Poesia completa

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La obra poética completa de uno de los escritores más influyentes de la literatura española.
 
La figura de Federico García Lorca abarca, tanto en España como en el exterior, mucho más que su literatura. Su poesía, traducida a infinidad de lenguas, recorre paisajes, hurga en tradiciones y denuncia injusticias con la maestría de un escritor que utilizó la pluma como pocos, y sus libros continúan leyéndose sin atender al paso del tiempo ni a...

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Overview

La obra poética completa de uno de los escritores más influyentes de la literatura española.
 
La figura de Federico García Lorca abarca, tanto en España como en el exterior, mucho más que su literatura. Su poesía, traducida a infinidad de lenguas, recorre paisajes, hurga en tradiciones y denuncia injusticias con la maestría de un escritor que utilizó la pluma como pocos, y sus libros continúan leyéndose sin atender al paso del tiempo ni a las arbitrariedades de la moda. En esta deslumbrante colección, el lector podrá recorrer el tramo completo de su obra poética: empezando con el joven Lorca en Libro de poemas, Canciones y Juego y teoría del duende, pasando por clásicos lorquianos como Romancero gitano, Poema del cante jondo, el impresionante poemario Poeta en Nueva York, así como Tierra y luna, Sonetos y Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, entre muchos otros. La edición y los prólogos otorgan al lector las herramientas necesarias para comprender y contextualizar al personaje, para acercarse a la complejidad de su obra y para disfrutar, en un sólo volumen, de uno de los autores españoles más relevantes del siglo XX.

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Product Details

  • ISBN-13: 9780307475756
  • Publisher: Knopf Doubleday Publishing Group
  • Publication date: 11/13/2012
  • Language: Spanish
  • Series: Vintage Espanol Series
  • Pages: 608
  • Sales rank: 594,635
  • Product dimensions: 5.34 (w) x 7.80 (h) x 1.07 (d)

Meet the Author

Federico García Lorca, considerado uno de los escritores españoles más influyentes de todos los tiempos, nació en Fuente Vaqueros, Granada, en 1898 y murió fusilado en agosto de 1936. Se licenció en Derecho en la Universidad de Granada, donde también cursó estudios de Filosofía y Letras. En 1919 estuvo en Madrid, en la Residencia de  Estudiantes, donde convivió con parte de los que después formarían la Generación del 27, y en 1932 dirigió la compañía de teatro La Barraca. En poesía, sus obras más emblemáticas son el Romancero Gitano, donde el lirismo andaluz llega a su cumbre y universalidad, y Poeta en Nueva York, conjunto de poemas, adscritos a las vanguardias de principios del siglo XX, escritos durante su estancia en la Universidad de Columbia. Entre sus obras dramáticas destacan Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba y Yerma.
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Del prólogo
 
La poesía de Lorca
 
En 1933, Federico García Lorca pronunció en Buenos Aires y Montevideo su conferencia «Juego y teoría del duende». Se trata de una teoría de la cultura y del arte español, pero también de una poética, en condensada y hermosa síntesis. El texto describe tres figuras, que son otros tantos conceptos fundamentales: la musa, el ángel, el duende. La musa es la inteligencia y explica la poesía de Góngora, y el ángel es la gracia, la «inspiración»: en ella tienen su origen la poesía de Garcilaso o la de Juan Ramón Jiménez. ¿Y el duende? Lorca delimita las diferencias con toda precisión:
 
Ángel y musa vienen de fuera; el ángel da luces y la musa da formas [...] Pan de oro o pliegue de túnicas, el poeta recibe normas en su bosquecillo de laureles. En cambio, al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre.
 
El ángel, la imaginación, y la musa, la inteligencia, son exteriores al fenómeno poético profundo, ese que nos pone en contacto con los centros últimos de la vida. De ahí la definición, que Lorca da y que relaciona al duende con la consciencia trágica del vivir:
 
[...] el duende no llega si no ve posibilidad de muerte, si no sabe que ha de rondar su casa, si no tiene seguridad que ha de mecer esas ramas que todos llevamos y que no tienen, que no tendrán consuelo.
 
Y añade poco después:
 
[...] el duende hiere, y en la curación de esta herida que no se cierra nunca está lo insólito, lo inventado de la obra de un hombre.
 
El duende es, pues, «el dolor mismo, la conciencia hiriente y no resignada, del mal o de la desdicha» (Marie Laffranque). Lorca supera las poéticas descriptivas. El arte, la poesía, busca la revelación de la realidad profunda, esencial. Cierto, al formular su poética del duende estaba también definiendo su posición estética de los años treinta, cuando dejó atrás posiciones en teoría más racionalistas, como las que suscitaron su fervor gongorino de 1926-1927. Pero también es verdad que muy pronto, fuera o no consciente por entero del fenómeno, la poética del duende marcó todo su arte. De ahí la cantidad de elementos irracionales, mágicos, que lo pueblan.
 
Hay en casi toda su poesía un clima sonambular, de irrealidad, de sueño, que la baña, recubre y llena de misteriosa fascinación. El poeta que alumbra el mito de la luna que rapta al niño en el romance inicial del Primer romancero gitano, estaba habitado por fuerzas irracionales, oscuras, que lo llevaron a la cristalización de fórmulas imaginativas insólitas en la poesía contemporánea. Y obliga a pensar en los grandes plásticos del siglo: el Picasso de los minotauros y el Guernica, Marc Chagall y sus ideaciones de la vida judía, cierto Miró. Cabe explicar así la singularidad de Lorca, dueño siempre de una técnica refinada y, sin embargo, viajero al mismo tiempo por los últimos fondos de lo real y lo ultrarreal, sea el terror de la historia y el terror de la muerte, la fascinación del deseo y la fascinación de los límites, «las cosas del otro lado». La técnica es un mero soporte, nunca un fin. El gran imaginativo no se desborda; sus metáforas son precisas, nítidas, pero es claro que el poeta no se agota en ellas, como le ocurre a Góngora. Cuando se proclama en el «Romance de la Guardia Civil española» que «La media luna, soñaba / un éxtasis de cigüeña », no se trata sólo de la imagen zoomórfica, sino de la presencia de la luna creciente en el cielo de los gitanos: luna inquietante, si no maléfica, reina de la vida y de la muerte, que ilumina la ciudad, perfecta pero a punto de ser destruida.
 
Lorca, podríamos concluir, es un poeta simbólico, sí, pero no se trata sólo de eso. Es la comunión de cielo y tierra, la proximidad de lo alto y lo bajo, la percepción continua de una realidad más vasta, todo ello bajo la dirección de un instinto verbal que sorprende al lenguaje en su intersección, arbitraria pero operativa, con los grandes planos de las cosas.
 
Ardiente de inspiración, precisa de formas, esta poesía es el resultado de una escritura que hubo de confrontarse con las tradiciones y los cánones vigentes cuando su autor compareció en la literatura española. El modernismo había entrado ya en decadencia, aunque siguiera dominando el gusto poético mayoritario, y por eso casi toda la poesía juvenil es modernista. Con Rubén Darío, y en buena medida a través de Rubén Darío, a quien admiró mucho, asimiló la lección de los simbolistas: Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y Lautréamont, que resuenan en sus primeros textos. Desde antes quizá conocía también a Victor Hugo, entonces muy difundido en España.
 
Pero las fuentes no bastan para explicar a un escritor. Y el hecho es que algunas composiciones del Libro de poemas, las más tardías, muestran ya una voz diferenciada, perfilada en sus elementos básicos, aunque carezcan todavía del resplandor de la madurez. Esa primera voz singularizada procede de la magistral asimilación de los ritmos (neo) populares. La poesía española vive ya en pleno posmodernismo, pero nadie se había adentrado antes por estos caminos como lo hizo Lorca, seguro en su recreación de ritmos y formas de la tradición. La confirmación de que los hallazgos no eran casuales se produce en 1921, el primer año de la primera madurez lorquiana. El Lorca del veintiuno posee ya un universo propio en visión y en expresión. Evolucionará, sí, pero no cambiará en lo sustancial, pues su universo se presenta como una maraña de temas, motivos y símbolos que se repiten e imbrican con admirable fidelidad.
 
La frustración es el tema central. Todo este universo se alimenta de esa sustancia última, por más que su manifestación se produzca en planos muy diversos. Son los jinetes que galopan sabiendo que nunca llegarán a su destino; es el sueño imposible de la infancia de donde el adulto es desgajado de modo artero; es el tormento de la mujer sin hombre o sin hijos. Este destino trágico se proyecta sobre un doble plano: el metafísico y el histórico, el ontológico y el social. No siempre son disociables, a veces aparecen unidos; pero es necesario señalar su doble naturaleza para la correcta comprensión de un discurso complejísimo. En Poeta en Nueva York, por ejemplo, se oyen voces terribles contra la civilización capitalista, pero también los fantasmas del tiempo, la naturaleza y la muerte dejan sentir su presencia oscura. Debe subrayarse esta capacidad del poeta para articular su mundo sobre planos en principio contradictorios. Lejos del optimismo revolucionario, pone su palabra al servicio de todos los oprimidos y marginados, sin mengua de sentirse aterrado ante la amenaza del tiempo, la muerte, y el destino de un mundo azaroso e incierto.
 
El tema del amor es esencial. Energía clamorosa, cósmica, el sexo hace saltar la gran prohibición cultural de Occidente: el incesto, al que remite el romance de «Thamar y Amnón». El amor es inseparable del deseo, pero no puede decirse que Lorca desconozca su dimensión espiritual, según corrobora con precisión la «Oda a Walt Whitman», de Poeta en Nueva York, uno de cuyos grandes temas es la agonía del amor en el mundo. Sin duda el poeta se siente fascinado por la expresión erótica del amor, canta jubiloso el frenesí de los cuerpos y se deleita en la descripción de las formas hermosas. Este pansexualismo explica la justificación de la doble opción amorosa, homosexual y heterosexual, que celebra la misma «Oda» donde se legitima que el hombre conduzca su deseo «por vena de coral o celeste desnudo».
 
Pero el eros y el amor están siempre amenazados, cercados, y se enfrentan de continuo a la maldición y a la destrucción. Una pena oscura, secreta, que supura como una llaga oculta, recorre la poesía amorosa lorquiana más intimista e incluso alcanza a poemas que sólo de manera periférica tocan el tema del amor, hasta el período de Nueva York. Entonces, en la gran urbe, la pena se vuelve desesperación, protesta abierta contra los ultrajes recibidos por el amor. La épica del Romancero gitano estallaba ya en todas las direcciones posibles del lamento amoroso, pero eran personajes quienes vivían y decían ese lamento: femeninos, sí, mas también masculinos (el amante abandonado y traicionado de «Muerto de amor»). Después, esa pena, que tiene que ver con la condición homoerótica, vuelve a manar, incontenible, insomne y un sí es no es hermética, de los versos del Diván del Tamarit, para volverse canto de felicidad por la plenitud del amor, y dolor de abismos por el temor a su pérdida en los sonetos amorosos.
 
Otro tema esencial es la esterilidad. La renuncia a la perpetuación de la especie posee evidente dimensión trágica. Por eso, la voz lírica clama contra la voz del «amor oscuro», que es estéril: «no me quieras perder en la maleza / donde sin fruto gimen carne y cielo». «Maleza»: desolación silvestre y estéril. La obsesión de la infancia perdida encuentra aquí una de sus causas más notables, pues el otro rostro del niño no engendrado es el niño muerto de la propia infancia, un niño que se niega a morir. Los numerosos niños muertos (ahogados y sepultos sin paz, muy a menudo) que recorren este universo son el efecto de esa infancia perdida y sangrante siempre.
 
Corolario inevitable del tema de la frustración, la muerte es otro tema nuclear. Tanto, que Pedro Salinas pudo afirmar que Lorca siente la vida por vía de la muerte. Entre ésta y la vida se produce una tensión constante. El poeta se muestra fiel heredero de la tradición romántica, que lleva hasta sus últimas consecuencias. Él vio a su duende instalado en el ámbito de las sombras y toda su obra se presenta como un enfrentamiento continuo a los poderes maléficos. De ahí que el tema del carpe diem rebrote con tanta intensidad. Por eso, entre otras razones, nunca es un poeta tétrico. El canto apasionado a la materia terrestre pertenece a la misma médula de la obra lorquiana, que celebra todos los elementos naturales de su germinación y de su plenitud. Amor y muerte. Amor contra la muerte.
 
El gran binomio romántico se reencarna en nuestro poeta, que lo lleva hasta sus últimas consecuencias enlazándolo con las corrientes más hondas del existencialismo. «Toda muerte es, en cierto modo, asesinato», escribió su hermano Francisco a propósito de esta obra. Ahí veía él la causa de tanta muerte violenta en ella, pues la violencia constituye la verdadera cara de la muerte. Pero ésta es también un castigo. Lorca la siente en su realidad más tangible, en la descomposición de los cuerpos (el «silencio con hedores» del que habla el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías), y en la nada y el olvido adonde se precipitan los muertos, vueltos ya materia mineral: «No te conoce el lomo de la piedra», dice el mismo Llanto. Pero a veces este desenlace, con el que se desmarcaba de su primera fe católica, que rescató en varias ocasiones del pasado –así en la «Oda al Santísimo Sacramento del Altar»–, da paso a otra realidad más siniestra, acaso huella al revés, huella culpable, de la fe desaparecida, acaso vestigio también del pensamiento arcaico: la vida de los muertos en la tumba, porque aquí los muertos no mueren del todo e inertes no pierden la conciencia. Fue en Nueva York cuando esta visión se abrió paso como una especie de fulgurante y desolada revelación. Una tradición muy antigua nutría al poeta. Es que el cantor de la vida albergaba también a un metafísico capaz de enfrentarse a los enigmas de la condición humana y del mundo.
 
Así sucede en su tratamiento del tema del tiempo, que lo hace revolverse contra el principio de identidad, pues los hombres pierden día a día sus señas distintivas y, además, el yo es plural. Más aún: todo es aleatorio, arbitrario. Las cosas son lo que son como pudieron ser de otra manera. En este contexto se impone como evidente e inevitable el apartamiento de la fe religiosa que había recibido de niño, sustituida aquélla una y otra vez por la consciencia del desvalimiento de la criatura humana, abandonada en un mundo confuso y oscuro: «El mundo solo por el cielo solo / y el aire a la salida de todas las aldeas», deploran los versos de «Navidad en el Hudson », en Poeta. Eso no impide rebrotes ocasionales de la fe cristiana, como la «Oda al Santísimo». En todo caso, la heterodoxia es total: Jesús aparece como el agente de una redención inútil, traicionado por su Iglesia y ajeno el mundo a su mensaje.
 
Tanta desazón, tanta insistente lucidez, no consiguieron anular la presión de la historia sobre la obra lorquiana. No practicó Federico la prédica política al modo de algunos compañeros de generación. En realidad, rebasa –más que rechaza– los planteamientos doctrinales, destinados a concitar adhesiones. Pues la verdad es que, sin teñir su poesía de otro color que no fuera el poético, pocos poetas como él han llevado a sus versos el tema de la revolución y su cara opuesta: la represión, la reacción. He ahí el «Romance de la Guardia Civil española », que se anticipa al delirio plástico del Guernica. Poco más tarde, en el Nueva York sacudido por los primeros síntomas de la Gran Depresión, Lorca profundizaba su visión social y política. Enfrentado con el rostro más duro del capitalismo en crisis, profetizaba la invasión de la ciudad –la civilización– por la naturaleza enfurecida, que brotará de entre sus ruinas. Su instinto lo llevó a trascender el folclore negro y a ver la raza negra como la víctima que era –y eso en tiempos en que la mentalidad colonial dominaba a buena parte de la intelligentsia europea–, y denunciar a los blancos y apelar a su exterminación en nombre de la naturaleza escarnecida y humillada, con la que comulgan los negros («El rey de Harlem»), y a la que se adscriben también los «pequeños animalitos», que se hallan sometidos al holocausto de la sociedad industrial («Nueva York. Oficina y denuncia»).
 
Este rico complejo de temas se encauza a través del lenguaje más peculiar de todo el siglo en lengua española, cuya creación es a buen seguro la máxima hazaña del autor. Un rasgo lo define: es un discurso de lo concreto, que renuncia a la expresión conceptual, abstracta, especulativa. El mundo es contemplado desde y por una conciencia que cabría calificar de sensorial. De ahí la importancia de la metáfora y la personificación. El poeta debía ser, según señalaba él a propósito de Góngora, «profesor en los cinco sentidos corporales», con la vista en primer lugar. Esta participación de los cinco sentidos hace que todo se anime, esté o parezca vivo. El mundo se tiñe de verde, como sucede en el «Romance sonámbulo »; la luna es una dama del novecientos con polisón de nardos, resplandeciente en su halo luminoso, según el «Romance de la luna, luna»... Esta animación de lo existente elimina toda dimensión tétrica, sumido el lector en esa sinfonía de verdes, damas lunares, vientos-sátiros, navajas como peces, montes gatunos, ríos de la fantasía, caballos de la soledad. Nadie en el siglo XX, al menos en castellano, ha ido más lejos que Lorca en esta poetización del discurso. Sus efectos son inmediatos: comulgamos con esta poesía, nos hacemos una con ella, al margen de sus contenidos, más allá de sus perspectivas doctrinales o ideológicas.

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Table of Contents

ÍNDICE GENERAL
Nota del editor primera parte
Prólogo: La poesía de Lorca
Juego y teoría del duende
De «Libro de poemas»
Palabras de justificación
Veleta
La sombra de mi alma
Si mis manos pudieran deshojar
Balada de un día de Julio
«In memoriam»
Tarde
Prólogo
Balada interior
Balada de la placeta
Hora de estrellas
La balada del agua del mar
Deseo
Meditación bajo la lluvia. Fragmento
Sueño
Aire de nocturno
Primeras canciones
Remansos
Cuatro baladas amarillas
Palimpsestos
Adán
Claro de reloj
Cautiva
Canción
De «Suites»
Suite de los espejos
El jardín de las morenas. Fragmentos
Noche. Suite para piano y voz emocionada
Tres estampas del cielo
Historietas del viento
El regreso
La selva de los relojes
Suite del agua
Cruz
Herbarios
Canciones (1921-1924)
Teorías
Nocturnos de la ventana
Canciones para niños
Andaluzas
Tres retratos con sombra
Juegos
Canciones de luna
Eros con bastón (1925)
Trasmundo
Amor (Con alas y flechas)
Canciones para terminar
segunda parte
Prólogo: La Andalucía lorquiana
Arquitectura del cante jondo
Poema del cante jondo
Baladilla de los tres ríos
Poema de la siguiriya gitana
Poema de la soleá
Poema de la saeta
Gráfico de la Petenera
Dos muchachas
Viñetas flamencas
Tres ciudades
Seis caprichos
Escena del teniente coronel de la Guardia Civil
Diálogo del Amargo
[Conferencia-recital del «Romancero gitano»]
Primer romancero gitano (1924-1927)
1 Romance de la luna, luna
2 Preciosa y el aire
3 Reyerta
4 Romance sonámbulo
5 La monja gitana
6 La casada infiel
7 Romance de la pena negra
8 San Miguel. Granada
9 San Rafael. Córdoba
10 San Gabriel. Sevilla
11 Prendimiento de Antoñito el Camborio en el camino de Sevilla
12 Muerte de Antoñito el Camborio
13 Muerto de amor
14 El emplazado
15 Romance de la Guardia Civil española
Tres romances históricos
16 Martirio de Santa Olalla
17 Burla de Don Pedro a caballo. Romance
con lagunas
18 Thamar y Amnón
Odas
Oda a Salvador Dalí
Soledad. Homenaje a Fray Luis de León
Oda al Santísimo Sacramento del Altar.
Homenaje
Poemas sueltos I
En el cumpleaños de R.G.A. Corona poética o pulsera de flor
Estampilla y juguete
Abandono
Estío
Canción de la desesperanza
Canto nocturno de los marineros andaluces
[Chopo y torre]
[¡Miguel Pizarro!]
La sirena y el carabinero. Fragmentos
Canción
Soledad insegura. Fragmentos
tercera parte
Prólogo: La plenitud de la poesía lorquiana
Poemas en prosa
Santa Lucía y San Lázaro
Nadadora sumergida. Pequeño homenaje a un cronista de salones
Suicidio en Alejandría
Degollación de los Inocentes
Degollación del Bautista
La gallina. Cuento para niños tontos
[Un poeta en Nueva York]
Poeta en Nueva York
I. Poemas de la soledad en Columbia University
Vuelta de paseo
1910. Intermedio
Fábula y rueda de los tres amigos
Tu infancia en Menton
II. Los negros
Norma y paraíso de los negros
El rey de Harlem
Iglesia abandonada. Balada de la Gran Guerra
III. Calles y sueños
Danza de la muerte
Paisaje de la multitud que vomita. Anochecer de Coney Island
Paisaje de la multitud que orina. Nocturno de Battery Place
Asesinato. Dos voces de madrugada en Riverside Drive
Navidad en el Hudson
Ciudad sin sueño. Nocturno del Brooklyn Bridge
Panorama ciego de Nueva York
Nacimiento de Cristo
La aurora
IV. Poemas del lago Eden Mills
Poema doble del lago Eden
Cielo vivo
V. En la cabaña del Farmer. Campo de Newburg
El niño Stanton
Vaca
Niña ahogada en el pozo. Granada y Newburg
VI. Introducción a la muerte. Poemas de la soledad en Vermont
Muerte
Nocturno del hueco
I
II
Paisaje con dos tumbas y un perro asirio
Ruina
Amantes asesinados por una perdiz
Luna y panorama de los insectos. Poema de amor
VII. Vuelta a la ciudad
Nueva York. Oficina y denuncia
Cementerio judío
Crucifixión
VIII. Dos odas
Grito hacia Roma. Desde la torre del Chrysler Building
Oda a Walt Whitman
IX. Huida de Nueva York. Dos valses hacia la civilización
Pequeño vals vienés
Vals en las ramas
X. El poeta llega a La Habana
Son de negros en Cuba
De «Tierra y luna»
Tierra y luna
Pequeño poema infinito
Canción de la muerte pequeña
Omega. Poema para muertos
Poemas sueltos II
Dos normas
El poeta pide ayuda a la Virgen
Infancia y muerte
Cómo canta una ciudad de noviembre a noviembre
Diván del Tamarit
Gacelas
Gacela primera. Del amor imprevisto
Gacela II. De la terrible presencia
Gacela III. Del amor desesperado
Gacela IV. Del amor que no se deja ver
Gacela V. Del niño muerto
Gacela VI. De la raíz amarga
Gacela VII. Del recuerdo de amor
Gacela VIII. De la muerte oscura
Gacela IX. Del amor maravilloso
Gacela X. De la huida
Gacela XI. Del amor con cien años
Casidas
Casida primera. Del herido por el agua
Casida II. Del llanto
Casida III. De los ramos
Casida IV. De la mujer tendida
Casida V. Del sueño al aire libre
Casida VI. De la mano imposible
Casida VII. De la rosa
Casida VIII. De la muchacha dorada
Casida IX. De las palomas oscuras
Seis poemas galegos
Madrigal â cibdá de Santiago
Romaxe de Nosa Señora da Barca
Cántiga do neno da tenda
Noiturnio do adoescente morto
Canzón de cuna pra Rosalía Castro, morta
Danza da lúa en Santiago
Ensayo o poema sobre el toro en España
Llanto por Ignacio Sánchez Mejías
1 La cogida y la muerte
2 La sangre derramada
3 Cuerpo presente
4 Alma ausente
Sonetos
I. Sonetos del amor oscuro
Soneto de la guirnalda de rosas
Soneto de la dulce queja
Llagas de amor
El poeta pide a su amor que le escriba
El poeta dice la verdad
El poeta habla por teléfono con el amor
El poeta pregunta a su amor por la «Ciudad Encantada» de Cuenca
Soneto gongorino en que el poeta manda a su amor una paloma
[¡Ay voz secreta del amor oscuro!]
El amor duerme en el pecho del poeta
Noche del amor insomne
II. Otros sonetos
En la muerte de José de Ciria y Escalante
Soneto de homenaje a Manuel de Falla, ofreciéndole unas flores
A Carmela Condon, agradeciéndole unas muñecas
Adam
Soneto
Epitafio a Isaac Albéniz
En la tumba sin nombre de Herrera y Reissig en el cementerio de Montevideo
A Mercedes en su vuelo
Poemas sueltos III
Canción
Versos en el nacimiento de Malva Marina Neruda
Gacela del mercado matutino
Canción de cuna para Mercedes muerta
Índice de primeros versos
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  • Posted January 15, 2013

    Great Book! A must read if you love Spanish writings.

    I bought the book for my mom as a Christmas present, Lorca is one of her favorite Spanish writers. She absolutely loves it and the fact that it is in Spanish makes it all the better. Being a Chilean by birth, she really enjoys being able to read her native language in such simplicity is great for her. Definitely a great buy!

    1 out of 1 people found this review helpful.

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  • Anonymous

    Posted February 25, 2013

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