Perspectiva: La diferencia entre una vida común y una extraordinaria [NOOK Book]

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A veces encuentras las perspectivas, y a veces las perspectivas te encuentran a TI.

En la tranquila ciudad costera de Fairhope, Alabama, un misterioso anciano llamado Jones se ha instalado para hacer lo que mejor sabe hacer: “notar” las pequeñas cosas que marcan una gran diferencia en la vida de la gente. Sin embargo, esta vez lo está haciendo frente a una audiencia… una clase para padres, para ser exacto.

Pero Jones no está ahí solo para ...

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Perspectiva: La diferencia entre una vida común y una extraordinaria

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A veces encuentras las perspectivas, y a veces las perspectivas te encuentran a TI.

En la tranquila ciudad costera de Fairhope, Alabama, un misterioso anciano llamado Jones se ha instalado para hacer lo que mejor sabe hacer: “notar” las pequeñas cosas que marcan una gran diferencia en la vida de la gente. Sin embargo, esta vez lo está haciendo frente a una audiencia… una clase para padres, para ser exacto.

Pero Jones no está ahí solo para enseñar sobre la paternidad. También está ahí para dar semillitas eternas de perspectiva sobre los negocios, las relaciones y mucho más a los corazones sedientos de la comunidad de Fairhope. Como maestro, mentor, mediador y, sobre todo, como observador, Jones guía a los lugareños en conflictos y frustraciones y responde las preguntas que todos estamos esperando resolver.

En este, su libro más reciente, el popular autor Andy Andrews vuelve a demostrar por qué es una de las voces de mayor influencia en los últimos veinte años. Combinando sabiduría eterna, una perspectiva clara y una narrativa cautivadora página tras página, Semillas de sabiduría nos demuestra nuevamente que Andy Andrews nota las cosas que la mayoría de los demás no vemos y que, una vez descubiertas, pueden cambiarnos la vida para siempre.

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Product Details

  • ISBN-13: 9781602550599
  • Publisher: Grupo Nelson
  • Publication date: 10/1/2013
  • Language: Spanish
  • Sold by: THOMAS NELSON
  • Format: eBook
  • Pages: 240
  • Sales rank: 875,985
  • File size: 914 KB

Meet the Author

Andy Andrews, aclamado por un escritor del New York Times
como "una de las personas más influyentes de Estados Unidos", es un novelista
de gran éxito de ventas y orador empresarial de mucha demanda. Ha dado discursos a pedido de cuatro presidentes de Estados Unidos.
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PERSPECTIVA

La diferencia entre una vida común y una extraordinaria


By Andy Andrews, Graciela Lelli

Grupo Nelson

Copyright © 2013 Grupo Nelson
All rights reserved.
ISBN: 978-1-60255-059-9


CHAPTER 1

Lo encontré.

No lo estaba buscando, pero ahí estaba, real como la vida. Al principio fue solo una percepción, pero se detuvo y se volvió, casi como si sintiera mi mirada en él. El instante en que nuestras miradas se encontraron, sonrió. Y fue como si el anciano nunca se hubiera ido.

Pero se fue. Había desaparecido hace varios años sin siquiera despedirse, y al igual que el anciano mismo, las circunstancias de su partida habían sido extrañas. Dejar nuestra pequeña comunidad costera sin ser visto por una sola persona era bastante extraño (la gente de pueblos pequeños no se pierde mucho), pero meter un mensaje enigmático en una desvencijada maleta y abandonarla en medio de un estacionamiento ... bueno, todo el asunto había sido desconcertante. También resultó ser el tema principal de conversación en nuestro pueblo por semanas.

Sin embargo, con el tiempo los residentes de Orange Beach llegamos a creer que él se había ido para siempre, y cierta clase de duelo se había asentado en toda la comunidad. No fue una tragedia. Habíamos sufrido huracanes y derrames de petróleo ... sabíamos cómo se sentía la tragedia. Más bien se trató de un vacío que no podíamos definir.

Así que en lugar de un tema específico, departíamos incesantemente acerca de lo que recordábamos. Hablábamos de la ropa del personaje y nos preguntábamos por qué nunca lo habíamos visto con algo diferente a jeans y camiseta. Además de las sandalias de cuero en los pies, ese conjunto particular tipificaba todo su guardarropa. Lo habíamos visto en una boda en la laguna, en restaurantes, e incluso en la iglesia una o dos veces, pero nunca vestido con algo que no fueran jeans y camiseta.

Nadie había sabido dónde vivía, o siquiera dónde dormía en la noche. Hasta donde sabíamos, ni siquiera había pasado alguna vez una noche lluviosa en casa de alguien. El hombre no tenía propiedad en nuestro condado ... todos tenemos amigos que trabajan en el juzgado, y ellos revisaron.

Todos estuvimos de acuerdo en que él tampoco pudo haber tenido una tienda de campaña en la pequeña maleta marrón que siempre tenía a su costado. Y en cuanto a la maleta ... hasta el día de su desaparición ninguno de nosotros lo había visto alguna vez sin ella. Fue temprano en una mañana de un día laboral que Ted Romano, el dueño de Pack & Mail, encontró la antigua y raída valija colocada en medio de un estacionamiento casi vacío.

Sí, todos teníamos historias acerca de haber visto al anciano lidiando por atravesar una puerta con ella o llevándola mientras llenaba un plato en una barra de ensaladas de la localidad, pero hasta donde podíamos darnos cuenta, nadie más que el hombre mismo había llegado a tocar esa maleta hasta el día en que desapareció.

También estaba el asunto de la edad. Estábamos casi obsesionados con el tema de cuántos años tendría el anciano. Mucho tiempo atrás habíamos admitido que era imposible saber su edad con exactitud. Su aspecto no proporcionaba pistas reales. «Viejo» era lo más cerca que podíamos imaginar. Usaba el cabello un poco largo, no tanto para una cola de caballo, pero largo ... y tan blanco como marfil pulido. Por lo general peinado solo con los dedos, el cabello se veía despreocupadamente desgastado y era casi hermoso. No obstante, este distintivo era solamente lo primero respecto a él que cualquiera observaba.

Los ojos del anciano eran lo que hacía que las personas se detuvieran en seco. Radiantes como la risa de un niño, e impregnados con un color que solo puedo describir como azul apacible, esos ojos rayaban en la luminiscencia. Puestos contra la piel marrón de su rostro, y enmarcados por aquel cabello blanco como la nieve, retendrían a una persona siempre y cuando al anciano le interesara hablar. Y realmente podía hablar ...

Ninguno de nosotros había tenido alguna vez la oportunidad de escuchar (de escuchar de veras) a alguien como él. No era que el viejo hablara mucho. No lo hacía. Es solo que cuando hablaba, las palabras que salían de su boca eran tan precisas y significativas que las personas las absorbían una a una.

Podrías creer que estoy exagerando, pero en Orange Beach hay más de unos cuantos de nosotros que acreditamos a este anciano con cambios en nuestras vidas. Es más, yo podría estar al principio de esa larga lista. Sin embargo, mi relación con Jones ha abarcado más años que la de todos los demás.

El anciano me encontró en un tiempo particularmente difícil en mi vida cuando yo tenía veintitrés años de edad. Durante varios meses fue un amigo cuando yo no tenía ninguno, y me dijo la verdad en una época en que yo no deseaba oírla. Después desapareció por casi treinta años.

La siguiente vez que lo vi fue hace algunos años cuando llegó, como lo hiciera la primera vez, al parecer de la nada. Algo muy curioso que comprendí durante ese tiempo fue que según parece el anciano había estado entrando y saliendo de nuestro pueblo por años. Quizás por décadas.


¿Recuerdas que afirmé que no sabíamos qué edad tenía el hombre? Bueno, conversé con algunos individuos que eran muy viejos, y me dijeron que el anciano había estado por ahí cuando ellos eran niños. Juraron una y otra vez que en ese entonces él ya era viejo. Desde luego, eso no tiene sentido para mí ni siquiera ahora. La primera vez que oí del asunto, y he oído bastante, no hice caso a todo lo que se decía. Sin embargo, debí admitir que él no parecía muy diferente de la primera vez que lo vi.

La edad no era lo único extraño con relación al anciano. También lo era el color de la piel. Estaba profundamente bronceada. O era café oscura. Nadie se ponía de acuerdo en si la pigmentación estaba determinada por la genética o por una vida de rechazo al bloqueador solar. En cuanto a mí, sencillamente no me importaba.

No obstante, me causaba curiosidad que los afroamericanos parecían dar por sentado que el viejo era negro, y que los caucásicos suponían que era blanco. Vi suceder esto tan a menudo que creí que era algo cómico. Hasta le llegué a preguntar una vez a él. Pero su respuesta no tuvo mucho que ver con la pregunta, lo que no me sorprendió.

Me gustaba el anciano, y yo no era el único. Ya te hablé de lo categórico que el hombre fue para muchos de nosotros. Sin embargo, no podría dejar de referirme también a lo siguiente aunque solo fuera por consideración: había gente en nuestro pueblo que creía que el viejo era demente.

Todo era muy extraño: cómo algunas personas se burlaban de él y lo ridiculizaban, y la forma en que el viejo simplemente reía y seguía adelante. Algunos llegaban incluso a ponerle apodos en su propia cara.

¿Yo? Simplemente lo llamaba Jones. No Sr. Jones. Solo Jones.

CHAPTER 2

Gulf Shores, Alabama Noviembre, treinta y dos años atrás


Era una noche fría en la costa del Golfo, y yo llevaba todo lo que poseía, incluso una chaqueta impermeable de mezclilla que había encontrado en la basura de alguien. Era casi medianoche, y venía de una maratónica sesión de limpiar peces para Jeannie's Seafood en el cruce de la autopista 59 y la carretera de la playa. Me dirigía al desembarcadero del parque Gulf State Park, agotado y con frío, deseoso de abrigarme y dormir.

Como acostumbraba, salí de la calle principal y caminé detrás de casas y negocios en la playa. Solía hacer esto para evitar la atención de cualquiera que pudiera preguntarse qué estaría haciendo un muchacho andando solo en la noche por las calles de un pueblito playero. Yo andaba penosamente entre los pilotes de hormigón del bar Pink Pony cuando Jones se me unió.

En realidad no fue una sorpresa. Ya me estaba acostumbrando a la forma insólita en que él aparecía. Esta noche simplemente emparejó mi paso y caminó conmigo. Como de costumbre, el anciano usaba jeans y camiseta.

—¿Cómo evitas congelarte? —pregunté.

—Tengo pensamientos cálidos —replicó—. ¡Vaya! Hueles a pescado.

—Sí, bueno, pasa un día hasta los codos entre doce mil kilos de ellos, y veremos a qué hueles —objeté sin dejar de caminar penosamente por la arena con la cabeza agachada y las manos en los bolsillos.

Jones se quedó en silencio por un rato. Sospeché que había captado mi estado de ánimo y que estaba teniendo cuidado. Mi posición actual en la vida había recibido un daño emocional irreparable. Sin embargo, este era evidente incluso para quienes me conocían de pasada. Jones estaba consciente de que yo estaba a punto de montar en cólera, de estallar en lágrimas, o de destrozar a alguien con mis palabras. Una o más de estas manifestaciones insensatas de cómo me sentía al momento ocurrían con demasiada frecuencia, y en ocasiones sucedían en público. Yo no deseaba comportarme o conducirme de esa manera, pero creía que era algo que no podía controlar. ¿Qué puedo hacer? —me preguntaba a menudo—. Así soy yo. Así es como me siento. Esta es sencillamente la manera en que soy ...

Miré al anciano y seguí caminando. Me pareció que él solía aparecer más a menudo cuando yo estaba cansado, deprimido o enojado. Yo levantaría la mirada mientras lavaba el barco de alguien, o haría una pausa para estirarme mientras limpiaba pescado, y allí estaría él, a un costado, a ocho o diez metros de distancia, simplemente observándome. Jones sonreía cuando lo descubría mirándome, y no me importaba. Después de todo, él era la única persona remotamente interesada en un jovencito indigente que vivía en la playa.

El viejo podía hacerme reír, y lo hacía con mucha frecuencia, pero por sobre todo me hacía pensar. No necesariamente acerca de algo específico. Me hacía pensar en maneras que nunca había considerado. Jones tenía una habilidad especial para revolucionar una situación o una creencia profundamente arraigada en forma tal que se volvía muy clara y tenía total sentido.

No me volví para mirarlo, pero podía oír los suaves y pesados chirridos en la arena bajo sus pies. Estaba callado, simplemente ofreciendo su compañía a un jovencito solitario, y lo menos que pude sentir fue culpa por cómo a veces yo actuaba hacia él. A menudo me sentía frustrado con el viejo, en ocasiones hasta el punto de la ira, y luego me arrepentía de las palabras fuertes que usaba cuando lanzaba esa frustración sobre mi amigo. En momentos más sensatos me preguntaba si la abrumadora frustración que yo sentía en realidad podría tener que ver conmigo mismo. Era indudable que me esforzaba por pensar de la manera que él lo hacía.

—Simplemente no puedes elaborar respuestas para todo —le había dicho unas cuantas noches antes, incluso me había mofado en un tono feo de voz—. Actúas como si una respuesta estuviera esperando a la vuelta de la esquina, y cuando la encuentras, ¡pum!, ¡el problema está solucionado como alguien que hace oscilar una varita mágica!

Recuerdo habérmele acercado para mi gran remate.

—Las cosas no son así de sencillas —concluí goteando desprecio de las palabras.

—Me parece que cuando la respuesta aparece, el problema está solucionado —declaró Jones encogiéndose de hombros y con una leve insinuación de sonrisa—. Podrías asustarte, frustrarte, desanimarte o todo esto al mismo tiempo, pero cuando encuentras una respuesta, la vida nunca vuelve a ser igual. Así que en realidad, hijo ... las cosas no son tan complicadas.

Yo había querido gritar.


Al acercarnos al Holiday Inn pudimos ver que la marea alta rompía las olas en la base de la piscina del centro turístico. Solo un rompeolas protegía de las olas verdaderas a la elaborada playa de hormigón; por tanto, este era el único lugar en nuestra caminata en que no podíamos permanecer en la playa. De vez en cuando yo experimentaba este obstáculo, y sabía que para no tener que cruzar a través del oleaje era necesario atravesar la plataforma de la piscina. Juntos en la oscuridad, totalmente solos, Jones y yo subimos las escalinatas que nos permitirían franquear la formación de sillas de descanso, rodear la piscina, y salir de la propiedad a través de las escaleras al otro lado.

A pesar del guardia de seguridad que recorría las instalaciones del hotel en la noche, yo no estaba demasiado asustado. La mujer que trabajaba esa noche en el mostrador del vestíbulo era de mediana edad, afroamericana, y se llamaba Beverly; también ella era amiga mía. La llamaba señora Beverly, y de vez en cuando le regalaba pescado fresco como mi parte de un acuerdo tácito que la motivaba a desviar la mirada cuando yo usaba uno u otro de los servicios del centro turístico. Sin embargo, me hallaba receloso. No quería meter a nadie en problemas con el gerente del hotel. Especialmente a mí.

Me agaché, abriéndome paso a través de la cubierta. Al llegar a la mitad, exactamente al lado del extremo profundo de la piscina, me volví para decirle a Jones que hiciera lo mismo. Me molesté al ver que él no estaba agachado ni tenía prisa. El anciano se movía de manera despreocupada, muy erguido, las manos en los bolsillos, con esas sandalias de cuero rechinando a lo largo del concreto arenoso. Habiéndome entrenado para no llamar la atención y evitar los subsiguientes problemas que podrían surgir, me esforzaba por hacer silencio, y las sandalias del viejo resonaban como un rastrillo metálico arrastrándose a través de gravilla.

Irritado, le susurré que se diera prisa, se agachara y no hiciera bulla. Pero antes de que yo pudiera continuar mi corta caminata, Jones inexplicablemente sonrió con ternura y se estiró hacia mí en un gesto que indicaba que quería colocarme la mano en el hombro, pero en vez de eso ... me empujó con firmeza dentro de lo que era una piscina completamente helada, sin haber sido calentada en absoluto.

Me hallaba debajo del agua, totalmente bajo el agua, antes de tener alguna comprensión de lo que acababa de ocurrir. Años más tarde llevaría una extraña imagen mental del viejo en ese instante particular. Lo vería a través de la superficie de la piscina, inclinado sobre mí con su cabello canoso ondeando al viento helado. Cuando subí a la superficie respirando con dificultad, Jones sonreía. No estaba riendo (lo podría haber matado), sino sonriendo como si estuviera curioso, expectante o fascinado con el objeto frente a él ... el cual, por supuesto, era yo.

Pataleé hasta el costado de la piscina y me agarré del borde a sus pies. Todo el infierno, la maldad, o cualquier otra cosa que yo tuviera, desaparecieron de repente. Me froté los ojos con la mano y levanté la mirada hacia el anciano, mientras él estiraba la mano hacia abajo para ayudarme a salir.

—¿Por qué hiciste eso? —pregunté.

Pronto me hallé envuelto en diez o doce toallas de la lavandería del Holiday Inn, bebiendo café de la cafetera del vestíbulo. Estábamos sentados en el piso, acurrucados no tan adentro ni tan afuera de la entrada que llevaba a las canchas de tenis del hotel. El lugar no era cómodo, pero nos hallábamos protegidos del viento, y yo estaba relativamente seguro de que no nos iban a echar.

Después de darle el silencioso tratamiento por un tiempo, conducta que debo admitir que no tuvo absolutamente ningún efecto en él, lo miré de reojo.

—Jones. Amigo, no te entiendo. ¿Por qué se te ocurrió hacer eso?

El hombre levantó la mirada hacia el techo, respiró hondo y con satisfacción, y cruzó los brazos cómodamente.

—Pues bien —comenzó a hablar, mirándome brevemente, y volvió entonces a mirar al techo—. Hijo, en este momento estás en la guerra más grandiosa que tendrás que librar en tu vida. Es confuso, pero estás luchando por aquello en que un día te convertirás. Hay fuerzas enfrentadas por ocupar tu cabeza ... fuerzas que no reconoces, que no puedes ver, y que no entenderás hasta que seas capaz de revivir todo el asunto en años posteriores.

El anciano me lanzó una rápida mirada.

—¿Sabes? Muchas personas te dirán que los detalles pequeños no importan. Más te vale que no las escuches, hijo. Los detalles pequeños importan; a veces son los que más importan. Todo el mundo le presta mucha atención a lo grande, pero nadie parece entender que esto casi siempre está conformado por pequeñeces. Cuando haces caso omiso a las cosas pequeñas, estas a menudo se convierten en cosas grandes que se habrán vuelto muy difíciles de manejar.

Jones hizo un gesto de desdén.

—«No te preocupes por pequeñeces». Esta es una mentira que te arruinará la vida —continuó, volviéndome a mirar con dureza directo a los ojos—. Tus decisiones, tus palabras, y toda jugada que hagas son permanentes. La vida se vive con tinta indeleble, muchacho. Despierta. Estás dando pequeñísimas pinceladas cada minuto que caminas alrededor de esta tierra. Y con esas pequeñas pinceladas estás creando la pintura en que se convertirá finalmente tu vida: una obra maestra o un desastre.
(Continues...)


Excerpted from PERSPECTIVA by Andy Andrews, Graciela Lelli. Copyright © 2013 Grupo Nelson. Excerpted by permission of Grupo Nelson.
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