. Razoné que si no era capaz de amar a nadie, entonces no era culpa mía que no me amara. La realidad debía de ser que no amaba a nadie. Ni siquiera por mis hijos, sus propios nietos, pareció sentir nada y menos aún por gente o niños que no eran de su familia. No era un mal padre, tan sólo no podía amar. Sentí lástima por él.

Jill lloró un poco más, tomándose su tiempo. Yo sabía a qué se refería al hablar de nuestro padre, quien era un hombre amable y noble, pero también muy callado y frío. En gran parte, era cierto que no parecía estar afectivamente disponible para nadie.

Jill se serenó y siguió hablando:

—Recuerdo un día en especial que estábamos en tu casa. Tu hija Lorraine debía tener cuatro o cinco años. Mamá y papá habían venido de visita desde Leicester y todos nos reunimos en tu casa. Vi cómo tu hija Lorraine cogió la mano de papá y le dijo: «Ven abuelo, voy a enseñarte el jardín y todas mis flores». Él se derritió dejándose llevar de la mano por ella, que no paraba de hablar, enseñándole todas las flores. Estaba encantado con ella. Yo les miraba todo el tiempo, detrás de los cristales. Cuando volvieron, la sentó en su regazo y se mostró juguetón y alegre como nunca lo había visto. Me sentí devastada. Por lo visto es capaz de amar después de todo, pensé. Si podía amar a Lorraine, ¿por qué no a mí?

Estas últimas palabras salieron como un suspiro de su boca, seguidas de un profundo y largo llanto de duelo y tristeza, lágrimas guardadas durante demasiados años. Consideré que ya habíamos logrado mucho y sugerí que nos preparásemos un té. ¡Al fin y al cabo somos ingleses y, pase lo que pase, tomamos té!

Al interpretar la historia de Jill desde el punto de vista del perdón radical me fue fácil detectar que el comportamiento en apariencia extraño de Jeff estaba diseñado a nivel inconsciente para servir de apoyo a Jill en la sanación de su relación no resuelta con nuestro padre. Si era capaz de verlo y de reconocer la perfección inherente al comportamiento de Jeff, podría curar su dolor y, sin lugar a dudas, el comportamiento de Jeff desaparecería. Sin embargo, en aquel momento yo no estaba muy seguro de cómo explicárselo a Jill de forma que pudiera entenderlo. Por fortuna ni siquiera tuve que intentarlo. Ella misma cayó en la cuenta de la obvia conexión. Un poco más tarde durante el día me preguntó:

—Colin, ¿no te parece curioso que la hija de Jeff y la tuya lleven el mismo nombre? Por cierto, las dos son rubias y primogénitas. ¡Qué extraña coincidencia! ¿Crees que existe una relación? –Solté una risa y contesté:

—Seguro, es la clave para entender toda la situación.

Jill me lanzó una mirada dura.

—¿Qué quieres decir?

—Desarróllalo tú misma –contesté.–.¿Qué otra similitud ves entre la situación con papá, mi hija Lorraine y tu situación actual?

—Bien, veamos –dijo Jill–, ambas chicas tienen el mismo nombre. Las dos han estado consiguiendo lo que yo parezco incapaz de conseguir de los hombres de mi vida.

—¿Qué? –pregunté.

—Amor –murmuró ella.

—Continúa –le sugerí suavemente.

—Por lo visto, tu hija Lorraine fue capaz de obtener de papá el amor que yo no pude conseguir. Y Lorraine, la hija de Jeff, tiene todo el amor que quiere de su padre pero a costa mía. ¡Oh, Dios mío! –exclamó Jill, que estaba empezando a entender–. Pero ¿por qué? No comprendo por qué. ¡Asusta un poco! ¿Qué diablos está pasando? – preguntó presa del pánico.


(Continues...)

Excerpted from El perdón radical by Colin Tipping. Copyright © 2010 Ediciones Obelisco, S. L.. Excerpted by permission of EDICIONES OBELISCO.
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